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El matrimonio católico
Fuente: P. Ricardo Sada Fernández de www.encuentra.com

  1. ¿Quién y para qué se instituyó el matrimonio?
  2. ¿Desde cuándo existe el sacramento del Matrimonio?
  3. ¿Qué beneficios trae a los esposos que el matrimonio sea un sacramento?
  4. ¿Por qué interviene la Iglesia en los matrimonios?
  5. ¿Puede uno casarse sin recibir el sacramento?
  6. ¿Qué características esenciales tiene el Matrimonio?
  7. ¿Es distinto el amor de novios que el amor de esposos?

1. ¿Quién y para qué se instituyó el matrimonio?

Al principio mismo de la humanidad, cuando dio a Eva como compañera de Adán, estableció Dios la institución matrimonial. Al ser Dios quien estableció la institución matrimonial, es Él mismo quien fijó sus leyes.

Aseguraba de esa manera en primer lugar la propagación de la especie humana, tal como enseña la Biblia: Dios los bendijo diciéndoles: Sean fecundos y multiplíquense, y llenen la tierra (Génesis 1,28).

Pero Dios, al instituir el Matrimonio, no tuvo como fin exclusivo poblar la tierra. No es bueno que el hombre esté solo, dijo Dios cuando Adán dormía en el Paraíso. Le haré una compañera semejante a él (Génesis 2,18).

Al crear dos sexos distintos, Dios quiso además que el varón y la mujer se complementaran el uno al otro, que se apoyaran el uno en el otro, que se amaran y contribuyeran a su mutuo crecimiento espiritual.

La institución matrimonial da origen a la familia, y su estabilidad es evidente, pues no sólo se trata que nazcan hijos, sino que además se requiere del padre y la madre que los trajeron al mundo, para darles cuidado y cariño. Esa unión de personas, la familia, resulta el lugar propicio para la perfección del individuo, ya que ella se origina y crece en el terreno del amor (amor de los esposos entre sí, de los padres a los hijos, de los hijos a los padres, de los hermanos, y de los parientes en general).

En esa unión de por vida de un hombre y una mujer, el Dios de toda bondad determinó que tanto sus mentes como sus corazones y sus cuerpos se fundieran en una unidad nueva y más rica, unidad que habría de ser para ellos camino de salvación.


2. ¿Desde cuándo existe el sacramento del Matrimonio?

Hasta los tiempos de Cristo, el matrimonio, aunque de institución divina, era sólo un contrato civil entre un hombre y una mujer. Pero Jesús tomó este contrato civil entre un hombre y una mujer y lo hizo canal de su gracia, es decir, lo transformó en sacramento para los cristianos (*)

El motivo por el que Jesús elevó a sacramento la institución natural del matrimonio no es difícil de entender. Desde el comienzo de la humanidad, el matrimonio era algo muy especial. Era el instrumento divino para engendrar, criar y educar cada generación de seres humanos. Resultaba de tal importancia para el bien social y el bien universal que de algún modo era obligado, podríamos decir, que fuera enaltecido a la categoría de sacramento.

Jesús sabía también lo difícil que resulta para dos personas vivir juntas día tras día, año tras año, con los inevitables errores y defectos de su personalidad chocando entre sí. Lo difícil de ayudarse mutuamente a crecer en bondad y perfección a pesar de estas faltas; lo difícil de vencer el propio egoísmo para poner siempre antes y en todo al otro cónyuge. No, no es sendero sin obstáculos. Y para ‘reforzar’ la idea divina de que el matrimonio es un camino para llegar al Cielo, Él lo elevó al rango de lo sagrado.

Había además otra razón para esa necesidad adicional de gracia: Jesús dependería de los padres para el continuo crecimiento de su Cuerpo Místico que es la Iglesia, de esa unión en la gracia por la que todos los bautizados somos uno en Cristo. En lo sucesivo no sería suficiente que los padres católicos engendraran, criaran, educaran y ejercitaran a la prole para la vida natural: Jesús les confiaba esta tarea también para la vida sobrenatural; había de contar con ellos para llenar el Cielo.

Es muy razonable, pues, que Jesucristo elevara el matrimonio a la categoría de sacramento. En el instante en que los novios prometen ante el sacerdote la entrega mutua de sus personas y de sus vidas, ahí está Cristo, en medio de ellos, haciendo pasar por sus palabras y sus gestos la gracia sobrenatural que transfigurará su amor humano en amor divino. Estos cristianos casados tendrán la dicha de poderse amar no sólo con su amor humano, sino también con el amor en Cristo.

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(*) Los sacramentos son siete: Bautismo, Confirmación, Penitencia o Reconciliación, Eucaristía, Unción de enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Todos fueron instituidos por Cristo.


3. ¿Qué beneficios trae a los esposos que el matrimonio sea un sacramento?

La sociedad actual tiende a menospreciarse el valor del Matrimonio cristiano. Pero la Iglesia, guardiana del deseo de su Señor, viene a recordarnos la verdad que nos hace libres. Los esposos cristianos están llamados a encontrar en su matrimonio y su familia el camino del Cielo, y el sacramento les da para ello un aumento de la gracia santificante.

Cuando los novios salen del templo, sus almas se encuentran más fuertes y más bellas espiritualmente que cuando, unos minutos antes, entraron a él. Es, por tanto, muy conveniente que los contrayentes reciban este sacramento libres de pecado mortal.

Por ello, se recomienda vivamente que antes de su boda se acerquen a recibir el sacramento de la reconciliación o penitencia. Sin embargo, aunque uno o ambos se casen sin esa limpieza del alma, el sacramento del matrimonio no dejaría de producirse, con tal que se cumplan las demás condiciones.

Junto al aumento de la gracia que abre el Cielo (dijimos que se llama gracia santificante), el Matrimonio da su propia gracia específica, llamada gracia sacramental. Ésta consiste en el derecho a recibir de Dios todas las ayudas necesarias para que los esposos puedan amarse en Cristo sin infidelidad y para siempre, así como el derecho a recibir todos los auxilios materiales y espirituales exigidos para la fundación de su hogar.

Esta gracia sacramental acompaña a los esposos durante todos los días de su existencia en la tierra, hasta la muerte. Cuando el mal rato del esposo (o de la esposa), decaído ante el cúmulo de dificultades cotidianas, le lleva a sentirse víctima y a pensar que casarse fue un error, ése es el momento de recordar que él (o ella) tiene la garantía de recibir todas las gracias necesarias en esa situación, la garantía de recibir toda ayuda divina que pueda requerir para fortalecer su flaqueza y superar la dificultad.

La gracia especial del Matrimonio otorga así la generosidad y la responsabilidad para engendrar y educar a los hijos; la prudencia y la discreción en los innumerables problemas que la vida familiar lleva consigo; capacita a los esposos para acomodarse el uno a los defectos del otro y sobrellevarlos. Todo esto es lo que la gracia del Matrimonio puede hacer por aquellos que, con su cooperación, dan a Dios la oportunidad para mostrar su grandeza.

El sacramento del Matrimonio proporciona a los esposos y a los padres todas las gracias de Nazaret, modelo de los hogares cristianos. Es, podríamos decir a modo de resumen, el sacramento de la vida familiar en Cristo.

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(*) La gracia santificante que se recibe en el Bautismo es aquel don que nos hace participar de la misma vida de Dios. Si al momento de morir tenemos este don, alcanzamos la vida eterna. La gracia santificante se pierde por el pecado mortal y puede recuperarse con el arrepentimiento y la confesión.


4. ¿Por qué interviene la Iglesia en los matrimonios?

Por tratarse de un sacramento, sólo a la Iglesia corresponde juzgar y determinar todo aquello que se refiere a la esencia del Matrimonio cristiano. La razón es que el contrato matrimonial entre los cristianos es inseparable del sacramento, y sólo la Iglesia tiene poder sobre los sacramentos (*).

La autoridad civil tiene competencia sólo sobre los efectos meramente civiles del matrimonio de los cristianos, entre los que se encuentran la unión o separación de bienes, su administración y su sucesión, la herencia que corresponde al cónyuge y a los hijos, etc. (**)

Habrá que decir también que el matrimonio entre no bautizados no está sujeto a las leyes eclesiásticas (quienes no están bautizados no pueden recibir sacramentos; ellos reciben el matrimonio sólo como institución natural), aunque sí lo está a las leyes e impedimentos justos establecidos por la ley civil.

Esto, por supuesto, no significa que las enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio (por ejemplo, que sea de uno con una y para siempre) no sean aplicables a los no cristianos, ya que todo lo que declara como perteneciente a la ley natural, se aplica a todos los hombres.

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(*) Por eso, establece el Código de Derecho Canónico que “las causas matrimoniales de los bautizados corresponden al juez eclesiástico” (c. 1671). Y lo mismo se puede decir del establecimiento y dispensa de impedimentos.
(**) Ver Código de Derecho Canónico, cánones 1059 y 1672


5. ¿Puede uno casarse sin recibir el sacramento?

No, si los que se desean casar están bautizados (*).

Un bautizado no puede casarse sino a través del sacramento. En otras palabras, para que un bautizado resulte casado, ha de hacerlo recibiendo en la Iglesia el sacramento del matrimonio. El matrimonio civil que recibe un bautizado no lo casa en realidad, aunque debe recibirlo para asegurar los efectos legales del mismo.

De modo resumido, podemos decir que para un bautizado, el matrimonio o es sacramento o no es matrimonio.

Una persona bautizada que contrajo tan sólo matrimonio civil no está casada a los ojos de Dios.

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(*) Un texto del apóstol san Pablo enseña que la unión matrimonial sólo se da, para los bautizados, en la recepción del sacramento. Dice así: “Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia... Ustedes, maridos, amen a sus esposas, como Cristo amó a la Iglesia... Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne; sacramento grande éste, pero entendido en Cristo y en la Iglesia” (Efesios 5, 22-32).


6. ¿Qué características esenciales tiene el Matrimonio?

Las características esenciales del matrimonio son tres (1):

  • la unidad (de uno, con una),
  • la indisolubilidad (para siempre) y
  • la apertura a la fecundidad (el matrimonio es para procrear).

La unidad indica que un hombre sólo puede tener una esposa, y la mujer sólo un marido.

Desde el principio estableció Dios la unidad de la institución matrimonial, cuando dijo: ...dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y vendrán los dos a ser una sola carne. ( 2) El hecho de formar una sola carne hace de este vínculo una realidad exclusiva: de uno, con una.

En efecto, Dios prescribió la unidad matrimonial desde que instituyó el matrimonio, para asegurar mejor la paz de la familia y la educación y bienestar de los hijos.

Sí permite Dios, en cambio, contraer sucesivamente un nuevo matrimonio, una vez disuelto el vínculo anterior por la muerte de uno de los cónyuges.

Otra característica esencial del matrimonio es la indisolubilidad.

Significa que la unión es permanente, es decir, que ha de continuar así mientras vivan los cónyuges. El divorcio civil no disuelve el vínculo conyugal, aunque así (falsamente) lo establezca la ley civil. Una vez que un hombre y una mujer se han unido en matrimonio consumado no hay poder en la tierra que pueda disolver ese vínculo. Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre, (3) dijo Jesús, con su autoridad de Supremo Legislador.

El vínculo matrimonial es, pues, por institución divina, perpetuo e indisoluble, de modo que una vez contraído no puede romperse sino con la muerte de uno de los cónyuges.

El que los esposos tengan clara conciencia de la indisolubilidad de su unión, les ayudará a poner todo su empeño en evitar las causas o motivos de desunión, fomentando el amor y la tolerancia mutua.

La apertura a la fecundidad es otra característica esencial del matrimonio.

Quienes se casan han de tener la intención de procrear. Si después eso no se da (por ejemplo, porque uno de los dos es estéril), el matrimonio es válido. Pero no lo sería, por ejemplo, si establecieran el vínculo matrimonial con la intención de no procrear, evitando absolutamente la descendencia.

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(1) Ver Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1664
(2) Génesis 2,24
(3) Mateo 19,6


7. ¿Es distinto el amor de novios que el amor de esposos?

A veces se comparan los cambios del amor entre el noviazgo y el matrimonio a aquello que realizó Jesús un día que fue invitado a una boda, en la ciudad de Caná. Lo que hizo Jesús en las bodas de Caná fue convertir el agua en vino. Otro tanto ocurre cada vez que se celebra un matrimonio en presencia de Jesús: el amor humano se convierte en amor sobrenatural.

Conviene que los novios sepan dos cosas respecto a su futuro amor matrimonial, las dos muy importantes. La primera, que el sacramento del matrimonio no crea el amor, simplemente transforma el que ya existía. Jesús en Caná no creó vino, sino que se limitó a convertir en vino el agua que había dentro de las tinajas.

En segundo lugar, tu novio(a) y tú no han de temer nada de esa transformación. Lejos de desvirtuar su mutuo amor humano o de hacerlo palidecer, el amor sobrenatural viene a enriquecerlo. Así él (ella) y tú adquirirán nuevas energías para seguir queriéndose, para superar la rutina o el fastidio, para poder perdonarse setenta veces siete.

Al fin y al cabo, todo pecado es una forma de egoísmo y el egoísmo es un impedimento para el amor mutuo. Por el contrario, cuanto más cerca de Cristo están quienes se aman, más próximos se hallan el uno del otro, de la misma manera que dos radios se aproximan entre sí a medida que se acercan al centro de la circunferencia.

Tras la recepción del sacramento, permanecerán inalterables todos los atractivos, gracias y alicientes que hacen deseable el amor humano. Exactamente lo mismo que sucede con el pan y el vino en la Misa. Cuando se consagran en pan y el vino, sigue sabiendo a vino y a pan. Así sucede con nuevo amor (amor sobrenatural) que comienza en el sacramento: conserva íntegro todo el sabor del amor carnal, pero ha quedado sublimado. Podrás decirle a Jesús, luego de experimentar su presencia en tu nuevo hogar, que ‘ha reservado el mejor vino para el final’, es decir, que el amor humano compartido con Jesús es incomparablemente mejor que el solo amor humano.

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