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Desde la creación del mundo hasta Abrahán
(año 2000 a.C)

a. Creación del mundo

Solamente Dios ha existido siempre. Todas las cosas que vemos y las que no vemos fueron creadas por Dios, es decir, las creó de la nada. La Sagrada Escritura, que fue escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo y que tiene por autor al mismo Dios, nos enseña que el mundo fue creado en seis períodos de tiempo, llamados días, según el orden siguiente:

Al principio Dios creó el cielo y la tierra; la tierra se encontraba en completa oscuridad. Dios dijo: Hágase la luz. Y apareció la luz. Esto sucedió el primer día.

En el segundo período, o día, Dios ordenó que hubiera el firmamento, y he aquí que apareció el cielo con su hermoso manto azul.

Las aguas cubrían toda la tierra. Entonces Dios, el tercer día, quiso que las aguas se reunieran en un solo lugar, y que la tierra produjera hierbas y plantas frutales. Las aguas se separaron de la tierra y formaron los mares, los ríos y las fuentes. En la tierra nacieron hierbas, flores y árboles frutales de toda clase.

Todavía no había días y noches como ahora. Dios dijo: Hágase el sol para dividir los días, y la luna para iluminar las noches. Por orden de Dios el cielo resplandeció con la luz del sol, de la luna y de las estrellas. Eso fue lo que Dios hizo el día cuarto.

En las aguas todavía no había peces, ni en el aire volaban pájaros. Entonces Dios, en el día quinto, creó los peces para que vivieran en las aguas, y pájaros de toda clase para que volaran en el aire.

En la tierra no había animales. En el sexto día Dios creó los animales domésticos, los reptiles y las fieras. Después que hizo todas estas cosas, bellas y buenas, Dios creó al hombre para que las dominara y se sirviera de ellas como rey absoluto de toda la tierra.

Mira, niño. ¡Como nos quiere Dios! Preparó todo esto para el hombre. También para ti. Y tú, ¿cómo le vas a demostrar tu gratitud? Ámalo mucho; ámalo de todo Corazón; ámalo sobre todas las Cosa

b. Creación de los ángeles

Antes de crear al hombre sobre la tierra, Dios creó, en el cielo, un número grandísimo de ángeles. Eran espíritus puros, sumamente bellos, sabios y, sobre todo, nobles, porque Dios les había dado la gracia santificante; eran las criaturas más cercanas a Dios. Pero no estaban en el verdadero paraíso desde el principio; antes de admitirlos en él Dios los sometió a una prueba de fidelidad.

Todos tenían que ser muy agradecidos a Dios por los beneficios recibidos: pero uno de ellos, Lucifer, viéndose tan hermoso y sabio, se dejó dominar de la soberbia y pensó: yo no obedeceré: subiré a los cielos y seré igual al Altísimo. Desgraciadamente, otros ángeles siguieron a Lucifer y cometieron el mismo pecado de orgullo. El arcángel San Miguel, con la mayoría de los ángeles, permaneció fiel al Señor, diciendo: ¿Quién cómo Dios? Los ángeles buenos fueron premiados con el paraíso; Lucifer y sus compañeros rebeldes, de bellísimos ángeles que eran, quedaron transformados en horribles demonios y fueron a parar al infierno.

Mira, hijo mío, .cuánto mal puede causar un solo pecado mortal, aun cometido solamente con el pensamiento! ¡Huye, pues, huye del pecado! Evita también los malos pensamientos y conserva tu alma siempre pura.

c. Creación del hombre

Cuando Dios creó todas las cosas, dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Tomó un poco de barro e hizo una hermosa estatua. Pero era algo muerto, sin vida: tenía ojos pero no veía; oídos pero no oía; boca pero no hablaba; manos y pies pero no caminaba. Entonces el Señor sopló el espíritu de vida en el rostro de esa estatua, es decir, creó el alma y la introdujo en ella la cual se convirtió en un hombre vivo. Es el primer hombre, a quien Dios le puso el nombre de Adán, que significa: “hecho de la tierra”.

El Señor no quiso que viviera solo; decidió darle una compañera para que lo ayudara, que fuera semejante a él, y entonces le mandó a Adán un profundo sueño y, mientras él dormía, le sacó una costilla, y con ella hizo a la mujer. Adán le dio a la mujer el nombre de Eva que quiere decir “madre de todos los hombres”.

El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, no en el cuerpo sino en el alma, que es la parte más noble y la que hay que tratar con más cuidado. El alma es la imagen de Dios. En efecto, Dios es espíritu purísimo; el alma también es espíritu. Dios es inmortal; el alma jamás morirá. Dios es infinitamente sabio, conoce y sabe todo; también el alma es inteligente, conoce y sabe muchas cosas. Dios, con su libre voluntad, creó el mundo, y lo conserva continuamente; el alma, con su voluntad, mueve las facultades para obrar.

Pero el alma se asemeja particularmente a Dios cuando está en estado de gracia, es decir, cuando no está en pecado mortal. La gracia es un don muy grande. Es como un rayo de santidad y de belleza divinas, que penetra en el alma y la santifica y embellece con la misma santidad y belleza de Dios, de la misma manera EZEQUIEL como un rayo de luz hace resplandecer un espejo a la luz del sol; pero la luz no es del espejo sino del sol.

Cuando Dios creó a nuestros padres, Adán y Eva, les dio la gracia divina. Entonces ellos no tenían pecado en el alma, y no estaban dominados por las malas inclinaciones; eran santos, semejantes a Dios.

También nosotros fuimos creados a imagen de Dios y recibimos la gracia en el Bautismo. Piensa en esto, querido niño o niña. Tú eres muy bello, si conservas esta gracia. Y eres muy noble. ¡Tú eres un retrato vivo de Dios!

d. El pecado de Adán

El Señor, después de haber creado a nuestros padres santos e inocentes, los dotó también con dones extraordinarios. Eran muy sabios, no estaban sometidos a los sufrimientos, ni a los dolores, ni a la muerte. Dios los había colocado en un jardín bellísimo, llamado “paraíso terrenal”, en donde crecían árboles frutales de toda clase, que daban los frutos más deliciosos y sabrosos. Adán y Eva podían comer de lo que quisieran: eran verdaderamente felices. Pero en el centro del paraíso terrenal había un árbol llamado “árbol de la ciencia del bien y del mal”, cuyos frutos tenían un aspecto magnífico.

Para probar la obediencia de Adán, Dios le dijo: Come de los frutos de todos los árboles, pero no toques los del árbol de la ciencia del bien y del mal: si comes alguno de ellos, morirás. El demonio, que envidiaba la felicidad del hombre, tomó la forma de serpiente y tentó a Eva, diciendo:

¿Por qué Dios les prohibió comer los frutos de todos los árboles? Eva le contestó: ¡No! Nosotros comemos los frutos de todos los árboles, menos los frutos del árbol que está en el centro del paraíso. El Señor nos ordenó que no los comiéramos, ni los tocáramos, bajo pena de muerte. Y el diablo: Oh, no! ¡No morirán! Al contrario, si los comen, se vuelven semejantes a Dios, conocerán el bien y el mal. Eva miró esos frutos, los encontró tan hermosos, creyó al demonio, agarró uno, comió y le llevó a Adán para que comiera también. Así Adán y Eva desobedecieron a Dios y pecaron.

Tan pronto acabaron de cometer el pecado, se dieron cuenta del mal que habían hecho y del bien que habían perdido; se dieron cuenta que ya no eran los hijos queridos de Dios, sintieron miedo, y, avergonzados, se escondieron entre los árboles. Dios llamó a Adán y le preguntó: ¿Por qué desobedeciste mi orden? Adán, en vez de pedir perdón, acusó a Eva; Eva, a su vez, le echó la culpa a la serpiente. Dios maldijo a la serpiente y castigó a Adán y a Eva; los sacó del paraíso terrenal, los sometió, junto con toda su descendencia, al trabajo, al sufrimiento y a la muerte. Pero esto no fue lo peor. Lo peor fue la pérdida de la gracia de Dios para ellos y para todos los hombres. Nadie podría salvarse. Pero Dios, siempre bueno y misericordioso, prometió enviar al mundo a su propio hijo, el Mesías, quien vendría a reparar ese gran daño que se les había causado a las almas, es decir, a restituir a los hombres la gracia de Dios y el derecho de entrar al paraíso.

Recuerda siempre, niño, que el pecado es la peor de las desgracias en las que pueda caer el alma; desgracia que atrae los castigos de Dios, aun en esta vida, el que ama el pecado, se odia a sí mismo.

e. Caín y Abel

Los primeros hijos de Adán y Eva fueron Caín y Abel. Caín era agricultor y Abel pastor. Ambos le ofrecían a Dios sacrificios para agradecerle los beneficios recibidos y para pedirle nuevos favores, pues reconocían en él al Señor de todo y de todos. Abel inmolaba y quemaba en honor del Señor los animales más bellos de su rebaño; Caín le ofrecía los frutos de la tierra. Caín era malo, y sus sacrificios no le agradaban al Señor, mientras que los de Abel eran bien aceptados, porque él era bueno. Entonces Caín comenzó a ver a su hermano con malos ojos, y su envidia creció tanto que se dejó llevar por el propósito criminal de matarlo. Un día convidó al hermano a pasear por los campos y, de repente, se lanzó contra él y lo mató. Pero la voz del Señor se hizo sentir inmediatamente en la conciencia de Caín, reprochándole el ignominioso crimen cometido. El desgraciado, en vez de arrepentirse y pedir perdón, dijo: ¡Mi pecado es muy grande para que Dios me perdone! Por eso, desesperado, se marchó errante sobre la tierra por toda su vida.

Nunca debemos tener envidia a quien sea mejor que nosotros, sino imitarlo; el envidioso es como el diablo que, por envidia, introdujo la muerte en el mundo.

f. Noe

Dios les dio a Adán y a Eva, afligidos por la muerte de Abel, otro hijo que se llamó Set, y, después de él, otros hijos e hijas. Set también tuvo muchos descendientes, lo mismo que Caín. Los hombres de entonces vivían mucho tiempo, hasta centenares de años. Los hijos de Set eran buenos; los de Caín eran malos. Con el correr del tiempo los buenos se fueron mezclando con los malos y se confundieron con ellos; los buenos se volvieron también malos y la tierra se llenó de maldad. Dios, disgustado por tanta ingratitud, resolvió exterminar a todos los hombres y también a los animales. Solamente preservó una familia, la de Noé, que se había conservado buena y fiel entre tantos hombres malos.

El que anda con los malos, también se vuelve malo; ¡huye, querido mío, de los malos compañeros! La perversidad de ellos, terminará arruinándote también a ti.

g. El Diluvio

Le dijo Dios a Noé: La tierra está llena de iniquidades; voy a destruir a todos los hombres. Haz una grande arca con pequeños cuartos en donde alojarás una pareja de cada especie de animales; almacenarás alimento para todos y luego entrarás con toda tu familia. Noé obedeció: construyó el arca, reunió provisiones, embarcó los animales, y luego entró también él con toda su familia: la mujer, los tres hijos, Sem, Cam y Jafet, con sus respectivas esposas. Dios cerró el arca y comenzó a caer una lluvia torrencial que duró cuarenta días y cuarenta noches; los ríos se desbordaron, los mares crecieron e inundaron la tierra. El agua subió hasta cubrir las colinas y las cimas de las montañas, y así murieron ahogados todos los hombres y los animales. Pero el arca navegaba sobre las aguas y, a medida que iban aumentando, el arca iba subiendo más y más cuando terminó la lluvia y bajaron las aguas, el arca se posó en la cima de una montaña.

Para saber si la tierra estaba seca y se podía bajar de la barca, Noé soltó un cuervo que no regresó más; después soltó una paloma que, como no encontró en donde parar, regresó al arca. Esperó siete días más y volvió a soltar la paloma. Esta vez volvió trayendo en el pico un ramo de olivo, señal de que las aguas habían descendido y de que la tierra se estaba secando. Noé esperó otros siete días y luego salió del arca, hizo un altar y le ofreció a Dios un sacrificio de agradecimiento. Dios bendijo a Noé y a sus descendientes.

Uno de los principales deberes del hombre para con Dios es el del agradecimiento por los favores que él le hace; eso es lo que hacemos cuando rezamos... También tú, pequeño niño o niña, debes rezar con devoción las oraciones de la mañana y de la noche.

h. La Torre de Babel

Con la bendición que Dios le dio a Noé y a sus hijos, en poco tiempo la tierra se volvió a poblar. El número de los hombres aumentó tanto que, al no poder vivir juntos, pensaron en separarse. Pero dijeron: antes de separarnos, construyamos una ciudad con una torre tan alta que llegue al cielo para que nuestro nombre quede en la historia.

Pusieron manos a la obra; pero, cuando esos hombres orgullosos, se vanagloriaban porque la torre subía más y más, Dios los humilló. En ese tiempo todos los hombres hablaban un mismo idioma: pero un día no se entendieron los unos con los otros: Dios había confundido sus lenguas. Como no se entendieron más, tuvieron que abandonar el trabajo, dejar la torre incompleta y, por grupos, según el idioma que hablaban, se extendieron por la tierra.

No seas soberbio, jovencito; la soberbia transformó los ángeles en demonios, expulsó a nuestros padres del paraíso, confundió las lenguas de los hombres. La soberbia es la madre de todos los males.

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