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Desde Abrahán hasta Moisés
(Más o menos desde el año 2.000 hasta el 1.500 a.C)

a. Los Patriarcas — Abrahán

Con el correr de los años, los hombres esparcidos por la tierra se olvidaron del verdadero Dios y adoraron a las criaturas. Para preservar la verdadera religión, Dios escogió unos hombres que se conocen con el nombre de patriarcas. Los hombres de ese tiempo vivían mucho más que los de ahora. El padre veía crecer no solamente a sus hijos, sino también a los nietos y biznietos; enseñaba a su numerosa familia a conocer, a adorar y a servir al verdadero Dios, y, narrando las promesas que había hecho el mismo Dios, conservaba viva la fe en el futuro Salvador.

Entre los patriarcas se conserva especialmente el nombre de Abrahán, hombre de mucha virtud y de mucha fe. Dios le ordenó que abandonara su tierra natal y se fuera al país de Canaán, prometiéndole dársela algún día a sus descendientes. También le prometió que sería el padre de un pueblo numeroso, diciéndole: Trata de contar las estrellas del cielo: así de numerosos serán tus hijos. Le prometió también darle un hijo, por medio del cual serían bendecidas todas las generaciones. Abrahán creyó y obedeció. Dios se demoró en darle el hijo que sería el padre de un pueblo grande, y cuando se lo dio y el hijo había llegado a cierta edad, le ordenó que se lo sacrificase. A pesar de todo, Abrahán no dudó de las promesas de Dios. Isaac era el hijo prometido. De su descendencia salió el pueblo hebreo, del cual nació el Salvador que trajo al mundo entero los frutos de la Redención y los beneficios de la verdadera religión.

Dios nos habla también a nosotros y nos da órdenes por medio de la Iglesia. Cree, obedece y tendrás la vida eterna; con la fe veneramos a Dios.

b. Abrahán y Lot

Por orden de Dios, Abrahán dejó su patria y llevó consigo a su sobrino Lot. Ambos aumentaron sus bienes y tenían muchos rebaños y siervos en gran cantidad; pero la convivencia se hizo difícil día por día, pues por razones de pastoreo se peleaban los pastores de Abrahán con los de Lot. A Abrahán no le gustaban las peleas, y entonces llamó a su sobrino Lot y le dijo: No es bueno que por tan poca cosa deje de haber paz entre tú y yo, entre tus pastores y los míos. Mira todas estas tierras; escoge las que más te gustan y separémonos. Si escoges a la derecha, yo iré por la izquierda; si prefieres las de la izquierda, yo iré por la derecha. Lot vio las tierras bañadas por el río Jordán, hermosas y fértiles, las escogió y se fue a vivir a Sodoma. Así se separaron en paz el uno del otro.

Lo mismo que Abrahán, querido niño o niña, también tú trata de vivir en paz con todos, y, en vez de pelear, prefiere ceder. Dios ama mucho la paz.

c. Destrucción de Sodoma

Los habitantes de Sodoma y de otras cuatro ciudades vecinas, por la abundancia de los bienes y por el ocio, cayeron en el vicio de la impureza. Dios, que detesta este vicio más que cualquier otro, resolvió castigarlos. Solamente la familia de Lot no se dejó contaminar por ese horrible pecado, y por eso Dios la salvó. Dos ángeles se aparecieron a Lot y lo obligaron a salir de la ciudad y, mientras se retiraban, le iban diciendo: ¡Apúrense, no miren hacia atrás, no se detengan, sálvense, sálvense!

Tan pronto la familia de Lot estuvo a salvo, Dios envió sobre la ciudad pecadora una lluvia de fuego y de azufre que la destruyó, quemó a los habitantes y devastó los campos. La mujer de Lot, curiosa, volvió a mirar para ver la ciudad en llamas y, en castigo por la desobediencia a las palabras del ángel, quedó convertida en una estatua de sal. Desde ese día en adelante ese fértil valle quedó convertido en un árido desierto; allí se formó un gran lago, llamado “Mar Muerto”; el aire es malsano, y las montañas que lo rodean son peladas y estériles.

¡Fíjate cómo Dios castiga, aun en esta vida, el pecado impuro! Tenle miedo, hijo mío, y evita las malas compañías.

d. Sacrificio de Isaac

Isaac, el hijo en el cual deberían ser bendecidos todos los hombres, crecía dócil y su anciano padre lo quería muchísimo. Un día, para probar la fe y la obediencia de Abrahán, Dios lo llamó y le dijo: Abrahán, toma a Isaac, tu hijo amado, y ofrécemelo en sacrificio en el monte que te señalaré. Es imposible expresar el dolor de Abrahán al recibir la dolorosa orden. ¡Pobre padre, tiene que matar con sus propias manos al hijo a quien amaba más que a sí mismo! Pero obedeció: preparó la leña, el puñal, el fuego y todo lo necesario para el sacrificio, cargó todo sobre un asno y, junto con dos siervos, salió con Isaac. Después de tres días de camino, Dios le señaló el monte en donde tenía que sacrificar al hijo. Abrahán les dijo a los siervos:

Esperen aquí; mi hijo y yo vamos hasta la cima y, cuando hayamos ofrecido el sacrificio, volveremos: espérennos aquí. Tomó el puñal, el fuego y cargó la leña sobre los hombros de Isaac. Por el camino Isaac preguntó al padre: Padre mío, tenemos la leña y el fuego, pero ¿dónde está la víctima? Abrahán no se atrevió a contestarle que él era la victima, y le respondió: Hijo mío, Dios proveerá.

Cuando llegaron a la cima del monte, Abrahán construyó un altar de piedras y puso encima la leña. Luego amarró al hijo y lo puso sobre la pila de leña, agarró el puñal y levantó el brazo para inmolarlo. Entonces he aquí que el ángel del Señor lo detuvo gritando: ¡Abrahán, Abrahán! No le hagas ningún mal. Ahora sé que temes a Dios y que serías capaz de sacrificar a tu propio hijo con tal de obedecerle. Abrahán se volvió y vio un carnero enredado en un zarzal, y entonces lo ofreció en cambio de su hijo.

Isaac, que carga la leña para ser inmolado, es figura de Jesucristo que cargó con su cruz hacia el calvario y murió sobre ella para redimirnos.

Admira la firme esperanza de Abrahán: él espera convertirse en el padre de un gran pueblo, aun cuando Dios le ordena sacrificar su único hijo, Isaac. Aprende a hacer algún sacrificio para cumplir los mandamientos de Dios, confiando siempre en su ayuda.

e. Isaac

Abrahán envejeció y, antes de morir, quiso darle al hijo una esposa buena y digna de él. Como los habitantes del país en donde vivían eran adoradores de falsos dioses, envió a Eliécer, su siervo fiel y prudente, a la tierra de sus padres, en donde se adoraba al Dios verdadero, para que le buscara una mujer que se casara con su hijo.

Eliécer salió con otros siervos, con camellos y muchos presentes para, llevar con honra a la esposa que Dios había destinado al joven patriarca.

El buen siervo le pidió a Dios que lo guiara y le hiciera encontrar una óptima esposa. Cerca de la ciudad de Najor, Eliécer encontró una joven bellísima y muy buena que regresaba del pozo. Le pidió agua para beber y la muchacha lo atendió inmediatamente y también dio de beber a los camellos. Eliécer le preguntó quién era ella, y la joven le contestó que se llamaba Rebeca, hija de un pariente de Abrahán. Ante esta revelación, el siervo levantó los ojos y las manos al cielo y le dio gracias a Dios por haberle hecho encontrar lo que buscaba. Entró en la casa de Rebeca y dijo que era siervo de Abrahán, y que había sido enviado a buscar una esposa buena y virtuosa para su hijo, y pidió la mano de Rebeca para Isaac. El padre, la familia y también Rebeca aceptaron la petición. Obtenido el consentimiento, Eliécer distribuyó los presentes a la esposa y a todos los familiares y al día siguiente regresó con Rebeca y se la llevó a Isaac quien la tomó por esposa.

Dios cumplió en Isaac la promesa que le había hecho a Abrahán Multiplicaré, le había dicho, tu descendencia y de ella nacerá el Salvador, porque tu padre, Abrahán, obedeció mis palabras y observó mis mandamientos.

Queridos niños, sean ustedes también buenos y virtuosos, y Dios los bendecirá. El Señor mira benévolo y compasivo a quienes le temen y confían en él.

f. Jacob

Rebeca tuvo dos hijos gemelos. Esaú y Jacob. Esaú fue un valiente cazador y era el hijo predilecto del padre.

Jacob fue pastor y era el preferido de la madre. Esaú nació primero y por eso tenía el derecho de la primogenitura que, a más de una bendición especial y otros privilegios, le confería la grande honra de esperar al anhelado Mesías de entre sus descendientes. Pero Esaú le vendió a su hermano el derecho de esa bendición. Un día regresó de cacería muy cansado y entró en casa donde estaba Jacob preparando para sí un guiso de lentejas. Esaú, que tenía mucha hambre, le pidió esa comida. Y Jacob le contestó: Sí, puedo dártela, pero con la condición de que me vendas los derechos de la primogenitura. Esaú en ese momento no pensaba sino en el hambre que lo atormentaba y no le interesaban los derechos de ser primogénito. Entonces se los cedió bajo juramento.

El padre Isaac envejeció y, antes de morir, quiso bendecir a los hijos. Dios dispuso que la bendición de primogenitura cayera sobre Jacob. Esaú se arrepintió y lloró; pero ya era demasiado tarde.
Tú, querido niño, no jures sin necesidad: Dios lo prohíbe.

g. Visión de Jacob

Esaú, al verse privado de los derechos de primogenitura, se llenó de ira contra Jacob. La madre temió que Esaú llegara a matar al hermano, y por eso aconsejó a Jacob que huyera muy lejos, que se fuera para la casa del tío Labán, hasta que se calmara la ira, de Esaú. Jacob se marchó llevando consigo la bendición del anciano padre. Una tarde, agotado por el viaje, recostó la cabeza sobre una piedra y se durmió. Durante el sueño tuvo una visión. Vio una escalera alta, muy alta, que desde la tierra llegaba hasta el cielo, y los ángeles Subían y bajaban por ella. En lo alto de la escalera estaba el Señor que le dijo: Yo soy el Señor, Dios de Abrahán y de Isaac. Te daré a ti y a tus descendientes la tierra en donde estás; tus descendientes serán numerosos como el polvo de la tierra y se extenderán por el mundo y, en ti y en tu descendencia, serán’ bendecidos todos los pueblos de la tierra.

Con estas palabras Dios confirmó a Jacob que el Mesías sería uno de sus descendientes, que la Iglesia se difundiría en toda la tierra y que sería grandísimo el número de 1os que abrazarían y profesarían la religión fundada por el futuro Mesías. Cuando Jacob se despertó a la mañana siguiente, le agradeció al Señor y, en señal de gratitud, levantó en forma de monumento la piedra en donde había recostado la cabeza y derramó aceite sobre ella. Dios, que mira con amor los corazones agradecidos, bendijo a Jacob. Le dio por esposa a la hija de su tío, le dio doce hijos y muchísimas riquezas, y, después de veinte años, le ordenó que regresara a la casa paterna. Cuando Esaú supo el regreso de su hermano, le salió al encuentro e hizo las paces con él.

No hay que molestar a nadie; si por caso uno ha ofendido a alguien, hay que pedirle inmediatamente perdón y vivir en paz con él. Si alguien nos ofende, debemos siempre perdonarlo.

h. José vendido por sus hermanos

José, uno de los doce hijos de Jacob, merece especial mención. Era el mejor y el preferido de su padre. Dios le envió sueños misteriosos y él, con toda sencillez, los narraba a sus hermanos. Soñé, les dijo, que estaba en un campo recogiendo trigo; mi gavilla se levantaba y estaba derecha, y las de ustedes se inclinaban ante la mía. Vi también en sueños que el sol, la luna y once estrellas se inclinaban hacia mí.

El amor especial que le tenía el padre y la narración de los sueños llenaron de envidia a los hermanos y llegaron hasta odiarlo.

Un día Jacob llamó a José y le dijo: Ve de mi parte a donde tus hermanos que están pastoreando lejos de casa, y tráeme noticia de ellos y de los rebaños. José obedeció y salió inmediatamente. Tan pronto los hermanos lo vieron de lejos, dijeron: He ahí que viene el soñador, ¡matémoslo! Pero Rubén, que era el hermano mayor, les dijo:

No lo matemos, pues es nuestro hermano; es mejor que lo dejemos morir en ese pozo vacío. Pero lo que él quería era después sacarlo, a escondidas de sus hermanos, y mandarlo nuevamente a casa.

Cuando José llegó, los hermanos se lanzaron sobre él y lo echaron en el pozo, sin dejarse conmover por sus gritos y sus lágrimas. Rubén se alejó un poco, y en esos momentos pasaron por allí algunos mercaderes que iban para Egipto. Judá, al verlos, dijo: En vez de dejar morir a nuestro hermano en el pozo, ¿no es mejor venderlo a esos mercaderes? Los hermanos aprobaron, contentos, la propuesta. Sacaron a José del pozo y lo vendieron por veinte monedas de plata. José les pidió que se compadecieran, lloró, les imploró a sus hermanos para que lo dejaran regresar a casa, pero ellos, duros de corazón, no se dejaron conmover. Los mercaderes montaron a José sobre un camello y se lo llevaron para Egipto.

El odio enceguece el corazón; quien odia a su prójimo, dice el Señor, es un homicida. ¡No odies jamás a nadie!

i. José encarcelado

Los mercaderes ismaelitas vendieron a José a Putifar, ministro del Faraón, rey de Egipto. El buen joven se comportó tan bien que en poco tiempo se ganó la simpatía y el amor de los patrones, y después se convirtió en el administrador de la casa, Pero La esposa de Putifar era una mujer mala y tentó al joven esclavo para que cometiera una pésima acción. José no quiso consentir en el pecado y huyó horrorizado. Llena de ira, la señora se vengó calumniando ante el esposo al virtuoso joven. Putifar le creyó a la esposa y mandó encarcelar a José. Pero Dios protege a los buenos. En la cárcel José se ganó también la simpatía de los carceleros y, más que prisionero, era el guardián de los encarcelados.

También fueron encarcelados dos ministros del rey; ambos tuvieron un sueño que le contaron a José. Este, iluminado por Dios, se los explicó. A uno le dijo: Dentro de tres días serás puesto en libertad y regresarás al palacio real; entonces acuérdate de mí, que he sido alejado de mí padre y estoy aquí condenado a pesar de ser inocente. Al otro le dijo: También tú saldrás de la cárcel dentro de tres días, pero para subir al patíbulo. Todo sucedió como José había dicho.

José fue encarcelado porque, por su virtud, no quiso cometer una acción mala. Sé siempre bueno y Dios te protegerá.

j. José, primer ministro

Pasaron dos años sin que el ministro del rey, liberado de la cárcel y colocado nuevamente en el ministerio, se acordara de José. Pero Dios dispuso las cosas de modo que también el rey tuviera dos sueños misteriosos. El rey quedó muy impresionado con los sueños; llamó a los adivinos del reino, pero ninguno pudo explicárselos. Sólo entonces el ministro del rey se acordó de José y le dijo al rey: en la cárcel hay un joven hebreo que sabe interpretar los sueños; me explicó un sueño que después se realizó exactamente. El Faraón mandó llamar de inmediato a José y le dijo: Explícame este sueño: Vi siete vacas gordas y bonitas que salían del Nilo e iban a comer el pasto fresco a orillas del río; detrás de ellas salían otras siete vacas flacas y feas que se lanzaron sobre las gordas y las devoraron. Vi también en sueños que siete espigas crecían en una misma caña. Eran muy hermosas. Pero otras siete espigas, secas y flacas brotaron después y consumieron las espigas hermosas. José le contestó: Los dos sueños, ¡oh rey!, significan lo mismo, y con ellos el Señor anuncia lo que va a hacer.

Las siete vacas gordas y las siete espigas hermosas significan siete años de abundancia en las cosechas; las siete vacas flacas y las siete espigas secas significan siete años de carestía. Busque, ¡oh rey! un hombre sabio y póngalo al frente de Egipto para que recoja todo el trigo de los años de abundancia y lo conserve para los años de carestía y de hambre. El consejo le agradó al rey y también a los ministros que estaban presentes. Entonces dijo el Faraón: No hay nadie tan sabio e iluminado por Dios como tú: yo soy el rey y tú serás el primer ministro, y todo Egipto te obedecerá. Dicho esto, se quitó el anillo y se lo puso en el dedo de José, le hizo vestir ropas de lino fino y le puso el collar de oro al cuello, luego lo hizo montar en su segunda carroza y lo proclamó virrey o primer ministro en todo Egipto.

Como José había predicho, vinieron los siete años de abundancia extraordinaria. Durante esos años, José mandó construir silos en todo Egipto y almacenar grandes cantidades de trigo. Después vinieron los siete años de carestía. El pueblo, que no tenía qué comer, se presentó al Faraón pidiendo pan. Faraón contestó: Vayan donde José. El primer ministro ordenó que abrieran los silos y que le vendieran trigo al pueblo.

El Señor protege a los buenos. Como protegió a José, porque era virtuoso, así también te protegerá a ti si practicas la virtud.

k. José, reconocido por sus hermanos

En el país en donde vivían los hermanos de José también hubo hambre. Jacob, al saber que en Egipto vendían trigo, dijo a sus hijos: Aquí morimos de hambre; vayan, pues, a comprar trigo a Egipto. Salieron diez hermanos, y se quedó en casa con el padre el más joven, Benjamín. Cuando llegaron a Egipto, se presentaron ante el virrey, pero no se dieron cuenta que era su hermano. Pero José, tan pronto los vio, los reconoció inmediatamente. Fingió no conocerlos, no entender su idioma y habló por medio de un intérprete. Como si fueran espías, les preguntó quiénes eran, de dónde venían, si el padre de ellos vivía, si tenían más hermanos. Ellos contestaron con toda verdad, y José añadió: Pues bien, si es verdad cuanto dicen, yo les voy a dar el trigo; pero uno de ustedes queda aquí como rehén, hasta cuando los otros regresen a casa y vuelvan aquí trayendo al hermano más joven.

Las palabras duras y el aspecto majestuoso del primer ministro o virrey asustaron a los hermanos que dijeron entre sí, pero en su propia lengua:

¡Es justo que padezcamos esta tribulación! Le hicimos un mal muy grande a nuestro hermano José, no nos conmovimos ante su llanto, no escuchamos sus súplicas: ¡merecemos este castigo! Rubén añadió: ¿No les dije yo que no le hicieran mal a nuestro hermano? No me quisieron escuchar, y ahora el Señor venga su sangre. José, que entendía perfectamente lo que estaban diciendo, se conmovió y se retiró solo a llorar. Les dio trigo y mandó que los siervos colocaran el dinero que habían pagado dentro de los costales y los dejó ir, quedando Simeón como rehén.

Cuando llegaron a casa, le contaron todo al anciano padre. Fue mucha su sorpresa cuando encontraron en los costales el dinero que habían pagado por el trigo.

Cuando se les acabó el trigo, volvieron a Egipto llevando doble suma de dinero, y con ellos iba Benjamín. José los recibió cordialmente y sé consoló a la vista de Benjamín; contuvo las lágrimas, pidió noticias del anciano padre y los invitó a almorzar con él. Pero quiso ponerlos a prueba para ver si amaban a Benjamín, o si lo odiaban como le había sucedido a él. Ordenó a su mayordomo que pusiera su copa de plata en el costal que iba a llevar a Benjamín. Cuando los hermanos partieron, envió algunos guardias en su persecución, con la orden de detenerlos diciendo:

¡Ustedes se robaron la copa del virrey! El capitán de los guardias hizo como se le había ordenado. Les dio alcance no lejos de la ciudad, les ordenó que se detuvieran y les dijo: ¿Por qué pagan el bien con el mal? Ustedes se robaron la copa del virrey, y éste es un gravísimo delito. Pero ellos contestaron: ¡Oh, no! Nosotros no hemos cometido semejante crimen. Hemos traído también la suma de la primera vez, y ¡no hemos robado la copa del virrey! Revisen los costales y si la encuentran, nos pueden llevar a todos como esclavos y condenar a muerte a quien la tenga. Los guardias revisaron los costales y encontraron la copa en el costal de Benjamín. Ante su vista, los hermanos quedaron estupefactos; mudos y avergonzados, regresaron a la ciudad y fueron llevados nuevamente ante la presencia del virrey que los estaba esperando, y les dijo: ¿Por qué se han comportado así conmigo? Judá respondió: No sabemos cómo disculparnos, ¡oh señor!, seremos tus esclavos para siempre. Pero él dijo: No, mi esclavo será solamente el que robo la copa.

Y Judá: Te ruego, ¡oh señor! que me dejes a mí como esclavo y permitas que se vaya Benjamín. Teníamos un hermano a quien amaba mucho nuestro padre; un día él desapareció y nuestro padre, creyendo que había sido devorado por una fiera, estuvo a punto de morir de dolor. Ahora, sí regresáramos sin Benjamín, papá morirá de tristeza. ¡Señor, te lo pido, deja regresar a Benjamín!

José no pudo contener más la conmoción, estalló en llanto y exclamó: ¡Yo soy José, hermano de ustedes! ¡No teman! Dios me envió a Egipto delante de ustedes para su bien; apresúrense, vuelvan a casa, tomen a nuestro padre, a sus hijos, a sus mujeres y todos sus bienes y traigan todo a Egipto. No se puede describir la sorpresa de los hermanos y la alegría de Jacob cuando supo que su querido José vivía todavía y que el Señor lo había elevado a tan alto cargo Jacob salió con los hijos y los nietos, y toda la familia se trasladó a Egipto. José, al saber que su padre se acercaba, le salió al encuentro en su coche. Cuando lo encontró, se lanzó hacia él y lo besó muchas veces; después ordenó darle las tierras de Gosén, las mejores de Egipto y las más apropiadas para el pastoreo de los rebaños.

Jacob vivió 17 años en Egipto. Completó la edad de 147 años y, al ver que ya iba a morir, mandó llamar a su hijo José. Este fue a visitarlo, llevando también a sus dos hijos, Manasés y Efraín. Reconfortado con la presencia de los hijos, Jacob se sentó en su cama e hizo acercarse a los dos nietos, los besó varias veces y los bendijo con mucho cariño. Luego llamó a sus hijos a su alrededor y los bendijo uno por uno. Bendijo a José con afecto particular, y, cuando le tocó el turno a Judá, hizo una gran profecía. Dijo: Judá, tú serás el guía, de tu tribu (o descendencia) nacerá el Salvador. Nacerá cuando tengan el mando tus descendientes.

José es figura de Jesús: fue vendido, encarcelado, salvó a Egipto, perdono generosamente a sus hermanos. Sé tú también imagen de Jesús; si los malos te ofenden, perdónalos de corazón, y devuelve siempre bien por mal.

l. Muerte de José

Muerto su padre Jacob, José regresó a Egipto con los hermanos. Estos temieron que José vengara el mal que le habían hecho, y por eso mandaron a decirle: Nuestro padre, antes de morir, ordenó que te dijéramos en su nombre estas palabras: te ruego que olvides la maldad de tus hermanos, el pecado y el mal que cometieron contra ti. También nosotros te pedimos que nos perdones nuestra iniquidad. Al oír esto, José lloró. Cuando ellos fueron a ponerse a su disposición como siervos, José los animó, diciéndoles que no temieran; Dios había convertido en bien el mal que habían cometido y se serviría de ellos para librar a mucha gente del hambre. Les prometió que él se preocuparía del sustento de ellos y de sus hijos. Los consoló y les habló con ternura y bondad. Murió en Egipto con toda la descendencia de su padre, a la edad de 110 años, y vio a los hijos e hijas de sus hijos hasta la tercera generación.

Después de todo eso, dijo a sus hermanos: Después de mi muerte, Dios los visitará y los llevará de este país a la tierra que juró dar a Abrahán, Isaac y Jacob. Lleven mis restos con ustedes. Después murió. Su cuerpo fue embalsamado con aromas y colocado en un sepulcro en Egipto.

Mira cuán bueno es José, cómo ama a sus hermanos, cómo se enternece ante su presencia, cómo perdona el mal que le habían hecho. Dios lo recompensa: llega a ser virrey de Egipto y a ver bendecida por Dios toda su familia.

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