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Desde Moisés hasta el Rey Saúl. Parte I |
(Más o menos desde el año 1.500 hasta el 1.055 a. C.) |

a. Moisés
Después de su muerte, según el deseo que había expresado, Jacob fue sepultado en el campo de Hebrón, en la tierra de Canaán. Allí también estaban enterrados Abrahán y su mujer Sara, Isaac y su mujer Rebeca.
Los doce hijos de Jacob: José, Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Benjamín, Dan, Neftalí, Gad y Aser, siguieron viviendo en Egipto y se multiplicaron extraordinariamente. Los reyes de Egipto temieron que los hijos de Jacob, llamados hebreos o israelitas, y que iban aumentando de número, pudieran rebelarse, y entonces se propusieron destruirlos a toda costa. Les impusieron una ley cruel y severa, según la cual los hebreos tenían que ahogar en el río Nilo a sus recién nacidos.
Una madre hebrea tuvo un hijo muy hermoso y, para no ahogarlo, después de haberlo tenido escondido durante tres meses, lo puso en una cestilla de papiro, la embadurnó con betún ---para que el agua no entrara—y la colocó entre los juncos que abundaban en las orillas del Nilo. Después mandó a su hija que observara desde lejos.
Por disposición divina, vino la hija del rey a bañarse en el río acompañada de sus doncellas, vio la cestilla entre los juncos, mandó que se la llevaran. Al abrirla vio que era un niño que lloraba, y como era muy hermoso y gracioso se compadeció de él y dijo: Este niño no debe morir. La hermana, María, se acercó a la princesa y se ofreció para buscar una madre hebrea para que criara al pequeñito. La princesa aceptó la propuesta y María corrió a llamar a la propia madre. Ella fue al río y la princesa le dijo: Toma esta criatura, críala por cuenta mía, después yo te pagaré todo. La mujer tomó bajo su cuidado al propio hijo. Cuando creció fue a entregarlo a la hija del rey, quien lo adoptó como hijo y le dio el nombre de Moisés, que quiere decir salvado de las aguas.

b. Moisés es llamado por Dios para libertar al pueblo hebreo
Moisés vivió y fue educado en el palacio real. Pero él amaba a sus hermanos de raza, les tenía lástima, participaba de sus sufrimientos y los defendía. Pero fue acusado ante el rey y, para no ser condenado a muerte, huyó lejos y se puso al servicio de un sacerdote llamado Jetró. Un día, mientras iba con el rebaño de su patrón, el Señor se le apareció en forma de llamas en una zarza. Moisés se acercó, quiso ver más de cerca esa visión, pero la voz del Señor le dijo: ¡Moisés, Moisés! No te acerques a este lugar; quítate las sandalias, porque la tierra que pisas es sagrada. Yo soy el Señor, Dios de tus padres: de Abrahán, de Isaac y de Jacob. He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he oído su clamor. Ve, pues, con tu hermano Aarón, a la presencia del Faraón y le dices que libere a mi pueblo. El rey no aceptará, pero yo castigaré a Egipto hasta que los deje partir.
Obediente a la voz del Señor, Moisés fue a hablar con el rey; pero el Faraón contestó, lleno de soberbia: ¿Quién es tu Dios? ¡Yo no lo conozco, ni le obedezco! Entonces Dios hirió a Egipto con diez castigos, que se conocen con el nombre de las “diez plagas de Egipto”. Transformó en serpiente el bastón de Aarón, convirtió en sangre las aguas del Nilo, mandó un número incontable de ranas repugnantes, tábanos y mosquitos muy molestos, la peste a los animales, una lluvia de granizo que causó muchos daños, nubes de langostas devastadoras y, durante tres días, una oscuridad tan grande que una persona no podía distinguir a otra, aunque estuviera cerca. Después de cada plaga el rey prometía dar libertad al pueblo hebreo, pero cuando, por intercesión de Moisés, pasaba el flagelo, su corazón se endurecía nuevamente y les quitaba otra vez el permiso.
Si por desgracia, querido niño o niña, caes en pecado, pide inmediatamente perdón a Dios y procura corregirte; la obstinación en el pecado atrae la ira de Dios.
c. Muerte de los primogénitos
Un castigo más, le dijo Dios a Moisés, y después el rey los dejará libres y podrán salir. Dijo a los hijos de Israel que, en la tarde del día 14 de ese mes, en todas las familias, deseo me sea ofrecido en sacrificio un cordero de un año y sin defecto. Con la sangre untarán las puertas de las casas. Yo pasaré por la noche y heriré de muerte a todos los primogénitos de los egipcios; en donde vea la sangre pasaré de largo y la familia quedará libre del castigo.
Los hebreos hicieron como les había ordenado el Señor. Dios pasó por la noche y mató a todos los primogénitos, comenzando por el hijo del más pobre hasta el hijo del rey. Solamente se salvaron las casas señaladas con la sangre de los corderos. A la mañana siguiente, en todo Egipto, no se veían sino lágrimas y llantos desesperados: en cada familia egipcia había un muerto. Después de este castigo, el Faraón llamó a Moisés y le dijo: ¡Váyanse, váyanse cuanto antes, y llévense todas sus pertenencias! El pueblo egipcio también animaba a los hebreos para que se marcharan y, para que lo hicieran más aprisa, les daban regalos: vasos de oro, plata y vestidos lujosos.
El sacrificio del cordero simboliza el sacrificio de Jesucristo. Los hebreos se salvaron por la sangre del cordero; nosotros nos salvamos por la sangre y el sacrificio de Jesús, y este sacrificio se renueva todos los días en la Santa Misa. Participa en ella con el mayor respeto y devoción.

d. Paso del Mar Rojo
(Más o menos en el año 1.500 a. C)
Tan pronto lo permitió el Faraón, Moisés salió de Egipto con todo su pueblo. Era una inmensa muchedumbre, que llevaba consigo todas sus pertenencias, sus bienes y los regalos que les habían hecho los egipcios.
Pero tres días después el Faraón se arrepintió de haberlos dejado ir. Organizó rápidamente un ejército y corrió detrás de ellos para hacerlos regresar nuevamente a Egipto. Los israelitas habían llegado a las orillas del Mar Rojo, cuando vieron, a lo lejos, el ejército del Faraón que los perseguía.
Con el mar al frente y los egipcios por detrás, los hebreos se llenaron de pánico y le dijeron a Moisés: ¿Por qué nos sacaste de Egipto, para que muramos en esta soledad? ¿Acaso nos faltaba tierra en donde sepultar nuestros muertos? ¿No te dijimos que era mejor servir a los egipcios que morir en el desierto? Moisés no perdió la calma. No teman, dijo, van a ver los prodigios que el Señor va a hacer hoy; dentro de poco no verán más a los enemigos que nos persiguen. Dicho esto, por orden de Dios, extendió su bastón sobre el mar. ¡Milagro! Las aguas se dividieron formando dos murallas, a derecha e izquierda; se formó un camino grande y un viento fuerte secó ese camino milagroso. El pueblo hebreo pasó así, a pie enjuto, y llegó hasta la otra orilla. Cuando los egipcios llegaron, siguieron también por ese camino, creyendo que las aguas quedarían siempre así. Pero eso no sucedió. Tan pronto llegó el último hebreo a la otra orilla, Moisés extendió el bastón sobre el mar, y en un instante las aguas volvieron a unirse. Faraón y su ejército quedaron atrapados por las aguas y se ahogaron; ninguno se salvó. Moisés y todo el pueblo entonaron un cántico de agradecimiento al Señor que los había salvado de esa manera tan prodigiosa.
También tú debes dar gracias continuamente al Señor por los beneficios recibidos; la gratitud abre las manos de Dios para darnos nuevos dones.

El Señor, que es la bondad misma, guió a su pueblo por el desierto durante 40 años con cuidado especial, dándole todo, como una madre cuida de sus hijos. En el desierto el sol quema terriblemente, y entonces Dios manda una nube que se extiende sobre los israelitas y los protege contra los rayos ardientes del sol. En el desierto no hay caminos; Dios manda una nube para que los guíe. Falta agua potable; Dios la hace brotar de la roca. Los israelitas quieren comer carne; Dios les manda una gran cantidad de codornices y todos comen hasta Saciarse.
Los amalecitas, pueblo enemigo de Israel, se opone con un gran ejército al paso de los hebreos. Moisés envía a Josué con los más fuertes y valientes al combate; él se pone a rezar sobre la montaña. Mientras él oraba con los brazos extendidos hacia el cielo, Josué vencía; cuando, por el cansancio, los dejaba caer, Josué perdía. Al ver esto, Aarón y Jur, que lo acompañaban en el monte, se pusieron a su lado y le sostenían los brazos hasta cuando Josué logró derrotar completamente a los enemigos. La oración vale más que la espada.
En el desierto se les acaban las provisiones y toda la multitud murmura contra Moisés, Era mejor haber muerto en Egipto, decían, en donde teníamos carne y pan en abundancia. Tú nos hiciste venir al desierto para morir de hambre. Dios oyó las murmuraciones y dijo: Haré llover pan del cielo. Cuando, a la mañana siguiente, los israelitas salieron de sus carpas, vieron la tierra cubierta con una cosa parecida a la escarcha. Era el maná, que Dios mandó del cielo todos los días, menos los sábados, durante 40 años, para alimento del pueblo. ¡Cuán bueno es el Señor!
El maná es figura de la Eucaristía, pan vivo bajado del cielo para alimento de las almas. Recibe con frecuencia y devoción la Sagrada Comunión y tendrás la vida eterna. Sus padres, dijo Jesús a los hebreos, comieron el maná y murieron, pero quien coma mi carne vivirá eternamente.

Dios le concedió a su pueblo un beneficio todavía mayor para su bien espiritual. Ese beneficio fue la publicación de la ley divina. En el tercer mes de viaje por el desierto, cuando los israelitas llegaron al Monte Sinaí, Dios le ordenó a Moisés que preparara al pueblo para recibir sus mandamientos. Moisés le transmitió al pueblo la orden recibida, lo purificó durante dos días seguidos para que, todos purificados, recibieran de modo conveniente la ley del Señor; delimitó también, bajo pena de muerte, los confines más allá de los cuales nadie debería pasar mientras Dios publicaba la ley. Preparado el pueblo, he aquí que en la mañana del tercer día una nube densísima cubrió la montaña, se escuchó un trueno, caían rayos, del monte salía humo y fuego y se oyó una trompeta con sonido ensordecedor. Y Dios habló así: Yo soy el Señor, tu Dios:
| 1. |
No tendrás otro Dios fuera de mí. |
| 2. |
No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios. |
| 3. |
Acuérdate de santificar el sábado (en la nueva ley el sábado quedó sustituido por el domingo). |
| 4. |
Honra a tu padre y a tu madre. |
| 5. |
No matarás. |
| 6. |
No fornicarás. |
| 7. |
No robarás. |
| 8. |
No dirás falso testimonio. |
| 9. |
No desearás la mujer de tu prójimo. |
| 10. |
No codiciarás los bienes ajenos. |
El pueblo oía la voz y el sonido de la trompeta, veía los relámpagos y el monte humeante y permanecía apartado; todos estaban llenos de temor. Pero Moisés dijo:
¡Animo! Dios quiso manifestarse en su poder para que todos le teman y no pequen. Después Dios le entregó a Moisés estos mandamientos escritos en dos tablas de piedra, que fueron colocadas en el arca santa.
Jovencito, teme a Dios y no pecarás; bienaventurados los que temen a Dios y observan sus mandamientos.

El pueblo de Israel, que había visto la omnipotencia divina y que había sido asistido por Dios, debería haber sido obediente al Señor con temor y amor. Pero no siempre fue así. Muchas veces fueron desobedientes, no cumplieron los mandamientos y obligaron a Dios a castigarlos.
Moisés, llamado por Dios, subió al Monte Sinaí para recibir las tablas de la ley, y allí permaneció durante 40 días. El pueblo, al ver que tardaba, le pidió a Aarón que hiciera un becerro de oro para ofrecerle sacrificios.
Esos ingratos merecían el exterminio, y, si fueron perdonados, fue por la intercesión de Moisés. Pero el becerro de oro fue destruido y reducido a polvo y 23.000 hombres fueron pasados a filo de espada.
Dios ordenó que se le tuviera la más santa veneración a su adorable nombre. Un individuo, habiendo peleado con un vecino, blasfemó. Fue llevado a presencia de Moisés, encarcelado y apedreado por orden de Dios. La misma suerte corrió otro que salió a recoger leña en día de sábado. El Señor quiere absolutamente que en su día se hagan buenas obras y por eso prohibió trabajar en ese día. Para nosotros es el día domingo. Para que el pueblo no tuviera que trabajar el sábado, permitió que el viernes recogieran doble cantidad de maná y que lo conservasen para el día siguiente, pues el sábado no caía el maná. Aquel desgraciado había recogido maná para el día siguiente, y no tenía necesidad de recoger leña en día de sábado. Por eso fue condenado a muerte.
Los hebreos llegaron, por fin, cerca de la tierra prometida. Antes de tomar posesión de ella, Moisés mandó a algunos exploradores para que observaran el país y sus habitantes. Ellos fueron y, cuando regresaron, dijeron que la tierra era muy fértil y en prueba de ello trajeron un racimo de uvas tan grande que tuvieron que llevarlo entre dos hombres. Pero dijeron que los habitantes eran muy fuertes, las ciudades estaban muy bien fortificadas y, en fin, que el país no se podía conquistar. Ante estas perspectivas desfavorables, el pueblo tuvo miedo, se rebeló contra Moisés y quiso regresar a Egipto. Solamente dos exploradores, Josué y Caleb, animaron a los hebreos, diciendo: ¡No sean rebeldes, pues vamos a vencer Dios está de nuestra parte. Pero la multitud siguió amotinada y si no hubiera sido por la protección de Dios, hubieran apedreado a los dos valientes y fieles exploradores. Los israelitas fueron castigados por esa rebelión y falta de fe en la ayuda de Dios: aunque ya estaban cerca de la tierra prometida, anduvieron por el desierto durante 40 años.
Tres jefes del pueblo, Coré, Datán y Abirón, murmuraron contra Moisés y Aarón. Fueron tragados vivos por la tierra con sus respectivas familias.
En otra ocasión los hebreos, cansados de viajar y hastiados del maná, murmuraron contra Dios y contra Moisés, entonces el Señor mandó serpientes venenosas que causaban la muerte. Moisés le pidió a Dios que apartara ese flagelo. Dios escuchó las oraciones de su buen siervo y mandó que hicieran una serpiente de bronce: los que eran picados por las serpientes y miraban la serpiente de bronce se libraban de la muerte.
Esa serpiente es figura de Nuestro Señor, clavado en la cruz, que, con los merecimientos de su pasión cura las heridas que el pecado ha hecho a nuestras almas. Miremos con fe a Jesús crucificado y nuestra alma, aunque haya sido envenenada con el pecado, no morirá eternamente.
Querido niño, mira frecuentemente a Jesús crucificado y piensa cuánto sufrió por nosotros. Este pensamiento te apartará del pecado, y así evitarás los castigos de Dios, que es bueno, pero también justo.
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