Vista previa de impresión

4
Desde Moisés hasta el Rey Saúl. Parte II
(Más o menos desde el año 1.500 hasta el 1.055 a. C.)

a. El Sacerdocio

En tiempos de Moisés, Dios, aunque siempre había sido invocado y adorado, no había todavía establecido un lugar especial para la oración, ni sacerdotes consagrados para ofrecer los sacrificios. Habiendo escogido a los hebreos como su pueblo predilecto, quiso tener un lugar sagrado, altar y sacerdotes para el culto. Le ordenó, pues, a Moisés que construyera el Tabernáculo, para colocar allí el Arca santa, y alrededor se debía reunir el pueblo para ofrecer los sacrificios.

El Tabernáculo era un pequeño templo hecho con columnas y planchas de madera revestida de oro, cubiertas con cortinas y pieles, que se armaba en las paradas y se desarmaba cuando partían. Cortinas multicolores dividían el templo en tres partes: una para el “santo de los santos”, otra para el simplemente “santo”, y la tercera para el “atrio”. En el atrio estaba el altar de bronce para los sacrificios, y allí era donde el pueblo oraba. En el “santo” había: el candelero de oro, encendido de día y de noche, una mesa recamada en oro sobre la que se colocaban semanalmente 12 panes frescos y el altar en donde se quemaba el incienso. En el “santo de los santos” estaba el Arca santa, ahora llamada Arca de la Alianza, en donde se encontraban las tablas de la ley. El Arca era una urna hecha con madera muy fina y toda cubierta de oro, y sobre ella había dos estatuas, también de oro, que representaban a dos Querubines, mensajeros de Dios.

El Señor quiso también tener sus sacerdotes. Hasta ese tiempo, el rito de ofrecer los sacrificios lo hacían los Patriarcas, es decir, los jefes de familia. Moisés, por orden de Dios, confió ese honroso encargo o misión a Aarón y a sus descendientes, y escogió a la tribu de Leví para los servicios del culto divino. Quiso también que los sacerdotes fueran consagrados con una ceremonia especial. Llamó a Aarón y a sus hijos cerca del Tabernáculo, los purificó y los revistió con vestidos preciosos, sobre todo a los que iban a ocupar los altos cargos. Derramó el aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón, y con el mismo aceite ungió también a sus hijos y, ofrecido el sacrificio, los roció con la sangre de la víctima.

Con otra ceremonia consagró a los Levitas, es decir, los que estaban destinados al servicio del Tabernáculo. Los reunió en presencia de todos, los roció con el agua de la purificación, ofreció un sacrificio por intención de ellos y todo el pueblo les impuso las manos sobre sus cabezas; Aarón los llevó en procesión hasta la entrada del Tabernáculo y los presentó a Dios ofreciendo un nuevo sacrificio.

Si en la Antigua Ley los sacerdotes merecían tal respeto, mucho más dignos de veneración son los sacerdotes de la Nueva Ley. Los del Antiguo Testamento ofrecían a Dios animales y custodiaban el Arca; los del Nuevo Testamento (son nuestros sacerdotes católicos) ofrecen a Dios a Jesucristo mismo, su Hijo unigénito. Lo hacen bajar del cielo hasta el altar, con las palabras de la consagración, durante la Santa Misa; conservan a Jesús en el Sagrario, lo distribuyen a los fieles en la Sagrada Comunión y perdonan los pecados en la Confesión.

Tú, querido amigo, respeta siempre a todos los sacerdotes, y sobre todo ama a tu párroco y a los demás sacerdotes que le ayudan en la enseñanza de la religión y en administración de los sacramentos.

b. Los Sacrificios

El sacrificio es el acto principal de la religión. El hombre reconoce el más absoluto poder de Dios sobre las criaturas, agradece al Señor los beneficios recibidos, pide perdón por los pecados cometidos y las gracias que necesita. Moisés determinó cuáles eran los sacrificios que deberían ofrecer a Dios para cada uno de estos fines también mandó que todos los días fueran sacrificados dos corderos, uno por la mañana y otro por la tarde también al comienzo de cada mes se ofrecían sacrificios especiales, y cada año sacrificios más especiales todavía

En algunos sacrificios se ofrecían animales, y se llamaban cruentos por la sangre derramada de las víctimas inmoladas; en otros, en cambio, se ofrecían trigo, harina, incienso, aceite, vino, y se llamaban sacrificios incruentos.

Dios aceptaba esas ofrendas, porque representaban el sacrificio que su Unigénito, más tarde, ofrecería de sí mismo en la cruz, y que se renovaría todos los días en todo el mundo con la Santa Misa hasta el fin de los siglos. La Santa Misa es el único sacrificio que satisface a Dios. Desde tiempos muy remotos el Señor, por medio del profeta Malaquías, había dicho a los sacerdotes hebreos: No aceptaré ofertas de sus manos, pues una víctima purísima será sacrificada y ofrecida a mi nombre en todas partes. Este sacrificio, ya lo sabemos, es la Santa Misa.

Asiste y participa en la Santa Misa, no solamente en, las fiestas de precepto, sino siempre que te sea posible, porque es el acto de religión por excelencia. La misa honra a Dios más que todos los actos, nos obtiene gracias a los vivos, y libra a las almas de las penas del Purgatorio.

c. Muerte de Moisés

Cuando Moisés llegó a la edad de 120 años, reunió a todo el pueblo y le dijo: Ya no los puedo gobernar más; de ahora en adelante el jefe será Josué. Llamó,’ pues, a Josué ante todo el pueblo y le dijo: Ten ánimo y sé valiente: llevarás a este pueblo a la tierra prometida a nuestros padres. ¡No temas! El Señor te acompañará. Después bendijo a las doce tribus, subió al monte Nebo, contempló desde allí la tierra prometida y murió. Todo el pueblo lloró por él.

Dios no le permitió a Moisés entrar en la tierra prometida a causa de una falta de plena confianza en el Señor. Aun las pequeñas faltas merecen castigo. ¡No olvides esto!

d. Josué

Después de la muerte de Moisés, Josué tomó el mando del pueblo. Lleno de confianza en el Señor luchó y venció a todos los enemigos con victorias estrepitosas y milagrosas. Cinco reyes se aliaron para detener el avance de los israelitas. Josué los combatió, pero al caer la tarde todavía no había logrado la victoria. En un impulso de fe, gritó: ¡Sol, detente donde estás! El Señor lo escuchó y prolongó el día hasta cuando logró destruir los ejércitos enemigos y poner presos a los cinco reyes.

El primer obstáculo al paso de los hebreos fue la ciudad de Jericó, muy bien protegida con murallas fortísimas y numerosos y valientes combatientes. Pero después de algunos días las murallas cayeron por sí solas ante el paso del Arca de la Alianza, que llevaban en procesión alrededor de la ciudad y al son de trompetas, como Dios les había ordenado. Mas la victoria quedó manchada con un pecado. Un hebreo, llamado Akán, durante la toma de la ciudad robó 200 monedas de plata y una barra de oro. Dios lo condenó a la muerte.

Respeta, querido niño, las cosas ajenas; no olvides que el robo está severamente prohibido por la ley de Dios, y también por la ley humana.

e. Los jueces

Con las victorias de Josué, el pueblo hebreo entró y tomó posesión de la tierra prometida. Pero sus vecinos, los filisteos, lo molestaban continuamente. Dios, para gobernar a su pueblo y para librarlo de sus enemigos que le hacían la guerra, escogió hombres sabios y valientes, a quienes llamó jueces. Hubo muchos de estos jueces; pero no les voy a citar sino a dos de ellos: Sansón y Samuel.

f. Sansón

Sansón, consagrado al Señor desde su más tierna edad, fue dotado por Dios con una fuerza extraordinaria. Al ver que los filisteos molestaban continuamente a los israelitas, trató de atraerse toda la ira del enemigo sobre sí, y de ese modo libró al pueblo de la opresión. Todo esto lo logró con astucia. Era el tiempo de las cosechas, y los filisteos cortaban el trigo y hacían las gavillas. Sansón tomó 300 zorras, las amarró de dos en dos por el rabo, puso una antorcha encendida entre cada par y las echó a correr por los campos de los filisteos; así incendió toda la cosecha.

Los filisteos se llenaron de rabia contra Sansón, y trataban de ponerlo preso: acamparon cerca de la tribu de Judá y exigieron que les entregaran al terrible enemigo. Una comisión de la tribu se presentó a Sansón y le dijeron lo que exigían los filisteos. El se dejó atar con cuerdas nuevas y gruesas y ser entregado a los enemigos. Tan pronto lo vieron así los filisteos, lanzaron gritos de júbilo y cayeron sobre él. Pero Sansón rompió las cuerdas nuevas como si fueran hilitos y, con una quijada de asno, mató a mil filisteos y puso en fuga a los demás.

En otra ocasión, Sansón entró a una ciudad filistea llamada Gaza. Cuando los filisteos se dieron cuenta, trancaron bien las puertas de la ciudad: querían matarlo cuando a la mañana siguiente pretendiera salir de la ciudad. Pero Sansón, sabiendo esto, se levantó a media noche, arrancó las puertas, se las echó a la espalda y las dejó en un monte cercano.

A pesar de ser tan fuerte, Sansón murió miserablemente por no haber sabido apartarse de una ocasión de pecado. Una mujer, Dalila, le insistió tanto a Sansón para que le revelara el secreto de su fuerza; él le confesó que se debía a su larga cabellera. Dalila era una mujer muy mala. Le cortó la cabellera mientras Sansón dormía y llamó a los enemigos. Estos se apoderaron de él, le arrancaron los ojos y lo metieron en la cárcel. Pero los cabellos crecieron y le volvió la fuerza.

Pocos días después los filisteos se reunieron para un banquete, y celebrar la victoria sobre Sansón; lo hicieron llevar a la sala del banquete y se burlaban de él. Sansón le pidió al joven que lo conducía de la mano que lo dejara recostar en las columnas que sostenían toda la casa, porque se sentía cansado. Entonces agarró una columna con la derecha y la otra con la izquierda; las sacudió fuertemente y dijo: ¡Muera Sansón con los filisteos! Las columnas cedieron ante la fuerza de sus músculos y se desplomó toda la casa, cayendo sobre Sansón y sus enemigos. Sansón fue juez de Israel durante 20 años.

Huye, pues, de las ocasiones peligrosas: quien ama el peligro, perecerá en él. San Felipe Neri, a los jóvenes que le preguntaban cómo deberían comportarse para mantenerse buenos en el mundo, contestaba: Huyan de las ocasiones, huyan de las ocasiones, huyan de las ocasiones.

g. Rut y Booz

Durante el tiempo en que gobernaban los jueces, un hombre llamado Elimelek, de Belén, en donde había gran carestía, se fue con su mujer Noemí y los dos hijos a vivir en el país de Moab. Allí murió Elimelek, y Noemí, viuda, permaneció diez años más en Moab con los hijos que se habían casado con Orpá y Rut, mujeres moabitas. También murieron los dos hijos, y entonces Noemí, ya sin marido y sin hijos, quiso regresar a su tierra con las dos nueras, pues la carestía ya había pasado. Durante el viaje Noemí les dijo a las nueras: Vuélvanse a casa de sus padres; el Señor tenga misericordia de ustedes, como ustedes la tuvieron conmigo y con los que murieron. El Señor les conceda la paz. Luego las besó con cariño.

Pero ellas, llorando, le contestaron que no querían abandonarla, Noemí insistió con dulzura. Orpá sí regresó a su casa. Pero Rut quiso a toda costa permanecer con su suegra; le dijo: Por favor, no insistas en obligarme a abandonarte, pues a donde vayas, también iré yo, en donde te quedes, me quedaré yo, tu pueblo será mí pueblo, y tu Dios será mi Dios. En la tierra en donde mueras, moriré y seré enterrada también yo. Ante la insistencia cariñosa de Rut, Noemí se la llevó para Belén en donde vivía un familiar suyo, llamado Booz, hombre muy rico.

Rut, con el consentimiento de la suegra, fue al campo de este señor a recoger las espigas que iban quedando detrás de los segadores. Cuando Booz fue a inspeccionar sus campos en donde los segadores recogían el trigo, preguntó quién era esa joven que estaba espigando con ellos, Le contestaron que era una mujer venida del país de Moab con Noemí, y que había pedido que la dejaran recoger las espigas que quedaban atrás de los segadores, Entonces Booz dijo a Rut: Puedes seguir espigando en mis campos: todos te respetarán; he oído hablar de ti, y que el Señor te recompense todo lo que has hecho. Cuando sea hora, ven a comer con mis segadores. Para premiar a Rut, Booz dio la orden a sus siervos que la dejaran libremente espigar, y de propósito dejaran caer más espigas para que ella las recogiera.

Rut espigó todo el día; por la tarde recogió un buen atado de trigo y fue a llevarlo a Noemí con parte del almuerzo que le había guardado. Noemí, conmovida ante tanta bondad, dio gracias al Señor, y le dijo a Rut que Booz era pariente de ellas, y le permitió que fuera a recoger el trigo con las jóvenes de Booz hasta cuando terminara la recolección.

Booz, sabiendo que Rut era una mujer virtuosa, se casé con ella, y tuvo un hijo que se llamó Obed, que fue después padre de Isaí, el papá de David.

Mira y admira la fe en Dios, la resignación a su voluntad en las miserias y sufrimientos de la vida, el recíproco y respetuoso afecto de Noemí y de Rut, la comprensión generosa de Booz. Aprende tú también a confiar siempre en el Señor que, cuando permite las tribulaciones y dolores de la vida para probar nuestra virtud y méritos, no abandona jamás a los que cumplen sus deberes y confían en su admirable Providencia.

h. Samuel

Samuel vino al mundo por una gracia especial que Dios le concedió a una mujer llamada Ana, que le había pedido con mucha fe poder tener un hijo. La buena madre, en señal de gratitud, consagró su pequeñito al Señor desde su nacimiento. Lo llevó cerca del Tabernáculo y lo confié a los cuidados de Elí, que era juez y sumo sacerdote. Samuel creció sirviendo fielmente al Señor. Elí tenía dos hijos, que eran malos, y con su mal ejemplo atrajeron los castigos de Dios sobre ellos y sobre su padre.

Una noche Samuel dormía cerca del Tabernáculo, y oyó una voz que lo llamaba: ¡Samuel! ¡Samuel! El niño saltó inmediatamente de la cama y fue a presentarse a Elí, creyendo que él lo llamaba: Aquí estoy, pues me llamaste. Elí le contestó: ¡No!, no te llamé, vuelve a dormir. Samuel volvió a la cama y se durmió, pero por segunda vez la voz lo despertó llamándolo: ¡Samuel! ¡Samuel! De nuevo corrió donde Elí y le dijo: Heme aquí, pues me llamaste! —OH, no ! hijo mío, yo no he llamado a duerme tranquilo. De nuevo en la cama, fue llamado por tercera vez, y otra vez fue donde Elí. El sumo sacerdote comprendió entonces que Samuel estaba siendo llamado por Dios, y le dijo: Si oyes la voz por cuarta vez, contesta: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Dios le habló le reveló los tremendos castigos que vendrían sobre Elí sobre sus hijos y sobre toda la nación. En efecto, una guerra contra los filisteos y el ejército de los hebreos fue derrotado, los hijos de Elí murieron y el Arca de Alianza cayó en manos de los enemigos. Elí, al conocer todas estas desgracias, cayó de su asiento hacia atrás, se golpeó la cabeza y murió.

Desde ese momento, todos comprendieron que el espíritu del Señor estaba con Samuel. Fue un juez recto bueno, llevó nuevamente al pueblo a la observancia de la ley y salvó a la nación de las manos de los enemigos.

Observa e imita la pronta obediencia de Samuel: tendrás, como él, la bendición de Dios.

i. Los reyes

Samuel envejeció, y el pueblo, viendo cómo se hacía en las naciones vecinas, pidió ser gobernado por un rey, Dios dijo a Samuel: Haz lo que el pueblo pide, pero adviérteles del peso que caerá sobre todos cuando tengan un rey. Les dirás que el rey llamará a los jóvenes para constituir con ellos su guardia y su ejército, hará trabajar a los hijos en los campos y fabricar armas; tomará para sí a los siervos, los mejores campos y los mejores animales. Samuel cumplió las órdenes recibidas de Dios; pero el pueblo no escuchó sus palabras y dijo: Queremos un rey que nos gobierne.

<<Regresar al indice

Envíe este articulo a un amigo o amiga:
Remitente:
Email destino:
Para enviar el articulo a varios amigos separe las direcciones con comas ( , ).
 
Oraciones de uso frecuente | Educar en la fe |Catecismo familiar | Vida de santos
06.05.2008 © Corporación CED. Colombia
www.servicont.com