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(Del año 1.050 al 1.010 a.C.) |

a. Saúl
Samuel reunió al pueblo cerca del Arca del Señor y echó suertes para ver quién sería el rey. La suerte cayó Sobre Saúl. Salieron en su busca y lo encontraron escondido en su casa. Llevado ante el pueblo, se notó que era más alto que todos, y dijo Samuel: Ciertamente ustedes saben quién es el elegido del Señor. Y todo el pueblo gritó: ¡Viva el rey! Saúl, por orden de Dios, ya había sido ungido por Samuel.
El Señor quiso que también los reyes fueran consagrados, para que se supiera que toda autoridad viene de Dios.

Los filisteos declararon la guerra a los hebreos y Saúl salió con un ejército a combatirlos. Los dos ejércitos acamparon uno frente al otro. De las filas de los filisteos salía todos los días un gigante, Goliat, soldado de grande estatura, sumamente fuerte, con yelmo, coraza, escudo y jabalina de bronce. El gigante desafiaba a los soldados hebreos a un combate individual con él y, como ninguno tenía el valor de enfrentársele, se retiraba lanzando insultos contra el ejército de Israel.
David, que era un joven pastor, iba al campo de batalla para tener noticias de sus hermanos soldados; vio al gigante, oyó los insultos contra el ejército del Señor y se presentó a Saúl, diciendo: Voy a luchar contra ese filisteo. Saúl le contestó: Tú no eres capaz de luchar contra él, eres muy joven todavía y él es un guerrero experimentado. David insistió: Créeme, OH rey, cuando yo estaba en el campo estrangulé un león que devoraba las ovejas Dios, que me dio tanta fuerza contra las fieras, no dejará de ayudarme contra ese idólatra que insulta al ejército del Señor.
Saúl le permitió que fuera. y David bajó al valle cuando pasó por el torrente, recogió cinco piedritas bien lisas y avanzó contra Goliat armado con su honda. El gigante, al ver al jovencito, se puso a reír y se burlaba de él; pero cuando se dirigió hacia David, este también fue a su encuentro, puso rápidamente una piedra en su honda y la lanzó contra el gigante. La piedra fue a dar a la cabeza de Goliat, en la pura frente, y el gigante cayó. David corrió sobre él, agarró la espada de Goliat y con ella le cortó la cabeza. Cuando los filisteos vieron que había muerto su gigante, salieron corriendo y el ejército de Israel los persiguió.
También los pequeños, con la ayuda de Dios, pueden realizar grandes cosas: si eres bueno como David, Dios estará contigo.
Saúl, durante los primeros años de su reinado, fue fiel a Dios y obediente a Samuel. Mientras fue obediente, fue bendecido por Dios y logró muchas victorias. Pero un día comenzó a desobedecer y por su modo de obrar le faltó la ayuda de Dios: comenzó a tenerle envidia a David, trató de matarlo varias veces, perdió la paz y la tranquilidad del alma, y ya no tuvo buena suerte en las guerras.
Combatiendo contra los filisteos, fue vencido, herido y perseguido por los enemigos. Para no caer en sus manos, se lanzó sobre su propia espada y, en medio de su desesperación, le pidió a uno que pasaba que lo acabara de matar. Así, por haberse apartado de Dios, el pobre Saúl perdió el reino y la vida.
Si te apartas de Dios por el pecado, tú también perderás la paz, pues los malos no tendrán nunca tranquilidad.

d. David
(Del 1.010 al 970 a. C)
David sucedió a Saúl y fue ungido rey por Samuel.
Fue un rey valiente: dirigió muchas guerras, venció a los enemigos y extendió su reino. Puso a Jerusalén por capital y construyó su palacio real sobre el monte Sión. Pero más que por su valor militar, David es digno de alabanza por su santidad. Recondujo al pueblo al culto del verdadero Dios y a la observancia de la ley divina; construyó en Jerusalén, sobre el monte Sión, un nuevo Tabernáculo; compuso muchos himnos, llamados salmos, en alabanza a Dios y eligió cantores y músicos para que glorificaran al Señor.
Deseaba construir un magnífico templo y, con ese fin, reunió gran cantidad de oro, plata, piedras preciosas y maderas finas, las más finas que encontró. Sin duda habría edificado el templo, si Dios no le hubiera manifestado que esa construcción sería de su hijo Salomón. David, por sus virtudes, mereció ser el grande antepasado del Salvador.
A pesar de su santidad, David cometió dos grandes pecados, de los que dejó de pedir perdón por algún tiempo. El Señor se apiadó de él y envió al profeta Natán al palacio real para reprenderlo. Ante el reproche del profeta, David admitió el gran mal que había hecho, se arrepintió, lloró, y para expresar y eternizar su dolor, compuso el salmo “Miserere”, que todavía hoy cantamos en las ceremonias de penitencia, cuando pedimos a Dios perdón por los pecados. El profeta, al ver el arrepentimiento sincero del rey, le aseguró que Dios lo había perdonado; pero le añadió que el castigo no faltaría sobre su casa: moriría el hijo recién nacido, otros hijos se rebelarían contra él, y para conservar su reino tendría que estar en guerra continuamente.
Cuando nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados, el Señor nos perdona; pero no siempre perdona las penas merecidas por ellos. Por eso la Iglesia nos manda ayunar y no comer carne en ciertos días del año; es para descontar, con la mortificación, las penas que quedan después del perdón de las culpas.

Como el profeta Natán había predicho, David tuvo que defender su trono con la espada. Cuando no eran sus enemigos los que lo combatían, entonces eran sus propios hijos los que se rebelaban contra él. Entre ellos el más rebelde y malo fue Absalón.
Durante una fiesta, Absalón mandó matar a su hermano Amnón, lo que, naturalmente, hizo sufrir muchísimo a David. Temiendo que su padre lo castigara, huyó lejos del reino; pero como no podía vivir siempre por allá, por intermedio del general Joab, obtuvo el perdón del padre y el permiso para regresar a casa. Después de este gesto generoso del padre, Absalón hubiera debido amarlo mucho más, pero fue ingrato, organizó una conspiración y se declaró rey. David, como no se esperaba esto, tuvo que huir. Joab, con la parte fiel del ejército, marchó contra Absalón y sus secuaces. Absalón huyó montado en una mula; pero en la fuga quedó su cabeza enredada en un árbol, mientras la mula siguió corriendo, Aunque David había ordenado que no mataran a su hijo rebelde, Joab, viéndolo colgando del árbol, lo atravesé con su lanza.
No olvides el triste fin de Absalón; los hijos que hacen sufrir a los padres serán aborrecidos de Dios y serán infelices, aun en esta vida.

f. Salomón
(Del año 970 al 932 a. C.)
Antes de morir, David escogió como su sucesor a su hijo Salomón, a quien le hizo varias recomendaciones. La primera fue ésta: Hijo, yo voy a morir. Observa los mandamientos del Señor, camina según la voluntad de Dios, para que en el reino de Israel reine siempre un sucesor mío. Así me lo prometió Dios.
Al principio Salomón amó a Dios, siguió los consejos del padre, y Dios le concedió un reino pacífico y una gran sabiduría. Una noche el Señor se le apareció y le dijo: Pídeme todo lo que quieras, yo te lo daré. Salomón contestó: Señor mío, yo soy como un niño en medio de un pueblo tan numeroso que ni siquiera se puede contar, Te pido que me des un gran corazón y grande discernimiento entre el bien y el mal, para que yo pueda juzgar rectamente. Esa oración le agradó al Señor, quien le concedió tanta sabiduría como ningún rey la tuvo jamás. Su sabiduría se extendió por todas partes y desde lejos iban para escucharlo. Fue también la reina de Saba, lo oyó y al regresar a su tierra, dijo: La sabiduría de Salomón es más grande de lo que se me había dicho.
He aquí un ejemplo de la gran sabiduría de Salomón: dos madres vivían en la misma pieza y ambas tenían un hijito de pocos días. Una noche, mientras dormían, una de ellas ahogó a su criatura. Cuando se dio cuenta de la desgracia, se levantó sin hacer ruido y cambió su niño muerto por el vivo de la compañera. A la mañana siguiente, ésta vio a su lado el niño muerto; pero viéndolo mejor a la luz del sol notó que no era el suyo, sino el de la otra mujer que dormía en el mismo cuarto. Entonces le pidió su niño a la compañera, pero ella no se lo quiso dar, diciendo que el niño vivo era el suyo y no el muerto. Entonces fueron a la presencia del rey a pedir justicia. El rey escuchó a las dos madres. Ambas sostenían que el niño vivo era el suyo, pero no había pruebas. ¿Cómo se podía reconocer cuál era la verdadera madre del niño vivo? Salomón dijo a los soldados: Traigan una espada, corten el niño en dos partes y denle la mitad a cada una. Entonces la mujer que no era la madre del niño vivo y por eso no se horrorizaba ante la sentencia del rey, dijo:
¡Muy bien, que así se haga! Divídanlo por la mitad; y así no será ni mío ni tuyo. Pero la verdadera madre se dirigió al rey y le dijo: ¡Oh, no! por favor, no maten a mi hijito. Más bien dénselo a mi rival con tal que no sea dividido por mitad. Ante estas palabras, Salomón reconoció en ella a la verdadera madre y ordenó que se lo entregaran.
Salomón edificó a Dios un templo grandioso y riquísimo, teniendo como modelo el Tabernáculo: cubrió de oro las paredes y el pavimento del Santo de los Santos ordenó que todos los vasos fueran de oro. Miles y miles de obreros trabajaron en la construcción durante siete años; cuando lo terminaron, hicieron fiesta durante ocho días seguidos y sacrificaron a Dios muchísimos animales. A Salomón, que, en su oración había pedido solamente sabiduría y prudencia para gobernar bien a la nación, Dios le concedió también gloria y riquezas tan grandes que no tenía ningún otro rey sobre la tierra.
Si pedimos a Dios los bienes del alma, que son los más importantes, él nos concederá también el aumento de lo que necesitamos para esta vida.

Ya anciano, desgraciadamente Salomón se relacionó con los reyes paganos y no fue fiel a la santa ley de Dios, Entonces el Señor le dijo: Dividiré tu reino y lo daré a uno de tus siervos; solamente por amor a David, tu padre, no lo haré durante tu vida, y a tu hijo dejaré dos tribus para que reine sobre ellas.
Cuando murió Salomón, subió al trono Roboam. El pueblo, antes de aclamarlo rey, le pidió que les rebajara los enormes impuestos, diciendo: Tu padre nos sobrecargó con pesados tributos; disminúyelos y nosotros te serviremos con buena voluntad. Roboam les pidió tres días para pensar si accedía o no a la petición del pueblo. Consultó a los consejeros ancianos, y ellos le aconsejaron que disminuyera los impuestos; después consultó también a sus jóvenes amigos, quienes, al contrario, le aconsejaron recargar todavía más el yugo que les había impuesto su padre Salomón. Roboam siguió el imprudente consejo de los jóvenes, creyendo que así sometía mejor al pueblo usando más el terror que la bondad. Entonces el pueblo, al ver que no se le había aceptado la petición, se rebeló inmediatamente. De las doce tribus, solamente le fueron fieles dos: las tribus de Judá y de Benjamín, que formaron el reino de Judá. Las otras diez escogieron a Jeroboam por rey, y formaron el reino de Israel. Así quedó dividido el reino de David.
Roboam se equivocó cuando siguió el consejo de los jóvenes y rechazó el de los ancianos; tú, aprende a pedir y a aceptar los consejos de las personas sabias y prudentes: si así lo haces, nunca tendrás de qué arrepentirte.

h. El Reino de Israel
Jeroboam, al ser proclamado rey de Israel, le prohibió al pueblo ir a Jerusalén a adorar a Dios, diciendo: Si mi pueblo sigue frecuentando a Jerusalén, terminará yéndose con Roboam nuevamente. Entonces mandó construir altares y becerros de oro e indujo al pueblo a la idolatría. Sus sucesores no fueron mejores que él y, con reyes malos, no fue difícil que en el pueblo aumentaran los desórdenes, las violencias y los vicios. Finalmente la nación se pervirtió totalmente, y Dios mandó profetas para corregir los vicios de los reyes y del pueblo. Pero todo fue inútil, porque Israel, en vez de escucharlos y seguirlos, los perseguía;
Los buenos son siempre perseguidos; pero no hay que temer las persecuciones de los malos. Bienaventurados los que sean perseguidos por querer conservarse buenos y fieles a Dios.

i. Elías
Elías fue un profeta que vivió en tiempos de Ajab, rey, impío y malvado. Ajab (875-854) no sólo siguió prohibiendo que se adorase al verdadero Dios, sino que también mandó a matar a todos los sacerdotes del Señor que vivían en su reino; edificó un templo al dios Baal y mandó venir 400 sacerdotes idólatras para el culto de ese falso dios.
Elías, muy valiente, se presentó ante el pérfido rey y le anunció que, por causa de sus crímenes, Dios mandaría una terrible sequía y el hambre se extendería por todo el país. En efecto, durante tres años y medio no cayó ni una gota de agua, y sobrevino una gran carestía. Enfurecido el rey, persiguió a Elías y mandó a buscarlo por todas partes para matarlo. Elías vivió escondido, y fue alimentado milagrosamente, primero por los cuervos que le llevaban el alimento por la mañana y por la tarde, y después por una buena viuda, a la que él le multiplicó la poca harina y las últimas gotas de aceite que le quedaban. Después de tres años y medio, el profeta se presentó nuevamente al rey desafiando su ira y le propuso que, al menos ante un milagro, reconociera al verdadero Dios.
Ajab aceptó el reto y reunió a todo el pueblo y a los sacerdotes de Baal. Elías reprochó también al pueblo por haber abandonado al Señor; mandó levantar dos altares, preparó leña sobre ellos, mató dos bueyes y luego dijo: Tomen uno de los bueyes, y yo me quedo con el otro; ustedes invoquen a su divinidad y yo invocaré al Señor.
El Dios que debernos adorar será el que escuche nuestra súplica y mande fuego del cielo para quemar la víctima. Todos aceptaron. Elías, dirigiéndose a los sacerdotes de Baal, les decía: Ustedes, que son muchísimos, comiencen primero. Los sacerdotes pusieron el buey sobre el altar y comenzaron a gritar: Baal, óyenos! ¡Baal, óyenos!, y bailaban alrededor del altar; pero no bajaba fuego del cielo. Ya era mediodía y Elías se mofaba de ellos diciendo: ¡Griten más fuerte, pues Baal puede estar dormido! Entonces siguieron gritando más fuerte y se herían con puñales y cuchillos hasta sangrar. Pero nada que bajaba fuego del cielo. Entonces Elías tomó su buey, lo puso sobre el altar y oró: Señor, demuestra ahora que eres el único Dios de Israel: escúchame, ¡oh! Señor, para que este pueblo sepa que solamente tú eres el verdadero Dios. Inmediatamente bajó fuego del cielo y quemó la víctima, la leña y el altar. Ante esto, el pueblo cayó rostro en tierra y exclamó: Verdaderamente el Dios de Elías es el único Dios. Todos los sacerdotes de Baal fueron condenados a muerte.
Esto llenó de ira a La reina Jezabel, que juró matar al profeta. Elías huyó al desierto, y después de un día de camino, ya muy cansado, se sentó y dijo al Señor: ¡Ya no puedo más, llévame contigo! Y se durmió. Pero he aquí que un ángel del Señor lo despertó y le dijo: Levántate y come. Y Elías vio un pan y un vaso de agua cerca de su cabeza. Comió, bebió y se fortaleció con ese alimento, y así pudo continuar su viaje durante 40 días y 40 noches hasta llegar al monte Horeb.
Elías ungió a su discípulo Eliseo como nuevo profeta. Un día, mientras caminaba al lado de Eliseo, apareció un carro de fuego, tirado por caballos también de fuego, que los separó a uno de otro. Elías subió a los cielos en medio de un torbellino, y Elíseo no lo vio más.
El pan que aumentó a Elías en su largo camino es figura de la Sagrada Comunión. La Santísima Eucaristía es el pan sustancioso que Dios nos da como alimento en la peregrinación de la vida.

j. Eliseo
Cuando Elías desapareció, el espíritu del Señor entró en Eliseo. El continuó la predicación de la ley de Dios al de Israel. El Señor lo acompañó con muchos milagros para que todos lo reconocieran como profeta y le obedecieran.
Una pobre viuda tenía una deuda que no podía pagar nunca. El acreedor quería vender los dos hijos de la viuda para así hacerse pagar la deuda. Cuando Eliseo supo esto le ordenó a la mujer que reuniera el mayor número le de recipientes vacíos y echase en ellos el poco que le quedaba en un pequeño vaso. La viuda hizo como le había mandado el profeta: pidió prestados cuantos más vasos pudo y los fue llenando todos, uno no, y el aceite de su pequeño vaso no se acababa. Cuando terminó de llenar el último recipiente, dejó de caer aceite. La viuda vendió el aceite y pagó la deuda, y también le quedó dinero para sostenerse ella y sus hijos.
A una mujer rica, muy piadosa, le resucitó al hijo curó la lepra de Naamán, príncipe de los reyes de ero a pesar de todos estos milagros, el pueblo no al contrario, lo injuriaba y se burlaba de él. Un día, acercándose al pueblito de Betel, unos niños vieron subir lentamente por la colina y se pusieron a burlarse de él. El profeta los amonestó, pero los muchachos siguieron molestándolo. Entonces salieron dos feroces osos que se lanzaron sobre ellos y mataron a 42.
Con ese tremendo castigo el Señor dio a entender que él quiere que respetemos a los ancianos, a los superiores y a los sacerdotes.
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