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Desde Jonás hasta los Tres jóvenes en el horno ardiente
(Del 784 al 744 a. C.)

a. Jonás

Jonás fue otro gran profeta. Fue enviado por Dios a Nínive a predicar la penitencia y a amenazar con la destrucción de la ciudad si, dentro de 40 días, no se convertían. Jonás sabía que el Señor, siempre misericordioso, perdonaría la ciudad (que él, en cambio, quería ver destruida); por eso no obedeció; se fue al puerto y se embarcó en una nave que lo llevaría muy lejos de Nínive. Pero cuando la nave estaba ya en alta mar, Dios mandó una tempestad terrible y la nave estaba por naufragar. Los marineros lloraban, imploraban a sus dioses; solamente Jonás dormía plácidamente. Entonces lo despertaron y le dijeron: Levántate y pide a tu Dios que se apiade de nosotros! Como era costumbre entre ellos, echaron suertes a ver quién era el culpable de esa desgracia; y la suerte cayó sobre Jonás. El, entonces, confesó su pecado y dijo: Échenme al mar y la tempestad se calmará. Así lo hicieron: el viento cesó y el mar se calmó.

Un enorme pez se tragó a Jonás, quien, por determinación divina, estuvo tres días dentro del pez. El profeta rezó y le pidió perdón a Dios por su desobediencia. El Señor lo escuchó y, a los tres días, el pez lo dejó vivo en las playas del mar. Jonás se encaminó inmediatamente para Nínive y allá, por las calles y las plazas, se puso a predicar la penitencia: el rey y los ciudadanos le obedecieron, hicieron rigurosa penitencia y así se salvó Nínive,

Jonás es figura de Jesucristo, que estuvo, después de su muerte, tres días en el sepulcro y después resucitó.

Si nos arrepentimos de corazón, el Señor perdona nuestros pecados, por más grandes y numerosos que sean. El jamás desprecia el corazón arrepentido y humillado.

b. Fin del Reino de Israel

Después de los muchos llamamientos inútiles hechos por Dios, por medio de los profetas, para reconducir a Israel a la práctica de la verdadera religión, el Señor castigó a aquel pueblo infiel. Salmanasar, rey de Asiria, invadió a Samaría, capital del reino, y se llevó para su país a casi todos los habitantes de Israel como prisioneros de guerra.

El Señor, con sermones, catecismos y correcciones, te invita también a ti a ser mejor: escucha siempre la voz de Dios y no desprecies las gracias que él te concede.

c. Tobías

Entre los prisioneros de guerra que Salmanasar se llevó para Nínive, se encontraba también Tobías. Cuando estaba todavía en su patria, era el único que iba a Jerusalén a adorar al Señor en vez de ofrecer sacrificios a los becerros de oro, como hacían los demás. Se casó con una mujer llamada Ana, y tuvo un hijo a quien le enseñó a amar y a temer a Dios, y a huir del pecado. A pesar de haber caído prisionero, siguió siempre por el buen camino: dividía su pan con los otros compatriotas prisioneros, los consolaba, vestía y enterraba a los muertos, arriesgando su propia vida. El Señor quiso probarlo también con tribulaciones. Quedó ciego y, no pudiendo trabajar, quedó reducido a la miseria. Entonces se acordó que le había prestado dinero a un tal Gabael, de Ragués. Llamó al hijo, que también se llamaba Tobías, y le dijo: Vete hasta Ragués y recupera una plata que le presté a Gabael hace unos veinte años. El hijo, que no conocía el camino, salió en busca de una persona que le sirviese de guía.

En la plaza encontró un joven que dijo llamarse Azadas y que iba para Ragués. Salieron juntos. Llegaron a un río y Tobías entró en el agua para bañarse los pies, cuando he aquí que apareció un enorme pez que se le echó para morderlo. Tobías, asustado, gritó: ¡Señor, protégeme! Y Ararías: No temas, agárralo por las agallas y sácalo. Así lo hizo y entonces Azarías le dijo que lo despedazase y guardase el corazón y la hiel. La carne serviría de alimento para el viaje. Llegaron a una ciudad y Azarías dijo: Aquí vive Ragüel, tu pariente, es muy rico y tiene una sola hija que heredará toda la fortuna del padre. Detengámonos en su casa y pídela a su padre para casarte con ella. El te la concederá y tú prepárate en oración para el matrimonio.

Tobías se demoró 14 días en casa de Ragüel y se casó con Sara, la rica hija de su pariente. Mientras tanto Azarías fue hasta Ragués y se hizo pagar la deuda. Cuando regresó, Tobías se despidió de Ragüel que le dio siervos, siervas, ganado, camellos, vacas, mucho dinero. Luego, con el compañero, la esposa y toda la comitiva, emprendió el regreso. Al acercarse a la ciudad, Azarías dijo Tobías: Al entrar en tu casa, adora y agradece a Dios, besa a tu padre y úntale los ojos con la hiel del pescado que has conservado. Tobías hizo todo como se le había dicho: adoró y dio gracias al Señor, besó afectuosamente al anciano padre, le untó los ojos con la hiel e inmediatamente recobró la vista.

Este joven desconocido le trajo a la familia de Tobías un bien inmenso. En recompensa, Tobías y su hijo querían darle la mitad de las riquezas de la dote de Sara. Entonces el joven les reveló, la verdad: Yo soy, dijo, Rafael, uno de los ángeles que están siempre delante de Dios. Cuando oyeron esto, el padre y el hijo cayeron con el rostro en tierra, temblorosos. Pero el ángel les dijo: La paz esté con ustedes, no teman. Si he estado con ustedes, ha sido por voluntad divina. Ahora tengo que regresar al que me envió. Bendigan al Señor y hablen de sus maravillas. Dicho esto, desapareció. Entonces, durante tres horas, permanecieron postrados por tierra alabando y adorando a Dios.

También tú tienes un ángel de la guarda a tu lado; ámalo y obedécele, cuando él te hable por medio de las buenas inspiraciones.

d. Job

Es bueno recordar aquí a otro santo hombre, aunque haya vivido en otro tiempo y en otro lugar. Se trata de Job, que con su buen ejemplo nos enseña cómo debemos soportar las tribulaciones de la vida.

Job vivió entre paganos, pero adoró siempre al verdadero Dios. Era muy rico y daba muchas limosnas; daba consejos, porque era sabio; tenía siete hijos y tres hijas que se querían mucho. Para probar su virtud, Dios permitió que Satanás lo tentara. El demonio no perdió tiempo: cierto día, uno de los siervos dijo a Job: Los sabeos nos atacaron y se llevaron los bueyes, los burros y mataron a los siervos, solamente yo logré escapar. Llega otro y le anuncia: Un rayo acabó con las ovejas y los pastores. Llega un tercero y dice que los caldeos se han robado los camellos y han asesinado a todos los siervos. Un cuarto trae una noticia más trágica: Patrón, dijo, un viento sumamente fuerte destruyó la casa de tu hijo mayor, en donde estaban reunidos todos tus hijos e hijas. Todos murieron bajo los escombros.

Ante tan terribles noticias, Job lloró y rasgó sus vestiduras en señal de dolor; pero al mismo tiempo, adoró a Dios y dijo: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea su santo nombre, El demonio obtuvo el permiso para atacarlo en su cuerpo; lo convirtió en una llaga de pies a cabeza. ¡Pobre Job! Tuvo que ir a sentarse entre la basura y se rascaba las llagas con una especie de teja. La mujer lo insultaba y los amigos lo reprendían como si se tratase de un pecador castigado por Dios. Job soportaba todo pacientemente, diciendo: Recibí los bienes de manos de Dios, ¿por qué no he de recibir los males de las mismas En medio de tanta desgracia, Job no dejó escapar ni una sola palabra de queja.

Dios, probada la virtud de su siervo, lo premió restituyéndole la salud y dándole otros hijos. Y lo hizo mucho más rico que antes.

En la vida tú también tendrás que sufrir; resígnate a la voluntad de Dios: él dispone todo siempre para nuestro bien.

e. El Reino de Judá

Mientras en el reino de Israel todos los reyes fueron malos, en el reino de Judá hubo algunos que fueron buenos, siguieron a los profetas y mantuvieron a los súbditos en la fidelidad a Dios. Por ellos el Señor protegió al reino contra los enemigos más fuertes que los atacaban.

f. Ezequías
(Del 721 al 639 a. C.)

Ezequías fue uno de esos reyes buenos y temerosos de Dios. Durante su reinado, Senaquerib, rey de Asiria, invadió a Judea, ocupó todas las fortalezas y mandó mensajeros con cartas a Ezequías exigiéndole la rendición y la sumisión. En esas cartas, Senaquerib había escrito blasfemias contra Dios. El mensajero que las llevaba también blasfemó en presencia de Ezequías. El piadoso rey, al oír y leer tales blasfemias, para desagraviar al Señor, rasgó sus vestiduras, se vistió de cilicio, se fue al templo y oró así: “Mira, Señor, las blasfemias que Senaquerib escribe contra ti, ¡Dios vivo y verdadero! Venga tu nombre y líbranos de las manos de ese hombre, para que todos sepan que solamente tú eres el Dios verdadero”.

En esa misma noche, el ángel del Señor mató a 185 mil soldados del ejército de Senaquerib. Cuando a la mañana siguiente el rey vio a tantos soldados suyos muertos, tuvo que levantar el campamento a toda prisa y huir a Nínive.

Cuando oigas que alguien habla mal de Dios o blasfema, di una jaculatoria en desagravio, como: Bendito sea Dios; sea alabado Jesucristo; y reza por la conversión de los pecadores.

g. Judit

El rey de Asiria mandó al general Holofernes al frente de un poderosísimo ejército para apoderarse de Judea. Cuando supieron esto, los judíos se prepararon para la defensa: almacenaron gran cantidad de trigo, construye ron rápidamente murallas alrededor de las ciudades e hicieron trincheras por donde podrían penetrar: los enemigos al reino. Pero más que en las fortalezas materiales pusieron su confianza en la protección divina: hicieron penitencia y rezaron.

Para entrar a Judea, el general Holofernes tenía primero que apoderarse de la fortaleza de Betulia, que estaba edificada en la cima de un monte. No pudiendo tomarla por la fuerza, resolvió obligarla a rendirse por la sed. Ordenó destruir el acueducto que la abastecía y vigilar a los pozos vecinos para que los sitiados no tuvieran agua para beber ni para preparar los alimentos. En pocos días Betulia se vio desesperada, y Ozías, el comandante, resolvió rendirse, si dentro de cinco días no llegaban refuerzos desde Jerusalén.

En ese tiempo vivía en Betulia una viuda muy buena, llamada Judit. Cuando supo que el comandante iba a rendirse, mandó llamar a los jefes de la ciudad y les dijo:

¿Cómo es eso de que Ozías va a rendirse si dentro de cinco días no llegan refuerzos de Jerusalén? No se puede, ni se debe, ponerle límite al Señor: Dios nos ayudará cuando y como él quiera; hagamos penitencia y recemos. Esta noche voy a salir de la ciudad; pidan a Dios que me ayude, Judit se retiró y oró fervorosamente; después se adornó como en los mejores días de su vida, y salió de Betulia en compañía de una sierva. Tan pronto salió, los soldados enemigos la pusieron presa y la llevaron a la presencia de Holofernes. El general admiró mucho la belleza de la mujer y su prudencia en el hablar; le dio una carpa y amplia libertad para entrar y salir del campamento a cualquier hora del día o de la noche.

Cuatro días después que Judit estaba en el campamento, Holofernes ofreció una fiesta a sus oficiales y quiso que Judit estuviera presente. Por la noche, los oficiales se retiraron, y Judit quedó sola con Holofernes que, ebrio, se echó sobre la cama y se durmió. Entonces Judit, con todo el fervor del alma, le pidió al Señor que le diera fuerza y valentía. Agarró la espada del mismo Holofernes y con dos golpes certeros le cortó la cabeza y la puso en el talego que la sierva llevaba consigo. Gracias a la libertad que tenía para salir del campamento a cualquier hora, salió durante la noche, sin que nadie la esculcara, llevando la cabeza de Holofernes. A la mañana siguiente los defensores de Betulia cayeron precipitadamente sobre los enemigos. Estos, ya sin el general que los dirigía, huyeron despavoridamente, perseguidos por los habitantes de Betulia y de otras ciudades vecinas.

Judit es figura de María Santísima: como Judit cortó la cabeza a Holofernes, así María venció al demonio. Cuando el demonio te tiente, invoca a María y pídele que te ayude a vencerlo.

h. Fin del Reino de Judá
(587 a.C.)

Pasado el peligro, el rey y el pueblo volvieron a pecar, y, por disposición divina, Nabucodonosor mandó otros ejércitos contra Judea. Sin la protección de Dios, los judíos fueron vencidos. Nabucodonosor pasó todo a hierro y fuego, incendió la ciudad y el templo de Jerusalén, le sacó los ojos al rey Sedecías y llevó como esclavos a Babilonia a casi todos los judíos.

i. Cautiverio de Babilonia

Entre los judíos llevados prisioneros a Babilonia había cuatro jóvenes: Daniel, Ananías, Misael y Azarías, Eran de familias nobles, hermosos e instruidos. Por eso los escogieron para servir en el palacio real. Esos jóvenes prometieron no ofender al Señor comiendo alimentos prohibidos por la ley. Dios les concedió tanta belleza y sabiduría que Nabucodonosor, cuando le fueron presentados, quedó maravillado, pues no había en su reino otros jóvenes con igual belleza y sabiduría.

Feliz quien teme al Señor: Dios lo conservará y lo librará de todos los males.

j. Los tres jóvenes en el horno ardiente

Nabucodonosor, lleno de soberbia por las muchas victimas que había obtenido, mandó construir una enorme estatua de oro, ante la cual todos, al son de las trompetas, deberían doblar las rodillas y adorarla. Los tres jóvenes: Ananías, Misael y Azarías (Daniel estaba ausente) no obedecieron la orden del rey y fueron acusados por no adorar la estatua.

El rey mandó llamar a los tres y les ordenó que, como todos, cuando oyeran las trompetas, adoraran la estatua: en caso contrario, dijo, serán lanzados a un horno ardiente, y ¿qué Dios podrá librarlos de mis manos? Los jóvenes contestaron: El Dios que nosotros adoramos podrá librarnos; pero si él quiere realmente librarnos, eso no nos corresponde a nosotros afirmarlo. Lo que debes saber, oh rey, es que nosotros no adoraremos jamás la estatua.

Al oír esto, el rey se enfureció; ordenó que encendieran el horno con fuego siete veces más fuerte que lo normal y que ataran a los jóvenes y los echaran al fuego, vestidos. Los jóvenes cayeron entre las llamas, que salieron por la boca del horno y quemaron instantáneamente a los que estaban cerca. El ángel del Señor entró con los jóvenes en el horno, apartó de ellos las llamas e hizo que soplara un viento refrescante, de tal manera que ellos no sufrieran. Paseando por entre las llamas, los jóvenes alababan a Dios, e invitaban a todas las criaturas del cielo y de la tierra a hacer lo mismo. El canto de alabanza que ellos compusieron en esa ocasión, todavía hoy lo rezan los sacerdotes en el Oficio Divino.

Al día siguiente, por la mañana, el rey con sus cortesanos, magistrados y gobernadores fue al horno, y... ¡oh, maravilla! vio a los jóvenes paseando ilesos entre las llamas. Ordenó que los sacaran. Todos quedaron maravilla dos al verlos hermosos e intactos como antes; no se quemó un pelo de sus cabezas ni un hilito de sus vestidos Ante este hecho, Nabucodonosor reconoció el poder y las grandezas de Dios y elevó a los tres jóvenes al rango de gobernadores de la provincia de Babilonia.

Como los tres jóvenes, sé siempre fiel a Dios y confía en él,- quien confía en el Señor nunca quedará desamparado.

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