8 |
Desde los siete hermanos macabeos
hasta los últimos tiempos del Antiguo Testamento |

a. Los siete hermanos macabeos
Una madre tenía siete hijos, todos observantes de la ley del Señor. Antioco los llamó a su presencia y les ordenó que comieran la carne prohibida Madre e hijos se negaron. A todos ellos, uno después de otro, les cortaron las manos, los pies, la lengua, y después los echaron en una caldera hirviendo por orden del rey cruel. Muertos los seis primeros, quedaba el menor. El rey le dijo: Juro hacerte rico, feliz y vivir en mi palacio real, si renuncias a tu religión. El muchacho, animado por su madre, contestó: No obedezco a tus mandatos, sino a la ley de Dios, que nos fue dada por Moisés; pero tú, Oh rey, que has hecho tantos males al pueblo hebreo, no escaparás de la justicia divina. Lleno de ira por esa respuesta, el rey mandó torturarlo con más crueldad que la usada con los otros. Por último, después de los hijos, fue martirizada también la madre.
Si alguien te invita a cometer una mala acción, contesta como el joven Macabeo: No hago como me dices, sólo obedezco a Dios.

El sacerdote Matatías, con el corazón destrozado por la aflicción del pueblo hebreo, por las profanaciones de la ciudad santa y por la crueldad del rey Antioco, se retiró a la ciudad de Modín. El buen sacerdote lloraba y decía: Ay de mí que he vivido lo suficiente para ver el templo profanado, las cosas santas destruidas, los vasos sagrados robados, los ancianos asesinados, la juventud pasada a filo de espada.
Los soldados de Antíoco fueron hasta Modín e intimaron a Matatías para que sacrificara a las falsas divinidades. El sacerdote, para que lo oyeran todos sus conciudadanos, contestó en alta voz: Líbreme Dios de semejante cosa: yo, mis hijos y mis hermanos adoramos únicamente al Señor; no obedeceremos a las palabras del rey, aunque los demás le obedezcan y se aparten de la ley de sus padres. Luego se fue por la ciudad gritando: El que ame al Señor, ¡sígame!, y huyó a los montes, acompañado de sus hijos. Muchos otros, amantes de la ley y de la justicia, se retiraron al desierto para huir de las amenazas del ministro del rey. Matatias organizó un ejército y con él hizo frente al pérfido Annoco. Infundió ánimo a los buenos y destruyó los altares que le rey había mandado levantar a las falsas divinidades. Murió a los 146 años y fue llorado por todo Israel: de los hijos se despidió con estas palabras: Hijos, acuérdense de nuestros padres Abrahán, José, Finés, Josué, Caeb. David y tantos otros; ellos esperaron en Dios y no desobedecieron. Como ellos, sean fuertes y constantes en el cumplimiento de la ley de Dios.
Muerto Matatías, su hijo Judas asumió el comando de los ejércitos y, ayudado por sus hermanos derrotó sucesivamente a todos los ejércitos de Anoco. El Señor lo ayudó de modo maravilloso, llevándolo a obtener, con un pequeño ejército, victorias espectaculares. Judas, mientras iba librando a Judea de: yugo de Antioco, iba también destruyendo los altares de los falsos dioses. Conquistó a Jerusalén, reconstruyó el altar: con grande alegría de todos, recomenzó el ofrecimiento de los sacrificios en el templo.
Judas logró muchas victorias, no porque confiara en el número de sus soldados, sino en el Señor. Antes de los combates, dirigía sus oraciones al Señor, y lo mismo hacían los soldados, que también oraban por los compañeros caídos en combate. En una batalla perecieron muchos hebreos. Al enterrarlos, encontraron en sus vestidos muchos objetos prohibidos por la lev, y que ellos habían recogido en los templos de los ídolos. Judas recogió una buena suma de dinero y la mandó a Jerusalén para que se ofrecieran sacrificios al Señor en sufragio de las almas de los soldados muertos en la guerra.
En tus oraciones no olvides rezar siempre por las almas de los difuntos.

d. Muerte del rey Antíoco
¿Cómo acabó sus días el impío rey Antíoco? Derrotado en la guerra y vencidos sus generales uno después de otro por Judas, organizó un nuevo ejército y, fuera de sí por la rabia, marchó contra Jerusalén. Estaba resuelto a reducirla a cenizas. Pero durante la marcha, de repente fue atacado por terribles dolores. Pero no por eso se detuvo; al contrario, azotaba a los caballos para acelerar la marcha. Durante la corrida, cayó del coche, se fracturó los huesos, se le pudrieron las heridas y se le llenaron de gusanos. Sólo entonces se dio cuenta de los sacrilegios que había cometido contra el templo del señor y de su crueldad contra el pueblo de Dios. Se arrepintió del mal cometido, pro no obtuvo perdón.
Antíoco se arrepintió de haber cometido tantos pecados, pero solamente por los dolores atroces que padecía.
Si no le hubiera sucedido esa desgracia, habría continuado sus crímenes como antes. Comido por los gusanos, abandonado de todos por el horrible mal olor que despedía, este rey impío y sacrílego tuvo la más miserable de las muertes.
Quien se arrepiente por fines puramente humanos, y no por la ofensa hecha a Dios o por temor a los castigos eternos, no obtiene el perdón de Dios.

e. Últimos tiempos del Antiguo Testamento
En una batalla, Judas se encontró en la difícil situación de disponer solamente de 800 soldados contra 22 mil. A pesar de la grande inferioridad numérica, aceptó el combate y luchó valientemente. Rodeado y vencido por el gigantesco número de enemigos, cayó y murió cubierto de gloriosas heridas. Sus hermanos recogieron el cuerpo del valiente jefe y le dieron sepultura con los honores que merecía. Todo Israel lloró inmensamente su muerte.
Muerto Judas, sus hermanos le sucedieron en el comando y conservaron la libertad del pueblo; pero, muertos también ellos, los que les sucedieron llevaron nuevamente a la nación hacia el mal. Surgieron también las sectas, los partidos, los fariseos saduceos que se odiaban recíprocamente y, con luchas e intrigas, se disputaban el poder. Llegaron romanos al mando de Pompeyo, que, con el pretexto de pacificar a Judea, ocupó el país y nombró rey de los judíos a un extranjero llamado Herodes. Así se les quito el mando para siempre. Además, ya había llegado el tiempo de la venida del Mesías. Cuando Jacob moribundo, bendijo al hijo Judá, dijo:
“El cetro (o poder) no se retirará de Judá, ni el imperio de su descendencia, hasta cuando no llegue el que debe ser enviado y él será el deseado de las naciones”. Los años profetizados por Daniel se habían cumplido, y llegó el Salvador prometido al mundo.
Él es Jesucristo el Hijo de Dios hecho hombre, rey inmortal de los siglos, a quien se le debe tributar honor y gloria.
Tomado del libro: Historia Sagrada
<<Regresar al indice