Abstinencia, ayuno y sacrificio, son palabras comunes en los sermones sacerdotales durante la época de la Cuaresma. Y es que para vivir los 40 días previos a la Semana Santa como verdaderos cristianos, es preciso realizar acciones que nos acerquen más a Jesucristo, entre ellas llevar una vida de sacrificios, ayuno y abstinencia. ¿Pero sabemos en realidad qué significan estos tres conceptos?
Para los católicos el ayuno y la abstinencia son dos privaciones que por mandato de la Iglesia se deben llevar a acabo el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. El ayuno consiste en realizar una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne durante estas dos fechas.
Desde el siglo IV la Cuaresma se viene manifestando como tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia.
La ley del ayuno obliga a hacer una sola comida durante el día, pero no prohíbe tomar un poco de alimento por la mañana y por la noche. La ley del ayuno obliga a todos los mayores de edad hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Son días de ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
La ley de la abstinencia prohíbe el uso de carnes, pero no el uso de huevos, lácteos y cualquier condimento a base de grasa de animales. Esta ley obliga a los mayores de catorce años.
Con estos sacrificios, se trata de que todo nuestro ser (alma y cuerpo) participe en un acto donde reconozca la necesidad de hacer obras con las que reparemos el daño ocasionado con nuestros pecados y para el bien de la Iglesia.
Vale aclarar que la Cuaresma no es sólo tiempo de mortificación. Es, además, tiempo de retiro espiritual en el que la meditación y la oración personal deben ser intensificadas para lograr la renovación espiritual que se anhela conseguir durante este tiempo.
Significado del sacrificio
La palabra sacrificio viene del latín sacrum-facere, que significa “hacer sagrado”. Por esto, hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. La palabra sacrificio se emplea en significados muy diversos. Decimos que es un sacrificio soportar algo que nos molesta, hacer algo por otro... En fin, parece que el sacrificio es algo negativo que se acepta porque no hay más remedio.
Sin embargo el Evangelio precisa que el amor está por encima de todo y le da valor a todo. El sacrificio que agrada a Dios es nuestro amor que se hace obediencia. El sacrificio externo debe representar la disposición del corazón ante el amor de Dios:
“Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda”. (Mateo 5,23-24)
Mortificación interior y exterior
El sacrificio que agrada a Dios es una mortificación que puede expresarse interior o exteriormente.
La mortificación interior tiene como fin llevar a la humildad, al autodominio, al control de la imaginación y de la memoria, alejando de la mente los pensamientos y recuerdos que llevan al pecado; y, especialmente, reprimiendo el amor propio y la soberbia.
Por otra parte la mortificación exterior es la mortificación de los sentidos externos como la vista, el oído, el gusto y la lengua (evitando, por ejemplo, las murmuraciones).
Existe también la mortificación corporal la cual es practicada por los cristianos de forma moderada, prudente, ordenada y humilde con su cuerpo para unirse al sufrimiento de Cristo en la Cruz. Entre estas mortificaciones se encuentra el ayuno y la abstinencia.
Hay mortificaciones activas y pasivas: Activas son aquellas que se buscan directamente como soportar un ofensa, ayudar a los demás cuando cuesta, hacer un acto de mortificación (por ejemplo, ayunar un día).
Mortificación pasiva es la mortificación que no se busca, pero que, cuando viene se lleva por amor de Dios, con serenidad. Por ejemplo, la mortificación de una madre que pasa las noches en vela cuidando a sus hijos.
La vida cotidiana y la mortificación
San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, recordó la necesidad de la mortificación en las cosas corrientes de cada día: saber sonreír, llegar con puntualidad, ordenar el escritorio... así se refiere este santo a el valor de la mortificación en la vida diaria:
“Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia...”
Fuentes consultadas: conelpapa.com, corazones.org, elescoliasta.org, Catholic.net, webcatolicodejavier.org