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Celebración de la Pascua para niños

Los más pequeños de la familia también pueden ser invitados a participar de las fiestas religiosas, pero se debe hacer usando un lenguaje que sea comprensible para su edad. Una buena manera, es usar el cuento como método de enseñanza.

En esta Pascua, hable con sus hijos sobre esta importantísima fiesta. Realicen acciones que permitan la explicación de la Pascua en la vida práctica, como por ejemplo regalar a los demás algún alimento preparado por ellos, como muestra de que compartimos la felicidad de la Pascua con los otros.

Actividad para la Pascua

Cuando vayamos a la Iglesia, mostrémosles a los hijos las imágenes de Jesús en la cruz y constémosles que aunque Él murió por amor a nosotros, no se fue para siempre, pues varios días después Él resucitó, y ahora se encuentra en nuestros corazones.

Después de hacer esta breve introducción, les contamos el siguiente relato bíblico:

Los amigos de Jesús eran pescadores. Muy buenos pescadores. Ellos subían a la barca y navegaban mar adentro para echar las redes y sacar muchos pescados para venderlos.

Una noche, después de que Jesús había muerto, Pedro, uno de sus amigos, dijo:

  • ¿Qué les parece si vamos a pescar? Vamos muchachos, cambien la cara, no vale de nada estar tristes. Vamos a buscar las redes y el barco.

Los amigos de Jesús siguieron a Pedro. Buscaron las redes y se prepararon para ir hasta el centro de lago. La luna se reflejaba en el agua y alumbraba como una gran lámpara las aguas. Los hombres trabajaron toda la noche. Tiraban la red esperaban y la sacaban.

¿Y saben qué pasaba? Nada. No pasaba nada. Las redes salían vacías.

Una y otra vez, tiraban las redes, esperaban y las sacaban vacías.

Un fracaso total. Ya estaban por volverse cuando vieron que un hombre paseaba por la orilla. ¿Quién sería? Los amigos de Jesús se esforzaban por ver quién los estaba esperando, pero no lograban reconocerlo.

Entonces, desde la orilla se escuchó al hombre que gritaba:

  • Muchachos, ¿tienen algo para comer?
  • No, contestó Pedro a los gritos, no tenemos ni un solo pescado.

Entonces Jesús volvió a decir:

  • Echen de nuevo la red.
  • ¿Qué?, dijo Pedro.
  • Vamos, echen nuevamente la red.

Los amigos de Jesús decidieron hacerle caso y tiraron nuevamente las redes.

¿Saben qué pasó? Las redes se llenaron tanto con los peces, que casi no las podían levantar.

Entonces, uno de los amigos de Jesús llamado Juan dijo:

  • Ese es Jesús.
  • ¡No puede ser! dijo Pedro.
  • Sí, es él. ¡Está vivo! ¡Resucitó!

Pedro no pudo esperar que el barco, que estaba muy cargado, llegara hasta la orilla y se tiró al agua y fue nadando hasta donde estaba Jesús.

Mientras tanto, Jesús había encendido un hermoso fuego, y había colocado sobre él un pan. Cuando Pedro y los amigos llegaron hasta donde estaba Jesús, le dieron los pescados para que los cocinara.

Jesús los puso sobre el fuego y comenzó a conversar con ellos.

  • Pedro, ¿cómo está tu familia? ¿Los molestaron los soldados?, preguntó Jesús.
  • Estamos muy bien ahora que vos estás de nuevo con nosotros, contestó Pedro.
  • Pedro, dijo Jesús: ¿Te puedo hacer una pregunta?
  • Sí, hazme las preguntas que quieras, dijo Pedro.
  • Pedro, ¿me amas?
  • Sí, Jesús, te amo.

Y Jesús preguntó nuevamente:

  • Pedro, ¿estás seguro que me amas?
  • Sí, te amo. Respondió Pedro.

Y Jesús preguntó por tercera vez:

  • Pedro, ¿estás segurísimo que me amas?
  • Sí, Jesús, sabes que te amo. Le reiteró Pedro.
  • Entonces, dijo Jesús: cuida de mis amigos. Y ahora, que estamos todos reunidos y el pescado y el pan están listos, compartamos la comida como lo hacíamos siempre.

Y Jesús y sus amigos se sentaron a comer.

Jesús se quedó un tiempo con sus amigos, pero después, como ya había terminado su trabajo, fue a descansar a la casa de su papá Dios. Por eso nosotros no lo podemos ver.

Después de leer el relato, preguntemos a los chicos:

  • ¿Nosotros amamos a Jesús?
  • ¿Qué tal somos como hijos, hermanos, nietos, primos, amigos, estudiantes, etc.?
  • ¿Qué nos propondremos puntualmente a mejorar en esta Pascua?

Fuente: mercaba.org

Dibujo para colorear


La fe se transmite en casa

La familia es la principal fuente de transmisión de los valores religiosos y espirituales. Es ella la encargada de acercar los hijos a Dios y enseñarles la fe. Extraemos varios fragmentos del escrito elaborado por Ramiro Pomés de sontushijos.org, el cual propone una interesante temática.

Difícil pero posible

Los padres tienen la inmensa dignidad de ser los primeros que abren el alma del niño al conocimiento y el amor de Dios, a las realidades del espíritu. Luego les acompañan en el camino de la fe hasta que sean cristianos maduros. Es una misión difícil, por la fuerte presión del ambiente, pero posible por el poder y la ayuda de Dios, del que los padres se hacen colaboradores. Dios ha confiado en ellos doblemente: al darles los hijos y al pedirles que les ayuden a crecer como hijos de Dios.

Las bases humanas: hijos fuertes

Los padres deben inculcar en los hijos todas las virtudes, sin descuidar aquellas que fortalecen la voluntad: el espíritu de sacrificio, la sobriedad, la generosidad. Son antídoto necesario ante la presión del consumismo, el hedonismo y el egoísmo que se cuela por todos los lados; sin fortaleza les faltará la base humana para hacer frente a esa presión.

Ir por delante: la vocación cristiana de los padres

Los hijos no pueden ir solos ni en lo humano ni en lo espiritual. Dios pide a los padres que vivan plenamente su vida cristiana, que tengan una vida de oración y sacramental intensa, que se esfuercen por cumplir con generosidad la voluntad de Dios en todas las facetas de su vida: el trabajo, la familia, las relaciones sociales, la diversión y todas las cosas pequeñas y ordinarias que constituyen la vida del hogar. Esa actitud de generosidad con Dios tiene que ser el ambiente, el caldo de cultivo, de una familia cristiana, en el que crecen interiormente padres e hijos. Unos se ayudan a otros con el ejemplo, con la oración, con la fuerte ayuda interior de la Comunión de los Santos.

El ambiente de una familia cristiana

Los padres transmiten la fe que viven, y a ellos les ayuda también la fe y la piedad que ven en los hijos. La piedad familiar ha de ser profunda y sencilla, vivida con naturalidad y sin imposiciones. La familia sale adelante rezando juntos y rezando unos por otros.

Los hogares cristianos son, en palabras de san Josemaría Escrivá, hogares luminosos, alegres. Con la alegría que da saber vivir contra corriente, con un tono decididamente sobrio, aunque llame la atención en una sociedad materialista obsesionada con tener cada vez más cosas; donde lo natural ha de ser la preocupación de unos por otros, la generosidad, la actitud solidaria ante los más débiles y los necesitados. En esa familia se vive, el cariño a la Iglesia, al Papa, a los sacerdotes, a las misiones, la ilusión apostólica. Se celebran con alegría el Domingo y las fiestas cristianas. Desde niños se muestran ejemplos no edulcorados de conducta cristiana: la vida de los santos y de tantos cristianos de toda edad y condición que han sido fieles, a veces en situaciones muy difíciles.

Dar razones y educar su libertad

Queremos que los hijos lleguen a tener un criterio propio, por eso no debemos imponer sin dar las razones que necesita cada hijo, distintas según su modo de ser y su edad. Los padres deben escucharles, esforzarse por comprender y vivir su mundo. Que los hijos vean que lo que dicen sus padres es realista; que no se debe a que son de otra época, a que no confían en ellos, o a que se ponen siempre en lo peor; sino a que conocen el mundo en el que los hijos se mueven y poseen una experiencia en la que se puede confiar.

Formar su conciencia y confiar, dar libertad progresivamente, desde pequeños y a la vez pedir responsabilidad. No pasar de una protección exagerada y deformadora a dar de repente una libertad absoluta, como por desgracia ocurre hoy tantas veces. Correr el riego de que se puedan equivocar y de que de hecho se equivoquen, y recogerles con serenidad, haciéndoles pensar, para que aprendan también del error.

Formación crítica

Tenemos que enseñar a los hijos a pensar; hablar mucho con ellos, disfrutar en un rato de tertulia todos juntos, y otras veces a solas, contarles cosas de la vida o comentar una noticia positiva, escucharles, conocer sus inquietudes. Debemos cultivar su espíritu crítico ante las manifestaciones de un planteamiento pagano de la vida, y esto desde que son pequeños. De modo natural, nacerá en ellos un sano sentido de superioridad.

En la formación intelectual es fundamental la colaboración de un centro educativo –escuela, colegio, universidad- que refuerce esta visión recibida en casa. Si esto no es posible, los padres han de estar presentes en el centro educativo, no sólo para que el centro sea respetuoso con los valores cristianos, también para promover, junto a los buenos profesores, que siempre los hay, iniciativas formativas que enriquezcan a los hijos y a sus compañeros. Los padres siempre han de seguir siempre la maduración intelectual de los hijos, también si el colegio es de confianza, porque no basta que oigan las cosas, hay que ver si asimilan lo que se les enseña, resolver sus dudas y, si es el caso, contrarrestar las visiones deformadas o complementar las carencias.

Prepararles para seguir su propio camino

Toda verdadera educación nace del amor, y por lo tanto es desprendida. Los padres no han de buscar proyectarse en los hijos. Deben ayudarles a encontrar y a seguir su propio camino, su vocación profesional y cristiana. Llegado el caso de que el hijo, o la hija, les plantee una elección seria, han de ofrecerles su consejo, pero siempre con una actitud de respeto.

Aceptar también que se rebelen, incluso que se alejen y rechacen la vida cristiana. La actitud de los padres en momentos de crisis es clave para que los hijos vuelvan. Los hijos han de verles serenos, con una actitud dialogante, firme en lo necesario, flexible en lo convencional. Son tiempos, a veces largos, en los que se ha de confiar en Dios, que es más padre y madre y quiere más que nosotros a ese hijo, y en el poder de la oración. Ha de ser una esperanza alegre, porque los dramatismos y la amargura alejan. Seguimos confiando en ese hijo, en esa hija, y sobre todo en Dios, que es siempre fiel a su paternidad: aunque ellos se alejen de Dios, Dios no se aleja de ellos. Tampoco los padres se deben alejar del hijo, su actitud ha de ser siempre cercana y acogedora.

El aprendizaje del amor. Una actitud abierta a los demás

El amor de los esposos es la primera escuela del amor. Es clave la actitud generosa ante la vida, también porque los hermanos son una gran ayuda para aprender a querer y a ser generoso. Preparar para el amor humano, tratar del origen de la vida con cada hijo, de modo progresivo, claro, natural, adecuado a lo que necesita conocer en cada momento. Saber adelantarse para que conozcan por sus padres las dificultades que pueden encontrarse, el modo de evitarlas, de luchar y el daño que les puede hacer no enfrentarse a ellas.

La familia ha de tener una actitud abierta a los demás. Es la primera escuela de la caridad cristiana. La preocupación por los enfermos, los ancianos, la ayuda a los necesitados, la han de aprender de sus padres y la han de vivir ellos, de modo adecuado a su edad. Es un modo vivo de comprender la dignidad de toda persona. Que sean conscientes de que aún más graves que las carencias materiales son las carencias espirituales: la soledad, la falta de esperanza y sobre todo la falta de Dios.

Actitud abierta al mundo que es de ellos. La nueva evangelización es una tarea a la que todos estamos llamados. Saber presentar la belleza y la armonía de la visión cristiana del hombre y de la sociedad, que propone siempre soluciones respetuosas con la libertad del hombre y su dignidad.

Extractos del artículo de Ramiro Pomés para sontushijos.org


Consejos prácticos para ir a Misa con los hijos

Tan importante como las explicaciones que les demos a los niños es nuestra actitud. He aquí algunos consejos:

1. Sentarse en los bancos de adelante: evitamos distracciones y ven mejor lo que pasa, están más atentos. (Si fuéramos a un espectáculo teatral o de música, a todos nos gustaría estar en primera fila).

2. Cuidar la forma de vestir: no es lo mismo ir a la playa que a Misa.

3. Llegar puntuales: cuidamos la puntualidad en ir a clase, en llegar al cine... No podemos hacer esperar a Jesús. ¿Haríamos esperar a una persona importante?

4. Que nos oigan contestar: es recomendable pronunciar bien, vocalizando, para que ellos oigan y aprendan. Echarles una miradita animándoles a que participen.

5. Cantar: a los niños les encantan las canciones. Es recomendable asistir a alguna Misa en la que se cante.

6. Que nos vean atentos y que nos vean rezar: por ejemplo después de la comunión, con mucho respeto. Podemos animarles a que ellos también se pongan de rodillas y recen.

7. El respeto al sacerdote: cuando entra nos ponemos de pie, esperamos a que salga para salir.

8. Misas para niños: en algunas parroquias hay Misas especiales para los niños, donde hacen del Evangelio más comprensible en un lenguaje infantil por medio de títeres o representaciones.

9. Con regaños no logrará nada: si la salida para Misa es un campo de batalla, usted está haciendo que ellos desde pequeños tengan una mala actitud hacia la Misa. Es mejor motivarlos e invitarlos sin obligaciones y castigos. Hágales comprender que es importante ir a visitar la casa del Niño Dios, como lo hace con sus abuelos el fin de semana o sus amigos.

Fuente: sontushijos.org


Cómo hablarles de Dios a los hijos

Antes de empezar a hablar de cómo hablar a los hijos de Dios debemos responder a dos preguntas previas: ¿Quién tiene que hablarles? Y, ¿Por qué?

1. ¿Quién?

Nosotros los padres somos los primeros educadores y primeros responsables de su educación cristiana. De igual forma que somos los primeros responsables de todos los aspectos de su educación: enseñarles a comer, a lavarse los dientes, a vestirse, a ser ordenados...

No podemos pensar que como nuestros hijos ya van a un colegio con un ideario cristiano nos podemos relajar. Nada ni nadie nos puede eximir de esta responsabilidad.

2. ¿Por qué?

Porque somos cristianos y hemos recibido un mandato, una misión de Jesucristo “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio”, que para los padres se concreta, en primer lugar, en sus hijos. Después ya tendremos tiempo de anunciar el Evangelio a los demás.

Porque como cristianos, y especialmente si vivimos intensamente nuestra vida cristiana, la consideramos como un tesoro que no podemos guardar para nosotros, queremos hacer partícipes de ese tesoro especialmente a los más cercanos, a las personas que más queremos, nuestros hijos. Lo mismo que cuando hemos leído un libro o visto una película que nos ha gustado mucho, no paramos de recomendarla a nuestros amigos.

3. ¿Qué supone para los padres educar en la fe?

Educar en la fe hace que los padres nos replanteemos muchas cosas; nos obliga a profundizar en muchos aspectos ya que tenemos que estar seguros de lo que vamos a transmitir. Nuestros hijos nos van a hacer muchas preguntas: ¿Por qué rezas? ¿Por qué vamos a Misa? ¿Por qué bautizamos a un niño? Puede ocurrir que no sepamos dar una respuesta clara, o que nuestra respuesta sirva para un niño pero que a nosotros no nos resulte convincente. Es el momento de profundizar. Nos tenemos que poner las pilas y reciclarnos. A medida que pase el tiempo las preguntas se complicarán y tenemos que estar preparados.

4. Pero... no estamos solos

No podemos olvidar que Jesucristo ha instituido el sacramento del matrimonio para ayudarnos en esta labor educativa. Tenemos la ayuda específica –gracia- de Dios para educar a nuestros hijos. A veces podemos pensar “no puedo” y efectivamente es así “yo solo no puedo” pero como no estoy solo, tengo la ayuda de Dios “juntos podemos”.

Es importante que hablemos a Dios de nuestros hijos y pedirle ayuda para que nos haga verlos con sus ojos. A veces nuestra visión es limitada, tenemos poco ángulo de visión. Por otro lado, ¡qué importante es aceptar a los hijos tal y como son!. Cada hijo es diferente, algunos se parecen bastante a nosotros-no sólo físicamente sino en su carácter- y esto nos encanta, porque se comportan de manera parecida a como nos gusta, reaccionan de forma esperable según nuestros razonamientos. Pero otros no,… a pesar de recibir la misma educación, es más, de intensificar algunos aspectos de la misma, responden de forma desigual y nos rompen los esquemas. Nos preguntamos, ¿pero por qué es así este hijo/a? ¿por qué hace esto? Sólo se me ocurre una respuesta: es así porque Dios quiere, y Dios me lo ha puesto a mi para que yo le quiera, le acepte como es, le ayude a desarrollar sus talentos y sobre todo para que yo crezca en humildad y entienda o vislumbre cómo es el amor de Dios que vino al mundo y murió por todos y cada unos de los hombres sin hacer distinciones entre unos y otros. Dios nos da los hijos que necesitamos.

5. ¿Qué hay qué hacer para educar cristianamente a nuestros hijos?

A los niños pequeños hay que decirles pocas cosas, las explicaciones han de ser breves. Lo que les ayuda es nuestro ejemplo y hacer cosas con ellos. Es importante apoyarse en estímulos sensibles como las imágenes, las oraciones y canciones. Algunas ideas que podemos poner en práctica son:

  • Rezar por las noches: desde que son bebés, podemos empezar a hacerles la señal de la cruz cuando les acostamos. En cuanto empiecen a sonreír, a mirarnos, … podemos empezar a rezar con ellos por la noche. Nunca es demasiado pronto. Poco a poco, según se van haciendo mayores y tienen más capacidad de razonamiento podemos acompañar a las oraciones vocales tradicionales una acción de gracias por el día tan estupendo que han pasado, un pedir perdón por algo que han hecho mal, pedir por alguna persona que lo necesita, pedir fuerzas para ser mejores, ….
  • Bendecir la mesa
  • Tener alguna imagen de la Virgen en casa, de la Sagrada Familia, del Ángel de la Guarda. No puede faltar el Pesebre o Belén en Navidad que nos permite hablar de los primeros años de la vida de Jesús con naturalidad.
  • Hablarles de Jesús: ¿Cuándo? Por la noche o bien podemos dedicar un día a la semana, como el domingo, para explicarles el Evangelio de ese día. Existen Evangelios con comentarios que pueden resultar muy útiles así como las Biblias para niños.

Enseñarles a rezar tiene gran importancia: cuando enseñamos a un hijo a rezar, primero enseñándole las oraciones de siempre y luego enseñándole a que hablen con Dios de forma natural, estamos estableciendo una relación de nuestro hijos con Dios única e intransferible. Nosotros damos el primer empujón, “concertamos esa primera cita”, pero luego es Dios el que hace el resto y va actuando sobre nuestros hijos.

6. Sobre la Misa

¿Qué le podemos explicar a un niño sobre la Misa?

  • El Domingo es el día más importante de la semana porque es el día de Jesús, por eso no trabajamos y tenemos fiesta.
  • ¿Por qué el domingo? Porque es el día que Jesús resucitó. Para celebrarlo, a Jesús le gusta que todos los que le queremos nos reunamos juntos y recemos juntos, al igual que a ti cuando es tu cumpleaños te gusta invitar a todos tus amigos y todos te cantan para felicitarte. También nosotros, los amigos de Jesús rezamos a la vez unas oraciones muy bonitas, algunas de esas oraciones las decimos cantando.
  • Como es el día de Jesús vamos a la Iglesia a celebrarlo con la Misa. En la Misa vamos a dar gracias a Jesús, a pedirle perdón, a pedirle ayuda y a pedir por los demás. Jesús está presente en la Misa y por eso es tan especial. Cuando estamos en casa y rezamos Jesús nos ve y nos oye, pero en la Misa Él está realmente presente. Hay un momento en la Misa en el que Jesús se hace presente en el pan y en el vino y se nos da como comida para ayudarnos a ser mejores.
  • Podemos hablarles del momento de la Consagración: todos los Ángeles de la Guarda van al altar a estar junto a Jesús que se hace allí presente.

A pesar de nuestras explicaciones hay momentos en los que los niños se aburren porque no entienden, pero se van acostumbrando a que hay que estar en silencio y sin moverse mucho. Poco a poco irán entendiendo un poco mejor la Misa y se les hará más llevadera.

Tomado de: sontushijos. Por: Marta Tellaeche.


10 consejos para formar hijos piadosos

Las relaciones entre Dios y el Hombre son la clave de la felicidad humana. Por esto, como padres de familia cristiana, tenemos el deber y la alegría de enseñarles a nuestros hijos a amar a Dios.

Para formar niños piadosos, es importante ante todo dar ejemplo. Padres piadosos, hijos piadosos.

A continuación sugerimos algunas pautas para ayudar a los padres en la tarea de la formación de hijos piadosos:

  1. Mostrar a Dios como padre amoroso.
  2. Cuidar que las devociones y actos de piedad, desde pequeños, tengan un contenido teológico que van entendiendo poco a poco.
  3. Enseñar a rezar, pero explicar también a quién se reza y por qué se reza.
  4. No abandonar nunca el "seguimiento" de los niños en las oraciones diarias, tales como las plegarias al acostarse y al despertarse.
  5. Que el rezo en familia se haga con respeto. Cuidar las posturas. No es lo mismo rezar que jugar o ver la tele. La actitud debe ser otra.
  6. Explicarles desde pequeños el significado de las distintas fiestas litúrgicas.
  7. Ayudarles cuando llegan a los 11-13 años a superar los respetos humanos, la vergüenza a que les vean rezar.
  8. Hacerles notar que la piedad se debe mostrar en la conducta de todo el día. Rezar y mal comportamiento no deben ir juntos.
  9. Animar a ofrecer a Dios las clases y las tareas. Es otra forma de hacer oración.
  10. Bendecir los alimentos, antes de comer por ejemplo, acudir al Ángel Custodio al salir en carro.

La Misa Dominical, una ocasión especial

Acudir en familia a la Santa Misa debe convertirse en una de las ocasiones más importantes de la semana. Haga de este momento algo especial: es la oportunidad para darle gracias a Dios por la semana que ha pasado y pedirle por la que vendrá. Es una ocasión tan importante, que merece vestirse bien para alabar a nuestro Padre por todas sus bondades.

Si sus hijos son pequeños, vaya explicándoles, poco a poco, los fines de la Misa para que se acostumbren y aprendan a valorarla. Cuide especialmente la compostura en la Iglesia. Hágale notar a sus hijos que el Señor está real y verdaderamente presente. Preocúpese de que los niños guarden el ayuno eucarístico. Enséñeles a prepararse para ir a comulgar, con actos de contrición y de amor de Dios, y a dar gracias después de la comunión. Permanecer dando gracias un rato, ya que el Señor está todavía dentro de nosotros realmente. Dar ejemplo.

Oraciones para antes y después de la Sagrada Eucaristía

El Rosario en familia

El rezo del Santo Rosario en familia es una forma eficaz de fomentar la piedad en los niños. Es esa media hora del día en la que toda la familia deja a un lado sus labores cotidianas y se recoge en torno a la oración.

Se debe buscar la manera, sin ahorrarse sacrificios, de rezar el Rosario en familia. Para encontrar el momento apropiado es bueno organizar horas para el estudio, para el descanso y la tertulia, para comer y por supuesto, para el rezo del Rosario.

Una forma de hacer de este momento algo atractivo para los más pequeños, es invitarlos a rezar algunos misterios, de acuerdo con su edad y contarles brevemente la historia de cada misterio.

Los Misterios del Santo Rosario

 
Educar a los hijos en la fe

Los padres de familia, antes que nadie, son los verdaderos protagonistas de la educación cristiana de sus hijos. Por lo tanto, es necesario que las primeras prácticas religiosas que se enseñan a los chicos reúnan dos condiciones: Que sean fruto de una piedad sincera por parte de los padres y que estén adecuadas a la capacidad y edad del niño.

Una de las primeras actitudes que hay que despertar en el niño es la confianza en Dios. Esto se logrará cuando los padres reflejan en los chicos su confianza en el Todo Poderoso ante los pequeños y grandes sucesos de la vida ordinaria.

Puede servir repetir verbalmente pequeñas oraciones como “Dios mío eres bueno. Tú nos amas. Tenemos confianza en Ti”; hacerlo no solo en momentos angustiosos, sino en la vida cotidiana del hogar. Ello ayudará a despertar lo que es el verdadero fundamento espiritual de la vida cristiana: el sabernos ante todo y sobre todo, hijos de Dios.

Para ayudar a los padres a educar en la fe, los autores Pedro de la Herrán y Fernando Corominas sugieren una serie de metas según la edad de los niños:

Pautas para educar la fe de los niños

Entre lo 0 y los 3 años

Desde que nace el niño, debe sentir a Dios en la vida de sus padres. Los autores citan a un niño de 2 años que al levantarse decía esta oración aprendida de su madre: “Buenos días Jesús, buenos días María, os doy el corazón y el alma mía” .

En esta etapa, la vivencia religiosa se debe transmitir dentro de la máxima claridad y con actos concretosen un clima de intensa afectividad. Conviene por lo tanto, que el niño vea desde su cuna o cama una imagende Jesús y de la Virgen y que se le enseñe a besar alguna imagen o medalla con la misma naturalidad que besa a sus padres.

Es bueno aprovechar la Navidad y otras ocasiones cristianas durante el año para narrarle historias sencillas sobre la vida de Jesús y la Virgen.

Entre los 3 y los 6 años

Más importante que enseñar oraciones vocales, es desarrollar en los niños la capacidad de diálogo sencillo y espontáneo con su Padre Dios, con Jesús y con María. Es muy importante fomentar que recen cada día al levantarse y al acostarse. Sin embargo hay algunas oraciones que se pueden enseñar no de forma mecánica, como el “ángel de la guarda” o el “Jesús, José y María”.

Es también el momento de enseñar al niño a expresar esos sentimientos religiosos como arrodillarse para rezar ante una imagen, persignarse o besar un crucifijo.

Esta es la etapa en que el niño comienza a comprender el valor de la Santa Misa y por lo tanto es bueno llevarlo, cuando sea posible, a misas dominicales especiales para chicos. Esto les ayudará a tomar la Eucaristía no como un compromiso obligado, sino como un diálogo con Dios a través de esta ceremonia.

Entre los 6 y los 10 años

Esta es la edad en la que los padres deben convertirse en los primeros catequistas de sus hisjos. Es la edad del razonamiento y por lo tanto conviene tener en cuenta lo siguiente:

  • Elegir un buen colegio
  • Continuar con el ejemplo
  • Consolidar su formación religiosa
  • Prepararlos para la primera Confesión (en sintonía con la parroquia o colegio)
  • Prepararlos para la Primera Comunión (idem)
  • Ayudarles a formar su conciencia.
  • Continuar con las virtudes humanas y sociales.

(Espere un próximo artículo en LaFamilia.info sobre la preparación para la primera

Confesión y para la Primera Comunión)

Esta es la llamada “Edad de Oro” y es el momento en el que los padres pueden ganar en buena parte la batalla de la adolescencia.

Entre los 10 y los 12 años

En esta etapa los consejos son una continuación de la etapa anterior, pero con una clara orientación a preparar para la edad de la crisis: la adolescencia. Por esto conviene cuidar, entre otras cosas, las siguientes:

  • Seguir orientando la vida de piedad.
  • Dar criterios claros y asegurarse que se han entendido bien.
  • Ayudarle a intensificar la vivencia de las virtudes, especialmente la caridad (virtud principal), la sinceridad, la laboriosidad y la reciedumbre.
  • Darle una información sexual adecuada a su edad y a las circunstancias del ambiente en que se mueve.
  • Ayudarle a usar su libertad responsablemente.
  • Resaltar la necesidad y el valor de ayudar a los demás.
  • Enseñarles a descubrir el valor de una buena amistad.
  • Mantener con los hijos un clima de amistad, confianza y alegría.

Fuente: “Urgencias de la Catequesis Familiar” de Pedro de la Herrán y Fernando Corominas

 



Consejos para vivir el cristianismo en la vida diaria
Fuente: “Urgencias de la Catequesis Familiar” de
Pedro de la Herrán y Fernando Corominas

Lo importante es el espíritu, pero este debe informar toda actividad humana.

  1. Pierda el miedo a decir que es católico practicante.
  2. No acepte planes los fines de semana que le impidan asistir a la Misa Dominical; y explique por qué.
  3. Invite a sus amigos a que le acompañen a confesarse.
  4. Bendiga la mesa, también cuando coma fuera de casa.
  5. Tenga una imagen de la Virgen en algún lugar de la fachada de su casa, o en el interior de su apartamento.
  6. En el restaurante, pregunte al mesero los viernes qué platos de abstinencia le recomienda. Explíquele luego de qué va la pregunta.
  7. Recuerde al Vendedor de la esquina más cercana que la ley prohíbe exponer a la vista revistas pornográficas.
  8. Escriba al director de su periódico y sugiérale que incluya la calificación moral de las películas de televisión.
  9. Muestre con orgullo su familia numerosa.
  10. No diga: “hola”; diga: “adiós”. No diga: “menos mal “, diga: “gracias a Dios”. No diga: “quizá”, diga “si Dios quiere”.
  11. Sea postmoderno. Atrévase a elogiar ante sus amigos la santa pureza, la mortificación corporal, la virginidad o la obediencia al Papa, y deje que los que tengan complejos vayan al psiquiatra.
  12. En Navidad ponga, si quiere, árbol en su casa; pero no deje que sustituya al pesebre. Y envíe por esas fechas tarjetas de navidad con algún motivo religioso.
  13. No muestre su intimidad corporal.
  14. No se cuelgue un colmillo al cuello. Aparte de que es una lobería, el día de su entierro comprobará que era más práctica una medalla- escapulario.
  15. Repase el catecismo con sus hijos, que le vendrá muy bien a usted.
  16. Vaya por la calle de la mano de su novia, y regálele una bufanda si es que pasa frío.
  17. Con la misma desenvoltura con que usted cita a Mahoma, Gandhi o Martín Luther King, prueba con la Epístola a los Filipenses, el Evangelio de San Mateo o San Cirilo de Jerusalén.
  18. No regale el libro más vendido sin comprobar antes que no se trata de la última basura editada. Busque mejor una obra clásica de espiritualidad.
  19. El sacerdote no es Juan, o Manolo, sino Cristo.Muestre su veneración a los sacerdotes, tratándoles de usted y con respeto.
  20. Por San Antón, para su gato y su perro pida la bendición. Bendición que nunca pasa: por San Cristóbal su coche y por la Pascua su casa.
  21. Sonría. Una Colombia más cristiana es una Colombia más alegre.
  22. No se queje. Haga algo.

¿Por qué ir a Misa el domingo?

Extractos del documento escrito por el Pbro. Dr. Eduardo Volpacchio

Este artículo es una respuesta para aquellos que desean encontrar el sentido de la Santa Misa, y un estímulo para quienes la Eucaristía es el centro de su vida espiritual.

¿Para quién son estas líneas?

Posiblemente usted pertenece a una de estas tres categorías de personas:

  1. Católico que iba a Misa con sus padres cuando era chico y un día durante la adolescencia dejó de ir.
  2. Católico que nunca fue a Misa de modo constante. Quizá ni siquiera sabía de la obligación de asistir todos los domingos. Le parece hasta curioso o exagerado que la Iglesia pretenda esa práctica para todos.
  3. Católico que va a Misa y, siguiendo el llamado del Papa, quiere ayudar a muchos a volver a sentir la necesidad de esta práctica tan esencial de la vida cristiana. Es consciente de que si cada católico consiguiera por año que un católico no practicante volviera a la práctica de los Sacramentos, haríamos una verdadera revolución en la Iglesia.

Los motivos básicos para ir a Misa

Sentando la base de que casi siempre el comenzar a faltar a Misa el domingo responde a una actitud caprichosa, a la que es muy difícil refutar -precisamente por su falta de racionalidad- describo unas consideraciones sobre el precepto dominical y la importancia de la Misa en la vida de un cristiano.

  1. Primariamente hay que considerar que a Misa se va a dar, no a recibir: Se recibe mucho, pero no se va por motivos egoístas, ni comerciales una especie de intercambio con Dios: mi atención y dedicación de tiempo a cambio de ciertos gustos, bienes, ya sea espirituales o materiales, temporales o eternos. Este primer punto desvaloriza de raíz todos los motivos para no ir basados en una línea egoísta de pensamiento: me aburro, no siento nada, no tengo tiempo, estoy cansado, etc.
  2. Porque Dios es su Creador y debe dedicarle un tiempo semanal a El: Es la manifestación de vivir centrado en Dios y en la salvación: vivir el año centrado en la Pascua; la semana, en el domingo; el domingo, en la Misa. No importa cuánto se aburra, su Creador ha dispuesto que un día de la semana sea para El: "Acuérdate de santificar el día sábado. Los seis días de la semana trabajarás y harás todas tus labores. Mas el séptimo es sábado, consagrado al Señor tu Dios" (Éxodo 20,8-10).
  3. Porque como miembro de la familia de Dios, se debe rendir culto a Dios de acuerdo a su naturaleza, junto a sus hermanos: Esto exige que el culto a Dios no sólo sea interior sino también exterior (que los demás vean su fe) y comunitario (dar culto unido a sus hermanos). Es decir, que se reúna con otros para adorar juntos a Dios.
  4. Porque hay que obedecer a la Iglesia: No es cuestión de un capricho del Papa, sino de una necesidad. En el siglo IV, la Iglesia se vio obligada a imponer este precepto para garantizar a sus fieles el mínimo de vida eucarística que necesitan.
  5. Porque si no se va. Se comete un pecado mortal: Hay un precepto que obliga a los bautizados a asistir a Misa los domingos y fiestas. Es una obligación grave, de manera que su incumplimiento es una falta grave.
  6. Porque necesita de la Eucaristía para vivir una vida realmente cristiana: Es una necesidad vital, de manera que sin la Eucaristía semanal, no te darían las fuerzas espirituales para vivir como un hijo de Dios.
  7. Porque sin la Eucaristía no tendría acceso a la vida eterna: Jesús no dejó lugar a dudas: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre"; "en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo de Dios y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros"; "el que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna" (cfr. Juan 6,30-58)
  8. Porque Jesús le invita a su mesa y sacrificio: El lo mandó explícitamente a sus discípulos al instituir la Eucaristía: "Haced esto en memoria mía". Asistir a Misa no es más que cumplir este mandato del Señor. Y no es sólo una memoria histórica, es una memoria que lo hace presente.
  9. Porque viviendo en una sociedad que en muchos aspectos no es cristiana, la Misa es la primera manera de defender, robustecer y manifestar nuestra fe: Es necesaria para "proteger" tu espíritu del materialismo sofocante que nos rodea: que tu espíritu pueda al menos una vez a la semana "respirar" un aire espiritual. Además es el primer testimonio cristiano: los demás necesitan tu ejemplo. ¿Te das cuenta qué testimonio de fe da a los que no creen… quien dice creer y muestra no valorar lo que cree?
  10. Porque es mucho mejor ir que no ir: Puede parecer tonto… pero para quien aspira a lo mejor… alcanzaría solo este motivo. Yo no creo que haya un plan más santo y santificante para el domingo.

Excusas comunes para no ir a Misa

  1. Pereza: "Prefiero quedarme durmiendo". En realidad los motivos que siguen son sólo excusas para cubrir este primero. No parece que sea un motivo muy racional, meritorio o valioso.
  2. No tengo ganas/No me nace: ¿Desde cuándo las ganas son ley que hay que obedecer? ¿Es que las ganas son más importantes que la voluntad de Dios? Además a Misa no se va porque nos guste, sino para agradar a Dios. Se va a Misa a honrar a Dios y no a honrarse a sí mismo.
  3. Me aburro: La acusación más frecuente contra la Misa es que es aburrida. Refleja bastante superficialidad, ya que a Misa no vamos para divertirnos… Y es un problema personal, en cuanto que no parece que Dios sea aburrido -es la perfección absoluta-. Además si tanta gente va a Misa con gusto, algunos incluso todos los días… será que algo le ven.
  4. Es siempre lo mismo: Si se tratara de una obra de teatro o de una película, estaría absolutamente de acuerdo. Pero no es una representación teatral… Es algo vivo, que pasa ahora. No se es un espectador. Se es partícipe y actor.
  5. Desinterés: Las cosas de Dios no me interesan. Si Dios le resbala, está en problemas. Habrá que ver cómo solucionar la falta de apetencia de lo divino.
  6. No tengo tiempo: No parece que lo que le pide Dios (1 de las 168 horas de la semana) sea una pretensión excesiva. En concreto, quien os ha creado, os mantiene en el ser y os da lo que os queda de vida.
  7. Otros planes mejores: No parece que a Dios le interese competir con el fútbol, hockey, cine… No se olvide que el primer mandamiento es "amar a Dios sobre todas las cosas"… Si tiene otros planes que le importan más que Dios… quizá el problema más que en el tercer mandamiento está antes en el primero…
  8. Tengo dudas de fe: La fe es un don de Dios, el cual hay que pedirlo. Alejarse de Dios dejando de ir a Misa, no parece el mejor método para resolver dudas. La frecuencia de sacramentos confesión y comunión es la más efectiva manera de aumentar la fe.
  9. Estoy peleado con Dios: "Hubo algo que pasó en mi vida (la muerte de un ser muy querido, un fracaso muy doloroso, una enfermedad… o cualquier otra tragedia) que me hizo enojar con Dios: si El me hace esto… ¿por qué yo voy a ir a Misa? Es la manera de mostrarle a Dios mi disconformidad con la forma de tratarme". Hay quienes dejan de ir a Misa como una manera de vengarse de Dios. Pero, en los momentos de dolor ¿no será mejor refugiarnos en Dios y buscar su fortaleza más que reaccionar como un chiquito caprichoso de tres años?
  10. "Hay gente que va y después se porta mal": "Yo no quiero ser como ellos". "Además, hay otros que no van, y son buenos". Es evidente que ir a Misa sólo no basta. Pero, no se puede mezclar la física nuclear con el dulce de leche, ya que las dos cosas no tienen nada que ver.
  11. No me he confesado y entonces no puedo comulgar: No es necesario comulgar, ni hay ninguna obligación de hacerlo. No comulgar no es pecado; no ir a Misa, sí. Además el problema se solucionaría bastante fácilmente con una breve confesión…
  12. Llevarle la contraria a mis padres: Ofender a Dios para hacer sufrir a tus padres no parece una actitud muy inteligente…
  13. El cura me cae mal: No se va a Misa para darle gusto al padre, ni para hacerle un favor. El no gana ni pierde nada con su asistencia o ausencia. El que gana o pierde, es usted. Además… estoy seguro de que la ciudad en que vive es lo suficientemente grande como para que pueda encontrar alguno que le caiga más simpático...

Enseñar a rezar

Muchos niños esperan con ilusión las últimas horas del día cuando hablan un rato con papá y mamá y rezan juntos antes de dormirse. No perder esta costumbre ayuda a que los niños afiancen su vida de piedad.

Una familia creyente plantea como uno de los cometidos principales enseñar a rezar a sus nuevos miembros. Por esto, el autor del libro “Cómo educar a niños de 6 a 12 años” José Manuel Mañú, repasa los momentos más significativas en la vida de un niño para inducirlo a una vida piadosa:

Bautizo: El bautizo de un hermano es una estupenda ocasión para enseñar a los mayores lo que significa el primer sacramento de la iniciación cristiana: cuando entienden la profundidad de este hecho, surge natural el festejarlo, también materialmente, pero sin que eso sea el centro del acontecimiento.

Primeras oraciones: Algunos padres rezan a los pequeños algunas oraciones antes de que ellos puedan hablar. Entre los primeros y más grandes recuerdos de una persona está el haber aprendido a rezar de labios de sus padres.

Rezar unos momentos por la mañana y por la noche con su madre o con su padre, le ayudará al niño a comenzar y a terminar el día con un pensamiento sobrenatural.

La primera Confesión y la primera Comunión: Para los chicos es un gran día el de su primera confesión y es bueno celebrarlo sobriamente, de tal modo que valore la recepción de dicho sacramento. No es verdad que la conciencia del pecado le lleve a agobiarse, sobre todo si se le explica la hondura del corazón misericordioso de Jesús y los efectos de la confesión en el alma.

La preparación para la primera Comunión tiene dos facetas: doctrinal y de piedad. La preparación colectiva tiende más a cuidar la primera, y la personal la segunda.

La Misa dominical: Un niño de 7 años está en condiciones de seguir la Misa, siempre y cuando se le haya preparado convenientemente. Sin embargo una Misa especial para niños puede facilitar la tarea. Enseñarles el significado de cada una de las partes, de algunos gestos de los sacerdotes o sugerir alguna jaculatoria (frase breve y cariñosa) para el momento de la Consagración, son parte de la preparación progresiva que pueden dar unos padres cristianos. Por tanto, no se trata solo de llevarle a Misa, sino de ayudarle para que la aproveche con el mayor fruto posible.

Si los padres han perdido o no han adquirido la costumbre de ir a misa los domingos, esta es una oportunidad para volver a vivir ese principio básico de la vida cristiana. De la respuesta favorable o desfavorable de los padres, derivará posiblemente el futuro de la práctica religiosa del hijo.

Algunas prácticas familiares: Si los recién casado empiezan a rezar unidos, cuando llegan los hijos estas prácticas serán parte de los rituales familiares. Pos supuesto que cuando los niños son pequeños, estas oraciones deben ser breves.

Algunas costumbres para empezar pueden ser por ejemplo, un misterio del rosario, poner flores a una imagen de la Virgen, bendecir la mesa y dar gracias la final de cada comida.


¿Qué es la unidad de vida?
Tomado del libro: " El valor de la Fe", del P. Javier Abad Gómez

La unidad de vida es la unión indisoluble de nuestro trabajo con la oración, el sacrificio y la acción apostólica. De tal manera que cada actividad nuestra sea a la vez y simultáneamente obra de amor sacrificado a Dios, anuncio del Evangelio, punto de encuentro con los demás, entrega.

Mediante la unidad de vida todo trabajo se hace oración y todo rato de oración esforzada es labor apostólica. El apostolado, la oración y el trabajo forman una sola cosa: la vida contemplativa, en la que se procura cumplir la voluntad de Dios en el trabajo, contemplar su presencia, trabajar por amor a Dios y a los demás, convirtiendo todo en ocasión no sólo de un encuentro con Jesucristo, sino también en ocasión de apostolado.

El drama de la sociedad actual está marcado por una crisis de unidad de vida de los cristianos. Lo afirma el Concilio Vaticano II: “La ruptura entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época”. Se percibe en la corrupción moral de tantos que se proclaman católicos practicantes; es la razón por la que un sicario lleva varios escapularios al cuello, se encomienda a la Virgen, va al templo a dar gracias por el éxito de su ‘trabajo’; o que se prendan velas y se hagan altares en la misma casa donde se tiene un secuestrado; o que cristianos ‘piadosos’ traten con injusticia a sus empleados. Toda dicotomía entre la fe y la vida, la falta de coherencia, es una señal clara de que la unidad de vida se ha roto.

Lo primero en lo que pensamos al hablar de unidad de vida es que con ella se llega a tener intimidad con Dios en las cosas ordinarias, a lo largo de todo el día. Lo enseña el libro del Eclesiastés, cuando alaba a aquel que en todas sus ocupaciones, en cualquier actividad, levanta el corazón a Dios.

Cada acción, acto de amor

Se trata de intentar que todas las acciones, en cualquier circunstancia de la vida, se conviertan en ocasión de amar a Dios, de hacer su Voluntad: que todo esté dirigido hacia la gloria de Dios. En sentido contrario, iría orientado hacia el amor propio, aunque se disfrace con afanes más nobles. Unidad de vida implica comportarse siempre como hijo de Dios; de este modo todas las acciones, aún las más sencillas, adquieren una impronta clara, una coherencia sin fracturas.

“Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo con la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria”. Conversaciones, n 114

Cuando hay unidad de vida, el trabajo es oración; el estudio es oración; el amor humano, el sufrimiento, la diversión, las alegrías. Todo es oración, todo puede llevar a Dios y conducir hacia los demás en ademán de ayudarles a encontrar también a Dios en su trabajo o en su hogar. Trabajo y hogar, que deben vivirse con la mayor perfección posible, cuidando los detalles, porque para que sea agradable a Dios, la obra tiene que ser sin defecto. Por eso, un cristiano no puede llevar como una doble vida, separada, sino que tiene que integrarlo todo en la única realidad de su filiación divina: saberse hijo de Dios y vivir como tal.

El esfuerzo por adquirir la unidad de vida

Esta unidad implica:

  • Unidad interior: Armonía consigo mismo.
  • Unidad social: Armonía con la realidad circundante y con las personas.
  • Unidad trascendental: Armonía con el destino trascendente.

Para lograrla se requieren principios sólidos, fines bien definidos, valores altos. La armonía entre lo presente, lo pasado y lo futuro; entre lo que parece pequeño y lo que se tiene como demasiado grande; lo que se vive en la inmediatez de un instante y lo que parece durar toda la vida; entre la realidad afectada por la contingencia y la que tiene repercusiones eternas. Porque el ser humano es todo eso: espíritu y materia, cuerpo y alma, sentidos y potencias intelectivas, temporalidad y eternidad; dolores y placeres, tristezas y alegrías.

Vivir de acuerdo con esta condición humana es madurez, riquísima de significados y de realidades, para darle a lo temporal, valor de eternidad; conducir todas las cosas con amor; llenar de trascendencia lo que se hace. De este modo, todo adquiere valor y sentido. Y, si se mira desde el balcón de la fe como debe ser la mirada de un cristiano, la unidad de vida conduce inexorablemente a la santidad Los valores y virtudes humanas, sirven de base para los sobrenaturales.

La fe no aniquila lo humano, sino que lo sana y eleva, restituyéndole su plenitud. Por eso, el hombre de fe encuentra la cúspide del proceso de maduración personal en la posibilidad de entregar su vida a Dios, que es la expresión más acabada de la unidad de vida. Es entonces cuando puede, con natural sobrenaturalidad, hablar de Tú a Dios, mirarle lleno de confiada sencillez a los ojos, amarle sin medida, sabiéndose igualmente amado, hasta la locura de Belén, de la Cruz, de la Eucaristía. Y de la Gloria.