Nació en Tagaste, pequeña ciudad de la Numidia Africano-Romana el año 354. Sus padres fueron el pagano Patricio y sta. Mónica, la "madre de las lágrimas". Estudió en Tagaste primero y en Cartago después, ciudad que dejará huellas tan tristes en su juventud por el descarriado camino que recorrió. "No amaba todavía -nos dice él mismo- y ya deseaba amar". Agustín cayó muy hondo en el pecado y por obra de unos amores prematuros e irregulares, tiene un hijo a quien pone el nombre de Adeodato. Durante este tiempo lucha con todas sus fuerzas por descubrir la verdad. La buscaba en todas las religiones y en todos los libros, pero ninguno le satisfacía.
El año 383 parte para Roma y detrás le sigue su madre, sta. Mónica, esperando siempre la conversión de su hijo. Sienta cátedra en Milán y allí traba cierta amistad con el arzobispo san Ambrosio, que después será uno de los que más influirán en su definitiva conversión. Continúa luchando por encontrar la verdad: "Tú me espoleabas, Señor -escribe- con aguijones de espíritu... Tú marcabas mis dichas transitorias..."
Por fin llega el día de su bautismo junto con el de su hijo Adeodato en el año 387 impartido por san Ambrosio. Desde ese momento entra Dios de lleno en su alma. Lo inunda una dicha indescriptible. Con el resurgimiento de la fe de su infancia, desea regresar a su patria. Ahora es cuando Agustín encuentra paz y la verdad que tanto buscó y que ni la sabiduría, ni los placeres, ni las riquezas le habían conseguido. Por ello su frase lapidaria: "Señor, nos has hecho para Ti y nuestro corazón está insatisfecho hasta que descanse en Ti". "Tarde te amé, hermosura increada". En Ostia, mientras esperaba una oportunidad propicia para embarcarse, muere su madre, y, poco después de haber llegado al África, muere también su hijo. En contra de sus deseos y a petición del pueblo, el obispo Valerio lo ordena sacerdote para ser su sucesor, en Hipona. Durante 34 años desempeña el sagrado cargo.
Por su propia experiencia brilló en él la convicción de que la fe es un don divino de gracia y misericordia. Cada fiel era para él una oveja amada de Cristo. Se entrega de lleno al cuidado y formación de sus feligreses; los forma, sobre todo, con sus sólidos sermones y sus fecundos escritos, que son de lo más bello y profundo que se haya escrito por pluma alguna. Trata todos los temas eclesiales o teológicos. Por ello, será uno de los padres y doctores más destacados que haya producido la iglesia en todos sus veinte siglos de historia. San Buenaventura, dijo:
"Nadie ha dado más satisfactorias respuestas a los problemas de Dios y del alma que san Agustín". Gastado por Cristo, y con una escuela bien formada, partió a la eternidad el año 430 a la edad de 76 años. Pero Agustín vive en sus obras y en sus hijos. |