San Antonio de Padua es el santo de los milagros, de acuerdo con la devoción popular, pues encuentra buen marido a la joven casadera que no lo halla, y descubre las cosas perdidas a sus devotos; pero mil veces más importante que todo esto es el testimonio que, durante su vida, brindó a los fieles; un testimonio de plena entrega al servicio del evangelio.
Apenas cumplidos los quince años, resolvió seguir a Cristo en la orden de los canónigos de san Agustín, con quienes se inició en la vida religiosa, hizo sus votos y finalmente se ordenó sacerdote.
Antonio fue entonces destinado a morar en el ermitorio de Montepaolo. Allí vivió en retiro entregado a la contemplación y al estudio, hasta que un buen día predicó de repente, por obediencia, sin previa preparación, un sermón tan rico en doctrina y tan conmovedor, que al punto los superiores lo destinaron a la predicación.
Desde entonces recorrió la Italia central y septentrional, así como parte de Francia, provocando numerosas conversiones. Antonio no vivía para sí, sino para socorrer con la palabra viva del evangelio a toda clase de cristianos. Su palabra, como la de san Pablo, no era según la humana sabiduría, sino que se fundaba sobre el poder de Dios, que confirmaba sus discursos con espléndidos milagros. Su frágil salud no pudo resistir tan abrumadoras fatigas y, el 13 de junio de 1231, cuando apenas contaba unos 36 años de edad, rindió su espíritu al Señor.
Un año más tarde el papa Gregorio IX lo canonizó solemnemente en vista de los continuos milagros, que después de su muerte, el Señor obraba por su intercesión. La fama de san Antonio continuó creciendo a lo largo de los siglos y el año de l946, el papa Pío XII le concedió el título de doctor evangélico, que resume la vida del gran taumaturgo: vivir y enseñar el evangelio. |