Santa Inés es una de las santas más populares del calendario. Una de las heroínas más cantadas por los poetas y los santos padres. Su devoción se ha mantenido viva a través de los tiempos. Es el prototipo de la virgen fiel consagrada a Cristo, desde su más tierna edad. Su mismo nombre, pura en griego y cordera en latín, es ya un presagio.
La tierna corderita tiñó su candor virginal con la sangre del martirio a principios del siglo IV, en la persecución de Diocleciano. Inés, Patricia Romana, niña tan pura como su nombre, frisaba en los trece años. "Su devoción, -dice San Ambrosio- era superior a su edad. Su energía superaba a su naturaleza". Rehusó la mano del hijo del prefecto de Roma, por lo que fue acusada de cristiana y juzgada. Caldeada ya en el amor a Cristo, resistía firmemente las seducciones de los impíos para que abandonase la fe, y ofrecía de buen grado su cuerpo a la tortura.
Anuncia luego el juez un lugar más terrible para una virgen. "haz lo que quieras, responde Inés, impávida y confiada. Cristo no olvida a los suyos. Teñirás, si quieres, la espada con mi sangre. Pero no mancillarás mis miembros con la lujuria". Despechados los jueces, fue conducida a un lupanar público, expuesta al fuego criminal de la lujuria. Pero le crece milagrosamente la cabellera, que se derrama sobre el lirio desnudo de su cuerpo, para que ningún rostro humano profanara el templo del Señor.
Aún pasó Inés el tormento del fuego. Pero el fuego respetó el cuerpo virginal. Llegó entonces el verdugo armado con la espada. La corderita la recibió gozosa, oró brevemente, inclinó la cabeza y quedó consumado el martirio. Sus restos virginales fueron enterrados en la vía nomentana, en las llamadas catacumbas de sta. Inés. Todavía hoy, el 21 de enero de cada año, se bendicen en este lugar dos corderillos con cuya lana se teje el pallium del papa y de los arzobispos. Sta. Inés sigue siendo hoy ejemplo de las jóvenes cristianas. |