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Autoridad Asertiva

Las consecuencias de ser “papá - amigo”

Apartes de un artículo de la autora y psicóloga chilena Pilar Sordo

Algo pasó con nuestra generación, la de los cuarenta. Parece que no nos gustó cómo nos educaron o, lo que puede ser peor, no supimos agradecer todo lo bueno que ésta tuvo. ¿Por qué? Se preguntarán ustedes. Lo que pasa es que los adultos renegamos de la educación que nos dieron y decidimos cambiarla por completo.

Es como si hubiéramos dicho algo así: 'lo pasé tan re mal con mis padres estrictos; me faltaron tantas cosas cuando niño; tuve un padre tan complicado y distante, que yo no quiero que mis hijos pasen por lo mismo. Por eso yo, como papá y mamá, les voy a dar todo lo que pueda, porque quiero que ellos sean felices'.

Así nació una generación de padres distintos. Esto, además, apoyado por ciertas corrientes sicológicas que planteaban en forma errónea que los padres debían ser amigos de sus hijos. Esta frase tan internalizada en nuestra sociedad apunta y lo quiero dejar en claro desde ya- a que los padres deben ser cálidos e incluso ser 'buena onda' con los hijos; lo que pasa es que tiene que privilegiarse el rol educador. Yo soy mamá y mi función es educar a mis hijos, y eso muchas veces es una pega agotadora en la que tengo que poner límites, tomar decisiones por ellos que muchas veces no les gustan, decir que no muchas veces al día, y mantener una consistencia educativa que traspase mis palabras, que esté amparada en los hechos.

Gran parte de los problemas que tienen nuestros hijos hoy, como la escasa motivación por los estudios, baja tolerancia a la frustración, la impaciencia y esta 'lata' generalizada, con una sensación de soledad inmensa, se debe a que a los padres se nos olvidó ser autoridad. Nosotros somos los que mandamos en la casa, nos guste o no; nosotros decidimos qué se come o no se come, por lo menos, la mayoría de las veces; nosotros decidimos si nuestros hijos van o no a ver a sus abuelos, porque si no, ellos no lo van a hacer por propia voluntad y, por lo tanto, van a crecer sin historia y sin valorar la experiencia.

Pérdida de control

Me toca ver cómo los papás han ido perdiendo el control sobre los hijos, y dicen cada vez más frecuentemente frases como: 'No sé qué hacer con mi hija', y cuando pregunto la edad, me entero de que tiene dos años y medio; yo no sé lo que pretenden hacer cuando la niña tenga 15 años. También es frecuente escuchar a padres que les dicen a los profesores: Dígale usted que se corte el pelo, porque a mí no me va a hacer caso. O dicen: ¿Cómo lo obligo a hacer esto o aquello si no tiene ganas?

La razón de todo este modo de funcionamiento se debe a un sinnúmero de factores, entre los más importantes están: la tendencia generalizada a evitar cualquier tipo de conflicto. Con tal de no verle la cara larga a nuestro hijo somos capaces de hacer lo que él quiere. Evitamos los conflictos todo el día, según nosotros porque tenemos muchos problemas por fuera de nuestras casas como para tener adentro de ellas y, por lo mismo, transamos en lo único en lo que no debiéramos hacerlo: La educación de nuestros hijos.

Otro factor es el supuesto poco tiempo que pasamos con nuestros hijos. Digo supuesto porque, en realidad, si un papá tiene una hora para ver las noticias, tiene en realidad una hora para estar con sus hijos, lo que pasa es que prefirió ver las noticias.

Miedo a ser mala honda

El tema de ser padres-amigos de nuestros hijos tiene muchas aristas, algunas son sociológicas, como las que de alguna manera explicaba antes, pero también tiene que ver con lo sensibles que somos los adultos de hoy al rechazo de nuestros hijos. No queremos verles la cara larga, que nos digan que somos anticuados, distintos a los padres de sus compañeros, que somos 'mala onda'. En realidad, queremos ser papás buena onda, aparecer como evolucionados y esto nos hace ser tremendamente ambiguos en nuestra forma de educar; nos cuesta decir que no. Nos vamos en cuarenta explicaciones, somos los reyes de los 'depende', con lo que metemos a los niños en una red de inseguridades que les impide conocer qué es correcto y qué no y todo parece permitido.

Las consecuencias de ser papás-amigos son muchas: los niños no tienen un referente distinto de sus amigos para educarse, desarrollan una pésima tolerancia a la frustración porque los padres no les dicen que no, y si lo hacen, cambian fácilmente con ciertas manipulaciones.

Los hijos se transforman en manipuladores porque ya saben que pueden hacer lo que quieran, todo está en cómo lo pidan. Al final, los adolescentes se sienten solos y poco seguros porque en un principio es entretenido tener papás así, pero con el tiempo ellos empiezan a sentir que necesitan de alguien que los guíe porque si no, se mueren de angustia.

Los niños, en su desarrollo sano, necesitan límites, disciplina y conductas fijadas por los padres, mezclado con el afecto: es la fórmula para una buena educación. Ternura y disciplina parece ser la clave. Más aún, es importante que se tenga claro que mientras más claro es un padre o una madre en su forma de educar, más expresiva y libre para

En general, de acuerdo con mi experiencia en Chile, me topo frecuentemente con estos papás amigos que no saben cómo salir del embrollo en que se metieron un poco producto de su visión cortoplacista de 'total ya van a crecer', 'son niños', ' le ponen mucho color', etc., y cuando quieren poner límites cuando son más grandes, es demasiado tarde.

Existe otro porcentaje de papás que, aunque me duela decirlo, no está 'ni ahí' con educar a sus hijos; esos que contratan radiotaxi los fines de semana por la 'lata' de tener que ir a buscarlos. Esos niños que están literalmente 'a la que te criaste', sin ninguna norma. Y estos padres tienen la “patudez” de decir que confían en sus hijos y por eso no les ponen límites. También existen, los que están tratando de ser amigos con sus hijos y les dicen a todo que bueno. ¿Cómo no les van a comprar celular si todos tienen? Capaz que el hijo se traume, sin entender que le están diciendo que vale desde que lo tiene y no antes.

Papás que les dan permiso para todo, que fuman con los hijos, que toman con ellos para que 'aprendan', que les financian los piercing y la ropa más rara que les piden. Papás que les permiten a sus hijos, por miedo al rechazo, que reciban amigos en sus piezas, entendiendo que ellos necesitan 'privacidad' y no son capaces de decir que para eso está el living y no las camas.

Estos papás-amigos no colocan límites, pero tampoco dan mucho cariño, no abrazan porque van a ser rechazados, no dicen 'te quiero' por temor a hacer el ridículo y, por lo tanto, tampoco son consistentes en la forma de educar.

Por supuesto que existen los que lo están haciendo bien, que ponen límites, que retan cuando hay que retar, que cumplen los castigos y también lo bueno, que entregan afectos, que tocan, que besan, aunque los adolescentes los rechacen, ya que entienden que eso es una pose y que no quiere decir que no lo necesiten. Son papás que entran a las piezas de sus hijos aun cuando la puerta esté cerrada, que dicen 'te quiero', pero con la misma claridad son capaces de decir que no, aunque eso implique tener al 'niño' o la 'niña' con cara larga varios días. Quizás es porque entienden que la educación es una siembra diaria, en la que la cosecha no se ve de inmediato, y que, por lo tanto, hay que preocuparse día a día.


Características de los hijos en el esquema familiar

Aunque los hijos se educan bajo un mismo techo, su ubicación dentro del esquema familiar puede afectar su personalidad. Veamos la diferencia entre el hijo único, el mayor, intermedio y el menor.

Hijo único:

Lucha por... Hacer su voluntad

Posibles rasgos positivos:

  • Es creativo porque debe entretenerse solo.
  • Tiene buenas relaciones con los adultos.
  • Es recursivo y desarrolla su potencial.

Posibles rasgos negativos:

  • Le gusta ser centro de atención, es egoísta y mandón.
  • No tiene buenas relaciones con los de su edad.
  • Inseguro de sus capacidades porque está rodeado de adultos más capaces que él.

Alternativas para los padres:

  • Procure oportunidades para que esté con otros niños.
  • Procure situaciones en que deba compartir.
  • No lo trate como adulto ni aplauda sus comportamientos de adulto.

Hijo Mayor:

Lucha por... Ser superior, ser el primero

Posibles rasgos positivos:

  • Es líder colaborador y ayuda.
  • Es competente y desarrolla al máximo su potencial.
  • Usualmente es muy responsable.

Posibles rasgos negativos:

  • Es mandón.
  • Cree que debe lucirse y ser el mejor.
  • Se desestimula si no puede ser el mejor. Es muy competitivo.
  • Se exige demasiado. Suele ser perfeccionista.

Alternativas para los padres:

  • No le dé deberes de padre que no le corresponde.
  • Evite presionarlo para que obtenga el primer lugar.
  • Ayúdele a aceptar que perder no implica ser menos importante.
  • Ayúdele a desarrollar el coraje de ser imperfecto.

Hijo 2do:

Lucha por... Alcanzar y superar al mayor

Posibles rasgos positivos:

  • Se esfuerza y no se da fácilmente por vencido.
  • Es sociable y buen relacionista.
  • Desarrolla actividades que le faltan al mayor.

Posibles rasgos negativos:

  • Puede sentirse inadecuado, porque el mayor siempre lo aventaja.
  • Suele ser el rebelde.
  • Puede ser el "incompetente” si el mayor es destacado.

Alternativas para los padres:

  • Enfatice sus características únicas y sus puntos fuertes.
  • Evite compararlo con el hermano mayor.
  • Fomente actividades distintas al mayor.

Hijo Intermedio:

Lucha por... Justicia y compensación

Posibles rasgos positivos:

  • Es adaptable y sociable.
  • Es muy recursivo.
  • Es justo y exige justicia.
  • Es buen mediador. Capaz de relacionarse con toda clase de personas.

Posibles rasgos negativos:

  • Se siente excluido y trata de destacarse maltratando a los menores.
  • Se siente sin privilegios y puede ser vengativo.
  • Puede volverse el hijo problema.

Alternativas para los padres:

  • Déle ratos exclusivos para él / ella, individualícelo.
  • Pídale sus opiniones y aplauda sus contribuciones.
  • Estimule sus habilidades y destrezas sobresalientes.
  • Déle más atención positiva.

Hijo menor:

Lucha por... Ser servido y atendido

Posibles rasgos positivos:

  • Sabe como influenciar a los demás.
  • Es encantador y brillante.
  • Es ambicioso y creativo.

Posibles rasgos negativos:

  • Puede ser muy manipulador.
  • Demanda atención continua.
  • Espera que los demás asuman sus responsabilidades.

Alternativas para los padres:

  • No lo trate como el bebé ni le dé más privilegios.
  • Déjelo resolver sus propios conflictos con los mayores.
  • No haga nada que él o ella pueda hacer solo.

Examine sus creencias como padre de familia

Todos desarrollamos creencias durante nuestro proceso de desarrollo y crecimiento. De tal forma que cuando formamos una familia, estas creencias son definitivas en la educación y el estilo de vida que inculcamos en nuestros hijos.

Existen cinco creencias comunes en los padres y madres en la forma como deben educar a sus hijos. Ellas son:

1. "Debo controlar".
2. "Debo ser perfecto".
3. "Debo ser superior".
4. "Debo tener la razón".
5. "Debo complacer a los demás". 

Cada una de estas convicciones tiene un lado negativo pero también otro positivo. En una escala del 1 a 10, califique cada una de esas cinco creencias según le aplique a usted (1 = poco importante, 10 = muy importante).

Si califica cualquiera de estas creencias con cinco ó más, ha descubierto algunos aspectos en los que necesita ponerse a trabajar. Así que preste atención en cómo se comporta con sus hijos. Esté alerta de cualquier indicación del lado negativo de sus creencias y ponga sus esfuerzos en usar el lado positivo.

1. "Debo controlar". Las personas con esta creencia pueden usar una variedad de métodos para ganar el control, es decir pueden ser lógicas, tener mal genio, ser encantadoras, o usar las lágrimas. También pueden ser obstinadas y evitar los sentimientos; creen que con la emotividad, se pierde el control. Otra manera de mantener el control es depender de los demás: así los tiene a su servicio.

Las personas que tienen que estar en control quieren evitar ponerse en aprietos. No les gustan las sorpresas. Lo quieren todo de manera ordenada. Se resisten a ser controladas.

Estas personas controladoras pueden causar rebeldía en los hijos que tampoco quieren ser controlados. También pueden fomentar la dependencia, de tal forma que el hijo no podrá tomar una decisión por sí mismo y siempre esperará que le digan lo que tiene que hacer. Al ir creciendo, estos hijos podrán estar sujetos a influencias negativas de parte de otros jóvenes de su edad.

Los padres que quieren controlar dicen con frecuencia: “Es mejor que hagas lo que se te dice”.

Lo positivo:
Por el lado positivo, las personas que quieren estar en control pueden aprender a controlar la situación en lugar de controlar al hijo. Ya que saben bien cómo organizar, pueden poner normas de conducta y luego dejar que el hijo decida dentro de esos lineamientos. No necesitan imponer su voluntad al hijo. Pueden dejar que el hijo aprenda de las consecuencias.

2. “Debo ser perfecto". Los perfeccionistas no toleran los errores, ni en ellos mismos, ni en sus hijos. Si algo no es perfecto, está mal. Las expectativas de perfección acaban por desalentar a los hijos. Los perfeccionistas pueden decir: “No hiciste lo mejor que podías haber hecho”.

Los perfeccionistas pueden aprender a tener el valor de ser imperfectos. Para tener una actitud mental sana, debemos aceptar este hecho.

Lo positivo:
Los perfeccionistas necesitan admitir sus faltas abiertamente y desarrollar un sentido del humor acerca de ellas. Pueden concentrarse en su propio esfuerzo y mejoramiento al igual que el de sus hijos. No hace falta tener expectativas de comportamiento perfecto.

3. "Debo ser superior". Aquéllos individuos que tienen que ser superiores son como "primos" de los perfeccionistas. Los que buscan la superioridad no tienen que ser perfectos, ¡sólo mejores!. Estos padres son los que hacen hincapié en la aptitud y la utilidad. Los buscadores de superioridad tienden a sentirse abrumados, y el tiempo no les alcanza. Con frecuencia se sienten culpables porque no pueden hacer todo lo que quisieran. Pueden causar sentimientos de inferioridad en sus hijos y también hacer que persigan la superioridad.

Los buscadores de superioridad pueden decir: “Puedes hacerlo mejor”.

Lo positivo:
Estas personas pueden usar su creatividad para ayudar a sus hijos a que desarrollen sus puntos fuertes. Finalmente, pueden evitar el auto sacrificio total, aprendiendo a tomar tiempo libre para ellas mismas.

4. "Debo tener la razón". Estos padres tienden a ver las cosas en extremos de bien o mal, blanco o negro. Con frecuencia discuten sobre quién "tiene la razón" y temen estar equivocados. Casi siempre consideran que sus hijos están equivocados si no están de acuerdo con el padre o la madre.

Aquéllos padres que deben tener la razón dicen: “Eso no está bien. Estás equivocado. Eso no es lo que hay que hacer”.

Lo positivo:
Por otro lado, tal vez no necesiten imponer lo "correcto". Pueden provocar algunas situaciones para que sus hijos descubran el comportamiento adecuado a través de consecuencias lógicas y naturales. Pueden escuchar los puntos de vista de sus hijos y respetar todas las opiniones.

5. "Debo complacer a los demás". Estos padres de familia harán todo lo posible por complacer a sus hijos. Lo harán aún cuando no sea lo que más les conviene a los hijos. Llegarán a malcriarlos o a hacerse cargo de sus responsabilidades. Tratarán de "comprar" el amor y la aprobación de los hijos. Como consecuencia, los hijos aprenderán a ser egoístas.

Los complacientes pueden decir: “Las necesidades de mis hijos vienen antes que las mías. Si a mi hijo no le gusta lo que yo hago, es mi culpa”.

Lo positivo:
Estos padres pueden aprender a complacerse a sí mismos. Pueden ocuparse de sus propios derechos como padres. Pueden dejar que sus hijos se encarguen de sus propias responsabilidades. Estos padres pueden aprender a ser firmes y amables a la vez. Finalmente, pueden alentar a sus hijos a dar en lugar de sólo recibir.


El ejercicio de la autoridad en la familia
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

Una de las acepciones de la palabra autoridad en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua es "carácter o representación de una persona por su empleo, mérito o nacimiento". Así pues, los padres llevan a cabo la representación de un papel que les ha venido al fundar una familia, tener que ejercer la autoridad en la misma.

El ejercicio de la autoridad tiene varias fases:

a. Conocimiento de las metas comunes que tienen los miembros que forman el grupo. La familia como grupo humano está compuesta por personas que tienen niveles distintos de maduración, de responsabilidad, pero que tienen unos vínculos, espacios y metas comunes. Esto no es percibido conscientemente cuando los hijos son pequeños, pero al madurar lo asumen de manera implícita.
b. Comunicar y consensuar con los otros miembros lo que quiere conseguir quien ejerce la autoridad. Quien ostenta la autoridad tiene que saber qué quiere para el grupo. Necesita de un tiempo de clarificación personal. Cuando lo ha realizado, precisa exponerlo de manera explícita a los otros que forman el grupo, de forma verbal como a través de su conducta y decisiones para hallar el consenso entre los miembros del grupo.
c. Cumplir y hacer cumplir las metas marcadas y consensuadas. Pero no basta que todos los miembros del grupo sepamos qué hay que hacer, es necesario que se lleve a la práctica lo previsto. Es la capacidad de mover que tiene quien ejerce la autoridad, ya sea por su fama o prestigio, ya sea por procedimientos más coactivos.

Prescindir de las fases, puede dar lugar a deformaciones de la autoridad. Cuando se prescinde de comunicar y consensuar entre los miembros las normas, surge el autoritarismo ejercicio arbitrario de la autoridad-; cuando no se cumplen ni se hacen cumplir las normas marcadas y consensuadas, se instala el abandonismo -la renuncia a la autoridad.

Los padres tienen autoridad por el hecho de ser padres. Pero la autoridad se mantiene, se pierde o se recobra por el modo de comportarse. La autoridad se mantiene o se recobra por el prestigio. Esta afirmación es equivalente a la de "educamos por lo que somos". Es decir, por la congruencia entre lo que somos, lo que hacemos y lo que decimos.

¿Cómo se tiene prestigio con los hijos?

Por el buen humor: Hay diferentes estilos personales, pero todos se apoyan en el optimismo saber descubrir primero lo positivo de cada persona y de cada situación y en la confianza.

Por la serenidad: Porque asegura las mejores condiciones para actuar con sensatez y con flexibilidad. El nerviosismo, por el contrario, empeora la situación y, desde luego, desprestigia. Han de vernos serenos, sin dar paso a la ira o al enfado por nimiedades; han de vernos que no sacamos las cosas de quicio... Se puede comprobar, además, como los hijos adoptan conductas más serenas cuando están ante una persona tranquila, que no responde con cólera sino con un tono de voz sosegado y conciliador.

Por la paciencia: Los padres tienen un sexto sentido que avisa cuándo y cuánto es necesario volcarse con cada uno, a causa de una enfermedad, unos problemas en clase…

Por mantener una línea de actuación sin dar bandazos, graduando la exigencia según las circunstancias, sin dejar nunca de exigir y exigirse. Desprestigia el dramatismo, el echar en cara, el lamentarse, los falsos juicios...

Por el interés con que se sigue el estudio y los problemas de los hijos, sabiendo apreciar el esfuerzo que se hace, aunque no se traduzca en resultados. Escuchar y dedicar tiempo a "sus problemas" que, aunque nos parezcan nimiedades pueden pesar como losas para ellos. Pero si les apartamos a un lado porque nosotros sí estamos haciendo algo importante (ver la TV, terminar un informe, descansar...), cada vez será más difícil que nos cuentes sus cosas.

Cuando los padres van por delante en lo que exigen de sus hijos: Sin ser perfeccionistas, que conozcan sus fallos y limitaciones, y sus esfuerzos por superarlos.

Cuando se fomenta el prestigio del otro cónyuge: Aprovechar toda ocasión para destacar, discretamente, en una conversación privada con cada hijo, los puntos fuertes del otro cónyuge es una forma de potenciar la autoridad del otro. De un modo sugerente: "¿Te has fijado en tal aspecto de tu padre o madre...?" Y, a continuación, pasar a otra cosa en la conversación.

La autoridad de los padres se refuerza cuando...

Hay acuerdo en cómo educar a los hijos, y en cómo armonizar la autoridad paterna y materna para una mejor educación de cada hijo. La autoridad de los padres ha de ser complementaria, no excluyente, no delegada de uno en otro cónyuge.
Se apela al razonamiento al diálogo, se potencia la responsabilidad de los hijos por aproximaciones sucesivas. Huir tanto del sobreproteccionismo como del desentenderse cuando pueden necesitar ayuda.
Se llega a acuerdos en temas puntuales con los hijos. Se pueden concretar dichos acuerdos mediante contratos de conducta. El llegar a una conducta-meta en los hijos conlleva el descomponerla en los pasos mínimos sucesivos, que hay que reforzar las aproximaciones a la conducta meta y extinguir la conducta a eliminar.
Se evita el sermonear reiterativo porque suele tener un efecto contrario al buscado. Si hay que decir algo a alguien, se dice a solas, de manera clara, con formulación positiva, llegando a acuerdos y fijado el tiempo de revisión de los mismos.
Somos firmes cuantas veces sea necesario, pero sabiendo cambiar a actitudes de flexibilidad y cariño siempre que sea preciso.
Se presta atención al buen comportamiento, a los aspectos positivos que tiene toda persona, y no se atiende únicamente a las conductas desadaptativas.
Se explica con razonamientos por qué los corriges, y se respeta a la persona y se le ayuda a mejorar en los defectos que tiene. Hay que demorar la entrevista para corregir a un hijo nuestro, si no tenemos la suficiente serenidad para hacerlo en este momento. No tratar de vencer sino de convencer. Es la fuerza de la razón quien se ha de imponer no la de los años.
Se le da suficiente autonomía y libertad poco a poco, según el uso correcto que van haciendo de ella. Saber "ir soltando poco a poco las amarras" del niño y sobre todo del adolescente, quedándose lejos por si hace falta ayuda en algún momento.


La comunicación en familia
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

El papel del lenguaje
Las personas se relacionan a través de la comunicación que se hace mediante el lenguaje ayudado por los gestos, los movimientos del cuerpo. El lenguaje es el primer sistema de señales que emplea el hombre para relacionarse con su medio y para aprender lo que le rodea.

El niño, desde la más temprana edad, aprende a identificar los primeros sonidos y su significado y distingue el tono con el que se le habla. Hacia los nueve meses, sabe si sus padres están enfadados o le tratan con afecto y cariño.

El aprendizaje del lenguaje es un paso previo e indispensable para el aprendizaje de la lectoescritura y supone la forma de tomar conciencia de todo lo que se aprende del entorno en el que se vive.

Además del lenguaje, el hombre cuenta con gran cantidad de mecanismos para manifestarse que le permiten ponerse en contacto con los demás: los gestos, las miradas, la expresión del rostro... Estos elementos ponen de manifiesto actitudes, sentimientos, predisposiciones y motivaciones que permiten una comunicación interpersonal trascendente.

Desde los primeros momentos de la vida, el bebé capta la intensidad del afecto, aprecia si se le aguanta o se le abraza; valora el tono afectivo de la mirada del adulto cuando le acerca un juguete. También ocurre esto entre las personas adultas y entre los miembros de una familia.

El lenguaje está limitado por los conocimientos de cada uno; sin embargo, los símbolos son personales e inagotables. La posibilidad de combinar ambos lenguajes (verbal y gestual) implica comunicación.

El silencio, parte del diálogo

Cuando sólo se usa el lenguaje verbal (difícil, pues en la práctica nunca aparece desligado del gestual) hablamos de diálogo. Se dan dos formas extremas de diálogo: por exceso o por defecto. Ambas, provocan distanciamiento entre padres e hijos.

Hay padres que, con la mejor de las intenciones, procuran crear un clima de diálogo con sus hijos e intentan verbalizar absolutamente todo. Esta actitud fácilmente puede llevar a los padres a convertirse en interrogadores o en sermoneadores, o ambas cosas. Los hijos acaban por no escuchar o se escapan con evasivas. En estos casos, se confunde el diálogo con el monólogo y la comunicación con el aleccionamiento.

El silencio es un elemento fundamental en el diálogo. Da tiempo al otro a entender lo que se ha dicho y lo que se ha querido decir. Un diálogo es una interacción y, para que sea posible, es necesario que los silencios permitan la intervención de todos los participantes.

Junto con el silencio está la capacidad de escuchar. Hay quien prescinde de lo que dice el otro, hace sus exposiciones y da sus opiniones, sin escuchar las opiniones de los demás. Cuando sucede esto, el interlocutor se da cuenta de la indiferencia del otro hacia él y acaba por perder la motivación por la conversación.

Evite los discursos

Esta situación es la que con frecuencia se da entre padres e hijos. Los primeros creen que estos últimos no tienen nada que enseñarles y que no pueden cambiar sus opiniones. Escuchan poco a sus hijos o si lo hacen es de una manera inquisidora, en una posición impermeable respecto al contenido de los argumentos de los hijos. Esto sucede frecuentemente con hijos adolescentes. Estamos ante uno de los errores más usuales en las relaciones paternofiliales: creer que con un discurso puede hacerse cambiar a una persona.

A través del diálogo, padres e hijos se conocen mejor, conocen sobre todo sus respectivas opiniones y su capacidad de verbalizar sentimientos, pero nunca la información obtenida mediante una conversación será más amplia y trascendente que la adquirida con la convivencia. Por esto, transmite y educa mucho más la convivencia que la verbalización de los valores que se pretenden inculcar.

Por otro lado, todo diálogo debe albergar la posibilidad de la réplica. La predisposición a recoger el argumento del otro y admitir que puede no coincidir con el propio es una de las condiciones básicas para que el diálogo sea viable. Si se parte de diferentes planos de autoridad no habrá diálogo. La capacidad de dialogar tiene como referencia la seguridad que tenga en sí mismo cada uno de los interlocutores.

Hay que tener presente que la familia es un punto de referencia capital para el niño y el joven: en ella puede aprender a dialogar y, con esta capacidad, favorecer actitudes tan importantes como la tolerancia, la asertividad, la habilidad dialéctica, la capacidad de admitir los errores y de tolerar las frustraciones.

La importancia de la comunicación

Si es importante el diálogo en las relaciones interpersonales, lo es aún más la comunicación. La comunicación está guiada por los sentimientos y por la información que transmitimos y comprendemos. La comunicación nos sirve:

  • Para establecer contacto con las personas.
  • Para dar o recibir información.
  • Para expresar o comprender lo que pensamos.
  • Para transmitir nuestros sentimientos.
  • Para compartir o poner en común algo con alguien.
  • Para conectar emocionalmente con otros.
  • Para vincularnos o unirnos por el afecto.

Estos son algunos facilitadores de la comunicación:

  • Dar información positiva.
  • Ser recompensante.
  • Entrenarnos para mejorar nuestras habilidades de comunicación.
  • Empatizar o ponernos en el lugar del otro.
  • Dar mensajes consistentes y no contradictorios.
  • Saber escuchar con atención.
  • Expresar sentimientos.
  • Crear un clima emocional que facilite la comunicación.
  • Pedir el parecer a los demás.

Enemigos de la comunicación

Cuanto más estrecha sea la relación, más importancia tendrá la comunicación no verbal. Cuando un miembro de una familia llega a su casa puede percibir un mensaje de bienestar o tensión sin necesidad de mirar a la cara al resto de la familia. En ocasiones, la falta de verbalización (de hablar) supone una grave limitación a la comunicación. Muchas veces la prisa de los padres por recibir alguna información les impide conocer la opinión de sus hijos y, de igual forma, impide que sus hijos se den cuenta de la actitud abierta y predisposición a escuchar de los padres.

La situación anterior es especialmente importante en la adolescencia. Son múltiples las situaciones en que los padres sienten curiosidad por lo que hacen los hijos y estos, ante una situación de exigencia responden con evasivas.

Otro impedimento para la comunicación es la impaciencia de algunos padres para poder incidir educativamente en la conducta de sus hijos. Todo el proceso educativo pasa por la relación que establecen padres e hijos, y ésta se apoya en la comunicación; por eso es tan importante preservarla y mantener la alegría de disfrutarla. Para ello es suficiente que los padres no quieran llevar siempre la razón y convencerse que comunicarse no es enfrentarse.

La vida familiar cuenta también con unos enemigos claros para establecer conversaciones y la relación interpersonal. La televisión en la comida, los horarios que dificultan el encuentro relajado, los desplazamientos de fin de semana... Hay que luchar frente a estas situaciones y adoptar una actitud de resistencia provocando un clima que facilite la comunicación.

Estos enemigos sirven de obstáculo para comunicarnos. Los podemos resumir así:

Generalizaciones: ("Siempre estás pegando a tu hermana","nunca obedeces"). Seguro que en algún momento hace algo distinto de pegar a su hermana. Posiblemente, alguna vez, sí ha sabido obedecer.
Juzgar los mensajes que recibes: La madre, cuando el padre llega de la calle, dice: "Parece que hoy llegas más tarde". El padre replica: "¿Qué pasa?, ¿los demás días llego antes?. ¡Siempre estás pendiente de la hora a la que vengo!
No saber escuchar para comprender bien lo que quieren decir realmente.
Discutir sobre tu versión de algo que sucedió hace ya tiempo. ¿Para qué darle tanta importancia a sucesos ya pasados?
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Tener objetivos contradictorios.
El lugar y el momento que elegimos.
Hacer preguntas llenas de reproches.
Abusar de los: "Tú deberías", "Yo debería hacer"; en vez de los: "Qué te parece si...", "Quizás te convenga", "Yo quiero hacer", "Me conviene", "He decidido".
Cortes en la conversación porque se presta más atención a lo que quieres decir, que a escuchar al otro.

Tipos de padres según el uso de la comunicación

En función de las palabras que dirigimos a los niños podemos comunicar una actitud de escucha o, por el contrario, de ignorancia y desatención. Según analiza el psicólogo K. Steede en su libro Los diez errores más comunes de los padres y cómo evitarlos, existe una tipología de padres basada en las respuestas que ofrecen a sus hijos y que derivan en las llamadas conversaciones cerradas, aquellas en las que no hay lugar para la expresión de sentimientos o, de haberla, éstos se niegan o infravaloran:

Los padres autoritarios: Temen perder el control de la situación y utilizan órdenes, gritos o amenazas para obligar al niño a hacer algo. Tienen muy poco en cuenta las necesidades del niño.

Los padres que hacen sentir culpa: Interesados (consciente o inconscientemente) en que su hijo sepa que ellos son más listos y con más experiencia, estos padres utilizan el lenguaje en negativo, infravalorando las acciones o las actitudes de sus hijos. Comentarios del tipo "no corras, que te caerás", "ves, ya te lo decía yo, que esa torre del mecano era demasiado alta y se caería" o, "eres un desordenado incorregible". Son frases aparentemente neutras que todos los padres usamos alguna vez.

Los padres que quitan importancia a las cosas: Es fácil caer en el hábito de restar importancia a los problemas de nuestros hijos sobre todo si realmente pensamos que sus problemas son poca cosa en comparación a los nuestros. Comentarios del tipo "¡bah, no te preocupes, seguro que mañana volverán a ser amigas!", "no será para tanto, seguro que apruebas, llevas preparándote toda la semana", pretenden tranquilizar inmediatamente a un niño o a un joven en medio de un conflicto. Pero el resultado es un rechazo casi inmediato hacia el adulto que se percibe como poco o nada receptivo a escuchar.

Los padres que dan conferencias: La palabra más usada por los padres en situaciones de "conferencia o de sermón" es: deberías. Son las típicas respuestas que pretenden enseñar al hijo con base en nuestra propia experiencia, desdeñando su caminar diario y sus caídas.

Por último, hay que mencionar la cantidad de situaciones en las que la comunicación es sinónimo de silencio (aunque parezca paradójico). En la vida de un hijo, como en la de cualquier persona, hay ocasiones en que la relación más adecuada pasa por la compañía, por el apoyo silencioso. Ante un sermón del padre es preferible, a veces, una palmada en la espalda cargada de complicidad y de afecto, una actitud que demuestre disponibilidad y a la vez respeto por el dolor o sentimiento negativo que siente el otro.

Consejos prácticos

1. Observar el tipo de comunicación que llevamos a cabo con nuestro hijo. Dediquemos unos días de observación libre de juicios y culpabilidades. Funciona muy bien conectar una grabadora en momentos habituales de conflicto o de sobrecarga familiar. Es un ejercicio sano pero, a veces, de conclusiones difíciles de aceptar cuando la dura realidad de actuación supera todas las previsiones ideales.

2. Escuchar activa y reflexivamente cada una de las intervenciones de nuestros hijos. Valorar hasta qué punto merecen prioridad frente a la tarea que estemos realizando; en cualquier caso, nuestra respuesta ha de ser lo suficientemente correcta para no menospreciar su necesidad de comunicación.

3. Si no podemos prestar la atención necesaria en ese momento, razonar con él un aplazamiento del acto comunicativo para más tarde. Podemos decir simplemente: "dame 10 minutos y enseguida estoy contigo". Recordemos después agradecer su paciencia y su capacidad de espera.

4. Evitar emplear el mismo tipo de respuestas de forma sistemática para que nuestro hijo no piense que siempre somos autoritarios, le hacemos sentir culpable, le quitamos importancia a las cosas o le damos sermones.

5. Dejar las culpabilidades a un lado. Si hasta hoy no hemos sido un modelo de comunicadores, pensemos que podemos mejorar y adaptarnos a una nueva forma de comunicación que revertirá en bien de nuestra familia suavizando o incluso extinguiendo muchos de los conflictos habituales con los hijos.

6. Cuando decidamos cambiar o mejorar hacia una comunicación más abierta, es aconsejable establecer un tiempo de prueba, como una semana o un fin de semana, terminado el cual podamos valorar si funciona o no y si debemos modificar algo más. Los padres tenemos los hábitos de conducta muy arraigados y cambiarlos requiere esfuerzo, dedicación y, sobre todo, paciencia (¡con nosotros mismos!).



La necesidad de poner normas
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

“Si mis padres no me ponen hora de llegada a casa por las noches, yo supongo que es porque no les importo”. Con estas palabras, que sorprenden a muchos padres, se expresaba un chico de unos catorce años; en ellas podemos entrever que los hijos necesitan pautas y normas para sentirse seguros.

Muchos de los descubrimientos psicopedagógicos de los últimos años parecen que no terminan de imponerse en nuestras teorías educativas. Hemos incorporado una necesaria y adecuada tolerancia frente a las restricciones excesivas y asfixiantes en las que se educaba antes; pero hay otros prejuicios, esta vez de sentido contrario, es decir, de laxitud e indulgencia, cercanos a la dejadez, que por miedo, ideas equivocadas y mala comprensión del desarrollo psicológico de los niños, nos paralizan a la hora de ejercer la función de padres.

¿Ha fallado la educación que conocemos?

Se trataba de que los hijos no sufrieran los traumas que conlleva un exceso de represión. Se hace hincapié en la necesidad de mostrarse afectuoso, comunicativo e indulgente con las necesidades del niño y muy tolerante con su comportamiento.

Este planteamiento es muy favorable para facilitar el desarrollo sin ansiedades pero, en exceso, implica jóvenes sin motivación, con dificultad para decidir su futuro. Tanto emocional como económicamente se mantienen en un estado de dependencia.

El fallo puede estar en que no aprendan a enfrentarse con la realidad, con las inevitables frustraciones de la vida. Parece que “a fuerza de” no negarles nada, no llegan a desarrollar “la fuerza para” conseguir las cosas por sí mismos. Esa fuerza es necesaria para conseguir el éxito en cualquier campo y no sólo en el aspecto escolar.

Los padres, actualmente, nos sentimos confusos y desorientados al tener que decidir entre seguir la propia intuición, los modelos en que fuimos educados y los ejemplos que se ven en otros padres y en los medios de comunicación. El resultado es un comportamiento contradictorio.

Es difícil exigir a los hijos que cumplan la parte del trato implícito que supone la convivencia: “yo doy, tú das”. Hay muchos motivos, veamos algunos:

  • Nos asusta defraudarlos
  • No sabemos o no queremos decir “no".
  • No queremos frustrarlos,... ”ya sufrirán cuando sean mayores".
  • Nos preocupa ser considerados autoritarios.
  • No queremos que sufran lo que nosotros sufrimos.
  • Compensamos la falta de tiempo y dedicación con una actitud indulgente (y culpable).
  • Tenemos miedo al conflicto y a sus malas caras.
  • Nos parece que actuamos con egoísmo si imponemos normas que nos faciliten la vida.

Desprendimiento madre-niño

Dicho muy brevemente, el estudio de lo que se llama ‘relaciones de objeto’ ha puesto de manifiesto la importancia que en la primera infancia tiene una relación estrecha y consistente con la madre (o con la persona que habitualmente haga dicha función). En esa época, cualquier separación, aunque sea breve, el niño la vive con ansiedad.

Pero también se ha descubierto, en el campo de la ‘psicología del yo’, que tras esa primera etapa, el niño necesita separarse de su madre, para diferenciar sus propios deseos y necesidades de los de ella, para ir tomando conciencia de sí mismo y de su individualidad.

La madre debe dejarlo no sólo separase tanto como sea posible, según su edad, sino que debería presentarse a sí misma como sujeto de necesidades “egoístas”, con una vida propia, e ir alejándose de esa imagen que tiene el niño de su madre como una extensión de él que sólo existe para satisfacer sus necesidades.

Lo que se ha llamado un ambiente familiar suficientemente bueno, es aquel que reacciona con cariño a la vez que permite que el niño experimente, de modo gradual y acorde con su maduración, una cantidad creciente de frustración.

Es necesario proteger al niño pero también dejar que se exponga gradualmente a experiencias en las que no logre todo lo que desea. La capacidad del niño para enfrentarse a la realidad depende de esto.

Este proceso de tolerancia a la frustración, que se desarrolla paulatinamente, permite que el niño aprenda a manejar su ansiedad y su agresividad. Cuando esto no se realiza bien, el niño puede volverse apático y pasivo o, por el contrario, irascible.

Ideas que pueden servir de guía

La educación perfecta no existe, sobre todo si la consideramos como un conjunto de normas utilizadas como una receta; no hay un niño igual a otro ni siquiera en la misma familia, así que más que fórmulas estándar, podemos disponer de guías para orientarnos en situaciones diversas.

Es importante ser espontáneos, la intuición es necesaria porque son los propios padres quienes conocen mejor a sus hijos y el modo de ayudarles.
Nuestra empatía, capacidad para ponernos en su lugar, nos permite entender los motivos que ellos tienen para actuar y reaccionar en una determinada situación y, desde ahí, podemos enseñarles modos de afrontarla. Y también les enseñamos eso tan importante para su vida que es saber ponerse en el lugar del otro.
La coherencia es también muy importante porque uno tiene que creer aquello que quiere enseñar. La contradicción entre lo que se dice y lo que se hace inválida la norma que o bien no se cumple o lleva a la mentira.

Por eso es tan importante que los padres actúen con seguridad y sin contradicciones. Es sobre todo con un estilo de comportamiento con lo que los hijos se identifican y al que imitan. La norma concreta puede ser más o menos discutida si se le transmite una forma de ser responsable y honesta.

No se trata de adiestrarlo, convertirlo en algo que deseamos, tendremos más éxito si le ayudamos a descubrir sus capacidades, personalidad..., y él también.

Castigos no llevan a nada

Los castigos, en general, tienen pocos resultados, sobre todo las humillaciones. Un niño criado en un ambiente de discusiones, gritos, peleas, puede que reproduzca lo que ha vivido. Los castigos en forma de malos tratos físicos o verbales, convierten al niño en una persona agresiva o, en el otro extremo también insano, en alguien temeroso con serias dificultades para convivir.

Los padres debemos poner las normas que consideramos justas, exigir que se cumplan, actuar con seguridad y firmeza, desde el conocimiento de nuestros hijos y el cariño que les tenemos, sabiendo que nosotros somos el modelo a imitar y que nuestra valoración y respeto, son una meta y una guía para ellos.

Para la O.N.U., en su Declaración de los Derechos del Niño, éste deja de ser considerado objeto de acciones para ser sujeto de derechos y obligaciones. Dejémonos de miedos y complejos: en un ambiente favorable de afecto y comunicación, ejerzamos de padres y exijamos que nuestros hijos cumplan también su parte.


Los estilos de autoridad en la familia
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

La familia constituye un grupo social en el que sus miembros tienen una vinculación genética y donde el liderazgo es ejercido por los padres. Como líderes del grupo, los padres tienen que conducirlo en el ejercicio de su autoridad. Dice el diccionario de la R.A.E. que la autoridad "es el crédito que por su mérito y fama, se da a una persona en determinada materia". Si analizamos la definición, determinaremos alguno de los rasgos que caracterizan a la noción de autoridad:

a. La autoridad es un crédito, un capital que puede administrarse adecuadamente y, por tanto, aumentar, como cualquier capital dinerario, o al contrario, inadecuadamente y, en consecuencia, disminuir.
b. Los componentes principales de ese capital son el mérito y la fama, que son el resultado de las buenas acciones en el ejercicio de la autoridad. Si el ejercicio de la autoridad hasta el presente ha sido el correcto, se adquiere prestigio, mérito y fama.

Hay varios estilos de ejercer la autoridad. Veamos cuál de ellos resulta más frecuente en nosotros, cuál es nuestra tendencia para corregirla si fuera preciso.

Estilo permisivo o sobreprotector: Consideran que los hijos son buenos y saben qué tienen que hacer. Hay que darles todo lo que piden, especialmente aquello que los padres no pudieron tener.

Tratan de evitar que sus hijos se enfrenten a las dificultades de la vida, y van quitándoles obstáculos. En los conflictos, los hijos siempre salen ganando. No hay una orientación dada por los padres, los hijos crecen sin pautas de conducta.

Consecuencias educativas:

  • Al no tener un código de conducta marcado, los hijos no suelen tener referentes, y por tanto, no saben a qué atenerse.
  • Les faltan hábitos de esfuerzo, de trabajo para ponerse a la realización de un proyecto personal. Tienden a la labilidad emocional.

Estilo autoritario: La razón es siempre de los padres. Consideran que el respeto de los hijos proviene del temor. Los padres imponen las soluciones en los conflictos que se plantean. Los padres dirigen y controlan todo el proceso de toma de decisiones. Critican a la persona ("eres un inútil"), no las acciones de la persona, lo que genera una baja autoestima.

Consecuencias educativas:

  • Pueden generar en los hijos sentimientos de culpabilidad ante la imposibilidad de no cumplir los deseos de sus padres.
  • Favorecen sentimientos de agresividad, de odio, al no sentir los hijos la suficiente autonomía personal.
  • Potencian conductas engañosas en los hijos para poder pasar el control de los padres.

Estilo cooperativo: Los padres consideran que se pueden equivocar en las decisiones como cualquier ser humano. Buscan y potencian que los hijos puedan aprender autónomamente y que saquen lo mejor de sí mismos. Ayudan en la búsqueda de soluciones equidistantes del abandono y de la sobreprotección. Consideran que los problemas son un reto para la superación personal. Las relaciones entre padres e hijos están presididas por el respeto mutuo y la cooperación.

Consecuencias educativas:

  • Desarrollan en los hijos el sentido de responsabilidad para que asuman las consecuencias de sus actos.
  • Inducen en los hijos habilidades de trabajo en equipo.
  • Los hijos aprenden actitudes de cooperación, de toma de decisiones y respeto por las reglas.

Las luchas de poder
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

Uno de los principios que los adultos han de aplicar a diario para ser mejores padres es no involucrarse en luchas de poder en las que normalmente nadie sale victorioso.

Una lucha de poder se produce cuando alguien cree que ha perdido autoridad y quiere recuperar la sensación de control. Los niños plantean luchas de poder cuando no se les permite tomar decisiones y ponerlas en práctica con sus propios recursos.

Hay que considerar que las luchas de poder son inevitables porque partimos de la base de que la relación entre padres e hijos no es una relación de igualdad, sino jerarquizada. Los padres son adultos que sirven como modelos de los hijos y estos necesitan de esos modelos. Los hijos tienen gran capacidad de aprendizaje pero muchas veces les falta el sentido común para afrontar situaciones de la vida diaria. En estos casos, son los padres los que deben poner límites a la libertad individual para protegerlos.

Además, cuando un padre no tiene autoridad, el hijo la adquiere y llega a disponerla y usarla. Y lo que es peor, si en la casa no hay autoridad, el hijo intenta encontrarla fuera de ella y de ahí que busquen líderes individuales que no siempre ejercen una influencia positiva en los hijos porque se refugia en su grupo y lo sigue de forma gregaria.

Una lucha de poder viene a ser un conflicto. No debemos temer a que aparezcan los conflictos porque así nos permite superarlos. Lo importante es aprender a enfrentarse a ellos para poder encontrar una solución correcta.

Desde el punto de vista del padre, es importante que una lucha de poder o conflicto no se plantee como algo personal donde tiene que haber un ganador y un perdedor. Lo que hace falta es controlar la situación para que las dos partes en conflicto ganen y, por extensión, la familia completa.

Características de las luchas de poder

La lucha de poder suele convertirse en una reacción, por ambas partes, de necesidad irracional de controlar al otro. Trae como consecuencia sentimientos negativos y es difícil llegar a soluciones satisfactorias para ambas partes.

Una lucha de poder genera otras luchas porque produce sentimientos de impotencia y de pérdida de control. Las luchas de poder no se producen siempre sobre un tema concreto, el motivo es la falta de poder.

Las luchas de poder pueden ser conflictos menores o acabar en malos tratos físicos. Se hacen habituales en las relaciones familiares y en casos extremos pueden producir abusos, depresión o serias disfunciones en el clima familiar.

Reynold Bean en "Cómo ser mejores padres" plantea las siguientes características:

Como nadie gana una lucha de poder, el objetivo es no perderla, lo cual hace que las partes enfrentadas sigan indefinidamente.
En una lucha de poder, ambas partes tienen la vaga sensación de estar realizando un esfuerzo inútil, pero se niegan a abandonar. Se desarrollan sentimientos muy negativos.
Los padres que están inmersos en una lucha de poder observan en los hijos una característica que no les gusta de sí mismos y desean cambiarla.

Los padres suelen plantear luchas de poder con los hijos que presentan rasgos parecidos y donde los adultos se ven reflejados. Por tanto, se suele transmitir al hijo que tiene un carácter similar al adulto. Esta situación la puede evitar el adulto siendo sincero y reconociendo lo que no le gusta de sí mismo.

La pérdida de control

Existe una relación clara entre la tendencia a controlar todo y los asuntos que no incumben al adulto. La necesidad de controlar asuntos que no son de la competencia del adulto, está en proporción directa con la sensación de pérdida de control sobre las vidas de los hijos.

En la etapa de la adolescencia suele producirse esta situación; al adolescente se le suele privar de su propia responsabilidad y esta situación suele repetirse desde la más temprana edad.

Estas situaciones se producen cuando el hijo, el adolescente, no hace lo que los padres esperan que haga. Esto activa la necesidad por parte del adulto de controlar.

Cuando los hijos aprenden a tener el control, significa que crecen en armonía porque controlan su vida y por tanto sus decisiones. Se trata de un proceso natural e inevitable. Los padres inseguros temen que sus hijos se vuelvan más autónomos e independientes.

Hay dos factores que complican la obtención de control por parte de los hijos. Uno consiste en que el proceso es irregular. Sufre retrocesos, acelerones. El segundo factor es que el aumento de las cotas de independencia produce ansiedad en ambas partes debido a la ambigüedad y a los cambios imprevistos.

La solución está en planificar el proceso de crecimiento y negociar los cambios sería más fácil si el proceso de madurez fuera más predecible.

Luchas de poder se producen por...

A todos nos gustaría tener más control sobre nuestros actos y vidas del que tenemos. Este grado de control es difícil de conseguir por lo que en cierta forma es lógico sentir cierta frustración. Esta sensación debemos superarla y esto es muestra de madurez. Cuando no lo conseguimos (como cuando un padre llega a casa con mal humor por haber tenido problemas en el trabajo) pagamos con el resto de la familia, sobre todo con quien no obedece.

De esta forma, la solución está (por parte de los padres) en encontrar vías que permitan a cada uno resolver sus necesidades. Estos padres son guías y modelos para sus hijos.

Otro motivo importante que origina luchas de poder es la rivalidad por la autoridad en el clima familiar. Algunos padres son conscientes de que la pérdida de autoridad es inevitable y por eso viven tranquilos y no entran en luchas de poder con sus hijos.

El grado de autoridad que tengan los padres depende, sobretodo, de cómo utilizan el poder que tienen sobre los hijos, y eso les permite aumentarla, recuperarla o perderla. Esta autoridad de los padres es eficaz cuando se cumplen las siguientes condiciones:

1. Existe consenso entre los padres.
2. Se ejerce de modo participativo y se sabe llegar a acuerdos.
3. Se persigue como fin la educación de los hijos y su autonomía.
4. La autoridad es coherente con la conducta de los propios padres.
5. La autoridad se apoya en valores y normas estables.
6. La autoridad se traduce en hechos.

La no consecución de alguna de estas condiciones puede acarrear crisis de autoridad como padres. La mejor fórmula es ejercer una autoridad positiva desde que los hijos son pequeños. Si esto último no lo cumplimos todavía estamos a tiempo porque cuanto antes se cambie y se mejore, tanto mejor. En definitiva, para seguir teniendo autoridad o empezar a ganarla, es preciso practicar día a día con decisiones correctas, justas y útiles.

Estamos inmersos en una lucha de poder cuando...

Un padre intenta evitar una determinada situación con su hijo.
Siempre hay que recurrir al castigo físico para conseguir lo que se pretende.
El padre se enfada o se deprime cuando el niño está cerca.

La solución de una lucha de poder está en...

No es lo mismo resolver y detener una lucha de poder que evitar que se produzca. De forma rápida podemos tener en cuenta los siguientes principios en caso de que nos veamos envueltos en una lucha de poder:

Haga preguntas en lugar de dar órdenes. La reacción de la persona ante una orden es de ofrecer resistencia. Por el contrario ante una pregunta se reacciona con el análisis y la evaluación. La pregunta genera ambigüedad y al niño le cuesta reaccionar ante ella, se desconcierta y es más fácil conseguir los objetivos del adulto. Las preguntas deben incluir un qué, cómo, cuándo o dónde. Se debe evitar el por qué debido a que resulta complicado explicar el motivo por el que hacemos las cosas.

Tenga un lugar donde "esconderse" cuando se desencadene una lucha de poder. Por supuesto no hay que abusar de esta medida. Se debe utilizar únicamente en ocasiones especiales. Sobre todo cuando el adulto siente sentimientos de frustración, enfado, resentimiento..., es fácil no tratar al niño de manera racional y justa. Retirarse a tiempo a un lugar seguro de la casa crea una situación ambigua a la que se tiene que enfrentar el niño. Es claro que cuando el padre es capaz de irse de una discusión, es señal de que controla sus sentimientos. Los niños no desearán que los adultos les controlen pero sí que estos últimos se controlen a sí mismos.

Proporcione a su hijo más de una opción para elegir. De esta manera, el adulto consigue más poder. Esta situación hace que el niño no se sienta impotente porque, en definitiva, puede elegir. Se consigue que el niño admita que lo que el padre quiere que haga es razonable, entonces hay que dar al niño la posibilidad de decidir cómo, cuándo y dónde debe realizar la tarea. Algunos ejemplos son: "¿quieres hacerlo ahora o más tarde?", "¿cómo piensas hacerlo?", "¿quieres bañarte ahora o dentro de 10 minutos?", "¿quieres utilizar la aspiradora o la escoba para limpiar la habitación?", etc.

La persona a quien usted tiene que controlar es a sí mismo, no a su hijo. Los padres cometen un grave error y es que tienen que controlar a sus hijos. Los padres que no saben controlarse a sí mismos no pueden controlar a sus hijos. No es verdad que los padres son capaces de controlarse por el hecho de ser padres.

Cuando entramos en una lucha de poder no tenemos control sobre nosotros mismos y las emociones salen a la superficie. En estas condiciones, los adultos se comportan como si fueran dueños de la situación cuando en realidad no lo son. Cuando se pierde el control significa que ya no se ofrecen opciones. Nadie es perfecto y cometemos errores por muy adultos que seamos.

Es contraproducente sentirse culpable por un sentimiento de incapacidad para resolver los conflictos. Suprimir constantemente las emociones no ayuda a los hijos a resolver sus conflictos. Los niños aprenden mucho observando las debilidades de sus padres.

Soltar una carcajada en mitad de una lucha de poder consigue pararla. Esto resulta práctico cuando todo lo demás ha fracasado. Cuando entramos en una lucha de poder no la debemos tomar demasiado en serio, porque resultará más difícil resolverla. No se trata de reírse del otro sino reírse de la situación de tensión que genera una lucha de poder. Una lucha de poder absorbe todos los sentimientos positivos por lo que ofrecer una risa en un momento de máxima tensión puede ayudar a rebajar tensión, eliminar resistencia y acercar posturas.

Bibliografía y webs consultadas

Aumentar, recuperar o perder autoridad ante nuestro hijo
José María Lahoz García
http://www.solohijos.com

"Cómo ser mejores padres"
Reynold Bean
Círculo de lectores

Respeto y autoridad
Pablo Pascual Sorribas
http://www.solohijos.com


Observar... ¿para qué?
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

Es sabido que la observación es la técnica de diagnóstico más importante que existe. Se trata de una técnica de recogida de información que requiere una gran concentración y habilidad para obtener una información válida y fiable. Sabemos que en todas las actividades humanas se observa: en la medicina, en la justicia, en la seguridad de la sociedad, en educación, etc.

También en la familia debemos habituarnos a aplicar la técnica de la observación para poder así aprender mejor cómo crecen nuestros hijos; fijarnos en los detalles más insignificantes; ofrecerles una atención más ajustada a sus necesidades; hacerles felices; realizar una escucha activa y tantas otras acciones que son necesarias por nuestra parte como padres hacia ellos.

Pero ¿qué necesitamos para ser buenos observadores? Ante todo dos puntos esenciales:

1. Debemos aprender a distinguir entre lo que el niño ha visto y su interpretación de lo visto.
2. Debemos también saber qué faltas se cometen frecuentemente al observar y cómo los fallos invalidan la observación y cómo pueden evitarse.

Es necesario entrenarse en la observación del niño y su entorno con fines concretos. La observación es fundamental a la hora de tomar decisiones. Si observamos mal, llegamos a conclusiones erróneas y las decisiones adoptadas serán equivocadas. Sin embargo, si observamos correctamente podemos controlar nuestras decisiones, adoptamos seguridad y confianza en nuestras decisiones y nuestra conducta.

Todos aprendemos de una forma u otra a observar pero debemos adoptar unas precauciones porque también la observación tienen sus engaños. En primer lugar, muchos padres tienen miedo a la verdad e intentan ocultarla: es doloroso para los padres admitir que un hijo precisa de apoyos en la escuela porque se “retrasa” del grupo de compañeros; o por ejemplo, es difícil admitir que un hijo se escapa de casa porque se siente demasiado oprimido, aflorando los sentimientos de culpa como educadores.

Ojo con los prejuicios

También los padres se forman prejuicios y no quieren cambiar de idea cuando se forjan un juicio impidiéndoles realizar una observación objetiva: un padre tiende a culpabilizar a uno de los hijos que es el más revoltoso y duda que la acción punible la haya ideado el que en principio es más bueno.

Los deseos son una fuente de errores constantes. Uno desea que las cosas sean así y no de otro modo y por ello se ven así. Es lo que llamamos deformación de la realidad por razones tácticas. Cuando un niño suspende puede ocurrir que el padre y la madre se echen la culpa mutuamente por el fracaso del niño y no son capaces de analizar su propia actuación ante el problema. En el comportamiento de uno mismo sólo se ve lo positivo y en el otro lo negativo. La imagen real de los hechos queda fácilmente tan deformada que no se parece en nada a la realidad.

También en la educación tendemos a equivocarnos al aplicar el principio de la generalización equivocada. Los padres hacen análisis de la situación basados en la generalización, es decir en lo que ha sucedido en otras ocasiones similares. La imagen que tenemos de la realidad es subjetiva porque forjamos una idea en base a observaciones parciales y llegamos a conclusiones que en muchas ocasiones son equivocadas. Tendemos a exagerar y un padre no dice “a veces llegas tarde” sino que se deja llevar por los sentimientos y dice “siempre llegas tarde”

A veces confundimos entre observación e interpretación. Suele ocurrir que sacamos conclusiones del hecho observado. Interpretamos y nos explicamos el comportamiento: cuando la madre acuesta al niño, apaga la luz y éste empieza a llorar suele generar enfado en la madre porque piensa que el niño es un caprichoso, cuando lo que puede ocurrir es que el niño siente miedo por la oscuridad y necesita una atención de la madre.

Ejercicios de observación

Es necesario, por tanto, realizar una observación sistemática en la familia que permita realmente llegar a conclusiones acertadas ante los hechos cotidianos que nos rodean. De esta forma conseguiremos dirigirnos a los demás de una forma más justa, equilibrada y emocionalmente aceptable.

Los padres se pueden entrenar para observar de forma sistemática; hace falta interés y olvidarse de los prejuicios y miedos a descubrir otro yo que delate nuestras faltas. La mejor forma es hacerlo ante un comportamiento conflictivo de un hijo.

Imaginemos que un hijo no tiene respeto hacia uno de sus progenitores y sí ante el otro. Esta situación merece ser observada de forma independiente por cada uno de los padres cuando el hijo está con el otro. Esta observación deberá hacerse apuntando en todo momento lo que sucede y la respuesta de cada uno de los que entran en acción. Únicamente debemos tener en cuenta los siguientes puntos:

Las notas deben ser hechas por un observador neutral para evitar confusiones producidas por miedo, prejuicio, etc.
Es importante seguir el orden y el tiempo porque sólo así vemos cómo una cosa condiciona a la otra.
El padre y la madre son observados independientemente para descubrir la estrategia del hijo.

No se trata ahora de pedir a los padres que se especialicen en una técnica que también la pueden poner en juego de una forma sencilla. Sí que pedimos desde aquí que la observación se sistematice más en la casa, se aplique con más rigor y se habitúe uno a sacarle el mayor partido posible a la luz de lo que se afirma en este artículo.

A continuación vamos a detallar algunas sugerencias para utilizar la observación sin pretender que los padres apliquen instrumentos de medida sofisticados ni nada por el estilo. El mensaje que se pretende transmitir es claro: observen más a menudo y con más detenimiento a sus hijos. Algunas sugerencias sencillas que se apuntan son las siguientes:

Ser objetivo: Cuando usted se ponga a observar la conducta de su hijo/a olvídese de sus prejuicios pues le impedirán ser objetivo/a y se verá influenciado por sus propias actitudes hacia la persona observada.

Entre las muchas cosas que se pueden hacer para mantener la objetividad mientras se observa, quizá la más importante sea concentrarse en el comportamiento observado o las características específicas del producto que se está observando, concentrarse en lo que se percibe en lugar de en lo que se siente. Hay tres tipos de errores que son muy comunes en los padres que observan, que hay que ser conscientes de ellos y aprender a detectarlos en las propias observaciones:

Efecto halo: Aparece cuando el observador está influido por su impresión general de la persona o producto que está observando. Si la primera impresión general es buena, tenderá a calificar alto a la persona o producto en todas las características que se juzgan (es lo mismo que ocurre cuando vemos positivo todo aquello que hace un amigo de nuestro hijo que pertenece a un círculo social-cultural buscado por nosotros para nuestros hijos)

Tendencia a la respuesta personal: Algunos padres observadores tienden a calificar a todo el mundo alto (error de generosidad); otros, tienen la tendencia a calificar todo y a todos muy bajo (error de severidad); hay quienes suelen calificar a todos y todo medianamente (error de tendencia central)

Error lógico: Se produce porque el padre observador no entiende completamente la relación entre las diversas variables que interactúan en una situación concreta (¿puede influir la vestimenta de los amigos del hijo (variable) en el comportamiento del grupo (situación)?

Como consecuencia puede dejar a sus observaciones ser influidas por lo que él piensa que son relaciones importantes entre las características que está evaluando. Por ejemplo se valora a los hijos muy estudiosos y minusvaloramos a los poco estudiosos, porque suponemos que existe una relación entre la inteligencia y las buenas notas más fuerte de lo que es en realidad.

Centrarse en comportamientos significativos: Cuando observamos es uy fácil dispersarse, distraerse, “descentrarse”. El padre observador empieza a ver otras cosas distintas de las que está intentando observar y pronto se aleja de las características que se había decidido que eran importantes.

Ser discreto: El padre buen observador se mezcla con el “paisaje”, pasa inadvertido, es inofensivo. No atrae la atención hacia sí haciendo gestos visibles de aprobación o desaprobación.

Observar a menudo: Al hacer de la observación sistemática una parte natural de sus actividades diarias, el padre observador conseguirá dos cosas: primero, sólo por la práctica constante de la observación se convertirá en un observador bueno y exacto, y por tanto, al observar diariamente incrementará su capacidad de hacer observaciones; en segundo lugar, al hacer muchas observaciones, tendrá más posibilidades de obtener un indicador preciso de cómo son sus hijos y lo que son capaces de hacer.


Ineficacia educativa de gritos e insultos
Por Bernabé Tierno
 

Podemos distinguir claramente entre conductas que ofenden y hieren a los demás y conductas que no hieren.

Entre las conductas que hieren psicológicamente a los demás están los gritos desaforados y descontrolados y los insultos. Su carga de agresividad se detecta fácilmente porque el fin es causar daño, dolor o desprecio el otro.

Expertos en el tema afirman que los humanos somos esencialmente distintos de los seres no humanos en lo que se refiere a la agresión, ya que el aprendizaje juega un papel muy importante en nuestra conducta agresiva.

La visión de objetos que van asociados con la violencia (cuchillos, pistolas) incrementan dicha conducta, y no menos la visión de un rostro desencajado lleno de furia y de odio, así como los gritos desaforados y los insultos repetidos por quien ha perdido el control de sí mismo.

Significado de los castigos

Todo castigo que incremente la frustración y el desprecio de uno mismo resulta ineficaz, pero más ineficaz resulta todavía convencerse de que la persona que castiga, grita o insulta lo único que pretende es satisfacer el odio que siente por nosotros haciéndonos mal de manera directa o indirecta, es decir, consiguiendo que nos sintamos seres despreciables.

Para la mayoría de los niños y adolescentes, una mirada furiosa, cargada de odio y de desprecio, así como las expresiones humillantes manifestadas en voz alta o a gritos, son el castigo más severo que se le puede aplicar. Su sistema nervioso queda impresionado y sobrecogido por la carga emotiva de esas expresiones insultantes y la imagen descontrolada y retorcida del rostro que acentúa y recalca dichas expresiones gritadas más que pronunciadas.

Puede producirse la sumisión y el sometimiento instantáneo o reacciones violentas del mismo signo y virulencia que las que está empleando la persona que grita e insulta de manera incontrolada y repetitiva. En estos casos las consecuencias psicológicas casi siempre son nefastas y dramáticas para el que al final pierde, que siempre es el niño o adolescente rebelado, que no supo callarse y someterse aguantando gritos, improperios e insultos de todo tipo.

A partir de ese momento es doblemente tachado de indeseable, insumiso e irrespetuoso por quien grita e insulta. Por una parte tiene el sentimiento de culpa por haberse rebelado contra el padre o la madre, y por otra se siente desgraciado rumiando sin cesar las expresiones de odio que a voz en grito le han repetido hasta la saciedad sus padres.

Vemos que, en cualquier caso, tanto si los gritos e insultos producen en el sujeto ofendido sumisión como si producen una reacción agresiva (calcada de la persona que humilla y ofende), lo que difícilmente producirán es la interiorización, es decir, la reflexión serena y convencida que le lleve a corregir su modo de proceder por convicción, que al fin y al cabo es el objetivo que se ha de lograr en la modificación de toda conducta negativa.

Conductas inadecuadas

Hay varias «señales de alarma» que indican que nuestras actitudes no son las adecuadas:

1. Pérdida de la naturalidad expresiva, la confianza y la comunicabilidad, de manera demasiado brusca.
2. Disminución del sentido del humor y de las expresiones desenfadadas y aumento rápido de la irritabilidad y, al mismo tiempo, regresión a la pasividad y abandono de responsabilidades.
3. Ausencia del respeto a los hijos, al tiempo que ellos nos imitan, elevando demasiado la voz y respetándonos poco o nada.
4. Transmisión al hijo de inseguridad y baja estima de sí mismo, que admite que es una calamidad como estudiante, como persona, etc.

Alternativas válidas

Acabamos de ver que la excesiva severidad, los comportamientos agresivos, las humillaciones, los insultos y el hacer que el niño se sienta como un ser despreciable, no son una manera eficaz, inteligente y humanitaria de modificar las conductas.

Ya hemos dicho en otro lugar que la buena conducta es algo que debe aprenderse, que no se adquiere de modo natural y que los niños aprenden a comportarse observando el ejemplo que reciben de sus padres, hermanos, parientes, vecinos, amigos y profesores.

También recordamos que la palabra «disciplina» significa aprendizaje y que mediante la buena disciplina es como debe enseñarse a los niños a comportarse de manera adecuada.

En cuanto a las características de una buena disciplina para que sea eficaz, es decir, para que eduque y haga posible la interiorización serena y voluntaria sobre la propia conducta que hay que corregir, la mayoría de los autores señalan las siguientes:

  • Inmediata
  • Coherente
  • Segura
  • De fácil aplicación
  • Adecuada a la edad del niño
  • Justa
  • Positiva (ofrece ayuda y alternativa)
  • No debe ser humillante ni conducir a la infravaloración o el autodesprecio
  • Firme pero cargada de amor y comprensión
  • Que no produzca distanciamiento en las relaciones de los padres con los hijos.

¿Cómo reprender?

En la práctica reprender no es discutir y se ha de hacer siempre en privado. El acto de reprensión no debe ser interrumpido, una vez iniciado, hasta haber completado todo el proceso de corrección.

Hay que procurar estar físicamente muy cerca del niño o del adolescente y expresar lo que se siente ante su mala conducta, con verdadero enfado. Se ha de reprender la conducta, pero no al niño. De manera muy clara hay que expresar lo enfadado que se está, pero sin gestos de odio, sin ira incontrolada y sin despreciar ni humillar. Esta reprensión y enfado deben ser bastante intensos, pero de corta duración. En ningún caso se ha de perseguir todo el día al niño o adolescente machacándolo por su conducta.

Una vez finalizada la reprensión se abraza al niño y, con rostro sonriente, se le anima a corregir su proceder en adelante. Se le invita a manifestar cómo se siente y a establecer un breve diálogo sobre lo ocurrido y lo que piensa hacer en el futuro para comportarse mejor.


¿Obediencia sin condiciones?
Por Bernabé Tierno

Un niño es obediente si se somete sin rechistar a la autoridad de sus padres y de otras personas mayores.

El niño que no crea problemas, que se adapta a todas las situaciones y personas, que jamás se queja ni rebela..., es un niño ¡obediente! y ¡bueno! Y cuando no se somete a los dictámenes, órdenes y deseos de los padres y personas adultas se le califica de desobediente.

En realidad, en la mayoría de los casos, el niño rechaza la autoridad porque ésta se manifiesta arbitraria e impositiva sin razones y, por tanto, la considera inútil.

Problema de niño y educador

Pero la desobediencia es patológica cuando se muestra claramente impulsiva, es decir, que el niño desobedece impulsado por presiones que no logra dominar y controlar. Este tipo de desobediencia es más o menos involuntaria e inconsciente y jamás debe ser tratada por métodos violentos represivos.

Cualquier caso de desobediencia manifiesta debe ser estudiado y analizado con serenidad e imparcialidad por parte de los padres o maestros, precisamente porque en todo este tipo de actos están implicadas dos personas y cada una puede tener su parte de culpa. Tanto el niño, que se supone que debe obedecer, como la persona que exige obediencia (padres, profesores) hacen posible la desobediencia y no es justo, como normalmente se hace, cargar todo el peso sobre el niño como si su obligación fuera siempre obedecer a todo sin condiciones, sin aportar jamás su propia opinión, sus gustos, apetencias y deseos.

Las modernas técnicas psicológicas de modificación de conducta, han contribuido de manera inteligente en la labor educativa. El educar sin razones, «porque sí», «porque lo dice tu padre», «los niños no discuten», «los niños se callan», «los niños no opinan», etc., ha pasado de moda. Tratamos con seres humanos que, por niños que sean, merecen nuestro respeto y lo necesitan para lograr una buena formación integral fundamentada en el diálogo, las razones, las explicaciones y las aclaraciones de las cosas, así como en permitir a cada cual ser él mismo, no perdiendo la propia entidad y desarrollando al máximo su individualidad.

Por qué no obedecen

Ya hemos dicho que un niño desobedece porque ha encontrado en la práctica de la desobediencia un buen medio para afirmar su personalidad o para manejar al adulto, porque no ha entendido bien lo que se le manda o porque no le es posible o no sabe ejecutar lo mandado.

Pero los padres, profesores y personas adultas no quieren caer en la cuenta de que la mayoría de las veces que el niño no obedece es porque:

1. Las órdenes son poco razonables
2. Resultan incomprensibles para el niño.
3. Superan claramente las posibilidades de realización personal.
4. Se ha seguido el camino más cómodo de exigir el cumplimiento de unas órdenes en lugar de molestarse por encontrar otras salidas o alternativas en las que el niño pudiera expresar su independencia y personalidad.

Basándose en ello, por bien que puedan ir las cosas, ciertos niveles de desobediencia son normales, inevitables y comprensibles. Hay muchos ejemplos de la vida cotidiana que así lo demuestran. Veamos éste que resulta muy ilustrativo:

Sabemos que para un niño jugar con sus amigos tiene un gran valor formativo en todos los aspectos, y para él es tan importante como la más decisiva de nuestras actividades y tareas. Pues bien, imaginemos el caso de la madre (padre) que interrumpe bruscamente el juego de su hijo y le obliga a dejar el partido “ahora mismo”, “porque te lo mando yo”, sin haberle advertido antes que esto podría ocurrir. Se ve sometido a lo que él considera capricho de su madre y se siente humillado por el abuso de poder. No tiene elección, no puede rebelarse.

Debemos hacernos cargo de que es normal que el niño tenga la impresión de que obramos así porque somos los más fuertes y él se defiende con el arma del débil, que es la desobediencia. Lo correcto es aprender a ponerse en el lugar del niño y mostrar con él el mismo respeto que exigimos de los demás para con nosotros.

¿Qué haría y diría esta madre si cuando está en una reunión con sus amigas, o en otro momento parecido, alguien le dijera: «salga de aquí de inmediato y venga a hacer esto o lo otro?». No debemos dar la impresión a nuestros hijos de que son para nosotros como objetos o cosas de las que podemos disponer a nuestro antojo.

Lo mejor es prevenir al niño de nuestras intenciones si nos es posible, tratarlo con respeto y permitirle que vaya formando su propio criterio.

Valorar su madurez

En los primeros años, el niño vive en un ambiente de sumisión, obediencia y disciplina porque necesita aprender las normas de conducta y convivencia sociales de una manera gradual; pero en la preadolescencia se ha de propiciar la autodeterminación, la capacidad de decidir por sí mismo, de emitir juicios críticos, de equivocarse y corregirse tras los propios errores, etc.

En el adolescente hay que infundir el sentido de la libertad moral que frecuentemente habrá de imponerse a sí mismo. El paso de la plena obediencia y sumisión a la autodeterminación e independencia ha de ser gradual, soltando las amarras a medida que el niño se va convirtiendo en preadolescente, adolescente y joven. Ese paso jamás debe darse con brusquedad.

No obran de manera inteligente y razonable los padres que someten a sus hijos, hasta bien entrada la adolescencia, a una obediencia y sumisión sin condiciones, totalmente sujetos a su autoridad, y al llegar a mayores les conceden la libertad máxima y les cargan con todas las responsabilidades que hasta el momento habían pesado sobre los padres.

El logro de la autodeterminación, independencia y autonomía necesaria que se confiere a cualquier persona, el ser ella misma, se consigue y aprende por etapas. El respeto y el afecto que caracterizaban a la autoridad en su sentido más puro han de dejar paso al respeto mutuo y al afecto sin temores de ningún tipo.


La abdicación de la autoridad paterna
Por Juan Azpitarte
 

¿Qué pasa?, se preguntan atónitos padres, educadores y la sociedad cuando contemplan hechos como el maltrato que ejercen los hijos sobre sus progenitores, por el miedo que producen las bandas juveniles, las reyertas en la salida de los institutos, etc. Y, cuando hay una muerte por medio, se disparan los interrogantes, se echa la culpa a los demás y a esperar un nuevo suceso.

Una de las claves que nos permite desentrañar el común denominador de estos hechos o similares es la dificultad de poner los límites que tienen los adultos respecto de sus hijos o alumnos. La vida tiene sentido cuando está delimitado el terreno de juego; si no, no se sabe a qué se juega: se pierden las referencias y se ignora a qué atenerse.

Sin reglas no hay juego ni diversión. No pocos padres están demostrando una incapacidad de poner límites, de decir «no», de dar normas y hacerles cumplir. El precio son unos hijos e hijas que desconocen los límites. Más aún, no los soportan cuando se enfrentan con ellos. Creen que tienen derecho a todo porque nadie, desde pequeños, les ha indicado que no todo es posible, ni se dispone de medios para hacer cualquier cosa. Lo grave del caso es que los padres creen que lo están haciendo bien porque conceden lo que piden. Al contrario, les están impidiendo ser libres y responsables.

¿Qué les ocurre a los padres para no poder poner límites a sus hijos? Hay muchas causas, pero entre ellas señalamos algunas como la abdicación de la autoridad paterna. Hoy, hay padres que han perdido su función en la familia y no saben a qué atenerse. El miedo a generar frustración por no repetir en sus hijos lo que critican de sus padres. Tienen un miedo atroz a que los fracasos de sus hijos sean causa de infelicidad.

Miedo a no estar a la moda

Otra causa sería el desencanto de los proyectos colectivos, pues viven inmersos en una vida individualista. La poca o nula resistencia a quedar al margen de las modas sociales. Basta un solo ejemplo: si todos tienen móvil, los padres no desean que sus hijos sean menos que los demás. Y hay una tercera causa que señalamos y que está cada vez más extendida en la moderna sociedad, como es las consecuencias de la incorporación plena en el trabajo tanto del padre como de la madre. Los pocos minutos que quedan para la vida familiar es un tiempo en el que resulta más cómodo hacer la vista gorda y evitar el tener que marcar límites o reprender.

Así, los hijos consideran que sus padres son maravillosos porque les conceden todo lo que piden, pero no resisten la mínima negativa. Con el paso del tiempo, se dan cuenta de que ellos son los que mandan: la obediencia no está en su vocabulario. Caen en la espiral de los deseos y por ello nunca están satisfechos. Se les concede lo que solicitan pero un nuevo deseo genera una nueva petición. Hay quienes buscan fuera del hogar familiar lo que no encuentran dentro. Si no hay autoridad, depositan su obediencia en el líder de la cuadrilla. La autoridad es una necesidad.

Sin árbitro, no hay partido. Ser demócratas implica sujetarse a unas reglas muy precisas y exigentes. Abusar de las normas tampoco es bueno, puesto que no educa. Por otra parte, existe la percepción de que tanta violencia gratuita, apoyada por un mundo de imágenes y realidades, también violento, hace que las nuevas generaciones sean más propensas a utilizar la fuerza bruta que la postura conciliadora. Actualmente la cultura audiovisual plantea nuevos retos para la educación de los niños y de los jóvenes. La capacidad crítica y de selección ante los medios audiovisuales y el diálogo, y el razonamiento sobre estos productos culturales, son nuevas necesidades educativas para padres, hijos y formadores, con la finalidad de evitar, sobre todo, confusiones éticas. No todo es relativo, no todo vale, y hay acciones que atentan contra la dignidad de las personas. Existen unos principios éticos que no pueden ser olvidados.

En la era de la tecnología actual, con sus pros y contras, iniciamos el nuevo curso escolar. La educación de nuestros jóvenes, hoy más que nunca, exige una responsabilidad social compartida. Es muy importante que todos: padres, escuela, iglesia, sociedad, también los medios de comunicación, ayuden para que los jóvenes puedan dar forma a su proyecto de vida, conozcan los límites y los interioricen y puedan contar con una adecuada educación en valores.


¿Torturamos psicológicamente a los hijos?
Por Bernabé Tierno

En demasiadas ocasiones, en las consultas de psicólogos y pedagogos es corriente escuchar de labios de los propios niños/as castigados que lo que más les daña, lo que les hiere y atormenta hasta el punto de volverles locos, es que su padre o su madre ande tras ellos un día y otro, recordándoles lo malos hijos que son, la vergüenza que sienten de tenerlos por hijos y de haberlos traído al mundo.

Por sorprendente que parezca, el castigo psíquico, la tortura psíquica, siempre teñida de reticencia y de desprecio, se da en bastantes hogares y también hasta en centros educativos regidos por personas cuya consigna es el amor a los demás.

Torturar psicológicamente a un hijo o a un alumno es no dejarle en paz, haciéndole sentirse un guiñapo, un ser malo y despreciable.

Hay adultos que sólo dejan de herir, insultar y maltratar psicológicamente a una criatura cuando rompe a llorar de forma desconsolada y dice que no quiere vivir porque es el ser más desdichado del mundo. Estas criaturas prefieren mil veces más unos buenos azotes, que sólo duran unos minutos, privarles de ver la televisión, de salir a la calle..., que soportar hora tras hora y día tras día las frases y los gestos humillantes y despreciativos de unos progenitores implacables e insaciables.

Normas generales

Antes de ampliar más el tema de la tortura psicológica es conveniente dejar claros unos cuantos criterios generales sobre premios y castigos que nos sirvan de guía.

Si una persona se siente satisfecha tras una determinada acción, tenderá a repetir esa conducta. En consecuencia, la forma inteligente de lograr buenas conductas es premiarlas para que se repitan y conviertan en hábitos buenos y positivos.

No se trata de premios, regalos, dinero, caramelos, etc. solamente, sino sobre todo de muestras de alegría, afecto y orgullo tras cada acción meritoria, como palabras de elogio o promesas de disfrutar más tiempo juntos divirtiéndose, etc.

Cada niño es un mundo distinto, por tanto, mientras que los tímidos, inseguros e introvertidos necesitarán más tacto y cuidado, para infundirles de esta manera la confianza en sí mismos que no poseen, a los extrovertidos, de carácter abierto y un poco carotas, hay que tratarles con una exigencia y firmeza razonada, pero sin concesiones de ningún tipo.

Jamás se deben hacer promesas a largo plazo. La norma es que el premio o la actitud correctiva para la reflexión se han de aplicar inmediatamente después de producirse la acción o conducta positiva o negativa.

No excederse en alabanzas

Pero tampoco se trata de pasarnos el día dando premios. Esto sólo debe hacerse al principio, y las alabanzas y premios se han de distanciar cada vez más, haciéndoles ver, poco a poco, que lo más importante del buen comportamiento es la satisfacción que se siente tras la labor bien hecha.

Hay que preguntarle al niño, esperando respuesta afirmativa, si se siente contento y feliz cuando tiene todas las tareas hechas o cuando le preguntan en clase y se lo sabe todo, para que vea lo provechoso y rentable que es comportarse bien.

Las recompensas y alabanzas de los demás deben ir dejando paso gradualmente a las auto-alabanzas y autorrefuerzos que debe aplicarse el niño a sí mismo como premio tras una buena acción, constante y esforzada.

Si de una determinada acción se siguen consecuencias desagradables, lo más probable es que el sujeto no trate de repetirla o que, al menos, disminuya el número de veces de manera gradual. Esta es la esencia fundamental del castigo.

Aunque es verdad que el efecto del castigo es inmediato y la acción que se desea castigar cesa de manera fulminante, como es el caso de la bofetada, los gritos, etc., sin embargo, no son recomendables los castigos de carácter físico y más o menos violentos porque:

Sus efectos duran muy poco. El niño cesa su conducta al momento pero no tarda en volver a las andadas.
Exige castigos cada vez mayores y se forma un círculo vicioso que no es fácil romper: mala conducta-castigo normal. Nueva mala conducta-castigo severísimo, etc. Los padres terminan ya por no saber qué camino tomar.
Las relaciones padres e hijos quedan en un lamentable estado. El rechazo afectivo, la acumulación de rabia y frustración es mayor y los problemas se agravan sin entrar en vía de solución.

No conviene castigar bajo los efectos de la ira y de la fuerte excitación nerviosa. Hay que tomarse unos minutos o unas horas de reflexión y calma con uno mismo para corregir con amor, firmeza y ciencia psicopedagógica. Conviene tener especial cuidado al corregir, reprender o castigar a los adolescentes.

Mantener siempre unos criterios claros en el comportamiento con los hijos. Que sepan siempre a qué atenerse. No prohibir hoy lo que se permitió ayer, ni viceversa, porque tal actitud crea confusión y maleduca a los hijos, como también maleduca el que sus padres no se pongan de acuerdo respecto a la manera de exigir conductas. La unificación de criterios educativos es fundamental.

Efectos principales de la tortura psicológica

1. Se le ofrece al niño una imagen despreciable, acusadora y negativa de sí mismo hasta convencerle de que él es esencialmente malo y defectuoso, pero sin darle ninguna alternativa o esperanza de que superará de alguna forma sus defectos o mala conducta.
2. Esta imagen negativa y acusadora sobre sí mismo se presenta constantemente, en cada momento y circunstancia, de una manera obsesiva y persistente, hasta llegar a sentirse un ser desgraciado, despreciable, malvado, con una autoimagen completamente negativa.
3. Se producen constantes situaciones de estrés y estados de ansiedad que desequilibran el sistema nervioso del pequeño.
4. La autoestima y el sentimiento de la propia competencia desciende de manera alarmante.
5. El niño se siente un inútil, incapaz de correr riesgos o tomar decisiones de manera serena y confiando plenamente en sí mismo.
6. Se produce un acusado sentimiento de inferioridad y desconfianza en sí mismo.
7. Difícilmente goza de un momento de serenidad y paz consigo mismo. Siente constantemente sobre sí el peligro por cualquier motivo y el temor angustioso de no saber salir airoso en ningún caso o situación.
8. El niño acumula odio y agresividad contra sí mismo, contra los demás y las cosas que le rodean. El desprecio que se le ha inculcado se convierte en veneno que el torturado psicológicamente tratará de exteriorizar sobre el entorno que de forma tan adversa le ha tratado.


Entrenamiento asertivo
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

La asertividad fue descrita inicialmente en 1949 por ANDREW SALTER como un rasgo de personalidad. Se pensó que algunas personas lo poseían y otras no, exactamente igual que ocurre con la extroversión o la tacañería. Sin embargo, más tarde fue definida por WOLPE (1958) y LAZARUS (1966) como "la expresión de los derechos y sentimientos personales", y hallaron que casi todo el mundo podría ser asertivo en algunas situaciones y totalmente ineficaz en otras. Por tanto, de lo que se trata es de aumentar el número y diversidad de situaciones en las que se pueda desarrollar una conducta asertiva.

En los años 70 algunos autores descubrieron que las personas que mostraban una conducta poco asertiva creían que no tenían derecho a sus sentimientos, creencias y opiniones. En el fondo, estas personas no estaban de acuerdo con la idea de que todos hemos sido creados de igual forma y que por tanto hemos de tratarnos como iguales.

Se tiene una conducta asertiva cuando se defienden los derechos propios de modo que no queden violados los ajenos. Además, se pueden expresar los gustos e intereses de forma espontánea, se puede hablar de uno mismo sin sentirse cohibido, se pueden aceptar los cumplidos sin sentirse incómodo, se puede discrepar con la gente abiertamente, se puede pedir aclaraciones de las cosas y se puede decir "no". En definitiva, cuando se es una persona asertiva hay una mayor relajación en las relaciones interpersonales.

Algunos piensan que el entrenamiento asertivo vuelve a personas agradables en irascibles y quejicas o frías y calculadoras. Esto no es cierto. Es derecho de cada uno protegerse ante situaciones que nos parezcan injustas o desmedidas; igualmente, cada uno conocer mejor que nadie lo que le molesta y lo que necesita.

Modelo de autoevaluación sobre la asertividad

La forma de interaccionar con los demás puede convertirse en una fuente considerable de estrés en la vida tanto para adultos como para niños. El entrenamiento asertivo permite reducir ese estrés, enseñando a defender los legítimos derechos de cada uno sin agredir ni ser agredido.

Antes de continuar leyendo, será de utilidad escribir cuál sería, con mayor probabilidad, la respuesta en las siguientes situaciones problema. Las preguntas están planteadas pensando en un chico adolescente. Resulta fácil cambiar el planteamiento para aplicárselo uno mismo o a un niño más pequeño. Se pretende hacer reflexionar a la persona sin pretender la obtención de una puntuación y, si puede ser, motivar el diálogo y el análisis en casa o en grupo.

A continuación podemos consultar una lista de suposiciones tradicionales que pueden haberse aprendido en la infancia y que impiden a la persona convertirse en un adulto asertivo. Cada padre debe conocer estos supuestos y derechos legítimos para darlos a conocer a sus hijos. Cada una de estas suposiciones falsas viola uno de sus derechos legítimos como individuo:

Suposiciones tradicionales erróneas Legítimos derechos
Es ser egoísta, anteponer las necesidades propias a las de los demás. Algunas veces, usted tiene derecho a ser el primero.
Es vergonzoso cometer errores. Hay que tener una respuesta adecuada para cada ocasión. Usted tiene derecho a cometer errores.
Si uno no puede convencer a los demás de que sus sentimientos son razonables, debe ser que está equivocado o bien que se está volviendo loco. Usted tiene derecho a ser el juez último de sus sentimientos y aceptarlos como válidos.
Hay que respetar los puntos de vista de los demás, especialmente si desempeñan algún cargo de autoridad. Guardarse las diferencias de opinión para uno mismo; escuchar y aprender. Usted tiene derecho a tener sus propias opiniones y convencimientos.
Hay que intentar ser siempre lógico y consecuente . Usted tiene derecho a cambiar de idea o de línea de acción.
Hay que ser flexible y adaptarse. Cada uno tiene sus motivos para hacer las cosas y no es de buena educación interrogar a la gente. Usted tiene derecho a la crítica y a protestar por un trato injusto.
No hay que interrumpir nunca a la gente. Hacer preguntas denota estupidez. Usted tiene derecho a interrumpir para pedir una aclaración.
Las cosas podrían ser aún peores de lo que son. No hay que tentar a la suerte. Usted tiene perfecto derecho a intentar un cambio.
No hay que hacer perder a los demás su valioso tiempo con los problemas de uno. Usted tiene derecho a pedir ayuda o apoyo emocional.
A la gente no le gusta escuchar que uno se encuentra mal, así que es mejor guardárselo para sí. Usted tiene derecho a sentir y expresar el dolor.
Cuando alguien se molesta en dar un consejo, es mejor tomarlo seriamente en cuenta, porque suele tener razón. Usted tiene derecho a ignorar los consejos de los demás.
La satisfacción de saber que se ha hecho algo bien es la mejor recompensa. A la gente no le gustan los alardes, la gente que triunfa, en el fondo cae mal y es envidiada. Hay que ser humilde ante los halagos. Usted tiene derecho a recibir el reconocimiento formal por un trabajo bien hecho.
Hay que intentar adaptarse siempre a los demás, de lo contrario no se encuentran cuando se necesitan. Usted tiene derecho a decir "no".
No hay que ser antisocial. Si dices que prefieres estar solo, los demás pensarán que no te gustan. Usted tiene derecho a estar solo aun cuando los demás deseen su compañía.
Hay que tener siempre una buena razón para todo lo que se siente y se hace. Usted tiene derecho a no justificarse ante los demás.
Cuando alguien tiene un problema, hay que ayudarle. Usted tiene derecho a no responsabilizarse de los problemas de los demás.
Hay que ser sensible a las necesidades y deseos de los demás, aun cuando éstos sean incapaces de demostrarlos. Usted tiene derecho a no anticiparse a las necesidades y deseos de los demás.
Es una buena política intentar ver siempre el lado bueno de la gente. Usted tiene derecho a no estar pendiente de la buena voluntad de los demás.
No está bien quitarse a la gente de encima; si alguien hace una pregunta, hay que darle siempre una respuesta. Usted tiene derecho a responder o a no hacerlo.

El entrenamiento asertivo ha demostrado ser efectivo en el tratamiento de la depresión, el resentimiento y la ansiedad derivada de las relaciones interpersonales, especialmente cuando tales síntomas han sido provocados por situaciones injustas. A medida que el individuo vaya volviéndose más asertivo empezará a reclamar el derecho a sentirse relajado y a ser capaz de dedicar tiempo sólo para sí mismo.

Tres estilos básicos de conducta interpersonal

El primer paso en el entrenamiento de técnicas asertivas es identificar los tres estilos básicos posibles en toda conducta interpersonal:

1. Estilo agresivo : Son ejemplos típicos de este tipo de conducta la pelea, la acusación y la amenaza, y en general todas aquellas actitudes que signifiquen agredir a los demás sin tener para nada en cuenta sus sentimientos. La ventaja de esta clase de conducta es que la gente no pisa a la persona agresiva, la desventaja es que no quieren tenerla cerca.
2. Estilo pasivo: Se dice que una persona tiene una conducta pasiva cuando permite que los demás la pisen, cuando no defiende sus intereses y cuando hace todo lo que le dicen sin importar lo que piense o sienta al respecto. La ventaja de ser una persona pasiva es que raramente se recibe un rechazo directo por parte de los demás; la desventaja es que los demás se aprovechan de uno y se acaba por acumular una pesada carga de resentimiento y de irritación.
3. Estilo asertivo: Una persona tiene una conducta asertiva cuando defiende sus propios intereses, expresa sus opiniones libremente y no permite que los demás se aprovechen de ella. Al mismo tiempo, es considerada con la forma de pensar y de sentir de los demás.

La ventaja de ser asertivo es que puede obtenerse lo que se desea sin ocasionar trastornos a los demás. Siendo asertivo se puede actuar a favor de los propios intereses sin sentirse culpable o equivocado por ello; igualmente dejan de ser necesarios la docilidad extrema, el ataque verbal o el reproche, y estas formas de actuación pasan a verse como lo que son, formas inadecuadas de actuación que crean dolor y estrés.

Antes de empezar a desarrollar una conducta asertiva hay que tener bien claro el hecho de que tanto el estilo de conducta agresivo como el pasivo, generalmente no sirven para lograr lo que se desea.

Lenguaje corporal

Otro paso en el entrenamiento asertivo es el desarrollo de un lenguaje corporal adecuado. A continuación se indican cinco reglas básicas que es conveniente practicar delante del espejo.

Mantener contacto ocular con su interlocutor.
Mantener una posición erguida del cuerpo.
Hablar de forma clara, audible y firme.
No hablar en tono de lamentación ni en forma apologista.
Para dar mayor énfasis a las palabras, utilizar los gestos y las expresiones del rostro.

Técnicas asertivas

Para llegar a ser una persona asertiva hay que aprender a evitar la manipulación. Inevitablemente, nos encontraremos con estratagemas que intentarán impedir nuestros objetivos, desarrolladas por aquellos que pretenden ignorar nuestros deseos. Las técnicas que se describen a continuación son fórmulas que han demostrado ser efectivas para vencer dichas estratagemas y que sirven perfectamente en las relaciones interpersonales de todos los jóvenes en sus situaciones cotidianas.

Técnica del disco roto: Repita su punto de vista con tranquilidad, sin dejarse ganar por aspectos irrelevantes (Sí, pero… Sí, lo sé, pero mi punto de vista es… Estoy de acuerdo, pero… Sí, pero yo decía… Bien, pero todavía no me interesa).

Técnica del acuerdo asertivo: Responda a la crítica admitiendo que ha cometido un error, pero separándolo del hecho de ser una buena o mala persona. (Sí, me olvidé de la cita que teníamos para comer. Por lo general, suelo ser más responsable).

Técnica de la pregunta asertiva: Consiste en incitar a la crítica para obtener información que podrá utilizar en su argumentación. (Entiendo que no te guste el modo en que actué la otra noche en la reunión. ¿Qué fue lo que te molestó de él? ¿Qué es lo que te molesta de mí que hace que no te guste? ¿Qué hay en mi forma de hablar que te desagrada?)

Técnica para procesar el cambio: Desplace el foco de la discusión hacia el análisis de lo que ocurre entre su interlocutor y usted, dejando aparte el tema de la misma. (Nos estamos saliendo de la cuestión. Nos vamos a desviar del tema y acabaremos hablando de cosas pasadas. Me parece que estás enfadado).

Técnica de la claudicación simulada (Banco de niebla): Aparente ceder terreno sin cederlo realmente. Muéstrese de acuerdo con el argumento de la otra persona pero no consienta en cambiar de postura (Es posible que tengas razón, seguramente podría ser más generoso. Quizá no debería mostrarme tan duro, pero…).

Técnica de ignorar: Ignore la razón por la que su interlocutor parece estar enfadado y aplace la discusión hasta que éste se haya calmado (Veo que estás muy trastornado y enojado, así que ya discutiremos esto luego).

Técnica del quebrantamiento del proceso: Responda a la crítica que intenta provocarle con una sola palabra o con frases lacónicas (Sí… no… quizá).

Técnica de la ironía asertiva . Responda positivamente a la crítica hostil (Gracias…).

Técnica del aplazamiento asertivo: Aplace la respuesta a la afirmación que intenta desafiarle hasta que se sienta tranquilo y capaz de responder a ella apropiadamente. (Prefiero reservarme mi opinión al respecto… No quiero hablar de eso ahora).

Estrategias de bloqueo

Le resultará de utilidad prepararse contra ciertas estrategias típicas que intentarán bloquear y atacar sus respuestas asertivas. Algunas de las más enojosas son:

Reírse. Responder a su reivindicación con un chiste (¿Sólo tres semanas tarde? ¡Yo he conseguido ser todavía menos puntual!) Utilice en estos casos la técnica para procesar el cambio (Las bromas nos están apartando del tema) y la del disco roto (Sí…, pero).

Culpar. Culparle a usted del problema (Haces siempre la cena tan tarde que luego estoy demasiado cansado para lavar los platos) Utilice la técnica de la claudicación simulada (Puede que tengas razón, pero tú estás rompiendo tu compromiso de lavar los platos), o simplemente no se muestre de acuerdo (Las diez es una buena hora para lavar los platos)

Atacar. Consiste en responder a su afirmación con un ataque personal del siguiente tipo: "¿Quién eres tú para molestarte porque te interrumpan? ¡Eres la fanfarrona más grande que conozco!" Las mejores estrategias en estos casos son la técnica de la ironía asertiva (Gracias) junto con la del disco roto o la de ignorar (Veo que estás de mal humo, ya hablaremos más tarde).

Retrasar. Su reivindicación es recibida con una "Ahora no, estoy demasiado cansado" o "Puede que en otra ocasión…" Utilice en estos casos la técnica del disco roto o insista en fijar una fecha para discutir el asunto.

Interrogar. Consiste en bloquear cada una de sus afirmaciones con una serie continuada de interrogantes: "¿Por qué te sientes así?… Todavía no sé por qué no quieres ir… ¿Por qué has cambiado de opinión?" La mejor respuesta es utilizar la técnica para procesar el cambio (Porque no es ese el problema. La cuestión es que no quiero ir esta noche).

Utilizar la autocompasión. Su reivindicación es recibida con lágrimas y con la acusación implícita de que usted es un sádico. Intente seguir adelante con su guión, utilizando la técnica del acuerdo asertivo (Sé que te resulta doloroso, pero tengo que resolverlo).

Buscar sutilezas. La otra persona intenta discutir sobre la legitimidad de sus sentimientos o sobre la magnitud del problema, etc., para así distraer su atención. Utilice en estos casos la técnica para procesar el cambio (Nos estamos entreteniendo en sutilezas y apartándonos de la cuestión principal), junto con la reafirmación de su derecho a sentirse como se siente.

Amenazar. Su interlocutor intenta amenazarle con frases como esta: "Si sigues con la misma cantinela, vas a tener que buscarte otro novio" Utilice en estos casos la técnica del quebrantamiento del proceso (Quizá) y la de la pregunta asertiva (¿Por qué te molesta mi petición?) También puede utilizar la técnica para procesar el cambio (Eso suena a amenaza) o la de ignorar.

Negar. Consiste en hacerle creer que usted se equivoca: "Yo no hice eso" o "De verdad que me has malinterpretado" Reafírmese en lo que ha observado y experimentado y utilice la técnica de la claudicación simulada (Puede parecer que estoy equivocado, pero he observado que…).

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