Educar para la vida | Educar con valores

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Educar con valores

La virtud de la humildad explicada a los hijos
Por Francisco Gras – Escuela para padres (micumbre.com)

Humildad es la virtud, contraria a la soberbia, que hace conocer y aceptar las propias limitaciones y debilidades y permite obrar con el prójimo, de acuerdo con este conocimiento y sirve para llegar a la Paz Interior.

Humildad no quiere decir dejación de los derechos, ni de las obligaciones y no proviene por el origen, nacimiento o por situaciones que conlleva la vida, ni la relacionada con la sumisión o el rendimiento, ni por la carencia de nobleza o por vivir modestamente. No se debe confundir la humildad con la pobreza, pues se puede ser muy humilde, pero no sencillo, y si sumamente orgulloso y soberbio, y ser muy rico además de sinceramente humilde, sencillo y modesto. Practicar la virtud de la humildad libera del apego innecesario a lo material y a ciertas actitudes, que ensombrecen al hombre, tales como el orgullo, la soberbia y la vanidad. La humildad en las personas, es fuente de paz y armonía espiritual.

Los padres con el ejemplo, deben enseñar a sus hijos a practicarla en la familia, en la escuela y con los amigos.

La humildad en el liderazgo se ve claramente, cuando los protagonistas se hacen accesibles a sus liderados. Qué gratificantes es conocer a esas personas llenas de conocimientos, cuya sabiduría les sale hasta por los poros, hablar y comportarse con esos signos externos de humildad, intentando pasar desapercibidos en la sociedad y exponiendo sus sabias ideas, a todos los que quieran escucharles.

Verdaderamente son ejemplos de la humildad, no de la falta de autoestima. Se puede ser humilde, pero recio y fuerte con las convicciones.

Hay personas muy importantes en política, economía y socialmente, que han hecho de la fuerza, la belleza y el valor de la virtud de la humildad, su verdadera razón de ser y trabajar. Qué ejemplo tan bueno de hombres y mujeres, que diariamente demuestran que para llegar a lo más alto en este mundo, nunca se han olvidado de sus orígenes, por muy humildes que hayan sido y siguen manteniendo sus principios hacia los demás, como lo hacía anteriormente. Pero que mal hacen a la sociedad, los que han ascendido en ella y se sienten arrogantes con sus semejantes.

Ser humilde es conocerse uno mismo y buscar perfeccionarse, pero no creyéndose, ni superior ni inferior al prójimo, sabiendo que no se es más, porque lo alaben, ni menos porque lo vituperen. La humildad es tratar al prójimo con amabilidad y afabilidad, sin discriminación y con la máxima ternura y compasión, ejerciéndola entre empleador y empleado, rico o pobre, culto o inculto, fuerte o débil, amigo o enemigo.

La humildad es la antítesis del egoísmo y del yo. Es el camino hacia la plenitud, que como seres humanos, nos ayuda a ejercer la igualdad, la generosidad y la fraternidad. No significa que haya que ser el saco de golpes de todo el mundo, pues no es opuesta a la autoestima, sino que es complementaria y la refuerza. El humilde es auténtico, abierto, de convicción firme y muy comprensivo.

Ejercer la humildad implica también, tener seguridad en las capacidades personales de cada uno. Bonhomía significa afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento con los demás.

La humildad como la bonhomía, son virtudes que deben ser reconocidas por los demás. Solamente tiene sentido en el encuentro con uno mismo y en la donación hacia los demás. Por eso no basta tener seguridad solamente en la humildad, ya que la autoestima personal, está fundamentada en un profundo conocimiento de nosotros mismos.

Las personas que practican la virtud de la humildad, saben que sus vidas no serán un camino de rosas, pero si les permitirá vivirlas con mayor plenitud y satisfacción, para alcanzar en sus propias vidas ser mucho mejores y mantener unas buenas relaciones con los demás, pues es la donación personal y continua en pequeños actos de generosidad.

La humildad conlleva conocer claramente nuestros puntos fuertes y nuestros puntos débiles, para poder actuar en consecuencia hacia nosotros y hacia nuestro prójimo. Debemos saber nuestras limitaciones, para no engañar a otros, ni para aparentar lo que no somos, ni para crear falsas expectativas en los demás. Nuestro conocimiento o posición social, económica, intelectual o política, no nos da derecho a menospreciar a nuestro prójimo.

La humildad es una virtud indispensable para la buena vida personal y de la sociedad. No prohíbe reconocer, las buenas dotes que tenemos para determinadas actitudes, pero eso no quita que debemos reconocer que esas buenas dotes, nos han sido regaladas o las hemos adquirido con esfuerzo. Hay dotes que son más para reconocerlas, admirarlas y ponerlas a disposición del prójimo, que para presumirlas. La humildad es la aceptación de la propia ignorancia, la que permite eliminar el ego humano, el cual es la sensación engañosa de ser diferente del prójimo, tanto para bien, como para mal. Para ser humilde no es preciso engañarse sobre las capacidades, virtudes y defectos de uno mismo.


Premiar a los hijos, aplicando virtudes y valores humanos
Por Francisco Gras – Escuela para padres (micumbre.com)

Los premios que dan los padres cuando educan bien a los hijos, no son recompensas como las que se otorgan en rifas, sorteos o concursos. Son regalos, galardones o pagos por méritos realizados o como consolación por haber visto frustradas sus esperanzas.

Los padres tienen que tener la misma vara para medir las correcciones, que para medir los premios y administrar la justicia con la misma intensidad, a la hora de castigar y a la de premiar. No pueden olvidarse que tienen la irrenunciable responsabilidad de decidir cuándo, cuánto, cómo y dónde premiar y corregir, pero también de responder ante la familia y la sociedad de lo realizado.

A todos nos gusta que nos premien, sobre todo si ha sido prometido o si el premio corresponde un esfuerzo extraordinario, máxime si está hecho altruistamente. Pero los premios dados a los hijos, no deben ser para tapar la culpabilidad de un mal comportamiento, hecho por algunos padres para con sus hijos, ni como pago del chantaje que los hijos hacen para portarse bien, estudiar mejor o cumplir con las obligaciones familiares que les corresponden. Los premios deben ser utilizados, para aumentar la autoestima de los hijos y como compensación o recompensa de los esfuerzos que han realizado, teniendo que tener siempre, un equilibrio entre los premios y los castigos.

Los premios tienen que ser acordes con la edad, la capacidad de hacer lo que ha realizado, los objetivos propuestos, las circunstancias y su dificultades o facilidades, la situación familiar y el entorno social en el que se desenvuelven, etc. Cada hijo es diferente y no existe una regla general para los premios, pero utilizando las virtudes y valores humanos para premiar, siempre se obtendrán los mejores resultados en la educación de los hijos.

Tienen que servir para practicar y fomentar principalmente las virtudes y valores humanos, de la fortaleza y de la caridad. Ambas virtudes, no tienen premios visibles, pero producen la satisfacción del deber cumplido, en los padres y en los hijos.

Los injustificados o excesivos premios que algunos padres dan a sus hijos, les fomentan los caprichos, el egoísmo y la creencia de que todo se merecen, sin tener que hacer ningún esfuerzo, lo que origina muchas veces, el principio de los chantajes emocionales y la disminución del nivel de autoridad paternal.

Es muy perjudicial para la credibilidad y autoridad de los padres, prometer y no cumplir. Si se promete un premio o un castigo, debe ser realizado, en ambos casos con la misma prontitud, cantidad y calidad., manteniendo un equilibrio entre ambas situaciones.

Los padres tienen que tener firmeza y consistencia con sus palabras dadas, acciones y actitudes y cumplir los compromisos acordados, procurando no acostarse nunca sin haber arreglado con los hijos las promesas hechas, tanto de premios, como de castigos.

Para los padres es muy difícil equilibrar su debilidad o fortaleza, con la cantidad de consentimiento permitido con los hijos, que pudiera crear un concepto de petición sistemática de premios, por todas las cosas que deben hacer. La valoración de los premios en función de las obligaciones, exigencias, responsabilidades, derechos, facultades, voluntariedades, etc., pero vale la pena luchar para hacerlo bien, pues los hijos se merecen todo, máxime a la hora de premiar justamente.

La educación de los hijos en las virtudes y valores humanos puede y debe estar acompañada, de premios razonables, que alimenten las ganas de conseguir los objetivos previstos de buena formación, para ello los padres deben consultar la forma de hacerlo a los sacerdotes, pastores, rabinos o imanes que son las personas que mejor conocen la forma de hacerlo.

10 Clases de premios

  1. Los premios afectivos expresados con acciones amorosas, suelen ser los que más aprecian los hijos y los que mejores recuerdos les dejan. Un gran abrazo o beso, con efusión por los logros alcanzados, un guiño de ojo de complicidad, un “tú, sí lo has podido”.
  2. Los premios dados anónimamente, a personas que necesitan recibirlos, porque no tienen quien se los de.
  3. Los premios dados para sobornar, en casos de divorcios y conseguir atraer y dominar las voluntades de los hijos, ante las relaciones prohibidas o irregulares de los padres. Premios dados para ocultar las cosas mal hechas.
  4. Los premios imprevistos que se originan por actitudes y comportamientos adecuados, en situaciones inesperadas o espontáneas.
  5. Los premios injustificados, desproporcionados, insultantes, etc. que no han sido soportados por ningún esfuerzo, y que sirven solamente para demostrar o aumentar, el poder del donante y en muchos casos, humillar al que los tiene que recibir.
  6. Los premios liberadores de tareas, obligaciones o promesas, que son desagradables para los hijos.
  7. Los premios materiales adecuados a las preferencias de los hijos, habiéndolas estudiado previamente, para aumentar el placer de recibirlos, pero siempre de acuerdo con la importancia de los hechos premiados. Tan malo es pasarse, como quedarse cortos.
  8. Los premios para aumentar la autonomía, independencia, libertad, etc. de los hijos, ganados por la mayor sensatez y madurez de comportamiento familiar, social y escolar. Suelen estar relacionados con los horarios de entrada y salida de la casa, facilidades de uso del automóvil, teléfonos privados, etc.
  9. Los premios pequeños, pero continuos, por motivos insignificantes de actos sencillos, voluntariamente realizados fuera de las obligaciones cotidianas, pero que mal educan a los hijos a hacer todo, en función de recibir premios.
  10. Los premios previstos, pactados de antemano para cumplir objetivos reales y alcanzables, que lógicamente deben ser proporcionales a su cumplimiento y calidad de los objetivos, para evitar en su caso las frustraciones.

10 Formas de premiar y obtener buenos resultados

  1. Premiar con alegría, que se note claramente que el que premia, está más contento que el premiado.
  2. Premiar con amabilidad, demostrando un trato benévolo con sencillez, cariño y simpatía, evitando la frialdad o antipatía.
  3. Premiar con la amistad incluso a personas desconocidas, que han hecho un bien a la familia o a la sociedad, demostrándoles un gran afecto y procurando su bien.
  4. Premiar con amor, correspondiendo al amor recibido y haciéndolo con mucho cariño, intensidad y desinterés y en su caso, sin importar la indiferencia, el odio o el desprecio recibido.
  5. Premiar con equidad, de forma que haya justicia, imparcialidad, y equilibrio entre el premio dado y la acción premiada, tratando de evitar el desequilibrio negativo, para terceras personas.
  6. Premiar con ética, en función de los dictados de la conciencia, pues las malas conductas o acciones, nunca deben ser premiadas por muy difíciles que hayan sido de cumplir.
  7. Premiar con generosidad y magnanimidad, pero sin derroches ni despilfarros, evitando la tacañería, el egoísmo o los aviesos intereses de quien premia.
  8. Premiar con humildad para que no sirva de presunción al que da y sea solamente, como prueba o reconocimiento del acto realizado.
  9. Premiar con igualdad, equidad, justicia e imparcialidad, en proporción a los meritos adquiridos, para evitar las envidias por favoritismos.
  10. Premiar con justicia, honestidad y ecuanimidad, desechando la arbitrariedad y los caprichos.

La responsabilidad en el niño
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

Enseñar a los niños a ser responsables requiere un ambiente especial en el hogar y en la escuela. Se trata de conseguir un ambiente que les ofrezca información sobre las opciones entre las que deben escoger y las consecuencias de cada una de ellas, y que les proporcione también los recursos necesarios para elegir bien.

La responsabilidad es la habilidad para responder; se trata de la capacidad para decidir apropiadamente y con eficacia, es decir, dentro de los límites de las normas sociales y de las expectativas comúnmente aceptadas. Por otro lado, una respuesta se considera efectiva cuando permite al niño conseguir sus objetivos que reforzarán sus sentimientos de autoestima.

La responsabilidad conlleva, en cierta forma, ser autosuficiente y saber defenderse. Estas son dotes propias de poder personal que, según Gloria Marsellach Umbert en su artículo "La autoestima en niños y adolescentes", significa tener seguridad y confianza en uno mismo. Para ello es necesario ser responsable además de saber elegir, llegar a conocerse a uno mismo y adquirir y utilizar el poder en las propias relaciones y en la vida.

Explique los límites

Para un niño es normal tener cierto temor a los límites, temor que desaparece conforme el niño va comprobando que límites y consecuencias se integran en un sistema coherente. Padres y educadores pueden contribuir a conformar el sentido de los límites de diferentes maneras:

Sabiendo claramente ellos mismos lo que esperan de los niños.
Exponiendo sus expectativas de manera que los niños las entiendan, incluyendo la asignación de responsabilidad acerca de tareas y deberes.
Averiguando si el niño entiende estas expectativas, bien haciéndolas repetir o bien guiándole mientras las cumple.
Estableciendo claramente los límites de tiempo razonables para realizar tareas o debes escolares, sin ambigüedades.
Explicando al niño las consecuencias de no hacer las cosas. Estas consecuencias deben aplicarse coherentemente, sin sentimientos de culpabilidad o remordimientos y sin hacer sufrir al niño. La coherencia es más importante que la severidad.
Redactando y colocando un cartel con todas las reglas y las obligaciones, de modo que no pueda alegarse como excusa "el olvido".
Participando padres y madres (cuando sea posible) en la explicación de las reglas al niño. Así sabrá que ambos las apoyan y mantienen.
Consiguiendo que todos los niños de la familia o de la clase tengan responsabilidades equiparables, con los ajustes necesarios en función de su edad y de sus habilidades particulares.

Un niño es responsable cuando sus actos coordinan, de forma creativa, sus propios objetivos con las necesidades de los demás. Para ello, los adultos tienen que ayudar al niño a obtener este equilibrio, a definir sus propios valores y a resolver las dificultades en función de sus propios sentimientos.

Estimule sin ‘sobornar’

El niño que posea sentido de la responsabilidad cosechará éxitos cada vez con mayor frecuencia, y se beneficiará de las consecuencias positivas de esos éxitos.

Muchos padres creen que las recompensas por buen comportamiento son una especie de "soborno", pero las recompensas de orden material (dinero, juguetes...) sólo se convierten en sobornos si son la única técnica que se utiliza para motivar a un niño. Recompensas son aquellas cosas que el niño valora, cosas que desea o que necesita. Existen también recompensas que no son materiales que conviene recordar:

Hágale saber al niño, de palabra, mediante elogios, qué cosas ha hecho bien: "has limpiado tu armario estupendamente".
Proporciónele ese reconocimiento de forma espontánea, periódicamente, relacionándolo con los logros del niño: "¿Qué te parecería ir a comprarte un helado? La verdad es que has hecho un trabajo muy duro limpiando el cuarto de baño".
Apoye al niño cuando lo necesite: "Como me ayudaste ayer a limpiar el jardín, bien puedo yo ahora ayudarte a hacer los deberes".
Muestre interés por lo que hace el niño y anímele: "Ya que tienes que ir a una reunión de los boyscouts esta noche, yo me ocupo de lavar los platos".
Comparta con el niño algunas tareas de tanto en tanto, como reconocimiento a sus esfuerzos: "La verdad es que ayer dejaste tu habitación limpísima: ¿qué te parece si te ayudo a limpiarla hoy?

En ocasiones las responsabilidades de los niños producirán cierta incomodidad a los adultos. Los niños necesitan que los adultos sean pacientes y tolerantes.

El aprendizaje de la responsabilidad

A los niños que no sean considerados responsables de sus actos les será más difícil aprender de sus experiencias. Enseñar a los niños a ser responsables no quiere decir enseñarles a sentirse culpables. Los que tengan sentido de la responsabilidad poseerán los medios, las actitudes y los recursos necesarios para valorar con eficacia las diferentes situaciones y decidir de forma consecuente para ellos y para los que se encuentran a su alrededor.

Uno de los aspectos básicos de la enseñanza de responsabilidad a los niños es la cuestión: "¿Quién es el responsable de acordarse de las cosas?" Los niños pueden saber hacer las cosas y desear agradar a los padres pero si no han tomado sobre sí la responsabilidad de acordarse, no pueden ser responsables. Hay algunos artificios que estimulan al niño a recordar, tretas que pueden abandonarse conforme el niño crece y va siendo capaz de asumir mayores responsabilidades:

1. Escriba las cosas y colóquelas en lugar visible.
2. No les recuerde las cosas a los niños una vez esté seguro de que le han escuchado y entendido. Recordar las cosas a los niños se convierte en una mala costumbre de la cual los niños pasan a depender.
3. Establezca costumbres lo más regulares posible. Cuando las cosas ocurren de forma predecible y regular, se incrementa la capacidad de recordar de los niños.
4. No le dé miedo castigar al niño que se "olvida".
5. Acuérdese de lo que usted ha dicho. Si los padres lo olvidan, están otorgando al niño, tácitamente, permiso para hacer lo mismo.
6. Una vez que a los niños se les ha asignado ciertas obligaciones, los padres no deben confundirles ni fomentar la irresponsabilidad volviéndose a hacer cargo de las tareas encomendadas.

Los padres relevan a sus hijos de sus responsabilidades si...

...les recuerdan las cosas cuando ellos "se olvidan".
...lo hacen ellos mismos porque "es más sencillo".
...subestiman la capacidad de los hijos.
...aceptan que los niños se califiquen a sí mismos de incompetentes o irresponsables.
... hacen cosas por sus hijos para que ellos les quieran o para que no les hieran en sus sentimientos.
...creen que sólo los padres que trabajan duramente y hacen un montón de cosas por los hijos son "buenos" padres.

Para enseñar a los niños a ser responsables tiene que existir un programa claro de recompensas y alabanzas que ofrezca respuesta a su comportamiento (aspecto este al que hemos hecho referencia anteriormente).

Por otro lado, el niño seguirá siendo irresponsable si la respuesta que obtiene es la crítica excesiva, la exposición al ridículo o a la vergüenza. Los niños a los que se recompensa por ser responsables van desarrollando gradualmente la conciencia de que la responsabilidad y los buenos sentimientos están relacionados; y, con el tiempo, disminuye su necesidad de recompensas externas.

Las siguientes pautas nos pueden ayudar a responder la pregunta planteada en este apartado:

DESARROLLE LA SENSACIÓN DE PODER DEL NIÑO
Cuando se tiene sensación de poder, se poseen los recursos, oportunidades y capacidades necesarias para influir sobre las circunstancias de la propia vida. Enseñar a los niños a ser responsables incrementa su sensación de poder.

AYUDE A LOS NIÑOS A TOMAR DECISIONES
Los niños que han aprendido a ser responsables toman mejores decisiones que los que no han aprendido a serlo. Podemos contribuir a aumentar la capacidad del niño para tomar decisiones si ayudamos a:

  • Resolver los problemas que crea la necesidad de tomar una decisión.
  • Buscar otras soluciones.
  • Seleccionar una de las alternativas mediante la valoración de sus consecuencias.
  • Valorar la eficacia de las decisiones por medio de una discusión posterior.

ESTABLEZCA NORMAS Y LÍMITES

UTILICE TAREAS Y OBLIGACIONES PARA CREAR RESPONSABILIDAD
Tareas y obligaciones son cosas concretas: se puede especificar cómo, cuándo y quién debe hacerlas. Esto ayuda a desarrollar la capacidad de organización y manejar los propios recursos.

SEA COHERENTE
Es la mejor forma de indicar al niño que los adultos dicen las cosas en serio. Los adultos coherentes ayudan a los niños a sentirse seguros. Cuando no existen normas claras y evidentes, no hay manera de ser coherente.

NO SEA ARBITRARIO
Ser arbitrario significa hacer algo diferente de lo que se había dicho o hacer algo sobre lo que no se había advertido. Para evitar ser arbitrarios debemos aclarar lo que queremos, comunicar estas expectativas de forma sencilla y directa, y concretar cuáles son las consecuencias esperables si el niño actúa en consonancia o no con esas expectativas.

DÉ RECOMPENSAS POR SER RESPONSABLE

UN NIÑO ES RESPONSABLE SI...

...realiza sus tareas normales sin que haya que recordárselo en todo momento.
...puede razonar lo que hace.
...no echa la culpa a los demás sistemáticamente.
...es capaz de escoger entre diferentes alternativas.
...puede jugar y trabajar a solas sin angustia.
...puede tomar decisiones que difieran de las que otros toman en el grupo en que se mueve (amigos, pandilla, familia, etc.)
...posee diferentes objetivos e intereses que pueden absorber su atención.
...respeta y reconoce los límites impuestos por los padres sin discusiones inútiles o gratuitas.
...puede concentrar su atención en tareas complicadas (dependiendo de su edad) durante cierto tiempo, sin llegar a situaciones de frustración.
...lleva a cabo lo que dice que va a hacer.
...reconoce sus errores.

BIBLIOGRAFÍA

Cómo enseñar a sus hijos a ser responsables.
Harris Clemes y Reynold Bean
Círculo de lectores

¿Es mi hijo una persona insegura?
José María Lahoz García
http://www.solohijos.com/

La autoestima en niños y adolescentes
Gloria Marsellach Umbert
http://www.ciudadfutura.com/psico/articulos


Lo positivo de pedir disculpas
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

Todos sabemos que somos fruto de la relaciones con nuestros semejantes; de cómo esas relaciones se desarrollan. Estas relaciones se manifiestan en un ambiente más o menos familiar, libre, dirigido, afectivo, etc.

Sí es verdad que sea el ambiente que sea, todos hemos asumido desde pequeños que existen unas normas establecidas por los adultos que debemos cumplir; es lo que llamamos heteronomía moral, porque es algo que está impuesto o establecido por otros. Ante esta realidad cabe preguntarse qué ocurre cuando alguien incumple una norma de forma intencionada o no.

También se nos enseñó desde pequeños, que hay que pedir disculpas puesto que se trata de una norma social establecida que sirve para respetar a los demás y ser respetado. Pues bien, qué ocurre cuando el que tiene que pedir disculpas es un adulto, ¿sabe hacerlo?, ¿pide disculpas a quien realmente tiene que pedirlas?, ¿pide disculpas en el momento adecuado?, ¿cómo se siente el adulto cuando pide disculpas a un niño?, ¿cómo nos sentimos nosotros cuando sabemos que tenemos que pedir disculpas a nuestros hijos y no lo hacemos?

Disculpas con auténtica sinceridad

Realmente, y creo no descubrir nada con esto, posee gran efectividad pedir disculpas a un niño por la enseñanza que entraña para él y por el alto valor educativo que comporta. Las primeras veces que un niño recibe disculpas de un adulto aparece cara de incredulidad. El adulto para el niño es el patrón de conducta que “normalmente” no se equivoca, suele hacer las cosas bien, ..., pero efectivamente, hay ocasiones en que también comete errores y a veces de bulto.

Lo que ocurre es que hay disculpas y disculpas. No nos referimos a esa disculpa informal, de un error sin trascendencia, que por otro lado, también es conveniente reconocer. En este caso, las disculpas que más efecto producen en el receptor son las de auténtica sinceridad, las de verdad. Estas disculpas hacen más vulnerable al adulto y hacen más iguales a todos. En las ocasiones en que se pide disculpa de forma sincera se trata con la persona auténtica, no con el adulto, con el padre o madre que están habituados a tratar los más pequeños de la casa.

Cuando los pequeños de la casa ven auténtica sinceridad en alguna disculpa que hacemos se suele producir, de forma implícita, un acercamiento entre los miembros de la familia o del grupo social al que se pertenece. Un mayor entendimiento y sobre todo respeto y admiración entre todos porque existe en el ambiente lo que conocemos como sinceridad que podríamos afirmar que es uno de los componentes fundamentales de una buena disculpa. Se trata en definitiva, de dejar aflorar en nuestras manifestaciones y conducta la persona de carne y hueso que llevamos dentro.

Por otro lado una vez que nos acostumbramos a pedir disculpas, comprobamos cómo la relación entre los miembros del grupo se hace más afectiva y se estrechan más los lazos de unión. Y es que llama la atención ver que estamos más predispuestos a pedir disculpas a un adulto, amigo, vecino, etc. y nos cuesta más hacerlo con los más pequeños, con nuestros hijos, siendo que el resultado y efecto positivo que se alcanza es muy grande.

Niños preparados para afrontar la sociedad actual

Una de las dos primeras herramientas que las familias deben aportar a los más pequeños es la seguridad en sí mismos. Un primer paso a dar es que el ambiente en que viven y se desarrollan como ciudadanos sea lo más afectivo y claro en normas posible.

Sabemos que a cualquiera nos supone estrés e inseguridad un ambiente donde no se conocen las normas o aunque existan, se incumplen de forma arbitraria o se modifican según convenga al que lleve la voz cantante.

Por otro lado, es necesario que los más jóvenes crezcan en un ambiente donde existe benevolencia, generosidad y comprensión ante la realidad circundante y hacia los demás. Valores que como sabemos, en la sociedad actual están perdiendo importancia.

Estos valores están reñidos en gran número de ocasiones con las situaciones cotidianas que se dan en la sociedad de la competitividad, de las luchas por llegar antes que el prójimo, de las trabas al triunfo ajeno, etc. Esta situación es un problema para los adultos que están viviendo casi a diario -por no decir siempre esta situación y por otro lado, deben inculcar estos valores y comportamientos de respeto y tolerancia en los más pequeños.

En definitiva, se observa y con razón que la acto de pedir disculpas es una muestra de inseguridad, inferioridad, estar disponible hacia los demás que en el caso de los hijos puede obrar en contra suya a la hora de encontrar un hueco en la sociedad y esto, visto así por los padres, es una limitación de cara a triunfar en esta sociedad competitiva que nos toca y les toca vivir.

Importancia de los buenos modales

No es verdad que los buenos modales sean innecesarios. Por otra parte es cierto que el uso frecuente de modales ayuda a los niños. Nos estamos refiriendo a las buenas maneras de comportamiento hacia los demás. A esas cualidades de tolerancia, respeto, sensibilidad a que nos referíamos antes.

Por otro lado, es tan importante el papel de quien pide disculpas como de quien las acepta y acoge. Este aprendizaje es necesario en los niños porque al mismo tiempo que saben cómo reconocer una falta o error ante los demás, también es bueno saber perdonar o comprender los sentimientos de quien reconoce haber cometido una torpeza.

Y por otro lado, desde el punto de vista de los adultos, tenemos que olvidar la creencia de que pedir disculpas a los hijos implicará que somos demasiado blandos o que ellos tendrán un carácter débil. En el mundo hace falta más dosis de benevolencia aunque seamos fuertes.

Ya sabemos que no ayudamos a los hijos cuantas más cosas hacemos por ellos sino cuanto más le enseñamos a comprender cómo es el mundo y las normas que rigen en él y para ello debemos ser, en ocasiones, implacables en el cumplimiento de las normas sociales aunque ello nos duela o suponga aplicar pautas duras con los hijos.

Control absoluto Vs pedir disculpas

Hay que saber una máxima importante: los padres que necesitan tener un control absoluto no son capaces de pedir disculpas. Suele ocurrir y más de uno que lea estas líneas se encuentre en esta situación o parecida que quien quiere tener control sobre todo lo que afecta sus hijos, corre el riesgo importante de cometer errores u ofensas y no suele reconocerlo.

Estos padres echan la culpa de su mal comportamiento a los hijos. Eso es una falta de responsabilidad por parte del padre; supone no admitir la culpa y afrontar el error cometido. Estos padres que necesitan mantener el control a toda costa son ciegos con respecto a su propio sentido de la irresponsabilidad. Lo único que consiguen es perder la credibilidad ante todos incluido los hijos.

Los hijos saben cuándo un adulto se equivoca y comete una falta. Si ante un hecho de esa naturaleza no ven que el adulto pide disculpas, los hijos llegan a dudar de sus propias percepciones y a actuar sin confianza en sí mismos.

En conclusión, si la necesidad de controlar es más fuerte que la necesidad de mantener una relación sincera y afectuosa con los hijos, pedir disculpas resulta muy difícil. Y no vale pedir disculpas sin más, eso no vale. La disculpa debe ir acompañada de sinceridad, un valor humano que debemos cada vez más practicar.

Pedir disculpas no es solucionar el sentimiento de culpa

Cuando se comete una falta con alguien -incluido los hijos- crea un sentimiento de culpa que podemos aliviar pidiendo disculpas. El sentimiento de culpa es una sensación general de malestar, algo inespecífico que no acertamos a definir y el motivo que genera esta sensación; lo que es verdad es que la persona siente un malestar o inquietud interior que no se debe a algo concreto.

Sin embargo, disculparse es siempre por algo concreto, específico que se ha hecho o dicho hacia algo o alguien, y demuestra que se es consciente de que con otro acto más noble, generoso y adecuado, el resultado hubiera sido mucho más agradable y positivo.

Ya lo hemos comentado en algún momento de este artículo y es que resulta curioso comprobar cómo los adultos en general utilizan mejores modales con las personas que no pertenecen a la familia o con aquellos que no son muy allegados que con los propios miembros de la familia entre los que se encuentran los hijos. De esta afirmación deducimos que encontrar quien utilice buenos modales con los hijos y esperar que ellos también hagan lo propio no es, por desgracia, muy frecuente.

Una posible visión de estos hechos por parte de los hijos es creer que no son personas como los demás. Realmente, si queremos conseguir autoconfianza en los hijos, es necesario que los tratemos como personas y les hará pensar que pueden aprender y hacer lo mismo que el resto de los humanos.

Los padres que no se portan con sus hijos como con las personas de su entorno están más pendientes de su seguridad y desarrollo que del error o falta que realmente cometen. Esta es la actitud de los que piensan de los hijos que no saben pensar ni hacer nada por sí mismos. Tratar así a los hijos es no impulsar su confianza en sí mismos.

Debemos pedir disculpas a los hijos por este comportamiento hacia ellos y de esta manera se conseguirá comunicarles que son dignos de todo respeto y que los padres no siempre son perfectos. Conseguimos, además, un efecto importante, y es que los padres parezcan más reales a los ojos de los hijos.

La lección que los hijos sacan

Practicar la disculpa con los hijos les enseña muchas lecciones a parte de conseguir una relación sincera y verdadera entre padres e hijos. Para saber las consecuencias positivas que se consiguen con las disculpas, seguimos a Reynold Bean en su libro “Cómo ser mejores padres” de Círculo de Lectores que nos aporta una lista clara de estas lecciones que aprenden los hijos de las disculpas:

1. Aprenden que no tienen por qué tener siempre razón y que, aunque estén equivocados, siguen siendo buenas personas.
2. Aprenden que hay que admitir un error antes de poder corregirlo, y que corregir errores es importante.
3. Descubren que pedir disculpas es difícil, y que hay que ser fuerte para hacerlo.
4. Ven una muestra de sinceridad, que tal vez no vean en otra parte.
5. Aprenden que una buena familia repara los malos sentimientos que se producen entre sus miembros.
6. Aprenden la virtud de perdonar a los demás cuando pierden temporalmente el control.
7. Aprenden que la disculpa es una forma de reconocer que otra persona es digna de respeto.
8. Aprenden que no es necesario alimentar rencores porque uno se sienta culpable por algo que ha hecho. Todo el mundo empieza a odiar a la persona hacia la que alberga un sentimiento de culpa.
9. Aprenden a pedir disculpas a sus padres cuando les han ofendido, y a resolver sus remordimientos y su complejo de culpa.

¿Cuándo se deben pedir disculpas?

Ya se ha comentado en apartados anteriores que la disculpa es sincera y manifiesta algo profundo en la persona que pide las disculpas. No hablamos de pedir perdón por molestar al otro, por no hacer algo que beneficie al prójimo, etc. Si hay algo que puede ser peligroso para el niño no se debe conceder pese a que el niño se moleste y se enfade.

Por este hecho no hay que pedir disculpas puesto que los niños llegan a ser manipuladores y pueden sacar la conclusión de que sus padres se sienten responsables por hacerles sentirse mal. Si llegan a esta situación tenderán a sentirse mal a menudo para conseguir sus propósitos. Conclusión: el adulto no debe sentirse mal continuamente, ni sentir una culpa excesiva por lo que hace.

El adulto no debe disculparse por llegar a castigar al niño cuando además, este castigo es justificado. Las normas están para cumplirlas por todos. No existen las mismas normas en todas las familias. Lo que es normal es un entorno familiar es extraño en otro. Debemos cuestionar en los entornos familiares las pautas de comportamiento hacia los niños. Esta medida nos ayudará a portarnos mejor con los más pequeños.

Ser respetado supone respeto hacia uno mismo

En el largo proceso de crecimiento y aprendizaje el niño pasa por situaciones no siempre positivas. Estas situaciones negativas vividas reducen la capacidad de los niños de creerse merecedores de una correcta consideración y trato.

Reynold Bean en su libro “Cómo ser mejores padres” llega a afirmar que el respeto hacia uno mismo es el resultado de superar obstáculos para conseguir un determinado objetivo que es importante para el individuo.

Lo que ocurre es que es difícil desarrollar esta capacidad de respeto cuando dependemos de los demás y este es el caso de los más pequeños. Es aquí cuando entra en juego el adulto con un comportamiento de respeto hacia los chicos. Un niño que crece en un ambiente en que aprecia el valor del respeto en todos los miembros de la familia tendrá más fácil adquirir la capacidad de respeto hacia sí mismo. Una forma de respetar a los demás incluido a los niños es cuando pedimos disculpas.

Cuando no se piden disculpas y el comportamiento con los demás está basado en la creencia de que tienen que humillar al prójimo sucede que lo que se busca es sentirse bien con uno mismo. Esto es muestra de que la persona no tiene malos modales sino que no se respetan a sí mismos.

No olvidemos una máxima importante que debe regir en el comportamiento con los demás y más con los niños: pedir disculpas cuando se ofende es el mejor método para mostrar que el otro es digno de respeto.


La importancia de cuidar la autoestima
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

Autoestima es el concepto que tenemos de nuestra valía y se basa en todos los pensamientos, sentimientos, sensaciones y experiencias que sobre nosotros mismos hemos ido recogiendo durante nuestra vida.

La autoestima significa saber que eres valioso y digno de ser amado. Valioso porque el niño es capaz de resolver algunas situaciones con éxito y por lo tanto puede estar a la altura de los demás; y digno de ser amado porque se trata de una persona y por lo tanto tiene derecho a ser amada de manera incondicional, es decir, sabe que está rodeada de personas a las que realmente les importa.

El autoconcepto y la autoestima juegan un importante papel en la vida de las personas. Tener un autoconcepto y una autoestima positivos es de la mayor importancia para la vida personal, profesional y social.

El autoconcepto favorece el sentido de la propia identidad, constituye un marco de referencia desde el que interpretar la realidad externa y las propias experiencias, influye en el rendimiento, condiciona las expectativas y la motivación y contribuye a la salud y equilibrio psíquicos.

Gloria Marsellach Umbert, en su artículo "La autoestima", marca las pautas para que la persona sea el mejor amigo de sí mismo. Para ello debe concederse:

  • Aceptación: hay que identificar y aceptar nuestras cualidades y defectos.
  • Ayuda: debemos planear objetivos realistas.
  • Tiempo: hay que sacar tiempo regularmente para estar solos con nuestros pensamientos y sentimientos. Debemos aprender a disfrutar de nuestra propia compañía.
  • Credibilidad: prestemos atención a nuestros pensamientos y sentimientos. Hagamos aquello que nos hace sentir felices y satisfechos.
  • Ánimos: tomemos una actitud de "puedo hacerlo".
  • Respeto: no tratemos de ser alguien más. Hay que estar orgullosos de ser quien somos.
  • Aprecio: hay que premiarse por los logros, los pequeños y los grandes. Recordemos que las experiencias son únicamente nuestras. ¡Disfrutémoslas!
  • Amor: aprendamos a querer a la persona tan única que somos. Aceptemos nuestros éxitos y fallos.

También hay que tener en cuenta que el conocimiento y la autoestima están relacionados porque la satisfacción que consigue el niño aumenta cuando:

Ha aplicado en la práctica, y con éxito, el conocimiento que tiene de sí mismo; por ejemplo, un niño que se ve como un buen deportista y marca el gol de la victoria para su equipo.
Cumple con las exigencias que él mismo se ha marcado; por ejemplo, un niño que valora los resultados académicos y saca la nota más alta en un examen de matemáticas.
Otros confirman la idea que de sí mismo tienen; por ejemplo, un niño que cree que dibuja bien y al que le alaban un dibujo.

Características de la autoestima

Un niño posee una correcta autoestima cuando...

APTITUDES POSITIVAS

Manifestaciones:

  • Está orgulloso de sus actos: "Hago parte del coro del colegio".
  • Actúa con independencia: "yo me hago el desayuno".
  • Asume responsabilidades con facilidad: "hoy quiero regar las plantas".
  • Sabe aceptar las frustraciones: "es difícil montar el rompecabezas pero seguro que lo consigo".
  • Afronta nuevos retos con entusiasmo: "¡bien!, el maestro dice que mañana empezaremos con las divisiones de dos cifras".
  • Se siente capaz de influir sobre otros: "déjame que te enseñe".
  • Muestra amplitud de emociones y sentimientos "me encanta que todos estemos juntos".

Pero para reconocer la capacidad de autoestima de un niPero para reconocer la capacidad de autoestima de un niño tambiéño también nos debemos fijar en otras manifestaciones que son negativas como las que siguen.

APTITUDES NEGATIVAS

Manifestaciones:

  • Evita las situaciones que le provocan ansiedad:"hoy no quiero ir al colegio porque tengo un examen muy difícil".
  • Desprecia sus dotes naturales: "nunca dibujo nada bien".
  • Siente que los demás no le valoran "Los niños nunca quieren jugar conmigo".
  • Echa la culpa de su debilidad a los demás "No gané el examen porque el profesor no me quiere".
  • Se deja influir por otros con facilidad "me lo dijeron ellos".
  • Se pone a la defensiva y se frustra fácilmente "si no funciona, yo no tengo la culpa; lo voy a dejar".
  • Se siente impotente: "no sé dónde está el material; los ejercicios son muy difíciles; no voy a ser capaz de terminar la tarea".
  • Tiene estrechez de emociones y sentimientos "no me importa, me da igual".

La falsa autoestima

Las personas más cercanas afectivamente el niño o joven (padres, familiares, profesores o amigos) son las que más influyen y potencian/dificultan la autoestima. Dependerá de los sentimientos y expectativas de la persona a la que se siente ligado afectivamente. Si los sentimientos son positivos, el niño recibirá un mensaje que le agradará, se sentirá bien y como consecuencia le ayudará a aumentar la autoestima. Si los sentimientos son negativos, la sensación que el chico percibe le causará dolor y en definitiva, provocará rechazo a su propia persona y, por tanto, el descenso de su autoestima.

Últimamente la preocupación por la autoestima se ha convertido en una cuestión obsesiva. De ahí que erróneamente se intente formar una autoestima positiva con medios y procedimientos artificiales y a corto plazo que no dejan de ser planteamientos equivocados y que tienden a fracasar.

Estos procedimientos equivocados están orientados al logro de un único objetivo: fortalecer el ego de los educandos para que se sientan bien consigo mismos. Veamos a continuación algunas formas erróneas que se usan para la construcción de la autoestima:

1. Alabar a los hijos o alumnos por sistema, con independencia de su comportamiento. No importa que fracasen en sus estudios a causa de su vagancia; que maltraten a sus padres y hermanos; que derrochen el dinero y que vivan sólo para satisfacer sus gustos y caprichos personales, sin pensar en las necesidades de los demás. Lo único que importa es que se quieran cada vez más a sí mismos.
2. No culpabilizarlos nunca de nada, suceda lo que suceda (para que no pasen por la humillación de sentirse avergonzados). No cuestionar ni criticar nunca lo que dicen o hacen (para que evitar que se enfaden).
3. Rebajar los ideales de vida (para que luego no sufran posibles decepciones). Rebajar la exigencia todo lo que se pueda. Llegar a la tolerancia total o casi total. Todo vale, todo está permitido. Estos padres tan indulgentes con sus hijos suelen ser los mismos que esperan de ellos solamente una cosa: que triunfen en la vida como sea. Esperan que triunfen en una sociedad muy competitiva con la única actitud que se les ha inculcado: la de quererse a sí mismos.

Gerardo Castillo Ceballos (de la asociación FERT) en su artículo "El desarrollo de la identidad personal" comenta que los hijos acostumbrados a ser alabados de forma incondicional suelen sentirse muy defraudados cuando, al incorporarse a la vida adulta, chocan con la realidad. Esa colisión les descubre, de pronto, que su autoestima está mal fundamentada y que, por ello, no es real.

La mejor autoestima, la merecida

La experiencia nos enseña que la autoestima de los hijos o alumnos no se desarrolla por la vía del elogio continuo e injustificado o por la vía de la tolerancia sin límites. Quienes buscan fortalecer el ego por ese camino, lo único que consiguen es debilitarlo y aislarlo. El estar demasiado pendiente del ego de los niños o de los adolescentes favorece que estos últimos se amen a sí mismos de forma inmoderada y excesiva, desentendiéndose así de las necesidades de los demás.

La autoestima, como la alegría o la felicidad, no se puede buscar directamente. Y menos todavía por la vía del engaño. La autoestima es una consecuencia de poner ilusión en lo que se hace y en hacerlo cada día mejor; de realizar con amor los propios deberes; de ser servicial con los demás; de ser buen compañero, buen hermano y buen amigo; de portarse bien con todos; de luchar diariamente contra los propios defectos; de empezar cada día.

La mayor y mejor autoestima es la autoestima merecida, la que se basa en logros reales, la que cada uno se gana con su propio esfuerzo. Si los padres y profesores enseñan a sus hijos o alumnos, desde las primeras edades, a esforzarse por ser un poco mejores cada día (desarrollo de virtudes) y por lograr la excelencia en todo (en los estudios, en la vida familiar, en la vida de amistad...) la autoestima vendrá sola.

La verdadera autoestima se alimenta con la satisfacción que produce alcanzar nuevas metas por uno mismo. Es frecuente que cuando un niño o un adolescente obtiene con su esfuerzo personal, el resultado que buscaba, se encuentre orgulloso del logro. En cambio, los hijos sobreprotegidos jamás podrán tener esa experiencia tan gratificante y tan formativa. Cada vez que los mayores les resuelven la dificultad a la que se enfrentan, se hacen más inseguros y desvalidos.

Siguiendo las indicaciones de Castillo Ceballos, podemos concluir que la autoestima se desarrolla formando el carácter, educando la voluntad: hay que desarrollar en los hijos hábitos de esfuerzo, de trabajo bien hecho, de autodominio, de autodisciplina. Hay que favorecer la adquisición de virtudes como la fortaleza, la templanza, la paciencia y la perseverancia. También hay que animarles a que sean más abiertos y serviciales. Está comprobado que una de las mejores terapias de la autoestima es salir de sí mismo y tratar de ver las cosas como las ven los demás.

Los tres motores de la autoestima

Existen tres buenos motores que determinan el comportamiento y que proceden de lo que se piensa y de lo que se siente por uno mismo. Estos son:

1. El niño actúa para obtener una mayor satisfacción y creerse mejor. Por ejemplo: busca las alabanzas y la aprobación, haciendo cosas que le gustan y que sabe hacer.
2. El niño actúa para confirmar la imagen (la idea) que los demás, y él mismo, tienen de él. Tanto para bien como para mal, si el niño piensa que es bueno tenderá a comportarse bien, mientras que si piensa que es malo, buscará (tal vez de forma inconsciente) la reprimenda y el castigo. Esto mismo lo podemos aplicar en los estudios.
3. El niño actúa para ser coherente con la imagen que tiene de sí, por mucho que cambien las circunstancias.

Todo esto tiene un lado negativo y corresponde a los niños que presentan actitudes negativas acerca de sí mismos que no suelen creerse lo contrario, aunque se les demuestre que es verdad, rechazan la alabanza o la aprobación por aquellas cosas que ya tienen conceptuadas negativamente.

Por otro lado podemos afirmar que la motivación y el rendimiento académico se ven estrechamente influenciados por la mayor o menor autoestima. La autoestima influye sobre el niño y adolescente en:

cómo se siente
cómo piensa, aprende y crea
cómo se valora
cómo se relaciona con los demás
cómo se comporta

La autoestima en la adolescencia

En los adolescentes aumenta considerablemente la necesidad de autoestima. Uno de los períodos más críticos para la formación de una correcta autoestima es la adolescencia pues sabemos que es cuando la persona necesita hacerse con una firme IDENTIDAD, es decir, saberse individuo distinto a los demás, conocer sus posibilidades, su talento y sentirse valioso como persona que avanza hacia un futuro.

Un adolescente con autoestima aprende más eficazmente, desarrolla relaciones mucho más gratas, está más capacitado para aprovechar las oportunidades que se le presenten, para trabajar productivamente y ser autosuficiente, posee una mayor conciencia del rumbo que sigue. Así las cosas, un adolescente con autoestima...

... actuará independientemente
... asumirá sus responsabilidades
... afrontará nuevos retos con entusiasmo
... estará orgulloso de sus logros
... demostrará amplitud de emociones y sentimientos
... tolerará bien la frustración
... se sentirá capaz de influir en otros

Gloria Marsellach Umbert en su artículo "La autoestima en niños y adolescentes" afirma que la autoestima puede desarrollarse convenientemente cuando los adolescentes experimentan positivamente cuatro aspectos o condiciones bien definidas:

1. Vinculación: resultado de la satisfacción que obtiene el adolescente al establecer vínculos que son importantes para él y que los demás también reconocen como importantes.
2. Singularidad: resultado del conocimiento y respeto que el adolescente siente por aquellas cualidades o atributos que le hacen especial o diferente, apoyado por el respeto y la aprobación que recibe de los demás por esas cualidades.
3. Poder: consecuencia de la disponibilidad de medios, de oportunidades y de capacidad en el adolescente para modificar las circunstancias de su vida de manera significativa.
4. Modelos o pautas: puntos de referencia que dotan al adolescente de los ejemplos adecuados, humanos, filosóficos y prácticos, que le sirven para establecer su escala de valores, sus objetivos, ideales y modales propios.

Bibliografía y webs:
Cómo desarrollar la autoestima en los niños
Harris Clemes y Reynold Bean
Círculo de lectores

¿Es mi hijo una persona insegura?
José María Lahoz García
http://www.solohijos.com/

La autoestima en niños y adolescentes
Gloria Marsellach Umbert
http://www.ciudadfutura.com/psico/articulos

El desarrollo de la identidad personal
Gerardo Castillo Ceballos
Asociación FERT

"La autoestima"
Gloria Marsellach Umbert
http://www.ciudadfutura.com/psico

"Cómo desarrollar la autoestima en los adolescentes"
Clark, Clemes y Bean, Ed. Debate

"La Autoestima en los niños"
Kaufman y Raphael, Ed. Iberonet

"Autoestima. Evaluación y mejora"
Matthew McKay y Patrick Fanning, Ed. Martinez Roca


Los Derechos del Niño

Los Derechos del Niño son:

El Derecho a la Salud y el Bienestar Básicos

Todos los niños tienen derecho a:

  • La supervivencia y el desarrollo.
  • Un nivel de vida adecuado.
  • El mayor nivel posible de salud y servicios de salud adecuados.
  • Una atención especial, si están discapacitados, que asegure su dignidad, promueva su autosuficiencia y facilite su participación activa en la comunidad.
  • Servicios e instituciones de seguridad social y atención infantil.

Los Derechos del Niño y sus Familias

Todos los niños tienen derecho a:

  • Vivir con sus progenitores o mantener relaciones con ellos si están separados de uno de los dos.
  • Cruzar las fronteras nacionales para poder reunirse con sus progenitores.
  • Recibir otro tipo de atención cuando no resulte posible conservar el entorno familiar.
  • Un sistema seguro de adopción.
  • Protección contra el secuestro.
  • Protección contra el maltrato y abandono por parte de los progenitores o las personas encargadas de la atención.
  • Un análisis periódico de cualquier tipo de medidas que puedan resultar necesarias en materia de atención, protección o tratamiento.

El Derecho a la Educación, el Juego y las Actividades Culturales

Todos los niños tienen derecho a:

  • Recibir enseñanza primaria gratuita.
  • Acceso a la enseñanza secundaria y a la formación profesional.
  • Una educación que promueva plenamente su personalidad, su talento, y sus capacidades mentales y físicas.
  • Una educación que les prepare para una vida responsable en una sociedad libre.
  • Una educación que fomente el respeto por su propia familia, su identidad cultural y su idioma; por su país; y por el medio ambiente natural.
  • Una educación que promueva un espíritu de comprensión, paz, tolerancia e igualdad.
  • Tiempo libre, juego y la oportunidad de participar en actividades culturales y artísticas.
  • La oportunidad de disfrutar de su propia cultura, profesar y practicar su propia religión y utilizar su propio idioma.

El Derecho a la Protección Especial

Todos los niños tienen derecho a esta protección:

  • En situaciones de emergencia como los conflictos armados, o cuando los niños están separados de sus familias o de su hogar.
  • Cuando se encuentran en conflicto con la ley.
  • En situaciones de explotación como el trabajo de menores, el consumo de estupefacientes, la explotación o el maltrato sexual, la venta, la trata o el secuestro de menores.
  • Cualquier tipo de discriminación.

Los Derechos Civiles y las Libertades de los Niños

Todos los niños tienen derecho a:

  • Un nombre y una nacionalidad.
  • Protección contra cualquier intento de privarles de su identidad.
  • Disfrutar de la libertad de expresión.
  • Disfrutar de la libertad de pensamiento, conciencia y religión.
  • Disfrutar de la libertad de asociación y de celebrar reuniones pacíficas.
  • Recibir información procedente de diversas fuentes.
  • Una vida privada.
  • Protección contra la tortura u otra forma de tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes.
  • Protección contra la detención ilegal y la privación injustificada de la libertad.

Enseñarles a tener criterio
Por Bernabé Tierno

De no haber existido en nosotros la capacidad hereditaria para enfrentarnos a toda clase de dificultades y problemas en la vida, hace ya cientos de años que la especie humana habría dejado de existir. Nuestros antepasados primitivos desarrollaron la capacidad de resolver eficazmente las dificultades tremendas con que se encontraron para poder llegar a subsistir.

Es verdad que una buena manera de resolver los problemas es compartirlos, pero en la mayoría de los casos no es fácil hacerlo porque no tenemos al lado a ese ser humano dispuesto a ofrecernos ayuda. Por eso, es fundamental desarrollar desde los primeros años la afirmación verbal por medio del aprendizaje y enseñar al niño a tener un criterio propio que le permita hacerse fuerte frente a estados emocionales paralizantes como la ira, el temor y el pánico, que nos impiden pensar con toda claridad y eficacia.

Capaces de vivir sin nosotros

Es curioso que las personas que más manipulan desde niños sean precisamente las personas más inseguras. Tenemos todo el derecho a juzgar nuestro propio comportamiento, nuestras emociones y pensamientos y asumir con responsabilidad iniciativas y actos con todas sus consecuencias. Esto es así porque si nos dejamos llevar de la opinión de los demás, jamás sabremos a qué atenernos puesto que emitirán sobre nosotros tantas opiniones distintas, cuantas sean las personas que lo hagan.

Hemos de enseñar a nuestros hijos a tener una opinión sobre sí mismos y a no dejarse influenciar, chantajear y manipular por los juicios positivos, negativos o neutros que sobre ellos emitan los demás. El niño debe ejercitarse en el derecho que tiene a la propia afirmación y tomar sobre sí, de manera gradual, la responsabilidad sobre su existencia, despojando a los demás de esa responsabilidad. En definitiva, de lo que se trata es de hacer a nuestros hijos capaces de vivir sin nosotros.

La forma más frecuente de manipular al otro es la de hacerle sentirse culpable constantemente. Esta medida la utilizamos con demasiada frecuencia padres y educadores para que nuestros hijos hagan lo que deseamos por no soportar verse a sí mismos como seres culpables y dignos de desprecio. Pero esta medida es esencialmente nefasta, ya que enseñamos al niño y adolescente a albergar sobre sí mismo las mismas expectativas que alimentamos nosotros como manipuladores.

En nuestro favor obligamos al niño a abdicar de su propia dignidad y del respeto sobre sí mismo y de ir adquiriendo la responsabilidad de gobernar plenamente su propia existencia.

Vivir en libertad

Puesto que educar no es otra cosa que hacer posible que nuestros hijos sean capaces de vivir sin nosotros, no podemos educar si no educamos en, por y para la libertad. En definitiva, enseñarles a tener un criterio no es otra cosa que educarles para la responsabilidad, para el amor y para el respeto a los demás, pero, también, para sí mismos.

Los padres debemos saber asumir que la vida de cada ser humano le pertenece a él mismo y, en consecuencia, ni siquiera nosotros como padres, y mucho menos las demás personas, tenemos derecho a manipular, programar y organizar a nuestro gusto las vidas de nuestros hijos.

Para ser “ellos mismos”, necesitan el respeto de quienes les educan y el ejemplo de actitudes consideradas y de libertad para emitir sus primeros juicios sobre personas, cosas y situaciones sin sentirse coaccionados.

Sin duda aparecerán fricciones y tensiones entre la autoridad y la libertad que se suavizarán y superarán con facilidad si sabemos armonizar y conjugar la autoridad y la firmeza con la tolerancia y la comprensión.

La libertad bien entendida necesita de la autoridad como apoyo ofreciéndole garantías de confianza y seguridad.

Ni permisivo, ni autoritario

La permisividad, el autoritarismo y el paternalismo, son enemigos de la afirmación personal equilibrada y del criterio propio.

La permisividad como constante, termina por convertir al niño en un libertario. El autoritarismo hace de él una persona dependiente y conformista y el paternalismo lo debilita y manipula mediante el chantaje afectivo.

A nadie se le escapa que todo aprendizaje de la libertad comporta unos riesgos que padres y educadores no tenemos más remedio que asumir si pretendemos hacer de niños y adolescentes personas responsables. En consecuencia, hemos de saber perder el miedo a la libertad para poder educar.

La libertad, como todo, se aprende con el ejercicio. Es imprescindible que nuestros hijos empiecen a decidir por sí mismos, a tomar parte activa, a formar su propio criterio sin que, de entrada, los adultos demos por sentado que, como puede haber abusos, lo mejor es no darles ningún tipo de libertad.

Hay que saber dosificar la cantidad de libertad que debemos dar a nuestros hijos para hacer posible esa reafirmación de la propia personalidad y el aprendizaje de la toma de decisiones por sí mismos.

Aprender a dar libertad

No es bueno generalizar, pero como orientación sugiero lo siguiente: hay que dar más libertad a un niño (o adolescente) a medida que vaya siendo mayor de edad, sea mejor su conducta y cumpla con sus obligaciones, demuestre una mayor capacidad crítica, autocontrol y sentido de la responsabilidad y nos haya demostrado mayor experiencia en el uso de esa misma libertad.

Como acabamos de ver, sólo es posible que adquieran criterio propio, determinación, autonomía y afirmación de la propia personalidad si facilitamos las cosas para que nuestros hijos accedan al uso de la libertad de manera gradual, conjugando la autoridad, la comprensión, el amor y el respeto a tomar sus propias decisiones en la vida.

La libertad necesita además la existencia de unas normas claras que den seguridad. El niño y el adolescente deben saber a qué atenerse. Por eso, el saber mandar es mitad ciencia y mitad técnica, y quien ejerce algún tipo de mando ha de tener bien claro que las normas impuestas deben ser educativas y no coartar el libre y sano desarrollo de la libertad en nuestros hijos.


Las habilidades sociales
Por Bernabé Tierno

Hay algunas acciones, además de las más habituales como leer, escribir, saludar, ir a la compra, cruzar la calle, etc., que los niños aprenden durante los primeros años. Estas habilidades que no se enseñan a los niños, en la mayoría de los casos porque suponemos que se aprenden de manera inconsciente, son las que vamos a tratar en este capítulo.

Nos estamos refiriendo a cómo entablar amistades, ofrecer ayuda, hacerse respetar, saber interpretar la conducta de los demás y ponerse en su lugar...

Relacionarse con los demás

Es evidente que si los padres pretendemos que nuestros hijos aprendan a relacionarse, a tener amigos e integrarse en sociedad, hemos de darles la oportunidad de lograrlo, ya desde los más tiernos años de la infancia.

Cualquier niño aprende de manera natural a relacionarse con los demás. Las madres, que con sus miedos y sus mimos impiden que el niño vaya a la guardería o a la escuela infantil hasta los cuatro o cinco años, cometen un grave error al retrasar la interacción del pequeño en lo que será su futuro entorno social.

Al obrar así se mantiene la superprotección. Los padres transmiten a su hijo sus propios temores, inculcando en él ideas erróneas sobre sus compañeros de juegos, como aquella de que los demás son malos y le pueden pegar y hacerle daño, aconsejándole que tenga cuidado y se mantenga al margen de esa relación.

Entablar amistades

Es necesario que el niño aprenda que el primer criterio para hacer amigos es la proximidad; por tanto, tendrá más probabilidades de hacer amigos entre aquellos niños con los que esté más en contacto, ya sean de la vecindad, del colegio, de la urbanización donde viven o del sitio donde pasan los fines de semana o las vacaciones de verano.

El segundo criterio para hacer amistades es tener unas características individuales parecidas, intereses y gustos comunes. Si le gusta la natación, el fútbol o la música y comparte con otros esas y otras aficiones comunes, resultará sencillo que nazca una buena amistad.

La influencia más determinante en la formación de la amistad es la creencia de que el otro se parece mucho a uno mismo. Casi todos los niños tienden a elegir como amigos aquellos que presentan unas características que se consideran deseables desde el punto de vista de los valores del grupo humano en que ha de integrarse.

A veces es verdad el dicho «los extremos se atraen», y un niño muy abierto y entusiasta puede sentirse a gusto con otro más tímido y egocéntrico, pero lo normal es que se escoja como amigo al otro si se piensa que éste nos ve con buenos ojos.

Pautas a seguir

1. Hemos de enseñar a nuestros hijos a saber hacerse una idea de las personas para predecir e interpretar su conducta. Por ejemplo, si está en el recreo y hay niños que juegan a darse empujones, son más violentos y no se respetan entre sí, hemos de hacerle ver al niño que esa conducta no es mejor ni peor, que esos chicos se lo pasan bien jugando de esa forma, pero que, si él es más tranquilo y no le gustan los juegos tan violentos, ha de acercarse a otros niños que se divierten jugando a las canicas o al escondite o a acertar y adivinar palabras sobre objetos que hay en el patio de recreo, etc.

Lo verdaderamente importante es que respete a los niños que se divierten con juegos que a él no le gustan, pero que tampoco les tema o les huya, ni se quede en un rincón sin aprovechar el recreo.

Ese ir aprendiendo a ponerse en lugar del otro y respetar su modo de proceder, aunque no sea el nuestro y no nos agrade, es la primera habilidad social que se enseña con el ejemplo y debe expresarse y aclarar constantemente al niño con ejemplos vivos.

2. Debemos enseñarles a hacer amigos y conservarlos, pero para ello lo primero que hemos de lograr es que nuestro hijo «sea amigo de sí mismo». Es decir, que se acepte, quiera y valore tal cual es.

Es misión de los padres y familiares que rodean a un niño el proporcionarle una buena imagen de sí mismo. Debemos estar atentos a valorar de inmediato todas las actitudes y conductas positivas, reforzando constantemente con palabras de aliento, seguridad y confianza que eleven su autoestima.

Si, por el contrario, tanto en casa como en el colegio predominan las críticas y rechazos haciéndole sentirse poco capaz e insignificante, perderá la seguridad en sí mismo y con una imagen tan pobre de sí, lo normal es que aprenda a vivir angustiado y a estar siempre a la defensiva. Al no encontrarse a gusto con uno mismo (también nos pasa a los adultos), no es fácil saber relacionarnos con los que nos rodean.

3. Hay que inculcarles el saber compartir. Muchos niños permanecen demasiado encerrados en sí mismos porque no han aprendido a dar, a ofrecer sus cosas, a jugar con los demás, sabiendo esperar su turno.

Hemos de hacer ver al niño que los que siempre quieren ser los primeros y no saben esperar su turno hasta que han terminado los demás, no hacen amigos con facilidad porque nadie quiere someterse siempre a la voluntad, deseos y caprichos de los otros. Es un mal amigo quien lo quiere todo para sí y no sabe compartir.

Lo más práctico para el aprendizaje de esta habilidad social es ofrecer frecuentemente modelos de otros niños que se divierten compartiendo sus cosas.

4. Conviene fomentar la importancia de prestar ayuda o pedirla. Tenemos que enseñar en la práctica cómo ayudar a un amigo de manera desinteresada, sacarle de un apuro, prestarle algo, es una buena manera de obtener su aprecio, manifestándole que tenemos interés porque solucione sus problemas y le ayudamos en la medida de nuestras fuerzas.

Pero también pedir ayuda es una buena manera de hacer amigos porque, al indicarle al otro algo que no podemos lograr sin su colaboración, le estamos demostrando que él es una persona valiosa, tanto que nos es muy necesario contar con su colaboración.

5. Deben aprender a ponerse en el lugar de los demás. Tratar de comprender por qué sus amigos se comportan de esta o aquella manera; aunque su proceder no sea el más adecuado.


¿Tienen valores los hijos?
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

Nos llama la atención noticias de tanta agresividad, conductas antisociales o hechos delictivos entre jóvenes... ¿realmente la juventud de hoy día es así?, ¿se comportan nuestros hijos así?, ¿a qué se deben estas conductas? No les quepa duda que uno de los motivos fundamentales de que esto suceda, de que las noticias nos salpiquen la conciencia un día sí y otro también con acontecimientos de esta naturaleza es debido, ya digo, en parte, a la falta de valores en los jóvenes y en los adolescentes. Y si no es la falta de valores, sí es debido a la valoración inadecuada de hechos, normas, conductas que considera la sociedad como básicas para su subsistencia.

Cuando hechos como los descritos anteriormente suceden, la sociedad se pregunta a qué se debe, qué podemos hacer, dónde y en qué falla el sistema, de quién es responsabilidad.

Como partimos de la base de que una parte importante de la culpa, la tiene la supuesta falta de valores en los más jóvenes (y por desgracia, cada vez más jóvenes en cantidad y en edad), consideramos necesario dedicar este artículo a cómo se puede fomentar una educación, aparición y respeto adecuados de los valores en los hijos. Qué pueden hacer los padres, de qué manera, cuándo...

Nos encontramos en una época de búsqueda de valores donde la EDUCACIÓN va a jugar un papel primordial. En todo momento, actividad y situación de la vida cotidiana hay que intentar y practicar el respeto de los principales valores de nuestra sociedad. Valores básicos para la vida y para la convivencia.

Una educación inspirada en un sistema de valores mínimos aceptables por todos y que emana del conocimiento y la riqueza de la convivencia y el pluralismo. Valores humanos que recogen la Carta de los Derechos Humanos y la Constitución: libertad, igualdad, justicia, solidaridad, tolerancia, respeto, ¡ la VIDA!, responsabilidad, salud, paz, democracia, aceptación de las diferencias...Si no se provoca desde la educación, en todos los ámbitos, la aceptación de éstos valores, se puede potenciar el adormecimiento moral.

Respeto a la pluralidad

No debemos olvidar que toda tarea educativa, sea en la familia o en el entorno escolar, y los procesos de transmisión del pensamiento, conlleva una carga de contenidos ideológicos y apreciaciones éticas aún de una forma no consciente y para evitar mensajes contradictorios la comunidad educativa tendrá que consensuar los valores a transmitir respetando la diversidad y la pluralidad.

Quizá vivimos en un mundo en el que los hijos, los jóvenes tienen de todo que consiguen fácilmente, sin ninguna contraprestación por su parte. Al mismo tiempo encontramos unos padres muy solícitos a las peticiones de sus hijos; desean agradar a sus hijos y ganarse su afecto con materialismos que en gran parte de las ocasiones son absurdos e innecesarios.

Y decimos esto porque toda persona ante tal cantidad de artilugios y objetos materiales, llega a no valorar en su justa medida lo que tiene. Dispone de tal cantidad de objetos a los que prestar atención que le es imposible valorarlos todos y cuidarlos. ¿Qué le ocurría a nuestros abuelos con sus juguetes?, cuando tenían tan pocos, tan básicos; los recuerdan como algo entrañable que llegaban a amar. Esta situación la debemos generalizar a las personas, la convivencia y tantos valores humanos que han quedado relegados a un ¿segundo? plano.

Puede que hayamos llegado a una situación (no sé si es catastrofismo o no) de personas cuya conducta se rige por valores tales como me gusta-no me gusta, me apetece-no me apetece, me lo paso bien-no me lo paso bien. Afortunadamente no todos los jóvenes son así; y en caso de que consideremos que se caracterizan por esta forma de ser, es posible cambiar su actitud y posicionamiento. Cuanto antes nos lo planteemos más fácil será conseguir los objetivos esperados.

Detecte actitudes caprichosas

La falta de valores está asociada a un actitud de caprichos, de que aquí cualquier cosa vale para conseguir lo que deseo porque, total, para lo que sirve. Y una actitud caprichosa va asociada a un comportamiento perezoso. Desde casa se puede detectar enseguida la aparición de conductas caprichosas y perezosas que son la antesala de la falta de valores por los siguientes síntomas:

  • El joven siempre intenta salirse con la suya y se queja con frecuencia. Usa expresiones como: es una injusticia, no hay derecho, no es culpa mía...
  • El hijo sólo come algunas cosas que le gustan, y en ocasiones abusa de ellas. (Dejan "lo verde o lo rojo" no dejan el plato limpio...).
  • No tiene en cuenta las normas de convivencia y de educación.
  • No obedece si no es en última instancia, y con frecuencia por temor a males mayores.
  • No hace sus tareas escolares con esmero, incluso procura eludirlas. No usa adecuadamente su agenda escolar.
  • Ante sus cosas y las de los demás muestra descuido y desorden.
  • Suele ser impuntual tanto para empezar como para acabar. Al hacerlo así actúa de forma desconsiderada con los que le esperan.
  • No tiene en cuenta a los demás, sino que su conducta se rige por la atracción que supone lo que esté haciendo o la repulsa que le suponga lo que va a hacer.

Estas conductas ¿por qué aparecen?, ¿a qué se deben? Si desde pequeños se les acostumbra a ser protegidos, se les evita problemas y se les colma de atenciones y bienes (porque para eso lo han pasado mal los padres), no ha de extrañarnos que desconozcan cualquier móvil de acción que no sea su propia complacencia.

Por eso, desde temprana edad, hay que inculcarles el VALOR DE RESISTIR, de perseverar ante cualquier dificultad, que sepan luchar para obtener algún objetivo y que no siempre se consigue lo que se pretende a la primera o con facilidad, por ejemplo el éxito en los estudios. Para lograr su madurez hay que permitir que vivan las experiencias desagradables que les depare la vida por azar o como consecuencia de sus actos. Pero nunca hay que dejar a los hijos demasiados solos. La actitud correcta de los padres ha de ser estimulante y consoladora cuando haga falta. Nunca ha de dejarse totalmente solos a los hijos cuando no tienen (en la mayoría de las ocasiones) la capacidad de predecir las consecuencias de sus actos.

Metas valiosas

Unido al valor de resistir, los padres también deben inculcar el VALOR DE EMPRENDER. Supone enseñarles a proponerse metas valiosas y a perseverar para alcanzarlas poniendo los medios necesarios.

Por eso es necesario, entre otras cosas mostrarles metas valiosas en función de valores personales, sociales y religiosos. Pero para mostrar es necesario explicar e ilustrar su valía con nuestro ejemplo. Los padres tienen que explicar y mostrarse como ejemplo coherente.

Y es que queramos o no, nacemos en un mundo rodeado de personas como nosotros, nos influimos unos a otros, no podemos crecer y aprender aislados los unos de los otros.

Al individuo le influye tanto lo que hace él mismo como lo que hacen los demás, incluidos los padres. Y de eso se trata. De actuar, porque los valores existen en las acciones de los hombres, no en las palabras. Los valores no son inaccesibles o algo difíciles de alcanzar y cumplir.

Aparecen en las acciones más cotidianas, en el día a día. La vida de los padres centrada en el esfuerzo, trabajo, constancia, disciplina, es un modelo. No hace falta preocuparse por transmitirla oralmente al niño. La conducta, por sí sola, educa.

Existen, por tanto, dos PASOS o pautas sencillas que hay que tener en cuenta para, primero cumplir, y después inculcar, con nuestro comportamiento, los valores en la sociedad en que nos toca vivir:

1. El primer paso para vivir los valores es TOMAR CONCIENCIA de ellos. Una sociedad basada en miembros que respetan los valores, es la forma para una convivencia más sana. Vivir en valores es mucho más que cumplir una serie de normas sociales y civiles que organizan la sociedad. Es un estilo de vida. Las normas establecen pautas de comportamiento necesarias para entendernos pero no hablan de la amabilidad, del respeto al otro, de la cordialidad, etc. Por eso, lo primero es ser conscientes de que los valores son vitales.
2. Cuando estamos convencidos de que los valores son importantes para la vida, es necesario reflexionar sobre CUÁLES SON FUNDAMENTALES PARA NOSOTROS, cuáles nos hacen ser mejores. Este nivel implica un proceso de reflexión interna en el que detallaremos, distinguiremos los valores que ya poseemos y los que debemos buscar.

Hay valores que deben considerarse básicos y obligatoriamente tenidos en cuenta en todos los ámbitos de la familia y educativos. Es la relación que anteriormente hemos citado.

A estos valores considerados mínimos y básicos cada comunidad educativa podrá añadir aquellos que considere necesarios para dar respuesta a los problemas que su propia realidad presenta. O quizás dedicar más esfuerzos a aquellos de los relacionados anteriormente que sean necesarios para hacer frente a problemas específicos que se hayan detectado y priorizado.

Pero para educar en valores contamos con 3 MODELOS de entender la educación que es necesario conocer para evaluar y reflexionar a qué modelo pertenecemos o qué modelo aplicamos y si realmente estamos de acuerdo con él o no:

Modelo reproductor: Fomentar el espíritu crítico no es un objetivo educativo. En este modelo nadie, ni los adultos ni los chicos, deciden, o al menos se cuestionan, qué valores se deben transmitir; sencillamente se reproducen los valores establecidos.

Modelo "neutral": A veces ha surgido como reacción al anterior. Es el modelo que propone la ausencia de educación en valores. Los defensores de este modelo entienden que es imposible conjugar la doble finalidad de la educación: el desarrollo personal que supone enseñar a pensar por sí mismo, con la inserción social que supone transmisión de valores aceptados socialmente.

Modelo educador: Se trata de un nuevo modelo de educación que propugna un ambiente educador, también en valores. En toda relación niño-adulto se transmiten valores: los sistemas disciplinarios transmiten autoridad y respeto o autoritarismo. Las actividades pueden transmitir cooperación o competitividad. La evaluación puede fomentar la autocrítica y el esfuerzo personal, o por el contrario producir rechazo al sistema. Igualmente, el ambiente y clima generales de un centro son transmisores de valores.

BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA CON EL TEMA:

CAROLYN MEEKS: “Recetas para educar”
Ed. MÉDICI. Barcelona.

BERNABÉ TIERNO: “Educar a un adolescente: la guía con todas las respuestas”
Editorial: TEMAS DE HOY.

JOAN CARLES SURIS: “Un adolescente en casa. Consejos para disfrutar con la adolescencia de sus hijos”
Editorial: DEBOLSILLO.

JOAN CORBELLA ROIG: “Padres e hijos. Una relación”
Círculo de Lectores. Barcelona, 1994.

JOAQUÍN CALLABED: "Conocer y ayudar al adolescente”
Editorial: TEMPORE.

NORA FERNÁNDEZ: “Guía del niño”
Ediciones AINSA. Madrid.


Educar en el uso del dinero
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

Estamos en una sociedad consumista en la que continuamente se nos está animando a tener más y más cosas. Las personas ricas aparecen como el referente del triunfo, del poder.

En este contexto es en el que hay que educar a nuestros hijos en el uso correcto del dinero, para que sean poseedores del mismo y no al revés, ser dominados por el dinero.

Tener mucho dinero no es ni bueno ni malo moralmente hablando; lo malo no es el dinero, sino amarlo desordenadamente. Tener dinero obliga a la responsabilidad de hacerlo fructificar, sin limitarse a disfrutarlo egoístamente. El valor de la riqueza y de quien la tiene, depende del fin al que se destina.

Criterios de uso del dinero

Es necesaria una educación en el uso del dinero, de forma que los hijos aprendan a considerarlo como lo que es: un medio.

Es recomendable que los hijos no dispongan de demasiado dinero y se acostumbren a no despilfarrarlo. Es más educativo que estén cortos de dinero, que largos. Cuando se tiene más que las necesidades, fácilmente se cae en el despilfarro, se crean necesidades innecesarias.

Interesa enseñarles a no gastar el dinero de inmediato, a valorar distintas ofertas, a comparar precios. Con ello se les está enseñando a comprar lo más adecuado en la relación precio-calidad. Hay chicos que no pueden tener dinero porque lo gastan de inmediato, casi de manera compulsiva. A estos hijos habrá que entrenarlos a postergar las compras, a que busquen información sobre las alternativas, que las sopesen y elijan.

Han de aprender a administrar las pequeñas cantidades que reciben de sus padres o familiares. Surge la cuestión, si el dinero que reciben ha de ser una asignación periódica: semanal, quincenal, mensual, o se les ha de dar solamente cuando tengan alguna necesidad de comprar algo. Parece más formativo que tengan una asignación periódica, porque se les brinda la posibilidad de entrenarse en el manejo y administración del dinero.

No ponga precio a las conductas

Ordinariamente no se deben premiar o castigar con dinero las conductas de los hijos porque se corre el peligro de que el dinero se convierta en móvil de las actuaciones. No cabe duda de que el dinero es un poderoso reforzador de la conducta -los humanos somos capaces de hacer cualquier cosa por dinero- y así lo vemos en la sociedad que nos rodea. Pero no podemos caer en el peligro de poner precio a cada una de las conductas que esperamos de nuestros hijos, nos meteríamos en una espiral peligrosa.

No obstante, no pasa nada que en algunas circunstancias lleguemos a acuerdos con nuestros hijos para comprarles algo si hacen determinada conducta o consiguen tal cosa, pero con la intención de sustituir el refuerzo material del dinero, por la propia satisfacción de lo bien hecho, del deber cumplido... Pero no es conveniente remunerar los encargos ordinarios de casa.

Conviene dar una autonomía progresiva, para que aprendan a ajustar a un presupuesto sus aficiones. El saber implica práctica. Si queremos que sepan administrarse, han de tener entrenamiento en cómo hacerlo. Tienen que ajustar sus gastos a los ingresos que tienen.

Enseñe el ahorro

Es interesante aprovechar ocasiones compras, un día de trabajo para que conozcan el valor del dinero y lo que cuesta ganarlo. El dinero no cae del cielo, su consecución implica esfuerzo, trabajo, y ello lo tienen que saber y mejor experimentar nuestros hijos para que lo valoren.

Enseñarles a ahorrar y a no gastar en caprichos. Puede ser interesante que algunas cosas en las que están empeñados por ejemplo, una prenda de ropa de marca la paguen en parte con su dinero: les ayudará también a que cuiden su ropa para que dure.

Pero no sólo deben de ahorrar para ellos: también han de hacerlo para los demás, hermanos, padres, amigos, ayudas sociales... Es una manera de hacer a nuestros hijos más solidarios al hacerlos compartir con los demás. Desde comprar un pequeño regalo para un hermano o miembro de la familia, hasta prestar de manera desprendida.

Hacerles reflexionar sobre el porqué de sus gastos, y procurar que conozcan las necesidades de los demás. Se trata que sean sobrios en sus gastos, no despilfarradores del dinero que a otros les puede ser imprescindible porque carecen de lo necesario.

Unidad en la educación

Interesa que los padres informen a los familiares (especialmente a los abuelos) de los criterios educativos de la familia en este tema. Para educar es necesario que haya unidad de criterios entre los que forman la familia, los padres en primer lugar y de los abuelos con los padres. Los abuelos no pueden dar los caprichos que les niegan los padres buscando con ello el cariño de los nietos. Han de seguir los mismos criterios que tienen los responsables principales: los padres.

No darles demasiadas cosas para suplir la escasez de tiempo que dedican a sus hijos y que se acostumbren a agradecer las que reciben. Un peligro que se da en nuestra sociedad es que suplamos la falta de tiempo que dedicamos a nuestros hijos comprándoles muchas cosas para ganarnos su afecto. La necesaria dedicación de tiempo a los hijos no se suple con cachivaches.

Cuidar lo que tienen, cuidarlo para que dure y esté en condiciones correctas. Prestar atención a la ropa: que conozcan el precio de la ropa que se les compra, acostumbrándoles a elegir lo que conviene, no lo más caro. Enseñarles a cuidarla, a doblarla, guardarla, prepararla para el día siguiente

Ayudarles a vivir la autodisciplina diaria: orden en la habitación y puntualidad la capacidad de autocontrol nos permite ser dueños de nosotros mismos y de las cosas que tenemos, pero para conseguirlo nos hemos de entrenar en las cosas más normales y corrientes que hacemos a lo largo del día: ser puntual al levantarnos, al empezar a estudiar, tener ordenada nuestra mesa de trabajo.....

No permitirles que entren en una constante comparación con los demás: marcas de ropa, material deportivo… La sociedad de consumo nos vende no sólo lo último del mercado sino la mejor marca. Es frecuente observar la dependencia que tienen los adolescentes de las marcas, hay que enseñarles que la persona no vale por la marca de lo que lleva puesto, sino por lo que es y hace con los demás.

Evitar los caprichos en las comidas y bebidas: comer lo previsto para todos, no fuera de hora, en demasía, que aprendan a servirse la comida, sin elegir lo mejor para ellos; y a cuidar los modales en la mesa...

Acostumbrarles a llevar un ritmo ordenado de vida, a aprovechar el tiempo, a levantarse y acostarse según lo previsto, respetar el plan de estudio establecido sin interrupciones.

No ahorrarles sacrificios razonables: que aprendan a colaborar en pequeños encargos: hacer la cama, limpiar la ducha, ventilar el cuarto...

De vez en cuando, ayudarles a revisar sus pertenencias para ver si hay juguetes u objetos que no necesita ni utiliza: pueden servir para otros hermanos o personas necesitadas.


Educar la tolerancia en un mundo de diversidad
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

¿Se han parado a pensar QUÉ ENTIENDEN POR TOLERANCIA? Se trata de un término que en la sociedad actual utilizamos a menudo pero cuyo concepto no está demostrado que se conozca con exactitud.

La tolerancia debe entenderse como respeto y consideración hacia la diferencia, como una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la propia, o como una actitud de aceptación del legítimo pluralismo. Este es, a todas luces, un valor de enorme importancia.

Entendida así la tolerancia puede ayudar a resolver muchos conflictos y a erradicar muchas violencias. Por desgracia vivimos en un mundo en el que son frecuentes actos de violencia y maltrato al prójimo por lo que deducimos que una educación centrada en la tolerancia debe primar y promoverse de una forma necesaria y urgente.

Tal es así que en los sistemas educativos europeos resurge de nuevo la preocupación por el tema de la educación intercultural y del respeto a las minorías. Ya sabemos que vivimos en sociedades multinacionales, complejas y plurales en distintos ámbitos como el religioso, moral y cultural. La tolerancia hacia lo diferente se ha convertido en el reto más serio de la sociedad presente y futura. De ahí que una de las características esenciales de la escuela pública sea conseguir un objetivo de carácter moral; es decir, educar ciudadanos libres, democráticos, críticos y tolerantes. Todo ello desde una perspectiva integral del ser humano.

El propósito de la tolerancia es la coexistencia pacífica. Federico Mayor (quien fue Director General de la UNESCO) afirma que una persona tolerante respeta la singularidad de cada persona. La tolerancia desarrolla la habilidad de adaptarse a los problemas de la vida diaria. Como adultos debemos saber también que la tolerancia es una fortaleza interna que le permite a la persona afrontar dificultades y disipar malentendidos.

La familia, la primera escuela

En el ámbito familiar, los padres desean que sus hijos crezcan libres de estereotipos, sin prejuicios. En la sociedad actual nos movemos entre gran variedad de culturas, personas de distintas razas y los hijos comparten aulas, vecindad con niños cuyo aspecto físico, idioma o costumbres son muy diferentes a las suyas. La familia es la primera escuela en la que se aprende la tolerancia porque siempre hay que hacer reajustes para que todos los miembros tengan cabida en la misma. El colegio es la segunda entidad en importancia donde inculcar el espíritu de la tolerancia.

Hasta los 3 años los niños creen que el mundo es como ellos y las familias como la suya. Tienen una perspectiva del mundo centrada en su persona. Hacia los 4 años se inicia una educación explícita en el campo de la diversidad. Los niños a partir de estas edades van clasificando las cosas por categorías y diferencian al resto por su color de pelo, su piel clara u oscura. En esta fase podemos escuchar preguntas como ¿por qué Irene no celebra la Navidad como nosotros?

Entre los 5 y 7 años los niños ven el mundo desde su punto de vista (cosa que ya hacían) y desde el punto de vista de los demás. Tienen una nueva capacidad para comparar la percepción de sí mismos en comparación con otros. Este aspecto comparativo, en ocasiones provoca competición: “ojalá yo tuviera el pelo de María”, o miedo a no ser aceptados: “nadie en mi clase lleva muletas”.

Los padres deben responder a los hijos a estos comentarios o preguntas de forma simple e informativa. Por ejemplo: “nuestra familia es católica y la de Irene es judía” Si los hijos no nacen teniendo en cuenta las diferencias ¿cómo aprenden a tener prejuicios?

En ocasiones los padres se enfrentan al reto de hablar con los hijos de diversidad cuando ellos tienen aún dudas al respecto. Muchos padres se sienten inseguros cuando tienen que tratar a personas distintas a ellos en aspectos importantes debido a que sienten miedo a estar incómodos o a decir algo inconveniente ya que ellos no han tenido muchas oportunidades de encontrarse con gente diferente. Este reto para los padres de reconocer sus inclinaciones y sus limitaciones se ve reforzado por el hecho de haber crecido en una sociedad que tiene prejuicios de los cuales no es fácil librarse.

Los hijos con un poco de ayuda, acaban estando a gusto entre la diversidad. La semilla de la tolerancia, se planta con compasión y cuidado. Cuanto más afectuoso se vuelve uno y más comparte ese amor, mayor es la fuerza en ese amor. Cuando hay carencia de amor, hay falta de tolerancia.

Entre el nacimiento y los 5 años aprenden muchos valores sociales. Aunque en ocasiones ellos se comporten de manera excluyente hacia otros niños, no quiere decir que hayan formado ya sus propios «prejuicios» Si no hay una intervención activa, este comportamiento que en principio es por imitación, acaba en prejuicios reales.

Pasos para educar

Llegados a este punto nos preguntamos ¿Cómo ayudar a los hijos a luchar contra los prejuicios? La primera norma es educar y apoyar a los hijos cuando se enfrenten a situaciones en las que sean blanco de discriminación o testigo de ellas. Aquí tenemos algunos puntos que servirán de guía:

Escuche su dolor

Ofrezca información. Dígale que lo ocurrido no es aceptable. Hágale saber que los insultos y burlas suelen proceder de la ignorancia.
Ofrezca ayuda o protección. A veces los niños no son capaces de responder por sí solos a los actos discriminatorios.
Hable con claridad cuando oiga calumnias.
Ofrezca una visión de cambio social.
Fomente la iniciativa de los niños.
La cooperación genera optimismo sobre el mundo.

Es bueno que los niños sepan que existe colaboración y ayuda y les dará confianza saber que tal vez ellos sean capaces de cambiar algo injusto. En nuestra sociedad actual existen educadores que han investigado y han trabajado para crear un programa capaz de contrarrestar prejuicios todavía existentes y han desarrollado un «planteamiento no discriminatorio» para la educación. En ella hay cuatro componentes:

Valorarse uno mismo como miembro de todos los grupos a los que pertenece.
Valorar a otros que pertenecen a grupos distintos.
Reconocer los prejuicios e injusticias sociales por pertenecer a determinados grupos.
Pensar en la forma de reaccionar ante la injusticia defendiéndose uno mismo y convirtiéndose en aliado de otros grupos.

Llegados a este punto debemos saber que EL PRIMER PASO PARA VALORAR LA DIVERSIDAD ES HONRAR Y VALORAR NUESTRA PROCEDENCIA. Todos operamos desde un contexto cultural que desempeña un papel importante en las decisiones que tomamos como padres. Pero la cultura no es algo estático, es dinámico, adaptable a las nuevas influencias, a la economía, geografía, etc. También varía de una persona a otra. La cultura está formada de pequeños detalles: costumbres, recetas de cocina... Todos tenemos un legado cultural importante y mientras lo enseñamos a los hijos les ayudamos a respetar otros y a establecer las bases para apreciar la diversidad.

Para terminar debemos apuntar varias FORMAS DE AYUDAR A SU HIJO A VALORARSE. En concreto y entre otras, deben hacer lo siguiente:

  • Enseñe a sus hijos datos sobre su cultura.
  • Utilice a la familia completa como ayuda.
  • Estudie y anote la historia de la familia.
  • Enseñe a sus hijos lo que es más especial de la familia.
  • Ofrezca modelos de rol positivos.
  • Ofrezca a su hijo juguetes y libros que reflejen positivamente los grupos a los que pertenecen.
  • Vigile los prejuicios que aparecen en los medios de comunicación.

Por último también debemos saber algunas FORMAS DE AYUDAR A LOS HIJOS A VALORAR A LOS DEMÁS. Entre otras apuntamos las siguientes:

  • Favorezca el encuentro con personas de otras culturas.
  • Enseñe imágenes “no estereotipadas” sobre diversidad.
  • Hable con los hijos sobre las diferencias y similitud con otras personas.
  • Amplíe experiencias sobre arte, culturas diferentes.
  • Enseñe a su hijo que la diversidad se aplica a todos: también él es “distinto” para otras personas.
  • Trabaje sobre sus propias ideas y prejuicios.

¿Ayuda Internet a la educación de sus hijos? 
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

Sabemos que el Internet es una gran red mundial de ordenadores, una red de redes que permite establecer una comunicación inmediata con cualquier parte del mundo a través del computador, para obtener información sobre un tema concreto en forma de texto, vídeo, audio e imagen al precio de una llamada local. Permite establecer vínculos comunicativos con millones de personas de todo el mundo.

Las estadísticas muestran que no muchos padres saben utilizar o moverse por la red. Para una navegación segura de los menores es necesario que los padres conozcan el medio, tener conciencia de los beneficios que tiene Internet y de los riesgos que conlleva para que podamos darles a nuestros hijos buenos consejos de utilización del mismo.

¿Qué aporta Internet al individuo?

El Internet resulta muy ventajoso para facilitar la comunicación, pues no sólo es más barato que cualquier otro medio al alcance de todos, sino que además la capacidad de integración y reutilización de los materiales es muy superior a cualquier medio clásico. José Antonio Millán nos aporta algunas de las ventajas que Internet ofrece al individuo y son:

Gran cantidad de información.
Como no toda es de contenido educativo o útil, el chico tiene la oportunidad de desarrollar criterios para escoger. Se potencia así su espíritu crítico.
Hace mucho más atractiva la presentación de los contenidos.
Motiva su trabajo gracias a las posibilidades técnicas que ofrece, integrando sonido, imagen, texto, gráficos y animación.
Fomenta el trabajo en colaboración. Los chicos cuando están en su centro educativo con otros compañeros se organizan para buscar la información y deciden cuál es la más valiosa tras una puesta en común, donde aprenden a respetar la opinión de los demás. Con este aprendizaje, los estudiantes adquieren hábitos y destrezas de cooperación, fundamentales en la vida contemporánea.
Posibilita el acceso a la diversidad y permite llegar a cualquier pueblo y conocer su historia, forma de pensar, etc.
Facilita un acercamiento interdisciplinar e intercultural a los temas que se estudian.
Despierta su interés al permitir comparar sus prácticas y trabajos con compañeros de otros países y debatir tanto los procesos seguidos como las conclusiones alcanzadas. Esto, además, fomenta el estudio de otros idiomas.
En Internet, todos encuentran recursos que les sirven de apoyo como diccionarios, archivos e incluso juegos didácticos. Por otro lado, se pueden visitar desde cualquier parte los mejores museos y bibliotecas.
Su uso es fundamental en la educación a distancia, etc.

Teresa Hernández (pedagoga, profesora de la Universidad Ramón Llull) plantea los numerosos beneficios en el seminario "Internet y los niños. Hacia un uso seguro de la red" (diciembre del 2000 Barcelona):

Acceden de forma inmediata a multitud y gran variedad de conocimientos. Esto revoluciona y sobre todo, rentabiliza el proceso educativo, ya que el adulto puede dejar de ser un transmisor de conocimientos para dedicarse a ser un guía de acompañamiento en la obtención de la información, la persona que les ayuda a sacar el máximo provecho de esta nueva forma de adquirir conocimientos.
Acceden a toda una serie de información relativa a sus hobbies, aficiones, cantantes, grupos favoritos…
La dimensión interactiva del Internet les permite intercambiar ideas con interlocutores de cualquier punto del planeta y gozar de una plataforma para expresarse u opinar, experiencias que les pueden resultar gratificantes y enriquecedoras.

Así pues, el Internet puede tener repercusiones muy positivas en lo que a educación, tiempo libre, proceso de socialización y cultura se refiere. Pero la otra cara de la moneda pone en alerta a los padres. ¿A qué debemos estar atentos?

A navegar con los hijos

Los padres deben asumir el papel de conductores de sus hijos. Navegar junto a ellos puede ser muy útil para guiarles y ver qué les interesa y gusta más. Los padres son los primeros responsables sobre lo que ven sus hijos "on line"

La mejor manera de asegurar que sus hijos tengan experiencias positivas al hacer uso de los servicios en línea, es interesarse por lo que hacen. Una forma de hacer esto es pasar tiempo con ellos mientras están usándolo. Pídales que le muestren lo que hacen y que le enseñen cómo tener acceso a los servicios que ellos usan.

Es muy posible y muy natural que por otra parte, pidan un poco de privacidad. Atendamos a su solicitud pero no les dejemos a sus anchas. Dejémosles preparados los sitios aptos para visitar en el menú ‘Favoritos’ y controlemos el historial de páginas visitadas. Las mismas habilidades y estrategias que somos capaces de desarrollar para controlarles en la vida diaria sin que ellos se sientan controlados, deben ponerse en funcionamiento cuando nuestros hijos se dispongan a descubrir lo que encierra el fabuloso Universo-Internet.

Si tiene alguna preocupación en cuanto a sus hijos y sus actividades en el Internet, hable con ellos. Busca también el consejo y la orientación de otros usuarios de ordenadores y familiarízate con el uso de estos sistemas. La comunicación abierta con tus hijos, la vigilancia adecuada y el uso personal de los servicios en línea te ayudarán a obtener el máximo beneficio de estos sistemas y te alertarán sobre cualquier problema potencial que ocurre al usarlos.

Internet no es perfecto

No debemos olvidar que el Internet es un apoyo más a la formación integral de la persona. En ocasiones, como medio que es, puede ser hasta un obstáculo cuando por ejemplo, no dominamos su manejo. No siempre funciona rápido la red; este hecho depende de múltiples variables y entre otras podemos citar los medios técnicos del ordenador que estemos utilizando.

También puede ocurrir que la cantidad de información que nos aporte Internet sea excesiva y podemos perder el tiempo intentando encontrar realmente lo que nos interesa.

Es fundamental que el adulto que sigue la educación del niño tenga un manejo más o menos alto de las Tecnologías de la Información y la Comunicación. En la red hay cientos de páginas dirigidas a niños y adolescentes no sólo de actividades educativas sino también de juegos y entretenimiento. Pero también existe contenido nocivo contra el que hay que luchar. En estos casos no sirve de nada prohibir el uso de determinadas direcciones (basta con intentarlo para que el individuo tenga un interés especial en incumplir la norma impuesta)

Entonces ¿qué?; en estas ocasiones -como en otras muchas- es necesario hacerles ver que en Internet lo nocivo existe como también existe en la vida cotidiana, en la calle, etc. pero no por ello tenemos que hacer uso de esa información. Nos debemos poner nosotros como ejemplo que también disponemos a nuestro alcance de gran cantidad de medios nocivos para nuestra salud, tanto física como mental y sin embargo no recurrimos a ellos.

Por otra parte, debemos tener en cuenta que el Internet:

  • Puede crear riesgo de adicción y aislamiento. Debemos estar atentos sobre todo en casos de niños que tienen síntomas de problemas de socialización.
  • Puede poner al alcance de los niños: contenidos nocivos (violencia, drogas, pornografía, etc.) y contenidos inexactos o poco fiables.
  • Puede facilitar el contacto con desconocidos. Hay redes de pederastia que utilizan la red para realizar sus contactos.
  • Supone un riesgo facilitar datos e información personal o privada (nombres, dirección, teléfono, datos de tarjeta de crédito, hábitos de consumo o de comportamiento, etc.). Los chicos deben saber que no deben aportar información de este tipo.
  • Es una plataforma de venta electrónica en la que pueden realizar compras que no deseamos.
  • Con el uso de Internet perdemos nuestra privacidad.

Prevención ante un mal uso de Internet

Esther Pinilla (Doctora en Ciencias económicas) expone una clara relación de consejos prácticos para prevenir un mal uso de Internet por parte de los niños. De tal forma que si no estamos familiarizados con Internet debemos tratar de cumplir dos principios básicos:

Perder el miedo al computador: Ser humildes y reconocer ante nuestros hijos nuestra ignorancia para que nos ayuden con sus conocimientos y dominio a acercarnos a este mundo. Dejemos que sean ellos quiénes nos enseñen a utilizarlo y a navegar por Internet. Una vez estemos familiarizados con el ordenador, podemos atender a los siguientes consejos y explicar a los hijos:

  • Que si en una página web se solicitan datos personales, o datos de comportamiento, no deben facilitarlos o que nos pregunten antes de hacerlo.
  • Que no divulguen tampoco esta clase de información a personas que conozcan en la red a través de los chats o fórums.
  • Los peligros de citarse con personas que han conocido en la red, ya que existen redes de pederastas que utilizan este medio para reclutamiento de menores. Comentarles que una foto recibida no es ninguna garantía y que pueden mentirles en cuanto a sexo y edad. Si se encuentran en este caso deberán avisarnos, para poder comprobar de quien se trata.
  • Que para su navegación es mejor que utilicen una dirección de correo electrónico gratuita del tipo hotmail. Si son bombardeados por correo basura, mensajes ofensivos o intimidadores, podrán cambiarla sin ningún perjuicio para la familia.
  • Tener instalados programas de filtraje de contenidos o utilizar la herramienta de desactivación de páginas inadecuadas del navegador (si el que utilizamos lo tiene incorporado). De todas formas, debemos tener en cuenta que a menudo son poco fiables ya que se basan en palabras claves inglesas y no interpretan las palabras españolas ni las imágenes).
  • Explicarles la utilidad de los sistemas de filtraje. Convencerles que no se trata de invadir su intimidad, ni de ejercer una labor de censura sino de una protección ante la cantidad de casos ocurridos: violaciones, asesinatos etc.
  • Insistirles en que la Red es una fuente inagotable de conocimiento, una buena herramienta para ayudarles en sus estudios y que su buen uso es algo que nos beneficia a todos. Pero que deben vigilar porque les expone a peligros.
  • Si crean páginas web, que vigilen el contenido, fotos, e información personal insertada en la misma.

Medios a utilizar por los adultos para asegurar un buen uso de Internet

Sabemos que existen filtros que nos pueden ayudar a controlar el acceso a determinadas páginas y direcciones pero no siempre son efectivos. Dos de los web sobre filtros más conocidos son www.safesurf.com y www.netnanny.com. Algunos web son una guía para los padres, por ejemplo la web www.familyguidebook.com que clasifica las páginas a través de los colores del semáforo. También en la dirección www.cyberangels.org se puede encontrar abundante información sobre la seguridad de los niños en Internet y el papel que deben jugar padres y profesores.

Y además existen algunos programas especialmente diseñados para ayudar a los padres a bloquear y controlar el contenido de los sitios en Internet para los niños. Estos programas pueden tener alguna o varias de las siguientes funciones:

1. Bloquean el acceso a sitios para adultos.
2. Clasifican los sitios basados en contenido para adultos (pornografía, violencia, intolerancia racial, extremistas militares, apuestas, cultura de la droga, satanismo…).
3. Establecen tiempos de control para usuarios individuales (por ejemplo, bloquean el uso del Internet después de cierta hora o durante horas específicas designadas a "hacer la tarea").
4. "Graban" las actividades de los usuarios que han navegado la Red, permitiendo así a los padres controlar las actividades de sus hijos en Internet.

También es conveniente conocer las siguientes direcciones en las que hallaremos información sobre el tema de la seguridad en Internet.

www.protegeles.com Proyecto europeo de denuncia de páginas pornográficas.

www.asociacion-acpi.org Contra la pornografía infantil.

www.getnetwise.org Web en inglés realizada por corporaciones industriales y otras organizaciones, para aconsejar a los padres y tutores y enseñarles cómo proteger a los niños contra los peligros de Internet.

www.safekids.com y www.safeteens.com Contiene consejos, también en ingles, para los más jóvenes y los padres.


Mesada para los hijos: ¿Paga sí o no?
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

En el presente artículo se pretende dar pautas al lector sobre si es conveniente entregar paga o no a los hijos, la periodicidad de la paga, la cantidad a entregar, criterios para educar al niño en el uso correcto del dinero, entre otros.

Hay padres que no tienen claro si tienen que dar a sus hijos “dinero de bolsillo” para sus caprichos, aunque no dudan en invertir todo lo necesario para que sus necesidades queden completamente satisfechas.

La actitud del niño respecto al dinero depende de la educación que le demos en este campo. Estos contactos con el dinero condicionarán su vida adulta de modo que pueda ser un campo de pruebas para valores como la generosidad, la responsabilidad, la sabia administración e incluso la avaricia. Poder manejar su propio dinero de bolsillo da a los chavales autonomía e independencia de criterio. La tarea de los padres es de orientación y por supuesto de buen ejemplo.

Alrededor de los 7 años los chicos desarrollan una gran curiosidad por el dinero. Tienen ya unas nociones de cantidad y unas facultades intelectuales que les permiten comprender el valor del dinero, desarrollar la conciencia del mundo además de la noción de número.

Pero también los padres y educadores se plantean una duda ¿realmente necesitan una paga? Existen opiniones en ambas direcciones; quienes se oponen al tema de la paga y los que creen conveniente dar una asignación. Los que se niegan a asignar una paga periódica prefieren (según José Mª Lahoz García en su artículo “El dinero que damos a los hijos”) crear un clima de confianza que permita que sus hijos les pidan dinero cuando crean necesitarlo. Podemos afirmar que la opción de asignar una paga periódica es mayoritaria siempre que sea adecuada a la madurez del niño.

En el tema del dinero no conviene ser demasiado rígidos. En alguna ocasión pueden recibir alguna cantidad extra que les permita tener algo con lo que tengan una especial ilusión.

Estas primas pueden venir motivadas por hechos sobresalientes relacionados con hábitos que se quieren potenciar (hacer los trabajos por iniciativa propia, tener un detalle con algún hermano, vecino, amigo sin que se le indique, etc.) De cualquier forma, deben ser cantidades pequeñas. No obstante debemos tener en cuenta que el dinero nunca debe usarse para premiar o castigar, por ejemplo poniendo precio a sus notas.

El dinero según la edad

También hay que plantearse CON QUÉ FRECUENCIA RECIBIRÁN LA PAGA. Una vez por semana es una buena medida entre los 7 a 10 años. El periodo de un mes todavía les queda grande. A esta edad los niños ya comprenden el significado de “caro” y “barato”, aunque el valor de las cosas es algo muy subjetivo relacionado directamente con la importancia que tienen los objetos de consumo en su vida.

José Mª Lahoz afirma que el niño a esta edad, es capaz de descubrir la relación del dinero con el trabajo y con el cuidado de las cosas. Más concretamente aprende que si cuida las cosas que usa, evita gastos innecesarios y podrá dedicar el dinero a otras necesidades; por otro lado, debe aprender que el dinero se obtiene a cambio de trabajo.

A los 9 años ya tienen una idea bastante precisa del valor del dinero pero les falta experiencia y cometen muchos errores.

Muchos niños reciben su primera paga cuando empiezan a ir al colegio. Es un buen momento pues es cuando aprenden a sumar y restar y esto les será muy útil para manejar el dinero.

Debemos dejar que sean ellos mismos quienes administren el dinero, siempre cerciorándonos de lo que compran. Ello nos da ocasión de dialogar y conocerlos mejor. No debemos dar más a media semana si se lo gastan todo de un golpe. Se acostumbrarían a hacer lo mismo y no sabrían administrarse.

Si al principio ocurre que gastan la paga de un golpe o la meten en la alcancía, hay que considerar que están en su derecho. Pero si estos comportamientos llegan a ser la norma, es conveniente que les aconsejemos sobre cómo gastarlo convenientemente.

Tampoco conviene fomentar la avaricia. Hay que educarles para no caer en extremos. Si el niño tiene impulsos generosos (dentro de lo razonable) no lo debemos desanimar ya que la generosidad es una cualidad hermosa que aparece ligada a otras como el afecto y la colaboración.

Pasados los 11, una vez al mes

Anteriormente hemos hablado de la frecuencia semanal para niños de hasta 10 años. Pasados los 11 años conviene que reciban el dinero una vez al mes. Recordemos a los padres que “la paga es un dinero para gastar sin que intervengan los adultos”. Esto significa que no deben usarla para comprar material escolar o ropa. Está pensada para sus gastos extras y los padres deben aceptar con resignación que lo inviertan en horribles monstruos o golosinas de rara identificación. No podemos exigir a un niño que distinga calidad. Su lema es “mucho siempre equivale a mejor” Por supuesto no olvidemos que es necesario “aconsejar y orientar” en su forma de gastar.

En el caso de los adolescentes, tenemos la obligación de enseñarles a administrar, a ser previsores y a valorar sus derechos, obligaciones y privilegios. La paga debe ser incondicional y puntual y siempre evitar tener que pedir dinero. A esta edad, la alcancía se puede sustituir por una libreta de ahorros.

¿Qué cantidad?

Y llegamos a un tema relacionado con la paga que resulta de lo más complicado: LA CANTIDAD. Al fijar una cantidad debemos considerar la situación económica familiar y la opinión de los padres. Aunque nuestra economía sea boyante, la cantidad no debe ser elevada.

No hay que ser tacaños y adecuarla a la edad del niño. Si le damos una cantidad ridícula que no alcance para un chocolate, por ejemplo, puede producir frustración, no le enseñará a administrase y le colocará en situaciones incómodas frente a sus amigos. Y tan malo es quedarse corto como excederse.

Los niños deben aprender a establecer un “orden de prioridades” y dividir al capricho en: “inmediato”, “puede esperar” y “no lo necesito”. De cualquier forma debe ser algo consensuado. Es importante tener en cuenta que nunca se debe dar a los hijos más dinero del acordado, por ejemplo en el caso de cuando se quieren comprar algo y no tienen el dinero suficiente... ¡hay que aprender a esperar y ahorrar!


Cómo fomentar la autonomía en los niños

La autonomía es la base de aprendizaje durante toda la vida. Se fortalece a medida que los niños se van dando cuenta de que la responsabilidad por sus acciones les pertenece a ellos mismos. Pero para ello, es indispensable que padres y educadores se comprometan para educar a los niños en dicho valor. He aquí unas ideas que contribuirán a este logro:

1. Tanto en la casa como en el colegio, los niños necesitan responsabilidades como: Recoger el desorden de su cuarto, vestirse solos, comer solos, llevar el plato a la cocina, empacar el morral del colegio etc.
2. Si su niño se equivoca, hable con él sobre lo que pasó, qué consecuencias debe enfrentar y qué se puede hacer la próxima vez.
3. Ser claros y consecuentes con las reglas que imponemos en el hogar. Los límites deben ser claros y con consecuencias lógicas.
4. Enseñarles a esperar su turno.
5. Estimularlos con comentarios positivos sobre sus logros (por pequeños que sean).
6. Limite los regalos para ocasiones especiales, no para premiar buenos comportamientos.
7. Involúcrelos en la compra y elaboración de la lonchera.
8. Invítelos a participar en la planeación de eventos y paseos familiares.
9. Enséñeles información sobre ellos mismos y su familia: teléfono y dirección del hogar, profesión de papá y mamá etc.
10. Invite a sus amiguitos a casa y deje que vayan a otras casas de visita.
11. Déjelos que se equivoquen, aún en las tareas.
12. Permítales manejar su propio tiempo libre.
13. Limite el tiempo y los programas de TV y converse con ellos sobre lo que ven.
14. Establezca horarios y rutinas claras.
15. Confíe en las capacidades de los niños.
16. Exija una hora de dormir que les proporcione nueve o diez horas de sueño.

¿Que actos de autonomía puede hacer una niño en sus primeros años escolares?

Un niño de 5 años está en capacidad de:

  • Limpiarse después de entrar al baño.
  • Sonarse.
  • Lavarse y secarse las manos.
  • Sentarse correctamente en la mesa.
  • Recoger, organizar y limpiar después de jugar.
  • Empacar el morral para el colegio.
  • Escoger ellos mismos su ropa.
  • Llevar la ropa sucia al lugar destinado para ello.
  • Lavarse los dientes con supervisión.
  • Vestirse y desvestirse sin ayuda.

Un niño de 6 años está en capacidad de:

Además de las anteriores, de:

  • Reconocer sus errores y disculparse.
  • Hacer las tareas sin ayuda (pero con supervisión).
  • Levantar el aro del sanitario (los hombres).
  • Usar los cubiertos y la servilleta al comer.
  • Sentarse a hacer las tareas en el horario establecido sin que se le recuerde.
  • Bañarse y vestirse solo.
  • Peinarse solo.
  • Recordar el número telefónico de su hogar y el de los familiares más allegados.

Un niño de 7 años está en capacidad de:

Además de las anteriores, de:

  • Amarrarse los zapatos.
  • Mantener su habitación limpia y organizada.
  • Dar y traer razones.
  • Dar cuenta de sus cosas.
  • Administrar una mesada semanal.
  • Colaborar con las tareas domésticas.
  • Solucionar sus propios problemas cotidianos explorando distintas estrategias.
  • Memorizar las rutinas domésticas.
  • Levantarse con el despertador y alistarse para el colegio solo.
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20.08.2010 © Corporación CED. Colombia
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