Educar para la vida | Formación de la voluntad

educar para la vida
Formación de la voluntad

Consejos prácticos para la crianza

1. En un corcho que se puede colgar en la cocina o en el pasillo, se pegue una cartulina con el nombre de cada hijo. Cada vez que cada uno realice un acto de orden por su propia iniciativa, se le darán dos puntos positivos. Cuando haya que recordárselo porque se le ha olvidado, y obedezca, solo ganará uno. Si sigue sin ordenar, perderá un punto. Cada diez puntos, el niño tendrá un reconocimiento ya sea elegir la película de video, ir a comer un helado u otro que usted crea apropiado.
2. Siempre es útil ser concretos en las órdenes que se le dan a los hijos, asegurándonos de que el niño sabe con exactitud lo que debe hacer y porqué. Por ejemplo, no se le puede decir: “sé más limpio”, sino “sé limpio y antes de sentarte a comer lávate las manos”. Además es imprescindible que cada exigencia se convierta en un acto que pueda comprobarse fácilmente que ha sido cumplido.
3. Para que el niño (a) se sienta cómodo en el inodoro, es necesario que se quede desnudo (a) de cintura para abajo, de modo que pueda abrir bien las piernas. Sin embargo, déjeles las media o si está descalzo (a) ponga un tapete para que no sienta una sensación desagradable del suelo frío.
4. Una técnica muy sencilla pero eficaz para fomentar la responsabilidad en los niños pequeños es invitarles a contribuir para resolver las dificultades. Si se le pregunta a menudo, qué es lo que haría él o ella para resolver este o aquel problema, se le está dando la oportunidad perfecta para entrenarse en la capacidad de tomar decisiones.
5. Una buena táctica para que el niño no olvide sus obligaciones, es ayudarle a elaborar una tabla con cada una de las áreas que debe realizar a lo largo de varias semanas. Así, cada vez que comience una semana, sabrá que tendrá una tarea nueva.
6. Fomente una comunicación familiar asertiva, es decir, expresando lo que necesitamos, deseamos, creemos, sentimos y pensamos de manera clara, directa, firme, sin agredir, respetando a las otras personas. Los niños se sienten mejor cuando hablan de sus sentimientos. Así no tienen que enfrentar sus miedos sin el apoyo de un referente adulto.
7. Cuando ocurra una rabieta en alguno de los chicos, proceda de la siguiente manera:
  Garantice la seguridad del niño.
  No muestre ansiedad y evite agudizar la crisis mostrando su nerviosismo.
  No responda ante la rabieta y espere a que se le pase.
  No trate de controlar la rabieta hablando, pegando, u obligando al niño de cualquier otra manera a que cambie de actitud. Lo mejor es dejar que la rabieta pase de forma natural pensando que si una conducta no es reforzada tiende a extinguirse.

Lo peor que podemos hacer ante una rabieta es acceder a la solicitud que la ha provocado; es decir, un niño no puede nunca salirse con las suyas utilizando este método. En caso contrario, el niño aprenderá a utilizar este mecanismo cada vez que quiera algo. El niño debe saber que si desea algo debe expresarse con serenidad, negociando las cosas relajadamente, pidiendo las cosas con corrección y aceptando de buena gana una negativa por parte de sus padres.


Responsabilidad, disciplina y orden
por Bernabé Tierno

Los padres no pueden estar siempre detrás del niño o del adolescente para hacerle cumplir las normas. Lo que se ha de lograr, mediante estrategias educativas adecuadas, es que estas normas estén tan arraigadas, que nuestros hijos lleguen a comportarse de una manera responsable también cuando no haya nadie que les indique lo que han de hacer o dejar de hacer.

Padres, maestros y educadores hemos de establecer los lazos de afecto, consideración y respeto esenciales para el ejercicio, tanto de la paternidad como de la docencia. En la medida en que el respeto y el afecto hacia el niño sean una realidad palpable, captará y aceptará las normas disciplinares tanto en casa como en la escuela.

Establecer límites

Para lograr que el niño acceda a comportamientos responsables es imprescindible establecer unos límites muy claros pero razonables que le den seguridad al tiempo que le ofrezcan alguna libertad de elección.

Se ha demostrado experimentalmente que el niño se percata de que sus padres se comportan con firmeza porque les importa, porque le quieren de verdad. El niño conoce muy bien que él no sabe valerse por sí mismo y que necesita esa seguridad de saber que hay alguien encargado de su vida y de su cuidado. Así puede aprender y experimentar con las dificultades que le vayan surgiendo desde una base segura. Es fundamental que el niño, ya desde los primeros años, sepa qué es exactamente lo que se espera de él. Esto le dará seguridad, pero es evidente que esas normas y límites establecidos han de cumplir unos requisitos:

1. Que sean sencillas y simples. Huir de lo complicado.
2. Que sean justas.
3. Que el niño tenga muy claro cuáles van a ser las consecuencias si no las cumple.
4. Que apliquemos las normas de forma coherente y fundamentalmente justa.

Buena conducta

Cualquier niño aprende a comportarse, principalmente de sus padres, hermanos, y demás familiares, así como de sus maestros, compañeros de clase, vecinos, etc. Es decir, que la conducta, buena o mala, se aprende, no se adquiere de manera natural. En realidad, la palabra disciplina significa aprendizaje y constituye el medio más adecuado para que los padres consigan que sus hijos aprendan a comportarse de manera adecuada.

Veamos cómo debe ser la buena disciplina.

1. No tiene objeto prolongar la ansiedad del niño tras cometer una falta; la disciplina debe ser inmediata.
2. El niño se sentirá culpable cuando ha quebrantado una regla, cuando ha hecho algo malo y debe aprender que una conducta errónea o peligrosa tiene sus consecuencias, al menos la que se deriva del castigo. Error cometido y disciplina deben estar unidos para que el niño no pase demasiado tiempo abrumado por las consecuencias de su comportamiento.
3. Además de inmediata, la buena disciplina ha de ser lógica. La coherencia educativa es fundamental para propiciar seguridad al niño y no desconcertarlo constantemente como es el caso de esos padres que en ciertas ocasiones aprueban un determinado comportamiento del niño o les es indiferente, y, en otros casos, reprenden severamente el mismo comportamiento. Esta falta de coherencia enseña al niño a desconfiar de sus padres y de las normas dictadas.
4. Otra característica de la buena disciplina es su firmeza y seguridad, es decir, que inexorablemente tras una determinada falta o error, con toda seguridad se producirá el correspondiente castigo o acto de reflexión e invitación a corregir la mala acción. Los niños que saben por experiencia que las amenazas constantes de sus padres terminan por no cumplirse, no aprenden a ser disciplinados.
5. Se debe poner en práctica en cualquier momento, situación o lugar.
6. Hay padres que se sienten como avergonzados si tienen que corregir una mala acción de sus hijos y se limitan a decir, «en casa hablaremos». No critico este modo de proceder, que casi siempre resulta provechoso, pero me parece más adecuado que se llame al hijo a un rincón de la estancia o se le saque al pasillo mientras pedimos disculpas a nuestros amigos o invitados y le hagamos las reconvenciones y correcciones necesarias... in situ, sin dejarlo para después. Así, tras la falta cometida reflexionará de inmediato.
7. Tiene que ser justa. Si de manera accidental mancha la camisa porque le salpicó un poco de comida al pretender pinchar un trozo de carne, considerará injusta una reprimenda desmesurada, un comentario hiriente como “eres un sucio”, “no consigues estar limpio jamás”. Por el contrario, si ha faltado deliberadamente al colegio o ha pegado a su hermano menor, su propio sentido de la justicia le hará reconocer que merece una buena reprimenda.
8. Ha de ser positiva, es decir, que ofrezca alternativas, soluciones, apoyos, de manera que fortalezca el entendimiento, el diálogo y los vínculos afectivos entre los padres y los hijos. En ningún caso es positivo humillar al hijo, hacerle sentirse como un ser despreciable o que es incapaz de hacer nada bien, porque las insultantes y despreciativas palabras del adulto se convertirán en profecía que llegará a cumplirse, al reducir al mínimo su autoestima y el sentimiento de valía y de competencia.
9. La intensidad debe estar regulada y adaptada al desarrollo evolutivo del niño, a su personalidad y a su grado de sensibilidad. Un niño introvertido, muy sensible y poco seguro de si mismo no soportaría una grave reprimenda sin padecer un considerable daño psicológico. Sin embargo, otro niño, seguro de sí, abierto y de fuerte personalidad recibiría provechosamente una buena reprimenda merecida, sin sufrir daño alguno.
10. Finalmente, toda buena disciplina ha de conseguir su propósito que es enseñar una buena conducta.

Actuar con coherencia

Educamos a nuestros hijos para la libertad, pero la verdadera libertad sólo se consigue cuando uno es responsable de sus actos, «se hace cargo” de sí mismo y es capaz de vivir con independencia y autonomía. El orden y la coherencia en la conducta, sólo se adquieren tras un largo período de ejercicio y entrenamiento en comportamientos responsables y disciplinados. Dejar a los hijos hacer su voluntad y capricho sin marcar unos límites ni establecer unas normas que les den seguridad, les convierte en seres irresponsables o inmaduros, incapaces de encontrarse a sí mismos y de encontrar un puesto en la sociedad, al carecer del necesario orden interno.


La disciplina
Por la Academia Americana de Psiquiatría del Niño y del Adolescente

Los niños no siempre hacen lo que los padres quieren. Cuando el niño se comporta mal, el padre tiene que decidir cómo va a responder. Todos los niños necesitan reglas y expectativas para ayudarlos a aprender el comportamiento apropiado. ¿Cómo le enseña un padre a su niño las reglas y qué deben de hacer los padres cuando las reglas se rompen?

Los padres deben de comenzar hablando entre sí acerca de cómo ellos quieren manejar la disciplina y establecer las reglas. Es importante que se vea la disciplina como enseñanza y no como castigo. El aprender a seguir las reglas mantiene al niño seguro y lo ayuda a él/ella a aprender la diferencia entre lo que es correcto o incorrecto.

Una vez que se establecen las reglas, los padres deben de explicarle al niño las consecuencias de romper las reglas. Por ejemplo: Estas son las reglas, si tú sigues las reglas esto es lo que sucede y si tú rompes la regla, esto es lo que sucede. Los padres y los niños deben decidir juntos cuáles van a ser los premios y las consecuencias.

Los padres siempre deben de reconocer y ofrecer refuerzo positivo y apoyo cuando el niño sigue las reglas. Los padres tienen también que aplicar la consecuencia apropiada cuando el niño rompe una regla. La consistencia y el ser predecible son las bases de la disciplina y el halago es el mayor refuerzo para el aprendizaje.

Enseñe consecuencias

Los niños aprenden con la experiencia. Tener consecuencias lógicas para el mal comportamiento ayuda a que ellos aprendan a ser responsables de sus acciones sin afectar su autoestima. Si los niños se pelean por la televisión, la computadora o un juego de video, apágueselo. Si un niño vira la leche en la mesa de comer mientras está jugando con ella, haga que el niño la limpie. Un adolescente que se acuesta muy tarde puede sufrir las consecuencias naturales de estar cansado al día siguiente.

Otro tipo de consecuencia que puede ser efectiva es la suspensión o dilación de un privilegio. Si el niño rompe la regla acerca de dónde puede ir en su bicicleta, quítele la bicicleta por unos días. Cuando un niño no hace sus tareas, a él o ella no se le permite hacer algo especial, como quedarse la noche con un amigo o alquilar un video.

Hay diferentes estilos o formas de abordar el ser padres. Las investigaciones indican que los padres efectivos crían hijos bien ajustados que son más auto-dependientes, auto-controlados y positivamente curiosos que aquellos niños criados por padres que castigan, son demasiado estrictos (autoritarios) o que les permiten todo.

Padres efectivos

Los padres efectivos operan bajo la creencia de que tanto los niños como los padres tienen ciertos derechos y que las necesidades de ambos son importantes. Los padres efectivos no necesitan hacer uso de la fuerza física para disciplinar al niño, pero son los que establecen reglas claras y les explican porqué esas reglas son importantes. Los padres efectivos razonan con sus niños y consideran los puntos de vista de los jóvenes aunque no estén de acuerdo con ellos.

Tipos de disciplina efectiva:

  • Confíen en que su niño va a hacer lo correcto dentro de los límites de su edad y nivel de desarrollo.
  • Asegúrese de que lo que usted le pida sea razonable.
  • Hable con su niño como usted desearía que alguien le hablase usted si lo estuviese regañando a usted. No recurra a ponerle nombres, gritarle o faltarle el respeto.
  • Sea claro sobre lo que usted quiere decir. Sea firme y específico.
  • Sea usted un modelo positivo de comportamiento. "Haz lo que yo digo, no lo que yo hago" muy pocas veces resulta.
  • Permita la negociación y flexibilidad; ello puede ayudar a establecer las destrezas sociales en su niño.
  • Permita que su niño experimente las consecuencias de su comportamiento.
  • Cuando sea posible, las consecuencias deben llevarse a cabo de inmediato, deben estar relacionadas con el romper la regla y deben ser de poca duración para que usted pueda moverse a enfatizar los positivos de nuevo.
  • Las consecuencias deben de ser justas, y apropiadas a la situación y la edad del niño.

Las clases para enseñar y entrenar a cómo ser padres pueden ser de ayuda para aprender a ser un padre efectivo. Si los padres tienen serias preocupaciones acerca de problemas continuos relacionados con el comportamiento de su niño, el consultar con un siquiatra de niños y adolescentes o con cualquier otro profesional de la salud mental cualificado puede servir de ayuda.


Formar voluntad en los hijos

La voluntad es la potencia del alma que nos mueve a hacer o no una cosa. Es la facultad de la persona, en la cual el individuo cumple lo que se ha propuesto sin dejarse llevar por lo que le gusta o disgusta.

La educación de la voluntad comienza desde los primeros años de vida, cuando las primeras necesidades del niño se manifiestan: como darle alimento, dormirlo, asearlo, etc. Si estas se van satisfaciendo en orden y a sus horas determinadas, se formarán hábitos que ahorran muchos problemas a futuro. Más tarde, al interesarnos por sus tareas escolares, insistir en que tengan una hora fija para hacerlas, que terminen algún trabajo que empezaron, que guarden sus cosas en el lugar apropiado y en general, que tengan y cumplan responsabilidades que se les han asignado de acuerdo a su edad, estamos formando y fortaleciendo su voluntad.

Conceptos básicos de la voluntad

La formación de hábitos: se hace más difícil cuando los niños son pequeños y actúan más por instinto que por razón; posteriormente requiere de un ambiente de orden, de trabajo y de esfuerzo que no se rompe por cualquier pretexto, pero siempre dentro de un entorno de cariño que lo haga diferente a una disciplina militar.

Los estímulos: Juegan un papel muy importante en el fortalecimiento de la voluntad. Todos necesitamos de ellos, sin embargo debemos tener presente que al emplear determinado tipo de estímulo, estamos también creando una escala de valores correcta o equivocada. En la primera infancia, los estímulos son puramente materiales (un dulce, un juguete, dinero), pero es muy importante que al crecer el niño los estímulos también evolucionen hacia otros motivos más altos, como sentir la satisfacción del deber cumplido, el valor del trabajo como un servicio a los demás, una simple palabra de aprecio, etc. De esta forma, la escala de valores se definirá correctamente.

El ejemplo y testimonio de los padres: Juega un papel muy importante también, ya que a través de él, los hijos pueden aprender el amor al trabajo bien hecho, el desprecio por la vida fácil y cómoda, acostumbrarse a sortear las dificultades, el valor del sacrificio, y la alegría de una meta alcanzada.

El dominio de los instintos: Es un punto muy importante en la formación y ejercicio de la voluntad. Los hijos deben entender que aquel que es dominado por los instintos se reduce al nivel del animal y por eso hay que tener un pleno dominio de ellos.

El dominio y encauzamiento de los sentimientos: Es otro punto muy importante en esta labor, donde debemos enseñar a que el tímido se exprese, el impetuoso se frene, el eufórico se modere, el pesimista se sensibilice. El dominio se enseña sin gritos, violencia, llanto etc.

Cómo formar voluntad en los hijos

  • Querer y buscar siempre el bien. Fomentar en los hijos la caridad y el espíritu de servicio. Querer alcanzar metas altas.
  • Formar en la voluntad implica formar en la renuncia. Querer un bien supone renunciar a otro. Renunciar al capricho por el deber. Renunciar a mis propios planes por los de la familia. Renunciar al cansancio y al pesimismo por la exigencia y el ejemplo. Renunciar a las comodidades por la austeridad. Renunciar a lo que obstaculiza la razón.
  • Ser firme y no retractarse fácilmente de los acuerdos tomados. "Obra comenzada, obra terminada". No dejar para mañana lo que se puede hacer hoy.
  • Poner atención a los detalles, aunque parezcan insignificantes (dejar el cepillo del pelo en su lugar, apagar la luz al salir de la habitación, cerrar la llave de agua cuando no la estemos usando, poner la ropa sucia en el cesto), un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar.
  • Obrar con un método en lugar de improvisar. Cuidar el orden y la puntualidad. Llevar una agenda y ver cómo rinde el tiempo. Ser cumplido con nuestros compromisos.

Señales de peligro en el hogar

Hay síntomas que nos pueden alertar sobre problemas serios con relación a la falta de una correcta formación de la voluntad en nuestros hijos y al ejercicio y fortalecimiento de la voluntad en nosotros mismos. A continuación algunos de ellos:

  • Los padres se rinden con facilidad y habitualmente a los deseos y "apetencias" de sus hijos. A menudo permiten lo que no aprueban.
  • Los niños muestran una baja tolerancia a las molestias e incomodidades. Se quejan constantemente por situaciones que se presentan y no se pueden satisfacer inmediatamente: retrasos, malestar físico, hambre, sed, cansancio, etc.
  • Los niños no se comportan de manera educada. Faltan al respeto a sus padres y a otras personas con las que se relacionan, como profesores, amigos de sus padres, empleadas domésticas, etc. Las palabras "por favor" y "gracias" no forman parte de su vocabulario habitual.
  • Los hijos ven en los padres ejemplo de pereza, negligencia, comodidad y apatía.
  • Los padres hacen los mínimos sacrificios que conlleva la práctica de la religión. Fácilmente faltan a misa y cuando acuden lo hacen "por cumplir". Ponen poca atención y no exigen a sus hijos respeto por la casa de Dios.
  • El padre no es una figura con fuerza moral en la casa. Delega los asuntos de "niños" y de la "educación" a su mujer. Los niños casi no lo ven y cuando está en la casa se ocupa de otras actividades.
  • El padre y la madre no muestran respeto uno por el otro. Se critican, discuten y hacen burlas frente a sus hijos.
  • Los hijos creen y sienten que se merecen todo, casi nunca han de esperar para conseguir algo y mucho menos tienen que ganárselo.
  • Los hijos no saben ni se les deja enfrentar con sus fuerzas a los problemas y atenerse a las consecuencias. Carecen de seguridad y evitan las responsabilidades.
  • No existen reglas claras en el hogar (límites, horarios, disciplina, etc.)

Fuente: Catholic.net
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=3229
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=2744


El valor del esfuerzo en la formación de la persona
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

Hoy día oímos hablar mucho del esfuerzo, de la necesidad de esforzarse para conseguir algo en la vida. Sin embargo, la sociedad del bienestar y el consumo nos está vendiendo la idea contraria a la necesidad de esfuerzo.

Parece que la comodidad y el confort se pueden alcanzar sin trabajo e incluso que estén reñidos con él. Esta idea supone un costo que afecta de forma especial a los niños y jóvenes. Observamos que los niños presentan una incapacidad alarmante (a nuestro juicio) para soportar esfuerzos. Incapacidad que supone consecuencias muy negativas para la persona como sentimientos de impotencia y conformismo; la no valoración de las cosas y, consecuentemente, la incapacidad de disfrutar de ellas y falta de entusiasmo.

Estos factores pueden desembocar en conductas de riesgo como el consumo de sustancias asociadas a la obtención de placer fácil o bien para poder soportar el esfuerzo que supone la realización de determinadas actividades: ir de marcha sin cansarse, comer sin engordar, etc.

Lo que pretendemos en este artículo es analizar someramente qué entendemos por esfuerzo, cuáles son las variables humanas que están íntimamente unidas al esfuerzo (la disciplina, la motivación, el valor del trabajo bien hecho, etc.)

7 a 12 años, momento decisivo

Una tarea urgente para hacer de los niños personas que sepan afrontar las dificultades, consiste en enseñarles el VALOR DEL ESFUERZO, la necesidad de una fuerza de voluntad fuerte. Entre los 7 y los 12 años (periodo conocido como preadolescencia) los individuos se encuentran en un momento decisivo de su vida. Es la etapa en la que hay que comenzar a desarrollar las principales virtudes. Es el momento de educarles en la generosidad, ayudarles a ser trabajadores, sinceros... Y, por supuesto, es cuando se da el impulse de salida para crear en ellos la capacidad de esfuerzo.

Hay que luchar y evitar la formación de una personalidad débil, caprichosa e inconstante, propia de personas incapaces de ponerse metas concretas y cumplirlas. Al no haber luchado ni haberse esforzado a menudo en cosas pequeñas, tienen el peligro de convertirse en no aptos para cualquier tarea seria y ardua en el futuro. Y, la vida está llena de este tipo de tareas.

La respuesta está en ofrecer siempre ayuda, cada día más, para adquirir unas capacidades muy importantes para poder enfrentarse a la vida:

La voluntad para la lucha, la capacidad de sacrificio y el afán de superación. Si no se consiguen, se cae en la mediocridad, el desorden, la dejadez... Por eso, no es de extrañar que hayan llamado a la fuerza de voluntad la facultad de la victoria.

Para poder inculcar en sus hijos el valor del esfuerzo y una educación basada en el mismo, es necesario tener en cuenta unos criterios generales; veámoslos.

Criterios para fomentar en los niños el valor del esfuerzo:

  • El ejemplo por parte de los adultos tiene una gran importancia, especialmente el de los padres. Los chicos necesitan motivos valiosos por los que valga la pena esforzarse y contrariar los gustos cuando sea necesario. Hay que presentar el esfuerzo como algo positivo y necesario para conseguir la meta propuesta: lo natural es esforzarse, la vida es lucha.
  • Es necesario cierta exigencia por parte de los adultos. Con los años, es lo deseable, se transformará en autoexigencia. Hay que plantear metas a corto plazo, concretas, diarias, que los adultos puedan controlar fácilmente: ponerse a estudiar a hora fija, dejar la ropa doblada por la noche, acabar lo que se comienza, etc.
  • Las tareas que se propongan a los niños han de suponer cierto esfuerzo, adaptado a las posibilidades de cada uno. Que los chicos se ganen lo que quieren conseguir. Las tareas tendrán una dificultad graduada y progresiva, según vayan madurando. Conseguir metas difíciles por sí mismos, gracias al propio esfuerzo, les hace sentirse útiles, contentos y seguros.
  • Muchas veces el fracaso será más eficaz que el éxito en la búsqueda de una voluntad fuerte. Y es que a nuestro entender, son dos los conceptos claves para la promoción del esfuerzo: voluntad y motivación.

La VOLUNTAD se puede trabajar y entrenar día a día con el fin de automatizar los comportamientos y así, disminuir la sensación de esfuerzo. La paciencia es el soporte esencial de la voluntad y si el adulto no es capaz de tenerla, mal va a poder enseñarla al niño.

No hay esfuerzo si no hay motivo. Sin MOTIVACIÓN es imposible que alguien luche por una meta. Sin una meta, sin un objetivo… no existe el movimiento.

Será de la motivación de donde surja la disposición para el esfuerzo. Detrás de cada actividad que realizamos siempre hay una motivación que actúa como el motor que nos va a permitir realizar el esfuerzo necesario para alcanzar las metas.

Por tanto, es básico conocer, aplicar y generar las motivaciones que impulsan al niño, para lo que se deberá conocer y escuchar a los hijos, entrenándoles en la capacidad de motivarse a sí mismos. Esperar la suerte, la lotería, ser “elegido”… son respuestas pasivas que no implican apenas esfuerzo. No hay esfuerzo cuando se tiene todo lo que se desea, no hay esfuerzo cuando antes de abrir la boca se tiene una necesidad cubierta.

Enemigos del esfuerzo

La capacidad de esfuerzo está en cada uno de los individuos, pero es fácilmente desviable hacia derroteros distintos de la correcta conducta, cuando se ven bombardeados por otras expectativas de vida, el éxito fácil de algunos ídolos, la precariedad del empleo, el nulo esfuerzo para alcanzar otras metas más elementales…

Cuando los niños son pequeños, las motivaciones vendrán dadas por las recompensas externas, la valoración social y la atracción de la actividad asociada al juego (motivación extrínseca). Poco a poco se les irá enseñando a desarrollar motivaciones relacionadas con la experiencia del orgullo que sigue al éxito conseguido y al placer que conlleva la realización de la tarea en sí misma (motivación intrínseca).

La motivación intrínseca es aquella que permite hacer algo porque se está interesado directamente en hacerlo y no por otra razón. Contamos con algunos recursos para desarrollar la motivación intrínseca: desde el campo intelectual, curiosidad y desafío, y desde el emocional, el placer y autoconocimiento.

La combinación de voluntad y motivación necesita ser “regada” por una abundante dosis de alegría, ilusión, cariño y ejemplo.

Importancia de la disciplina

Un buen medio para fortalecer la voluntad consiste en seguir una DISCIPLINA y una exigencia. Por ejemplo, ateniéndose a unas normas de convivencia en casa, en el colegio... Por eso son convenientes los juegos y deportes: en ellos deberán observar unas reglas elementales que les creen hábitos de disciplina: horarios de entrenamiento, obedecer al entrenador, cuidar de su material, etc.

Al hacer vivir esta disciplina hay que tener en cuenta el modo de ser, la edad y las posibilidades de cada uno de los hijos, respetando su personalidad y sabiendo conjugar la exigencia y la firmeza, con el cariño y la comprensión.

En un mundo desordenado, la disciplina externa es necesaria e incluso esencial. Debemos recordar que los niños no tienen la capacidad suficiente para conducirse por sí mismos.

En determinados momentos de la vida, los padres y profesores se ven obligados a poner límites a la conducta, a establecer algunas reglas externas y con el tiempo, entregan a los niños y jóvenes la responsabilidad de conducirse por sí mismos de manera adecuada.

El valor de la obediencia

Es importantísimo que los niños lleguen a comprender el valor de la OBEDIENCIA. Haciendo caso a los adultos, los chicos actúan con un objetivo concreto y preciso en vez de seguir los impulsos de las propias ganas o apetencias. Obedeciendo encauzan sus energías y capacidades lo que les ayudará a construir una personalidad fuerte y definida. Pero para que haya obediencia ha de existir autoridad efectiva de los adultos: no hay que tener miedo a exigir.

Contar con un horario les ayudará a desarrollar su CAPACIDAD DE AUTOEXIGENCIA. Es bueno que los chicos cumplan un plan. Si desde pequeños se acostumbran a hacer en cada momento lo que deben y no lo que les apetece, habremos avanzado decididamente hacia una voluntad fuerte. Dentro del horario tiene una particular importancia la puntualidad en el comienzo de las tareas.

La exigencia es generadora de una mayor motivación, y ésta, a su vez, conduce a los niños a implicarse y a esforzarse con mayor intensidad en sus tareas cuando son portadoras de sentido. La simple imposición de una exigencia y el miedo a las eventuales consecuencias negativas de su incumplimiento no conducen, en la mayoría de los casos, a una mayor motivación por la realización de las tareas y los aprendizajes ni incrementan la disposición de la persona a esforzarse.

Las personas se esfuerzan en la realización de una tarea o actividad cuando entienden sus propósitos y finalidades, cuando les parece atractiva, cuando sienten que responde a sus necesidades e intereses, cuando pueden participar activamente en su planificación y desarrollo, cuando se perciben como Competentes para abordarla, cuando se sienten cognitiva y afectivamente implicados y comprometiéndose en su desarrollo, cuando pueden atribuirle un sentido.

El DOMINIO DE SÍ MISMO es otra buena escuela para el fortalecimiento de la voluntad. El autodominio consiste en controlar los impulsos espontáneos que no vengan a cuento: levantarse mientras se estudia, gritar, lanzarse a por su comida preferida, incluso antes de que se ponga el plato encima de la mesa... Poco a poco, chicos y chicas deben controlarse y, en concreto:

  • Vencer el mal humor.
  • Saber acabar todos los proyectos que han empezado.
  • Dominar la impaciencia.

El vencimiento habitual en estas cosas, aparentemente menudas, va creando hábitos de autodominio, de renuncia. A veces convendrá renunciar a cosas buenas para robustecer esta fuerza de voluntad e ir alcanzando la madurez: no salir hasta que se haga la tarea; estudiar para luego poder ver la televisión, etc. Otras veces, interesará crear las ocasiones: preparar una excursión en la que se ande mucho, preparar una actividad no especialmente del agrado de los hijos...

No acepte la mediocridad

Sin duda alguna, no hay medio más efectivo para desarrollar la fuerza de voluntad que el trabajo; pero el TRABAJO BIEN HECHO. Una persona que desde pequeña se acostumbra a trabajar esforzadamente, no se dejará llevar por la ley del capricho y el antojo. Para ello, debemos exigir realizar sus actividades con perfección. Que terminen bien las cosas, y no se acostumbren a hacer las cosas de cualquier manera, o a dejar sus tareas a medio hacer.

En conclusión: la obra bien hecha, el trabajo bien acabado, es un fundamento seguro para educar una voluntad fuerte. Para que el trabajo cumpla su función educativa, ha de ser realizado con la mayor perfección de que es capaz la persona en cada momento.

Lo fundamental está en llegar a transmitir a las familias que la capacidad de esfuerzo no viene de nacimiento; que precisa de un entrenamiento basado en la creación de hábitos firmes, a través del orden y la constancia desde los primeros momentos de la vida del niño; que es necesario promover en sus hijos motivos suficientes que les hagan sentir que merece la pena el esfuerzo realizado. Baste a continuación, algunas ESTRATEGIAS CONCRETAS QUE AYUDAN A DESARROLLAR EL ESFUERZO EN LOS NIÑOS.

1. Evitar adjudicarse el papel de “esclavos” de los hijos. Desde pequeños han de ir asumiendo sus responsabilidades por básicas que sean.
2. Ayudarles a ser autosuficientes.
3. Enseñarles a calibrar adecuadamente el coste de las demandas que conlleva la sociedad de consumo y a ser críticos con las necesidades que genera.
4. Aprovechar cualquier momento para destacar explícitamente el esfuerzo que hay detrás de los logros.
5. Inculcarles que no todo es de usar y tirar.
6. Acostumbrarles a que adquieran compromisos y exigirles su cumplimiento, enseñándoles previamente a establecerse metas realistas.
7. Enseñarles con nuestro propio comportamiento, a superar con humor las situaciones frustrantes.
8. Entrenarles para poder tomar sus propias decisiones, desde ir al cine o al parque hasta decidir sus estudios. Enseñarles a asumir las consecuencias de esas decisiones.
9. Promover su generosidad procurando que compartan, regalen y participen en actos solidarios.
10. Ayudarles a controlar sus impulsos para que sean capaces de demorar las gratificaciones y tolerar la frustración. Para ello es importante: no ceder en seguida a sus caprichos; anticiparles los momentos gratificantes; hablar con ellos sobre el futuro y favorecer que se tracen algún pequeño proyecto a medio-largo plazo; favorecer la realización de colecciones o cualquier afición que suponga esfuerzo y perseverancia; dosificar los regalos, asociarlos a algún éxito propio; no permitir que dejen las cosas sin acabar; mostrarse pacientes y constantes con ellos.

Por último y como conclusión, decir que para educar al individuo en el esfuerzo, podemos proponer una serie de objetivos concretos, a corto plazo, que podamos controlar diariamente. La fuerza de voluntad se forja en cumplir habitualmente todo lo que hay que hacer, aunque no apetezca. Así, una semana podemos decirle que se esfuerce por acabar siempre su tarea; otra, que asista puntualmente a clase, etc.


Educar la voluntad de los hijos
Por Mª. Ángeles Pérez Montero y Francisco Javier Rodríguez Laguia

La palabra voluntad procede del latín voluntas-atis, que significa querer. Por tanto, la voluntad es una facultad superior en la persona que nos lleva a querer algo, es decir, es un acto intencional, de inclinarse o dirigirse hacia algo.

La voluntad es la capacidad suprema pues es la que tiene la última palabra sobre nuestras acciones, ya que la inteligencia informa de posibilidades pero la voluntad decide qué es lo que va a hacer la persona.

Decimos que un acto es voluntario en la medida que está realizado con conocimiento de lo que hacemos y con libertad. La mayor parte de las acciones humanas son voluntarias, en cuanto que sé lo que estoy haciendo y además soy libre para hacerlo. Al contrario, cuando faltan esas dos características, se habla entonces de los actos del hombre, como pueden ser la circulación sanguínea, la dormición, etc.

En el proceso del acto voluntario se dan las fases siguientes:

a) Plantearse un fin a alcanzar

La conducta se mueve por metas, por fines que me propongo y que trato de conseguir mediante acciones más o menos fáciles o difíciles. Los fines es lo primero que se da en la intención aunque sea lo último en conseguirlo.

La facultad que actúa en esta fase de proponerme fines, es la inteligencia que indica las metas a alcanzar. Esta meta puede ser más o menos clara, sin que tenga interferencias mi inteligencia para decidir. Ahora bien, en cuanto que la persona es un todo unitario de inteligencia, sentimientos, pasiones, etc., sucede que lo afectivo "obligue" a la inteligencia a proponerse objetivos claramente pasionales. Son las "razones del corazón" que la inteligencia no llega a comprender.

b) Deliberación de los medios para conseguir el fin

En esta fase la voluntad trata de encontrar qué medios o estrategias pongo en marcha entre los que dispongo o conozco para tratar de conseguir el fin que me he marcado.

Cuanta más información, datos, cultura tenga la inteligencia, más medios encontraré para conseguir la meta que me he propuesto. Es una fase de acopio de medios para un fin, por tanto, cuanto más medios se me ocurran, más posibilidades tengo para elegir los más idóneos para la meta que me he propuesto, y en consecuencia más libre seré en las decisiones que tome.

c) Decisión

Es el acto propio de la voluntad, es cuando elijo y quiero unos medios concretos para conseguir la meta que me he marcado. Elegir unos medios conlleva que hay otros que he tenido que dejar de lado, por no ser idóneos para la meta que me he marcado.

La inteligencia, las tendencias humanas descubren metas a realizar, a conseguir, la decisión las concreta, y mediante la ejecución, aquello se hace operativo. Por eso, la voluntad consiste en preferir, en escoger una posibilidad entre otras y llevarla a término.

d) Ejecución

Una vez que he decidido, el último paso en el acto voluntario es la realización de lo decidido, a pesar de las dificultades que se me puedan presentar. Este momento es el que requiere de la persona recursos de acción mayores para llevar a la práctica, lo que entiende que debe de hacer. Es también en este momento cuando puedo notar las dificultades, obstáculos que se me interponen y que me dificultan enormemente la consecución de la meta.

La falta o carencia de voluntad se llama abulia o nolición que significa no querer. La abulia se presenta en cada una de las fases anteriores o en varias de ellas, así se puede hablar de abulia de metas o fines, abulia de deliberación, cuando no termina el proceso deliberativo. Abulia de decisión, cuando no decide, por estar dándole vueltas a las cosas, que si sí, que si no. Abulia de ejecución, cuando no realiza lo decidido.

Hay que aclarar la distinción entre desear y querer, el deseo se manifiesta en el plano emocional, afectivo, sentimental, que con relativa facilidad aparece y desaparece. El querer se manifiesta en el plano de la voluntad y ha mediado el proceso enunciado anteriormente, tiene estabilidad y determinación.

El deseo se da con más frecuencia en el adolescente y no se traduce, ni conduce a casi nada. El querer es propio de la madurez y tiene capacidad de conducir a la meta mediante los ejercicios específicos que se proyectan en la dirección marcada.

Clases de voluntad

Podemos apuntar varias clases de voluntad:

Según la determinación que muestra:

a) Voluntad inicial: Es la voluntad capaz de romper la inercia y poner en marcha a la persona hacia el objetivo que aparece ante ella, hay que decir que si no hay constancia vale de poco, pues cuando surjan las dificultades abandonará de inmediato.

b) Voluntad perseverante: En ella intervienen elementos como el tesón, el empeño y la firmeza, y se va robusteciendo a medida que esos esfuerzos se repiten. Con una voluntad así se puede llegar a cualquier propósito.

c) Voluntad capaz de superar las frustraciones: La frustración es el obstáculo que aparece entre mí y las metas a conseguir, que deja en mí una sensación de fracaso. La frustración es necesaria para la maduración de la personalidad, el hombre fuerte se crece ante las dificultades, que son superadas a base de volver a empezar.

d) Voluntad para terminar bien la tarea comenzada: No se trata de empezar una tarea con buen ánimo, sino se trata de poner las últimas piedras de lo que se comienza y hacerlo bien, ello exige un entrenamiento diario.

Según el móvil que tenga nuestra voluntad:

Consecución de metas relacionadas con el aspecto físico. Cuando es capaz de movilizar las energías por la consecución de cualquier meta corporal, física, pensemos en las dietas modernas de adelgazamiento, que llevan consigo un enorme sacrificio en la comida. El deporte en tantas facetas, la estética corporal, etc.
Consecución de metas de ámbito social. Por medio de este móvil se pueden conseguir habilidades en la comunicación interpersonal, vencer la timidez o la dificultad de expresarse en público, etc.
Consecución de metas de ámbito académico y cultural. La capacitación profesional eficiente, es uno de los móviles más fuertes en nuestra sociedad competitiva. La cultura hace al hombre más libre y con más criterio. Ser culto es ser rico por dentro, tener más claves para interpretar de forma correcta la vida humana.
Consecución de metas referentes al prestigio y ámbito económico. En la sociedad de consumo necesitamos de dinero para tener cosas, es el ídolo al que hoy se le rinde adoración. Plantea el dilema del ser o tener. Por otra parte, el prestigio, la valía que tenemos ante los demás, es otro móvil importante.
Consecución de metas espirituales. Busca los valores naturales y sobrenaturales. La necesidad de llenar el vacío interior, la búsqueda de la trascendencia que va más allá de lo material.

Según la meta requerida:

  • Voluntad inmediata. Cuando la consecución del fin propuesto, requiere un ejercicio de inmediato de la voluntad, para poder alcanzar la meta a corto plazo.
  • Voluntad a medio plazo. Cuando la consecución del fin que se ha propuesto, requiere el ejercicio de la voluntad durante semanas o meses para poder alcanzar la meta.
  • Voluntad a largo plazo. Cuando la consecución del fin que se ha propuesto, requiere el ejercicio de la voluntad durante bastante tiempo años para alcanzar la meta. Es quien ha aprendido a esperar, y a sembrar.

Criterios en la educación de la voluntad

Aclaremos de entrada lo que implica educar:

Educar es ayudar a alguien para que se desarrolle de la mejor manera posible en los diversos aspectos que tiene la naturaleza humana.

Educar es instruir, formar, pulir y limar el interior de la persona para que se vuelva más armónica y sea capaz de gobernarse a si misma.

La mejor educación pretende sacar de si mismo lo mejor que tiene. Sacar la obra de arte escultórica del bloque de mármol bruto que somos cada uno al nacer.

Enrique Rojas en un artículo publicado en un diario sobre la educación de la voluntad, propone los siguientes criterios o reglas:

1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual.

Este aprendizaje se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence, lucha y cae, y vuelve a empezar. La repetición de actos es lo que se entiende por hábitos. La gran ventaja que tienen, es que reducen considerablemente el coste de esfuerzo para la persona cuando realiza actividades a las que está habituado, sin ellos realizar la misma tarea supone más esfuerzo.

Por ello, uno de los objetivos que tiene la educación especialmente en los primeros niveles es crear hábitos, por lo que implica de cimentación para construcción posterior del edificio educativo. Hay que adquirir hábitos positivos mediante la repetición de conductas de forma deportiva y alegre.

En las primeras etapas evolutivas es donde hay que prestar una especial importancia a la adquisición de los hábitos en los diversos campos: aseo, orden, urbanidad... Posiblemente costará esfuerzo, puesto que la voluntad está aún en estado primario, sin dominar, pero el resultado lo notaremos de inmediato, ya que estamos poniendo las bases del edificio educativo.

2. Para tener voluntad hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos, los estímulos y las inclinaciones inmediatas.

La educación de la voluntad tiene un trasfondo ascético, de lucha, de superación sobre todo cuando se empieza. Hay que tener espíritu deportivo para un día y otro realizar lo mismo, hasta habituarnos y por tanto, hacer las cosas con menor esfuerzo. Este es el gran beneficio de la voluntad educada y liberadora. Liberación no es hacer lo que uno quiere o seguir los dictados inmediatos de lo que deseamos, sino vencerse en las cosas pequeñas diarias para alcanzar las mejores cimas de propio desarrollo.

La supresión de obligaciones y de constricciones exteriores, el dejarse llevar por los estímulos del momento.... pueden proporcionar cierta tranquilidad de momento, pero muy pronto deja al descubierto las carencias de esa personalidad. Lo explica el texto de Nietzsche: "No te pregunto de qué eres libre, te pregunto para qué eres libre".

La tarea de los padres es hacer atractiva la responsabilidad, el deber y las exigencias concretas, para que no sea algo tedioso.

3. Tener objetivos claros, precisos, bien delimitados y estables.

Saber qué es lo que quiero. Cuando esto es así, se ponen todas las fuerzas en ir adelante, los resultados positivos están a la vuelta de la esquina. Por eso produce sensación de plenitud aplicarse a las metas que me he propuesto, siendo capaz de apartar todo lo que pueda distraernos o alejarnos de las metas. Querer es pretender algo concreto y renunciar a todo lo que distraiga y desvíe de los objetivos trazados.

Una meta cuanto más clara está a alcanzar para mí, más capacidad tiene de remover todas las energías y de superar todos los obstáculos hasta su consecución. Podemos decir que la fuerza de voluntad está en razón directa de la claridad de metas que tenga. Nos sucede como al automovilista que va por la carretera y de pronto pasa por un banco de niebla, la respuesta inmediata es reducir la velocidad porque no ve lo que tiene por delante. A nosotros nos sucede lo mismo, reducimos nuestra fuerza de voluntad porque no vemos lo que tenemos por delante.

4. La educación de la voluntad es un proceso de entrenamiento, especialmente en sus comienzos.

El desarrollo de cualquiera de las capacidades implica siempre un entrenamiento. Recibimos al nacer potencialidades pero éstas se desarrollan en la medida que nos entrenamos, que practicamos, y así poco a poco somos más eficiente en aquello.

La voluntad no es una excepción a esta regla general de las facultades o capacidades, por eso en los comienzos es cuando exige esfuerzo la repetición de los actos para afianzar la voluntad. Luego también seguirá costando pero menos, porque empieza a generarse un hábito que constituye un germen de la voluntad, ya va estando afianzada, ya va echando raíces.

El entrenamiento se ha de realizar tanto en el ambiente familiar como en el escolar. De ahí la conveniencia que exista una colaboración entre la familia y centro educativo.

5. Los instrumentos de la voluntad son: el orden, la tenacidad, la disciplina, la alegría y la mirada puesta en la meta.

La voluntad para su desarrollo y crecimiento necesita de un hábitat que es el cortejo de valores que la acompañan y posibilitan su afianzamiento. Uno primero, es el orden, en los diversos planos, es decir, en la jerarquía de valores, orden en lo que tengo que hacer, orden para ponerme a estudiar en el momento previsto...

Tenacidad como el valor que me hace perseverar a pesar de las dificultades, de las caídas, de las omisiones....Es el volver siempre a empezar, a no conformarse, a no quedarme en la cuneta con lamentaciones estériles.

El valor de disciplina para saber qué es lo que tengo que hacer y hacerlo, al margen de mis estados de ánimo, de mis ganas.

La alegría porque la autoexigencia puede resultar tediosa, dura. Necesito de la alegría como del aceite lubricante para que los roces y asperezas que conlleva el entrenamiento de la voluntad, sea asequible y atractivo a la persona.

6. Adecuación entre fines y medios, entre mis capacidades y las metas que me he marcado.

Ha de existir proporcionalidad, adecuación entre los fines y medios para conseguirlos, entre mis capacidades y las metas que me propongo. El desajuste entre ellos es una fuente de frustración y fracaso, con el efecto paralizante que ello tiene.

Adecuar esos binomios precisa que la persona tenga el suficiente autoconocimiento para que mis metas no sean más altas que mis capacidades y por tanto, prácticamente imposible de conseguir, o al revés, que teniendo más posibilidades mis metas sean pobres para lo que puedo conseguir.

Entrenamiento para desarrollo de la voluntad

Hemos dicho en apartados anteriores que el desarrollo de la voluntad es fundamentalmente un entrenamiento. Ofrecemos a continuación un modelo operativo para entrenar la voluntad. Cualquier facultad para alcanzar un desarrollo óptimo precisa de ejercicio, entrenamiento.

El entrenamiento de la voluntad tiene los siguientes pasos:

1. Hacer una lista de actividades que requieran un vencimiento personal.

En esta lista se pueden poner actividades que me cuesten realizar y que pertenezcan a un mismo ámbito, p.ej. hacer los ejercicios de matemáticas, ponerme a estudiar a la hora prevista, etc. También se pueden poner actividades de distinto ámbito, como p.ej. atender las dos últimas clases, quitar la mesa en mi casa, etc.

Se entiende por UVES, las Unidades de Vencimiento Subjetivo o personal

2. Puntuar cada una de las actividades anteriores en una escala de 0 a 10 según el vencimiento personal que requiere su realización.

Se dará una puntuación baja -2, 3- cuando requiere poco vencimiento personal realizarla, al contrario, habría que dar una puntuación alta - 8, 9 - si realizar esa tarea requiere un importante vencimiento personal.

Será conveniente poner distintas actividades con diversa dificultad para que las UVES sean escalonadas.

3. Elaborar una lista de actividades gratificantes personales.

Para poderme autorreforzar –premiarme- después de realizar tareas que me cuestan esfuerzo, es por lo que se pide que tenga una lista de actividades que para mi son gratificantes. Las clasificaré con 1ª, 2ª... en el apartado RANGO según sea para mí la más gratificante o la segunda, etc.

4. Elaborar una lista de autoinstrucciones para antes, durante y después de enfrentarse a las actividades que requieren vencimiento.

Las autoinstrucciones es lo que me digo a mi mismo, ya sea antes de enfrentarme a la tarea que requiere vencimiento, ya sea durante o después de haberla superado.

Es un medio que se ha demostrado eficaz para el cambio de conducta ya que interviene a nivel de pensamiento.

Tienen que ser frases cortas, muy personales, que me impliquen en la tarea.

Parar antes de realizar la tarea:

Durante la realización de la tarea:

Después de realizar la tarea:

5. Entrenamiento

Se trata de coger la lista realizada en el apartado I, y empezando por las que tienen menor puntuación en UVES, repetirla cuantas veces sea necesario hasta que la puntuación que le otorgaríamos de nuevo en UVES sea significativamente más baja.

Cuando una actividad por entrenamiento y repetición tiene una puntuación baja en UVES, pasaríamos a la siguiente de la lista, repitiendo el mismo proceso, y así sucesivamente.

Emplearemos algunas de las actividades gratificantes personales del apartado III, para realizarlas después de cada una de las veces que hemos conseguido vencernos en la actividad del apartado I que nos estamos trabajando.

De igual manera la lista de autoinstrucciones que nos hemos elaborado en el apartado IV, las pondremos en práctica cuando estamos realizando las actividades de vencimiento del apartado I.

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