Características psicológicas de los niños de 6 a 11 años

6 y 7 años


8 a 11 años


6 y 7 años

Hacia los 6 años, el niño desea ya la compañía de otros niños. En el juego y en sus compañeros halla sus propias experiencias, que unidas a la enseñanza y ejemplo de los mayores lo ayudarán a alcanzar un mayor equilibrio y madurez psicológica.

Un cambio de personalidad

Ha adquirido ya un considerable número de conocimientos que van agrandando y variando constantemente las nociones que tiene del mundo. Cuanto más rico se hace en nociones, menos lo es en intuiciones. Comprende más cosas y adivina menos. Es más inteligente y menos intuitivo (aunque lo es mucho).

El cambio es menos notorio en los niños que han vivido una vida de relación reducida, que se han localizado menos. Y aún es menos acentuado en los que han vivido en un hogar truncado. El niño que no tiene madre entra mucho más tarde en la vida sentimental, y el que no tiene padre tarda más en esbozar su carácter.

El cambio que sea manifestado con esta etapa es debido también a la educación. Si día tras día han sido frenados los impulsos excesivos, enderezadas las desviaciones que hubiere, algo tiene que haber ocurrido en la personalidad del niño.

Iniciación del carácter

El carácter no es un elemento más de la personalidad. Es la síntesis de los elementos de la personalidad. El carácter no estará completamente formado, o, mejor dicho, esta reacción secundaria no será permanente hasta la edad adulta. Pero en estos años empieza a formarse y sobre todo se define ya en un sentido determinado.

La presencia del carácter es lo que da a los padres la sensación de un gran cambio. Claro que ha habido un cambio: el que conduce del temperamento al carácter. El lenguaje corriente encierra un profundo sentido cuando de un individuo o de una ciudad con poca personalidad, dicen que no tiene carácter.

El niño en esta etapa, se proyecta hacia el mundo porque empieza a tener carácter, porque empieza a ser psicológicamente una persona

La afectividad

Cuanto más rica en emociones sea la vida afectiva, más rica podrá ser en sentimientos. Cuanto más inteligente, más pronto podrá transformar sus emociones en sentimientos. Pero los sentimientos, al igual que las emociones, necesitan algo externo para elaborarse y dar un tono afectivo a toda la personalidad; necesitan un estímulo.

Ávido de comunicaciones afectivas, su necesidad fundamental es sentirse amado. Por eso, solo en ese ambiente de seguridad afectiva puede sentirse bien. Este estimulo, nacido en el exterior o en la propia interioridad del alma, será más fácil en una vida en la que la relación con el mundo sea dilatada, en la que la inteligencia sea activada en la que haya una educación constante. El niño por sí solo podrá llegar también a poseer todos los sentimientos.

Ningún niño en una u otra forma deja de tener todos los sentimientos ni ningún educador podrá crear nunca sentimiento alguno. Pero el niño aislado, el de escasa inteligencia, el que ha sufrido una educación desviada, es pobre en su vida afectiva, sus sentimientos están diferenciados, no se manifiestan claramente, el niño en esas condiciones no pasa casi del placer y del dolor y de los sentimientos egoístas.

En el niño de dos a cuatro años, los sentimientos ya son abundantes. En el de cuatro a siete años, ya están casi todos esbozados y si bien no se puede decir que sean más numerosos que las emociones, porque el concurso de éstas viene determinado por un número de estímulos que las provocan, se puede asegurar que toda la vida afectiva del niño comienza a ser dirigida ya, tanto por los sentimientos como por las emociones.

Una característica esencial de la vida afectiva del niño es la ausencia absoluta de pasiones, las cuales no aparecen hasta la pubertad o la vida adulta. Si aparecieran antes, debería sospecharse una personalidad patológica. Esta ausencia de pasiones ni impide que en algún momento las emociones del niño (cólera, ira, temor, etc.) puedan llegar a crear un estado pasional momentáneo. Pero cuando éstas se presentan de una manera repetida, son también producto de una personalidad o educación desviadas.

Sentimiento estético

Durante este período de la vida empiezan a aparecer los sentimientos más importantes como el estético y el religioso. El sentimiento estético generalmente no aparece antes de los seis años, porque la emoción estética también se produce tardíamente.

La emoción necesita de un órgano sensorial que reciba la sensación del elemento exterior que la produce y necesita que esta sensación se convierta en percepción. El niño de un año, por ejemplo, ve los colores, pero no los distingue. Igualmente ocurre con los sonidos y con las formas, los siente y las ve, pero no los distingue hasta después de mucho oírlos y verlos. Sin este aprendizaje no sería capaz de apreciar la armonía y el ritmo de las formas y de los colores, la armonía y el ritmo de los sonidos y no podría por tanto sentir la emoción estética. Cuando ésta ha aparecido y se multiplica con el ejercicio, se produce el sentimiento estético que no alcanza muchas veces su plenitud hasta la adolescencia o la juventud.

Su idea de Dios

La idea de Dios la lleva en potencia por el mero hecho de estar dotado de una naturaleza humana, y puede llegar a poseerla actualmente, no ya por investigación propia sino por la influencia del medio. El niño irá indagando, pregunta tras pregunta, hasta agotar las posibilidades de causalismo. Para él todo tiene causa, toda acción su porqué y no descansa hasta saberlo o hasta que cree que lo sabe y su positivismo no se detiene aquí. Toda cosa tiene su causa, pero además, tiene su fin, su utilidad. Al “porqué”, añade el “para qué” y todo el día está preguntando.

Va llegando así a la idea de la necesidad de un autor de las cosas. La familia y el colegio son los que han de dar un sentido cristiano a sus preguntas; hacerles ver a Dios como autor de todas las cosas y como Padre. Es esencial este sentimiento de Filiación Divina como base de una educación religiosa sólida y firme. No deben olvidar tanto padres como profesores que esta edad es importantísima para lograr una educación religiosa y que esta educación no consiste en enseñar sino procurar “transmitir” una vida de piedad viva y sincera. La enseñanza de una práctica religiosa puramente mecánicas, sin alma, no sirven de nada.

Voluntad y Carácter

Durante esta etapa, el niño va mostrándonos cada día más nuevas manifestaciones del carácter; en sus reacciones a nuestra actuación o a la actuación de los demás niños, podemos ver claramente que su inteligencia y sus sentimientos van transformando la primitiva reacción, rápida, inconsciente, temporal, en una reacción medida, consciente, con carácter. Nos damos cuenta de que el niño tiene una manera propia de sentir, de pensar y de querer. Podemos decir que, el núcleo central del carácter es la voluntad.

¿Qué es la voluntad?

El niño en este período es quien lo dice más claramente. Cuando desea hacer una cosa y duda en hacerla y llega a creer que no es capaz de hacerla y por fin se vence a sí mismo, la hace y queda satisfecho, es decir cuando pasa de un sentimiento de incapacidad, a uno de capacidad, ha tenido voluntad.

En el lenguaje corriente sería conveniente saber distinguir el verbo querer, del verbo desear. Tal vez para querer es preciso el deseo, como para éste es necesario el impulso. Querer, equivale a desear una cosa y creer en la posibilidad y conveniencia de realizarla.

El niño cuando tiene carácter casi siempre sabe qué es lo que quiere, lo que tiene que hacer. Ante cada estímulo, ante cada nueva situación se produce de una manera segura en un sentido u otro. No duda. La duda es la negación del carácter, o por decirlo de otra manera; el carácter es la energía personal que resuelve nuestra duda. Y si no duda, tampoco se precipita; entre el pensamiento y la ejecución, entre el deseo y la consecución, hay un intervalo; en este intervalo se inserta el acto de la voluntad. Voluntad que no produce ni los deseos, ni los sentimientos, ni los pensamientos, ni siquiera los impulsos. No los produce, pero los escoge, los delimita, los frena, los excita.

Lo que realmente establece una diferencia profunda entre el niño temperamental y el niño de carácter, es que el primero no sabe que es lo que hace, pero el segundo sí.

En líneas generales hay que tener en cuenta la falta de seguridad en sí mismo y como consecuencia siente fuertemente la necesidad de protección y ayuda. Los padres deben estar vigilantes para no darle hecho lo que el niño puede hacer por sí solo. A sí mismo, deben insistir en lo importante que es hacer, que aprendan haciendo, aunque suponga un mayor esfuerzo, una aparente pérdida de tiempo y lo que es más costoso para una madre, no hacerse la imprescindible para el hijo. Llevarlos de la mano, en un clima de espontaneidad orientada.

La obediencia

Hay que tener en cuenta también que las órdenes que el niño recibe, las obedece o desobedece, las cumple o no las cumple. Hay niños que obedecen más que otros. Algunos, sienten una tendencia casi irresistible a desobedecer. Sin embargo, sería un error creer que siempre que el niño obedece es bueno y que siempre que desobedece es malo. Porqué, en la obediencia, hay un factor que no depende del niño sino de la manera como los padres educan. Muchas cosas son obedecidas porque han sido bien ordenadas, pero muchas veces queda sin cumplir, porque han sido inoportunas e impertinentes.

El hábito de obediencia puede ser, ciertamente, la revelación, de una personalidad patológica, pero muchas veces es la revelación de que las órdenes han sido dadas sin tener en cuenta la ineludible libertad del niño.

Sociabilidad

El menor de seis años va sintiendo que es un elemento de la familia, uno más, ya es “alguien”. Momento este decisivo, porque si lo ignoran los padres, pueden truncarse la mejor de las ambiciones: ser algo. Puede decirse que el niño pasa por un período de selección profesional, en el que, buscando el modo de realizar un papel en la vida insinúa de una manera vaga e imprecisa las posibilidades de su futura actuación.

Desgraciadamente esto pasa muchas veces desapercibido de los padres y hasta del propio niño, porque en él hay una característica que en aquél momento se acentúa y seguirá acentuándose hasta la pubertad, a saber: una invencible vergüenza a ser descubierto tal cual es, como si escondiese su personalidad y ocultara sus sentimientos, pensamientos, deseos, no por temor a que los consideren malos, sino por vergüenza de que los conozcan, sean como sean. Vergüenza en la que va implícita una manifestación del sentimiento de pudor.

Su espíritu es precario, no tiene aún auto reflexión para hacer consciente su propio yo independiente. Tiene compañeros, pero no amigos.

A veces son muestra individualista, le interesan sus logros, que presentan a todos en espera de estima. Suele ser adaptable y extrovertido, su capacidad de adaptación le hace apto para la asimilación de hábitos de conducta, fundamentales para ir consiguiendo una mayor educación de su voluntad.

El afán de saber

El niño no desea que sepan como es, poro quiere saber como son las cosas, de aquí el porqué y el para qué hemos señalado. Este por qué y este para qué tienen su motor en uno de los instintos más específicamente infantiles que es el epistemológico, en el que se reúnen todas sus ansias de saber y de progresión.

Sería muy conveniente tenerlo siempre presente y ante todo sería muy conveniente saberlo comprender en sus varias manifestaciones. Porque en él, a más del por qué y del para qué, se esconden otros dos fenómenos instintivos que pueden parecernos independientes y constituyen, en estas etapas, buena parte del instinto epistemológico. Nos referimos al afán de destrucción y al espíritu de contradicción.

Pocas veces el niño destruye con los dientes apretados, sino que lo hace con una cierta sonrisa en los labios; la sonrisa del que está descubriendo o espera descubrir algo. Porque el niño destruye las cosas para saber cómo son por dentro, para saber cómo están hechas.

Y si bien el niño nos contradice muchas veces porque nosotros lo hemos contradicho antes, obligándole a ponerse unos zapatos cuando él deseaba salir con otros, o estar sentado en una silla cuando él quería estar sentado en el suelo, muchas otras nos contradice buscando en su contradicción una reafirmación para saber realmente si las cosas son como le decimos que son

Durante esta etapa, habremos de esforzarnos en comprender de una parte la vergüenza del niño a ser descubierto tal como es y de otra el afán de destrucción y contradicción, que están en el mismo meollo de este instinto epistemológico que le procura la satisfacción de sus ansias de saber y de progresión

Verdad y Mentira

La vergüenza que siente el niño a mostrarse tal y como es no podemos confundirla con la falsedad y la mentira.

El niño no miente todas las veces que así lo parece, antes de afirmar que un niño miente, sería prudente pensar si realmente es posible que mienta.

La mentira es una negación consciente de la verdad. Conoce siempre el niño la verdad?. De la misma manera que antes no podía distinguir un color de otro, ahora muchas veces, no puede distinguir lo verdadero de lo falso. Por falta de comprensión y aún, porque su imaginación le deforma la realidad. Deformación que en muchas ocasiones le imposibilitará a distinguir lo que realmente ha visto de lo que simplemente ha imaginado.

El niño no dice nuestra verdad porque no la conoce o no la bien. Generalmente el niño no miente. Dice otra verdad. Sólo existe mentira allí donde se aparte de su realidad.

Hay una mentira que se produce por el deseo de liberarse que siente el niño. Es aquél que a nuestras preguntas responde indistintamente e indiferentemente sí o no. Responde así porque le hacemos la pregunta usando unos términos que no son los suyos, y para librarse de nuestra pregunta –que a menudo tienen un tono impertinente- responde sí o no, lo primero que le viene a la lengua. Cuando su comprensión haya madurado y cuando la pregunta sea hecha de una manera adecuada a su capacidad, en vez de este sí o no indiferente, dirá no lo sé.

No siempre se produce un mismo tipo de mentira, hay varias clases:

La mentira como instinto de defensa: el niño miente por miedo, porque siente que hay alguien que se mete en sus cosas, y antes de perder su libertad oculta sus actos con una mentira. Muchos niños sólo mienten ante una determinada persona, o sólo mienten por una determinada cuestión.

La mentira producida por el mal ejemplo de los padres los cuales, delante de los hijos, hablando con otra persona, dicen cosas absolutamente falsas. Son muchos, por desgracia, los niños que mienten porque también mienten sus padres.

Mentira automática: El niño la dice obedeciendo a un impulso que le lleva, sin saber porqué a mentir, o miente de la misma manera que realiza un acto reflejo.

Mentira combinada: Es utilizada por el niño que tiene interés en no decir la verdad para esconder sus actos o para conseguir algo, entonces combina los términos que han de constituir la mentira y a su vez, busca que las cosas tengan un encadenamiento lógico que las hagan posibles.

Mentira por pereza: El niño renuncia al ejercicio mental que presupone determinada pregunta – a menudo hecha en momento inoportuno- y se escapa por el camino más fácil, que es el de decir la primera cosa que se le ocurre.

Mentira altruista: Para disimular la falta de otra persona.

Mentira –fabulación- : Con la que el niño no intenta engañar a los demás, sino así mismo.

Mentira por atolondramiento: El niño es requerido a dar precipitadamente una respuesta y no estando preparado para contestarla correctamente, miente.

De todas ellas la más frecuente es la dicha por miedo o por instinto de defensa.

El juego

El niño empieza a jugar muy pronto y hasta la adolescencia será el juego su ocupación preferida y la que representará su manifestación más clara. Por lo que el juego tiene para la educación una importancia capital que, por desgracia, es desconocida muchas veces, pues abundan los padres que consideran el juego como un estorbo.

Considerado como una actividad superflua, se teme que entorpezca otras cosas consideradas más importantes, como por ejemplo, el silencio en la casa, la limpieza del piso, la pulcritud del vestido. Todo esto puede ser conseguido sin que a ello quede supeditada la actividad del niño. Contra el desorden y la suciedad, la educación pero no la inactividad.

El adulto en el juego

El adulto mira el juego del niño como si fuera cosa propia, porque cree que él juega aún para entretenerse. Profundo error. Admitiendo por un momento que el juego sólo fuera un entretenimiento, no por ello podríamos reducirlo a una actividad menos apreciable. Porque este entretenimiento puede ser beneficioso para el cuerpo y para el espíritu y porque es preferible ver a una persona entretenida que sin hacer nada.

Si hiciéramos que el niño no se entretuviera, lo único que conseguiríamos sería crear perezosos.

Pero es que, además el adulto no se conoce a sí mismo. Entretenimiento? Bien, pero entretenimiento por necesidad. El adulto no se entretiene porque no sepa qué hacer sino porque ha hecho demasiado. El adulto que no hace nada, que no trabaja, no juega: se tumba.

Aún intenta el adulto otra explicación ante el juego: ésta sería la manifestación de un exceso de energía, de una sobrante de fuerza que no ha sido utilizada en el trabajo.

Entonces por qué juega cuando está cansado? ¿Por qué cuando ha pasado un día de gran trabajo, siente la necesidad de pasear, de bailar, de jugar a la pelota? El adulto no juega porque le sobran fuerzas, sino para recuperarlas cambiando de actividad.

Si este sobrante de energía pudiera ser alguna vez la causa del juego en el adulto, no lo sería nunca en el niño. El joven que, en el taller o en la universidad, es un escéptico de su trabajo y un desilusionado de la vida, fue un niño a quien su madre, excesivamente ordenada, o un maestro demasiado instructor le privaron de jugar.

8 a 11 años

Es una edad de hacer, producir y proyectar. En este estadio de la vida, crecen y aprenden los niños rápidamente. Estamos en la madurez de la infancia. Hay que tener en cuenta, que la evolución de las niñas se adelanta a la de los niños.

Al llegar a los siete años el niño tiene ya su carácter esbozado, una personalidad algo definida y una Inteligencia despierta. Ante él hay un camino nuevo que seguir: el de ensanchar la conciencia, el de engrandecer el conocimiento del mundo, el de ampliar al concepto de las cosas, o, por decirlo do otra manera, delante de él hay la oportunidad de introducir el mundo dentro de sí.

Al llegar a los siete años, el niño vuelve a comenzar la vida. He aquí el por qué de las crisis que se producen en este momento, crisis que en algunos casos asusta a los padres porque creen que el niño se vuelve tonto, o que pierde la gracia o la espontaneidad.

Ante los nuevos movimientos, ante las nuevas concepciones, parece que duda, que no comprende las cosas tan de prisa como antes. Lentamente la duda desaparece ante la mayor firmeza de conocimientos, la lentitud se transforma nuevamente en rapidez ante la mayor claridad de nuevas concepciones. Vencida la crisis inicial, que en muchos niños no llega a producirse, cada día se apresura el desarrollo de la personalidad, con lo cual el carácter y la afectividad, conservando el tono que ya tenían, adquieren un aspecto más definitivo.

Necesita crecer su confianza en sí mismo y en los demás. Tanto los padres como los profesores, deben inculcarle confianza en sus aptitudes y seguridad en sí mismo. En general, es más eficaz el elogio que el reproche y más el reproche que no decir nada. No se debe ser indiferente: hay que elogiar o reprochar. El alumno introvertido reacciona sensiblemente ante el elogio, los extrovertidos necesitan algo más de reprensión.

Unidad y variedad de la Inteligencia

El niño de los siete a los doce años pone su inteligencia al servicio del ensanchamiento de la conciencia. En este periodo la inteligencia va acercándose a su plenitud y puede ser definida como la facultad con la que elaboramos nuevos conocimientos adquiridos para resolver problemas que la vida plantea.

Es decir, que ya hay en el niño una Inteligencia de adquisición y otra de elaboración; pero es preciso no olvidar que la Inteligencia es un conjunto de facetas, de aspectos, de funciones distintas, que pueden hacer que dos personas muy inteligentes lo sean de maneras muy diferentes.

Este conjunto tiende a la unidad individual, es decir, en cada individuo hay una inteligencia, pero cada inteligencia es diferente de las demás, porque su unidad está hecha de un conjunto distinto. Distinto en la cualidad y en la intensidad. Porque no en todas tas inteligencias hay las mismas cualidades ni están presentes con la misma intensidad.

De otra parte, debemos considerar que la inteligencia de cada individuo conceptuado como muy inteligente se diferencia según las circunstancias del ambiente en que se desarrolla, según el tipo de rendimiento que se exija de ella. Únicamente así es comprensible que el mismo individuo, conceptuado como muy inteligente por los que le conocen en un trabajo determinado, sea conceptuado como poco inteligente por los que le conocen en otro ambiente, en donde debe dar un rendimiento distinto.

Únicamente así es comprensible también que los niños parezcan muy inteligentes en la escuela y lo parezcan muy poco en la vida social.

La intuición

Hemos dicho anteriormente que cuando más rico se hacía el niño en nociones, más pobre se volvía en intuiciones, pero que esto no indicaba precisamente que el niño dejara de ser intuitivo. En esta época, el niño sigue siendo intuitivo y en mayor o menor grado seguirá siéndolo siempre. Porque la intuición es un auxiliar admirable de la inteligencia. Casi un elemento de la misma. La intuición al igual que la inteligencia, nos proporciona conocimientos. No los proporciona por investigación de lo que se ha de conocer.

La diferencia esencial entre intuición e inteligencia es ésta: con la intuición conocemos las cosas sin saber cómo ni por qué, con la inteligencia sabienèndolo. La intuición es la mentalidad en inspiración. La inteligencia es la mentalidad en ejercicio. Por esto una misma cosa podemos intuirla una sola vez, pero podemos pensarla muchas veces.

El niño entra en el uso de la razón

De los 7 a los 12 años, la conciencia del niño, con la ayuda de la inteligencia y de la intuición, se agranda cada día más. Es diferente de las edades anteriores, porque ya está formada no sólo de hechos y conocimientos, de sujetos y de objetos, sino de la posesión y elaboración de las ideas, por lo que comienza a pensar en abstracto.

El niño empieza a hacer uso de la razón. Va siendo capaz de juzgar las cosas como bien o mal hechas. Entre los 10 y los 11 años, empieza a manifestar síntomas de espíritu crítico y de rebeldía.

Con todas sus facultades llega al juicio de las cosas y avanzando en su maduración llega a la razón que es el encadenamiento de los juicios. Encadenamiento que se produce pasando de un juicio a otro, manteniendo estrecha relación entre ellos, de manera que los últimos juicios dependan aún de los primeros.

Hasta ahora el pensamiento del niño se producía espontáneamente sin dirección alguna. En el niño de siete a doce años, el pensamiento se organiza, tiene una dirección, prevee las cosas que pueden acontecer. Es decir un pensamiento razonador. El pensamiento no es ahora un simple juego, tiene una utilidad.

La de dar a la conciencia el valor de una cosa universal, el valor de una conciencia social, de introducir el mundo dentro de sí. Con ello no perderá nada de su peculiar personalidad; por el contrario será menos un individuo, pero será más una persona que piensa por sí mismo, pero al unísono con un pensamiento universal, con una conciencia social.

El niño entra en la vida seria

Al entrar en el uso de la razón, el niño comienza también a entrar en la vida seria. Es más responsable de sus actos, o al menos, capaz de progresar más rápidamente su sentido de responsabilidad. Su posición dentro de la familia, su posición dentro de la escuela, dentro de la sociedad empieza a surgir un cambio.

Por una parte, él no se conforma con un papel totalmente infantil. Por otra, se le exigen actitudes y trabajos más importantes. Dentro de la familia ya no es un ser al que todo se lo dan hecho. El también debe hacer algo, para sí mismo y para los demás. Dentro de la escuela, los aprendizajes aumentan en cantidad y dificultad, pierden en gracia y encanto y, sobre todo, hacen penetrar en la conciencia del niño la idea de que se dirigen a la consecución de algo que sólo se obtendrá en un futuro remoto.

También la sociedad comienza a tratar al niño de otra manera. Aún se le respeta, pero no tanto como cuando tenía 3, 5 ó 7 años; no le abre paso con tanta facilidad, se le hace esperar cuando quiere llegar a una primera fila. Y aún más, se le impulsa, cuando no le obliga, a estar presente en alguna fiesta, en algún desfile, en alguna concentración, donde se le considera más como un número que como un individuo.

Necesita asegurar su posición en algún grupo social. De aquí el desarrollo en esta edad de las barras, clubes secretos, etc.

Tiene afán de prestigio y lo busca en la estatura, en la fuerza, en el dinero, en jactancias y rivalidades.

La conquista de la independencia

Ocurre que, precisamente este momento en el que ha perdido algo de su maravillosa y primitiva libertad, comienza a intuir que es un ser independiente y quiere actuar con independencia.

El niño a esta edad necesita sentir la responsabilidad de realzar sus proyectos o encargos, de tener ocasión de hacerse valer, y de experimentar cierta libertad en sus acciones. Mientras va a realizar el mandado que el encargó a la familia, mientras busca el insecto que le pide la escuela, mientras vuelve del acto público donde mandó la organización a la que pertenece, convierte paradójicamente su nueva misión en un acto de independencia, que resuelve muchas veces, dentro de su vida interior, viviendo imaginariamente las hazañas de un Robin de los Bosques o de cualquier otro héroe de leyenda.

Y a esta supuesta independencia adapta su constante “porqué”, que se hace menos infantil y se vuelve más especulativo. Su “por que” adquiere más lógica y pierde conformidad. Apunta más lejos y no se contenta con la respuesta escuela o parcial.

Pregunta más allá del seno familiar; pregunta al compañero, al profesor, al libro, pero sobre todo, se pregunta a sí mismo. Hasta ahora había adoptado la realidad de su vida interior. En este momento presiente que habrá de acomodar su mundo interior a la realidad que lo circunda. Y a veces, mezcla graciosamente el gesto imaginativo de lanzar, como Robin una flecha, con la actitud del que busca en lo más hondo del pensamiento.

Si su padre está atento a sus necesidades espirituales, si su profesor es inteligente, se encuentra con la agradable sorpresa de que el niño ya no sólo es niño y se va convirtiendo en un amigo. Entonces puede producirse el más maravilloso y constructivo de los diálogos que por desgracia se malogra muchas veces por un padre excesivamente atareado, cuando no distraído, o por un profesor pedante, cuando no negligente o rutinario.

Durante este período de iniciación de la emancipación de los adultos, el niño tiene necesidad de cariño y buena dirección. Necesita sentir que goza de la confianza de sus padres y educadores. Necesita diálogo, y tanto como el éste la orientación.

Tanto si el diálogo se produce como si no se produce, el niño completa su búsqueda de conocimientos con un monólogo constante, en el que analiza todo cuanto la realidad le ofrece, todo cuanto la enseñanza le procura, y quizá más que nada, todo cuanto su inquietud de saber lo descubre. Este comportamiento, se presenta a partir de los 10 años y se desarrolla principalmente en estos dos contextos:

En casa

Aumenta el interés hacia el padre. Sin embargo, ya aparecen los primeros síntomas de deseos de independencia. Prefiere no participar en salidas familiares. Lo que de verdad le importa es el “grupo”.

En el colegio

Siente ansias de competir, de ganar, de hacerse notar. Lo entusiasma los juegos de equipos y su sentido de la solidaridad del grupo es grande. El espíritu de competencia y rivalidad entre las diversas barras o cursos es también notable.

Por un tiempo más o menos corto, según tarda en aparecer el período de la pubertad el niño recuperará aquella primitiva intuición que le dio los primeros conocimientos y la hermanará con la nueva razón, llegando con las dos a un ensanchamiento de su saber.

El concepto de realidad y conciencia

Cuántas leyendas de cigüeñas, de hadas, y de gigantes, acumuladas por una triste insensatez de los mayores se derrumbarán en este momento. Cuántos enredos, cuántas contestaciones inexactas, cuántas falsedades serán puestas en evidencia y desmenuzadas pieza por pieza, haciéndole perder la confianza en los formadores que no supieron formarle en la verdad.

Y el niño –quizá sin darse cuenta de ello- empieza a reconstruir su concepto de la realidad, partiendo de la base de que las cosas no son como son, sino como deben ser; que las cosas no han de imaginarlas como le decían sino que debieran ser. Revisa el mundo falso que le han querido hacer aceptar.

Con lo cual, el niño, gracias a su razón, iluminada por la fe, intuye la necesidad ineludible de unos principios mortales a los que debe ajustarse su vida y a los que mirará si se ajustan los actos de los demás: y desde ese momento ya no preguntará tan solo: Y esto porqué? Sino que dirá: “Y esto está bien?”.

Sus ideas morales son prácticas y su interpretación de ley es literal y absoluta. Se hará implacable al juzgar a sus formadores.

Es decir, el niño, habrá transformado la conciencia del puro acontecer psíquico en una conciencia moral y entenderá por primera vez de un a manera clara, si no el total significado, el absoluto valor de los diez mandamientos. Su interés y preocupación por las cuestiones sexuales aumentan considerablemente.


Características generales de los niños de 7 a 11 años


Introducción

Esta es una edad de hacer, producir y proyectar. En este estadio de la vida, crecen y aprenden los niños rápidamente. Estamos en la madurez de la infancia. Hay que tener en cuenta, que la evolución de las niñas se adelanta a la de los niños.

Al llegar a los siete años el niño tiene ya su carácter esbozado, una personalidad algo definida y una Inteligencia despierta. Ante él hay un camino nuevo que seguir: el de ensanchar la conciencia, el de engrandecer el conocimiento del mundo, el de ampliar al concepto de las cosas, o, por decirlo do otra manera, delante de él hay la oportunidad de introducir el mundo dentro de sí.

Al llegar a los siete años, el niño vuelve a comenzar la vida. He aquí el por qué de las crisis que se producen en este momento, crisis que en algunos casos asusta a los padres porque creen que el niño se vuelve tonto, o que pierde la gracia o la espontaneidad.

Ante los nuevos movimientos, ante las nuevas concepciones, parece que duda, que no comprende las cosas tan de prisa como antes. Lentamente la duda desaparece ante la mayor firmeza de conocimientos, la lentitud se transforma nuevamente en rapidez ante la mayor claridad de nuevas concepciones. Vencida la crisis inicial, que en muchos niños no llega a producirse, cada día se apresura el desarrollo de la personalidad, con lo cual el carácter y la afectividad, conservando el tono que ya tenían, adquieren un aspecto más definitivo.

Necesita crecer su confianza en sí mismo y en los demás. Tanto los padres como los profesores, deben inculcarle confianza en sus aptitudes y seguridad en sí mismo. En general, es más eficaz el elogio que el reproche y más el reproche que no decir nada. No se debe ser indiferente: hay que elogiar o reprochar. El alumno introvertido reacciona sensiblemente ante el elogio, los extrovertidos necesitan algo más de reprensión.

Unidad y variedad de la Inteligencia

El niño de los siete a los doce años pone su inteligencia al servicio del ensanchamiento de la conciencia. En este periodo la inteligencia va acercándose a su plenitud y puede ser definida como la facultad con la que elaboramos nuevos conocimientos adquiridos para resolver problemas que la vida plantea.

Es decir, que ya hay en el niño una Inteligencia de adquisición y otra de elaboración; pero es preciso no olvidar que la Inteligencia es un conjunto de facetas, de aspectos, de funciones distintas, que pueden hacer que dos personas muy inteligentes lo sean de maneras muy diferentes.

Este conjunto tiende a la unidad individual, es decir, en cada individuo hay una inteligencia, pero cada inteligencia es diferente de las demás, porque su unidad está hecha de un conjunto distinto. Distinto en la cualidad y en la intensidad. Porque no en todas tas inteligencias hay las mismas cualidades ni están presentes con la misma intensidad.

De otra parte, debemos considerar que la inteligencia de cada individuo conceptuado como muy inteligente se diferencia según las circunstancias del ambiente en que se desarrolla, según el tipo de rendimiento que se exija de ella. Únicamente así es comprensible que el mismo individuo, conceptuado como muy inteligente por los que le conocen en un trabajo determinado, sea conceptuado como poco inteligente por los que le conocen en otro ambiente, en donde debe dar un rendimiento distinto.

Únicamente así es comprensible también que los niños parezcan muy inteligentes en la escuela y lo parezcan muy poco en la vida social.

La intuición

Hemos dicho anteriormente que cuando más rico se hacía el niño en nociones, más pobre se volvía en intuiciones, pero que esto no indicaba precisamente que el niño dejara de ser intuitivo. En esta época, el niño sigue siendo intuitivo y en mayor o menor grado seguirá siéndolo siempre. Porque la intuición es un auxiliar admirable de la inteligencia. Casi un elemento de la misma. La intuición al igual que la inteligencia, nos proporciona conocimientos. No los proporciona por investigación de lo que se ha de conocer.

La diferencia esencial entre intuición e inteligencia es ésta: con la intuición conocemos las cosas sin saber cómo ni por qué, con la inteligencia sabienèndolo. La intuición es la mentalidad en inspiración. La inteligencia es la mentalidad en ejercicio. Por esto una misma cosa podemos intuirla una sola vez, pero podemos pensarla muchas veces.

El niño entra en el uso de la razón

De los 7 a los 12 años, la conciencia del niño, con la ayuda de la inteligencia y de la intuición, se agranda cada día más. Es diferente de las edades anteriores, porque ya está formada no sólo de hechos y conocimientos, de sujetos y de objetos, sino de la posesión y elaboración de las ideas, por lo que comienza a pensar en abstracto.

El niño empieza a hacer uso de la razón. Va siendo capaz de juzgar las cosas como bien o mal hechas. Entre los 10 y los 11 años, empieza a manifestar síntomas de espíritu crítico y de rebeldía.

Con todas sus facultades llega al juicio de las cosas y avanzando en su maduración llega a la razón que es el encadenamiento de los juicios. Encadenamiento que se produce pasando de un juicio a otro, manteniendo estrecha relación entre ellos, de manera que los últimos juicios dependan aún de los primeros.

Hasta ahora el pensamiento del niño se producía espontáneamente sin dirección alguna. En el niño de siete a doce años, el pensamiento se organiza, tiene una dirección, prevee las cosas que pueden acontecer. Es decir un pensamiento razonador. El pensamiento no es ahora un simple juego, tiene una utilidad.

La de dar a la conciencia el valor de una cosa universal, el valor de una conciencia social, de introducir el mundo dentro de sí. Con ello no perderá nada de su peculiar personalidad; por el contrario será menos un individuo, pero será más una persona que piensa por sí mismo, pero al unísono con un pensamiento universal, con una conciencia social.

El niño entra en la vida seria

Al entrar en el uso de la razón, el niño comienza también a entrar en la vida seria. Es más responsable de sus actos, o al menos, capaz de progresar más rápidamente su sentido de responsabilidad. Su posición dentro de la familia, su posición dentro de la escuela, dentro de la sociedad empieza a surgir un cambio.

Por una parte, él no se conforma con un papel totalmente infantil. Por otra, se le exigen actitudes y trabajos más importantes. Dentro de la familia ya no es un ser al que todo se lo dan hecho. El también debe hacer algo, para sí mismo y para los demás. Dentro de la escuela, los aprendizajes aumentan en cantidad y dificultad, pierden en gracia y encanto y, sobre todo, hacen penetrar en la conciencia del niño la idea de que se dirigen a la consecución de algo que sólo se obtendrá en un futuro remoto.

También la sociedad comienza a tratar al niño de otra manera. Aún se le respeta, pero no tanto como cuando tenía 3, 5 ó 7 años; no le abre paso con tanta facilidad, se le hace esperar cuando quiere llegar a una primera fila. Y aún más, se le impulsa, cuando no le obliga, a estar presente en alguna fiesta, en algún desfile, en alguna concentración, donde se le considera más como un número que como un individuo.

Necesita asegurar su posición en algún grupo social. De aquí el desarrollo en esta edad de las barras, clubes secretos, etc.

Tiene afán de prestigio y lo busca en la estatura, en la fuerza, en el dinero, en jactancias y rivalidades.

La conquista de la independencia

Ocurre que, precisamente este momento en el que ha perdido algo de su maravillosa y primitiva libertad, comienza a intuir que es un ser independiente y quiere actuar con independencia.

El niño a esta edad necesita sentir la responsabilidad de realzar sus proyectos o encargos, de tener ocasión de hacerse valer, y de experimentar cierta libertad en sus acciones. Mientras va a realizar el mandado que el encargó a la familia, mientras busca el insecto que le pide la escuela, mientras vuelve del acto público donde mandó la organización a la que pertenece, convierte paradójicamente su nueva misión en un acto de independencia, que resuelve muchas veces, dentro de su vida interior, viviendo imaginariamente las hazañas de un Robin de los Bosques o de cualquier otro héroe de leyenda.

Y a esta supuesta independencia adapta su constante “porqué”, que se hace menos infantil y se vuelve más especulativo. Su “por que” adquiere más lógica y pierde conformidad. Apunta más lejos y no se contenta con la respuesta escuela o parcial.

Pregunta más allá del seno familiar; pregunta al compañero, al profesor, al libro, pero sobre todo, se pregunta a sí mismo. Hasta ahora había adoptado la realidad de su vida interior. En este momento presiente que habrá de acomodar su mundo interior a la realidad que lo circunda. Y a veces, mezcla graciosamente el gesto imaginativo de lanzar, como Robin una flecha, con la actitud del que busca en lo más hondo del pensamiento.

Si su padre está atento a sus necesidades espirituales, si su profesor es inteligente, se encuentra con la agradable sorpresa de que el niño ya no sólo es niño y se va convirtiendo en un amigo. Entonces puede producirse el más maravilloso y constructivo de los diálogos que por desgracia se malogra muchas veces por un padre excesivamente atareado, cuando no distraído, o por un profesor pedante, cuando no negligente o rutinario.

Durante este período de iniciación de la emancipación de los adultos, el niño tiene necesidad de cariño y buena dirección. Necesita sentir que goza de la confianza de sus padres y educadores. Necesita diálogo, y tanto como el éste la orientación.

Tanto si el diálogo se produce como si no se produce, el niño completa su búsqueda de conocimientos con un monólogo constante, en el que analiza todo cuanto la realidad le ofrece, todo cuanto la enseñanza le procura, y quizá más que nada, todo cuanto su inquietud de saber lo descubre. Este comportamiento, se presenta a partir de los 10 años y se desarrolla principalmente en estos dos contextos:

En casa

Aumenta el interés hacia el padre. Sin embargo, ya aparecen los primeros síntomas de deseos de independencia. Prefiere no participar en salidas familiares. Lo que de verdad le importa es el “grupo”.

En el colegio

Siente ansias de competir, de ganar, de hacerse notar. Lo entusiasma los juegos de equipos y su sentido de la solidaridad del grupo es grande. El espíritu de competencia y rivalidad entre las diversas barras o cursos es también notable.

Por un tiempo más o menos corto, según tarda en aparecer el período de la pubertad el niño recuperará aquella primitiva intuición que le dio los primeros conocimientos y la hermanará con la nueva razón, llegando con las dos a un ensanchamiento de su saber.

El concepto de realidad y conciencia

Cuántas leyendas de cigüeñas, de hadas, y de gigantes, acumuladas por una triste insensatez de los mayores se derrumbarán en este momento. Cuántos enredos, cuántas contestaciones inexactas, cuántas falsedades serán puestas en evidencia y desmenuzadas pieza por pieza, haciéndole perder la confianza en los formadores que no supieron formarle en la verdad.

Y el niño –quizá sin darse cuenta de ello- empieza a reconstruir su concepto de la realidad, partiendo de la base de que las cosas no son como son, sino como deben ser; que las cosas no han de imaginarlas como le decían sino que debieran ser. Revisa el mundo falso que le han querido hacer aceptar.

Con lo cual, el niño, gracias a su razón, iluminada por la fe, intuye la necesidad ineludible de unos principios mortales a los que debe ajustarse su vida y a los que mirará si se ajustan los actos de los demás: y desde ese momento ya no preguntará tan solo: Y esto porqué? Sino que dirá: “Y esto está bien?”.

Sus ideas morales son prácticas y su interpretación de ley es literal y absoluta. Se hará implacable al juzgar a sus formadores.

Es decir, el niño, habrá transformado la conciencia del puro acontecer psíquico en una conciencia moral y entenderá por primera vez de un a manera clara, si no el total significado, el absoluto valor de los diez mandamientos. Su interés y preocupación por las cuestiones sexuales aumentan considerablemente.


Evolución del niño año por año


Los dos primeros años de vida

  • El bebé necesita el cuidado de su madre – ser atendido y cuidado por ella – especialmente a la hora de alimentarlo.
  • El recién nacido necesita varias horas de actividad succionadora al día.
  • Ser llevado en brazos a menudo para que se desarrolle en él el equilibrio y la sensación de seguridad.
  • La pronta atención al bebé cuando llora, desarrolla su sentido de confianza.
  • El canto, el balanceo, el golpeteo rítmico y el mecimiento del bebé en brazos cuando parece demasiado despierto le ayudará a dormirse.
  • Una habitación exclusivamente destinada al niño es importante para tranquilidad y comodidad suya y de sus padres.
  • El niño necesita demostraciones abiertas de cariño, ya que siendo amado aprenderá a amar.
  • Conviene dejarlo que coma solo cuando se muestre interesado en hacerlo – aunque el resultado sea una mezcolanza-.
  • Asegúrese de que el bebé disponga de espacio y oportunidad para sus movimientos de expansión y exploración.
  • Sus primeros juguetes deberán ser tales que satisfagan su necesidad de manipular, golpear, chupar, arrojar...
  • La compañía y juego con los padres son importantes para todo niño.
  • El niño necesita actitudes paternas positivas. Por ejemplo, no muestre disgusto cuando se ensucia.
  • Con una bacinilla apropiada el niño aprenderá a valerse por sí mismo cuando tenga que hacer sus necesidades.
  • Empiece a hablarle al niño con cariño del amor de Papá Dios.
  • Necesita que sus padres se percaten de que no es un adulto pequeño.
  • Un niño necesita desarrollarse a su propio ritmo y ser apreciado, no rechazado.
  • Necesita una madre tranquila y responsable que se trace un plan de descanso y recreo para sí y su bebé.
  • Es importante una atmósfera armoniosa en el hogar; las tensiones angustian al niño.
  • Necesita tanta libertad como requiera su sensibilidad; no ser acorralado con sistemáticas negativas.
  • Afirmándose así mismo adquiere la sensación de individualidad.
  • Necesita sentirse miembro de un grupo familiar.
  • Necesita acostumbrarse a considerar todas las partes de su cuerpo como igualmente buenas y aceptables.
  • El niño mayorcito necesita trepar, correr , arrojar objetos; en una palabra, ser físicamente activo.

Tres años

  • Se muestra alegre y ruidoso cuando se despierta en la mañana. L gusta brincar por la habitación de sus padres y bañarse con ellos.
  • Come solo con bastante habilidad.
  • Ayudará a quitar la mesa y a limpiar su habitación, si se le pide que lo haga.
  • A veces inventa compañeros de juego o pretende ser un animal.
  • En algunos momentos fastidia a su hermanos y también se la lleva bien con ellos.
  • Aprende a montar en triciclo. Le gusta ir de compras con mamá.
  • Reclama ciertos alimentos favoritos.
  • Domina sus necesidades fisiológicas.
  • Empieza a jugar con otros niños. Muestra clara tendencia a elegir sus amigos.
  • Algunas veces muestra agresividad tanto en palabras como en actos.
  • Advierte diferencias sexuales y a veces se preocupa con este motivo. Sus preguntas deberán obtener respuestas sencillas.
  • A veces se lleva las manos a los órganos genitales. Puede distraérsele con facilidad cuando lo haga.
  • Le gustan que le lean cuentos conocidos.
  • Le encanta pintar, manejar lápices, modelar con plastilina o arcilla.
  • Acepta gustoso el juego con papá. Le agradan los acertijos y adivinanzas.
  • Escucha a los adultos. Quiere agradar y ser alabado. Le gusta aprender nuevas palabras.
  • Le agrada lavarse solo.
  • Busca ser el centro de atención en la mesa familiar.
  • Tiene miedo a la oscuridad. Necesita que se le tranquilice.
  • Cuando sus padres salen de casa puede ocurrir que los despida alegremente, pero también proteste.
  • Empieza a hablar de sus sueños y a veces se despierta con alguna pesadilla.
  • A menudo se levanta por la noche; a veces anda errante por la casa.
  • Es el momento de despertarle un afecto interno hacia el Niño Jesús y la Virgen María.

Cuatro años

  • Generalmente se despierta por la mañana de buen humor y cuida de sus necesidades inmediatas.
  • Se viste solo casi del todo.
  • Es muy dinámico, aficionado al triciclo y a juegos de trepar. Es capaz de manejar algunas herramientas sencillas.
  • Disfruta con el juego en grupo.
  • Aumenta su capacidad verbal..
  • Sus juegos necesitan todavía alguna vigilancia; pueden ocurrir disputas en medio del juego.
  • El niño discrepa de mamá verbalmente y a veces físicamente.
  • Empieza a comprender algunas reglas y restricciones.
  • Su apetito es bueno aunque puede mejorar. Posee gustos concretos. Come hábilmente.
  • Frecuentemente quiere ir solo al baño, pero pide ayuda para limpiarse.
  • Su imaginación se manifiesta en la representación de escenas en que imita a los mayores.
  • Puede ocurrir que le niño juegue con muñecas y la niña con el bate de béisbol.
  • Le gusta probar instrumentos musicales, poner música en el equipo, cantar.
  • Construye intrincados edificios con su “arquitectura”. Le gusta que papá le ayude.
  • Llora a la menor molestia, necesita consuelo y distracción.
  • Puede aprender oraciones.
  • Hace constantes preguntas.
  • A menudo se muestra muy apegado a sus padres, le gusta ser mimado.
  • Empieza a preguntar cómo nacen los niños. Se le debe dar una explicación clara y sencilla.
  • El baño y aseo con niños de diferente sexo puede ayudar a enseñar las diferencias sexuales.
  • Puede bañarse por si mismo si la madre vigila.
  • Le gusta comer en familia, pero interrumpe la comida hablando y dejando la mesa.
  • Se despierta menos en la noche; puede despertarse para ir al baño, necesita ayuda para volver a la cama.

Cinco a siete años

  • Llevarle ocasionalmente a la Iglesia y enseñarle a rezar al acostarse y al levantarse.
  • Necesita una cálida llegada del colegio y la oportunidad de hablar después de un día escolar.
  • El colegio puede proporcionarle la sensación de saber hacer algo, aunque sea lento en algunas cosas.
  • Necesita comprobar que puede llevar libremente a sus amigos a casa y que sus padres los aceptan.
  • Darle la oportunidad para sus actividades creadoras, según sus posibilidades.
  • Comienza con la lectoescritura.
  • Necesita juegos en grupo espontáneos y sencillos.
  • Deberá seguir el camino que se le señale y también darle la oportunidad de actuar independientemente.
  • Dele tiempo para pensar, soñar y actuar.
  • Necesita que se le asigne un “pago” o una “mesada” para que adquiera la noción del valor del dinero.
  • El niño necesita que el padre de su mismo sexo le dé pruebas de compañerismo.
  • Exaltarle sus puntos fuertes en vez de criticarle los débiles.
  • Necesita que se le den facilidades para la caracterización y los juegos teatrales.
  • Ayudarle a aceptar a niños de otras razas y clases.
  • Se estimulará el desarrollo de los rasgos masculinos en los niños y femeninos en las niñas.
  • Necesita la comodidad de unos hábitos regulares pero flexibles.
  • Comienza los hábitos de la higiene personal pero se debe estar siempre alerta.
  • Necesita dormir alrededor de 11 horas en la noche.


Ocho a diez años

  • Necesita contar con la aceptación y aprobación de los de su edad; le desagrada estar solo.
  • Disfruta sintiéndose importante y útil. Le gustan las actividades de club y las excursiones.
  • Le agrada pertenecer a un grupo restringido y secreto.
  • Siguen los parámetros de vestir, hablar y actuar de sus amigos.
  • Necesita libertad para visitar solo a sus amigos.
  • Necesita ejemplo de los mayores en tolerancia, bondad y valores.
  • Le gusta participar en los planes y actividades familiares.
  • Necesita la satisfacción de emprender cosas y terminarlas.
  • Necesita estar seguro de la comprensión y apoyo de sus padres.
  • Necesita que se le asigne un “pago” o una “mesada” para que adquiera la nación del valor del dinero.
  • Necesita correr, saltar y hacer ejercicios de gran actividad física.
  • Debe saber que a sus padres les agradan sus actividades creadoras.
  • Debe estimularlo a ir a la Santa Misa los domingos, así como prepararlo para la confesión y la comunión.
  • Deberá desarrollar sus propios gustos literarios.
  • Los padres deberán contestar francamente las preguntas del niño relativas al sexo..
  • Las actividades fuera de casa le darán ocasión de satisfacer su gusto por la aventura.
  • Con deberes impuestos en casa se acostumbrará a hacer frente a obligaciones serias.
  • Necesita que los padres se den cuenta que todavía no está en condiciones de observar conducta de adulto.
  • Con ayuda aprenderá los reglas propias y hacer un juego limpio..
  • Deberá respetar los horarios impuestos por su padres en cuento a ver TV, jugar, etc.
  • Se le debe dejar tomar decisiones y enfrentar las consecuencias de una equivocación.
  • Necesita tolerancia hacia sus gestos nerviosos y la oportuna indagación de su origen por parte de sus padres.

Once a trece años

  • Necesita sentirse aceptado por los chicos de su edad y asumir un papel activo entre ellos.
  • Le interesa la Historia Sagrada, la vida de Jesús y la Liturgia.
  • Empieza a alternar con chicos del sexo opuesto.
  • Es importante el conocimiento de su propio cuerpo, sus cambios y funciones.
  • Le agradan juegos que exigen coordinación y organización.
  • Debe dársele la oportunidad de ampliar experiencias personales en el mundo que le rodea.
  • Debe animársele a ampliar su destreza física con nuevos deportes.
  • Aprecia los momentos de retiro solitario y desea una habitación particular.
  • Generalmente necesita de 8 a 10 horas de sueño.
  • Observa a lo mayores para formar sus patrones de comportamiento.
  • Necesita saber que sus opiniones cuentan en las discusiones familiares.
  • Debe dársele responsabilidades en el hogar para robustecer su papel en la familia.
  • Necesita sujetarse a un código de principios morales elevados. Le agrada pertenecer a organizaciones como “boys scouts”.
  • Acoge gustoso la oportunidad de aprender a bailar, aunque los muchachos pueden mostrarse reacios.
  • Necesita tolerancia frente a sus reacciones contra los modos y cánones adultos.
  • Es importante que los padres reconozcan abiertamente su importancia como persona.
  • Debe prestarse cuidadosa atención al desarrollo de sus capacidades potenciales.

Catorce a dieciséis años

  • Necesita estímulo activo para cultivar sus aficiones intelectuales y artísticas.
  • Mostrar con ejemplo y palabra cómo se vive la vida cristiana.
  • Desea destacarse en un deporte u otra actividad.
  • Necesita oportunidades de ganar dinero y decidir cómo emplearlo.
  • Son muy importantes para él la aprobación y aceptación del grupo de amigos.
  • Necesita libertad para establecer estrechas amistades.
  • Aprecia la oportunidad de participar en los planes y responsabilidades familiares.
  • Requiere de libertad para invertir el tiempo libre a su modo.
  • Necesita confianza en su capacidad de atracción frente al sexo opuesto.
  • Debe poseer auténtica información sobre el sexo y la validez de los sentimientos.
  • Requiere tolerancia hacia los largos periodos de inactividad en que sueña despierto.
  • Debe tener amistad con adultos diferentes a sus padres con el fin de explorar otros puntos de vista.
  • Necesita estímulo en su creciente interés por los problemas sociales y colectivos.
  • Debe responsabilizarse de sus cosas personales y objetos favoritos.
  • Debe acostumbrarse a aceptar la responsabilidad de su salud y bienestar general.
  • Necesita de 8 a 10 horas de sueño.
  • Es esencial una actitud tolerante de lo padres hacia su necesidad de ser brusco y ruidoso.
  • Necesita que sus padres se percaten de que su agresividad y despego hacia ellos es pasajero.
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07.05.2008 © Corporación CED. Colombia
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