Bulimia nerviosa
¿Qué es la bulimia nerviosa?
La bulimia nerviosa es una enfermedad que se caracteriza por episodios repetidos de ingesta desproporcionada de alimentos y por una preocupación excesiva por el control del peso corporal, lo que lleva al enfermo a adoptar medidas extremas para compensar el aumento de peso. El término bulimia significa ingesta voraz y se añade nerviosa porque esta enfermedad, al igual que la anorexia, implica una serie de alteraciones psíquicas.
La persona bulímica tiene una imagen corporal de sí misma totalmente errónea, (distorsión cognitiva), y una autoestima muy baja que intenta compensar adelgazando y controlando lo que come: no se acepta y busca una solución inmediata a sus conflictos dejando de comer para adelgazar de inmediato. Hambre y ansiedad la llevan a una ingestión desmedida de alimentos lo que genera, a su vez, sentimientos de culpabilidad y descontrol que la conducen al vómito, los laxantes y diuréticos, y a una nueva restricción de alimentos. Así comienza, una y otra vez, este círculo vicioso.
La bulimia se diferencia de la anorexia en que los pacientes de la primera presentan pesos bastante normales, aunque se considera que ambas enfermedades son dos aspectos de un mismo problema (la disorexia), caracterizado, por el temor a aumentar de peso y la necesidad apremiante de tomar y manipular alimentos.
La relación entre ambas enfermedades se observa también en el hecho de que muchas anoréxicas pueden desarrollar bulimia al cabo de un cierto tiempo. Por el contrario, las pacientes bulímicas sólo raras veces desarrollan una anorexia persistente, aunque la bulimia puede estar interrumpida por períodos de ayuno.
Durante los últimos años, la bulimia ha ido aumentando de forma considerable. Los estudios realizados en Europa señalan entre un 1 y un 3% de bulímicos de edades comprendidas entre 15 y 30 años. En Estados Unidos la frecuencia es mayor, entre un 5 y un 10% en estas mismas edades. Estos datos pueden ser más elevados debido a que este trastorno puede pasar inadvertido.
Las mujeres en edades comprendidas entre los 15 y los 24 años son las más afectadas; los varones pueden padecer bulimia nerviosa, pero no parece ser tan frecuente como en el caso de las jóvenes. La proporción es un varón por cada nueve o diez mujeres, una ratio parecida a la de la anorexia.
La sintomatología general de la enfermedad consiste en:
- Episodios recurrentes de ingesta voraz (consumo rápido de gran cantidad de alimentos en un período corto de tiempo).
- Sensación de pérdida de control sobre lo que se come (no poder parar de comer ni controlar qué se come).
- Conducta compensatoria para no ganar peso (vómitos, uso de laxantes y de diuréticos, practicar dietas estrictas o ayunos o realizar mucho ejercicio).
- La alternancia de atracones y conductas compensatorias se produce, como promedio, al menos dos veces a la semana y durante tres meses como mínimo.
- Preocupación desmesurada por la figura y el peso.
- Los atracones se realizan a escondidas por vergüenza ante los demás.
Consecuencias de la bulimia nerviosa
La observación de que en la alternancia cíclica de fases de dieta y ayuno disminuye el metabolismo basal, tiene una especial importancia para el comportamiento de la persona bulímica. Cuanto más se cronifica la situación más difícil les resulta a las pacientes perder peso en las fases de dieta; sin embargo, después de los atracones, se constata un rápido aumento de peso. Esto se debe a que, mientras se mantiene la limitación de alimentos, el metabolismo basal se ajusta con rapidez a los niveles calóricos bajos, ("quema menos"), manteniéndose bajo cuando se recuperan los hábitos alimentarios normales.
A causa del abuso de laxantes y diuréticos se pueden producir trastornos electrolíticos y edemas.
Los vómitos autoinducidos pueden provocar ampollas, desgarros y hemorragias en la garganta y el esófago. Los dientes acaban erosionándose y se desgasta su esmalte.
Los vómitos provocan en las manos erosiones llamadas "signos de Russell" que parecen quemaduras.
Al vomitar, los niveles de sodio y potasio disminuyen y se produce, entonces, debilidad muscular, hormigueo y entumecimiento de los dedos de manos y pies, confusión y falta de concentración, latidos cardíacos irregulares, hipotensión y lesiones renales.
Hay otras consecuencias también graves que afectan al carácter y al comportamiento. La paciente se siente culpable y con mucha ansiedad, siente vergüenza y acaba odiándose a sí misma. Las relaciones con la familia empeoran y la paciente está cada vez más irritable y manifiesta mayor agresividad, situación que se hace extensiva a los amigos y a las relaciones en el trabajo.
Causas de la bulimia nerviosa
Factores biológicos
Hay que considerar la influencia genética ya que se han encontrado correlaciones que avalarían una cierta predisposición hereditaria a padecer la enfermedad aunque no está claro qué es lo que se hereda (predisposición a la obesidad, a padecer trastornos emocionales...)
La predisposición genética a la obesidad podría influir en la aparición de la bulimia nerviosa dada la necesidad de estas personas de controlar su dieta. Se ha encontrado una cierta correlación entre el miedo a engordar y el seguir muchas dietas con el riesgo de padecer una bulimia nerviosa.
Las burlas referidas al aspecto y a la gordura tienen un impacto significativo en la autoestima, en la imagen corporal y, por ello, pueden desencadenar la enfermedad en conjunción con los demás factores.
Factores psicológicos
La imagen que dan de fuerza, independencia, ambición y autocontrol contrasta con la que tienen de sí mismas: se sienten vacías, con un estado de ánimo pesimista y depresivo, debido a sus sentimientos internos de inseguridad, vergüenza, culpa e ineficacia. La mala imagen que tienen de sí mismas contrasta con el ideal que desean alcanzar y que aparentan ser.
La paciente bulímica presenta una serie de dificultades psicológicas que tienen que ver con todos o algunos de los siguientes aspectos:
- problemas de autonomía
- déficit de autoestima
- tendencia al perfeccionismo y al autocontrol
- miedo a madurar
- personalidad depresiva y dependiente
- experiencias traumáticas durante la niñez
Factores familiares
Existe más probabilidad de desarrollar un trastorno alimentario en una familia en la que uno de sus miembros lo ha padecido con anterioridad. También el hecho de que uno de los padres presente un trastorno emocional aumenta el riesgo de que alguno de los hijos desarrolle una bulimia.
En los casos más severos es necesario el internamiento sobre todo si el entorno familiar es muy conflictivo y cuando existen ideas depresivas o autodestructivas.
La terapia familiar está muy aconsejada y da muy buenos resultados favoreciendo tanto la resolución de los conflictos en las relaciones y la comunicación intra-grupo como las posibilidades de apoyo a la paciente por parte de los miembros del grupo familiar.
Mª Ángeles Pérez Montero
Francisco Javier Rodríguez Laguia
El Niño Autista
Cuando al bebé no le gusta que lo abracen o que lo miren a los ojos, o cuando no responde al cariño o al ser tocado, los padres tienen razón para preocuparse. Esta falta de receptividad puede estar acompañada de una incapacidad para comunicarse con otros y de establecer relaciones sociales en cualquier situación. Muchos niños autistas no demuestran preferencia por sus padres sobre otros adultos y no pueden desarrollar una amistad con otros niños. Las destrezas de lenguaje, tanto como las expresiones faciales y gestos no las usan de manera comunicativa. Cuando un niño presenta estos síntomas, los psiquiatras de niños y adolescentes pueden considerar el diagnóstico de Autismo infantil.
El niño autista no se relaciona de manera normal con los objetos. Puede responder de manera extrema y fuera de lo corriente hacia cualquier objeto, sea evitándolo por completo u obsesionándose con él. Por ejemplo, si alguien mueve su cama de un lado de la habitación al otro, el niño autista puede ponerse a gritar histéricamente. Si un objeto se mueve, tal como un ventilador, el niño se fascina, y también puede tenerle un gran apego a objetos extraños, tales como un papel, una gomita elástica o un ladrillo.
Otra característica del autismo es la tendencia a llevar a cabo actividades de poco alcance de manera repetitiva. El niño autista puede dar vueltas como un trompo, llevar a cabo movimientos rítmicos con su cuerpo tal como aletear con sus brazos. Los autistas con alto nivel funcional pueden repetir los comerciales de la televisión o llevar a cabo rituales complejos al acostarse a dormir.
Los padres que sospechan que su niño puede ser autista, deben consultar con su médico de familia o pedíatra para que los refiera a un psiquiatra de niños y adolescentes, quien puede diagnosticar con certeza el autismo, su nivel de severidad y determinar las medidas educacionales apropiadas. El autismo es una enfermedad y los niños autistas puede tener una incapacidad seria para toda la vida. Sin embargo, con el tratamiento y adiestramiento adecuado, algunos niños autistas pueden desarrollar ciertos aspectos de independencia en sus vidas. Los padres deben de alentar a sus niños autistas para que desarrollen esas destrezas que hacen uso de sus puntos fuertes de manera que se sientan bien consigo mismos.
El psiquiatra de niños y adolescentes, además de tratar al niño, puede ayudar a la familia a resolver el estrés; por ejemplo, puede ayudar a los hermanitos, que se sienten ignorados por el cuidado que requiere el niño autista, o que se sienten abochornados si traen a sus amiguitos a la casa. El psiquiatra de niños y adolescentes puede ayudar a los padres a resolver los problemas emocionales que surgen como resultado de vivir con un niño autista y orientarlos de manera que puedan crear un ambiente favorable para el desarrollo y la enseñanza del niño.
Academia Americana de Psiquiatría del Niño y del Adolescente
El Suicidio en los Adolescentes
El suicidio entre los adolescentes ha tenido un aumento dramático recientemente a través de la nación. Cada año miles de adolescentes se suicidan en los Estados Unidos. El suicidio es la tercera causa de muerte más frecuente para los jóvenes de entre 15 y 24 años de edad, y la sexta causa de muerte para los de entre 5 y 14 años.
Los adolescentes experimentan fuertes sentimientos de estrés, confusión, dudas sobre sí mismos, presión para lograr éxito, incertidumbre financiera y otros miedos mientras van creciendo.
Para algunos adolescentes el divorcio, la formación de una nueva familia con padrastros y hermanastros o las mudanzas a otras nuevas comunidades pueden perturbarlos e intensificarles las dudas acerca de sí mismos. En algunos casos, el suicidio aparenta ser una "solución".
La depresión y las tendencias suicidas son desórdenes mentales que se pueden tratar. Hay que reconocer y diagnosticar la presencia de esas condiciones tanto en niños como en adolescentes y se debe desarrollar un plan de tratamiento. Cuando hay duda en los padres de que el niño o el joven pueda tener un problema serio, un examen psiquiátrico puede ser de gran ayuda.
Muchos de los síntomas de las tendencias suicidas son similares a los de la depresión.
Los padres deben de estar conscientes de las siguientes señales que pueden indicar que el adolescente está contemplando el suicidio:
- cambios en los hábitos de dormir y de comer,
- retraimiento de sus amigos, de su familia o de sus actividades habituales,
- pérdida de interés en sus pasatiempos y otras distracciones,
- actuaciones violentas, comportamiento rebelde o el escaparse de la casa
- uso de drogas o de bebidas alcohólicas,
- abandono poco usual en su apariencia personal
- cambios pronunciados en su personalidad,
- aburrimiento persistente, dificultad para concentrarse, o deterioro en la calidad de su trabajo escolar,
- quejas frecuentes de síntomas físicos, tales como: los dolores de cabeza, de estómago y fatiga, que están por lo general asociados con el estado emocional del joven,
- poca tolerancia de los elogios o los premios.
El adolescente que está contemplando el suicidio también puede:
- quejarse de ser una persona mala o de sentirse "abominable",
- lanzar indirectas como: "no les seguiré siendo un problema", "nada me importa", "para qué molestarse" o "no te veré otra vez",
- poner en orden sus asuntos; por ejemplo, regalar sus posesiones favoritas, limpiar su cuarto, botar papeles o cosas importantes, etc.,
- ponerse muy contento después de un período de depresión, y
- tener síntomas de psicosis (alucinaciones o pensamientos extraños).
Si el niño o adolescente dice, "yo me quiero matar" o "yo me voy a suicidar", tómelo muy en serio y llévelo a un psiquiatra de niños y adolescentes o a otro médico para que evalúe la situación. La gente se siente incómoda y no le gusta hablar sobre la muerte. Sin embargo, puede ser muy útil el preguntarle al joven si está deprimido o pensando en el suicidio. Esto no ha de "ponerle ideas en la cabeza"; por el contrario, esto le indicará que hay alguien que se preocupa por él y que le da la oportunidad de hablar acerca de sus problemas.
Si una o más de estas señales ocurre, los padres necesitan hablar con su niño acerca de su preocupación y deben de buscar ayuda profesional. Con el apoyo moral de la familia y con tratamiento profesional, los niños y adolescentes con tendencias suicidas se pueden recuperar y regresar a un camino más saludable de desarrollo.
Academia Americana de Psiquiatría del Niño y del Adolescente
Familia, adolescentes y consumo de drogas
Los estudios sobre drogas señalan tres grandes grupos de factores que intervienen en el consumo o en la prevención: factores personales, sociales y familiares.
La familia -centrándonos en el último grupo- es un agente clave en la prevención de conductas de riesgo ya que en ella, como ámbito natural de socialización primaria de la persona, se desarrollan los comportamientos, actitudes y valores básicos que el individuo perfeccionará a lo largo de su existencia.
La experiencia muestra que las interacciones que se producen entre los miembros de una familia acaban repercutiendo en su funcionamiento general. La piedra lanzada al lago y las ondas que van recorriendo toda la superficie del agua es una socorrida metáfora de cómo actúan las interacciones en el sistema familiar. ¿Pero cómo puede influir la familia en conductas de consumo de drogas de sus miembros adolescentes? Sin perder de vista que la adolescencia, como etapa evolutiva específica, se convierte en un periodo que favorece la experimentación con sustancias. La percepción de su invulnerabilidad, característica del adolescente, puede inducirle a probar sustancias peligrosas en un estado anímico de aparente control o de ausencia de problemas
Previamente, conviene recordar algunos conceptos sobre la utilización de las drogas.
Modelos de consumo
El consumo de sustancias puede responder a los siguientes patrones:
- Uso: Consumo que no produce consecuencias negativas en el individuo porque no las utiliza habitualmente o las cantidades ingeridas son mínimas.
Hábito: Consumo repetido que, aunque no implica el incremento de la dosis, sí puede conducir a la dependencia.
Abuso: Uso excesivo o inapropiado de una sustancia.
- Los adolescentes españoles que consumen drogas se mueven entre el uso y el hábito, y no tienen por qué estar relacionados con el mundo de la marginalidad y la delincuencia, como ocurría en los años ochenta. En la actualidad, el consumidor adolescente de drogas apenas consume heroína, que es la sustancia más estrechamente relacionada con entornos de marginalidad social.
Tipo de sustancias
Según el Plan Nacional de Drogas, en lo que se refiere a las sustancias legales, en el año 2000 un 68'5 % de los adolescentes consumió alcohol y un 25'3 % tabaco. Entre las drogas ilegales destaca el cannabis con un 28'5% de jóvenes que lo habían probado, seguido de la cocaína y de las drogas de diseño. Frente a patrones tradicionales de consumo, que primaban una sustancia principal en alternancia con esporádicas pruebas con otras, los adolescentes actuales son policonsumidores: suelen ingerir diversas sustancias en función del contexto de ocio en el que se encuentren.
Factores de riesgo en las familias
Los estudios sobre factores de riesgo asociados al consumo, señalan los siguientes factores relacionados con la familia.
- Sobreprotección: Exceso de protección por la angustia que sienten los padres ante unos hijos cada vez más autónomos. Ésta produce en el adolescente poca autonomía, irresponsabilidad, escaso sentido crítico y dificultad para tomar decisiones ya que en todo momento va a necesitar la aprobación, deseada o no, de sus progenitores. Un adolescente que acaba asumiendo las consecuencias de esta sobreprotección puede presentar una seria dificultad para establecer relaciones grupales o hacerlo de forma dependiente, porque estará excesivamente vinculado a sus padres o asumirá que él, como individuo, debe ser objeto de aprobación en toda relación y tratará de cumplir expectativas aunque no tengan nada que ver con su escala de valores.
- Falta de comunicación: Dificultad para escuchar o responder adecuadamente por parte de los padres. El adolescente suele quejarse de lo "poco comprendido" que es por sus progenitores, pero no es a esto a lo que nos referimos cuando hablamos de esa dificultad en escuchar o responder. El problema aparece cuando el adolescente, por su lado, y los adultos, por el suyo, perciben que se mueven en mundos totalmente incomprensibles para el otro. Entonces los padres tienden a establecer un paralelismo continuo entre sus experiencias y las que no acaban de entender en su hijo. La situación genera introversión, inseguridad y ansiedad en el joven puesto que percibe que su mundo emocional es cuestionado constantemente. Que el adolescente asuma esto como natural supondrá dependencia en las relaciones sociales, problemas de integración y excesiva subordinación al grupo ya que necesitará ganar ese lugar que no encuentra en su familia.
- Dificultad para fijar límites: La permisividad o rigidez de los adultos son igualmente dañinos para el adolescente y aún más nociva será la oscilación entre ambos sin un motivo definido. La permisividad acarrea dificultades para interiorizar normas debido a que la ausencia de ellas en el entorno familiar impedirá, al no comprender su necesidad social, la generalización a otros medios. La rigidez genera falta de flexibilidad en el cumplimiento de las normas o una tendencia a la transgresión de las mismas, además de condenar al adulto a una actividad permanente para normativizar todo. La oscilación entre ambos extremos expone al adolescente a una situación de indefensión, en la que no sabe qué es lo que se espera de él. Esto se traduce en un liderazgo impositivo o en una inhibición relacional, dos extremos desequilibrados y despersonalizantes que impiden que el sujeto se manifieste como realmente es.
- Situación familiar conflictiva: La relación conflictiva entre los padres produce cambios bruscos de comportamiento e incremento de la ansiedad en los hijos. Aunque el proceso evolutivo del adolescente le lleva a diferenciarse de su familia, ésta sigue siendo -aun por contraposición- la referencia central en su proceso de maduración. Una relación familiar conflictiva conlleva en el adolescente la dependencia del grupo que así intenta conseguir su amparo o la dificultad para establecer relaciones grupales que eviten el compromiso relacional que tanto dolor le causa en su familia.
- Consumo excesivo de drogas por parte de los padres: No nos referimos exclusivamente a las drogas ilegales, el alcohol consumido por los padres puede ser una importante fuente de problemas en la familia. Asimismo hay que enfatizar que una actitud permisiva o el mismo consumo de sustancias tóxicas en los progenitores puede promover un aprendizaje por modelado y facilitar la incorporación del adolescente a grupos de consumidores.
- Sobreexigencia: Exceso de expectativas sobre el adolescente. El afán de que los hijos obtengan éxito y logren las mejores oportunidades puede ocultar a los padres las verdaderas capacidades, necesidades y deseos de sus hijos. Y, en consecuencia, quizá estos pueden llegar a sentirse infravalorados. La sobreexigencia favorece la falta de motivación y añade dificultades para aceptar los fracasos. En las relaciones sociales, podría implicar rivalidad porque el joven sometido a sobreexigencia tenderá a pensar que se es bueno si se es mejor que otro.
Todos estos factores citados se correlacionan con el consumo de droga pero no lo implican necesariamente. Aun en el caso de que se diesen todas estas situaciones, el muchacho expuesto a ellas no está abocado a consumir, ni tan siquiera a probar, sustancias tóxicas. Es decir, no puede negarse la influencia de los factores de riesgo en el entorno familiar, pero no son los únicos, estos confluyen con otros factores individuales y sociales en el inicio y mantenimiento de las conductas de consumo.
¿Cómo proteger dentro de la familia?
No existen fórmulas magistrales para evitar el consumo de sustancias en los hijos adolescentes. Cada adolescente es diferente. Nada arreglará que hablemos de las drogas con nuestros hijos si antes no hubo un acercamiento sincero a su mundo emocional y el deseo de hacerles notar que pueden contar con nosotros cuando lo deseen y necesiten. Como dice Jaume Funes "no habrá posibilidad de ayudarles [a los adolescentes] cuando tengan problemas con el consumo de drogas si antes no se les prestó ayuda simplemente cuando tenían dificultades, cuando estaban en crisis"
En todo caso siempre podemos reconocer el mayor número de los factores de riesgo en nuestro ámbito familiar y transformarlos en factores de protección:
Protección orientada a la autonomía. Estar pendientes para evitar riesgos innecesarios pero pretendiendo que sean ellos los que vayan formando sus propios criterios. Se trata de que nuestro hijo tenga una autoestima alta y equilibrada que le permita desenvolverse sin lanzarse a riesgos innecesarios.
Comunicación. Escuchar desde las necesidades de los adolescentes. Intentar no juzgarles, invitarles a la reflexión y respetar sus decisiones.
Establecer unos límites claros y estables. Ayudarles a ser autónomos no implica permitir que hagan lo que quieran. Los límites producen, entre otras cosas, seguridad.
Coherencia. No podemos pretender que nuestros hijos no consuman sustancias tóxicas si nosotros no somos capaces de no excedernos o de mantener una posición sin ambigüedades al respecto. Los adultos quizá seamos capaces de buscar el equilibrio pero no olvidemos que la adolescencia es una etapa de extremos.
Exigencia. No se trata de pedirles lo imposible, pero tampoco de permitirles desaprovechar sus capacidades e ilusiones.
La información sobre la peligrosidad de las drogas no es suficiente y en ocasiones resulta ineficaz. La labor de los padres ha de estar orientada a establecer vínculos familiares sanos, a ocuparse y no "preocuparse" del ocio de sus hijos e incrementar la autoestima de los adolescentes para que sean ellos, desde su propia seguridad, los que puedan decir: "no".
José Luís Sancho acero
Las primeras salidas por la noche
¿Tiene usted un adolescente en casa que empieza a salir por la noche?, ¿le resulta difícil controlar las salidas de su hijo/a?, ¿suele llegar a conflictos con su hijo/a para acordar la hora de vuelta a casa después de una salida nocturna?, ¿le preocupan las amistades con las que su hijo/a frecuenta la noche? Son interrogantes que en el seno de muchas familias suceden a diario y a lo largo de la historia. Este artículo pretende reflexionar sobre este tema que puede ser más o menos escabroso dependiendo (como en otros tantos temas) de la actitud de mayor o menor comprensión de los padres ante la situación y del entendimiento que exista entre las partes implicadas.
También nos planteamos en este artículo las situaciones en las que los hijos piden dormir por primera vez fuera de casa, con su mejor amigo, con un primo... Los padres deben saber estar a la altura de las circunstancias, saber reaccionar y comprender que es un buen momento para otorgar ciertas responsabilidades a los hijos y fomentar su autonomía social. A continuación se plantean algunas pistas muy enriquecedoras.
Los jóvenes albergan la ilusión de que la noche es suya, de que en el mundo nocturno sólo están ellos sin el control de los adultos. Cuando es niño, es obligado “irse pronto a la cama”, en consecuencia un rito de “paso” a la adolescencia significa conquistar el derecho a dominar la hora de recogerse por la noche. Y por último, la posesión total de ese atributo adolescente: pasar la noche fuera de casa; este es el privilegio máximo de los jóvenes.
En las edades más tempranas de la adolescencia de los hijos, es decir, la preadolescencia, los padres deben reconocer el atractivo que tiene dormir en casa de un amigo. Se sienten tan amigos que no les basta pasar el día juntos. Es muy gratificante contarse experiencias y dormirse con estas historias y aventuras. Muchas veces los recuerdos más agradables de la infancia tienen que ver con estas vivencias. Es conveniente que los padres aprovechen educativamente esta situación cumpliendo algunos requisitos:
- Conocer la familia del amigo y que el ambiente sea saludable y acorde a nuestras ideas.
- Que el joven esté preparado para convivir con personas distintas de su familia.
En ocasiones los chicos se pueden mostrar obedientes y dóciles con nosotros y cuando no se sienten vigilados son muy distintos. Debemos enseñarle que no se puede comportar con la misma familiaridad que en su casa. Desde que son pequeños debemos habituarles a relacionarse con los demás, es cuando comienzan a ampliar su círculo y a darse cuenta que los demás pueden ser amigos suyos.
Puede que sean tímidos por lo que convivir con otros chicos/as de su edad fuera de casa les obligará a poner en práctica habilidades sociales, saludar, mostrarse amable, responder a las preguntas, etc. Esto es todo un entrenamiento para el futuro.
Un error de algunos padres consiste en pretender prolongar la infancia impidiendo a sus hijos asumir responsabilidades. Es una regla de oro en educación que los padres acostumbren a sus hijos a hacer por sí mismos lo que son capaces de hacer de acuerdo con su edad. Así cuando se planteen nuevas situaciones estarán preparados para hacerles frente.
Aquellas actividades que impliquen un cierto alejamiento de la “presencia y protección” de los padres son maneras adecuadas de conseguir “autonomía”.
Existen casos de padres que quieren ser tan amigos de sus hijos que no les dan la suficiente autonomía para dejar que se relacionen con sus iguales.
La amistad es hermosa pero los verdaderos amigos no deben ser los padres sino personas de su edad con sus mismos problemas, inquietudes e ilusiones.
El adolescente necesita la autoridad paterna y se puede armonizar con compartir con ellos valores propios de la amistad, confianza, generosidad, lealtad, etc.
En etapas anteriores a la adolescencia, los padres pueden sustituir de alguna manera a los amigos de los hijos y ocupar su tiempo libre. Sin embargo en la adolescencia esto resulta implanteable. Los puntos de contacto que quedan con los hijos serán afinidades, gustos o aficiones que hayamos sembrado de pequeños. Por ejemplo, acompañarles a algún partido que practica, salir juntos a andar o montar en bici, coleccionar cromos y colocarlos juntos en el álbum... Estas situaciones siempre se harán con “afecto desinteresado”; si le acompañamos al partido ha de ser para servirle de apoyo no para “proyectarnos” en sus jugadas. Compartir tiempo con los hijos no debe pretender entrar en su mundo de intereses propiamente adolescentes para llegar a su intimidad. A veces es más conveniente invitar al adolescente a nuestro mundo y conseguiremos además un cultivo inmejorable para llegar a su intimidad: en una mañana de natación bien aprovechada se puede conocer más al hijo que en un año de “compartir” casa.
A los 15 años las actividades deportivas tienen mucho interés para los chicos/as; plantear un partido de tenis puede tener gran éxito, pero después hay que mantener una periodicidad más o menos concreta para alcanzar esa costumbre.
Los hijos además de todo lo anterior, necesitan algo muy importante para alcanzar su autonomía e independencia: LA AUTORIDAD DE LOS PADRES. ¿Cómo conseguir que los hijos hagan caso a los padres?:
- Con unas pocas normas muy claras.
- Favoreciendo su participación a la hora de tomar decisiones.
En los últimos años la autoridad de los padres se ha debilitado, se encuentra en entredicho, pero buscar soluciones fuera de la familia no sirve de nada. Son los padres los que deben educar a los hijos. Cuando existe crisis de autoridad puede que falte alguna de estas condiciones:
- Que exista consenso entre padre y madre.
- Autoridad participativa llegando a acuerdos.
- El fin a perseguir es la educación y autonomía de los hijos.
- Coherencia con la conducta de los padres.
- Que se apoye en valores y normas estables.
- Que se traduzca en hechos.
Los padres que quieran aumentar o mantener su autoridad no deben discutir delante de los hijos con relación a temas que les atañen a ellos. Nunca desautorizar a la pareja.
Deben tenerse en cuenta las opiniones de los hijos y no tratar de imponer de manera despótica la opinión o punto de vista, comportándose de forma demasiado exigente mandando y obligando puesto que así conseguirán indisciplina y rebeldía. Es conveniente proponer y sugerir.
Utilizando el “no” sin complejos llegaremos a obtener el control de los hijos. Deben entender que a veces es bueno renunciar a algo. Entre mantener una actitud autoritaria o dar libertad absoluta a los adolescentes, hay un término medio. Lo realmente eficaz es actuar de manera progresiva. Dar dosis de libertad basadas en el dialogo.
Conforme se demuestre su coherencia y responsabilidad, se debe ir ampliando este margen.
En la etapa adolescente el joven debe aprender a convertirse en su propio guía. No conviene que los padres mantengan sistemas autoritarios ni tampoco excesivamente permisivos. Entonces, ¿DEBEMOS EXIGIR O NO A LOS JÓVENES? A partir de ahora depende de ellos. En la medida en que consigan autoexigirse, los padres soltarán amarras. Siguiendo a JOSÉ MARÍA LAHOZ GARCÍA en su artículo “¿Exigir a un adolescente?” podemos apuntar algunos aspectos en los que el individuo puede llegar a la autoexigencia:
- Dominio de impulsos y manifestaciones agudas en su carácter.
- Respeto de los derechos de los demás como límite a su propia libertad.
- Subordinar el placer y la libertad a la realidad y previsión del futuro.
- Liberarse de lo que impida apreciar lo que tiene realmente valor.
Comunicar los anteriores objetivos a los chicos sólo será posible si los padres son capaces de vivir la propia autoexigencia. En el momento en que no se es coherente ni hay esfuerzo por parte de los padres la autoridad ante los hijos queda anulada.
La libertad y la autonomía respecto al uso del tiempo libre, el uso del dinero, el horario de llegada o la petición de pasar la noche fuera de casa hay que otorgarla en función de la responsabilidad demostrada. Esta será la clave:
A mayor responsabilidad |
mayor autonomía. |
Falta de responsabilidad |
restricción de autonomía. |
En cualquier caso, los padres deben asegurarse de conocer dónde y en qué condiciones estarán los hijos. Lo pueden hacer aplicando pautas como las siguientes: hablar con los padres de los amigos, cuidar que no haya hermanos mayores con ambientes desacostumbrados para ellos y dejar claro que pasará cierto tiempo hasta que puedan volver a dormir fuera si este fuera el caso. Esto no debe convertirse nunca en una costumbre ni en un capricho.
BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA CON EL TEMA:
PAULINO CASTELLS y TOMÁS J. SILBER: “Guía práctica de la salud y psicología del adolescente”
Editorial Planeta S.A., Barcelona, 1998
J. URRA: “Adolescentes en conflicto” 29 casos reales
Ediciones Pirámide.
BERNABÉ TIERNO: “Educar a un adolescente: la guía con todas las respuestas”
Editorial Temas de Hoy.
JOAQUÍN CALLABED: “Conocer y ayudar al adolescente”
Editorial Tempore.
SAL SEVERE: “Cómo educar a sus hijos con el ejemplo”
Editorial Gestión 2000
OLIVEROS FERNÁNDEZ: “Autonomía y autoridad en la familia”
Editorial Ediciones Universidad de Navarra S.A.
Mª Ángeles Pérez Montero
Francisco Javier Rodríguez Laguia
La tristeza y la depresión infantil
Expresar sentimientos no es tarea sencilla. Los padres deben contribuir a que sus hijos aprendan a expresar sus sentimientos y emociones asegurándose de proporcionarles los modelos más adecuados de aprendizaje emocional y de expresión de sentimientos.
Este tipo de aprendizaje se realiza fundamentalmente en la familia porque los padres aman a los hijos y los hijos a los padres y esto es suficiente para iniciar el arte de comprender y sentir sus emociones. Este aprendizaje emocional se manifiesta en lo que los padres dicen y hacen y también en los modelos que les ofrecen para manejar sus propios sentimientos en pareja.
El PRIMER PASO para conseguir salir triunfantes en esta difícil tarea es ser capaces de escuchar con toda atención a los hijos, en cualquier situación y edad. Los padres deben transmitirles que sus sentimientos son tan importantes para ellos como para los padres.
Otro punto importante es no intervenir con palabras antes de que ellos hayan expresado totalmente sus inquietudes. Alguna expresión como “vaya”, sin emitir más palabras les dará espacio para comunicarse sin sentirse juzgados. Expresiones de este tipo manifiestan interés por lo que los hijos dicen; expresan que los padres les escuchan e intentan comprender; se trata, en definitiva de emitir respuestas abiertas (aspecto que trataremos en otro artículo).
En tercer lugar, hay que ayudarles a nombrar lo que sienten. Cuando los niños saben que son escuchados y comprendidos aprenden a fiarse de sus sentimientos, a manejar emociones como la tristeza, antipatía, vergüenza, ira o rechazo. Para tener éxito en las relaciones sociales es fundamental mantener el control de las emociones, por encima del carácter personal y ello se consigue si en la familia se lo facilitamos.
Según la profesora CARMEN HERRAR GARCÍA con los siguientes CONSEJOS PRÁCTICOS conseguiremos que los hijos lleguen a ser adultos emocionalmente estables:
- Escuchar atentamente sin intervenir hasta el final.
- Darle tiempo a que se explique y que llegue a sus propias conclusiones.
- Conceder credibilidad y confianza a sus sentimientos: no recriminarle ni juzgarle.
- No hacer juicios previos etiquetándole.
- Ayudarle a nombrar lo que siente. Debe reconocer y diferenciar sentimientos: temor, ira, miedo, alegría, sorpresa, disgusto...
- Promover en casa un ambiente general de escucha y respeto por los sentimientos de todos los miembros.
Si se observa el desarrollo emocional de los niños se pueden descubrir estadios iniciales de problemas que pueden llegar a ser serios. Hablamos de algunos síntomas como tristeza persistente, lloros. Esto puede ser una señal de alarma ante una depresión infantil, que diagnosticada tempranamente se podrá tratar con eficacia.
La DEPRESIÓN se puede definir como una situación afectiva de tristeza mayor en intensidad y duración que ocurre en un niño. Es una enfermedad causada por la condición depresiva persistente interfiriendo con la habilidad de funcionar del niño o adolescente.
Existe mayor riesgo de padecerla en niños que viven con mucha tensión o que han experimentado una pérdida traumática. También hay riesgo en niños que tienen desórdenes de la atención del aprendizaje o la conducta. Decíamos que es importante observar la conducta, o más bien, el cambio en la conducta para detectar posibles anomalías. Si un niño deja de jugar con sus amigos para pasar más tiempo sólo; si las cosas que le gustaban ya no le interesan o incluso si se empieza a portar mal en casa o en la escuela debemos dialogar de modo amigable con él para compartir lo que está experimentando y ayudarle.
Existen algunos síntomas que nos pueden dar la clave ante una depresión: tristeza, irritabilidad, anhedonia (pérdida del placer), llanto fácil, falta del sentido del humor, cambios en el sueño, baja autoestima, sentimiento de no ser querido, cambios de apetito y peso, hiperactividad e ideación suicida.
Además de los anteriores síntomas también pueden observarse conductas como las siguientes:
- Quejas frecuentes de enfermedades físicas como dolor de cabeza y estómago.
- Deterioro en los estudios o faltas en la escuela.
- Falta de energía y aburrimiento persistente.
- Concentración pobre.
- Desesperanza.
- Pérdida de interés en sus actividades favoritas; o inhabilidad para disfrutar de las actividades favoritas previas.
- Aislamiento social, comunicación pobre.
- Sensibilidad extrema hacia el rechazo y el fracaso.
- Aumento en la dificultad de relacionarse, coraje u hostilidad.
- Cambios notables en los patrones de comer y de dormir.
- Hablar de o tratar de escaparse de la casa.
El diagnóstico y tratamiento temprano es esencial ya que es una enfermedad real que requiere tratamiento y ayuda profesional. Algunos niños admiten cuando se les pregunta que están tristes o que son infelices. De ahí la importancia de la familia para recoger las inquietudes emocionales de los hijos y como decíamos al principio, fomentar el clima apropiado para expresar sentimientos o estados de tristeza y poder afrontarlo.
¿POR QUÉ SE PRODUCE LA DEPRESIÓN INFANTIL? Existen varios aspectos:
- Conductual: porque hayan ocurrido acontecimientos negativos en la vida del niño o ausencia de refuerzos.
- Cognitivo: cuando el niño ha tenido experiencia de fracasos, juicios negativos o indefensión aprendida entre otros.
- Psicodinámico: si ha existido pérdida de autoestima o pérdida del objeto bueno.
- Biológico: si existe una disfunción del sistema neuroendocrino, disminución de la actividad de la serotonina y por efecto de la herencia.
De todos estos factores se produciría una conducta desajustada cuando interaccionan varios de ellos. En la familia el niño va a desarrollar los elementos básicos para su vida futura: el lenguaje, motivaciones, hábitos, etc. En principio, el apego del niño a la madre es fundamental en su desarrollo personal y social. Los apegos inseguros se han relacionado con todo tipo de problemas de conducta y con la depresión.
También es fundamental las buenas relaciones del niño con sus padres así como el puesto que ocupa entre los hermanos. Se sabe que la posición intermedia es la más vulnerable. Es importante que los padres construyan de manera adecuada la autoestima en los niños así como incentivar la capacidad de afrontar problemas y manejar la frustración.
Y ¿QUÉ PAPEL TIENE LA ESCUELA CUANDO SE PRESENTA ESTA SITUACIÓN? En ella se puede localizar precozmente cualquier atisbo de depresión. También el rendimiento escolar puede determinar algún problema pudiendo ser causa o efecto de la depresión. De ahí la importancia de una buena evaluación y seguimiento del maestro para detectar cambios. En cuanto a los instrumentos de evaluación de la depresión infantil (esto únicamente lo damos a conocer a los padres a título de información, no para ponerlo en práctica), se pueden encontrar pruebas de lápiz y papel: entrevistas, cuestionarios, etc., en este caso si se quieren medir conductas interiorizadas. Y en el caso de querer medir una conducta manifiesta, se hará una observación de conducta, registro de conducta y aplicación del juego infantil.
También existen pruebas de carácter endocrino para evaluar aspectos biológicos. Es de gran ayuda la entrevista a los maestros, compañeros y familia del niño.
Por último cabe hablar de ¿QUÉ TRATAMIENTO SEGUIR? En principio, por supuesto el que el especialista establezca. Sabemos que lo lógico es que sea individualizado y dependerá de la fase de desarrollo en que se encuentre el niño. Se acudirá al psicólogo para realizar terapia familiar o individual y, dado el caso, un tratamiento farmacológico puede ayudar.
BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA CON EL TEMA:
FRANCISCO XAVIER MÉNDEZ: “El niño que no sonríe” Estrategias para superar la tristeza y la depresión infantil.
Ediciones Pirámide
FRANÇOISE SAGAN: “Buenos días, tristeza”
Ediciones Cátedra
MARTIN E. P. SELIGMAN: “Aprenda optimismo”
Grijalbo Mondadori
Mª LUISA FERRERÓS:” Educar con inteligencia emocional”
Tibidabo, S.A.
MAURICE J. ELIAS, STEVEN E. TOBIAS Y BRIAN S. FRIEDLANDER: “La amistad”
Plaza & Janes Editores
FRANCESCO ALBERONI: “Guía para la salud emocional del niño”
Gedisa, S. A.
Mª Ángeles Pérez Montero
Francisco Javier Rodríguez Laguía
Los niños que no pueden prestar atención (ADHD)
Los padres se preocupan mucho cuando reciben una carta de la escuela diciendo que el niño "no le presta atención a la maestra" o que "se porta mal en la clase". Una posible causa para este tipo de comportamiento es el Trastorno Hiperactivo de Déficit de Atención (ADHD).
Aun cuando el niño con ADHD quiere ser un buen estudiante, su comportamiento impulsivo y su incapacidad para concentrarse o para prestar atención en clase con frecuencia interfiere y le causa problemas. Los maestros, los padres y los amigos saben que el niño "se está portando mal" o que "es diferente", pero no saben exactamente qué es lo que está mal.
Cualquier niño puede no prestar atención, distraerse con facilidad, actuar de manera impulsiva o ser hiperactivo a veces, pero el niño con ADHD muestra estos síntomas y este comportamiento con mayor frecuencia y severidad que los otros niños de su misma edad o nivel de desarrollo. El ADHD ocurre en 3-5% de los niños de edad escolar. El ADHD tiene que comenzar antes de los 7 años de edad y puede continuar hasta que el niño llega a ser adulto. El ADHD ocurre en familias, con alrededor de un 25% de los padres biológicos habiendo tenido esta condición médica.
Un niño con ADHD con frecuencia muestra algunas de las siguientes características:
- dificultad para prestar atención
- falta de atención hacia los detalles y comete errores por ser descuidado
- se distrae fácilmente
- pierde los materiales escolares y se olvida de entregar la asignación
- tiene dificultad para terminar los trabajos escolares y las asignaciones
- dificultad para escuchar
- dificultad para llevar a cabo ordenes múltiples de los adultos
- impulsividad al dejar escapar las contestaciones cuando no se le pregunta
- impaciencia
- es inquieto o se agita
- deja su asiento y corre o trepa de manera excesiva
- parece que siempre tiene que estar haciendo algo
- habla demasiado y tiene dificultad para jugar tranquilo
- interrumpe o se entromete en lo de otros
Al niño que presenta los síntomas del ADHD tiene que hacérsele una evaluación comprensiva. Un niño con ADHD puede tener otros desórdenes psiquiátricos tales como un desorden del comportamiento, desorden de ansiedad, desorden depresivo, o desorden maníaco-depresivo.
Sin el tratamiento adecuado, el niño se atrasa en sus estudios y pierde sus amistades. El niño experimenta más fracasos que éxitos y es criticado por los maestros y familiares que no reconocen su problema de salud.
Las investigaciones demuestran claramente que los medicamentos pueden ser de gran ayuda. Los medicamentos estimulantes tales como el metilfenidato, la dextroanfetamina, y el pemolina pueden mejorar la atención, la habilidad para enfocarse, el comportamiento dirigido hacia metas y las destrezas organizacionales. Otros medicamentos, tales como la guanfacina, la clonidina y algunos antidepresivos pueden también ayudar.
Otro enfoque del tratamiento puede incluir una terapia cognoscitiva y de comportamiento, entrenamiento en las destrezas sociales, entrenamiento de los padres y modificaciones en el programa educativo del niño. La terapia de comportamiento puede ayudar al niño a controlar su agresividad, a modular su comportamiento social y a que sea más productivo. La terapia cognoscitiva puede ayudar al niño a crear autoestima, a reducir los pensamientos negativos y a mejorar las destrezas para resolver problemas. Los padres pueden aprender a manejar las destrezas, tales como el dar instrucciones paso por paso en vez de pedirle varias cosas a la misma vez. Las modificaciones en la educación pueden ser dirigidas hacia los síntomas de ADHD a la vez que hacia las incapacidades de aprendizaje coexistentes.
Un niño que ha sido diagnosticado con ADHD y tratado de forma apropiada puede tener una vida productiva y exitosa. Si el niño demuestra síntomas y comportamiento como los de ADHD, los padres pueden pedirle a su pediatra o a su médico de familia que los refiera a un psiquiatra de niños y adolescentes, quien puede diagnosticar y tratar esta condición médica.
Academia Americana de Psiquiatría
del Niño y del Adolescente
Los tic nerviosos
Un tic es un problema en el cual una parte del cuerpo se mueve repetidamente, rápidamente, de repente y sin control. Los tics pueden ocurrir en cualquier parte del cuerpo, tales como la cara, los hombros, las manos o las piernas. Se pueden parar voluntariamente por períodos breves. A los sonidos que se hacen involuntariamente (tales como el rasparse la garganta) se les llama tic vocales. La mayor parte de los tic son leves y apenas se notan. Sin embargo, en algunos casos son frecuentes y severos y pueden afectar muchas áreas de la vida del niño.
Al tic más común se le llama "desorden de tic transitorio", el cual puede afectar hasta un 10 porciento de los niños en los primeros años de la escuela. Los maestros y otros pueden notarle el tic y piensan que debe de sufrir de estrés o estar "nervioso". Los tics transitorios se van por sí solos. Algunos se pueden empeorar con la ansiedad, el cansancio y algunos medicamentos.
Algunos tic no se van nunca. A los tic que duran por más de un año se les llama "tic crónicos". Los tic crónicos afectan menos de un uno porciento de los niños y pueden estar relacionados con un tic especial y poco frecuente llamado el "Desorden de Tourette".
Los niños con el desorden de Tourette tienen ambos tic, corporales y vocales (rasparse la garganta). Algunos tic desaparecen después de la adolescencia y otros continúan. Los niños con el desorden de Tourette pueden tener problemas de atención, concentración y pueden también tener dificultades con el aprendizaje. Pueden actuar con impulsividad, o pueden desarrollar obsesiones y compulsiones
Algunas veces las personas con el Desorden de Tourette pueden decir palabras obscenas, insultar a otros o hacer gestos y movimientos obscenos. Ellos no pueden controlar los sonidos y movimientos y no se les puede culpar por ellos. El castigo de los padres, las burlas de los amigos y los regaños de los maestros no ayudan al niño a controlar los tic, pero van a herir su autoestima.
Mediante una evaluación médica comprensiva, que a menudo incluye consultas pediátricas y/o neurológicas, el siquiatra de niños y adolescentes puede determinar si el joven sufre del Desorden de Tourette o de otro tic nervioso. El tratamiento del niño con un tic nervioso puede incluir medicamentos que lo ayuden a controlar los síntomas. El siquiatra de niños y adolescentes también podrá aconsejar a la familia en cómo darle apoyo emocional al niño y proporcionarle un ambiente adecuado para su educación.
Academia Americana de Psiquiatría
del Niño y del Adolescente |