Isabel Molina/Revista Misión - 14.09.2018

 

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“Cuando un matrimonio pasa una mala racha, lo primero que se resiente es la comunicación”. Así lo ha comprobado una y otra vez en su consulta Nacho Tornel, experto en relaciones de pareja, quien reclama que los esposos reserven en su agenda un tiempo para estar juntos: “La agenda no quita romanticismo al matrimonio; lo que resta romanticismo es no dedicarse tiempo”, advierte.

 

Se casaron con la ilusión de compartirlo todo y de pasar ratos interminables a solas, pero tanto ella como él tienen tantos temas que atender a diario que, sin darse cuenta, el espacio para conversar tranquilamente queda reducido a la mínima expresión. Poco a poco, sus diálogos se vuelven tensos y poco fluidos y, tal como advierte Nacho Tornel  autor de Enparejarte, los esposos hoy se dedican más a “despachar temas”, como si su relación fuera una “gestión profesional”, que a comunicarse de verdad.

 

Este experto en comunicación de pareja, da unos consejos para que “cada conversación densa entre los esposos sea como una gota de silicona que los una con fuerza y los haga sólidos, casi irrompibles”, así lo expone en la Revista Misión:

 

1. Haz de tu cónyuge tu prioridad absoluta

 

Los cónyuges que se comunican bien tienen un denominador común: ambos han marcado el matrimonio como su prioridad. Y lo demás: hijos, trabajo, relaciones sociales y familiares… está en segundo plano. “Tener al otro como prioridad es la manera más directa de revitalizar la unión conyugal, la intensidad de la relación, la ilusión por estar juntos, el compartir más íntimo, las ganas de contarse cosas y pasar ratos a solas, porque el amor se retroalimenta y, cuanto más estás con el otro, más quieres estar con él”.

 

2. Fija unos tiempos a solas con tu pareja

 

Tener tu matrimonio como prioridad se refleja también en la agenda de los dos: los esposos tienen claridad de los momentos que pasarán juntos cada día, cada semana, cada mes y hasta cada año… “Esto no quiere decir que el tiempo que se dedican tenga que ser siempre el mismo: hay matrimonios que saben que todos los viernes salen a cenar, otros no tienen día fijo, pero tienen unos tiempos ‘blindados’ para estar juntos…”, explica Tornel. Así, cuando comienza a entrar la apatía en el amor, “agenda en mano, fijan ratos para hacer deportes juntos, ir a dar un paseo todas las semanas, etc.”.

 

3. Elimina las interferencias

 

Deja a un lado el móvil, la tele o la tablet… o cualquier interferencia que pueda enturbiar la comunicación”, reclama Tornel. Tampoco valen excusas que acaben rompiendo un buen momento a solas: “Íbamos a salir el sábado, pero al final me llamó mi hermana, estábamos cansados y nos quedamos en casa”. “Si no sabes eliminar las interferencias, te puede la vida y se pierden los ratos de contemplación del uno al otro”, advierte.

 

4. No filtres demasiado

 

“Cuéntale a tu marido o a tu mujer todo aquello que necesitas compartir”. No conviene adoptar una comunicación selectiva: esto no se lo cuento para no aburrirle o para protegerle de mi problema. Además, es importante ser espontáneo y natural, sin retrasar el diálogo. “Si dejas los temas ahí varios días para luego comentarlos todos juntos, cuando al final tienes un espacio para compartir se convierte en pasar ‘orden del día’ y resulta agotador”. En la comunicación, el matrimonio se  “necesita conseguir el equilibrio de la olla a presión, que por su valvulita va soltando el gas poco a poco”.

 

5. Escucha, pero sin dar consejos

 

Cuando contamos algo al cónyuge, normalmente de­sea­mos compartirlo, sacarlo para liberarnos. Sin embargo, en algunas parejas, cuando un cónyuge cuenta algo, quien escucha opta por dar consejos, soluciones o fórmulas. Y el que comparte se queja: “Siempre que le cuento lo que me pasa en el trabajo, intenta resolverme el problema. Yo sé lo que tengo que hacer, solo quiero que me escuche”. Por eso, Tornel recuerda: “No es bueno opinar demasiado, basta con saber escuchar”.

 

6. Practica la escucha activa

 

Cuando tu cónyuge te cuenta algo, demuéstrale que estás escuchado: ve asintiendo y haciendo comentarios como: “Anda, cuéntame más”; y cuando termine, es bueno repreguntar: “¿Cuándo sucedió esto? ¿Y te lo tomaste tan mal…?”. Preguntas como estas muestran interés en lo que te ha contado.

 

7. Háblale a tu cónyuge con respeto y cariño

 

“Comenta también las cosas que te desagradan, pero incluso si tienes que decirlas cuando estás molesto, dilas con palabras de cariño y acompañándolas con gestos físicos de mimo y cuidado: cógele la mano a tu pareja o abrázale, no sea que parezcas un general que pone en firme a sus soldados”.

 

8. Cuida el lenguaje

 

Por último, “nunca digas una mala palabra; sé respetuoso y delicado en el trato”. Y si hay algo complicado que comunicar, cuídate de no ser presa de la ira o de palabras cargadas de ofensa, ni de manifestar lo que sientes como una acusación o un reproche. “Es muy distinto decir: ‘Últimamente me siento solo, no me llamas durante el día…’, a decir: ‘Eres un egoísta, solo piensas en tu trabajo y no te acuerdas de llamarme’. El lenguaje acusador hace que el otro contrataque: ‘Egoísta eres tú. ¿No te das cuenta de que estoy pasando por una etapa malísima en el trabajo?’”.

 

Siguiendo estos consejos notarás que vuestra comunicación se hace más cercana e íntima.

 

Pablo J. Ginés/ReL – 17.08.2018

 

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La idea de casarse sin antes convivir con la pareja es minoritaria entre los jóvenes españoles: según el más reciente estudio de la Fundación Santa María, en el cual sólo declaraban esa intención uno de cada diez jóvenes. 

 

Sin embargo, años atrás (encuestas de 2016), uno de cada tres declaraba "pienso casarme, pero antes convivir con mi pareja". La idea de vivir en pareja sin ningún plan de casarse la tienen uno de cada cinco (un 20%). Y un gran cambio se nota en los absolutamente indecisos: casi un 30% que declaran "no sé lo que haré", mientras que diez años antes esos indecisos eran un 17%.

 

Los absolutamente liberales ("pienso formar una pareja abierta con total libertad sexual") son en la teoría menos de un 2%... pero en la práctica es evidente que las parejas sexuales se pueden ir sucediendo una tras otra allí donde no hay una voluntad clara de exclusividad y unión indisoluble "hasta que la muerte nos separe". 

 

Cohabitar para "probar": una superstición popular

 

En España, como en otros países, muchos jóvenes (y sus padres) creen en una superstición absolutamente contraria a los datos científicos recopilados durante décadas: la superstición de que es bueno y prudente cohabitar antes de casarse "para probar nuestra convivencia" o "para probar la compatibilidad". 

 

Así, hemos visto que uno de cada 3 jóvenes menores de 25 años quiere cohabitar con la idea de pasar luego al matrimonio. Y según esta encuesta de Fundación Santa María, un 31% de todos los jóvenes declara que cohabitaría "para probar como es la convivencia", casi un 19% lo hace para ahorrar papeleo en caso de ruptura y un 16% lo hace porque no se siente seguro con la pareja que ha escogido. 

 

¿Cómo les va a los que cohabitan "para probar”?

 

Un estudio norteamericano de Stanley y Rhoades se centró en analizar qué tal les iba a los que declaraban que cohabitaban "para probar la convivencia" (distintos a los que lo hacen "por conveniencia"). 

 

Los resultados sugieren (como en muchos otros estudios y países) que este "probar" no ayuda nada a la pareja:

 

- los hombres que cohabitaban "para probar" tenían mayores índices de síntomas depresivos, ansiedad generalizada, problemas para depender de otros y ansiedad por temor al abandono.

 

- las mujeres que declaraban "probar" tenían mayor ansiedad de temor al abandono.

 

- tanto hombres como mujeres, declaraban un menor nivel de confianza en la relación, peor interacción y más agresión psicológica.

 

- entre los varones que "probaban" se detectaba más agresividad física y menos niveles de dedicación a la relación.

 

Stanley admite que muchos de esos factores negativos estaban ahí antes de empezar a cohabitar... pero los cohabitadores se "enganchan" a ellos, los aceptan y piensan que cohabitando más "mejorarán" (o, más bien, que "el otro mejorará").

 

Cohabitar ciega y dificulta cortar cuando habría que cortar

 

"Lo que la gente ve menos en el cohabitar es que hace más difícil el romper", insiste. No es que se rompa menos: se rompe más que en las parejas de novios que sólo quedan y salen. Pero, además, se rompe más tarde y peor. 

 

Los sociólogos llaman a esto "la inercia de la cohabitación". Esa inercia no solo implica que puedes alargar una relación tóxica o mala por la dificultad de "empezar de nuevo saliendo de esta casa", sino que hay parejas que pasan de cohabitar a casarse "por inercia". La ruptura llegará más tarde. 

 

No hay estudios sociológicos que demuestren que cohabitar antes de casarse disminuye el riesgo de ruptura. Ni que los que cohabitan rompen menos que los que se casan. Los estudios muestran siempre lo contrario. 

 

Solo recientemente hay algunos estudios que señalan que cohabitar no empeora (aunque tampoco mejora) los índices de ruptura del matrimonio, y se da solo cuando se suman estos factores: 

 

- Haber cohabitado solo con quien luego es tu cónyuge

 

- Haber empezado a cohabitar teniendo los dos muy claro, y haberlo declarado, que el objetivo era luego casarse

 

- Empezar esa cohabitación con más de 23 años de edad

 

Pero "cohabitar con el objetivo firme y declarado de casarse después" no es muy común, en realidad. Normalmente, uno de la pareja lo desea, o espera, o le gustaría... y el otro prefiere no pensar mucho en ello, hasta que, quizá, "se desliza". 

 

¿Tienen los dos voluntad declarada y firme de envejecer juntos?

 

Stanley insiste que esa voluntad declarada de compromiso, de querer vivir siempre juntos, expresada, es lo que da firmeza frente a la ruptura. Esa voluntad declarada y firme es lo que debe haber en un noviazgo. Y el ritual de una boda y el apoyo público de la comunidad tiene, entonces, una eficacia real y da una fuerza real en esos casos a la pareja.

 

Lo peor es que en la cohabitación uno queda "enganchado" y tarda en ver esas cosas y dar el paso a dejarlo. Cohabitar dificulta ambas cosas: detectar los problemas y cortar la relación: un piso que pagar, un coche compartido, quizá incluso hijos, etc... 

 

"Hay muchas formas mejores de probar una relación que hacer algo que dificulta el romper porque te lo has imaginado todo. Es mejor tomar un curso sobre relaciones (por ejemplo, los cursos prematrimoniales anteriores incluso a prometerse en matrimonio), hablar de cómo será el futuro juntos y ver si sois compatibles saliendo en el noviazgo. Tomad el tiempo de ver a vuestra pareja en distintos ámbitos sociales", propone Stanley. 

 

*Publicado originalmente en ReL

 

Revista Misión - 03.07.2018

 

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Las relaciones con la familia política son, con frecuencia, un foco de tensión que afecta negativamente tanto al matrimonio como a las relaciones entre padres, hijos y hermanos. La ausencia de límites claros, una excesiva injerencia de la familia extensa, recelos infundados o la dificultad para perdonar las ofensas son, según los expertos, las causas más comunes de unos conflictos que, sin embargo, tienen solución. A pesar de todo, merece la pena cuidar y querer mucho a la familia política.

 

“Aunque los problemas con la familia política tienen algo de mito y hay muchas ideas preconcebidas, la realidad es que estas relaciones no siempre son fáciles, pues suponen un proceso de aprendizaje, conocimiento y respeto que no siempre se da en las condiciones en que debería darse”, explica para la Revista Misión la doctora Teresa Barrera, psicóloga familiar del gabinete del Doctor Chiclana.

 

Según Barrera, “muchas veces pensamos que llegamos al matrimonio y está todo hecho, y que será fácil construir una nueva familia dejando atrás nuestra familia de origen. Sin embargo, este cambio implica un proceso de ‘duelo de la salida’ para todos, que no siempre es fácil.  Y más si no caemos en la cuenta de que las dos familias de origen son igual de importantes, pues forman parte de nuestra historia, son la raíz de la persona que más queremos y serán relevantes para nuestros hijos”.

 

Las causas más comunes de conflictos

 

La psicóloga familiar María José Marcilla, del Centro de Orientación Familiar de Dos Hermanas, en Sevilla, explica que entre las causas más comunes de los conflictos con la familia política están:

 

- las excesivas injerencias de la familia de origen –incluso cuando son bienintencionadas–,

- la ausencia de límites claros, 

- unas dependencias materiales o emocionales mal canalizadas, 

- la frialdad en el trato, 

- los desplantes mal cicatrizados, 

- el hartazgo acumulado 

- y la falta de comunicación.

 

Mención aparte merecen los problemas que surgen cuando las familias de origen son muy dispares: “La integración entre los miembros de ambas familias de origen hay que cuidarla con mucho mimo y cariño, sin pensar que la mía es la mejor y la tuya un desastre (o viceversa), y sin criticar a las familias por sus costumbres”, apunta Marcilla.

 

Amar con los defectos

 

Por desgracia, no todos los problemas con la familia extensa (tanto la de origen, como la política) son por pequeñas cosas, sino también por ofensas graves, malas acciones o fuertes discusiones en las que todos creen llevar razón.  “Estas situaciones –explica la doctora Barrera– son duras y difíciles, pero es posible superarlas gracias al perdón”. Y recuerda que aunque el otro no pida perdón, o no quiera retomar la relación, “yo puedo perdonar igualmente y tener una actitud de aceptación del otro” porque “si sabemos qué queremos vivir como familia, y cuáles son nuestros valores y prioridades, no perderemos el norte”.

 

No obstante, Barrera aconseja que si hay conflictos con la familia política, “lo mejor es que intervenga cada uno con su familia de origen, porque solemos tener más confianza con ellos”.  “A no ser –matiza–, que el conflicto sea entre padres e hijos, pues en ese caso el cónyuge tal vez pueda expresarse con más neutralidad”.

 

Consejos prácticos

 

Las psicólogas mencionadas, Teresa Barrera y María José Marcilla, dan 9 consejos prácticos para tener una buena relación con tu familia política:

 

1. Las dos por igual

Valora a las dos familias de origen por igual: las dos son igual de importantes porque son las raíces de la persona a la que queremos.

 

2. Proyecto claro

Cada núcleo familiar tiene sus propios valores, prioridades, estilos de comunicarse y de educar, modos de expresar el afecto… Si lo hablamos como matrimonio y sabemos hacia dónde queremos dirigir nuestra familia, vamos a relacionarnos con las otras familias sin verlas como una amenaza.

 

3. Juntos, pero no revueltos 

Poner límites es necesario para relacionarnos de forma sana, pero no deben ser improvisados, sino acordados por el matrimonio, y expresados cada uno con su familia de origen.

 

4. Evita comparaciones

No critiques ni insultes a tu familia política, y menos delante de tu cónyuge. Evita las comparaciones: somos diferentes, no mejores ni peores.

 

5. No rompas los puentes

Si es necesario, aumenta la distancia, pero nunca faltes al respeto ni rompas la relación con la familia política.

 

6. Valora y disfruta 

Valora a cada miembro de tu familia extensa en lo que tiene de bueno. No dediques tiempo a la familia política “por obligación”, sino para disfrutar; y elige cómo hacerlo: si quieres ir todos los domingos a comer, que sea por una elección personal, libre y que les deje a todos buen sabor de boca.

 

7. No acapares

Comprende que tu cónyuge quiere a sus padres y demás familia porque son de quienes recibió el cariño que ahora sabe dar. Aprende a ser generoso y no quieras acaparar el cariño y el amor de tu pareja o de tus hijos.

 

8. Perdona y pide perdón 

Los conflictos pueden llegar, pero hablarlos para solucionarlos, pedir perdón y perdonar incluso cuando no nos pidan perdón, es un triunfo mayor que estancarse en el rencor.

 

9. Tú tampoco eres perfecto

La familia es un regalo para nosotros y nuestros hijos, son los cimientos de nuestra vida, así que aunque las relaciones no sean como nos gustaría, la familia es importante y hay que dedicar tiempo a escuchar, cuidar, aceptar, perdonar y disfrutar. No son perfectos, pero nosotros tampoco, gracias a Dios.

 

 

LaFamilia.info - 13.08.2018

 

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El amor es un lenguaje que tiene muchos matices. Por ejemplo, podemos expresar el amor de una forma diferente a la de nuestro esposo(a) y sigue siendo amor, aunque muchas veces no lo identifiquemos así. Lo cierto es que conocer nuestro lenguaje y el de nuestra pareja, hará más fuerte el vínculo y nos evitará más de un mal momento. 

 

El antropólogo Gary Chapman, se dedicó a estudiar este tema y a partir de eso escribió el exitoso libro “Los 5 lenguajes del amor”, el cual brinda numerosas herramientas para comprender mejor nuestra forma de dar y recibir amor a nivel personal, matrimonial y familiar. El autor describe diferentes situaciones que se presentan en la pareja y cómo influye el tipo de comunicación que usamos. 

 

“Mantenga lleno el tanque del amor, que hay una temporalidad de ese amor que la gente siente cuando está enamorado. Es una euforia casi ciega (por no decir totalmente ciega) que nos impide ver algún defecto en la persona. Pero ese tipo de amor no dura mucho (en algunos más en otros menos) y debe dar paso a otro amor más maduro”, comenta el doctor Chapman. ¿Por qué muchos cónyuges se portan mal y buscan beber de otras fuentes? ¿Qué se debe hacer para lograr un matrimonio duradero? La respuesta que da el doctor Chapman es que aprendamos a mantener lleno el tanque del amor de nuestro cónyuge.

 

Ahora, ¡vamos a la práctica! Debemos convertirnos en unos excelentes comunicadores para hacer que nuestro mensaje siempre llegue de forma efectiva y en el instante preciso a nuestro destinatario, en este caso el cónyuge. Además, debemos conocer y estar dispuestos a aprender el lenguaje amoroso de nuestra pareja.

 

Estos son los 5 lenguajes que describe Gary Chapman:

 

1. Palabras de afirmación

 

Son los elogios verbales, palabras de aprecio y reconocimiento. Son aquellas palabras poderosas que inspiran y transmiten valor, seguridad y confianza a la persona amada. Esta habilidad requiere empatía. Se concentra en lo que se está diciendo con palabras a la pareja.

 

2. Actos de servicio 

 

Son aquellas cosas que hacemos por la persona amada, porque sabemos que lo apreciará, que le gusta, aunque a nosotros quizá no tanto. Puede ser ordenar la casa antes de que llegue, organizar una cena con sus amistades, ayudarle en un proyecto suyo... Requieren planificación, tiempo, energía y que se haga por amor, no por sola presión u obligación. Expresa respeto a lo que el otro valora.

 

3. Toque físico 

Este lenguaje de amor incluye desde el sexo hasta una simple caricia, tomarse de las manos, un masaje, abrazarse, sentarse juntos a leer un libro...

 

4. Regalos 

 

No se trata de "grandes y caros regalos" sino de gestos, como una notita, un mensaje, una flor silvestre. Significa que piensas en la otra persona. Es un símbolo visual del amor con gran valor emocional para los que disfrutan con este lenguaje. 

 

5. Tiempo de calidad 

 

Es el tiempo compartido de calidad y unión. No se trata de estar en el mismo espacio físico, de simple proximidad, de estar haciendo dos cosas diferentes a la vez; sino de estar en unión y atención plena entre las dos personas que somos. Las actividades compartidas son el vehículo para crear el sentido de unión, de proyección conjunta. A menudo basta con un café, juntos, solos, hablando. Las conversaciones de calidad, que expresan pensamientos, sentimientos, frustraciones y deseos con respeto y escucha atenta, se incluyen en este tiempo de calidad. 

 

Distintas personas con distintos lenguajes

 

Para recibir y transmitir amor, en la pareja, pero también en la familia, con nuestros hijos y padres, es bueno entender que distintas personas tienen distintos "lenguajes del amor". Quizá estemos dando regalos a alguien que no los aprecia, que lo que desea es tiempo de calidad. Quizá esa persona ni siquiera entiende que con los regalos tratamos de expresar nuestro amor. He aquí un tema que las familias pueden aprender a trabajar para mejorar sus relaciones.   

 

¿Con cuál te identificas? ¿cuál es tu lenguaje para dar amor y cuál para recibirlo? ¿Cuál deberías reforzar? 

 

Fuente: ReL

 

ReL/HacerFamilia - 18.06.2018

 

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El matrimonio es un camino de "ires y venires", en el cual es natural que surjan momentos de dificultad. Por eso, una vez se presenten, es importante atenderlos de forma oportuna y adecuada. 

 

En la revista Hacer Familia señalan los 9 momentos más comunes en que los matrimonios son especialmente vulnerables y requieren una atención extra.

 

1. Cuando, novatos, ¡descubrimos que somos distintos!

 

Es una de las crisis más frecuentes de los primeros compases de la pareja. Surge al iniciar la convivencia. El enamoramiento que versa sobre los grandes temas posiblemente no se ha parado a mirar en esos detalles mínimos que se perciben en el día a día. Aunque parezca mentira, no son pocas las crisis que los matrimonios tienen que superar por tópicos tan clásicos como la pasta de dientes abierta o si los platos de la cena se recogen o se dejan en la pila. Es entonces cuando descubrimos que cada uno es "de su padre y de su madre". Las educaciones recibidas durante todos los años precedentes son distintas y se nota.

 

Para enfrentarse a esta situación necesitamos trabajar especialmente la empatía. Es importante ponerse en la piel del otro para juzgar adecuadamente cada situación. La valoración incluye saber si realmente la otra persona es consciente de que determinada actitud nos molesta. En ocasiones, posiblemente, ni sepa que hay otro modo de hacer las cosas porque en casa de sus padres se hacían así. El diálogo tiene que ser muy fluido porque si no se comentan los detalles, se pueden enquistar. Pero al mismo tiempo, nunca se puede perder la perspectiva de que se trata de cuestiones de una importancia solo relativa.

 

2. Cuando se meten las familias políticas

 

Aunque ante el altar solo están los novios, no cabe duda de que a la familia llegan también los suegros, los cuñados, los sobrinos y todo un séquito con el que no contábamos. La injerencia de la familia propia y la política en los asuntos que conciernen al matrimonio puede provocar serias tensiones en determinadas circunstancias. Además, los cónyuges tienen la sensación de estar entre la espada y la pared, puesto que se deben tanto a sus mayores como a su pareja.

 

En estos casos, el diálogo es el arma más eficaz para solventar los problemas. Pero no se debe entender como un diálogo destinado a que el contrario entienda a la familia política, puesto que es poco probable que ocurra, sino a que el matrimonio acuerde unos principios básicos mínimos que no se podrán transgredir. Como las situaciones son dispares y se presentarán muchas veces a lo largo de la vida, conviene hablar de cada caso en concreto, como las vacaciones, el cuidado de nietos o las fiestas navideñas. En cualquier caso, es imprescindible no atacar nunca al cónyuge por los comportamientos de su familia.

 

3. Cuando el bebé no llega

 

Ese deseo por tener hijos en común que es positivo y afianza la relación, se puede convertir en un foco de conflicto cuando, mes tras mes, ese hijo no llega, cuando se frustran los embarazos. La tristeza se puede hacer presente en la vida de ese matrimonio. Y de esa tristeza surge fácilmente la distancia puesto que, para no provocar más dolor, se evita mencionar un tema que sigue latente en los dos. En ocasiones, deriva en reproches, más o menos explícitos, hacia el otro, y puede acabar incluso con un matrimonio si no se sabe gestionar.

 

La mejor manera de evitar esta grave crisis matrimonial es no retrasar el momento de la boda y de la paternidad por causas como la necesidad de crecer en el trabajo o de alcanzar un determinado nivel económico. Pero si esa circunstancia ya no se puede soslayar y si el problema persiste, resulta fundamental entender el valor del matrimonio en sí mismo. Aunque los hijos supongan una riqueza para la pareja, el amor de los cónyuges no está supeditado a tener descendencia. Con esta perspectiva en mente, el vínculo matrimonial no flaqueará a pesar de la ausencia de hijos.

 

4. Cuando nacen los bebés

 

La llegada de un hijo suele ser un momento de extrema felicidad para un matrimonio y, sin embargo, también es un momento de tremenda crisis. Lo que pasa es que las parejas suelen adaptarse a los cambios que supone la paternidad con enorme alegría porque para ellos pesan más en la balanza los aspectos positivos. Pero no cabe duda de que supone un cambio radical en la vida de un matrimonio acostumbrado a ser dueño de su tiempo, a tenerse el uno al otro sin interrupciones, a tomar decisiones con bastante libertad. Todo cambia con los niños: ritmos, horas de sueño, planes posibles, tiempo disponible, gastos del hogar, prioridades. Puede que al matrimonio le cueste adaptarse, que tarden en comprender cuáles son sus nuevos roles y que los sincronicen. 

 

Serán necesarias grandes dosis de comprensión por parte del padre y de la madre para que cada uno vaya tomando posiciones en el nuevo escenario. Aunque un niño reclame gran parte de nuestra atención, el matrimonio no debe descuidarse porque será la piedra angular de esa familia que acaba de crecer. Por eso, mirar las cosas desde la perspectiva del otro limará muchas asperezas. Conviene poner distancia sobre los problemas y entender que algunos se van resolviendo solos con el paso de los meses, como la falta de sueño o la atadura que supone la etapa de la lactancia. También es importante dejar de mirar hacia el recuerdo de lo que ya no se puede hacer y centrarse en las posibilidades que ofrece la nueva vida.

 

5. Cuando hay que decidir cómo educar a los niños

 

Las parejas mejor avenidas encuentran en muchas ocasiones puntos de fricción en temas que se refieren a la educación de los hijos. Si aquello de proceder "de su padre y de su madre" se hace patente al inicio de la convivencia, la sensación vuelve a escena cuando los problemas con los niños llegan a casa. Como en la educación no existen recetas, cada miembro de la pareja planteará ante cada circunstancia la forma de educar que considere más oportuna. Y tendrá que ver con su experiencia personal, con sus vivencias familiares, con su forma de ser y con otros elementos con los que tenemos que ser particularmente comprensivos.

 

La comunicación en el seno del matrimonio será la clave para resolver estas crisis puntuales. La negociación permitirá acercar posturas en vías de solución que no son ni buenas ni malas, solo diferentes. Pero lo imprescindible es tener presente en todo momento que los acuerdos son necesarios por el bien de los niños. No se trata solo de pensar en qué opción de las dos es la más beneficiosa sino que, una vez tomada una decisión, los padres deben actuar al unísono para que los hijos tengan un referente moral claro.

 

6. Cuando escasea el dinero

 

El dinero no da la felicidad pero la falta de dinero genera más de un quebradero de cabeza. En muchos hogares, situaciones como el desempleo de larga duración han servido para unir más a los matrimonios, que buscan juntos soluciones imaginativas para sacar adelante el hogar. Pero no cabe duda de que un cambio radical en el nivel de ingresos supone una crisis a la que hay que hacer frente. Adaptarse a las nuevas circunstancias es complicado y se puede caer en errores comunes tales como comparar los esfuerzos de unos y otros o culpar al otro de la falta de recursos.

 

Cuando el dinero escasea, mirar hacia lo importante es el paso indispensable. Sin embargo, acto seguido es importante que el matrimonio se ponga a buscar modos de resolver una situación que puede ser coyuntural o alargarse en el tiempo. Aunque la meta pueda estar puesta en recuperar determinado nivel de ingresos, será imprescindible que la pareja sepa adoptar medidas a corto plazo que den un poco de oxígeno a las cuentas y tranquilidad a la familia. Las decisiones en este sentido tienen que ser consensuadas para que ambas partes sientan que están aportando. Si los hijos tienen la edad suficiente, conviene hacerles partícipes, sin alarmismos, de la situación, para que entiendan y colaboren en el programa de ajustes.

 

7. Cuando todo es rutina y el matrimonio se resiente

 

La conciliación de la vida laboral y familiar sumado al reparto de tareas en el hogar provoca que muchos matrimonios vivan inmersos en una vorágine en el que se comunican con meros mensajes utilitarios y no pasan tiempo juntos. El engranaje funciona, pero los cónyuges viven en soledad incluso aunque pasen buena parte del tiempo acompañados por los hijos o en el trabajo. El matrimonio se va resintiendo porque no se detiene a charlar sobre lo importante sino que se centra únicamente en lo urgente. La vida de pareja se puede convertir en un mero intercambio de anotaciones de tareas en la agenda común. 

 

La pareja necesita tiempo para crecer y fortalecerse, tiempo de calidad que no tiene por qué implicar viajes incosteables o románticas cenas que se salgan del presupuesto familiar. Lo importante es reservarse tiempo para dedicar al otro, para que pueda explayarse contando aquello que le preocupa y no estemos nerviosos intentando saltar a la siguiente tarea, para compartir los temas comunes y debatir sobre los problemas que vislumbramos en el horizonte. Se puede fijar en esa apretada agenda un rato en común, quizá sea solo un café tranquilo los viernes antes de ir a buscar niños al colegio, o una cena casera especial después de que se vayan a la cama. Pero es fundamental no sentirse solo.

 

8. Cuando nos atrae una tercera persona

 

Las infidelidades están a la orden del día. El matrimonio avanza por su complicada cotidianidad marcada por los problemas y, de pronto, surge una tercera persona que no genera complicaciones, que no aturde con quejas y que siempre pone buena cara. La tentación existe y muchas veces la salida posible no estriba en huir de ella, puesto que puede tratarse de alguien con quien estamos obligados a tratar.

 

Si en un matrimonio uno de los cónyuges mira hacia fuera es imprescindible que vuelva la vista hacia dentro para saber dónde está la fuga que no detiene su mirada. Si se deja llevar por un emotivismo que está a flor de piel, es posible que acabe inmerso en una pendiente deslizante con mal final.

 

Es muy conveniente hacer autocrítica del matrimonio, es decir, analizar qué parte del matrimonio nos corresponde y no estamos haciendo bien y qué parte no hace bien el otro, qué parte no podemos tolerar y qué parte tenemos que aprender a superar. Solo si percibimos que existe un problema estaremos en condiciones de atajarlo. Si no conseguimos atajar el problema o incluso descubrirlo, la ayuda de un experto es la mejor de las opciones antes de que la situación empeore.

 

Lo importante es no caer en el error de pensar que una atracción física por un tercero significa que el matrimonio esté acabado y que, por tanto, se puede dar rienda suelta al deseo. La tentación es como la señal de alarma que salta en el coche y que nos indica que tiene que ir al taller. Si se hacen bien las cosas, el matrimonio saldrá fortalecido.

 

9. Cuando llegan problemas serios

 

En el camino del matrimonio pueden surgir problemas graves que afecten a la familia en su conjunto. Una enfermedad de alguno de sus miembros, el comportamiento inadecuado de alguno de los hijos, tenerse que hacer cargo de algún mayor, una discapacidad... Son situaciones en las que, aunque la pareja deba permanecer especialmente unida, es probable que los estados de ánimo se vean afectados por los acontecimientos.

 

Ante estas situaciones hace falta mirar el nuevo escenario desde la distancia, tomar en consideración cuáles son todas las circunstancias, determinar si el cambio de situación va a ser circunstancial o definitivo. Hace falta ser pragmático y buscar soluciones a aquellas cuestiones del día a día que necesitan ser resueltas. De lo contrario, pequeños problemas cotidianos se pueden convertir en cargas inasumibles que acaben por deteriorar el matrimonio. Los esposos tienen que pasar juntos los momentos propios del duelo que implica la aceptación de todo problema. Solo así serán capaces de salir juntos de esa crisis y afrontar la vida tal como viene dada.

 

*Por Marina Berrio de Hacer Familia. Publicado por ReL

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