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Por Dolors Massot / Aleteia.org - 05.02.2018

 

Foto: Freepik 

 

La maternidad lo cambia todo, los hijos te necesitan... ¿Eso significa que él debe pasar a un segundo plano?

 

Mientras fueron novios, todo era perfecto. Ella mandaba whatsapp preguntándole cómo iba en el trabajo, a la hora del bocadillo le sorprendía con un mail, escogía su mejor perfil para cada selfie…

 

Los fines de semana le acompañaba al partido de fútbol a pesar de que no le interesaba lo más mínimo ese deporte, buscaba el restaurante más recoleto para que el plan de cena fuera único, era capaz de cambiar turnos y trabajar más horas por verse al salir del trabajo, alteró la ruta del autobús por darle los buenos días antes de que él entrara en la fábrica…

 

Él hacía lo mismo. Se desvivía por ella con los detalles que le iban soplando los amigos. A pesar de ser poco romántico, aprendió a enviar un dibujo, a dejarle una frase encendida en el bolsillo del abrigo, a acercarse con unas flores…

 

Y se casaron. Llegó el primer embarazo y el primer hijo. La alegría más absoluta. Y comenzaron los despertares a medianoche, las tomas de la criatura, la falta de sueño llevada con humor… La baja de maternidad fue un soplo y el horario del trabajo quedó pegado al del bebé.

 

Eso sí, siguieron unos buenos días cariñosos y un “robar” tiempo para ellos dos solos. Pero cuando llegó el segundo, una hermosa niña, ella creyó definitivamente que los hijos debían ser la prioridad.

 

“Los hijos necesitan sobre todo a la madre, y más en los primeros años”, se decía. La falta de tiempo y los cambios en la economía doméstica relegaban a un segundo plano los fines de semana en un hotel con encanto. Incluso se hizo imposible ir al cine en las “noches del espectador”, esos miércoles con descuento.

 

A ella le comenzó a dar pereza maquillarse y encontró que para no salir mal parada con las babas de la pequeña era mejor ir con un fondo de armario al llegar a casa. O sea, con una camiseta de algodón blanca, negra o gris, según la época. Del recogido estudiado y con mecha suelta se pasó al moño de lápiz.

 

Ella creía que se debía a los niños. Que el papel que le otorgaba la vida era el de ser madre por encima de todo. Y en ese todo también estaba él. Dentro de unos años recuperarían el romanticismo de la primera etapa, pero ahora tocaba bregar en otra dirección.

 

Él se vio relegado a un papel secundario. Sentado en el banquillo en vez de jugando en los partidos de la vida familiar.

 

Él o los niños, ¿gran dilema?

 

¿Realmente primero hay que atender a los hijos y luego al marido? Ella explicaba que los maridos ya son adultos y saben lo que deben hacer mientras que a los pequeños hay que guiarles en sus primeros pasos porque son dependientes. Error de manual. 

 

Cuando llegan los hijos a la familia, eso no implica que haya que cambiar lo esencial, lo que es básico y sostiene todo el edificio. A saber:

 

1. El amor de tu vida es tu marido, no son tus hijos.

2. Con quien tú te casaste es con tu marido, no con tus hijos.

3. Con él terminarás tus días, con ellos no. 

4. Quien dijo (y dice) que te quiere para siempre es tu marido, no son tus hijos. 

 

Hay que volver a formular la ecuación

 

Recuerda que los hijos son fruto de nuestro amor, pero lo que no puedes hacer es olvidar al marido o apartarlo por atender a los hijos. Ni siquiera ellos te lo piden. Y si alguna vez crees que tus hijos te están pidiendo algo que va contra el amor a tu marido, es que algo está equivocado en la ecuación y hay que reformular.

 

¿Recuerdas aquellas matemáticas de hace un tiempo? La x, la y, las constantes y las variables… Una de las mejores maneras de formular bien el proyecto de familia es precisamente contar con que tú y él son constantes, mientras que lo demás es variable. Y los hijos, sí, aunque parezca una ofensa, son una variable.

 

Son una variable en el número y son una variable en el tiempo: hoy están, quién sabe si mañana se marchan libremente.

 

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Lo primero para una mujer con familia es siempre el marido. Y lo mismo se aplica al marido (aunque ahora no hablemos de ellos): lo primero es la mujer.

 

Si no vienen los hijos, no se desmontará el castillo porque no son la esencia de nuestra unión. Y si vienen (uno, dos o los que sean) tampoco desmontarán el castillo porque los cimientos siempre van a ser los dos unidos.

 

Esa unión no es una cuestión de papeles sino de corazón, de entrega absoluta. ¿A quién vas a querer más que a tu marido? Por mucho que el instinto de maternidad te una con una fuerza casi irracional a tus hijos, el amor verdadero en la familia empieza por el amor de pareja.

 

Es la relación de pareja la que hay que cuidar, preservar, mimar. Decía un sabio conocedor del amor humano que las mujeres deben proponerse querer al marido como si fuera el hijo pequeño. Ese puede ser un buen termómetro de tu amor. Así nunca estará desatendido y nunca habrá problemas de desorden afectivo. El marido ocupará el lugar adecuado si está por encima de la atención que reciben los hijos.

 

¿Significa eso desatender a los hijos? En absoluto. Y eso, quien lea este texto lo sabe, es algo que no suele ocurrir en una madre salvo esas excepciones en que nos encontramos con una madre “desnaturalizada”.

 

Lo importante, pues, es encajar los diferentes periodos de la relación de pareja y adaptarse a las variables de cada etapa. La constante “él” ha de ser siempre el motor de tu amor. Los hijos, cuando eso es así, salen fortalecidos por ese amor, que los cuida, los protege y los hace crecer en la seguridad de la familia estable.

 

*Publicado bajo la alianza Aleteia.org y LaFamilia.info

 

 

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