Blogs LaFamilia.info - 02.11.2018

 

Foto: Freepik

 

¿Qué impronta queremos darle a nuestra vida? ¿Una luminosa, resplandeciente, alegre y trascendente? ¿O una oscura, lúgubre, sombría, triste, pasiva, que pase desapercibida? 

 

El sello de nuestra vida debe ser grabado sobrenaturalmente, con marcas imborrables, tinta permanente compuesta de la mejor colección de virtudes, huellas indestructibles, capaces de entrar hasta lo más hondo, lo más profundo del ser, con tal fuerza poderosa, que no se pueda deshacer ni con la más nefasta tempestad. Pero este sello imborrable solo se consigue en profunda armonía con nosotros mismos y los demás, con la firme convicción de amar a Dios por sobre todas las cosas y de convencernos de que somos sus hijos, consentidos, mimados y queridos inmensamente por Él. Somos su más sublime criatura, creada a su imagen y semejanza. Nos ha amado desde siempre. Nos lleva cargados en la dificultad, cuando no podemos caminar y nos deja correr libremente, disfrutando de todo lo maravilloso que ha creado.

 

Dios nos ha dado el libre albedrío. Confía tanto en nosotros que nos deja decidir sobre la vida de nosotros mismos. Nos ama tanto que sigue regalándonos cada día, así seamos insensatos, desagradecidos, soberbios o faltos de lealtad hacia Él. No nos abandona, sigue al lado caminando y recordándonos a cada instante que podemos volver hacia Él cuando lo decidamos. Nunca pierde las esperanzas de que encontremos de nuevo el camino. Dios es nuestro padre y como tal, siempre querrá lo mejor para nosotros.

 

Por tanto, el camino hacia la perfección y alcance de la verdadera felicidad va de la mano de Dios y todas sus bondades. Él entra a nuestra vida si le invitamos, si le abrimos las puertas de nuestro corazón, si le confiamos cada uno de nuestros pasos. Él respeta tanto nuestra libertad, no se impone ni entra furtivamente. Solo cala en nuestro interior, si le permitimos entrar y quedarse para siempre. Él no desea robar nuestro corazón, anhela conquistarlo y enamorarlo para guardarse dentro de sí y salir al encuentro con los demás, que son nuestros semejantes.

 

Dios quiere darle luminosidad a nuestras acciones con su amor infinito. Darle sentido a lo que somos, hacemos, sentimos y pensamos. Pero esa será nuestra misión a lo largo de toda la vida, descubrir y redescubrir a cada instante para reflexionar, reconsiderar nuestros pasos y crecer como personas, porque una vida sin Dios estará sin rumbo fijo, asemejándose a un caballo desbocado corriendo por la pradera, huyendo pero sin saber por qué o de quién, quizás huyendo de sí mismo porque se asusta de sus propios pasos. 

 

Nuestra vida sin Dios será siempre vacía, no se llenará ni se saciará con nada más porque siempre querremos más de lo material, de lo banal, de lo carnal, pero muy seguramente jamás nos regocijaremos tanto como con el amor incondicional de nuestro Padre Celestial, Creador de todo el universo. 

 

Una vida sin Dios será simple, sin gracia ni significado. ¿Para qué fuimos llamados a vivir? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Qué busca Dios a través de mis actos? ¿Qué desea decirme en secreto y al oído? Detengamos el paso acelerado y miremos a nuestro alrededor porque estamos tan inmersos en este mundo que somos sordos ante su llamado. Debemos descubrir las maravillas de vivir, de conocernos y valorarnos los unos a los otros; de construir en lugar de destruir; de amar en lugar de odiar; de ayudar en lugar de ser egoístas. Dios nos quiere felices y en el mundo pero ajenos a la maldad porque con su huella nos hace fuertes para vencer al enemigo, de luchar contra todo aquello que nos lleva por el camino de la crueldad, los vicios, lo indigno o el daño a los demás.

 

Vivir con Dios grabado en nuestro corazón nos saca del abismo más profundo. Dejemos que Él nos grabe el sello de ser sus hijos y de seguirle a través de la cotidianeidad y seamos agradecidos a cada instante por tantos dones para con nosotros.

 

Vivamos llenos de detalles de ternura, bondad, agradecimiento, unión, fraternidad, comprensión y amistad. Seamos ejemplo vivo de que el amor de Dios es verdadero y que desea brillar a través de lo que hacemos en el mundo, en el hogar, la familia, el trabajo, el estudio, la sociedad en general. Persigamos insistentemente la perfección en todo lo que hagamos porque al luchar por ser buenos cristianos, siempre daremos lo mejor y con ello, nos ganamos el cielo.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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