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Somos hijos de Dios
Tomado del libro: " El valor de la Fe", del P. Javier Abad Gómez

La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los niños pequeños.264

Un cristiano que es consciente de su filiación divina, puede descansar en Dios con la confianza de un niño pequeño en los brazos de su padre; puede llamarlo muchas veces al día, sentir en su corazón el orgullo de su filiación y la fuerza de ser hijo de tal Padre. Todo esto influye sin duda en la existencia cotidiana, dando serenidad en todo momento, confianza en la divina Providencia, alegría que nada puede atenuar.

Por eso, la filiación divina es una de las verdades básicas que conviene grabar en el alma de nuestros alumnos, de tal manera que nunca la olviden. Ha de ser contemplada y vivida como capital punto de apoyo, no sólo teóricamente sino como realidad práctica que empapa cada una de las acciones de un bautizado, como fundamento de toda existencia cristiana.

En palabras de San Pablo: “Los que se rigen por el espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, en virtud del cual clamamos: Abbá, ¡Padre! Porque el mismo Espíritu está dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y siendo hijos, somos también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Jesucristo, con tal de que padezcamos con Él, a fin de que seamos con Él glorificados265.

La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo 266.

En las clases de religión, todo debe enfocarse bajo ese concepto de la filiación divina. Al hablar de la fe, por ejemplo, debemos destacar que se trata de la fe de un hijo de Dios; la fortaleza, es propia del hijo de tal Padre; la confesión o el trato con Dios en la oración, deben corresponder a manifestaciones ciertas de un hijo que trata con su Padre-Dios. Toda virtud, todo aspecto del existir cristiano —y aun humano, en general— debe estar caracterizado desde dentro, en la vida, por ser un hijo de Dios. El ser humano fue creado para entrar en comunicación con Dios, su interlocutor. Pero no sólo esto. Dios nos creó para hacernos hijos suyos, miembros de su familia para que lo tratáramos no con la lejanía del siervo, sino con la sencillez y naturalidad del hijo, del hijo amado: amado hasta la muerte.

Ésta es la gran osadía de la fe cristiana: proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados para alcanzar la dignidad de hijos de Dios. Osadía ciertamente increíble, si no estuviera basada en el decreto salvador de Dios Padre, y no hubiera sido confirmada por la sangre de Cristo y reafirmada y hecha posible por la acción constante del Espíritu Santo 267.

No se trata de una simple cuestión moral, una invitación a un comportamiento particular, ni siquiera a una adopción en el sentido jurídico y común del término: se trata de una real transformación, una elevación. Así se puede hablar, con base en la fe, que el hombre o la mujer en estado de gracia está endiosado, es decir, metido verdaderamente en Dios, introducido a participar de la naturaleza divina; de esa Vida que son las tres Personas de la Santísima Trinidad. Se trata, con toda certeza de una nueva creación, que llamamos orden sobrenatural.

Dios, Padre nuestro

Esta filiación divina es un don gratuito. Ser familiares de Dios no es una conquista nuestra, no es un humano progreso: no puede dar lugar a ninguna clase de orgullo fatuo, que se convertiría en presunción y llevaría al derrumbamiento espiritual ante la experiencia de la propia flaqueza. Más aún: es en los momentos en los que percibimos más profundamente nuestras limitaciones, cuando más necesitamos recordar que Dios es nuestro Padre y que siempre nos perdona, nos levanta, nos ayuda a seguir caminando por los senderos del Amor de Dios.

La enseñanza de la religión debe ayudar a que sepamos tratar a Dios no como a un Padre, sino en sentido estricto dirigirnos a quien llamamos, porque lo es, Papa’. Hablamos a Dios como un hijo habla a su papá, como Cristo habla a Dios, porque por don divino inefable hemos sido hechos partícipes de su Filiación, de Él mismo. Somos hermanos de Cristo, decimos. Pero es todavía más que eso: hemos sido hechos Cristos: no otros Cristo, sino Cristo mismo. Esto quizás no lo podamos captar bien con la sola razón. Pero nos lo asegura la fe. O sea, que no existe más que una filiación divina: la del Unigénito del Padre. Pero, participando de ella, nosotros somos constituidos hijos de Dios. Es un misterio difícil de captar en sí mismo, como todos los misterios del amor de Dios con nosotros. Pero es verdad maravillosa, que nunca nos podemos cansar de meditar. Al tiempo que pedimos a Dios la gracia de luchar siempre orientando nuestra vida humana y sobrenatural a corresponder a tan gran don.

El cristiano debe vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos hasta los sentimientos de Jesús, de manera que pueda llegar el día en que exclame, con verdad: No soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí268. Esto exige el esfuerzo por vivir todo el proceso que hemos propuesto como la clave de toda la enseñanza de la Religión: “Buscar, encontrar, tratar, amar, enamorarse y seguir a Cristo”. Lo cual significa, desde luego, cumplir su voluntad, obedecer a sus mandamientos. Y, sobre todo, recibirla Eucaristía, en la que, al recibir a Cristo presente en la Hostia, somos asumidos por Él, convertidos en Él, para vivir una vida nueva, una renovación de todo nuestro ser: No me convertirás en ti, sino que yo te convertiré en Mí, como dice San Agustín hablando de la Comunión.

Esta filiación es obra, sin duda, del Espíritu Santo. Pero se debe también a la Santísima Virgen, puesto que Ella fue quien, con su aceptación e identificación la Voluntad divina, hizo posible la humanidad del Verbo y, por ella y en ella, nuestra fraternidad con Cristo. Santa María es, pues, Madre nuestra, precisamente en cuanto que hijos de Dios, hermanos de Jesús. De ella nacimos, análogamente a Cristo: Él, en Belén, sin dolor; nosotros en la Cruz, desgarrado su corazón por la muerte del Primogénito.

Filiación Divina

La Iglesia fundada por Cristo también hace posible nuestra filiación divina, San Cipriano lo declara brevemente: No puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre. De la Iglesia, y en ella, nacemos a la vida de la gracia, pues el Bautismo y nuestra vida sobrenatural crece siempre en la Iglesia. Somos hijos de Dios en cuanto somos hijos de la Iglesia y viceversa: una cosa supone y lleva consigo la otra. La maternidad de la Iglesia es, en cierto modo, una expresión o manifestación de la paternidad divina respecto a sus hijos.

La común filiación nuestra a un mismo Padre, establece entre los cristianos una particular fraternidad, haciendo mucho más honda la que ya existe entre los seres humanos. Si somos hijos de Dios, somos hermanos entre nosotros; y el realismo de esa filiación comporta un paralelo realismo para esa fraternidad que no se reduce a una forma de decir, a un tópico, o a un ideal ilusorio. Es algo más estrecho, una ligazón más fuerte que la simple hermandad derivada de la posesión de una misma naturaleza específica; supera incomparablemente a esa genérica fraternidad humana universal. No somos simplemente hermanos: somos uno, el mismo Cristo.

Hemos de comportarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota. Éste es el buen olor de Cristo, el que hacía decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad cómo se aman!” 269.

Las consideraciones anteriores tienen consecuencias lógicas en todo el obrar nuestro. La conducta que debemos mostrar siempre es la que corresponde aun hijo. Los hijos... ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! Y los hijos de Reyes, delante de su Padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza! Y tú... ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre Dios?270.

Si ser hijos de Dios es como el resumen de la condición de la nueva criatura en Cristo, la síntesis del obrar cristiano puede enunciarse como el obrar de los hijos de Dios. No se puede ser hijo de Dios sólo a ratos, en algunas actividades particulares:

Toda nuestra actividad, el ejercicio de todas las virtudes, puede y debe ser ejercicio de la filiación divina. Nuestra fe, decíamos atrás, es la fe de un hijo de Dios. Y así todo: la alegría de los hijos de Dios, el trabajo de los hijos de Dios, la sencillez de los hijos de Dios, la libertad de los hijos de Dios, la oración de los hijos de Dios, el apostolado de los hijos de Dios, la conversión de los hijos de Dios, la alegría, el dolor o la muerte de los hijos de Dios,. 271

Hay que aprender a ser hijo de Dios. Y, de paso, transmitir a los demás esa mentalidad que, en medio de las naturales flaquezas, nos hará fuertes en ¡aje (1 Pedro, 5, 9), fecundos en las obras, y seguros en el camino, de forma que cualquiera que sea el error que podamos cometer, aun el más desagradable no vacilaremos nunca en reaccionar, y en retornar a esa senda maestra de la filiación divina que acaba en los brazos abiertos y expectantes de nuestro Padre Dios272.

Notas

253 Camino, n. 274.

254 1 Juan, 1-2.

255 1 Juan, 3, 1-2.

256 Cfr. II Pedro 1, 4.

257 S. Ireneo, Haer., 3, 19, 1.

258 II Corintios 5, 17.

259 Puesto que sois hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita; ¡Abbá, Padre! De manera que no eres siervo, sino hijo. Ga 4, 5-7.

26O II Pedro 1,4.

261 Cfr. 1 Juan 5, 1.

262 San Agustín, serm. Dom. 2, 4, 16.

263 Cfr. Fernando Ocariz, La filiación divina, realidad central en la vida y en la enseñanza de Mons. Escrivá de Balaguer, Artículo del Libro Mons. Escrivá de Balaguer y el Opus Dei,

Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, 1985, pp. 173-2 14.

264 Josemaría Escrivá, La conversión de los hijos de Dios, n.65.

265 Romanos 8, 14-17.

266 Es Cristo que pasa, n. 65.

267 Op. cit., n. 133.

268 Gálatas 2, 20.

269 Es Cristo que pasa, n. 68.

270 Camino, n. 265 En el capítulo “Presencia de Dios” se encuentran muchas alusiones al comportamiento de los hijos de Dios.

271 Si se quiere profundizar sobre cada uno de estos aspectos, puede consultarse a F. Ocáriz, o.c., pp.l95-212.

272 Amigos de Dios, n. 148; Cfr. Camino, n. 93.

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