Una de las acepciones de la palabra autoridad en el Diccionario
de la Real Academia de la Lengua es "carácter o representación
de una persona por su empleo, mérito o nacimiento".
Así pues, los padres llevan a cabo la representación
de un papel que les ha venido al fundar una familia, tener que
ejercer la autoridad en la misma.
El ejercicio de la autoridad tiene varias fases:
- Conocimiento de las metas comunes que tienen los
miembros que forman el grupo. La familia como grupo humano está compuesta
por personas que tienen niveles distintos de maduración,
de responsabilidad, pero que tienen unos vínculos, espacios
y metas comunes. Esto no es percibido conscientemente cuando
los hijos son pequeños, pero al madurar lo asumen de manera
implícita.
- Comunicar y consensuar con los otros miembros lo
que quiere conseguir quien ejerce la autoridad. Quien ostenta
la autoridad tiene que saber qué quiere para el grupo.
Necesita de un tiempo de clarificación personal. Cuando
lo ha realizado, precisa exponerlo de manera explícita
a los otros que forman el grupo, de forma verbal como a través
de su conducta y decisiones para hallar el consenso entre los
miembros del grupo.
- Cumplir y hacer cumplir las metas marcadas y consensuadas.
Pero no basta que todos los miembros del grupo sepamos qué hay
que hacer, es necesario que se lleve a la práctica lo
previsto. Es la capacidad de mover que tiene quien ejerce la
autoridad, ya sea por su fama o prestigio, ya sea por procedimientos
más
coactivos.
Prescindir de las fases, puede dar lugar a deformaciones de la
autoridad. Cuando se prescinde de comunicar y consensuar entre
los miembros las normas, surge el autoritarismo -ejercicio arbitrario
de la autoridad-; cuando no se cumplen ni se hacen cumplir las
normas marcadas y consensuadas, se instala el abandonismo -la renuncia
a la autoridad.
Los padres tienen autoridad por el hecho de ser padres. Pero la
autoridad se mantiene, se pierde o se recobra por el modo de comportarse.
La autoridad se mantiene o se recobra por el prestigio. Esta afirmación
es equivalente a la de "educamos por lo que somos". Es
decir, por la congruencia entre lo que somos, lo que hacemos y
lo que decimos.
¿Cómo se tiene prestigio con los hijos?
- Por el buen humor: Hay diferentes estilos
personales, pero todos se apoyan en el optimismo -saber descubrir
primero lo positivo de cada persona y de cada situación-
y en la confianza.
- Por la serenidad: Porque asegura las mejores
condiciones para actuar con sensatez y con flexibilidad. El nerviosismo,
por el contrario, empeora la situación y, desde luego, desprestigia.
Han de vernos serenos, sin dar paso a la ira o al enfado por nimiedades;
han de vernos que no sacamos las cosas de quicio... Se puede comprobar,
además, como los hijos adoptan conductas más serenas
cuando están ante una persona tranquila, que no responde
con cólera sino con un tono de voz sosegado y conciliador.
- Por la paciencia: Los padres tienen un sexto
sentido que avisa cuándo y cuánto es necesario
volcarse con cada uno, a causa de una enfermedad, unos problemas
en clase…
- Por mantener una línea de actuación sin
dar bandazos, graduando la exigencia según las circunstancias,
sin dejar nunca de exigir y exigirse. Desprestigia el dramatismo,
el echar en cara, el lamentarse, los falsos juicios...
- Por el interés con que se sigue el estudio y los problemas
de los hijos, sabiendo apreciar el esfuerzo que se
hace, aunque no se traduzca en resultados. Escuchar y dedicar
tiempo a "sus
problemas" que, aunque nos parezcan nimiedades pueden pesar
como losas para ellos. Pero si les apartamos a un lado porque
nosotros sí estamos haciendo algo importante (ver la TV,
terminar un informe, descansar...), cada vez será más
difícil que nos cuentes sus cosas.
- Cuando los padres van por delante en lo que exigen de
sus hijos: Sin ser perfeccionistas, que conozcan
sus fallos y limitaciones, y sus esfuerzos por superarlos.
- Cuando se fomenta el prestigio del otro cónyuge: Aprovechar
toda ocasión para destacar, discretamente, en una conversación
privada con cada hijo, los puntos fuertes del otro cónyuge
es una forma de potenciar la autoridad del otro. De un modo sugerente: "¿Te
has fijado en tal aspecto de tu padre o madre...?" Y, a continuación,
pasar a otra cosa en la conversación.
La autoridad de los padres se refuerza cuando....
- Hay acuerdo en cómo educar a los hijos, y en
cómo
armonizar la autoridad paterna y materna para una mejor educación
de cada hijo. La autoridad de los padres ha de ser complementaria,
no excluyente, no delegada de uno en otro cónyuge.
- Se apela al razonamiento al diálogo, se potencia
la responsabilidad de los hijos por aproximaciones sucesivas.
Huir tanto del sobreproteccionismo como del desentenderse cuando
pueden necesitar ayuda.
- Se llega a acuerdos en temas puntuales con los hijos.
Se pueden concretar dichos acuerdos mediante contratos de conducta.
El llegar a una conducta-meta en los hijos conlleva el descomponerla
en los pasos mínimos sucesivos, que hay que reforzar las
aproximaciones a la conducta meta y extinguir la conducta a eliminar.
- Se evita el sermonear reiterativo porque suele tener
un efecto contrario al buscado. Si hay que decir algo a alguien,
se dice a solas, de manera clara, con formulación positiva,
llegando a acuerdos y fijado el tiempo de revisión de
los mismos.
- Somos firmes cuantas veces sea necesario, pero sabiendo
cambiar a actitudes de flexibilidad y cariño siempre que
sea preciso.
- Se presta atención al buen comportamiento, a los
aspectos positivos que tiene toda persona, y no se atiende únicamente
a las conductas desadaptativas.
- Se explica con razonamientos por qué los corriges,
y se respeta a la persona y se le ayuda a mejorar en los defectos
que tiene. Hay que demorar la entrevista para corregir a un hijo
nuestro, si no tenemos la suficiente serenidad para hacerlo en
este momento. No tratar de vencer sino de convencer. Es la fuerza
de la razón quien se ha de imponer no la de los años.
- Se le da suficiente autonomía y libertad poco a poco, según
el uso correcto que van haciendo de ella. Saber "ir soltando
poco a poco las amarras" del niño y sobre todo del
adolescente, quedándose lejos por si hace falta ayuda en
algún momento.
|