Lamenteesmaravillosa.com - 01.02.2019

 

Foto: jcomp  

 

Viktor Frankl, psiquiatra, escritor y fundador de la logoterapia, estuvo internado durante la II Guerra Mundial en varios campos de concentración. Esa experiencia y su formación, le permitieron hacer una gran reflexión sobre el sentido de la vida, también sobre la adversidad, que plasmaría en diversos libros, entre los que destaca “El hombre en busca de sentido”.

 

Todos pasamos por situaciones en la vida que nos producen sufrimiento y que no sabemos cómo afrontar, pero no existe una fórmula que funcione siempre, sino que debemos aceptar que el sufrimiento es parte de la vida.

 

Las lecciones que nos puede dar una persona que estuvo tres años en un campo de concentración y supo superarlo, se deben considerar para hacernos ver la vida desde otra perspectiva y para motivarnos día a día. Estas son algunas de las lecciones que nos enseñó Viktor Frankl.

 

1. La importancia de elegir

 

La diferencia entre una persona que sabe superar sus problemas y enfrentarse a la adversidad en la vida y una persona que no logra esa superación, es que la primera es una persona que decide, que elige ser una cosa u otra, a pesar de las condiciones que le toque vivir.

 

2. La vida tiene sentido en cualquier circunstancia

 

El Doctor Frankl habla en este sentido de la desesperanza como una operación matemática. La desesperanza es igual a sufrimiento sin propósito. Si una persona no puede encontrar un sentido a su sufrimiento, tenderá a la desesperanza. Pero si la persona es capaz de encontrar un sentido a la adversidad, puede convertir sus tragedias en un logro, en una forma de superación.

 

3. Tus acciones diarias te llevan a ser la mejor versión de ti mismo

 

Esa es una pregunta que nos debemos hacer cada día para saber quiénes somos y quiénes queremos ser, para lograr ser la mejor versión de nosotros mismos, para mostrar lo extraordinario que hay en cada uno y que los demás lo vean y puedan apreciarlo.

 

4. Piensa en por qué o por quién vale la pena vivir

 

Todos tenemos un por qué o por quién vivir, una razón que nos permite seguir adelante cada día, que nos motiva y que da sentido a cada segundo de nuestra existencia, a cada paso que damos o a cada acción que realizamos. Cómo reaccionamos ante condiciones que no pueden ser cambiadas, depende de nosotros.

 

Si no poder para cambiar la situación, siempre podemos elegir nuestra actitud frente a esa situación. Es decir, siempre hay algo en nuestro interior que podemos cambiar, cómo nos sentimos, siempre hay una parte de nosotros mismos que depende sólo de nosotros.

 

No importa que no esperamos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Piensa en lo que le aportas a la vida, en lo que espera la vida de ti, porque nuestra vida nos cuestiona y nos exige continuamente.

 

Lo que debemos preguntarnos es qué podemos hacer para cambiar nuestra vida, qué le aportamos al mundo y reaccionar en consecuencia.

 

5. La adversidad y el sufrimiento existen

 

Todo lo malo de nuestra vida es algo que existe y que debemos aceptar. Se crea una tensión entre lo que ya se ha logrado y lo que todavía queda por lograr. No necesitamos vivir sin adversidades, sino saber que van a existir, que son parte de la vida y que debemos luchar por algo que merezca la pena, dar un sentido.

 

6. Nadie es indispensable, pero todos somos irremplazables

 

Cuando se acepta que es imposible reemplazar a una persona, se manifiesta la responsabilidad que el hombre asume ante su existencia. Un hombre que se hace consciente de que le espera una persona o de que tiene una obra inconclusa, asume su responsabilidad y conoce el por qué, el sentido de su vida.

 

7. Descubre el sentido de tu vida

 

El interés del hombre no es encontrar el placer o evitar el dolor, sino encontrar el sentido de la vida. Incluso en los momentos en los que sufrimos, debemos encontrar un sentido a ese sufrimiento.

 

Nadie puede ponerse en tu lugar y sufrir por ti, por lo que tu única oportunidad es la actitud que adoptes ante el sufrimiento. Todos tenemos una razón de ser, pero a veces, no somos conscientes de esa razón. ¿Qué visión tienes ahora sobre la adversidad?

 

*Publicado originalmente en lamenteesmaravillosa.com

 

Por LaFamilia.info 

 

Foto: Freepik 

 

Todos empezamos muy entusiasmados los propósitos de año nuevo, pero lo verdaderamente meritorio es cumplirlos durante el resto del año, ¿cómo lograrlo? ¡Pon atención a estas claves!

 

El primer paso es no dejarse vencer por las siguientes "amenazas" que impiden culminar los proyectos que cada quien se ha trazado:

 

No ver rápidamente los resultados. Para llegar a una meta, se deben superar pequeñas pruebas. Nada es gratuito. Constancia y determinación son las claves.


No sentirse capaz, no creer en sí mismo. Si desde el comienzo se duda del éxito y de la capacidad propia, entonces lo más probable es que ese propósito no tenga un buen final. Antes de emprender una meta, se debe fortalecer mentalmente para aumentar la confianza y la autoestima. Como dice la frase de Charles Dickens: "El hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta".


Perder el ánimo. Para mantener el entusiasmo y lograr los resultados esperados, se debe conservar el entusiasmo, para ello es necesario hacer seguimientos periódicos puesto que estimulan a continuar y no desfallecer.


Claves para cumplir los propósitos

 

1. Cultivar la autodisciplina. Se necesita mucho más que un deseo pasajero para poder tener disciplina. La disciplina es un asunto de entrenamiento diario: cuando suena el despertador en la mañana, y se levanta de inmediato, lo que hace es entrenar su mente en la disciplina. Cuando debe terminar una tarea pero resuelve antes ver televisión para relajarse, entrena su mente para que sea indisciplinada. Cuando resuelve comerse un segundo pedazo de postre aunque sabe de antemano que puede hacerle daño, está entrenando su mente para ser indisciplinado.

 

2. Entender el valor positivo de los sacrificios. No se trata de grandes sacrificios, sino de pequeños vencimientos que enrecian el carácter.

 

3. Cuidar los pequeños detalles. Le ayudarán a ser dueño de usted mismo. Cuide esos detalles en el estudio, en el trabajo, en la vida social, en la familia. Pregúntese cuáles debe cuidar mejor.

 

4. Ejercitar la fuerza de voluntad. La voluntad necesita un aprendizaje gradual, "que se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence, lucha y cae, y vuelve a empezar", explica Enrique Rojas autor de las 10 Reglas de oro para educar la voluntad.

 

Cada año que comienza es una nueva oportunidad más para ser mejores personas, para transformar la vida, el hogar, la familia, el trabajo... Por eso los propósitos son importantes, pues representan un paso adelante hacia la madurez personal. Así que vale la pena comenzar el año con toda la determinación y la mejor actitud.

 

ReL - 14.09.2018

 

Foto: Freepik 

 

¿Ha pasado de moda, definitivamente, el pudor? En una sociedad donde la escasez de ropa es considerada un signo de libertad, parece que habría que contestar que sí. Y, sin embargo, un artículo de Cathobel sostiene el profundo arraigo de esta virtud en la naturaleza humana. "¿Y si el pudor no ha dicho aún su última palabra?", se interroga. Y responde con el parecer de algunos expertos:

 

El pudor, al servicio de la libertad

 

Etimológicamente, el pudor remite a la “repulsión”. Solo posteriormente el término evoluciona para connotar un sentimiento de vergüenza. “Todas las referencias léxicas”, escribe la psicoanalista francesa Monique Selz, “apuntan a que la palabra ‘pudor’ proviene del latín ‘pudor’, derivado del verbo ‘pudere’, cuyo primer significado sería experimentar o inspirar un movimiento de repulsión, y que sería luego utilizado con el sentido de ‘causar vergüenza’”.

 

Para Monique Selz, es importante distinguir entre vergüenza y pudor: el pudor nos permite existir como seres singulares y ofrece un espacio privado, al abrigo de la mirada de los demás. La vergüenza surge más bien cuando se produce una intrusión en ese espacio.

 

Inès Pélissié du Rausas es doctora en Filosofía por la Universidad de la Sorbona y autora de numerosas obras, entre ellas ¡Por favor, háblame del amor!, dirigida a los padres para sus hijos jóvenes y preadolescentes. 

 

Ella sostiene que la vergüenza, cuando se convierte en una palanca para el pudor, puede tener un “valor positivo”: el pudor remitiría no tanto a la vergüenza de uno mismo como al deseo de ser respetado por el conjunto de todo lo que nos constituye como sujeto. La vergüenza nace entonces del riesgo que representa el deseo sexual, deseo que el sujeto puede suscitar, a riesgo de ser reducido a ese deseo. “La vergüenza aparece como el signo del respeto a uno mismo a través del respeto que se demuestra al cuerpo en el acto mismo de cubrirlo”.

 

Inès Pélissié du Rausas escribe además: "El pudor, como deseo de 'proteger lo mío', remite a la conciencia de su propio valor que tiene quien lo experimenta... ¿No es acaso porque experimenta ese respeto a sí mismo, que el hombre siente vergüenza ante aquello que percibe que, de una manera o de otra, puede degradarle?... Percatarse de un riesgo, ¿no es una condición necesaria para preservarse de él? Pues bien, el pudor es precisamente la percepción de una especie de 'peligro' que amenaza el ser: la manifestación de un deseo -propio o del otro- que ya no se integra en la totalidad de la persona, sino que tiende a su autonomía, solo se interesa en el cuerpo".

 

En ese mismo espíritu, según el Catecismo de la Iglesia Católica, el pudor significa, en la persona, la conciencia de su dignidad: "Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad espiritual propia al hombre" (n. 2524).

 

Pudor del alma

 

Ahora bien, para Inès Pélissié du Rausas, el pudor no es solamente del cuerpo. Tomando la expresión de San Agustín, ella evoca así el “pudor del alma”, que remite al “temor a la exteriorización de la intimidad”: se trata de "un temor que apela al respeto al propio yo, pues rechaza que sea expuesto, menospreciado y tal vez incomprendido aquello que pertenece a la intimidad de la persona... Indica que esa intimidad existe, y remite a lo más profundo de la persona".

 

La intimidad no se revela si no es en un clima de confianza, y el velo del “pudor del alma” solo puede caer cuando las personas están unidas por un profundo respeto.

 

Pero ¿qué es la intimidad? Lo íntimo es, en primer lugar, lo que solo me pertenece a mí; luego, lo íntimo es lo que solo nos pertenece a nosotros. Pascal Janne (profesor extraordinario en la Facultad de Psicología y de Ciencias de la Educación de la Universidad Católica de Lovaina), la profesora Christine Reynaert (de la misma universidad) y la escritora Catherina Lamy-Bergot distinguen entre la intimidad intelectual, la intimidad emocional, la intimidad conyugal y familiar y la intimidad económica, por no citar más que algunas. Destaquemos que, para estos autores, la intimidad sexual no es sino una categoría entre todas las que constituyen la intimidad plena y completa. Ciertas formas de intimidad se reservan a la vida conyugal, otras, por el contrario, son características de la amistad o incluso del vínculo filial o fraternal.

 

Pudor y castidad

 

Además, el teólogo dominico Raphaël Sineux vincula el pudor a la castidad, esa virtud que hace posible "la unidad interior del hombre en ser corporal y espiritual" (Catecismo, n. 2337).

 

Esta unidad interior implica que se contempla el cuerpo en su vocación de ser santificado, y no con un espíritu de codicia y concupiscencia. El pudor “invita a vigilar los sentidos, y a prohibirles todo movimiento que no se justificaría como expresión de un afecto legítimo”, escribe el padre Sineux. El pudor es una especie de repulsión “que experimenta el alma ante todo lo que ofendería a la castidad”. El pudor es así de gran ayuda cuando se trata de restablecer al ser humano en su integridad primigenia, en esa unidad armoniosa a la que está llamado.

 

Estas distintas ópticas aclaran el pudor bajo muchos ángulos, permitiendo que salgan a la luz al menos tres razones de ser subyacentes: deseo de respeto, deseo de intimidad y de autonomía, y deseo de santificación. El pudor no tiene, pues, nada de arcaico. Al contrario, surge incluso para funcionar como una palanca de afirmación del individuo. La afirmación de sí mismo para por la capacidad de reconocer hasta qué punto el cuerpo no pude reducirse a su materialidad. Merece pues un respeto muy especial. Al mismo tiempo, el pudor puede materializar, a nivel de los comportamientos y actitudes sobre todo de la vestimenta, el estatus del individuo como sujeto singular, incluyendo una dimensión de intimidad. En fin, esta intimidad es el umbral a partir del cual es posible la vida espiritual. La intimidad es entonces un espacio disponible para Dios, la apertura a una libertad que tiene a Dios como principio. ¿Por qué tendría entonces el pudor que parecer anticuado? 

 

*Traducción de Carmelo López-Arias de ReL

 

Colaboración FamilyandMedia.eu - 30.11.2018

 

Foto: Freepik 

 

Si somos personas muy activas en las redes sociales quizá hemos sentido alguna vez la inquietud que nuestra relación con el instrumento no sea del todo equilibrada.

 

Quizá nos ha sucedido pasar tiempo con algunos amigos cercanos y hacer fotos más con la idea de publicarlas y enseñarlas a los otros -para obtener aprobación, por envidia o simplemente para estar en el centro de la atención-, que no con el propósito de inmortalizar un bonito momento para conservar y desempolvar en su momento.

 

Facebook o Instagram - solo por citar algunas redes muy usadas – son instrumentos para compartir. ¿Y qué habría de equivocado en el hacer saber a los amigos cómo se está pasando el tiempo libre y con quién? ¿Por que debería ser negativo mostrar algunas actividades o lugares que nos son queridos?

 

El problema está cuando la “inquietud de compartir” llega a niveles patológicos, cuando el estar en Facebook, por ejemplo, se convierte en más importante que estar con quien tenemos al lado o ser visto cuenta más que tener amistades auténticas.

 

En el artículo Si los instrumentos pensados para comunicar se convierten en obstáculo de la comunicación hemos hablado de un riesgo: que los instrumentos pensados para favorecer el compartir, la amistad, la solidaridad, nos lleven, en cambio, a alejarnos, a mirarnos con desconfianza o a ignorarnos.

 

Y hay que admitir que a veces, con nuestro perfiles hacemos de todo menos compartir, usándolos como accesorios para alimentar vanidad y egocentrismo.

 

Lo que hay detrás de las selfie

 

Un profesor de sociología dijo una vez: “En el pasado, cuando los turistas venían a Roma hacían fotos al Coliseo o a la Fontana di Trevi. Hoy, los monumentos están apenas en el fondo de la escena. Es decir, lo que cuenta es que esté yo en la foto, que podamos decir a nuestro círculo de conocidos, con un simple clic, ‘he estado allí’”.

 

¿Quizá porque queremos suscitar envidia, hacer creer a los otros que somos más afortunados, más guapos, más felices? ¿Quizá queremos satisfacer nuestro ego, nuestra soberbia o simplemente hacer callar la inseguridad o el miedo de ser inferiores a los otros?

 

Cualquiera que sea nuestra respuesta, si el espíritu de compartir disminuye, entran en juego mecanismos para nada positivos, de los que hemos hablado en el artículo Los 7 pecados capitales de las redes sociales .

 

Obviamente, el abuso de los selfies es solo la punta del iceberg, el problema, cuando se trata de vicios, se encuentra siempre en el corazón humano. Demonizar la moda del selfie, difundida en particular entre los jóvenes, no es la solución. Lo que debe cambiar es la actitud hacia el instrumento. Debemos por tanto prestar atención a no vivirlo como una “enfermedad”, a no usarlo para aparentar a toda costa.

 

Cuando nos damos cuenta de que estamos exagerando, cuando advertimos que la galería del teléfono o nuestro perfil están “repletos” de fotos que nos retratan solo a nosotros mismos, quizá es el momento de dejar de posar, para abrirnos a los otros y “volver a mirar al exterior”.

 

Redes sociales y el narcisismo

 

Los narcisistas necesitan exponerse y aparecer porque no están contentos con lo que son. Dar una imagen positiva de sí mismos les ayuda a compensar la frustración que sienten por el hecho de no gustarse. Este mecanismo es generado por un vacío afectivo, por la falta de amor y atenciones..

 

Si miramos alrededor y, sobre todo, dentro-, no será difícil descubrir tendencias narcisistas en muchas personas que conocemos… y en nosotros mismos..

 

Un análisis exhaustivo del desorden narcisista (véase el narcisismo es un desorden psicológico y no tiene nada que ver con selfies ), al margen de las “tendencias” más o menos pronunciadas, revela, sin embargo, que quienes padecen una verdadera patología (tratable, por lo tanto, con una terapia) no son la mayoría de las personas, sino un 6%.

 

Y las redes sociales, a menudo acusadas de nutrir el narcisismo, ¿qué papel tienen?

 

El artículo antes mencionado nos ofrece una respuesta inesperada: “La estructura de las redes sociales ahora influye en nuestra vida hasta el punto de alimentar tendencias narcisistas ya existentes – proporcionando lo que se llama ‘suministro narcisista’ – pero el narcisismo real es mucho más inquietante que el hacerse algunos selfies”.

 

¿El problema más común? La vanidad

 

Según estos estudiosos, no habría un vínculo estrecho entre redes sociales y narcisismo. Y el narcisismo, entendido como una patología que no puede ser curada por uno mismo, concierne solo a una pequeña parte de la población.

 

Sin embargo, ¿con qué frecuencia aprovechamos una red social para presumir?

 

Bueno, las informaciones de este estudio nos hacen deducir que la mayoría de nosotros tenemos un defecto pero que podemos corregir: la vanidad. Con un poco – quizás mucho – empeño, podemos salir de nuestro egocentrismo. ¿Por dónde empezar? Por ejemplo, dejando de considerar las redes sociales escaparates y comenzar a verlas como ventanas hacia el mundo...

 

El otro no es un “distribuidor de me gusta”

 

Cuando nos acercamos a una red social, el verdadero obstáculo que debe eliminarse es nuestra vanidad. Debemos trabajar para “descentrarnos”, conscientes de que estamos en una plaza y no frente al espejo.

 

Tanto cuando estamos conectados como cuando estamos desconectados, debemos recordar que estar con los demás, escuchar a los demás, valorarlos, es mucho más hermoso que “usarlos” para autoafirmarnos.

 

Ver al amigo en Facebook solo como un “distribuidor de me gusta”, que me ayuda a sentirme superior, no tiene nada que ver con una auténtica relación de amistad. Sin embargo, la verdadera amistad puede hacernos mucho, mucho más felices que los pedestales.

 

Por Cecilia Galatolo. Colaboración de www.FamilyandMedia.eu para LaFamilia.info 

 

Por LaFamilia.info 

 

 Foto: Freepik

 

El estrés es uno de los males de nuestro tiempo. La cantidad de compromisos y responsabilidades que muchas veces nos ponen al límite afectan la salud tanto física como emocional, lo que tarde o temprano termina cobrando factura…

 

Ahora bien, ¿se puede evitar el estrés? Pues la respuesta es un rotundo “sí”. Tal como existen circunstancias que se salen de las manos, hay muchas otras que es posible ejercer control sobre ellas. Estas claves ayudarán a lograrlo:

 

1. Aprender a delegar 

 

Quiere decir suministrar tareas a otros que están en capacidad de llevarlas a cabo, algunas veces, con la misma entereza con la que la habría hecho uno mismo. Es una forma de aligerar las cargas, valiéndose de las herramientas que le rodean para cumplir con un propósito. Cuando alguien pretende ocuparse de todo, lo más normal es que colapse en algún momento. Saber delegar, del mismo modo que pedir ayuda, es creer en las aptitudes de los otros y depositar en ellos un voto de confianza.

 

2. Planear, programar, organizar

 

La falta de previsión es la principal fuente de tensión en muchas personas. La planeación brinda seguridad y dominio de la situación, de esta forma se elimina toda posibilidad de estrés. Basta hacer la preparación de una reunión o simplemente del día a día, para ver el alivio que se siente. También es importante evitar el afán, pues el mal uso del tiempo provoca tensión.

 

3. Priorizar

 

Evaluar de acuerdo a la importancia y proceder en consecuencia. Asimismo, desarrollar la habilidad para detectar las situaciones importantes de las urgentes.

 

4. Ser asertivos 

 

Comprometerse con lo que puede cumplir. Recordemos que la asertividad brinda la destreza de expresar una negación ante asuntos que no se está en capacidad de atender. Cuando se asumen tantas responsabilidades, seguramente se hará mucho pero tal vez no muy bien. (Ver también: El arte de saber decir “no”).

 

5. Realizar alguna actividad física 

 

Está comprobado que el ejercicio es una excelente forma de canalizar las tensiones del quehacer diario. Existen muchas terapias para encontrar tranquilidad, entre las recomendadas por médicos y sicólogos, se encuentra la realización habitual de actividades agradables (hobbies, deporte, lectura, música…) que “bajan las revoluciones” y generan paz interior.

 

6. Establecer límites conmigo mismo 

 

Cada quien se auto concede el permiso de dejarse abatir por la tensión, o de lo contrario, hacerle frente valiéndose de la serenidad y el autodominio para impedir que haga estragos.

Reciba gratis en su e-mail las novedades de LaFamilia.info de cada semana.

Suscribirse aquí

síguenos

            

logo pie

© 2019 Corporación CED - all right reserved - desarrollado por Webpyme