(Ce que je crois, 1962) Católico francés; miembro de la resistencia; P. Nobel 1952
Que la vida no tenga dirección ni término, que el hombre no tenga destino, esto es lo que soy incapaz de creer, como lo soy también de rechazar el testimonio del pensamiento, de la palabra, del rostro, tomados en sí mismos, y más aún, tal vez, de su expresión en el arte humano.
Un hombre que se cree pecador, que se siente pecador, está ya a las puertas del reino de Dios. Esto es lo que marca la diferencia entre las épocas de Fe y las otras. Los hombres no eran menos criminales que lo son hoy día, pero se conocían como criminales. Pertenecían a lo que estaba perdido y que el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar. Hoy día quien está perdido no sabe que lo está.
No me he resignado a este misterio, no le he consentido; no he admitido nunca este absurdo de que la materia increada haya engendrado la vida, de que el germen original haya contenido en potencia al conquistador del espacio y de las galaxias. Verdaderamente, es preciso que lo repita una vez más: sé, lo sé desde que leí a Pascal en el colegio, que: "El menor impulso de caridad es de un orden infinitamente más elevado", ...
Yo también creo en la luz. Niego el misterio al que se adhiere el mundo moderno, niego el absurdo. Me burlo de los milagros de la técnica si se despliegan en un calabozo materialista, aunque sea de las dimensiones del cosmos.
La Eucaristía corta en nosotros las objeciones, las negativas, las murmuraciones de la razón que se irrita. Todo en nuestro interior cede a este silencio, hasta que no nos queda sino suspirar como Tomás llamado Dídimo: "Dominus meus et Deus meus."
No seríamos cristianos si rechazásemos la orden absoluta del Señor de que amemos a nuestros enemigos. Es preciso, pues, comenzar por quererlo, y quererlo verdaderamente para quererlo eficazmente. Y si la primera condición es pedirlo al Señor como una gracia, la segunda es intentar alcanzarlo nosotros mismos por medios humanos.
Pascal, que todo lo ha dicho...
Ocurra lo que ocurra, e incluso en un mundo destruido en sus tres cuartos por el arma absoluta, habrá siempre en el fondo de alguna cueva un pequeño rebaño apretado alrededor de una mesa y un hombre consagrado que partirá y distribuirá el Pan vivo.
Es la fe lo que el Señor pide en todas las páginas del evangelio: "Hombres de poca fe", suspira mirando a los suyos, pero la Cananea, el Centurión, le emocionan y le enternecen. Es que su fe se confunde con el amor. |