La vocación a la vida cristiana se hace concreta en diferentes estados y condiciones de vida. Podemos encontrar una primera gran distinción en la forma de vivir la vida cristiana, ya en el celibato ya en el matrimonio. En torno a esto ha habido muchos errores, que hoy felizmente se van superando entre personas maduras en la fe. Sin embargo, no parece que se esté libre de que los antiguos disparates se reaviven o surjan otros nuevos.
Precisamente el secularismo y el consumismo, y más aún una visión erotizada de la existencia presentan en no pocos ambientes una casi compulsividad societal hacia el matrimonio o hacia sus inaceptables sustitutos como son uniones extra-maritales, el llamado «amor» libre, la poligamia u otras deformaciones que desconocen la gran dignidad del matrimonio. No seguir tales caminos suele convertir a la persona que así procede en blanco de censuras. Y es que una de las trágicas características de la cultura de muerte, lamentablemente predominante, es la erotización extrema de la vida.
Por lo demás, dando testimonio de su opción radical por el ser humano y por su dignidad, fruto de su adhesión a la verdad, la Iglesia que peregrina tiene una recta visión de la sexualidad humana según el divino designio. Y es en ese sentido que ayer como hoy ha valorado muy en alto la castidad así como el celibato por el Reino y también, sin duda, lo seguirá haciendo en el tiempo por venir, dada la naturaleza de tan alto don.
La Iglesia, defensora del motrimonio y la familia
En igual sentido es la Iglesia, maestra de humanidad, la que valora y defiende la gran dignidad del matrimonio y de la familia . Precisamente, ante todo ello cabe reiterar con toda claridad que una forma como la otra son caminos legítimos y muy necesarios para que los hijos de la Iglesia puedan cumplir el designio de Dios en esta terrena peregrinación, según el llamado personal de cada cual. Estas dos realidades, el sacramento del matrimonio y el celibato por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es Él quien les da sentido y quien concede, a quien en cada caso llama, la gracia indispensable para vivir en ese estado conforme a su designio.
Escribiendo a los Corintios, precisamente sobre estos temas del matrimonio y el celibato por el Reino, San Pablo enseña: «cada uno ha recibido de Dios su propio don: unos de un modo y otros de otro» Así pues, la estima del celibato por el Reino y la estima por el sentido cristiano del matrimonio son inseparables para el hijo del la Iglesia. A tal punto es esto verdad que denigrar uno es afectar seriamente a ambos, y valorar uno es también apreciar al otro. Cada cual es camino adecuado para quien ha sido llamado a él. Es pues asunto de vocación divina.
Hay personas llamadas por Dios a consagrarse por entero a un valor que se les presenta como fundamental y que conlleva una entrega de tal grado que exige una disponibilidad plena en todo momento. Es una opción por una mayor libertad e independencia para poder cumplir con la sublime misión de servicio evangelizador que se experimenta como decisiva para cumplir con el divino designio y alcanzar así la realización personal.
Las características de vida del Señor Jesús se presentan con una gran fuerza para quien como Él acepta libremente responder, amorosa y obediencialmente, al Plan divino y asumir las condiciones que un seguimiento de plena disponibilidad implica. El celibato queda definido por la libre respuesta a la gracia del llamado de seguir así al Señor Jesús, tornando disponible, a la persona que a él responde, a una dedicación exclusiva a las responsabilidades y tareas que el designio divino ponga delante de sí. Así, celibato y libre disponibilidad para el servicio y el apostolado son conceptos vinculados muy cercanamente. Las formas concretas que asume esta plena disponibilidad por el Reino son diversas en la Iglesia
Una concreción muy especial de la castidad perfecta por el Reino es la que han de asumir los clérigos que se obligan a guardar el celibato perpetuo. Esta continencia perfecta y perpetua por amor del Reino está vinculada en la Iglesia latina en forma especial al sacerdocio, por graves razones que se fundamentan en el misterio del Señor Jesús y en su misión. Al ponderar el celibato eclesiástico, el Concilio Vaticano II señala que éste «está en múltiple armonía con el sacerdocio. Efectivamente, la misión del sacerdote está integralmente consagrada al servicio de la nueva humanidad, que Cristo, vencedor de la muerte, suscita por su Espíritu en el mundo, y que trae su origen no de las sangres, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del varón, sino de Dios (Jn 1,13)»
Encuentro y donación humana
Así pues, se ve muy claro cómo se hace concreto aquel hermoso pasaje del Concilio Vaticano II que tanto nos dice sobre la realidad de los dinamismos profundos del ser humano como orientados al horizonte comunitario: «Más aún, el Señor Jesús, cuando le pide al Padre que todos sean uno..., como también nosotros somos uno , ofreciendo perspectivas inaccesibles a la razón humana, sugiere cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad.
Esta semejanza muestra que el ser humano, que es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrarse plenamente sino en la sincera donación de sí mismo». Esta condición se encuentra firmemente arraigada en lo profundo de la naturaleza humana. Estamos aquí ante una de las verdades fundamentales de la antropología cristiana, una verdad sólidamente teológica. El ser humano es una creatura abierta hacia el encuentro.
Desde su realidad fondal está impulsado al encuentro con Dios y con los demás seres humanos. Esta es una realidad óntico estructural que se manifiesta en múltiples formas. Lo fundamental es que el ser humano no está hecho para encerrarse en sí mismo en un individualismo fatal. Tal individualismo es una anomalía. Sus dinamismos orientados al encuentro hacen que la persona, que está invitada estructuralmente a la auto-posesión, se posea cada vez más en la medida en que desenvuelve su acción en la dirección a la que apunta su ser más profundo, esto es en la apertura al encuentro con Dios Amor, y desde ese compromiso interior al encuentro con los hermanos.
Así, tenemos que el ser humano es menos persona y se posee menos cuando se cierra en forma egoísta sobre sí que cuando se abre al encuentro con otros seres humanos, en un dinamismo que sigue el impulso análogo a la aspiración del encuentro definitivo con el Tú divino.
La donación de sí por el amor y el servicio, de la que es capaz el ser humano y que lleva a la comunión de las personas, en unos casos pide un tú específico al que se dirija la entrega personal y ser acogida por este tú específico; en otros casos, esta donación personal está dirigida hacia numerosas personas y pide ser acogida por ellas . Esto nos pone ante un universo relacional que nace de la estructura fundamental del ser humano y que conduce a la comunión de personas.
Donación de sí y matrimonio
La modalidad de la donación de sí en el matrimonio responde a este dinamismo. Yendo más allá de un mero aglomeramiento de dos individualidades , el matrimonio es un proceso íntimo de integración personal en el amor mutuo de los cónyuges. Se trata de un tipo especial de amistad entre el hombre y la mujer que se donan recíprocamente el uno al otro con la explícita intención de hacer permanente esa donación y se ponen uno a disposición del otro en respeto profundo, reconocimiento de lo singular e individualmente valioso del tú al que se donan, y lo expresan en una concreción espiritual y corporal construyendo un nosotros de amor como pareja, conformada por un hombre y una mujer abiertos a traer nuevas personas al mundo como fruto concreto de su amor.
Esta realidad del matrimonio, que como tal responde al designio divino desde la primera unión , está, también por ese mismo designio, consagrado por su condición de sacramento, y es, como lo enseña LeónXIII, «en cuanto concierne a la sustancia y santidad del vínculo, un acto esencialmente sagrado y religioso.
El dinamismo santificador del sacramento del matrimonio llega al esposo y a la esposa en su experiencia de donación y entrega en el amor y el servicio, experimentando la fuerza del amor divino que los mueve a acercarse más y más al Señor, así como entre sí, madurando como personas, poseyéndose cada vez más, siendo cada vez más libres y creciendo en el amor a Dios y entre sí, y sobreabundando en amor hacia sus hijos, tornándose la familia un cenáculo de amor.
Un santuario de la vida y de los rostros del amor humano que en él se viven , en el que en la medida de la fidelidad cristiana de los esposos y la vida en el Señor de los hijos, se sienten impulsados los miembros de la familia al anuncio de la Buena Nueva que viven en el hogar. Obviamente esto sucede en la medida en que se acepta la gracia amorosa que el Espíritu derrama en los corazones y se ponen los medios correspondientes para cooperar con el designio divino. No pocas veces el ideal descrito, sin embargo, no es alcanzado, pues las personas que no avanzan por el camino de su felicidad no llegan a comprender que la vocación matrimonial es un camino de vida cristiana que lleva anejas todas las exigencias que el seguimiento del Señor Jesús implica.
Santo Domingo lo dice muy hermosamente: «Jesucristo es la Nueva Alianza, en Él el matrimonio adquiere su verdadera dimensión. Por su Encarnación y por su vida en familia con María y José en el hogar de Nazaret se constituye en modelo de toda familia. El amor de los esposos por Cristo llega a ser como Él: total, exclusivo, fiel y fecundo. A partir de Cristo y por su voluntad, proclamada por el Apóstol, el matrimonio no sólo vuelve a la perfección primera sino que se enriquece con nuevos contenidos . El matrimonio cristiano es un sacramento en el que el amor humano es santificante y comunica la vida divina por la obra de Cristo, un sacramento en el que los esposos significan y realizan el amor de Cristo y de su Iglesia, amor que pasa por el camino de la cruz, de las limitaciones, del perdón y de los defectos para llegar al gozo de la resurrección
Así pues, el matrimonio cristiano es un ideal muy hermoso en el que el mismo amor del esposo y la esposa, puesto ante todos de manifiesto en la alianza sacramental, expresa como público símbolo el amor de un hombre y una mujer que han aceptado el Plan divino, tornándose testimonio de la presencia pascual del Señor y que se comprometen establemente a donarse a sí mismos y constituir una comunidad de amor, una Iglesia doméstica en la que se forja una parte irremplazable del destino de la humanidad y en la que se concreta una nueva frontera del proceso de la Nueva Evangelización .
A Dios gracias, hay familias que, como dice el Documento de Santo Domingo, «se esfuerzan y viven llenas de esperanza y con fidelidad el proyecto de Dios Creador y Redentor, la fidelidad, la apertura a la vida, la educación cristiana de los hijos y el compromiso con la Iglesia y con el mundo . Pero lamentablemente son también muchos, demasiados, los que desconocen «que el matrimonio y la familia son un proyecto de Dios, que invita al hombre y la mujer creados por amor a realizar su proyecto de amor en fidelidad hasta la muerte, debido al secularismo reinante, a la inmadurez psicológica y a causas socio-económicas y políticas, que llevan a quebrantar los valores morales y éticos de la misma familia. Dando como resultado la dolorosa realidad de familias incompletas, parejas en situación irregular y el creciente matrimonio civil sin celebración sacramental y uniones consensuales .
Ilustración y cultura de muerte
En verdad estas situaciones de carácter negativo que amenazan al matrimonio y a la familia, no sólo como casos aislados y como defectos de las personas en ellos involucradas sino como un fenómeno cultural concretado en lo que conocemos como cultura de muerte, parecen tener su origen en la Ilustración. Al menos ya a mediados del siglo XVIII se percibe una muy grave inquietud por el fenómeno que está ocurriendo. Así se expresaba ya el Papa Benedicto XIV en la encíclica Matrimonii, en el primer año de su pontificado: «Los hechos que se nos refieren atestiguan el menosprecio en que se tiene al matrimonio... Por lo cual no existen lágrimas ni palabras aptas para expresaros toda Nuestra preocupación, y el dolor tan acerbo de Nuestro espíritu de Pontífice».
No vamos a abundar en la historia de cómo la Ilustración y el proceso naturalista, racionalista y subjetivista que la acompaña van afectando socio-culturalmente al matrimonio y a la familia. Seguir los documentos pontificios puede dar una idea bastante aproximada de la extensión y malignidad de ese proceso. Baste en esta ocasión señalar su existencia y apuntar que el problema de hoy hunde sus raíces en un proceso de pérdida de identidad de no pocos hijos de la Iglesia. Precisamente de allí la inmensa trascendencia de la Nueva Evangelización que se nos presenta hoy como horizonte.
Matrimonio: Comunidad de personas
Pocos años antes de ser elegido pontífice , el Cardenal Karol Wojtyla, escribía en un artículo titulado La paternidad como comunidad de personas: «Una genuina comprensión de la realidad del matrimonio y la paternidad y maternidad en el contexto de la fe requiere de la inclusión de una antropología de la persona y del don; también requiere del criterio de comunidad de personas (communio personarum) si ha de estar a la altura de las exigencias de la fe que está orgánicamente conectada con los principios de moralidad conyugal y parental. Una visión puramente naturalista del matrimonio, una que considere el impulso sexual como la realidad dominante, puede fácilmente oscurecer estos principios de moralidad conyugal y familiar en los que los cristianos deben discernir el llamado de su fe. Esto también se aplica al sentido teológico esencial de los principios de moralidad conyugal.
En la práctica -sigue el Cardenal Wojtyla-, esto no constituye una tendencia a minimizar el impulso sexual, sino simplemente a verlo en el contexto de la realidad integral de la persona humana y de la cualidad comunal inscrita en ella. Esta verdad debe de alguna manera prevalecer en nuestra visión de todo el asunto del matrimonio y de la paternidad y maternidad; debe finalmente prevalecer. Para lograr esto, un tipo de purificación espiritual se hace necesario, una purificación en el campo de los conceptos, valores, sentimientos y acciones»
No cabe duda que la tarea de recuperación del horizonte de la recta imagen del matrimonio y de su noble dignidad requiere un proceso de purificación. Hay que tomar conciencia de que la misma verdad, en diversos niveles, está hoy en crisis Pienso que ese proceso de purificación ha de ir, como acaba de ser señalado, desde el campo de lo conceptual, del mundo de las ideas, y habría también que decir imágenes, hasta el campo de la concreción personal. Esto plantea, pues, una consideración fundamental que es la identidad cristiana y la internalización personal de lo que implica, ante todo como persona individual que sigue al Señor y procura vivir según el divino Plan, y luego, también, la idea divina de la naturaleza, las características y los dinamismos del matrimonio como un camino de santidad y de la familia como Iglesia doméstica, santuario de la vida, comunidad de personas, cenáculo de amor, signo social de opción por la vida cristiana. |