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Los desafíos demográficos: Familia, población y desarrollo
Por Andrés Precedo Ledo

En 1973, el economista Colin Clark, bien conocido por su clasificación sectorial de las actividades económicas, pronunciaba una conferencia en Roma titulada «Población y Desarrollo». Fue ésta, probablemente, una de las primeras ocasiones en que de un modo sistemático se centró la atención en las relaciones existentes entre ambas variables con una visión sinérgica. Entonces, como en el siglo XVIII y como ahora, lo más común era plantear ambos parámetros bajo un prisma antagónico. Voy a repetir algunos párrafos significativos.

«Por lo que se está diciendo —afirmaba— esta aceleración del crecimiento demográfico mundial debería haber causado pobreza y carencia de alimentos; mas los hechos demuestran todo lo contrario: el ritmo del progreso económico mundial no ha sido reducido, sino muy acelerado»; la argumentación continuaba así: «la gente suele creer firmemente que el crecimiento demográfico conlleva inevitablemente la pobreza. He de ofrecerles unos cuantos datos más. Ya he mencionado el hecho de que, en la Historia, los casos de crecimiento demográfico acelerado se han dado con poca frecuencia, pero cuando han tenido lugar, han demostrado ser extremadamente fructíferos, no sólo en la esfera económica, sino también en la política».

Y más adelante, ya al final de su conferencia, hacía algunas afirmaciones que si en aquel contexto temporal podían ser consideradas como meras opiniones, más o menos fundadas, hoy la perspectiva que nos proporcionan los veinte años transcurridos, que en éste —como en otros temas— tantas modificaciones han supuesto, adquieren el valor de una acertada prognosis. Decía así:

«Ante todo quiero aclarar que los efectos de cualquier cambio, tanto en el crecimiento demográfico como en la dimensión de la familia, se hacen sentir durante muchísimo tiempo. Quiero decir con esto que si se interviene en un país cualquiera para controlar su crecimiento demográfico, o viceversa, para aumentar la población, se debe asumir la responsabilidad plena de una intervención cuyas consecuencias no se podrán valorar quizás hasta dentro de cien años».

Este párrafo nos sirve para reflexionar acerca de la influencia que en la sociedad actual han tenido muchas políticas demográficas que, en su momento, se consideraron por los organismos nacionales e internacionales como medidas coyunturales. Hoy sabemos, por la evidencia de la realidad, que los cambios inducidos por tales prácticas demográficas en las actitudes personales y colectivas —modos de pensar y de valorar los hechos sociales— han tenido una influencia mayor de lo esperado. Es más, su incidencia en los comportamientos demográficos individuales fue tal que, una vez que la asunción de los nuevos valores demográficos fraguó, todo intento de modificarlos encontró resistencias o barreras psicológicas y culturales de difícil superación.

Y, sin embargo, en una parte del mundo al menos, la estructura demográfica de muchas naciones y regiones exigiría cambios radicales en aquellas actitudes. El mismo pragmatismo sociológico que antes sustentó los modos de pensar y de hacer aconsejaría hoy una alteración radical del comportamiento demográfico.

Un nuevo contexto social del desarrollo

En aquellos años, el concepto de desarrollo tenía un componente fundamentalmente económico: desarrollo era equivalente a crecimiento económico cuantitativo. Hoy, las aspiraciones de las sociedades, especialmente en el mundo occidental, se orientan hacia la calidad de vida; como consecuencia, el concepto de desarrollo adquiere cada vez más una connotación cualitativa. El pueblo más desarrollado no es ya el que más produce, sino el que puede alcanzar un equilibrio más satisfactorio entre el desarrollo sociocultural y un estado de cuasiarmonía ecológica. Evidentemente ello presupone un cierto nivel de bienestar económico, pero también implica un comprensible proceso de sustitución de bienes económicos por bienes culturales y espirituales, en sentido amplío, o por el simple disfrute del tiempo libre. El desarrollo, por tanto, ya no es sólo tener más, sino tener mejor, del mismo modo que podemos diferenciar entre «más desarrollo» y «mejor desarrollo».

Ante esto, podríamos preguntarnos: ¿Supone esta nueva concepción una fase más avanzada de la evolución socioeconómica, tras haber alcanzado el objetivo cuantitativo de la fase anterior? O, por el contrario, ¿estamos ante un cambio conceptual y de valoración del desarrollo? ¿Se puede tener mayor calidad de vida con menor nivel económico? ¿Abandonamos el óptimo económico a favor de lo satisfactorio?

Aunque la práctica individual y colectiva ligada a la concepción materialista del bienestar parece decirnos que la respuesta real sigue siendo la misma que antes, no faltan indicios demostrativos de cómo tienden a ampliarse las situaciones en las que se propugna un nuevo modelo más acorde con las aspiraciones cualitativas mencionadas.

Es cierto que en muchos ambientes científicos, políticos y culturales el «economicismo» —concebido como una filosofía pragmática del progreso material— se mantiene en los supuestos clásicos del productivismo monetarista y la economía «pura» de mercado; pero el paso al «postfordismo» ha introducido una concepción que revaloriza la acción de los individuos, de la iniciativa personal, de la capacidad de innovación y de la creatividad como factores de un desarrollo potencial; éstos, al incidir en los recursos endógenos, propician un nuevo marco para el desarrollo de muchas regiones, donde ya se vislumbran salidas distintas a las del modelo neoclásico, en el cual se sustentaron muchas de las políticas de reducción demográfica aplicadas.

Pero, sean cuales fueran las respuestas, lo que resulta evidente es que plantear hoy en día el tema del desarrollo nos conduce a un contexto que se mueve en una escala más humanista, en un medio cada vez más competitivo, pero en un sistema de aspiraciones orientado a la calidad. La misma sucesión de ciclos críticos podría interpretarse como el resultado de un nuevo orden mundial, en el que la obligada sobriedad social se irá imponiendo en los países avanzados, mientras regiones del tercer mundo, emergentes, asumen un protagonismo, y aun un control del mercado, que hasta hace poco tiempo parecía impensable.

Podríamos ahora preguntarnos si los cambios en los comportamientos personales y en las pautas familiares, derivados de sistemas conceptuales y vivenciales caracterizados por la restricción al crecimiento demográfico, han supuesto un aumento de la calidad de vida; o, por el contrario, si el nuevo modelo funcional y psicosociológico de la familia asociado a tales actitudes ha generado tensiones endógenas en el tejido social. Cada uno tendrá su respuesta, pero parece evidente que ya no se puede predicar de manera unívoca la relación existente entre población y desarrollo, con una perspectiva actual.

Podría, tal vez, argumentarse que un discurso de este tipo sólo es planteable en los países del bienestar, afectados por graves problemas de involución demográfica, y que, aun en ellos, no es aconsejable introducir políticas populacionistas, difundiendo las actitudes inherentes, si antes no está asegurada una oferta adecuada del mercado de trabajo. Una argumentación como ésta, aparentemente lógica y consistente, muestra una debilidad estratégica, por cuanto los cambios que afectan a las cuestiones demográficas actúan a muy largo plazo —como antes nos recordó Colin Clark—, y la tendencia de los factores del sistema económico puede ser modificada a plazo medio, e incluso a corto plazo cuando de escalas locales se trata. En definitiva, la cuestión debe enfocarse con una perspectiva más amplia, porque ambos parámetros, lejos de ser antagónicos, funcionan como variables complementarias, aunque sucesivas en el tiempo.

Más aún, quien pensara que ante una situación de crecimiento económico limitado y una población envejecida, la implantación de una política demográfica positiva no sería aconsejable, estaría propiciando la reducción del potencial local de recursos humanos de cara al futuro, introduciendo un factor de rigidez que limitaría los modelos de desarrollo que se aplicarán después.

Desarrollo y población son, pues, dos aspectos complementarios, aunque no siempre simultáneos, que se autorrefuerzan cuando, y al mismo tiempo que, se realiza una adecuada planificación local o regional. De todos modos, estos principios generales exigen una reflexión más concreta por nuestra parte.

Crecimiento demográfico, sobrepoblación e involución

Para una mayor concreción del problema enunciado, hemos de situarnos en un mundo donde los contrastes entre el desarrollo y el subdesarrollo siguen vigentes, y en algunos casos ciertos procesos recientes parece que actuaron como mecanismos reforzadores de las desigualdades. Pues bien, en el núcleo de esta dialéctica desarrollo-subdesarrollo, el crecimiento de la población suele valorarse —las más de las veces— como si de un factor retardador se tratase.

Frecuentemente, este enunciado del supuesto problema demográfico se plantea como una crisis estructural de las áreas subdesarrolladas, derivada del desajuste existente entre la población y los recursos. Y, al querer explicar la causalidad de este fenómeno, se tiende a hacer hincapié en la valoración del crecimiento de la población como el factor desencadenante de tal situación. En efecto, tales desajustes, al incidir en economías rurales atrasadas, han generado procesos de sobrepoblación en muchas partes del mundo. Pero llegados a este punto debemos preguntarnos: ¿Qué se entiende por sobrepoblación? La introducción de este concepto en el lenguaje científico se debió a Malthus, quien, como todo el mundo sabe, creyó que el incremento de la población sería superior al de los alimentos, siendo esa desproporción la causa del problema. En consecuencia, el ritmo de crecimiento de la población —para alcanzar el equilibrio— tendría que disminuir para lograr, en tales condiciones, un equilibrio de subsistencia.

Posteriores reformulaciones incorporaron los postulados malthusianos a la teoría del «óptimo de población» (Minami, 1961; Moes, 1958), que se desarrolló a fines del siglo XIX y que tenía como objeto definir la población óptima que debería tener un país, en cuya pretensión se descubre un trasfondo materialista claro, al intentar plantear y resolver los problemas sociales como si de un supuesto de oferta y demanda de productos se tratara. Como era de esperar, la teoría del óptimo fue objeto de muchas críticas (Hicks, 1971; Robison, 1964), y los intentos de medir la sobrepoblación en sociedades agrarias —que presuponía la determinación previa de la densidad óptima— no fueron enteramente satisfactorios. La teoría del óptimo, sin embargo, mantuvo cierto valor expositivo, aun careciendo de validez en sus aplicaciones. Ello se debe, en gran parte, a que se trata de un concepto estático, que presupone que los recursos, el capital y la tecnología son constantes, y en relación con ello, el óptimo de población para un país dado, sería el tamaño demográfico que maximizara el producto per cápita.

El problema reside en determinar el punto de equilibrio. Más allá de ese punto se producirá una sobrepoblación y todo aumento de población implicará una caída del producto per cápita y una disminución en la oferta de empleo. Hemos de decir que esta situación teórica no se ha podido demostrar nunca en país alguno.

Pero, aunque así fuera, lo más interesante es comprobar que, cuando el crecimiento de la población no va acompañado de un cambio cualitativo en la tecnología, en el capital y en los recursos, una serie de hechos sintomáticos y de fácil identificación se pondrán en marcha, generando un proceso regresivo que nos introduce en la espiral del subdesarrollo.

En cualquier caso, es el problema del desajuste entre la población y los recursos el que actúa como un factor generador de respuestas alternativas en países subdesarrollados, tal como las cuatro estrategias posibles que White y Woods señalan como modos de resolver el problema planteado.

  1. La emigración hacia áreas con mercado de trabajo expansivo, las cuales hoy —paradójicamente— se encuentran en los países emergentes del Tercer Mundo.
  2. El incremento de la producción agraria, tantas veces limitada por el intento de controlar el crecimiento de la producción con una visión proteccionista.
  3. El incremento de los ingresos no agrarios, favorecidos por las nuevas pautas de uso del tiempo libre en los nuevos destinos turísticos.
  4. Y, por último, el control de la natalidad.

De las cuatro posibles, la estrategia más adecuada, con una perspectiva de futuro, sería aquella combinación de factores que permitiera iniciar un proceso de desarrollo basado en los recursos potenciales locales —entre los cuales los humanos juegan un papel preeminente—, favoreciendo así la consolidación de las estructuras productivas internas del potencial endógeno.

Las nuevas tendencias apuntadas abren cada vez perspectivas más optimistas, algunos de cuyos factores vamos a enumerar: la división internacional del trabajo, con base en el coste diferencial de la mano de obra y las materias primas, que favorece a las regiones pobres; el exceso de la oferta mundial en la producción de alimentos; las nuevas ventajas diferenciales adquiridas por regiones subdesarrolladas económicamente, pero con un patrimonio ambiental y cultural elevado; y, en general, el modelo de desarrollo endógeno basado en las iniciativas locales y el modelo familiar de economía social, son —entre otras— nuevas aportaciones al problema. En un contexto como este —cambiante, dinámico y creativo—, la recurrencia al control de la población no deja de ser ya una perspectiva tan sólo sustentable desde una óptica reduccionista, que intenta salvaguardar las ventajas asumidas por el modelo capitalista de concentración acumulativa, en el que tantos economistas occidentales siguen anclados.

En cualquier caso, la opción unidireccional a favor de las políticas de control de la población no constituye la única alternativa, como la práctica y la manipulación informativa pudieran hacer creer.

Resumiendo, podemos decir que en una supuesta situación de desajuste entre los recursos humanos y los económicos, se precisa, en primer lugar, de una mejora de las dotaciones tecnológicas locales y un avance de los conocimientos, siendo su aplicación a los recursos una estrategia favorecedora de una utilización más ajustada de los recursos humanos (especialmente en su valoración cualitativa), como aporte potencial del conocimiento y la innovación al desarrollo local.

El óptimo poblacional deja ya de ser un problema de exceso de población, para convertirse en una estrategia de potenciación de los recursos humanos, porque, en definitiva, los recursos de una comunidad consisten en una suma de las dotaciones naturales, de la capacidad de su población y del nivel tecnológico alcanzado. Y, como acabamos de ver, dichos recursos varían con el tiempo, cambiando incluso la distribución espacial del potencial de recursos de un momento a otro de la historia; en gran parte es debido a la evolución tecnológica, lo cual nos lleva a afirmar que la cantidad de los recursos disponibles es una magnitud sujeta a variabilidad, ante lo cual cabe preguntarse: ¿es posible efectuar con rigor previsiones de población o políticas a largo plazo basándose en las relaciones entre población y recursos?

La búsqueda de una respuesta, tras el análisis de los acontecimientos recientes, nos presenta una «insistente» recurrencia. Efectivamente, muchas voces alarmistas han anunciado los catastrofismos ecológicos y demográficos, promoviendo posiciones conservadoras para mantener el equilibrio alcanzado.

La consecución de un tamaño demográfico es para ellos un objetivo antagónico con la conservación de la naturaleza, del bienestar material, del equilibrio mundial. Frente a éstas, las posiciones suscitadas desde la perspectiva de la contemporaneidad, buscan en los avances de la tecnología y en la capacidad creativa del hombre las soluciones a los desajustes. Como J. H. Paterson escribió: «no puede haber en el mundo una actitud de complacencia cuando muchos padecen hambre, o miseria o frío... Pero nosotros no podemos saber, según nuestros conocimientos actuales, cuáles van a ser nuestros recursos dentro de uno o diez años... Porque no sabemos lo que la tecnología —como soporte de los recursos— puede en el futuro descubrir. Sólo podemos asegurar la valoración de los recursos en el momento presente».

Máxime cuando en los países menos favorecidos el desarrollo ha de generarse desde dentro, pues, como Odum escribió, «si un hombre de una región industrial fuera a un país subdesarrollado para dar consejos sobre el modo de mejorar la agricultura, se produciría una situación tragicómica. El único consejo que sería capaz de dar, atendiendo a su propia experiencia, es decirle al país subdesarrollado que obtenga de la cultura industrializada más próxima lo necesario para crear otra zona de agricultura basada en los combustibles fósiles. Si este país no dispone del combustible fósil, el consejo será inútil». Es decir, los modelos de desarrollo endógenos más eficientes son los que se generan en las comunidades locales, debido a la adaptación de las soluciones a los problemas reales.

Los desafíos demográficos

De un reciente informe elaborado para las Comunidades Europeas, entresacamos algunos datos empíricos que nos sirven de concreción y campo de aplicación del discurso teórico precedente. Los hechos más significativos son los siguientes:

a) La población actual del mundo se estima en más de 5.000 millones, y seremos cerca de 8.000 millones en el horizonte del año 2020, con un ritmo de incremento de mil millones cada diez años, de tal manera que la parte más importante de este crecimiento tendrá lugar en el hemisferio sur, en contraste con la pérdida de peso demográfico del hemisferio norte, donde se encuentran las regiones más avanzadas económicamente.

b) Frente a los posicionamientos maximalistas, la realidad de las cifras nos dice que el ritmo relativo de crecimiento de la población mundial está disminuyendo desde los años 70, pero su desaceleración no resuelve el ajuste entre la población activa y el mercado de trabajo, siendo el caso africano el que presenta las tasas más elevadas de aumento (entre un 2 y 3 por 100 de media por año), por lo que habrá que centrar la atención en este continente.

c) Dentro del contexto mundial, en África, la trayectoria de tantas poblaciones orientada hacia la aplicación del modelo de la transición demográfica parece haber quedado en suspenso: el número de hijos por mujer es hoy superior a 6, muy por encima de Asia Oriental (2,2), de América Latina (3,5), o de Asia Meridional (4,7).

d) Por otro lado, la esperanza de vida al nacer pasó de los 35 años en 1950 a 52 en 1985. En estas condiciones la población africana podría doblarse en 25 años.

Si comentamos el caso africano es porque se trata de la situación más problemática, y porque su análisis puede servimos de muestra para plantear algunas cuestiones pertinentes sobre la dificultad de utilizar proyecciones demográficas globales, de cara a su interpretación por la opinión pública y a la justificación de las políticas limitadoras de los nacimientos.

El informe citado nos presenta, al respecto, dos situaciones interesantes. En primer lugar hace referencia a la mortalidad, y nos dice que un hecho nuevo se está añadiendo al riesgo epidemiológico que desde siempre afectó a muchas poblaciones africanas. Se trata del SIDA. Se calcula que el número de personas afectadas por esta enfermedad será en el año 2000 de 20 millones, lo cual obliga a considerar como probables las hipótesis pesimistas de la mortalidad que las proyecciones demográficas venían rechazando.

Por otro lado, y en segundo lugar, las cifras globales ocultan las debilidades y oportunidades reales que se obtienen al efectuar un análisis diferenciado del territorio. África se presenta al observador atento como una tierra de contrastes, donde extensas zonas fértiles están subpobladas, y cerca de ellas nos encontramos con regiones demográficamente sobrecargadas, mientras los grandes deltas poseen un potencial de desarrollo mal utilizado, con un nivel de actualización de sus posibilidades infinitamente inferior al de otras regiones de semejantes características situadas en países subdesarrollados. En consecuencia, pensando en un ajuste entre la población y los recursos, se sugiere, como primera alternativa, la posibilidad de poner en marcha importantes migraciones internas que actúen como factor equilibrador.

Ambos casos ponen claramente de manifiesto lo fácil que resulta hacer afirmaciones catastróficas cuando se manejan tan sólo datos globales. El análisis de las realidades locales constituye un buen antídoto frente a esas generalizaciones, porque nos permite matizar las tendencias y vislumbrar políticas correctoras o equilibradoras, en una palabra, encontrar soluciones a los problemas planteados.

El anverso de la moneda es lo que ocurre en los países europeos, en América del Norte y en Japón. Las estimaciones nos dicen que allí, los 1.200 millones actuales se transformarán en 1.300 en el año 2010, de modo que la proporción de la población mundial que vive en países industrializados pasará de ser 1/6 en los años 50, a 1/3 sesenta años más tarde. Aquí el problema es el contrario, estando directamente relacionado con un envejecimiento excesivo, que centra ya sus secuelas en el aumento incesante de los costes sociales, del déficit público, en la disminución de las iniciativas y de la creatividad («el conservadurismo demográfico»), en la no reposición generacional, etc.

Es más, junto con estas consecuencias, que ya eran previsibles desde hace tiempo, han surgido hechos nuevos, que nos van a demostrar una vez más cómo las incertidumbres son mayores que las certezas cuando queremos diseñar imágenes de futuro. Me refiero a los problemas suscitados por las inmigraciones que, procedentes del Mediterráneo sur, se dirigen hacia Europa y que, hasta hace poco, se argüían por los científicos sociales como criterio de estabilidad demográfica, al aportar un potencial poblacional capaz de contrabalancear los saldos negativos, producidos por el descenso de los nacimientos en Europa, lo cual les llevaba a eludir el problema de la escasez de nacimientos. Pero la misma realidad del inicio del proceso nos puso de manifiesto cómo las cosas no eran tan simples y que la demografía no debe analizarse como si de una variable aislada se tratase. Por un lado, el potencial migratorio del Maghreb se doblará en 15 años, pero el dinamismo económico de la Comunidad Europea tiende a reducirse, impidiendo que el efecto compensatorio se produzca, porque la renovación generacional no podrá alcanzarse.

Por otra parte, los problemas suscitados en el orden político, cultural, social y laboral son cada vez más preocupantes, y afectan incluso a las mismas políticas natalistas de recuperación demográfica emprendidas por casi todos los países. Más aún, la difícil transición económica, de los países de Europa Central y Oriental está introduciendo nuevos planteamientos en el mapa demográfico europeo.

«En resumen —como señala el informe— la situación actual permite entrever la evolución futura del movimiento demográfico mundial con más seguridad y serenidad, porque la reducción del ritmo de crecimiento demográfico en el tercer mundo se apoya en tendencias empíricamente irreversibles». Con todo, «la inserción de los países del tercer mundo en la transición demográfica se está efectuando en condiciones forzosamente diferentes a lo acontecido en los países industriales, pero, a pesar de ello, se pueden detectar etapas de desarrollo cualitativo similares: mejora de las condiciones sanitarias, elevación del nivel de instrucción, incremento de los ingresos, modificación del status de la mujer».

Una evolución cualitativa que permite ver con mayor amplitud el problema demográfico, sin tener que acudir —para solucionarlo— a políticas humanamente rechazables, como fueron muchas de las aplicadas en décadas anteriores. Recuérdese a estos efectos, la experiencia de la India o de China, donde se actuó al margen de la dignidad humana imponiendo modelos que la historia habrá de juzgar. En cambio, y como tantas veces habíamos pronosticado, serán los procesos de modernización cultural y social los que aporten soluciones más estables y más acordes con la dignidad de la persona.

La globalización del problema

Retomando una perspectiva teórica, parece que en estos tiempos tan proclives a toda globalización resultará sin duda conveniente, tras las reflexiones suscitadas por el examen de los casos concretos, situar el problema demográfico ante una base más amplia que la que aportan los simples datos.

En primer lugar, hemos de recordar una vez más que las mayores inquietudes están enfocadas, como reiteradamente se ha dicho, hacia el ritmo del crecimiento de la población mundial. El razonamiento más corriente admite la incapacidad de ciertas regiones del mundo para asegurar el alimento de su población, y que el avance impresionante de la desertificación, el aumento de las superficies productivas ocupadas por una urbanización extensiva, la sobreexplotación de los recursos acuíferos y el riesgo de deterioro medioambiental se imputan directamente al crecimiento demográfico, de tal modo que un crecimiento excesivo provocaría una espiral de malnutrición y de pobreza.

En tal razonamiento se fundamenta la aparente necesidad de una estrategia demográfica. Pero, después de todo lo dicho, podríamos preguntarnos: ¿Se puede inferir de lo anterior que las políticas de regulación de nacimientos deberán ser el medio esencial, cuando no el único, para una política medioambiental o de desarrollo? ¿Tiene esto un valor científico?

Antes de responder, examinaremos parcialmente los supuestos básicos:

  1. El fundamento teórico que sigue sustentando tales afirmaciones se remonta a la teoría de los rendimientos decrecientes, en la que se basaban las proposiciones de Malthus. Una teoría que ignoró las posibilidades que el progreso tecnológico permite, a la vez que reducía el papel del medio natural a ser proveedor de recursos naturales, al mismo tiempo que ignoraba otras dimensiones socioestructurales susceptibles de afectar a la relación entre el crecimiento de la población y de los rendimientos.
  2. Los estudios empíricos realizados sobre un gran número de datos procedentes de la observación dicen que la ligazón entre crecimiento demográfico y la degradación ambiental no es consistente, sino que el factor determinante es la naturaleza de las técnicas de producción utilizadas (B. Commoner, 1988).
  3. El estudio de casos, mediante experiencias de campo, nos enseña que en numerosos países las condiciones socioeconómicas y socioculturales son las determinantes en la relación entre crecimiento demográfico y medio ambiente, y no el crecimiento de la población como factor causal. No deja de resultar interesante —y hasta sorprendente— que el mismo Banco Mundial asuma en un documento específico que la población no es una «causa primera» de la degradación medioambiental (1988) y que «la relación entre una población y su medio vital es evolutiva y multiforme, siendo necesario hacer una reflexión más sistemática sobre las condiciones en las cuales una población se apoya en su medio ambiente para su propia transformación».
  4. Tras el análisis de los supuestos justificativos, estamos ya en condiciones de dar una respuesta a la cuestión planteada. Nos encontramos, más que ante un problema demográfico, ante un problema socioeconómico, cuyos factores determinantes son la tecnología, la cultura y el desarrollo. No es sólo un desafío demográfico.

Planificación familiar o desarrollo: ¿una falsa alternativa?

Así titula uno de sus apartados el informe de cincuenta y un expertos mundiales elevado a las Comunidades Europeas.

«Ya en los años 70—se escribe— los expertos se interrogaron sobre una alternativa: ¿Hay que dar prioridad al desarrollo o a la planificación familiar para acelerar la baja de la fecundidad?»

Una primera referencia a la cuestión planteada la encontramos en los trabajos de J. C. Chesnais, quien, basándose en un estudio realizado para 67 países de diferentes contextos, concluye que la baja de la fecundidad puede alcanzarse «sin planificación familiar y sin técnicas contraceptivas modernas». Pero —sin embargo— no puede alcanzarse si no hay un desarrollo socioeconómico. Por eso, el Banco Mundial sostiene ahora que «sería un error poner el acento sobre las políticas de población sin un cambio de las políticas económicas» y añade: «la conclusión de que un crecimiento rápido de la población ralentiza el desarrollo no es de ningún modo evidente, más bien al contrario».

Más prudentemente la Academia de Ciencias de Estados Unidos dice: «Rechazamos la conclusión cualitativa de que reducir el crecimiento de población puede ser beneficioso para el desarrollo económico de los países en vías de desarrollo» (1988).

Podríamos traer aquí otras muchas citas, pero no parece que sea necesario. Las mencionadas son suficientes para demostrar que no estamos ante un planteamiento ingenuo, ni ante una cuestión ideológica, ni mucho menos ante una valoración basada en prejuicios psicológicos o religiosos.

Pues bien, llegados a este punto, y buscando alcanzar una generalización del problema a partir de un análisis de conjunto de la literatura y de los estudios empíricos existentes, formularemos tres proposiciones básicas:

  1. Cuando los recursos naturales son abundantes, cuando existen posibilidades de economías de escala y de mecanismos eficaces de localización de recursos, los efectos de un fuerte crecimiento de la población pueden ser beneficiosos.
  2. A la inversa, los países donde se aplican técnicas de producción en desacuerdo en las características de sus factores, los efectos del crecimiento demográfico son negativos. En este caso el crecimiento demográfico no hace más que agudizar los problemas engendrados por políticas inapropiadas.
  3. De modo general, se puede afirmar que la cuestión está en relativizar el problema demográfico, y enfatizar la búsqueda de estrategias de desarrollo diferencial, acordes con la cultura y la tradición de cada región. En cierto modo, el control por una población de su crecimiento no es más que un aspecto de su control del desarrollo. Hoy, el modelo de desarrollo local abre insospechadas posibilidades.

En principio, este planteamiento de la cuestión lleva, en primer lugar, a un aparente desacuerdo entre los mensajes que continuamente se transmiten a la opinión pública y las conclusiones propuestas por los científicos. Es más, los resultados obtenidos por las políticas de desarrollo aplicadas en las tres últimas décadas tampoco concuerdan con los principios teóricos sostenidos.

Pero no debemos olvidar que, si esto es así, se debe en buena parte a que la intervención directa de los gobiernos y las instituciones para frenar la natalidad ha sido la única política utilizada, sin tener en cuenta ni los otros medios existentes para lograr una disminución de la fecundidad, ni las estrategias posibles de desarrollo real. El caso es que la política —en su mejor sentido— ha sido sustituida por la técnica, lo cual, además de no proveer soluciones adecuadas, plantea grandes problemas de ética social y política. Es, por eso, satisfactorio que el informe de las Comunidades Europeas citado recoja una serie de recomendaciones prácticas tendentes a afrontar el problema demográfico con optimismo. Las resumimos:

  1. Es primordial —dice— la existencia de un Estado de derecho estable que favorezca el ahorro y la inversión local, poniendo los derechos del hombre en la base del desarrollo.
  2. Hay que contribuir con bienes colectivos para asegurar las necesidades esenciales de educación y de salud.
  3. Debe ser subrayada la importancia del hecho cultural, como condición para la adaptación de los progresos tecnológicos y el reparto de responsabilidades.
  4. La existencia de una nueva fuerza, la sociedad civil, demandada por la insuficiencia del sector público para dinamizar la economía, debe ser potenciada.
  5. Los procedimientos participativos y de evaluación colectiva constituyen una condición conveniente para un seguimiento de los programas de desarrollo y de su proyección hacia el futuro.
  6. De manera especial hay que desarrollar el potencial de ligazones económicas que los países del sur pueden establecer entre ellos, para crear nuevas organizaciones regionales e impulsar las existentes, fortaleciendo así sus complementariedades.

En cuanto al papel que los países avanzados deben jugar ante el problema del subdesarrollo, se concreta en una triple argumentación:

  1. De orden económico: ampliar las inversiones en infraestructuras, e incrementar la ayuda pública para apoyar las inversiones privadas, mediante la coordinación.
  2. De orden político: completar las relaciones bilaterales dominantes, por relaciones multilaterales.
  3. De orden cultural: diseñar una nueva relación de co-desarrollo, es decir, definir nuevos modelos de cooperación al desarrollo.
  4. Las dos caras de la moneda

En síntesis, y retomando todo lo anterior, la realidad es que seguimos en un proceso difícil. Por un lado, el combate del subdesarrollo con varios frentes a la vez (dieta nutritiva, sanidad, educación, empleo y medio ambiente) como medio para lograr un equilibrio dinámico y armónico entre la población y los recursos. Y, por otro lado, las dificultades de las sociedades occidentales para superar los problemas derivados de su envejecimiento. A estos efectos, y a tenor de la involución demográfica, quisiera suscitar una última cuestión: una encuesta muy reciente muestra que en todos los países de la CEE, la media actual de hijos por mujer es inferior a la media deseada. Es más, y hasta resulta sorprendente, el número de hijos deseados resultó ser del orden del 2,1 por familia, cifra próxima a la tasa de reproducción necesaria para estabilizar los efectivos de población, «una coincidencia fortuita. pero que no debe olvidarse» (Eurobarométre, 1989).

Concluyendo, en ambos casos hay un hecho común que constituye el centro del problema: son las barreras extrademográficas las que provocan el desafío demográfico. De donde se deduce que ha de ser el intento de reducir tales barreras lo que deberá guiar a las políticas mundiales de población. El cuestionamiento de las insuficiencias que el modelo económico neoliberal posee como medio para alcanzar un equilibrio mundial es cada vez más evidente. Frente a ello, la economía social se revela como una alternativa a la economía para el mercado. No debemos olvidar que los dictados del mercado no son más que el resultado de una suma de decisiones personales o institucionales, que al final son siempre personas las que deciden, y que los mecanismos monetarios no tienen en la acumulación intensiva de capital su única función.

Hemos llegado muy lejos, pero al final debemos considerar que, más que ante un desafío demográfico, estamos ante un desafío social. Más aún, tal como antes se dijo, el movimiento demográfico mundial nos permite mirar al futuro de los países subdesarrollados con bastante más serenidad de lo que antes acontecía, pero no ocurre lo mismo en lo referente al sistema económico y al modelo de valores que lo sustenta. Y no debemos olvidar que las cuestiones demográficas, la política familiar y el modelo social están tan intrínsecamente insertos en el orden mundial establecido, que la solución a sus problemas se debe buscar más en un análisis del modelo filosófico, económico y político justificativo del sistema mundial que en la discusión sobre técnicas y medidas dirigidas a modificar el uso de la facultad reproductora de los individuos, de la persona en definitiva.

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