El Mundo - 09.01.2018

 

 

 

“Padres que llevan la mochila al niño hasta la puerta del colegio + padres que piden que no se premie a los mejores de la clase porque los demás pueden traumatizarse + padres que le hacen los deberes a los niños que previamente han consultado en los grupos de WhatsApp = niños blanditos, hiperprotegidos y poco resolutivos”.

 

Así comienza un artículo del diario El Mundo en el cual expertos en educación proponen la educación del carácter como la receta que se necesita para hacerle frente a la generación de “niños blanditos”, término que usan para referirse a “niños mimados” que se convierten en adultos débiles. Estas son sus propuestas:

 

Cuenta Eva Millet, la autora de Hiperpaternidad (Ed. Plataforma), que ya hay niños que, al caerse, no se levantan: esperan esa mano siempre atenta que tirará de ellos. En ciertos colegios han empezado a tomar nota. Y, en algunos países, el carácter ya forma parte del debate sobre la Educación.

 

Esto no es la nueva pedagogía. Gregorio Luri, filósofo y autor del libro Mejor Educados (Ed. Ariel), suele recordar que la educación del carácter es tan tradicional en ciertos colegios británicos como para que haya llegado a nuestros días una frase atribuida al Duque de Welington: “La batalla de Waterloo se empezó a ganar en los campos de deporte de Eton”. En los campos de Waterloo o en las canchas del mítico colegio inglés, cuna del establishment, ningún niño esperaba que le levantaran si podía solo.

 

En España, se habla de “educación en valores”, pero puede que no sea lo mismo. El carácter se entiende como echarle valor, coraje, actuar en consecuencia cuando se sabe lo que está bien o está mal, no limitarse a indignarse. Como dice Luri, “ahora mismo en España les fomentamos la náusea en lugar del apetito”. En su opinión, los niños de ahora saben cuándo se tienen que sentir mal ante determinadas conductas, pero educar el carácter es animarles a dar un paso, a ser ejemplo, a que sus valores pasen a la acción. Si están acosando a un niño, no callarse y protegerle. Decir no a la presión del grupo.

 

Los ejemplos de una profesora de instituto

 

El carácter ha vuelto cuando se ha sido consciente de que podríamos estar criando a una oleada de niños demasiado blanditos. Con padres que se presentan a las revisiones de exámenes de sus hijos, que abuchean a los árbitros en los partidos y que han hecho el vacío a niños que no invitaban a sus retoños a los cumpleaños. “Yo he tenido a un chico de 19 años que se me ha echado a llorar porque le suspendí un examen”, cuenta Elvira Roca, profesora de instituto. “Le dije que no me diera el espectáculo. Vino su madre a verme y me dijo que había humillado a su hijo. Le tuve que decir que estaba siendo ella quien le humillaba a él”.

 

Nicky Morgan era ministra británica de Educación con David Cameron e hizo bandera de la educación del carácter. “Para mí, los rasgos del carácter son esas cualidades que nos engrandecen como personas: la resistencia, la habilidad para trabajar con otros, enseñar humildad mientras se disfruta del éxito y capacidad de recuperación en el fracaso”, decía en su cruzada por extender ese tipo de educación, muy vinculada al rugby. Suena familiar. Suena a Si, el poema de Rudyard Kipling y su verso sobre la victoria y el fracaso, esos dos impostores a los que hay que tratar de igual forma, que figura en la entrada de la cancha principal de Wimbledon.

 

Sociedad más cómoda, blanda y menos esforzada

 

Alfonso Aguiló escribió Educar el carácter (Ed. Palabra) hace 25 años. No ha parado de reeditarse y traducirse desde entonces: “Tener buen carácter no significa estar todos cortados por el mismo patrón. Pero estoy seguro que casi todos nos pondríamos de acuerdo en que ser honrado, trabajador, generoso, justo, leal, empático, valiente, austero, recio y organizado son buenas cualidades”. ¿Cómo se educa el carácter? No desde la teoría, desde luego. “La educación en valores es algo abstracto. Las virtudes son los valores integrados en la persona”, explica.

 

Este veterano profesor confirma que tenemos ahora a generaciones de niños blanditos y no se escandaliza: “Son ciclos normales del desarrollo de una sociedad. Cuando una familia quiere que sus hijos no pasen las dificultades por las que sí pasaron ellos la sociedad se vuelve más cómoda, blanda, menos esforzada. Pasa también con los países”. Según Aguiló, la educación del carácter no tiene que ver con el dinero y sí con el capital cultural de las familias, con el modo de transmitir cómo afrontar la vida: “He conocido a madres que limpiaban escaleras para que sus hijos llevaran unas zapatillas de marca y a gente de dinero que también los mimaba mucho”.

 

 

Carmelo López-Arias / ReL – 18.12.2017

 

Foto: Freepik

 

"Es necesario que los padres se vean a sí mismos de la misma manera que los ven sus hijos. Te guste o no, eres el centro de su mundo, la pieza clave de tu familia, el héroe del que todos dependen. Si no estás presente ni te involucras, tus hijos acabarán sufriendo las consecuencias".

 

La pediatra Meg Meeker, autora del best seller Padres fuertes, hijas felices, hace esta afirmación tajante en su nuevo libro, Héroe. Cómo ser el padre fuerte que tus hijos necesitan. Su apuesta es que los hombres recuperen en la familia el papel que la cultura les niega, pero al que ellos mismos también son a veces renuentes con excusas o prioridades diversas.

 

La doctora Meeker les invita a fiarse de su instinto, porque está en la naturaleza de los padres ser buenos padres, y casi siempre saben qué hay que hacer para ello. Son otras seducciones (las relaciones indebidas, los amigos, el trabajo, las propias aficiones) las que les alejan de ponerlo en práctica, a lo que hay que sumar, en las últimas décadas, la ideología dominante que ridiculiza su papel y autoridad y les atemoriza para desempeñarlos.

 

Liderar, sostener y proteger

 

Sin embargo, y salvo excepciones de maltrato, "todos los niños piensan que su padre es maravilloso", sostiene Meeker. Y se basa en los datos que recoge en su consulta todos los días desde hace treinta y años y en sus investigaciones como profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan, donde vive con su marido y sus cuatro hijos.

 

De ahí que la misión que propone a los padres es tener coraje moral para hacer lo que deben hacer (liderar, sostener y proteger), aunque les cueste a ellos y aunque disguste a los demás, porque a largo plazo (pero también a corto y medio) lo que lograrán es el amor de sus hijos.

 

"Tu familia necesita una persona que la guíe. Necesita una persona con perseverancia y determinación para los malos momentos... Tu mujer te necesita como esposo. Tus hijos te necesitan como padre", anima Meeker. Respecto a estos últimos, tengan la edad que tengan, su prejuicio hacia el padre siempre es favorable, y Héroe está poblado de ejemplos concretos que la doctora Meeker ha conocido en su consulta y en los que parecería improbable que fuese así. Pero lo es, sostiene. Por eso, se trata de acercarse al modelo que los hijos tienen de uno, que es, salvo excepciones, el de héroe. Ser de verdad lo que ellos creen que somos y lo que nosotros querríamos también ser.

 

Seis jugadas clave

 

No hace falta ser perfecto. Nadie lo es. Incluso si se ha roto la familia por el divorcio, persiste la posibilidad de ser el padre que los hijos necesitan. Para ello, las páginas de este libro abundan en consejos, ejemplos y datos. Entre ellos, estas seis "jugadas clave" muy prácticas y definitivas: "Te ayudarán a ganar el partido de criar a unos hijos felices y exitosos, convirtiéndote así en un héroe a los ojos de tus hijos e hijas".

  

Jugada Nº 1. Juega con tus hijos

 

Es la ocasión de desarrollar afectos y crear recuerdos inolvidables. Hay estudios que demuestran que enriquece su habla, mejora su expresividad, le enseña a jugar con sus compañeros, les estimula, les anima a asumir riesgos. Además, el tiempo empleado con ellos (no solo en jugar) se dilata en su memoria. Meeker cita el caso (entre otros) de una niña que "recordaba" largas parrafadas con su padre todos los días antes de acostarse cuando era pequeña. Preguntó luego a su madre, y realmente eran cinco minutos un par de veces a la semana, pero en su cabeza infantil se habían agigantado. 

 

Jugada Nº 2. Reza con tus hijos

 

Los niños vienen "programados" para la fe, sostienen los doctores Robert Newberg y Mark Robert Waldman, a quienes cita Meg. En su necesidad de seguridad (a la que debe contribuir decisivamente su padre), "les tranquiliza la idea de un mundo ordenado por la mano divina". Por eso, "rezar con tu hijo sirve para satisfacer su necesidad de comunicarse con Dios". "A los niños les encanta rezar", añade: "Cuando rezas con ellos, se sienten seguros. Les recuerda que, aunque tú no estés presente, Dios sigue velando por ellos". La imagen de un padre a quien juzgan "fuerte, poderoso e inteligente" arrodillándose ante Dios y reconociendo su poder les une más a él que cualquier otra actividad, dice la doctora Meeker.

 

Jugada Nº 3. Sé una persona estable

 

Tranquilo cuando ellos estén nerviosos, fuerte cuando se sienten débiles, valiente cuando tienen miedo: "Ser la voz de la razón, el valor y la fe es lo que se espera de un héroe".

 

Jugada Nº 4. Sé una persona honesta

 

"Nada puede poner más en peligro la confianza de tu hijo que la mentira... La honestidad, la integridad y la verdad son las cualidades más importantes de un héroe, y de un padre también. Sé un hombre íntegro, sé un hombre en el que se pueda confiar, sé un hombre que dice la verdad". Pero, "lo que es más importante, vive en función de esa verdad". Cuenta un caso de su consulta, Suni, una joven que tardó años en recuperar el aprecio extraordinario que tenía por su padre cuando descubrió que engañaba a su madre. Y eso, a pesar de que el hombre rompió la relación espuria, hizo lo posible por recuperar su matrimonio y lo consiguió. Pero el jarrón de la confianza de sus hijos se había roto y costaba pegarlo: "Mi padre está tratando de solucionarlo, pero ya no sé lo que es verdad y lo que es mentira", lamentaba Suni en un momento decisivo de su vida, justo al dejar el hogar para empezar sus estudios universitarios.

 

Jugada Nº 5. Mantente firme

 

"La disciplina es muy necesaria. No te queda más remedio que plantarte y poner normas". Meeker advierte de que las dificultades no vendrán solo de los hijos. Puede que también de los padres de sus amigos, más dispuestos a ceder. Pero "sí significa sí y no significa no", y con el tiempo los hijos lo agradecen: "Saben que la honestidad, la firmeza y las normas significan que te preocupas por ellos". Meg cita un estudio realizado entre presos entre la veintena y la treintena, para descubrir un elemento común. Y se encontró: casi todos confesaban que, siendo niños, "nadie se preocupó por ellos lo suficiente para decirles que no". No es preciso llegar a la delincuencia para sacar esa conclusión: los hijos pueden ser felices recibiendo un "no" a sus caprichos, pero no lo serán si entienden que su padre es indiferente a su suerte.

 

Jugada Nº 6. Mantente comprometido con tus hijos

 

"Habrá días que no te apetezca levantarte, ni seguir casado, ni ser amable con tus hijos, pero tendrás que hacerlo de todas formas. Eso es lo que significa estar comprometido con tu trabajo, tu mujer y tus hijos". Es la perseverancia, que se lleva buena parte de las historias más potentes que cuenta la doctora Meeker para respaldar sus recomendaciones. Algunas de esas historias encojen el corazón y humedecen los ojos, sobre todo cuando se produce un divorcio, o bien un alejamiento emocional en la adolescencia o juventud que parece irreversible. Pero... ¡nunca es irreversible! Solo hay que perseverar en amarles y en estar siempre disponible para ellos.

 

Esto es: si se es un héroe, templado en los peores momentos para disfrutar a fondo de los buenos.

 

 

Colaboración Sontushijos.org - 27.11.2017

 

Foto: Freepik 

 

El desarrollo de unos hábitos apropiados (de higiene, cuidado, comida…) son los cimientos para la adquisición de comportamientos futuros importantísimos como la responsabilidad, disciplina, etc.

 

¿Qué son los hábitos de autonomía?

 

Son aquellos comportamientos cotidianos de la vida diaria imprescindibles para asegurar un óptimo desarrollo personal y social en el niño. La adecuada adquisición de estos hábitos dota al niño de mayor autonomía, disminuyendo la sensación de dependencia hacia sus padres y por lo tanto, pueden enfrentarse de forma airosa a las exigencias del entorno.

 

Es importante destacar la idea que dichos hábitos hay que fomentarlos desde el inicio de la vida de los niños. Con ello, nos aseguramos que los podrán adquirir sin dificultades y de la forma más adecuada.

 

¿Cuáles son los principales hábitos de autonomía?

• Alimentación.

• Vestido/desvestido.

• Horario y situación de sueño.

• Aseo y limpieza.

 

¿Por qué es tan importante la autonomía personal?

• Un niño autónomo es aquel que es capaz de realizar por sí mismo aquellas tareas y actividades propias de los niños de su edad y de su entorno socio cultural.

• Un niño poco autónomo es un niño dependiente, que requiere ayuda continua, con poca iniciativa, de alguna manera sobre protegido.

• Los niños con pocos hábitos de autonomía, generalmente presentan problemas de aprendizaje y de relación con los demás. De ahí la importancia de su desarrollo: normalmente cuando progresan en este aspecto, también lo hacen en su aprendizaje y relación con los demás.

 

¿Qué hábitos enseñar?

 

Como norma general todo aquello que el niño pueda hacer solo, siempre que no entrañe peligro, debe hacerlo él mismo. También es válido como criterio enseñar aquellos hábitos que tienen adquiridos la mayoría de niños de una edad.

 

Como guía, pueden servir los siguientes hábitos que están expuestos de menos a más en distintas áreas:

 

Higiene: Todo lo referido a la higiene y auto cuidado personal: por ejemplo: control de esfínteres, lavarse las manos sólo, cepillado de dientes, el baño, lavarse la cabeza, peinarse, usar los productos de higiene, etc.

 

Vestido: Todo lo que se refiere al uso de las prendas y su cuidado: ponerse distintas prendas (pantalones, calcetines, abrigos, zapatos, cremalleras, botones), guardarlas en el lugar adecuado, elegir la propia indumentaria.

 

Comida: Relacionado con la conducta alimentaria: Comer solo, uso de los distintos instrumentos, respetar unas normas básicas de educación en la mesa, prepararse una merienda, entre otros. 

 

Vida en sociedad y en el hogar: Son hábitos referentes a la relación con los demás, el uso de algunos servicios comunitarios y la conducta en el hogar: van desde saludar a la gente conocida, escuchar, pedir por favor y dar las gracias; respetar turnos en juegos, pedir prestado, conocer los lugares para cruzar la calle, evitar peligros (enchufes, productos tóxicos), ordenar sus pertenencias, usar el teléfono, comprar, usar el transporte público o disfrutar de servicios de ocio (ir al cine).

 

¿Cómo se enseña?

 

La mayoría de los niños funcionan muy bien con rutinas, luego lo ideal será conseguir que esos hábitos se conviertan en rutinarios. Con una práctica adecuada, los hábitos se adquieren de 20 a 30 días. Y estos son los pasos para lograrlo:

 

1º Decidir qué le vamos a exigir y preparar lo necesario

• Lo primero es decidir lo que razonadamente le vamos a exigir, evitando pensamientos como: "prefiero hacerlo yo, lo hago antes y mejor". Comenzar cuanto antes.

• Que le exijamos algo adecuado a su edad.

• Hacerlo siempre y en todo lugar: todos los días.

• Todos a una, no vale: "con papá tengo que hacerlo, pero con mamá no".

• Preparad lo necesario: si le vamos a exigir guardar sus juguetes, hay que prepararle un lugar adecuado.

 

2º Explicarle qué tiene que hacer y cómo

• Hay que explicarle muy clarito y con pocas palabras qué es lo que queremos que haga, dándole seguridad: "Desde hoy vas a ser un niño mayor y te vas a lavar los dientes tú solito, sé que lo vas a hacer muy bien". Enséñale realizándolo tu primero.

• Piensa en voz alta mientras lo haces: "Primero mojo bien el cepillo de dientes, después pongo un poco de pasta de dientes.

• Asegúrate que comprende las instrucciones: pídele que las repita.

 

3º Practicar

• Ponlo a practicar. Al principio hay que ofrecerle muchas ocasiones de práctica.

• Recuérdale los pasos que tiene que hacer: "Primero mojar el cepillo de dientes y poner la pasta"

• Elógiale los primeros avances.

• Poco a poco disminuir la ayuda.

• Las prisas no son buenas: prepara el tiempo necesario, al menos al principio.

 

4º Supervisar

• Hay que revisar cómo va realizando lo que se le encomienda. Si un niño está aprendiendo a peinarse tenemos que revisar que ha quedado bien.

• Elogiar y valorar su realización. Si no está del todo bien, dile en qué puede mejorar.

 

Y si no quiere…

• Valorar si no quiere porque no está a su alcance o por comodidad.

• Por lo general si se lo ofrecemos como un privilegio ("Ya eres mayor") lo aceptará mejor que si lo hacemos como un mandato sin más.

• Si no lo hace por comodidad, dile que ya es mayor, que debe hacerlo por sí sólo e ignorar las quejas.

• Si todavía se sigue negando puedes adoptar varias medidas: sufrir las consecuencias, retirarle algún privilegio (algún juguete o actividad) o utilizar la sobre corrección: practicar y practicar la conducta adecuada.

 

La correcta adquisición de estos hábitos le permitirá enfrentarse paulatinamente a las exigencias de su entorno, no tendrá que recurrir frecuentemente a la ayuda de los adultos, podrá tomar sus propias decisiones y asumir responsabilidades, en definitiva, criaremos niños responsables y seguros de sí mismos.

 

 

*Por Eli Redondo Laboa. Colaboración de www.sontushijos.org para LaFamilia.info

 

 

Por LaFamilia.info - 04.12.2017

 

Foto: Freepik 

 

Hagamos que nuestros hijos vivan esta época como debe ser: una celebración de fe y de valores, de familia y de alegría. De esta manera les enseñamos el verdadero significado y evitamos que se convierta en una fecha “consumista” en la que sólo importan los regalos.

 

Por eso desde LaFamilia.info te proponemos estos cinco valores que les debes transmitir a tus hijos: 

 

1. El valor de la Fe

 

Lo primero que debemos hacer es contextualizar a los hijos en la auténtica festividad. Debemos explicarles que celebramos con enorme alegría el nacimiento de Jesús, quien nació entre nosotros en un humilde establo acompañado de sus padres, la Santísima Virgen y San José, y junto a ellos, los pastores y animales que les brindaron compañía y calor. La elaboración del pesebre o Belén es una magnifica actividad para enseñarles a los hijos esta historia sagrada y el significado especial que cobra cada figura (ver aquí).

 

Hay que enfatizar que de este hecho es donde nace toda la felicidad característica de esta fiesta, es por ello que nos reunimos en familia para esperar la llegada del Niño Jesús y por eso es un gran acontecimiento que ansiamos durante todo el año.

 

2. El valor de la Generosidad

 

En Navidad damos regalos para expresar nuestro cariño y así como recibimos también debemos dar. Invitemos a nuestros hijos a buscar entre sus juguetes algunos que ya no usen para regalárselos a otros niños. También podemos compartir nuestro tiempo, nuestro cariño, nuestras sonrisas… Para ello podemos visitar un ancianato o algún hogar de niños y llevarles un poco de felicidad y compañía. 

 

3. El valor de la Gratitud

 

Debido a que en Navidad se acostumbra regalar, también es importante agradecer. Es una estupenda ocasión para enseñar a los hijos a valorar los obsequios que reciben, no sólo de otras personas, sino también del Niño Jesús, por ejemplo: la familia, la salud, la educación, los alimentos, los amigos, etc.

 

4. El valor de la Austeridad 

 

Hay veces que los niños reciben muchos regalos en Navidad y se hacen fiestas ostentosas, sin embargo, el Niño Jesús nació en la humildad de un pesebre, demostrándonos que la felicidad se hace posible en medio de la austeridad. Así que evitemos los excesos en estas fechas, no gastemos más de lo necesario en los aguinaldos, puesto que los mejores regalos que les podemos dar a los hijos no se compran en las tiendas! Nuestro amor, nuestro acompañamiento, nuestra entrega y nuestro tiempo valen más que cualquier juguete. (Leer también: Diez claves para educar en la austeridad).

 

5. El valor de la Familia

 

Navidad es una fiesta de familia; el Niño Jesús, San José y la Santísima Virgen son el mejor ejemplo de ello. De ahí que en este tiempo de Navidad nos preguntemos: ¿cómo está nuestro propio círculo familiar: vivimos en armonía, nos preocupamos por el otro, ayudamos a mantener el hogar en orden, toleramos a los demás en casa, nos dedicamos el tiempo necesario, nos escuchamos, nos apoyamos...?

 

Es la oportunidad para reflexionar sobre ese papel que cada quien tiene dentro del núcleo familiar y el lugar que le damos a nuestras realidades familiares, pues sin darnos cuenta, utilizamos mucho tiempo para otros asuntos y muy poco para aquellos con quienes compartimos nuestra vida y son los que le dan sentido a nuestra existencia.

 

La Navidad es un festín de valores, estos son sólo cinco de ellos pero puedes reforzar muchos más. Esperamos que estas ideas te sirvan y hagas de la Navidad un tiempo maravilloso que quedará en la memoria de tus hijos para siempre.   

 

 

13.11.2017 - ABC.es

 

 Gregorio Luri y su nuevo libro «Elogio de las familias sensatamente imperfectas»

 

El filósofo Gregorio Luri, se atreve a decir alto y claro lo que cada vez parece menos evidente: que no hay familias perfectas, que está muy bien decir a los hijos «no», y que es imprescindible enseñarles las «palabras mágicas». Así lo cuenta en su nuevo libro «Elogio de las familias sensatamente imperfectas». 

 

"Ser padres hoy se ha convertido en una realidad tan compleja que parece difícil dar con las claves para conseguir su buen desarrollo. Pero, antes de perder el norte, empecemos por el principio: no hay familias perfectas, y este libro ha nacido para reivindicar esa imperfección". Por eso el autor quiere destacar lo que cada vez parece menos evidente: que un hijo tiene derecho a saber que ser disciplinado es más importante que ser meramente inteligente; que más grave que equivocarse, es no aprender nada de la equivocación; que se puede disponer de mucha información y ser un ignorante; que está muy bien de vez en cuando oír la palabra «no»; y que es imprescindible aprender las cuatro palabras mágicas: «por favor», «gracias », «perdón» y «confío».

 

Gregorio Luri quiere animar a que los padres se reconozcan como seres «moderadamente imperfectos» y a que no se arrepientan de ello. En entrevista con el diario ABC de España, el autor nos da las claves para encontrar ese perdido sentido común. 

 

— Libros, internet, conferencias, escuelas de padres... antes las familias no consultaban tanto., mientras hoy parece que tienen que aprenderlo o saberlo todo.

 

Los padres de antes tenían muchas cosas que enseñarnos. Lo primero, que los hijos «vienen», no se programan para cuando me viene bien. Llegan, y en ese momento hay que aceptar que eso es un don. ¿Un don que quiere decir? Que no se controla muy bien lo que hay dentro. Lo segundo, que los hijos «salen». Esto me parece esencial: Que los hijos «salen» quiere decir que nuestros padres asumían que no estaba en sus manos programar su vida. Aceptar eso de manera natural, sin dramatismos, me parece una señal de inteligencia práctica, de sabiduría extraordinaria. Y tercero: no estaban todo el día viendo un problema en lo que habían hecho. Podían meter la pata, pero si la metían, salían para adelante. No hacían como los padres actuales, que están viviendo su experiencia con una especie de pepito grillo pedagógico dentro, del tipo «uy le he gritado, quizás no debería haberle gritado tanto, quizás tendría que haber negociado». Pero ha negociado y el infante no le ha hecho caso, entonces piensan «ahí quizás tendría que haber dicho un "no" tajante»...

 

— ¿Por qué tienen esa inseguridad las generaciones nuevas de padres?

 

Están introduciendo una distancia crítica entre su prole y ellos mismos que les lleva a perder espontaneidad en la relación. Digamos que hay una intermediación pseudocientífica que a mí me parece terrible en las relaciones entre padres e hijos, y profesores y alumnos. Damos por supuesto que hay que estar observando continuamente... Nuestros padres podían hacer muchas cosas mal pero la naturalidad de la relación estaba ahí. Recuerdo cada vez con más cariño la imagen de mi madre con la zapatilla en la mano, y me sorprendo pensando en la puntería extraordinaria de aquella mujer... y en la cantidad de psicomotricidad que hacía yo para esquivarla. Pero no ponías en cuestión que tus padres te querían. Mientras ahora te preguntas constantemente: ¿lo quiero como debería quererlo? Cuando las relaciones se miden desde esa distancia, hay una teatrocracia educativa. Nos vemos a nosotros mismos no como actores, sino como espectadores. Pero estar observándonos a nosotros mismos es una patología, es una neurosis. Cuando en la vida pierdes espontaneidad, hay algo de intensidad que se pierde.

 

— Pero así están muchos padres bien intencionados. ¿Qué les lleva hasta ahí?

 

Cuando las cosas pasan siempre es por algo, y analizar las razones de que esto ocurra era una de los motivos por los que quería escribir este libro. Lo que es cierto que esto tiene muchísimos elementos sociales: Empezando porque cada vez llegamos más tarde a casa, y estamos menos con nuestros hijos, y continuando con la sustitución de la cigüeña por la agenda, la pérdida de espacios de libertad para los niños, que ya no tienen ámbitos en los que puedan estar sin la supervisión de los padres, en los que ganaban seguridad, autoestima... Me refiero a ir a jugar a la calle o al pueblo, donde antes salías a vivir aventuras desde bien pequeño. La incertidumbre con respecto al futuro... La propia conciencia de la provisionalidad de las relaciones familiares, con niños que ven en su propio ámbito escolar que el padre de su amiguito no es exactamente su padre... Y por supuesto, esta convicción que es muy propia de nuestro tiempo de que hay una respuesta técnica para cada problema, que es por donde creo que deberíamos empezar.

 

— A lo largo de todas las líneas de este libro usted hace una ferviente defensa de las familias sensatamente imperfectas, porque ha detectado que esta nueva generación de padres no tiene suficiente con hacerlo bien, quiere hacerlo mejor. Buscan el mejor colegio, aunque este se encuentre a una hora de ruta de su casa, le apuntan todos los días a las extraescolares más extravagantes...

 

Exacto, no tienen suficiente con hacerlo bien, quieren ser perfectos. Pero se olvidan de que uno de los derechos del niño es tener una familia tranquila, y eso solo lo proporciona un entorno tranquilo, con paz en los momentos cruciales del día (por la mañana y justo antes de acostarse). Hay muchos menores que no duermen lo suficiente y esto me lleva a preguntar a los padres si le darían una sustancia tóxica a sus hijos. Pues bien, la falta de sueño es equivalente a una sustancia tóxica. Los padres están para decir «no» ante determinadas cosas, para poner barreras, para establecer una trinchera. Pero volvemos siempre a la misma cuestión, que es la intromisión de la teoría en las relaciones familiares. Hemos perdido el sentido de la prudencia. Habría que volver a leer a Gracián como pedagogo en ese arte. Hay que aceptar que el ser humano no tiene respuestas para todo.

 

— En este sentido, recomienda también en su libro volver a decir «no» de vez en cuando a nuestros hijos. ¿No se dice lo suficiente? ¿Está la autoridad denostada?

 

Es más, diría que son dos derechos fundamentales del menor: el derecho del niño a ser frustrado, y el derecho del niño a conocer los adverbios de negación. En España lo que ocurre es que estamos acomplejados a la hora de mostrar la autoridad, tanto en la familia como en la escuela. Nadie quiere mostrar que es autoritario, pero todo el mundo querría que sus hijos y sus alumnos le obedecieran sin tener que mandárselo. Eso es lo característico de la situación. Pero, ¿cómo conseguir una autoridad que no esté mandada? Ese es el sueño. Recomiendo no perder de vista al primer ministro de Educación francés, Jean-Michel Blanquer, que aboga por recuperar la autoridad, la jerarquía, el conocimiento, y la autonomía de los centros. Todo está recogido en su obra «La escuela de mañana».

 

— Volviendo al hogar... ¿Cuál es, según usted, la principal responsabilidad de los padres?

 

Quererse, de manera clarísima, es más importante que comprenderse. Por eso, si hablamos de «deberes» de los padres, y siendo plenamente conscientes de que la persona que quieren es imperfecta, estos tienen que hacer manifiesto que se quieren en casa con el ejemplo. No estoy pidiendo ¡por favor! un mundo poblado de sentimentaloides emotivos, que cuando te descuidas lo mismo te dan un abrazo a ti que se ponen a abrazar un árbol. Estoy hablando de que se note la capacidad que tiene el amor para sanar heridas puntuales. De hecho, se sabe que para el desarrollo psicológico de los niños, el afecto ambiental es tan importante como la leche materna para el crecimiento biológico. Y a vuestro hijo le estáis transmitiendo otra lección que no se aprende en ningún otro sitio que no sea en casa: que seguro que hay alguien por ahí fuera que le va a querer a él a pesar de sus imperfecciones. Esto es muy elemental, es el ABCD de las lecciones de la familia.

 

—En su obra no se cansa de defender que la familia normal es una especie de «chollo» psicológico. ¿Qué es una familia normal, y por qué es un chollo?

 

Cuando me refiero a una familia normal no me estoy refiriendo a las personas que la forman, sino a sus reacciones. Y por tanto, una familia normal es aquella que no sobrecarga sus neurosis inevitables con excesivas gesticulaciones. Es decir, es aquella que se enfrenta a sus problemas sin demasiados aspavientos, en lugar de hacerlo a gritos, llevándose las manos a la cabeza, o sobrecargando de tensión la tensión ya existente. Estoy cada vez más convencido de que la manera de tratar los problemas en sí misma es un factor educativo de primer orden, porque las familias que se enfrentan a ellos con cierta tranquilidad están dando un ejemplo de confianza en sí mismas y están educando a sus hijos en esta confianza, mientras que las familias que creen que la manera de solucionar un problema es gritar mucho, están educando a sus hijos en la desconfianza.

 

Y en efecto, una familia normal es un chollo, porque es el lugar donde te quieren por el mero hecho de haber nacido en ella, por el mero hecho de haber llegado. Es la principal institución de acogida y solidaridad natural que conoceremos en nuestra vida. Porque no hay tantos ámbitos donde se nos permita esto, ni de manera tan incondicional. Ni siquiera entre marido y mujer, donde hay que dar o demostrar ciertas señales. Es más, diría que ese cariño por los hijos no solo no caduca, sino que crece con el tiempo.

 

—Se declara también como ferviente admirador de los Simpson. ¿Qué deberíamos copiar de esta familia tan peculiar?

 

El hecho de que los Simpson empiezan cada capítulo siempre de cero. Y que, con todos sus defectos, cenan siempre lejos de la televisión. Pueden estar discutiendo, pero están todos juntos. Hay dos cosas en la familia que sabemos todos y que son de un valor extraordinario: una la capacidad del perdón, que nos permite liberarnos de las ataduras del pasado, y la otra la fidelidad al compromiso y a la palabra dada. Estas dos capacidades humanas son los instrumentos que tenemos para manejar el tiempo. Una nos libera del pasado y otra nos sujeta al futuro. Pero hace falta poner en valor todo eso que ya sabemos. Mientras tanto, nos perdemos en discursos por la empatía...

 

—¿Cuál es la receta básica para ser una familia sensatamente imperfecta?

 

Utilizar las palabras «por favor», «gracias», «perdón» y «confío». Estas cuatro palabras mágicas constituyen «la estructura básica de la cordialidad», y nos facilitan enormemente las relaciones sociales y familiares, por lo que es bastante estúpido dejarlas en desuso. Hoy en día no se utilizan lo que debieran porque todos queremos ser excelsos. Pero hay valores con minúsculas que no se pueden ignorar por querer defender valores con mayúsculas. Todo, insisto, forma parte del mismo discurso, que es una defensa teórica de la prudencia. Espero que el que lea esto diga: «si esto yo ya lo sabía». El libro puede parecer poco ambicioso, pero a mi sí me lo parece, y además extraordinariamente. 

 

Reciba gratis en su e-mail las novedades de LaFamilia.info de cada semana.

Suscribirse aquí

síguenos

fb
twitter
youtue
Instagram

logo pie

Síguenos    
fb pie tw pie youtube pie  
© 2018 Corporación CED. Colombia - all right reserved - desarrollado por Webpyme