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Por Monseñor Francisco Pérez / Infocatolica.com - 14.05.2018

 

Foto: Freepik 

 

La pornografía daña al cerebro. Es como una droga que crea adicción y es muy difícil de erradicar. Se consume y siempre se quiere más y nunca se sacia. Cuanto más se consume, más grave es el daño al cerebro. Crea una situación en la que la persona se enfrasca y se aficiona de tal forma que el cerebro no tiene capacidad de reaccionar con libertad, está atado como la presa en la trampa.

 

Tal vez ante las ofertas tan diversas y tan uni­ver­sa­les que se dan en la sociedad y de modo especial en los medios de comunicación uno de los grandes problemas, que apuntan los sicólogos y siquiatras, es el consumo de la pornografía. Está haciendo verdaderos estragos desde el punto de vista sicológico como desde la perspectiva humana y espiritual. Los frutos que conlleva esta dependencia son desastrosos y el alcance de violencia que engendra son desbordantes. Creo que se confunde con mucha frecuencia este modo de proceder como si fuera una liberación de lo que antes era una opresión. La sociedad actual se enfrenta a una infinidad de tentaciones que buscan esclavizar al ser humano a través del pecado. El Catecismo de la Iglesia Católica define «la lujuria como un de­seo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión» (Nº 2351).

 

La pornografía daña al cerebro. Es como una droga que crea adicción y es muy difícil de erradicar. Se consume y siempre se quiere más y nunca se sacia. Cuanto más se consume, más grave es el daño al cerebro. Crea una situación en la que la persona se enfrasca y se aficiona de tal forma que el cerebro no tiene capacidad de reaccionar con libertad, está atado como la presa en la trampa. De ahí se llega al comportamiento extremo donde se desnaturaliza el acto sexual y se convierte en un juego normalizado considerándolo como algo común y sin relevancia en aspectos morales. «Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno vie­ne a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Es una falta grave, Las autoridades civiles deben impedir la produc­ción y la distribución de material pornográfico» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2354). Y esto por el bien de la persona; después no nos lamentemos.

 

La pornografía mata al amor. Estudios recientes han encontrado que después que un individuo ha estado expuesto a la pornografía, se califican a sí mismos con menor capacidad de amor que aquellos individuos que no tuvieron contacto con la pornografía. El verdadero amor que da relegado puesto que la pa­sión se convierte en utilizar a la otra persona como un objeto de placer y nada más. Por eso es una mentira que bajo capa de satisfacción y consideración del otro, se utiliza de tal forma que se cosifica y se despersonaliza. No existe el amor puesto que es un placer lleno de egoísmo.

 

La pornografía conduce a la violencia. Nunca produce efectos positivos. Es violenta y es una de las fuentes de la violencia de género. Al maltratar el cuerpo, se maltrata a la persona. Da ideas torcidas sobre el sexo y se propaga con intereses creados. Los medios de comunicación están –a través de los móviles o tabletas- propagando el fenómeno del sexting (envío de contenidos eróticos). Es un grave momento que requiere poner freno pues de lo contrario se llegará, como ya sucede, a perder la dignidad humana. El auténtico humanismo nada tiene que ver con este pecado muy grave que se ha convertido en un divertimento.

 

Hay instituciones que trabajan para atajar esta vorágine que no sabemos hasta dónde puede llegar. La educación en el amor requiere una pedagogía sana y sin ambages poniendo como finalidad la auténtica castidad. Se requiere retomar las catequesis que el Papa Juan Pablo II hizo sobre el amor, la sexualidad humana y el amor. Como dice el Papa Francisco: «La castidad expresa la entrega exclusiva al amor de Dios, que es la roca de mi corazón. Todos saben lo exigente que es esto, y el compromiso personal que comporta. Las tentaciones en este campo requieren humilde confianza en Dios, vigilancia y perseverancia». Para el que ama a Dios nada hay imposible porque «todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil 4, 13).

 

*Por Francisco Pérez. Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

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Nancy Escalante - Almas
 
17.05.2010
 

El ser humano ha nacido para amar y ser amado. El amor en el matrimonio, en la unión conyugal se manifiesta tanto en la intimidad emocional y en la intimidad matrimonial que es la relación sexual entre los esposos.

 

A través de la intimidad emocional y de su máxima expresión de entrega mutua que es la relación sexual, es como el matrimonio subsiste y se alimenta, ya que ambos aspectos nutren el matrimonio y une a los cónyuges. Después de la boda nace el matrimonio, el cual va creciendo y hay que cuidar que no se “enferme” (por así decirlo), cuidando la intimidad emocional y matrimonial en la pareja ya que son aspectos imprescindibles en la relación, debido a que son considerados como componentes del amor total.

 

Conocer al otro

El amor y conocimiento son dos formas de trascendencia que van interrelacionados entre sí. Sólo conociendo al otro verdaderamente es como logramos amarlo, para esto es necesario superar nuestras propias barreras para que de esta manera nos podamos autorrevelar y darnos a conocer al otro y así lograr la unión más fuerte. “No se puede amar lo que no se conoce”. A medida que uno se adentra en el interior de la otra persona y lo vamos descubriendo es como se produce una mayor atracción y el amor crece y se torna más real.

 

El amor entre dos personas por lo regular surge de la atracción física y es así como del plano físico vamos transitando al psicológico y de éste al espiritual. En esta travesía es cómo vamos descubriendo un poco más la espiritualidad del otro. La intimidad matrimonial es el escenario de la máxima demostración de amor y entrega entre los esposos y de ejercicio de la intimidad emocional, es por esta razón, que es un aspecto sumamente importante para la estabilidad matrimonial y un alimento que nutre y dinamiza al matrimonio.

 

La intimidad emocional es un proceso

Alcanzar la intimidad emocional es una tarea, un reto de la vida de una persona en pareja; es un proceso de tiempo que se logra por medio de la auto revelación, la entrega, la confianza, y que la que la pareja luche juntos para lograrlo. En este proceso de la pareja, es común e incluso necesario, que se den ciertos ajustes los cuales algunas veces se manifiestan como crisis, para después lograr la estabilidad e ir alcanzando el amor maduro, el cual está asociado con el logro de la intimidad emocional.

 

La pareja que no supera la lucha del poder y los conflictos de los primeros años de vida en común, puede atrasarse en el proceso de obtención de la intimidad emocional e incluso nunca llegar a ella; son parejas que se vuelven disfuncionales: comparten un espacio, un proyecto de vida, pero no se sienten tan cercanos el uno al otro, compenetrados, comprendidos, aceptados, como para decir que viven en esa intimidad emocional. Los esposos en intimidad emocional sienten deseos y necesidad de demostrar su máximo amor y entrega mutua y es así como llegan a las relaciones sexuales. En este sentido, la Intimidad Emocional de la pareja implica no sólo el tiempo que los esposos están solos, sino en un estado afectivo y psicológico.

 

Finalmente, la intimidad emocional es importante ya que nutre, mantiene y perfecciona el matrimonio mientras que la intimidad matrimonial es vivir la máxima entrega psíquica y física.

 

 

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LaFamilia.info
 
23.03.2009

 

La sexualidad es una dimensión del matrimonio. Es la expresión de la complementariedad entre los dos sexos. Por eso deben aprender los cónyuges a hacer de la unión de los cuerpos un acto de donación completa y sin reservas de su ser íntimo y personal, la consumación de un amor llamado a la eternidad y a la fecundidad.

 

Mantener una sana relación sexual es siempre algo importante en la relación conyugal y como todo lo importante debe ser algo meditado, y bien preparado. La sexualidad no afecta solamente la parte genital, ni tan solo al cuerpo, sino a toda la persona (emociones, sentimientos, expectativas…) Es por ello que conviene descubrir cómo en la sexualidad se ven distintas áreas implicadas como son la psicológica- afectiva, física y espiritual.

 

Es imposible disfrutar de una buena relación sexual cuando existen sentimientos negativos en los aspectos no sexuales de la relación, cuando se reduce exclusivamente a una de sus dimensiones obviando el resto.

 

Ser reconocido y deseado

La sexualidad no desea algo sino a alguien, reconocimiento del otro, pues el otro desea ser deseado y reconocido. Porque como bien dice Víctor Frankl: “Un amor sólido y verdadero es aquel que no solo desea la capa externa de la persona, sino que ama, sobre todo, lo espiritual que hay en ella, su persona espiritual; eso que hay de único e irrepetible en el ser humano, o que existe detrás de las apariencias sexuales y puramente psíquicas” .

 

Para fortalecer y vivir la sexualidad en el matrimonio no es solo cuestión de adoptar técnicas. Enriquecer la vida sexual pasa por enriquecer la intimidad de la relación de la pareja y para ello centrarse en lo siguiente:

 

Trabajar sobre aspectos olvidados en la relación: lucha de poderes, miedos relacionados con la intimidad, bloqueos en al comunicación, etc.

 

Atender a las expresiones de afecto y cariño mutuos

Mantener vivo el romanticismo: encontrar aquellas formas que puedan revitalizar la relación como pasar cierto tiempo juntos a solas, etc.

Cultivar el amor sosegado y sin prisas: que la pareja pueda profundizar en la intimidad sexual aprendiendo a desarrollar sus propios comportamientos.

Cultivar el deseo y la pasión: revitalizar la relación.

 

Afrontar los mensajes negativos sobre el cuerpo y el sexo: estos pueden interferir en la intimidad sexual. Reconocer que a veces estas actitudes proceden de nuestro aprendizaje de vida, y empezar afrontarlos de manera que podamos darnos mensajes más positivos sobre nuestros cuerpos y la sexualidad.

 

Fortalecer el compromiso mutuo: otra cualidad necesaria para una relación sexual en el matrimonio es el compromiso. Si los cónyuges están completamente comprometidos uno con el otro, su relación es fortalecida.

 

La comunicación: Porque en sí misma la relación sexual es comunicación.

 

Integrar a Dios con nuestra sexualidad: La sexualidad es un regalo del Señor que si arranca de una buena comprensión de la naturaleza del hombre y de la mujer les puede llevar a estos a una comunicación especialmente intensa y privilegiada, que hace del matrimonio algo grande y especialmente valioso en la apuesta arriesgada a favor de la vida.

 

En definitiva cuidar la sexualidad y valorarla es una parte fundamental que los cónyuges deben tener en cuenta en su matrimonio, la vivencia de esta como regalo, como don y ofrecimiento hacia el otro es lo que garantiza que se fortalezca su unión. Y así lo expresa en pocas palabras la Exhortación Apostólica Familiaris Consorcio “La sexualidad es una riqueza de toda la persona -cuerpo, sentimiento y espíritu - y manifiesta su significado íntimo al llevar a la persona hacia el don de sí misma en el amor.

 

Fuente: Apartes de un artículo de Mª Carmen González Rivas, Licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid (Sontushijos.org)

 

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Claire de Mézerville - enfoquealafamilia.com
 
17.08.2009
 

La sexualidad humana es el don que Dios le ha dado a los esposos para establecer una comunicación íntima entre ellos y a partir del amor que se profesan, dar vida. Así pues, la sexualidad es un todo, un conjunto de expresiones integrales que se complementan entre sí, por tanto, la sexualidad no se limita a la genitalidad, abarca un espectro mucho más amplio. Este es el sentido del presente artículo.

 

Intimidad y sexualidad

Intimidad es la capacidad de superar el aislamiento no solo del cuerpo, sino también de las ideas, creencias, emociones y necesidades, así como establecer un vínculo de confianza y pertenencia con la otra persona. Es una vinculación de la personalidad, en lo emocional y lo espiritual.

 

La intimidad en la pareja es una manifestación muy completa del afecto. En las miradas cómplices entre un hombre y una mujer ya se puede apreciar la afectividad cargada de erotismo; la búsqueda de una relación exclusiva y comprometida, la cual es la antesala para un lazo no solo físico, sino también de amistad erótica, de comprensión mutua y de unión emocional. El sexo es una oportunidad maravillosa para desarrollar intimidad. Es una dimensión en la cual pueden expresarse añoranza, mimos, urgencia, pasión y ternura.

 

No obstante, aunque la desnudez, el deseo y el placer así como los tabúes que frecuentemente los acompañan- son parte cotidiana en la vida de muchas parejas, la triste realidad es que para muchos de ellos no existe una intimidad profunda. Es triste que una intimidad sana y enriquecedora se quede en añoranzas en la vida de muchas parejas, rara vez concretándose como una realidad.

 

La satisfacción sexual es un elemento que muchas personas desean y que genera importantes expectativas y fuertes temores. Otras veces, también significa un forzado silencio y mucha vergüenza. Algunas personas, en su relación de pareja, se limitan a sí mismas, pensando que no son merecedoras de placer a menos que tengan cuerpos perfectos, o pensando que ambos deben vivir las etapas del encuentro sexual en forma simultánea, telepática y alcanzando la totalidad del orgasmo en todas las ocasiones.

 

Si bien una vida sexual satisfactoria es importante y valiosa, no debe ser el centro absoluto de la vida de la persona. El placer sexual es una dimensión del matrimonio importante y que puede durar muchos años, siempre y cuando se construya sobre los fundamentos del compromiso, el amor, el compañerismo y, en algunos casos, inclusive el sentido del humor. La sexualidad no se limita a la genitalidad: abarca un espectro mucho más amplio de caricias, besos, compañía agradable y palabras de afecto. La intimidad, la honestidad y la confidencia sobreviven las marcas de la piel, los cambios que los años naturalmente traerán sobre el cuerpo y los períodos en los que sea más difícil alcanzar los más altos potenciales de placer físico.

 

Aunque la relación sexual no siempre satisfaga todos los deseos físicos, el encuentro, las caricias y la confianza recíproca brindan placer emocional y fortalecen la intimidad.

 

La sexualidad que no puede ser genitalidad

Hablar sobre sexualidad es hablar sobre vida, sobre metas, sobre ilusiones y proyecto vital. Hablar sobre sexualidad es identificar cómo se relaciona la persona consigo misma y con los demás, en particular con el sexo opuesto. ¿Se caracterizan estas relaciones por el aprecio, la consideración, el respeto? Hoy en día se apuesta cada vez menos por una sexualidad sana. Se deja de lado la posibilidad integral de comunicación con nuestros semejantes.

 

La sexualidad no se limita a las relaciones sentimentales: implica las relaciones familiares, de amistad y de compañerismo. Cuando la persona no está comprometida en una relación de matrimonio, es importante que pueda explotar su vida afectiva por medio de vínculos genuinos de amistad y una convicción profunda del valor de su cuerpo y del cuerpo de los demás. Esta convicción es muy importante para vivir, con integridad, las etapas de la vida en las que la sexualidad no se manifiesta por medio de relaciones sexuales genitales. No por eso deben descuidarse las relaciones humanas: ¡todos necesitamos sentirnos apreciados y capaces de apreciar a nuestros semejantes! Es por esto que, en su dimensión afectiva, es fundamental desarrollar la ternura como medio de intercambiar cariño.

 

Muchas manifestaciones de la ternura se caracterizan por la renuncia o postergación de la gratificación física personal. La ternura ayuda al hombre y a la mujer a mantener el intercambio afectivo, por medio de detalles, gestos de cariño, como tiempos de soledad apacible, apreciación del arte, practicar deportes juntos y cultivar amistades significativas, aún en períodos en los que las relaciones sexuales no son totalmente satisfactorias, o simplemente no pueden darse.

 

En ambas dimensiones, tanto en la sensualidad como en la ternura, las personas necesitan administrar sus impulsos y necesidades con equilibrio y autodominio aún cuando la presión emocional sea fuerte, tomando en cuenta los valores humanos más centrales. Esto no es sencillo. Sin embargo, la convicción profunda de que las relaciones sexuales ameritan una entrega enmarcada en un contexto de convicciones, ternura y compromiso, puede hacer más llevadera la decisión de postergar la gratificación física personal.

 

Para que la sexualidad pueda desarrollarse en forma integral, es necesario que involucre la vida interior del hombre y de la mujer. La intimidad entendida como la sensibilidad ante los procesos de la pareja, la seguridad de la aceptación del otro y, por ende, el fortalecimiento de la autoestima, puede bien existir aún en relaciones platónicas, como la amistad y la fraternidad. Aunque es cierto que cobra una fuerza especial en la relación de pareja donde la unión de los cuerpos es un ingrediente importantísimo en la comunión (“común unión”) del hombre y la mujer, todas las personas, tanto las que son sexualmente activas como las que no, necesitan procurar su desarrollo humano y afectivo pleno, en un marco de respeto, de dignidad y de estima propia.

 

 

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Adriano Zandoná - Almas
 
28.02.2011
 

Amor: solamente él puede, de hecho, humanizar la sexualidad. Sin embargo, en nuestros días ese término se encuentra envuelto en una compleja confusión en su sentido y comprensión. Muchos lo han reducido apenas a la dimensión del placer y su especificidad erótica. Es cierto que esa palabra engloba también esa dimensión, con todo, el no se encierra apenas en tal expresión.

 

El amor – en su sentido agápico (Griego: Agápe) – significa capacidad concreta de darse en favor del otro, buscando la debida interacción con la verdad de él. Y eso también debe ser aplicado a la concepción humano/erótica del amor, pues, éste para ser auténtico no podrá tener el egoísmo como única fuerza motriz.

 

El amor no se resume a la utilización del otro como objeto de placer sexual. El no podrá permitir la utilización momentánea y descartable de un “alguien humano” por medio de aventura sin compromiso e irresponsable. El auténtico amor comporta el compromiso.

 

Estamos acostumbrados a oír los gritos de una sociedad, que elevó a la máxima potencia la necesidad de satisfacer los propios deseos e instintos a cualquier costo, transmutando así el valor de la persona y colocándolo en segundo plano. Dentro de ese universo de comprensión lo que importa es satisfacer el deseo, no importándose si el otro es utilizado como un mero “juego” por algunos instantes, siendo después lanzado en las manos del destino.

 

Es el amor/compromiso que humaniza la sexualidad, de lo contrario ella se vuelve apenas egoísmo animalesco. La vivencia sexual sin el amor deja de ser humana y se vuelve esclavitud instintiva.

 

Quien verdaderamente ama es capaz de asumir al otro integralmente, con todas sus consecuencias, sin querer usarlo apenas para una satisfacción superficial.

 

El amor vuelve humana la sexualidad, generando el compromiso – que tiene su máxima expresión en el matrimonio sacramental – y el bien, necesarios para que la debida interacción acontezca, señalando el otro como fin y no como medio. El ser humano posee una dignidad inviolable, el es persona y nunca deberá ser disminuido a la categoría de objeto.

 

El amor trae color y sabor a la vida, él inaugura una primavera de sentido para toda y cualquier relación.

 

La virtud a la que somos llamados consiste en contemplar personas y relacionamientos bajo la óptica del auténtico amor. Así la donación sincera en vista del bien inspirará nuestras actitudes y nos permitirá elevar el ser a su altísima y verdadera condición: la de hijo amado, querido y respetado por Dios.

 

 

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