Por LaFamilia.info

 

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Navidad; tiempo maravilloso en el que se respira generosidad, humildad, gratitud, solidaridad, reconciliación, paz, amor… donde el nacimiento del Niño Jesús es motivo de festividad, y su enseñanza cobra vida en la humanidad. Durante esta época estamos llamados -más que nunca-, a vivir los valores que sobresalen en la tradición navideña.

 

Es de gran interés considerar la importancia de los valores más representativos de la Navidad, así como transmitirlos a los hijos y vivirlos en familia. Desde LaFamilia.info destacamos los siguientes:

 

Generosidad

 

Es el acto de entrega hacia los demás, es donarse cada quien en su máxima expresión de forma desinteresada y amorosa, recibiendo a cambio, la satisfacción que sólo la generosidad puede proporcionar.

 

En Navidad hay varios personajes que se destacan por su espíritu generoso, entre ellos, los Reyes Magos y San Nicolás. En cuanto a los primeros, no sólo fueron dadivosos al brindarle al Niño Dios sus mejores ofrendas –incienso, mirra y oro-, sino también por el esfuerzo y el tiempo dedicado para poder llegar al humilde establo de Belén. Estos tres hombres dejaron su hogar para recorrer tierras lejanas, se enfrentaron a las dificultades propias de una travesía inexplorada, y todo su sacrificio tenía un solo propósito: adorar al Niño Dios.

 

De la misma manera, la vida de San Nicolás es un testimonio vivo y real de la virtud de la generosidad. San Nicolás -conocido en la modernidad como Santa Claus-, desde pequeño se caracterizó por compartir sus pertenencias, solía expresar ante sus padres: “sería un pecado no repartir mucho, siendo que Dios nos ha dado tanto”. Una vez quedó huérfano, Nicolás se despojó de su opulenta herencia para ser para servirle a la Iglesia. Fue un abanderado de su religión, luchó incansablemente contra las persecuciones que abatían a los cristianos. A pesar de estar encarcelado por varios años, permaneció su sentido del humor y fidelidad a la fe cristiana.

 

Ejemplos como los anteriores, ayudan a reflexionar sobre la práctica de la generosidad, en especial en época de Navidad, en donde debe existir un propósito enérgico de regalar tanto ayuda material, como espiritual: un gesto amable, una sonrisa, una porción de nuestro tiempo o trabajo, entre otros.

 

Humildad

 

El contexto donde se originó el nacimiento del Niño Dios, es la principal representación de humildad. Recordamos entonces el fragmento de la Oración para todos los días que hace parte de la Novena al Niño Dios: “(…) En retorno de él, os ofrezco la pobreza, humildad y demás virtudes de vuestro Hijo humanado suplicándoos por sus divinos méritos, por las incomodidades con que nació y por las tiernas lágrimas que derramó en el pesebre, que dispongáis nuestros corazones con humildad profunda, con amor encendido, con tal desprecio de todo lo terreno que Jesús recién nacido tenga en ellos su cuna y more eternamente. Amén.”

 

Dios se hizo hombre en un establo, un lugar sencillo que contaba con lo necesario -o tal vez menos-, donde el calor de algunos animales y varios pastores, eran la única compañía de Jesús, José y María. Era una fiesta espléndida, alegre, pero austera; Dios no necesitó comodidades ni lujos para entregarse al mundo. La celebración por su nacimiento era gigantesca en amor y sencilla en lo terreno.

 

Austeridad, sencillez y humildad que estamos invitamos a imitar para celebrar la Navidad.

 

Gratitud

 

Pensar en gratitud, es pensar en la Virgen María. Ella obedeció al Señor, se dispuso ante Él con profundo recogimiento y divina ternura, para llevar en su vientre a Jesús. Asimismo, agradeció haber sido la elegida para tan alto beneficio y lo asumió con las grandes virtudes que la identifican.

 

La Virgen María nos enseña que la gratitud es humildad -también ante Dios- y es la forma como se reconoce en el otro su donación. Asimismo, es un valor especial de las buenas maneras y es expresión de amor.

 

Debido a que en Navidad se acostumbra regalar, también es necesario agradecer. Por eso, se convierte en una buena ocasión para enseñar a los hijos a valorar los obsequios que reciben, tanto de otras personas, como del Padre.

 

Se hace decisivo entonces, que los chicos conozcan otras realidades, tal vez impactantes, pero que les servirán para estimular la virtud de la gracia; una buena actividad, es compartir con niños de escasos recursos económicos.

 

Solidaridad

 

Solidarios como fueron los pastores, los Reyes Magos, quienes dejaron sus quehaceres para custodiar al Niño Dios, José y María en la humilde morada.

 

La Navidad es sinónimo de solidaridad, de cooperación, de servicio, de sensibilidad ante las necesidades del otro. Ser solidarios con la familia, con quien nos sirve en la tienda, con el compañero de trabajo, con el anciano que cruza la calle… Durante estas fechas brotan por todos lados las oportunidades para ser solidarios, y aunque están allí durante todo el año, el espíritu navideño hace que los buenos sentimientos afloren y se actúe en consecuencia.

 

Muchas son las personas que por diversas razones no pueden celebrar la Navidad; que sea pues un motivo para vivir la solidaridad en carne propia.

 

Paz y Reconciliación

 

“Navidad, es la fiesta dedicada al perdón generoso y comprensivo que aprendemos de un Dios compasivo.” *Meditación del día primero de la Novena de Navidad.

 

En Navidad no hay lugar para el rencor. Es el momento propicio para retractarse por una ofensa, para acercarse a quien se ha agredido, también para perdonar y olvidar a quien nos agravió, para sorprender con un gesto cariñoso, para repartir nuestro amor a todos aquellos que nos rodean.

 

Del perdón nace la paz, mensaje que anunciaron los ángeles en Belén. La paz es el estado pleno que se vive cuando hay perdón, donación, gratitud y cooperación; es el producto que surge del conjunto de valores.

 

Navidad es paz, el natalicio de Jesús así lo transmite, es su deseo imperante hacia la humanidad: “paz en la tierra”.

 

Amor y Esperanza

 

El nacimiento del Niño Dios es la representación majestuosa del amor. Amor simbolizado en José y María, en su pleno abandono para recibir a Jesús en cuerpo y alma. Por ello decimos que la Sagrada Familia es el emblema del amor y de ahí que la Navidad sea la celebración familiar más estupenda del año, puesto que el Niño Dios nace en cada núcleo familiar, como símbolo de esperanza y fortaleza.

 

La Navidad es la ocasión para que aquellas familias que están débiles, se fortalezcan; las que estás apartadas, se unan de nuevo; para las que están heridas, se sanen…

 

En esta Navidad, hagámonos conscientes de cada valor que el Niño Jesús trae al mundo y también llevemos dicha conciencia a la acción.

LaFamilia.info
06.12.2009

 

La Navidad es una fiesta llena de símbolos y costumbres que enriquecen esta celebración, como son el pesebre, la corona de adviento, el árbol, la misa de gallo, entre otros, pero ¿conoce sus orígenes, significados e historias?

 

Árbol de navidad

También se trata de una costumbre de los cristianos del norte de Europa, que tiene su origen en una leyenda que se basa en el hecho de que el abeto es de los pocos árboles que en invierno no pierde las hojas. Adornado con luces y regalos, este árbol ha simbolizado la Navidad en todos los hogares de Europa del norte, y de ahí pasó al resto del mundo cristiano. El árbol vestido de luz es símbolo de Cristo, Luz del Mundo, que viene a nosotros en la Navidad para "iluminar a los que yacen en las tinieblas".

 

El Pesebre

¿Desde cuándo se representa el Pesebre? Según los textos bíblicos, Jesús nació en un establo de Belén, ya que no había sitio para su padres en el hostal. A partir del siglo IV, en Belén se construye la basílica de la Natividad en el lugar donde sucedió este hecho. En Roma, en el siglo V el Papa Sixto III, al reconstruir la basílica de Santa María la Mayor, construye una capilla que es una réplica del pesebre de Belén. Más tarde, fue San Francisco de Asís (s.XIII) quien en Greggio representó el nacimiento con figuras. Y es así que se considera a este santo como el iniciador de esta bella tradición.

 

Tipos de pesebre

La virgen María, San José, El Niño Dios, los tres reyes magos, los pastores, la mula y el buey son los personajes centrales de todo pesebre. Sin embargo hay quienes de acuerdo a sus costumbres culturales o familiares agregan otras figuras o tipo de decoración. Los tipos de pesebres más conocidos son los siguientes:

  • Pesebre Bíblico: En este tipo de pesebre se reproducen todos los elementos propios de la época en que nació Cristo en Belén, como casas, animales y gente. En él se destacan los colores tierra en alusión al desierto y generalmente se decora con plantas naturales. Para no dañar la naturaleza, el musgo se puede reemplazar por papel verde o sintético.
  • Pesebre típico: Es una adaptación del pesebre a la cultura de cada región.
  • Pesebre Ornamental: Es un pesebre artístico, en el que la imaginación y la creatividad juegan un papel importante. Por ello, vemos pesebres hechos en plastilina, cuero, madera, vidrio, barro, pintura, tela, metal y porcelana.

Haga el pesebre reunido en familia, ya que es una magnífica oportunidad para compartir con sus seres queridos en estas fiestas navideñas.

 

Misa de Gallo

Esta es una costumbre muy antigua. Una vez establecida la fiesta de la Navidad en Roma, comenzó a celebrarse la Misa del Día, la más solemne, en la basílica de San Pedro en el Vaticano. Copiando una antigua costumbre de la iglesia de Jerusalén que celebraba la Vigilia en Belén, la iglesia romana inicia las vigilias (vísperas) de la fiesta de Navidad con una Misa por la noche cerca del altar del pesebre para velar la noche del nacimiento. La Misa de la noche empieza en la hora de "ad galli cantu" (que canta el gallo), por eso se le denomina la Misa del Gallo. Sin embargo el misal no dice que tenga que ser a medianoche, sino por la noche.

 

Corona de adviento

El objetivo de la corona de adviento es tener las velas encendidas en un sitio del hogar que sea familiar, durante la época previa a la Navidad.

El círculo (la corona) simboliza que Dios es eterno, sin principio ni fin. El color verde simboliza que Dios está con nosotros y que nunca cambia. La luz de las velas nos recuerda que Jesús es la luz del mundo y que pronto nosotros celebraremos el día de su nacimiento.

 

Villancicos

Los villancicos existen desde el siglo XIII cuando eran cantos de los pueblos que servían para registrar la vida cotidiana de la villa. Más adelante fueron danzas de coros medievales para diversas celebraciones y poco a poco comenzaron a asociarse específicamente con la Navidad.

Hoy en día los villancicos se refieren a la canción popular que festeja la Navidad y está muy consolidado como género en todas las comunidades. Su temática hace referencia a la fiesta de Navidad y a los personajes principales de la celebración: el Niño Jesús, la Virgen María y San José, los Reyes Magos y los pastores entre otros.

 

 
Por LaFamilia.info
 
 

 Foto: Pixabay

 

Pese a que el árbol de navidad es el ícono más usado en esta época del año, la representación del nacimiento de Cristo es la costumbre más importante de las festividades navideñas porque a través de él se representa el acontecimiento que dio inicio a la era cristiana, con la llegada del Salvador.

 

A través del pesebre o nacimiento, cada familia contempla la esencia del amor representada por la Sagrada Familia (José y María junto al Niño Dios) en un establo acompañados por el calor de unos animales y varios pastores: “Jesús, José y María no necesitaron mayores comodidades que la de un establo para entregarse al mundo, y es ese ejemplo de sencillez y austeridad el que debemos imitar para celebrar la Navidad”, reflexiona el padre Marcial Chupinagua.

 

En esta Navidad, invita a tus hijos y familiares a construir el pesebre en familia y aprovecha esta oportunidad para evocar los momentos vividos por José y María previamente al nacimiento y luego, la felicidad por la llegada del Salvador. Asimismo, la visita de los Reyes Magos quienes con gran humildad adoraron al Niño en su humilde morada.

 

El pesebre es una lección de vida y también de amor y sencillez. Cada elemento de esta representación es una oportunidad para reflexionar sobre los valores cristianos. He aquí el significado de las figuras que componen el nacimiento:

 

Choza: Representa sencillez y humildad.

 

San José: El hombre que nos inspira a la obediencia y la fortaleza.

 

Virgen María: Representa la fidelidad y el amor a Dios, mujer compresiva y bondadosa.

 

Niño Jesús: Guía espiritual, que se aloja en el corazón del hombre para transmitirle su amor al mundo.

 

Buey: Su misión era mantener caliente la cuna del niño Jesús. Sirve como ejemplo a los hombres, para que mantengan en sus hogares un ambiente cálido y amoroso.

 

Burro: Es el animal más humilde de la creación, motivo por el cual fue el elegido para acompañar a la Sagrada Familia en el pesebre.

 

El ángel: Simboliza la bondad, el amor y la misericordia.

 

Tres reyes magos: A través de sus obsequios (oro, incienso y mirra), le muestran a Jesús su naturaleza real y divina.

 

Pastores: Representan la humildad, la sencillez, el servicio, la ayuda y la alegría de los humanos que cuidan con amor a su rebaño.

 

Ovejas: Significan obediencia y docilidad, inspiran confianza.

 

Estrella: Significa renovación. Representa la luz inagotable y refrescante que disipa las tinieblas para darnos esperanza.

 

Fuentes: bolivia.com, peques.com.mx, sonilustraciones

Por LaFamilia.info 

 

20151412nFoto: Pixabay

 

Desafortunadamente son muy pocos los que conocen la verdadera historia y origen cristiano del hoy conocido Santa Claus. Es hora de que les enseñemos a los hijos de dónde sale este personaje de barba blanca que aparece en Navidad.

 

Historia de San Nicolás

 

San Nicolás de Mira (como se le denomina en oriente) o San Nicolás de Bari (como se le denomina en occidente) nació en el año 310 después de Cristo, en un tiempo de persecución, donde la enseñanza de la doctrina de Jesús suponía estar en contra del Imperio Romano.

 

Los padres de Nicolás eran personas adineradas que habían inculcado en su hijo el espíritu de generosidad entre otras virtudes. Desde niño se caracterizó porque todo lo que conseguía lo repartía entre los más necesitados; "sería un pecado no repartir mucho, siendo que Dios nos ha dado tanto" decía San Nicolás.

 

Siendo aún muy joven murieron sus padres, quedando heredero de una inmensa fortuna. Repartió su riqueza entre los pobres y se fue de monje. Después de visitar Tierra Santa volvió a Turquía y llegó a la ciudad de Mira donde los obispos y sacerdotes estaban en el templo discutiendo a quién deberían elegir como nuevo obispo de la ciudad. Encomendaron el asunto a Dios y dijeron: "elegiremos al próximo sacerdote que entre al templo". Sin saber esto, en ese momento entró Nicolás y por aclamación de todos fue elegido obispo (por eso el color rojo de su vestimenta).

 

En esos tiempos el emperador decretó una persecución contra los cristianos. A pesar de vivir la feroz persecución, Nicolás no perdía su sentido del humor y su alegría especialmente al hablar con los niños acerca del nacimiento de Jesús en quién ponía toda su esperanza. En una de las persecuciones fue encarcelado por casi 30 años, aún desde la cárcel se sacrificaba y oraba por su Iglesia, a pesar de los soldados romanos que se burlaban de él diciéndole que ya se había acabado la fe en Cristo.

 

Al convertirse al cristianismo el emperador de Roma,  el Obispo Nicolás fue liberado. Ya anciano con el pelo largo y la barba blanca, y convencido que era el único creyente que quedaba, regresó a su ciudad dispuesto a empezar otra vez la Iglesia de Cristo. Pero su sorpresa fue grande cuando llegó al lugar observó la catedral que había sido reconstruida y en ella los cristianos entonaban el cántico Adestae Fidelis, ya que estaban celebrando la Navidad, por eso la relación de esta fiesta con la llegada de San Nicolás.

 

Sus restos descansan en la Basílica de San Nicolás, en Bari Italia, desde el siglo XI (1087) y a falta de precisión de su fecha de paso a la vida eterna, su festividad se conmemora el 6 de diciembre.

 

Patrono de…

Después de su muerte, creció la devoción a San Nicolás aumentando los reportes de sus milagros. Se convirtió en el patrón de los niños, marineros, de las parejas que desean tener un buen matrimonio y es protector de las familias con problemas económicos. Lo denominan el "Protector y defensor de pueblos"; es patrono de Rusia, de Grecia y de Turquía.

 

 

Dada su generosidad, su amor a los niños, su entrega a la Iglesia y a su especial atención al nacimiento de Jesús, la tradición le recuerda como Santa Claus.

LaFamilia.info
25.11.2009
 

Adviento es el tiempo de cuatro semanas que antecede a la Navidad. Tiempo en el que nos preparamos espiritualmente para rememorar y celebrar la llegada del niño Jesús, la llegada de Dios niño, de Dios humilde, de Dios humano. Es el tiempo reservado en nuestra vida para parar, reflexionar y meditar, vivir y recordar la historia del nacimiento de Jesús.

 

Es un tiempo especial para pensar sobre el sentido de nuestra vida, de nuestra fe, de nuestra esperanza. En este tiempo esperamos renovación en nuestra vida personal, familiar, social, económica... porque creemos en el poder de la promesa de Dios cuando envió su hijo al mundo.

 

Dios se humanizó, se transformó en un niño pequeño, humilde, para acercarse de manera más sublime a sus criaturas; para encontrar acogida en medio de su pueblo.

Adviento es un tiempo en que muchas luces son prendidas en las casas, en las calles, en las ciudades, revelando el gran deseo humano de luz sobre la vida, y encendiendo la sensibilidad humana y el deseo de que esta luz se transforme en vida abundante, concretándose en la vida cotidiana.

 

Es un tiempo en que las personas se sensibilizan, se alegran, se abren a la comunicación, al perdón y al amor. Es también un tiempo en que algunas personas se entristecen, pensando en sus sueños, en su realidad, en su vida, en su falta de esperanza, olvidándose del verdadero sentido de La Navidad...

 

Es, también, tiempo de ofrecer hospitalidad. Hospitalidad para recibir otras personas en nuestra comunidad, en nuestra casa; y hospitalidad para recibir en nuestra vida nuevos valores, nuevos pensamientos; nuevos proyectos.

Que el tiempo de adviento sea en nuestra vida un tiempo de preparación para volcarnos a lo que es más pleno y puro, en la vida deseada por Dios.

 

Más de este tema:
La Corona de Adviento
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LaFamilia.info
01.12.2008
 

La Navidad representa una oportunidad genial para relatar cuentos infantiles a los hijos. Además, los cuentos navideños son parte de la transmisión de la cultura y de valores educativos tan representativos en esta época.

 

El Pino

Allá lejos en el bosque había un pino: ¡qué pequeño y qué bonito era! Tenía un buen sitio donde crecer y todo el aire y la luz que quería, y estaba además acompañado por otros camaradas mayores que él, tantos pinos como abetos. ¡Pero se empeñaba en crecer con tan apasionada prisa!

No prestaba la menor atención al sol ni a la dulzura del aire, ni ponía interés en los niños campesinos que pasaban charlando por el sendero cuando salían a recoger frutillas.

A veces llegaban con una canasta llena, o con unas cuantas ensartadas en una caña, y se sentaban a su lado.

—¡Mira qué arbolito tan lindo! —decían—. Pero al arbolito no le gustaba nada oírles hablar así.

Al año siguiente se alargó hasta echar un nuevo nudo, y un año después, otro más alto aún. Ya se sabe que, tratándose de pinos, siempre es posible conocer su edad por el número de nudos que tienen.

—¡Oh, si pudiera ser tan alto como los demás árboles! —suspiraba—. Entonces podría extender mis ramas todo alrededor y miraría el vasto mundo desde mi copa. Los pájaros vendrían a hacer sus nidos en mis ramas y, siempre que soplase el viento, podría cabecear tan majestuosamente como los otros.

No lo contentaban los pájaros ni el sol, ni las rosadas nubes que, mañana y tarde, cruzaban navegando allá en lo alto.

Cuando venía el invierno y la resplandeciente blancura de la nieve se esparcía por todas partes, era frecuente que algún conejo se acercase dando rápidos brincos y saltase justamente por encima del pinito. ¡Oh, qué humillante era aquello!… Pero pasaron dos inviernos, y al tercero había crecido tanto, que los conejos viéronse forzados a rodearlo. "Sí, crecer, crecer, hacerse alto y mayor; esto es lo importante", —pensaba.

En el otoño siempre venían los leñadores a cortar algunos de los árboles más altos. Todos los años pasaba lo mismo, y el joven pino, que ya tenía una buena altura, temblaba sólo de verlos, pues los árboles más grandes y espléndidos crujían y acababan desplomándose en tierra. Entonces les cortaban todas las ramas, y quedaban tan despojados y flacos que era imposible reconocerlos; luego los cargaban en carretas y los caballos los arrastraban fuera del bosque.

¿Adónde se los llevaban? ¿Cuál sería su suerte?

En la primavera, tan pronto llegaban la golondrina y la cigüeña, el árbol les preguntaba:

—¿Saben ustedes adónde han ido los otros árboles, adónde se los han llevado? ¿Los han visto acaso?

Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña se quedó pensativa y respondió, moviendo la cabeza:

—Sí, creo saberlo. A mi regreso de Egipto encontré un buen número de nuevos veleros; tenían unos mástiles espléndidos, y en cuanto sentí el aroma de los pinos comprendí que eran ellos. ¡Oh, y qué derechos iban!

—¡Cómo me gustaría ser lo bastante grande para volar atravesando el mar! Y dicho sea de paso, ¿cómo es el mar? ¿A qué se parece?

—Sería demasiado largo explicártelo —respondió la cigüeña, y prosiguió su camino.

—Alégrate de tu juventud —dijeron los rayos del sol—; alégrate de tu vigoroso crecimiento y de la nueva vida que hay en ti.

Y el viento besó al árbol, y el rocío lo regó con sus lágrimas. Pero él era aún muy tierno y no comprendía las cosas.

Al acercarse la Navidad los leñadores cortaron algunos pinos muy jóvenes, que ni en edad ni en tamaño podían medirse con el nuestro, siempre inquieto y siempre anhelando marcharse. A estos jóvenes pinos, que eran justamente los más hermosos, les dejaron todas sus ramas. Así los depositaron en las carretas y así se los llevaron los caballos fuera del bosque.

—¿Adónde pueden ir? —se preguntaba el pino—. No son mayores que yo; hasta había uno que era mucho más pequeño. ¿Por qué les dejaron todas sus ramas? ¿Adónde los llevan?

—¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! —piaron los gorriones—. Hemos atisbado por las ventanas, allá en la ciudad; nosotros sabemos adónde han ido. Allí les esperan toda la gloria y todo el esplendor que puedas imaginarte. Nosotros hemos mirado por los cristales de las ventanas y vimos cómo los plantaban en el centro de una cálida habitación, y cómo los adornaban con las cosas más bellas del mundo: manzanas doradas, pasteles de miel, juguetes y cientos de velas.

—¿Y luego? —preguntó el pino, estremeciéndose en todas sus ramas—. ¿Y luego? ¿Qué pasa luego?

—Bueno, no vimos más —respondieron los gorriones—. Pero lo que vimos era magnífico.

—¡Si tendré yo la suerte de ir alguna vez por tan deslumbrante sendero! —exclamó el árbol con deleite—. Es aun mejor que cruzar el océano. ¡Qué ganas tengo de que llegue la Navidad! Ahora soy tan alto y frondoso como los que se llevaron el año pasado. ¡Oh, si estuviese ya en la carreta, si estuviese ya en esa cálida habitación en medio de ese brillo resplandeciente! ¿Y luego? Sí, luego tiene que haber algo mejor, algo aún más bello esperándome, porque si no, ¿para qué iban a adornarme de tal modo?, algo mucho más grandioso y espléndido. Pero ¿qué podrá ser? ¡Oh, qué dolorosa es la espera! Yo mismo no sé lo que me pasa.

—Alégrate con nosotros —dijeron el viento y la luz del sol— alégrate de tu vigorosa juventud al aire libre.

Pero el pino no tenía la menor intención de seguir su consejo. Continuó creciendo y creciendo; allí se estaba en invierno lo mismo que en verano, siempre verde, de un verde bien oscuro. La gente decía al verlo:

—¡Ése sí que es un hermoso árbol!

Y al llegar la Navidad fue el primero que derribaron. El hacha cortó muy hondo a través de la corteza, hasta la médula, y el pino cayó a tierra con un suspiro, desfallecido por el dolor, sin acordarse para nada de sus esperanzas de felicidad. Lo entristecía saber que se alejaba de su hogar, del sitio donde había crecido; nunca más vería a sus viejos amigos, los pequeños arbustos y las flores que vivían a su alrededor, y quizás ni siquiera a los pájaros. No era nada agradable aquella despedida.

No volvió en sí hasta que lo descargaron en el patio con los otros árboles y oyó a un hombre que decía:

—Éste es el más bello, voy a llevármelo.

Vinieron, pues, dos sirvientes de elegante uniforme y lo trasladaron a una habitación espléndida. Había retratos alrededor, colgados de todas las paredes, y dos gigantescos jarrones chinos, con leones en las tapas, junto a la enorme chimenea de azulejos. Había sillones, sofás con cubiertas de seda, grandes mesas atestadas de libros de estampas y juguetes que valían cientos de pesos, o al menos así lo creían los niños. Y el árbol fue colocado en un gran barril de arena, que nadie habría reconocido porque estaba envuelto en una tela verde, y puesto sobre una alfombra de colores brillantes. ¡Cómo temblaba el pino! ¿Qué pasaría luego? Tanto los sirvientes como las muchachas se afanaron muy pronto en adornarlo. De sus ramas colgaron bolsitas hechas con papeles de colores, cada una de las cuales estaba llena de dulces. Las manzanas doradas y las nueces pendían en manojos como si hubiesen crecido allí mismo, y cerca de cien velas, rojas, azules y blancas quedaron sujetas a las ramas. Unas muñecas que en nada se distinguían de las personas —muñecas como no las había visto antes el pino— tambaleándose entre el verdor, y en lo más alto de todo habían colocado una estrella de hojalata dorada. Era magnífico; jamás se había visto nada semejante.

—Esta noche —decían todos—, esta noche sí que va a centellear. ¡Ya verás!

"¡Oh, si ya fuese de noche!”, pensó el pino. ¡Si ya las velas estuviesen encendidas! ¿Qué pasará entonces?, me pregunto. ¿Vendrán a contemplarme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones hasta los cristales de la ventana? ¿Echaré aquí raíces y conservaré mis adornos en invierno y en verano?”

Esto era todo lo que el pino sabía. De tanta impaciencia, comenzó a dolerle la corteza, lo que es tan malo para un árbol como el dolor de cabeza para nosotros.

Por fin se encendieron las velas y ¡qué deslumbrante fiesta de luces! El pino se echó a temblar con todas sus ramas, hasta que una de las velas prendió fuego a las hojas. ¡Huy, cómo le dolió aquello!

—¡Oh, qué lástima! —exclamaron las muchachas, y apagaron rápidamente el fuego. El árbol no se atrevía a mover una rama; tenía terror de perder alguno de sus adornos y se sentía deslumbrado por todos aquellos esplendores… De pronto se abrieron de golpe las dos puertas corredizas y entró en tropel una bandada de niños que se abalanzaron sobre el pino como si fuesen a derribarlo, mientras las personas mayores los seguían muy pausadamente. Por un momento los pequeñuelos se estuvieron mudos de asombro, pero sólo por un momento. Enseguida sus gritos de alegría llenaron la habitación. Se pusieron a bailar alrededor del pino, y luego le fueron arrancando los regalos uno a uno.

"Pero, ¿qué están haciendo?”, pensó el pino. ¿Qué va a pasar ahora?"

Las velas fueron consumiéndose hasta las mismas ramas, y en cuanto se apagó la última, dieron permiso a los niños para que desvalijasen al árbol.

Precipitáronse todos a una sobre él, haciéndolo crujir en todas y cada una de sus ramas, y si no hubiese estado sujeto del techo por la estrella dorada de la cima se habría venido al suelo sin remedio.

Los niños danzaron a su alrededor con los espléndidos juguetes, y nadie reparó ya en el árbol, a no ser una vieja nodriza que iba escudriñando entre las hojas, aunque sólo para ver si por casualidad quedaban unos higos o alguna manzana rezagada.

—¡Un cuento, cuéntanos un cuento! —exclamaron los niños, arrastrando con ellos a un hombrecito gordo que fue a sentarse precisamente debajo del pino.

—Aquí será como si estuviésemos en el bosque —les dijo—, y al árbol le hará mucho bien escuchar el cuento. Pero sólo les contaré una historia. ¿Les gustaría el cuento de Ivede-Avede, o el de Klumpe-Dumpe, que aun cayéndose de la escalera subió al trono y se casó con la princesa?

—¡Klumpe-Dumpe! —gritaron algunos, y otros reclamaron a Ivede-Avede. El griterío y el ruido eran tremendos; sólo el pino callaba, pensando:

"¿Me dejarán a mí fuera de todo esto? ¿Qué papel me tocará representar?"

Pero, claro, ya había desempeñado su papel, ya había hecho justamente lo que tenía que hacer.

El hombrecito gordo les contó la historia de Klumpe-Dumpe, que aun cayéndose de la escalera subió al trono y se casó con la princesa. Y los niños aplaudieron y exclamaron:

—¡Cuéntanos otros! ¡Uno más!

Querían también el cuento de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe-Dumpe. El pino permaneció silencioso en su sitio, pensando que jamás los pájaros del bosque habían contado una historia semejante.

"De modo que Klumpe-Dumpe se cayó de la escalera y, a pesar de todo, se casó con la princesa. ¡Vaya, vaya; así es como se progresa en el gran mundo!"., pensaba. “Seguro que tenía que ser cierto si aquel hombrecito tan agradable lo contaba.

Bien, ¿quién sabe? Quizás me caiga yo también de una escalera y termine casándome con una princesa."

Y se puso a pensar en cómo lo adornarían al día siguiente, con velas y juguetes, con oropeles y frutas.

—Mañana sí que no temblaré —se decía—. Me propongo disfrutar de mi esplendor todo lo que pueda. Mañana escucharé de nuevo la historia de Klumpe-Dumpe, y quizás también la de Ivede-Avede.

Y toda la noche se la pasó pensando en silencio.

A la mañana siguiente entraron el criado y la sirvienta.

"Ahora las cosas volverán a ser como deben", pensó el pino.

Mas, lejos de ello, lo sacaron de la estancia y, escaleras arriba, lo condujeron al desván, donde quedó tirado en un rincón oscuro, muy lejos de la luz del día.

"¿Qué significa esto? —se maravillaba el pino—. ¿Qué voy a hacer aquí arriba? ¿Qué cuentos puedo escuchar así?"

Y se arrimó a la pared, y allí se estuvo pensando y pensando… Tiempo para ello tenía de sobra, mientras pasaban los días y las noches. Nadie subía nunca, y cuando por fin llegó alguien fue sólo para amontonar unas cajas en el rincón. Parecía que lo habían olvidado totalmente.

"Ahora es el invierno afuera”, pensaba el pino. “La tierra estará dura y cubierta de nieve, de modo que sería imposible que me plantasen; tendré que permanecer en este refugio hasta la primavera. ¡Qué considerados son! ¡Qué buena es la gente!… Si este sitio no fuese tan oscuro y tan terriblemente solitario!… Si hubiese siquiera algún conejito… ¡Qué alegre era estar allá en el bosque, cuando la nieve lo cubría todo y llegaba el conejo dando saltos! Sí, ¡aun cuando saltara justamente por encima de mí, y a pesar de que esto no me hacía ninguna gracia! Aquí está uno terriblemente solo."

—¡Cuic! —chilló un ratoncito en ese mismo momento, colándose por una grieta del piso; y pronto lo siguió otro. Ambos comenzaron a husmear por el pino y a deslizarse entre sus ramas.

—Hace un frío terrible —dijeron los ratoncitos—, aunque éste es un espléndido sitio para estar. ¿No te parece, viejo pino?

—Yo no soy viejo —respondió el pino—. Hay muchos árboles más viejos que yo.

—¿De dónde has venido? —preguntaron los ratones, pues eran terriblemente curiosos—, ¿qué puedes contarnos? Háblanos del más hermoso lugar de la tierra. ¿Has estado en él alguna vez? ¿Has estado en la despensa donde los quesos llenan los estantes y los jamones cuelgan del techo, donde se puede bailar sobre velas de sebo y el que entra flaco sale gordo?

—No —respondió el pino—, no conozco esa despensa, pero en cambio conozco el bosque donde brilla el sol y cantan los pájaros.

Y les habló entonces de los días en que era joven. Los ratoncitos no habían escuchado nunca nada semejante, y no perdieron palabra.

—¡Hombre, mira que has visto cosas! —dijeron—. ¡Qué feliz habrás sido!

—¿Yo? —preguntó el pino, y se puso a considerar lo que acababa de decir—. Sí, es cierto; eran realmente tiempos muy agradables.

Y pasó a contarles lo ocurrido en Nochebuena, y cómo lo habían adornado con pasteles y velas.

—¡Oooh! —dijeron los ratoncitos—. ¡Sí que has sido feliz, viejo pino!

—Yo no tengo nada de viejo —repitió el pino—. Fue este mismo invierno cuando salí del bosque. Estoy en plena juventud: lo único que pasa es que, por el momento, he dejado de crecer.

—¡Qué lindas historias cuentas! —dijeron los ratoncitos. Y a la noche siguiente regresaron con otros cuatro que querían escuchar también los relatos del pino. Mientras más cosas contaba, mejor lo iba recordando todo, y se decía:

—Aquellos tiempos sí que eran realmente buenos; pero puede que vuelvan otra vez, puede que vuelvan… Klumpe-Dumpe se cayó de la escalera y, aun así, se casó con la princesa; quizás a mí me pase lo mismo.

Y justamente entonces el pino recordó a una tierna y pequeña planta de la familia de los abedules que crecía allá en el bosque, y que bien podría ser, para un pino, una bellísima princesa.

—¿Quién es Klumpe-Dumpe? —preguntaron los ratoncitos. Y el pino les contó toda la historia, pues podía recordar cada una de sus palabras; y los ratoncitos se divirtieron tanto que querían saltar hasta la punta del pino de contentos que estaban. A la noche siguiente acudieron otros muchos ratones, y, el domingo, hasta se presentaron dos ratas. Pero éstas declararon que el cuento no era nada entretenido, y esto desilusionó tanto a los ratoncitos, que también a ellos empezó a parecerles poco interesante.

—¿Es ése el único cuento que sabes? —preguntaron las ratas.

—Sí, el único —respondió el pino—. Lo oí la tarde más feliz de mi vida, aunque entonces no me daba cuenta de lo feliz que era.

—Es una historia terriblemente aburrida. ¿No sabes ninguna sobre jamones y velas de sebo? ¿O alguna sobre la despensa?

—No —dijo el pino.

—Bueno, entonces, muchas gracias —dijeron las ratas, y se volvieron a casa.

Al cabo también los ratoncitos dejaron de venir, y el árbol dijo suspirando.

—Era realmente agradable tener a todos esos simpáticos y ansiosos ratoncitos sentados a mi alrededor, escuchando cuanto se me ocurría contarles. Ahora esto se acabó también… aunque lo recordaré con gusto cuando me saquen otra vez afuera.

Pero, ¿cuándo sería esto? Ocurrió una mañana en que subieron la gente de la casa a curiosear en el desván. Movieron de sitio las cajas y el árbol fue sacado de su escondrijo. Por cierto que lo tiraron al suelo con bastante violencia, y, enseguida, uno de los hombres lo arrastró hasta la escalera, donde brillaba la luz del día.

"¡La vida comienza de nuevo para mí!", pensó el árbol. Sintió el aire fresco, los primeros rayos del sol… y ya estaba afuera, en el patio. Todo sucedió tan rápidamente, que el árbol se olvidó fijarse en sí mismo. ¡Había tantas cosas que ver en torno suyo! El patio se abría a un jardín donde todo estaba en flor.

Fresco y dulce era el aroma de las rosas que colgaban de los pequeños enrejados; los tilos habían florecido y las golondrinas volaban de una parte a otra cantando:

—¡Quirre-virre-vit, mi esposo ha llegado ya! —pero, es claro, no era en el pino en quien pensaban.

—¡Esta sí que es vida para mí! —gritó alegremente, extendiendo sus ramas cuanto pudo. Pero, ¡ay!, estaban amarillas y secas y se vio tirado en un rincón, entre ortigas y hierbas malas. La estrella de papel dorado aún ocupaba su sitio en la cima y resplandecía a la viva luz del sol.

En el patio jugaban algunos de los traviesos niños que por Nochebuena habían bailado alrededor del árbol, y a quienes tanto les había gustado. Uno de los más pequeños se le acercó corriendo y le arrancó la reluciente estrella dorada.

—¡Mira lo que aún quedaba en ese feo árbol de Navidad! —exclamó, pisoteando las ramas hasta hacerlas crujir bajo sus zapatos.

Y el árbol miró la fresca belleza de las flores en el jardín, y luego se miró a sí mismo, y deseó no haber salido jamás de aquel oscuro rincón del desván.

Recordó la frescura de los días que en su juventud pasó en el bosque, y la alegre víspera de Navidad, y los ratoncitos que con tanto gusto habían escuchado la historia de Klumpe-Dumpe.

—¡Todo ha terminado! —se dijo—. ¡Lástima que no haya sabido gozar de mis días felices! ¡Ahora, ya se fueron para siempre!

Y vino un sirviente que cortó el árbol en pequeños pedazos, hasta que hubo un buen montón que ardió en una espléndida llamarada bajo la enorme cazuela de cobre. Y el árbol gimió tan alto que cada uno de sus quejidos fue como un pequeño disparo. Al oírlo, los niños que jugaban acudieron corriendo y se sentaron junto al fuego; y mientras miraban las llamas, gritaban: "¡pif!, ¡paf!", a coro. Pero a cada explosión, que era un hondo gemido, el árbol recordaba un día de verano en el bosque, o una noche de invierno allá afuera, cuando resplandecían las estrellas. Y pensó luego en la Nochebuena y en Klumpe-Dumpe, el único cuento de hadas que había escuchado en su vida y el único que podía contar… Y cuando llegó a este punto, ya se había consumido enteramente.

Los niños seguían jugando en el patio. El más pequeño se había prendido al pecho la estrella de oro que había coronado al pino la noche más feliz de su vida. Pero aquello se había acabado ya, igual que se había acabado el árbol, y como se acaba también este cuento. ¡Sí, todo se acaba, como les pasa al fin a todos los cuentos!

 

***

 

Regalo de Navidad

Esa mañana caminaba por la casa investigándolo todo, con su larga cola peluda y sus ojos almendrados, Faraón un gato persa café, se disponía a aprovechar la ausencia de sus amos para robarse un adorno del árbol de pascua con el que jugar esa tarde, le encantaban las cosas brillantes.

Ese día de navidad en esa acomodada casa, el árbol estaba lleno de paquetes de regalos y guirnaldas de colores que llamaron la atención de faraón, quien empezó a jugar entre los paquetes. Una cajita llamó la atención del gato, por sus colores brillantes, y empezó a despedazar el papel con sus garras y dientes, para ver qué había adentro. Después de largo rato dio con el interior, encontrando un hermoso anillo de diamantes. Muy feliz lo tomó con sus dientes y salió a jugar con él a la calle, encaramándose en el techo, y corriendo por largo rato con el anillo en sus dientes, se alejó muchas cuadras por los tejados, y siguió jugando, hasta que el anillo se le escapó rodando por las tejas y cayendo justo frente de una mujer que pasó por la calle caminando muy triste y con la mirada pegada en el suelo.

La mujer tomó el anillo y lo encontró muy hermoso, no le dio mucha importancia pensando que era solo una baratija; luego se encaminó hacia su casa, pasando por enfrente de una casa de empeño; preguntó si el anillo tenía algún valor, solo por curiosidad.

-Le podría dar siento cincuenta mil, por el anillo ahora, contestó el viejo que atendía el lugar, después de mirarlo con una lupa y pasarle unos líquidos.

La mujer sin pensarlo mucho aceptó y luego muy contenta entró a un supermercado y compró muchas cosas ricas para comer, las cuales llevaría a su humilde hogar para la noche de navidad. En la casa la esperaban tres niños chicos que veían tele, y se pusieron muy contentos al ver a la madre llegar con tanta cosa, incluso traía un pequeño árbol de plástico y luces y adornos.

La madre miró a sus hijos muy felices, y dio gracias a Dios, ya que esa noche de no haber sido por el anillo, no hubieran tenido que comer.

Arreglaron una gran mesa, e invitaron a otros diez niños de esa vecindad, a pasar la noche con ellos. Comieron una rica cena e incluso cada niño tuvo un gatito chiquito de peluche de regalo, muy barato pero muy interesante para alguien que nunca tiene regalos.

Los niños cantaron rieron y se olvidaron por largo rato de su miseria. Al otro día cuando la gente le dio las gracias, preguntaron a la mujer de dónde había sacadp el dinero para todo esto.

Ella respondió mirando al cielo:

- No fueron los hombres, ni las multitiendas, ni el viejo pascuero sobre renos voladores, fue simplemente el cariño de alguien a quien le merecemos la pascua pero que siempre lo olvidamos… Dios me lo dejó caer.

Fuente: portal.bibliotecasvirtuales.com

Fernando Sebastián Aguilar
06.12.2009
 

 

Hay pocas fiestas que hayan calado tan hondamente en nuestra cultura como la Navidad. Creyentes y no creyentes la celebran como una fiesta imprescindible al final del año. Pero en eso mismo está su debilidad. Porque cada uno la celebra a su manera y los mil agentes comerciales que operan en nuestra sociedad, se ingenian para convertirla en una ocasión de consumo.

 

Hay muchas maneras posibles de celebrar la Navidad, pero para vivirla de verdad hay que comenzar por acercarse espiritualmente al Portal de Belén, y allí arrodillarnos junto a la Cuna del Niño, adorarle, darle gracias, recibirlo en nuestros brazos y en nuestro corazón con la misma reverencia y la misma ternura de la Virgen María.

 

Por supuesto, la Navidad es también una fiesta familiar, fiesta de solidaridad y hasta de fraternidad universal. Pero originalmente, en su verdad original, la Navidad es el asombro, la gratitud y la alegría desbordada por el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre en las entrañas de María Santísima. No se puede ser cristiano, ni casi persona responsable, sin sentirse conmovido por este hecho inaudito.

 

No dejar que la corriente nos arrastre

Si nos dejamos llevar de la corriente, podemos perder en pocos años el verdadero sentido de la Navidad. Algunos se preguntan ¿cómo es posible  vivir de verdad la Navidad en este mundo en el que parece que todo se reduce a comprar y a divertirse? Nos invade la propaganda, nos meten las cosas por los ojos, se nos  anima a comprar o a divertirnos en celebraciones ajenas a la religión.

 

Comprendo la perplejidad de muchos padres cristianos que no saben cómo presentar a sus hijos de manera atractiva y convincente la forma de celebrar la Navidad verdaderamente cristiana, que sea alegre y entretenida, pero sin perder su sentido religioso. Lo primero es enterarse y pensar en la Navidad hasta que brote en nuestro interior la emoción del asombro y de la gratitud. Así se llega de verdad a la alegría.

 

Y, en segundo lugar, traten de tomar, ustedes los padres, la iniciativa. No esperen a que les digan los demás  cómo vivir la Navidad. Dediquen un rato a deliberar juntos en casa  y a programar la celebración familiar de la Navidad según sus gustos,  convicciones y tradiciones de siempre. “Armaremos el pesebre aquí, cantaremos esto o aquello,  invitaremos a éste o aquél, iremos a la Misa del Gallo o haremos lo que nos parezca mejor”.

 

Una navidad cristiana

En esta programación de la Navidad, que tiene que ser alegre y realista, hay dos cosas que no pueden faltar: en primer lugar, los actos religiosos, dónde ir a Misa, a qué hora, con quiénes. Sin eso no hay Navidad cristiana. Y luego, alguna buena obra de caridad. La alegría de la Navidad se expresa compartiéndola con familiares y amigos, pero hay que preocuparse también de ofrecerla a los enfermos, a los que  no tienen familia, o padecen cualquier otra situación dolorosa.

 

Este tiempo es muy adecuado para pasar un rato con algunos amigos o parientes con los que no podemos vernos durante el año. Con un poco de interés es fácil encontrar un rato para visitar enfermos en el Hospital, o hacer algo semejante. En estos días hay también muchas actividades, exposiciones, concursos que hacen referencia a la Navidad y que resultan educativos y divertidos. Se puede pasar muy bien sin gastar mucho dinero y sin alejarse del ambiente religioso de la Navidad.

 

Piensa que el nacimiento de Jesús en Belén cambió radicalmente la condición de nuestra humanidad. Desde entonces, por obra de Jesús, todos somos familia de Dios, e invitados a vivir en este mundo como hermanos, sin conflictos ni rivalidades, con esperanza y fortaleza. Jesús es el mejor tesoro y la mejor esperanza de nuestro mundo, el origen siempre vivo de un mundo diferente.

 
Fernando Sebastián Aguilar, Arzobispo de Pamplona
LaFamilia.info
01.12.2008
 

Llega diciembre y es ahora cuando comienzan los afanes por terminar lo emprendido durante el año, la hazaña de cumplir con los compromisos, las fiestas de la novena, las ansias por decorar el hogar con motivos navideños, las carreras para comprar los regalos. ¿Pero se saca tiempo para lo verdaderamente importante que es prepararnos espiritualmente para esta gran celebración?

En la Navidad se contempla el nacimiento del Niño y la creación de la Sagrada Familia, aprovechemos esta ocasión para reflexionar sobre cómo es nuestra vida en familia y qué podemos hacer para imitar ese modelo de amor que nos muestran Jesús, María y José.

 

Especial atención al pesebre

Hay muchas formas de vivir la Navidad con un espíritu Cristiano y ante todo en familia. Para estimular el interés de los más chicos y para que éstos no crezcan pensando que la navidad es solo fiesta y diversión, nos podemos concentrar este año en el pesebre.

También conocido como natividad o “Belén’’, es la ilustración de cómo nuestro Señor Jesucristo nace pobre en un humilde pesebre acompañado de sus padres la Santísima Virgen y San José y junto a ellos, los pastores y animales que les brindaron compañía y calor.

Aprovechemos el pesebre para que desde el momento en que se arma, contemos a los niños lo que pasará en la Navidad. Ya que cada figura tiene un significado especial, podemos hablar de cada personaje al ocupar su puesto en el pesebre.

Una vez comience la novena el 16 de diciembre, lo ideal es reunir el grupo familiar y sus más allegados para rezarla. Con el fin de que los niños comprendan lo que se va a leer, conviene hacerles previamente un resumen contado con palabras e ideas simples sobre el tema de cada día. Al final de cada novena, se puede aprovechar la ocasión para cantar villancicos.

 

Tiempo de gracias y buenos propósitos

 

El adviento, o tiempo de preparación para la celebración de la navidad, es un buen momento para dar gracias a Dios por todo lo recibido durante el año y pensar en los buenos propósitos para el siguiente. Es también época para pedir perdón y acercarse a las personas de las que estuvimos alejados; y ante todo, es el momento de pensar en cómo llevar alegría a las personas más desfavorecidas.

Enseñemos a los niños a amar la Navidad como un momento de entrega y alabanza a Dios, no solo de diversión. Algunas ideas para contagiarles el espíritu navideño son:

  • Cada familia puede preparar con ingenio y creatividad los símbolos que representan la navidad. El pesebre, la corona de adviento, el árbol, la imagen de la Virgen, los villancicos, las tarjetas con motivos cristianos, los regalos, la estrella, la novena del Niño, etc. Todo esto nos ayuda a que la familia se una en torno a esta época tan especial.
  • En familia piensen qué persona pobre o necesitada requiere un detalle de cariño y visítenla en esta época.
  • Incluya en su lista de regalos a las personas que le han servido durante el año como una expresión de agradecimiento: el portero, la empleada doméstica, el conductor, etc.
  • Invite a cada miembro de la familia a que reflexione si hay en sus corazones alguna espina contra alguien que los hirió o ignoró. Es la ocasión para recomenzar y para hablarle a los hijos pequeños de lo que es el perdón.
  • Invite a los amigos solos y sin familia a que se unan a su familia para celebrar la Navidad.
  • Hornee galletas de navidad para los vecinos, llévelas junto a sus hijos.
  • Procure en estos días enfocar más su atención al regalo de la paz que a los regalos materiales.
  • Tómese un tiempo para apreciar más a su familia y evoquen momentos felices.
  • Lea a los niños historias navideñas. Recuerde el pasaje del nacimiento de Jesús que aparece en el Evangelio de San Lucas.
  • Si alguien de su familia no vive su fe como debiera, no lo obligue ni se enoje. La mejor forma de hacer apostolado es con su comportamiento y ejemplo.
LaFamilia.info
20.12.2007

 

 

Ya que el primer domingo después de la Navidad se celebra el día de la Sagrada Familia, publicamos apartes del texto ‘La Sagrada familia, modelo de fe y de fidelidad’ (Meditación dominical de S.S. Juan Pablo II, diciembre de 1997).

 

“Como en el belén, la mirada de fe nos permite abrazar al mismo tiempo al Niño divino y a las personas que están con él: su Madre santísima, y José, su padre putativo. ¡Qué luz irradia este icono de grupo de la santa Navidad!

 

Luz de misericordia y salvación para el mundo entero, luz de verdad para todo hombre para la familia humana y para cada familia. ¡Cuán hermoso es para los esposos reflejarse en la Virgen María y en su esposo José! ¡Cómo consuela a los padres especialmente si tienen un hijo pequeño! ¡Cómo ilumina a los novios que piensan en sus proyectos de vida!

 

El hecho de reunirnos ante la cueva de Belén para contemplar en ella a la Sagrada Familia, nos permite gustar de modo especial el don de la intimidad familiar y nos impulsa a brindar calor humano y solidaridad concreta en las situaciones por desgracia numerosas en las que por varios motivos falta la paz, falta la armonía, en una palabra, falta la "familia".

 

El mensaje que viene de la Sagrada Familia es ante todo un mensaje de fe: la casa de Nazareth es una casa en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central. Para María y José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios que se le confió, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad.

 

María y José enseñan con su vida que el matrimonio es una alianza entre el hombre y la mujer, alianza que los compromete a la fidelidad recíproca, y que se apoya en la confianza común en Dios. Se trata de una alianza tan noble, profunda y definitiva, que constituye para los creyentes el sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia.

 

La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos. Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia.".