Blogs LaFamilia.info - 28.01.2015

 

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Es común encontrar en colegios, institutos y centros de formación de diverso carácter multitud de carteles, letreros o anuncios sobre diferentes cursos, proyectos, etc. que proponen una formación o acompañamiento a padres y madres acerca de temas de actual importancia en el terreno de la educación familiar.

 

Todos estos cursos, junto con la concepción actual de educación idealista (que no ideal a mi modo de ver), profundizan sobre pautas, teorías, prácticas y modos de proceder en el desarrollo afectivo, emocional y social de nuestros hijos/as. Tienen como objetivo dotar a los padres de herramientas que faciliten que estos se conozcan, pongan nombre a lo que sienten, piensan y sueñan para poder dar respuesta a la gran pregunta de la paternidad y maternidad: ¿cómo educar a mi hijo/a?.

 

Padres y madres se cuestionan continuamente cómo proceder o cómo no hacerlo en diferentes situaciones a lo largo de las distintas etapas por las que atraviesan nuestros hijos en su desarrollo desde la niñez hasta la adultez, siendo la respuesta muy variable en función, parece ser, de perspectivas religiosas, culturales, socioeconómicas, pedagógicas, psicológicas y sociales.

 

El objetivo de este artículo es poder establecer, a modo informal, unos mínimos y exponer ciertas ideas que se entienden como esenciales y a partir de las cuales repensar y reformular, en el caso en el que se considere necesario, las propuestas que todos aplicamos a diario en nuestra familia.

 

Para ello tenemos que hablar sobre el sentido de la familia, esto es, qué hace la familia y para qué nacemos en familia. Claro está que debemos partir de la base de que dicha institución, en cuanto a sus hijos, tiene una misión o función fundamental.

 

La literatura científica al respecto parece que aúna posiciones para indicar que uno de los procesos que debería garantizar la familia es la llamada «socialización primaria», que podemos entender como la dotación al niño/a de ciertas herramientas que le permitan insertarse de un modo correcto en la sociedad cuando a este le llegue la hora. Dicho de otro modo, la familia concreta recibe al recién nacido concreto y debe prepararlo para, en términos evolucionistas, su adaptación al medio ambiente concreto en el que deberá sobre-vivir o súper-vivir. De hecho en la mayoría de las especies uno o ambos de los progenitores es quien transmite, enseña al infante aquellas conductas que le ayudarán a vivir en un futuro por sus propios medios.

 

Dicho esto, y de ahí el título del artículo, propongo la reflexión. ¿No puede ser que estemos dando a nuestros hijos/as una preparación para una sociedad ideal cuando esta no lo es? ¿Cómo será la adaptación de ellos a la realidad social cuando, por desgracia, va a coincidir poco con la idea sobre lo que iba a ser esta trasladada?

 

Es necesario dejar claro que una cosa es que sería ideal que la realidad social fuera perfecta, eso es lógico y nadie podría objetar sobre el tema ni no desearlo; y otra muy diferente es lo que realmente nos encontramos afuera de la realidad familiar.

 

Con esta premisa planteémonos a modo de ejemplo de la multitud de aspectos a desarrollar, un tema bastante actual: la gestión de la frustración. Existe la concepción más o menos común de que «a mi hijo le daré todo lo que no pude tener» (sin tener en cuenta de que eres lo que eres gracias a lo que tuviste o, mejor dicho, gracias a lo que no tuviste). Esta afirmación, que puede ser buena (más bien idealista) en ciertos aspectos, puede ser peligrosa si, por ejemplo, pensamos en cuando nuestros hijos/as alcancen su vida adulta. ¿Tendrán todo aquello que quieran?, mejor aún, ¿tendrán todo aquello que se merezcan?, más aun, ¿tendrán todo aquello que es justo?

 

Por desgracia, o por suerte (según se mire), la respuesta es, rotundamente no. La sociedad no es justa, el mundo empresarial, normalmente no solo no es justo sino que en multitud de ocasiones se muestra con una injusticia sorprendente. Entonces, si, como hemos desarrollado en nuestra premisa, el objetivo de la familia es preparar al infante a insertarse en dicha realidad, ¿estamos haciéndolo bien?, ¿la educación que proporcionamos a nuestros hijos es ideal?

 

La educación ideal es aquella que hará personas más aptas, más preparadas, en definitiva, más adaptadas al entorno social y no aquella que las prepara de forma perfecta, por parte de padres y madres perfectos a una sociedad perfecta que, qué duda cabe, no existe.

 

Como conclusión podríamos proponer más preguntas, ¿como padre/madre tienes la sensación de que no lo haces bien? ¿tienes claro que te equivocas? Siempre es bueno intentar hacerlo todo bien, sobre todo con nuestros hijos/as, pero debemos admitir que no somos perfectos, al igual que nuestra sociedad. Es por esto por lo que todos debemos trabajar en pro de fomentar una educación ideal y no idealista, aunque la idealista fuera la ideal.

 

***

 

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Juan Flores Medina
Licenciado en Psicología, Máster en Psicología de la Salud y Práctica Clínica, Especialista en Derecho Matrimonial Canónico y ejerce como profesor de universidad y como terapeuta individual y familiar. Inició su carrera profesional combinando el área empresarial y el acompañamiento a familias en dificultades. Más tarde inició su andadura académica en la Universidad e investiga aspectos de educación en familias numerosas. Casado y padre de 5 hijos. Twitter: @juanflorespsi - Facebook: juanflorespsi

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Por Alberto Delgado / Blogs LaFamilia.info - 02.06.2020

 

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A mis amigos...

 

Repasaba hoy los primeros años de mi infancia, y con mi imaginación volvía a verme sentado al borde de la cama y a mi papá a mi lado. Hablaba él con Dios y me enseñaba a hacerlo; no tenía yo más de cuatro años pero con las pocas palabras que sabía, mi papá me decía que conversara con el Niño Jesús y con sus padres María y José. No me ensañaba todavía a recitar las oraciones tradicionales, sino a que con mis propias palabras conversara con ellos; también me decía que llamara al ángel de mi guarda para que me acompañara.

 

Jamás se borrarán de mi mente agradecida esas primeras conversaciones que teníamos mi papá y yo con esos maravillosos personajes, que nuestros ojos no veían, pero cuya presencia se sentía; mi mente infantil intuía que estaban allí, escuchándome con una atención llena de amor y de ternura. Mi papá hacía esto diariamente, pero cuando tenía que irse más temprano para su trabajo, mi mamá lo reemplazaba en ese “oficio divino” de ayudarme a  hablar con Dios y con los Santos.

 

A veces no soy capaz de dominar mis recuerdos y doy paso a la evocación de sucesos para mí maravillosos. Hoy es uno de esos días, pues al contemplar el ejemplo tierno y sinigual de San José y de Santa María enseñando al mismo autor de la divina sabiduría, a orar con su Padre, a realizar pequeñas labores hogareñas y a colaborar con José  en su trabajo ordinario,  tuve que dar rienda suelta a mi imaginación.

 

Cuando nuestros hijos estaban todavía muy pequeños, los llevamos a ver la película titulada “Marcelino, pan y vino”,  y comprobé embelesado que también ellos a pesar de su corta edad, se emocionaban profundamente  al escuchar a Marcelino cuando le hablaba a un Jesús  que colgaba de una cruz pobre y empolvada  que  había en el cuarto de los trebejos. “Tienes cara de hambre, le decía, creo que te pones triste porque estás muy solo”. Como éste hay muchos otros ejemplos que muestran la capacidad de los pequeños para captar los hechos.

 

Ahora quiero invitarte a que en estos días de reclusión obligada, hagamos esa hermosa tarea de iniciar a nuestros hijos en el conocimiento y en el trato con el Señor. Los niños empiezan a sentir la influencia de sus padres desde el vientre materno, y por eso éstos no pueden dejar pasar el tiempo para empezar a enseñarles, aunque creamos que no entienden. Sus mentes limpias y serenas están ávidas de sabiduría y de emociones, y nada puede ser más noble y de mejores consecuencias, que transmitirles la fe y la confianza que debemos tener con Quien sabemos que siempre nos escucha y está dispuesto a estrecharnos entre sus brazos amorosos. 

 

Es indispensable seguir enseñándoles con la palabra y con el ejemplo, pues a medida que van creciendo asimilan mejor, pero si se interrumpen las enseñanzas, se corre el riesgo de que se desvíen. Podría suceder, a manera de ejemplo, que si un niño hizo su Primera Comunión y no se le siguió enseñando el significado y la grandiosidad de recibir al Señor,  y no se le lleva a Misa para cumplir el precepto dominical y frecuentar la Comunión, ese niño recordará el día de su Primera Comunión como un hecho aislado y ocasional, pero su fe se queda corta, y sus padres  omiten culpablemente el deber de alimentar y acrecentar la fe de sus hijos. 

 

El hogar es la fuente insustituible de la formación de los hijos, es allí donde  se imprimen en sus mentes y en sus corazones las bases fundamentales que regirán toda su vida,  y el colegio solamente las complementa y las confirma. Lo que ellos reciben en el hogar marcará sus vidas y perdurará a pesar de todos los avatares e incidencias. Por eso esta tarea constituye un deber fundamental, y tiene mayor trascendencia que cualquiera otra enseñanza, por importante que parezca, en la formación de nuestros hijos, porque de ella depende en buena parte su  salvación eterna y la nuestra.

 

Los matrimonios jóvenes, papá y mama por igual, y también los mayores, y los abuelos y los tíos, todos tenemos esta importante obligación y hemos recibido la capacidad y la gracia suficiente para llevarla a cabo. Siempre será oportuno, -nunca es tarde- para que empecemos a cumplir esta maravillosa misión de enseñarles a dialogar con el Señor. Anímate, empieza hoy o reanuda esta bella labor si ya la habías iniciado. 

 

Alberto Delgado C.

 

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Por Alberto Delgado C. / Blogs LaFamilia.info - 01.06.2020

 

Foto: Daniela Santiago/Cathopic

 

A mis amigos...

 

Leía la frase que, lleno de emoción, alguien escribió en estos días: “La maternidad es tan sublime, que Jesús, siendo Dios, se hizo hombre para tener una Madre”. También yo sentí una profunda emoción y un sincero agradecimiento.  

 

Y es que la Madre de Jesús, y Madre nuestra, no sólo tiene el amor inmenso, la ternura infinita, la sinigual sencillez, la generosidad y la abnegación sin medida, la paciencia y el espíritu de servicio y de entrega que no conoce límites, la humildad más grande que pueda imaginarse, y todas las muchísimas cualidades y virtudes de las madres de la tierra, sino que Ella sobrepasa estos dones  en forma  tal que no alcanzamos a comprender. Dios Padre la formó de tal manera que, al colmarla de todos los atributos, gracias y virtudes sobrenaturales, fuera digna morada de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.  

 

San Josemaría Escrivá pregunta en una de sus Homilías: “Cómo nos habríamos comportado si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? “Si nosotros, que no podemos “elegir y hacer” a nuestra madre, tuvimos el privilegio de recibir a esta inigualable y maravillosa mamá que tenemos, colmada de encantos, de virtudes y de cualidades, que nunca alcanzaremos a bendecir y a agradecer, entonces podemos imaginar con qué amorosa perfección, con cuán solícitos cuidados formó Dios a la que sería Madre de su Hijo Unigénito. “Dios te salve María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, más que Tú sólo Dios”, añade San Josemaría.  

 

Dentro de la excelsitud de sus virtudes, yo quisiera resaltar en la Virgen María la humildad: Ella misma respondió al arcángel “He aquí la esclava del Señor”, y a Isabel le dijo: “Porque el Señor ha mirado la bajeza de su esclava”. La docilidad: “Hágase en mí según tu palabra”, y  “Haced lo que Él os diga”, dirigiéndose a quienes atendían las bodas en Caná. La sencillez y la prudencia: Siendo la Madre de Dios, lo cuidó, lo educó, lo formó, lo protegió y le acompañó hasta el Calvario, pero jamás hizo alarde de sus singulares privilegios. La generosidad y la abnegación: Quién se ha entregado con mayor plenitud al servicio y a la ayuda de sus hijos, sin tener en cuenta nuestras infidelidades y nuestra ingratitud. Quién ha estado dispuesto a socorrernos y acudir en nuestra ayuda en las necesidades, angustias y dificultades que a diario se nos presentan. Quién mejor que Ella nos ha enseñado el camino y la forma de solicitar su atención y su ayuda, mediante las plegarias y las oraciones más sencillas y fáciles de pronunciar. Y en las numerosas apariciones que ha hecho, insiste en que acudamos a Ella con plena confianza. En verdad, “más que Tú, sólo Dios”. 

 

Ante tantas maravillas, ante tantos privilegios, ante tanta generosidad y ante tan soberano poder, es “La Omnipotencia suplicante”, ¿cómo no acudir confiada y constantemente a la protección y al amparo de Nuestra Madre, La Virgen María?

 

Alberto Delgado C

 

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Por Alberto Delgado/Blogs LaFamilia.info - 21.02.2021

 

Generalmente calificamos como ordinario aquello que no es fino, de muy buena calidad, y también decimos lo mismo de palabras o modales chabacanos o faltos de elegancia. Pero ahora no voy a referirme a estos conceptos, sino especialmente a todo aquello que hacemos durante el transcurso normal, común y corriente en nuestra vida.

 

Ese tiempo ordinario ocupa la casi totalidad de nuestra existencia, nos corresponde por naturaleza y es el que tenemos a nuestra disposición para llevar a cabo todo cuanto se nos antoja. Los días especiales, las solemnidades, son algo fuera de lo de cada día, son ocasionales, y por eso los llamamos extra – ordinarios.

 

Todos los días y todas las horas de nuestro tiempo ordinario, son propicias y adecuadas para prepararnos, para ilustrarnos, para adquirir la formación humana, profesional y espiritual necesaria para ser útiles y para contribuir eficazmente al bienestar personal, familiar y social. Sabemos muy bien que fuimos creados con una misión específica y determinada, que no somos ruedas sueltas, ni seres totalmente desligados de los demás ni del universo, y que esa misión recibida del Creador, nos obliga a corresponder decidida y eficazmente para lograr el fin temporal aquí en la tierra y el fin de gozar de Dios en la eternidad.

 

Por eso es necesario que tomemos conciencia plena de que todos y cada uno de nuestros días comunes y corrientes, son el campo adecuado y el tiempo propicio para desarrollar y llevar a la práctica las labores y actividades que corresponden a nuestra condición de cristianos, de ciudadanos y de miembros de una familia. Hoy y ahora, no mañana ni después.

 

Este día y este momento, y no otros, son el momento y la oportunidad única para realizar nuestros deberes y cumplir nuestras obligaciones. No los desperdiciemos dejándonos llevar de falsas ilusiones o de vanas promesas que a nada bueno conducen. No perdamos el tiempo evocando épocas pasadas, que fueron mejores o peores, según la apreciación de cada uno, ni tampoco nos ilusionemos con futuros hermosos y promisorios, que no sabemos si llegarán o no, y cuyas condiciones son absolutamente impredecibles.

 

Hoy, aquí y ahora; este es el momento preciso y único, no lo desperdiciemos, sino que aprovechémoslo con toda plenitud, con el más grande entusiasmo y con el más decidido empeño de ser mejores y de servir más y mejor a los demás.

 

No he desechado la calificación sobre la ordinariez ni sobre la elegancia, por el contrario, yo creo que a todos nos incumbe el deber de buscar y practicar los buenos modales, las palabras, las actitudes que denoten delicadeza, finura y elegancia en todo: en el atuendo, en el arreglo personal, en el cuidado de la casa y de los lugares de trabajo, que hacen agradable la convivencia y hablan bien del aprecio y de la valoración que hacemos de los demás y de nosotros mismos.

 

***

Alberto Delgado C.

 

 

Por Alberto Delgado / Blogs LaFamilia.info - 02.06.2020

 

Foto: freepik

 

A mis amigos...

 

Seguramente que te has dado cuenta de que te miran, te observan, te juzgan, te critican y te imitan más de lo que creías. Esto que parece ser una molestia y una indebida intromisión, es en verdad una magnífica oportunidad para ejercer una poderosa influencia sobre los demás, y si lo hacemos con ánimo generoso y constructivo, podemos sembrar con nuestras acciones, generosas semillas de bondad, que darán como fruto el crecimiento en las virtudes y en el comportamiento de todos los que estén en nuestro entorno.

 

Somos seres sociables y necesariamente tenemos que compartir con muchas personas los sucesos e incidencias del diario vivir. Esto nos crea una grave responsabilidad, pues como lo anoté, todos, y especialmente los más cercanos, imitan conscientemente o no, lo que nos oyen decir y lo que nos ven hacer; somos sus guías y orientadores. 

 

Frecuentemente nos extrañamos porque los hijos, los parientes o los amigos no hacen cosas que, según nuestro criterio, deberían hacer, pero no caemos en cuenta de que no les enseñamos eso que extrañamos, o desvirtuamos lo que decimos con un ejemplo que no es coherente con la enseñanza.

 

No podemos esperar que los niños se mantengan limpios y tengan orden en sus cosas y en sus actos, si ven que sus padres no lo hacen; ¿cómo vamos a pretender que sean generosos, pacientes y amables, si ven ejemplos contrarios en su casa? Es imposible pedirles que sean puntuales y responsables en el cumplimiento de sus estudios, en sus deberes hogareños o profesionales si sus padres no lo son. Tampoco podemos exigirles que tengan un trato cordial, amable y respetuoso, si sólo oyen discordias y frases duras y descorteses. Si jamás ven a sus progenitores dar gracias a Dios por el alimento, la casa y las comodidades de que disfrutan; si no han visto ni oído nunca que se ofrezcan a la Virgen las acciones del día y se le dirijan oraciones que alimenten la fe que debieron infundirles desde sus primeros años; si sus padres no tienen ninguna práctica religiosa ni tienen en cuenta a Dios para nada?

 

Repito lo dicho en el mensaje anterior: lo que los niños escuchan, ven y aprenden durante los primeros años en el hogar paterno, se quedará indeleblemente grabado en sus mentes y en su memoria, y trazará el rumbo de su vida. Algo parecido ocurre con lo que observan en nuestro comportamiento, todos los que se relacionan con nosotros: nos imitan mucho más de lo que creemos. Por eso, no podemos olvidar el grave deber que tenemos de dar buen ejemplo en todas las acciones de nuestra existencia, porque de ese ejemplo se derivan muchas y trascendentales consecuencias.

 

Alberto Delgado C.

 

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Por Alberto Delgado / Blogs LaFamilia.info - 01.06.2020

 

Foto: rawpixel

 

A mis amigos

 

Qué linda está la mañana en que vengo a saludarte… Así empieza una linda canción mejicana. Alegre es la mañana que nos habla de Ti. Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor.

 

Y este precioso amanecer nos está invitando a pasar un día lleno de alegría y de felicidad; parece una invitación inoportuna cuando estamos viviendo una situación tan difícil, pero veámosla más bien como una insistente llamada al optimismo.  

 

La alegría está en nuestro interior y en nuestra voluntad; si buscamos siempre el lado positivo de los aconteceres y de las circunstancias, estaremos felices y agradecidos. Es cierto que las circunstancias externas influyen, pero en cada uno de nosotros está la posibilidad de mirarlas positivamente o de convertirlas en motivo de angustia y de  desesperanza.  

 

No todos los días serán brillantes y el sol muchas veces ocultará su lumbre entre la bruma, pero no olvides que “detrás de toda nube, por oscura que parezca, está siempre brillando el sol”, esa luz resplandeciente que nos invita a seguir adelante, aún en medio de espinas y de abrojos. 

 

“Alegraos todos los que estáis tristes”, así dice la oración inicial de la Misa del domingo antepasado. Estamos en una cuarentena obligatoria, y también en cuaresma o tiempo de preparación, de abstinencia y de privaciones; por eso, repito, parece contradictoria esta invitación a la alegría; pero no lo es, porque la alegría no es incompatible con el dolor o con los sacrificios que nos fortalecen.  

 

Disfrutemos plenamente todo lo que tenemos, regocijémonos con todo y por todo; pensemos, hablemos y actuemos en positivo. Haz la prueba y verás los resultados.

 

Alberto Delgado C.

 

 

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Por Alberto Delgado/Blogs LaFamilia.info - 25.12.2020

 

 

Diciembre 25 es el día señalado por la Iglesia para festejar el nacimiento de Jesús, es la celebración más importante de la época de navidad, y debe ser el centro de todas las demás. 

 

Por eso hemos venido preparándonos desde hace cuatro semanas, con los acostumbrados arreglos y con la construcción del Pesebre, en lo cual hemos puesto todo nuestro empeño, para que en lo humano sea una morada digna y acogedora, de tal manera que exprese la veneración y la devoción hacia estos sagrados misterios.

 

También espiritualmente hemos venido preparándonos para esa grandiosa celebración, mediante el repaso cuidadoso y la consideración amorosa de todos los pasajes de la vida que María y José llevaron durante los días próximos al nacimiento del Redentor. ¡Con cuánto amor y divina ternura prepararían los vestidos y los pañales con que abrigarían al Divino Niño, para protegerlo de los intensos fríos del invierno¡ ¡Cómo sería el esmero y los sentimientos de intenso amor con que construiría José una preciosa  cunita para que allí se aposentara el Creador del universo, hecho Niño débil e indefenso!

 

Podemos imaginar el indecible amor, el tierno candor de sus conversaciones sobre la forma más amable y más delicada que emplearían para que el Dios Niño hallara en sus padres, todo el amor, la veneración y los más rendidos homenajes de quienes el Eterno Padre había elegido para que desempeñaran el grandioso encargo de cuidar y proteger a su Hijo Unigénito.

 

El rezo de la Novena que desde el 16 de diciembre hemos estado haciendo, adornado con las velitas y el canto entusiasmado de los gozos y de los villancicos, va empapando nuestros corazones de esa ansiosa, pero a la vez dichosa espera. Los continuos actos de fe y los propósitos de renovar en nuestras almas la gracia santificante, que es prueba de la amistad con el Señor, avivan aún más el ambiente de santa alegría llena de esperanzas y de ilusiones.

 

Posiblemente ahora no sea posible realizar estas celebraciones en la misma forma sencilla, desprovista de brillantes luces y de vistosas serpentinas, como se hacía en años ya lejanos, pero la evocación que los mayores hacemos de esas inolvidables navidades, contribuyen también a dar un toque de suave nostalgia a nuestras reuniones familiares.

 

No podemos pasar por alto el enorme contraste que hay entre las disposiciones del mundo judío, que eran de desconocimiento cerril a lo anunciado por los profetas, y de rechazo inhumano a José y a María cuando pidieron alojamiento en una posada al menos abrigada y segura, y la actitud que la Iglesia nos pide a nosotros para que, con corazón limpio y la debida preparación espiritual, demos a Jesús Niño la bienvenida este 25 de diciembre. Por eso, con todo el amor de que somos capaces y con los más grandes sentimientos de ternura, preparemos en nuestro corazón a este Niño Divino, la cunita suave y abrigadora, que repleta del amor nuestro, sea su digna morada. 

 

“Dispongamos nuestros corazones con humildad profunda, con amor encendido, con tal desprecio de todo lo terreno, para que Jesús recién nacido tenga en ellos su cuna y more eternamente”.

 

***

Alberto Delgado C.

 

 

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Por Alberto Delgado / Blogs LaFamilia.info - 02.06.2020

 

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A mis amigos...

 

Qué importancia y cuánta significación tienen las cosas pequeñas. Una cosa insignificante e invisible en apariencia, y cuya existencia sólo puede comprobarse por los funestos daños que causa, tiene a miles de millones de personas en todo el mundo, aterrorizadas, buscando refugio en el aislamiento y empleando todos los medios, sin escatimar gastos ni esfuerzos, para encontrar protección y remedio.

 

Las restricciones que esa pequeña cosa nos ha impuesto no tienen antecedentes y son de tal repercusión, que han trastornado la vida entera: las actividades laborales, el ejercicio profesional, el sistema educativo, la producción industrial, la provisión de alimentos y de artículos esenciales, las relaciones de familia, la vida social, los deportes, el descanso… nada ha escapado a este terrible mal.

 

Ante estos hechos lamentables me he detenido a pensar en mis debilidades y en mi fragilidad, que contrastan con la suficiencia que a veces aflora en mi interior y me lleva a la tentación de confiar en mis fuerzas y en mi valentía.

 

Quiero entonces hacer el propósito firme de analizar las cosas que llamamos pequeñas, y descubrir en cada una de ellas el valor y la importancia que tienen, el tesoro escondido que encierran, las posibilidades que me ofrecen para crecer en virtudes y valores y para ponerlas, igual que en las grandes construcciones, como los cimientos en que se apoya todo el edificio de mi existencia, mi vida futura y hasta mi felicidad eterna.

 

Alberto Delgado C.

 

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Por Alberto Delgado / Blogs LaFamilia.info - 29.03.2020

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A mis amigos...

 

En esta situación de incertidumbres y de angustias originada por la pandemia, y que se ha prolongado más de lo que creíamos, parece que solamente se nos ocurren quejas y lamentaciones.

 

Pero acaso cuando estábamos con toda la libertad y disfrutábamos de cuanto queríamos, ¿nos detuvimos a pensar en todos los bienes y satisfacciones que recibíamos, muchas veces sin merecerlo?

 

Repasemos un poco nuestra actitud frente a las personas: en los recientes buenos tiempos, y ahora en la adversidad, ¿hemos sido generosos en obras y acciones con quienes necesitan de nosotros o de los bienes que podemos compartir con ellos? Porque compartir es una buena forma de agradecer lo que tenemos.

 

Pero a Dios gracias, ya estamos viendo muchas cosas buenas que han surgido de esta emergencia: se ha despertado la solidaridad, estamos aprendiendo a obedecer las disposiciones y normas emitidas por las autoridades, ahora somos más parcos y ordenados en el uso de los alimentos, simplificamos nuestras necesidades, tenemos un ánimo más generoso y más positivos deseos de ayudar. Han surgido muchas iniciativas sobre equipos y tratamientos, se han ampliado los cupos hospitalarios, se han creado ayudas asistenciales y monetarias, y seguramente ese afán de servicio seguirá creciendo. 

 

Se observa que todos tenemos el deseo ardiente de ser mejores, valoramos más y disfrutamos mejor la unidad familiar, en el calor hogareño aprovechamos el tiempo para ilustrarnos, para hacer oficios que teníamos olvidados, participamos  con mayor frecuencia en la oración comunitaria y en la Santa Misa, utilizando la televisión, intercambiamos mensajes positivos y esperanzadores por el WathsApp.

 

Como ves, en medio de todo, estamos agradeciendo con obras. Las cosas van bien, bastante bien, y con la colaboración de todos seguirán mejorando.  

 

Agradecer es una de las más elocuentes manifestaciones de la nobleza de espíritu, y en la gratitud tienen origen la bondad, la humildad, la dulzura de carácter y tantas otras virtudes que son señales de la grandeza del alma.

 

Continuemos sembrando paz y alegría; en otras palabras contagiemos la fe y la esperanza.

 

Alberto Delgado C

 

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