Blogs LaFamilia.info - 14.10.2016

 

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Una persona de corazón noble se reconoce ante las demás por su benevolencia al actuar, su carisma para tratar a sus semejantes, su bondad para direccionar sus pasos y su capacidad de recapacitar y tomar las riendas de su vida. Siempre es bueno hacer un alto en el camino para revisar qué tan certeras han sido nuestras acciones y cómo podemos retribuir a los demás por haber errado u ocasionado alguna ofensa. A veces, con las personas más cercanas, hemos sido soberbios, ocasionando humillaciones y dolores profundos, difíciles de resarcir.  

 

Anticipándonos a la época de navidad, en donde se debe vivir con plenitud y compromiso total, el amor, la bondad y la paz que tanto necesitamos, en este mes reflexionaré acerca de la nobleza, actitud indispensable para lograr acercarnos y estrechar lazos de fraternidad, vital para perdonar y ser perdonados como señal de seres racionales, capaces de alcanzar todo lo que nos propongamos, en especial el vivir con plenitud los valores irremplazables de la familia.

 

No es fácil vivir esta virtud pues hace parte de los sentimientos más sublimes del ser humano. La característica de persona noble sólo se dará en la medida en que nuestro proceder esté encaminado hacia la búsqueda de la generosidad hacia los demás, la piedad, la misericordia, la amabilidad y la tolerancia. Sólo se hace palpable en aquellos que anteponen el valor de la otra persona sobre sí mismos; en los que actúan con sensibilidad, indulgencia y condescendencia para con los demás. No se hace más ni menos ante los demás por el simple hecho de reconocer que también merecen respeto, buen trato, ternura y clemencia. Al contrario, quien noble se hace grande ante quienes lo rodean pues demuestra gran sentido de humanidad y lo bondadoso de su corazón.

 

La nobleza se hace necesaria en los lugares más cercanos; hay que recordar que la “caridad comienza en casa”, por tal motivo, la nobleza también. No debemos ser buenas personas sólo con los compañeros de trabajo o amistades, sino además, con los integrantes de la familia. Ellos deben ser los primeros beneficiados del gran amor que les profesamos, con palabras, obras, pensamientos y ayudas constantes. Somos caritativos, cariñosos, tiernos y amables fuera de casa… ¿y qué les espera a los que están dentro de ella? ¿Malas palabras? ¿Gestos molestos? ¿Ignorancia en las decisiones? En estos días quedé sorprendida con una pareja en un supermercado que estaba realizando compras, la esposa (supongo que era ella), aconsejó a su esposo sobre retirar del camino el carro de las compras y la respuesta fue un grito y una frase grotesca; la señora hizo silencio, bajó la mirada y siguieron sus pasos. Qué triste es observar estas situaciones tan repetitivas muchas veces, que por cotidianidad y demasiada confianza, pasan a ser irrespetuosas e inaceptables con todas las personas y en especial, con los integrantes de la familia.

 

“Ser noble es de nobles” pues para ser calificados como tal, es indispensable tener características de distinción, gentileza, delicadeza, garbo, estilo y finura. Tener también una buena educación enmarca una serie de elementos que nos hace destacar frente a las demás personas, con refinamiento y talante. Entonces la nobleza hace parte de este conjunto de situaciones que nos pone en la cima del hacer las cosas correctamente y de abrirnos el camino al cielo porque el que actúa con nobleza, sabe perdonar y pedir perdón, reconocer qué tanto ha avanzado en su camino de perfeccionamiento y acepta las correcciones fraternas siempre para bien suyo y el de los demás.

 

Lo contrario a la nobleza sería el actuar con mezquindad, individualismo, egoísmo e ingratitud, buscando sólo el bien personal, atropellando a los demás para sobresalir o lograr lo que se quiere. En el camino encontramos a muchas personas que actúan de esta manera y es vital que les enseñemos a través de nuestro ejemplo, para que se modifiquen estas actuaciones y se logre construir un mundo más justo y noble para todos.

 

Comencemos con vivir la nobleza en los hogares y en los colegios, para que a su vez se transmita a través de la práctica del día a día y de los pequeños detalles, la buena costumbre de hacer lo correcto y en el momento indicado,  edificando la práctica de virtudes indispensables para la sana convivencia.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 01.09.2016

 

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Dentro del raciocinio propio del ser humano, muchas veces se van reacomodando concepciones, pensamientos e ideas para equilibrarlas o justificarlas frente al mundo actual. No cabe duda que, algunas cuantas personas también están tan arraigados a las costumbres y tradiciones, que ante cualquier situación que afecta su proceder o que mueve “el piso” que los sostiene, buscarán incansablemente seguir cuidando y protegiendo los valores, principios y moral, que rigen la brújula de las buenas prácticas y del respeto por sí mismo y los demás.


Pero no podemos caminar hacia lados diferentes en cuanto a lo que concierne a la formación de las personas, ni al deber ser. Tampoco, estar enfrentados entre todos por las ideas contrapuestas de los demás porque debe prevalecer el principio de la tolerancia, la alteridad y el respeto, sin imposiciones por beneficio propio.

 

Necesitamos recuperar todo aquello que nos diferencia de los demás seres de la naturaleza y que nos pone en un eslabón más alto y es, el actuar con inteligencia. “La moda, sí incomoda”, no es como nos lo quiere hacer creer el resto del mundo. Si es verdad que el ir al vaivén de los medios, de la modernidad, de lo que hacen otros y queremos imitar, puede llegar a afectarnos de tal manera, que iremos poco a poco perdiendo lo esencial, como cuando queremos atrapar arena en nuestras manos y con movimientos, caídas y levantadas, se va deslizando entre los dedos hasta perderla toda. Nuestra vida no puede convertirse en arena. Debe ser de un material sólido, incapaz de rodar, patinar o desaparecer por el descuido de nosotros mismos o por la presión de las personas que están a nuestro alrededor.


Por ello, en esta ocasión, entraremos en el mundo mágico de la sobriedad, no aquella vista sólo desde la perspectiva del control de nuestros instintos sino de la primacía del hombre para ser más que satisfacción de caprichos y del enfoque de la verdadera razón de ser. “Todo está entrando por los ojos” y con ello direccionamos el tener, el hacer y el sentir en nuestras vidas. Anhelamos lo de otros, no nos saciamos con lo que hemos conseguido, siempre queremos más. Si tenemos una vivienda acorde a nuestras necesidades, ambicionamos una más grande; si adquirimos un vehículo, ansiamos el último modelo y más moderno según últimas noticias; si viajamos en familia, estamos programando la siguiente travesía, y así sucesivamente, dejamos pasar tantos detalles y momentos inigualables, irremplazables, que no se volverán a repetir. El tiempo pasa, los hijos crecen (en el caso de ser papá o mamá), las facultades humanas van declinando, y a veces, sólo nuestras vidas sigue girando alrededor de lo material, que es efímero y no es lo que brinda alegría en el interior porque está demostrado que con lo material no quedamos satisfechos con facilidad.


Cuántas veces pasamos la vida familiar estudiando, trabajando, preparándonos para el futuro… y el presente se va con tanta facilidad, que cuando revisamos los tesoros conseguidos no tenemos con quién disfrutarlos. ¿Cuántas familias han quebrantado sus lazos porque se anteponen trivialidades? ¿Cuánto amor se ha herido o acabado por poner encima del verdadero valor de las personas a las cosas materiales? ¿Qué es lo realmente importante en nuestras vidas?


Por ello, una de las virtudes que ayuda en la toma de decisiones de manera apropiada y asertiva es la sobriedad, la cual es capaz de brindar lucidez al dirigir nuestros pasos, mesura para proceder frente a las diversas circunstancias de la vida y prudencia para reflexionar y acometer con sensatez el rumbo de cada una de nuestras acciones. No es fácil medirnos en esta balanza pues siempre será más sencillo relativizar todo lo que está a nuestro alrededor y pensar que es “normal” lo que sucede, que debemos modernizarnos y dejarnos llevar por lo que está “de moda” y así vamos de generación en generación, repitiendo, imitando y sintiendo como propio aquello que ni siquiera muchas veces pertenece a nuestras raíces.


De la mano a la sobriedad está la templanza, la cual ayuda a regular nuestro proceder para minimizar las situaciones que puedan llegar a atentar contra nosotros mismos o contra los demás. Lo anterior lo baso en que cada vez es más fácil comportarnos de una u otra manera de acuerdo a lo que conviene o no; de acuerdo a la realidad que estamos viviendo; de acuerdo a la edad y a las costumbres del sitio en el cual vivimos. Es posible que por estar en algún grupo (muy común en los adolescentes) nos dejamos involucrar y hasta realizamos todo lo que nos dicen nuestros pares por temor a ser rechazados; y estas peticiones no son las más adecuadas para la salud e integridad física. Es allí donde entra a regir la templanza y la sobriedad. La primera, porque concede el poder de decidir lo que está bien o está mal. Y la segunda, porque facilita el razonar con serenidad y equilibrio, habilidades básicas para lograr vivir con armonía, paz y felicidad.


Quien logra plasmar la sobriedad en sus actos, jamás antepondrá los vicios, instintos, el vivir desmesuradamente, sin normas y sin reglas por encima de su propia vida y por tanto, las de sus seres más queridos. Templanza y sobriedad son una combinación perfecta para enfrentar con decoro, rectitud, equilibrio y estabilidad cada momento de la vida, aprendiendo de las experiencias y reflexionando para ser cada día una mejor persona que ayude a construir el bien para sí mismo y los demás.


[...]. No se puede ser hombre verdaderamente prudente, ni auténticamente justo, ni realmente fuerte si no se posee también la virtud de la templanza. Se puede decir que esta virtud condiciona indirectamente todas las demás virtudes, pero se debe decir también que todas las demás indispensables a fin de que el hombre pueda ser «moderado» o «sobrio» (JUAN PABLO II, Sobre la templanza, Aud. gen. 22-XI-1978).


Debemos dejar de lado todas aquellas circunstancias y actitudes que nos hagan caer en lo desmedido, exagerado, desenfrenado, excesivo, desmesurado, desaforado o desproporcionado (términos que van en contra de la sobriedad) y que poco a poco nos alejan de la cordura porque nos obliga a vivir el egoísmo, el hedonismo, la permisividad, la pérdida de valores y demás escenarios que nos hacen caer en lo profundo de un orificio sin salida. Ese modo de ver la vida como algo pasajero, en la cual vivir al máximo significa sólo placer, nos aleja del raciocinio predominante que debe imperar en la persona humana.


Por el contrario, ser moderados, mesurados, medidos, austeros, serenos y prudentes, nos orientará en el alcance del equilibrio en cada acción, enfocándolas hacia la búsqueda del pensar antes de actuar para no equivocarnos; a reflexionar sobre las decisiones tomadas y preocupándonos por las consecuencias de los actos.

 

Muchas veces queremos revertir nuestros proceder o devolver el tiempo para que no nos hubiéramos equivocado, para no haber herido a alguien, para poder borrar nuestras acciones o nuestras palabras, pero es mejor evitar el acometer atropellos con nosotros o con los demás. El poder tener todo tan organizado o como comúnmente se escucha, “fríamente calculado”, no es fácil pues no somos dueños del tiempo ni de las reacciones de las personas; pero lo esencial es alcanzar las metas propuestas sin temor a equivocarnos y será de mucha ayuda, el poder caminar con la frente en alto, sin remordimientos y sin preocupación de habernos equivocado por pretensión o por omisión.


“La vida recobra entonces los matices que la destemplanza difumina; se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes. La templanza cría al alma sobria, modesta, comprensiva; le facilita un natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia. La templanza no supone limitación, sino grandeza. Hay mucha más privación en la destemplanza, en la que el corazón abdica de sí mismo, para servir al primero que le presente el pobre sonido de unos cencerros de lata”. (Amigos de Dios, Frutos de la Templanza, punto 84, San Josemaría Escrivá de Balaguer).


Siempre será honroso poder compartir con personas sabias y rectas en el carácter ya que dejan una inexplicable sensación de sabiduría, confianza y de enseñanza, pues son ejemplo vivo de la acción cara a la madurez, la formación del criterio y del sentido común para emprender tareas grandes y con sentido realmente humano. Debemos evitar al máximo la nimiedad de la repetición de los actos por compromiso y ejecutarlos con convicción de hacer lo imposible por edificar en lugar de destruir, y esto sólo puede iniciar desde lo más profundo de cada ser, pensante, importante e irrepetible.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 08.07.2016

 

20161107blogvfFoto: Pixabay 

 

Pensar que podemos lograr todo lo que nos proponemos o que tenemos la potestad de adquirir todo lo que deseamos, se puede convertir en una obsesión y en esta condición es fácil sumergirnos en momentos de pánico, de depresión, de negación o de desilusión.

 

Realmente no se tiene todo lo que se desea ni se logra todo lo que propone pues sería inverosímil que la vida fuera así de sencilla. ¿Cuándo se valoran más las cosas? Sin duda alguna cuando se requiere del sacrificio, del trabajo diario, constante, perseverante y dedicado. Cuando se desea fervientemente un logro, no por capricho sino por dignidad, por compromiso con nosotros mismos y con las personas que nos rodean, y cuando la ilusión se hace realidad, se alcanza una alegría muy grande, tanto que muchas veces lloramos emocionados y compartimos esta felicidad con los seres más queridos, contagiándolos de esperanza y de agradecimiento. Cabe aclarar, que a veces deseamos fervientemente que se nos haga realidad un sueño, una esperanza, un anhelo, y nos esforzamos mucho por conseguirlo pero la realidad que se nos presenta es otra a la esperada. Y con ello no quiere decir, que estábamos actuando mal o equivocadamente, simplemente las cosas no estaban para darse.

 

En otras ocasiones, lo que deseamos se convierte en situaciones efímeras porque no nos hemos enfocado en la verdadera búsqueda de la felicidad. Hay momentos en nuestra vida en los que sentimos atravesar necesidades y muchas veces, éstas son consideradas como básicas, pero en realidad no lo son, por ejemplo: la compra de un vehículo, el comprar una joya o un traje de marca, el viajar por el mundo, y el listado de las cosas materiales que muchas veces se desean y que no son tan esenciales, no terminarían, pues nos basamos sólo en lo material. La verdad es que cada vez queremos más y más. Muchas veces no nos saciamos y basamos la felicidad en lo trivial, lo pasajero. Tanto nos acostumbramos al tener, que el simple hecho de comprar no nos da satisfacción. Pero qué es lo verdadero y esencial? No puede ser más que aquello que nos llene totalmente, nos regocije, nos brinde alegría inmensa, tranquilidad absoluta, de aquella que nos haga sentir tan bien con solo compartir de la compañía de esa persona a la que se ama demasiado, así sea tomándose un café sentados en un cojín frente a una chimenea.

 

¿Pero qué sucede cuando no obtenemos lo que tanto deseamos? ¿A quién le damos la responsabilidad? Indudablemente en la realidad, a los que nos rodean, a la vida misma, a Dios, a la suerte. Y no es cierto que los demás tengan una mejor vida, simplemente son circunstancias que se presentan y miden nuestra paciencia, nuestra fe y el sentido de existir y de encontrar la verdadera felicidad, no la que se compra, sino la que se siente dentro de sí mismo, a pesar de la adversidad. Solo Dios brinda esa seguridad, esa calidez que abriga, ese amor que reconforta, esa sabiduría con la que se aprende a aceptar sin cuestionar, sin desear lo que los demás tienen, de vivir y dejar vivir, de amar y dejarse amar. Cuántas personas lo tienen “todo” y algo les falta para ser felices.

 

Entonces, seguimos cuestionándonos, ¿qué sucede en nuestras vidas cuando lo que soñamos o por lo que trabajamos no se nos hace realidad? ¿Qué sucede dentro de una familia en la que se ha soñado con que los hijos recorran todo el recinto del hogar con sus pasitos y con sus carcajadas y en esa espera, nunca llegan? Es el caso de dos personas, hombre y mujer, que se encuentran, se conocen, se aman y unen sus vidas por la gracia y bendición divina, para construir un camino juntos; buscan formar un hogar, sueñan con tener hijos pero esa luz poco a poco se va extinguiendo?

 

No es una situación fácil de aceptar pues lo más duro es reconocer que no se puede ser mamá o papá biológicamente. Es duro enfrentar la sociedad. Las preguntas de las personas inoportunas, las miradas de los que no comprenden y los juicios a priori, son algunas de las situaciones incómodas que suelen presentarse, además de la lástima de los amigos, los familiares y demás. Y si los hijos no llegan, ¿qué hacer? Posiblemente llorar inconsolablemente, echar culpas a los demás, huir del problema, encerrarnos en nosotros mismos, abandonar al ser amado que hemos aceptado para emprender un camino juntos, en las buenas y en las malas. Pero la realidad debe ser otra.

 

Antes que nada, como el primer paso, hay que buscar en lo más profundo del corazón si en realidad deseamos ser padres, examinando la verdad de lo que anhelamos, no por satisfacer el ego de serlo, de lograrlo a como dé lugar, como buscando un trofeo, pues un hijo no es un objeto que se busca en un supermercado. Un hijo o hija es una enorme responsabilidad que requiere de convicción, vocación, entrega, compromiso, servicio, sacrificio y amor del más grande pues ser padres es por toda la vida y hasta la eternidad.

 

En segunda medida, debemos aceptar la realidad. A veces se buscan incansablemente las causas por las cuales no se puede engendrar esa semilla que traerá muchas alegrías al hogar; en otras ocasiones se buscan diferentes alternativas de procrear (las cuales no voy a juzgar ni a tratar en esta reflexión). Pensamos que todo es tan fácil de lograr que en el intento y en el fracaso más desilusionados nos sentimos.

 

Un tercer momento será siempre el tomar decisiones, pero no individualizadas, tratando de imaginar ese futuro sin hijos o con hijos. Porque el tiempo pasa y no vuelve atrás. A veces las decisiones se deben tomar con fortaleza y convencimiento, pensando en el bien de la pareja, de la familia que se ha iniciado, juntos, sin pensar en lo que los demás deseen, porque es una construcción entre dos (esposo y esposa). Cuando también tomamos la decisión de casarnos, lo debemos hacer con propiedad, teniendo presente que la travesía comienza entre dos, el uno complementándose con el otro, recordando siempre que nos ganamos el cielo a través del cónyuge. Si nos unimos por voluntad propia, es nuestro deber permanecer de igual manera unidos, enfrentando las situaciones que se llegasen a presentar para bien o para mejorar. Es muy triste que antes de ser padres pongamos realidades diferentes por encima, que por vanidad o por egoísmo nos parecen más importantes y que cuando nos damos cuenta, hemos sacrificado tantos momentos significativos que más adelante, muy posiblemente nos pesará. Hay parejas que se unen sólo por viajar o por disfrutar de la vida, cuando también se puede construir un futuro, disfrutar y crecer en pareja y en familia.

 

En el cuarto lugar, se deben prever alternativas para ejercer la paternidad. En la realidad hay muchas maneras de ser padres; hay algunas personas que se sienten plenas dedicando su vida a seres queridos y cercanos y que son como sus hijos, como sobrinos, hermanos menores, ahijados, etc. Hay personas que deciden ser padres de corazón a través de la adopción. Esta última alternativa es maravillosa; hay una gracia especial en ser mamá o papá de corazón porque hay unos vínculos que vienen de Dios y que se estrechan tan sobre naturalmente que es indescriptible e inexplicable lo que sucede. Qué milagro más grande cuando se unen seres que nacieron por diferente camino y que por la voluntad divina se encuentran y se entrelazan en un amor grande y puro como es el de la familia.

 

Y si los hijos no llegan… complementaría, naturalmente, existen enormes posibilidades de ser papá y mamá. Ejercer por voluntad propia esta condición humana de trascender conlleva a estar unidos por un lazo invisible pero demasiado fuerte, al amor infinito que Dios nos tiene, porque sólo Él es el encargado de hacer realidad este sueño maravilloso. Una vez que se inicie este compromiso, es irrevocable. Por ello es muy importante que antes de tomar la decisión de ser papá o de ser mamá, siempre volvamos al primer paso… ¿Deseamos ser papás? O sólo es la presión de la sociedad.

 

El que es papá o mamá actualmente y no ha tenido en cuenta una reflexión sobre su acción, anticipándose y preparándose para ser el mejor guía, orientador y formador, es el momento de detener sus pasos en el camino iniciado y de reconsiderar cuán importante es la huella que están dejando sobre ese hijo o hija. Todo lo que él o ella va a alcanzar en su vida está unido a su ejemplo, a su orientación, acompañamiento, formación y amor. Sin duda alguna, el que se prepara para ser un buen padre o para ser una buena madre, estará recapacitando permanentemente para corregir sus acciones y lograr su perfección para el bien de su hijo o hija; el que es padre o madre por accidente y lo acoge con agradecimiento, amor y entrega, logrará también sembrar un camino lleno de lo mejor para esa personita que llegó a su vida, muchas veces sin estarla esperando, pero que en la realidad, será su compañía y más preciado tesoro en su vida.

 

Siempre valdrá la pena el esfuerzo y el sacrificio por la felicidad de ese hijo o hija que será el fruto y el reflejo de la labor incansable de papá y mamá.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 11.10.2016

 

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Hay que animarnos a tener un orden en nuestras vidas. Pero… ¿qué significa vivir el orden en todo momento y lugar? ¿Estará relacionado con la organización del hacer, del pensar y del sentir? ¿Cómo ponemos orden a nuestros actos cuando alrededor hay tantas situaciones que nos alejan de las metas planeadas?


En este mes de octubre, entraremos a analizar cómo el orden es la mejor herramienta para poder alcanzar el feliz término de cada acción y cómo esta virtud favorece de manera asertiva la búsqueda de la perfección personal y por ende, la de la vida familiar y profesional. Sabiamente san Josémaría Escrivá de Balaguer, en su libro Camino, mencionó la frase “¿Virtud sin orden?- ¡Rara virtud!” (punto 79) y ésta nos debe llevar a la reflexión de comprender que el orden es la base de todas las demás virtudes; sin orden, es casi imposible poder aferrarse a las demás pues para que una virtud se convierta en tal, se requiere de un hábito, y este a su vez, debe cumplirse paso a paso, segundo a segundo, minuto a minuto, hasta que se vuelve intrínseco, parte de nuestra vida. Sin el orden no se alcanzaría el hábito, no se interiorizaría ni podría llevarse a la realidad.


Por ello es indispensable que en cada hogar, desde que los hijos están pequeños, se estén brindando los espacios y los medios para vivir la virtud del orden; además, reconociendo que el mejor elemento para enseñarla siempre será el ejemplo, porque el orden ayudará a encontrar el camino más sabio para resolver las diversas situaciones que se nos presentan en la vida; a través de esta práctica se nos despejará el horizonte a seguir, plantearemos alternativas posibles, daremos prioridades a las acciones y trataremos de tomar las decisiones de manera prudente y consciente, buscando siempre la bondad y la verdad en los actos. Esta virtud favorece también la armonía en el hogar porque cuando se practica el orden (sin que rebose el límite de la obsesión) se aprende a actuar de manera mesurada, sabia y equilibrada.


Cabe anotar que, aprender a ser ordenados no es una tarea fácil pues si lo fuera, todo sería más sencillo de alcanzar. Cuántas tareas hemos tenido que abandonar por saltarnos pasos en un plan, obteniendo resultados desfavorables; cuántas veces hemos tenido fracasos por desconocer la necesidad de cumplir unos lineamientos específicos en el manejo de herramientas porque siempre queremos culminar una actividad de manera rápida y desconociendo procesos necesarios.

 

Cuántas veces vivimos la vida desordenadamente queriendo atrapar con nuestras manos el mundo entero, desconociendo que cada etapa tiene su edad y que no es necesario vivirlo todo para ser felices o ser sabios. Lamentablemente la vida actual ha presentado todo tan efímero y nosotros le hemos dado demasiada importancia a las cosas que en la realidad no revisten de valor.


Muchas veces hemos dejado indefensa a nuestra vida, poniéndola a la deriva o a merced de otros. Fácilmente cambiamos de opinión, de ideas, de pensamientos, de costumbres y hasta de principios por lo que opinan o dicen los demás. Y todo lo anterior se podría resumir en un aspecto vital en nuestras vidas: dejamos que otros tracen nuestro destino, nuestro camino; dejamos que otros manejen nuestro timón del barco. Nos falta pensar con mayor detenimiento qué queremos lograr y cuáles son los aspectos fundamentales que debemos fortalecer para conseguir tal fin. Y para alcanzar esa meta es importante poder establecer un plan de vida, el cual nos ayudará a tener un horizonte visible y los pasos que se deben seguir hasta llegar hasta él. “Si no tienes un plan de vida, nunca tendrás orden” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, Punto 76).


Cuando una persona es ordenada, tiene infinidad de cualidades que la destacan sobre los demás. El orden va de la mano de la responsabilidad, el compromiso, la prudencia, la disciplina y la tranquilidad. Cuando en un hogar se vive el orden, todo se encuentra agradable a la vista; se encuentran los objetos con facilidad sin perder el tiempo en la búsqueda de los mismos; se logran interiorizar hábitos de higiene, aseo, buena alimentación, ya que se vuelven rutina necesaria para el cuidado del propio cuerpo. Con el orden existe la buena práctica de escuchar a quien habla, de respetar los objetos de los demás, de cumplir las normas dentro de la sociedad, de vivir en un ambiente agradable para todos sin sobrepasar los límites y ante todo, reconociendo que todos tenemos los mismos derechos y que es muy sabia la frase muy conocida de “hacer a los demás lo que nos gusta que nos hagan a nosotros”.


Indiscutiblemente el orden interiorizado y hecho vida en cada una de las personas, traerá como consecuencia el realizar con satisfacción cada tarea reconociendo nuestros derechos y cumpliendo nuestros deberes.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 02.07.2016

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Cada día que amanece debe ser motivo de gratitud, de congratulación, de alegría absoluta y de gozo interior. Cada momento que transcurre en nuestras vidas debe ser el impulso para la búsqueda incansable de trascender, de perpetuar en el corazón de las personas, de ser recordados por las cosas buenas que podamos realizar por el bien de nosotros mismos y también de los demás.

 

La vida es una sola y hay que disfrutarla al máximo: amando a quienes nos rodean, escuchando cada palabra de aliento, agradeciendo cada uno de los instantes, perdonando cada palabra o acción equivocada. No esperemos a que pasen los años y volvamos la mirada con lamentos. No esperemos perder para luego extrañar. Actuemos en el ahora, en el presente, con convicción y determinación. Abramos los brazos para recibir que son muchas las bendiciones que llegarán cuando nos fortalecemos con la fe en Cristo.

 

Es por esto, que en el mes de agosto reflexionaré acerca de una palabra tan olvidada en la acción porque consideramos o sentimos que nos merecemos todo, y ésta es la del agradecimiento. Es natural que en la cotidianeidad siempre esperemos que nos reconozcan por lo que debemos hacer, por el trabajo diario, pero realmente esta actitud debe ir más allá de lo habitual. El agradecimiento debe estar intrínseco en las buenas acciones, en la retribución que tenemos hacia los demás cuando reconocemos sus esfuerzos, no solo con un “gracias” que a veces se dice mecánicamente pero que debe conllevar además de la expresión, una sensación de reconocimiento real por la otra persona por ese gesto de amabilidad, de servicio, de retribución. Es muy sabio poder descubrir la bondad y la verdad en las acciones de los demás y buscar la manera de expresarles que son muy importantes en nuestra vida, que sin ellos sería difícil continuar el camino.

 

Existen diferentes maneras de poner en práctica esta virtud dentro de la cotidianeidad de nuestras vidas. Una de estas es la oración diaria, la que nos permite transportarnos a un mundo de esperanza, de fe, de gratitud con nuestro Creador. Nada más significativo puede estar por encima de esta actitud, ya que sin Dios, no tendríamos la oportunidad de estar viviendo y disfrutando de todo lo alcanzado o logrado. Él lo es Todo, es Infinito en su misericordia, en su bondad. Es magnífico poder dar gracias al levantarnos, al recibir la mañana, al respirar, al deleitarnos con la belleza de la naturaleza, al recibir el sol y el viento, ¡Tantos dones otorgados y maravillas creadas para nuestro beneficio!

 

Otra forma de dar las gracias es retribuir nuestras acciones hacia los seres queridos. ¿Cuántos días pueden pasar sin reconocer en la familia, en los amigos, en los colegas, una palabra de motivación, un gesto de solidaridad, un abrazo de gratitud? Posiblemente son las personas a las que olvidamos con frecuencia o porque pensamos que es obligación recibir más de lo que debemos entregar. Cuando me remito a entregar no lo hago en sentido de lo material, basta con la expresión de afecto constante, no en los momentos de alegrías sino también en las dificultades, en la soledad de la vida, en las tristezas y en el abandono. Es nuestro deber estar alertas a las necesidades de los demás. Sólo allí estaremos demostrando verdaderamente la gratitud. A veces, consuela más una llamada o una visita inesperada, que un regalo costoso; una ayuda o un consejo en un instante de desconsuelo, que una salida de farra. Debemos estar ahí, donde nos necesitan. Saber escuchar el corazón del amigo, del cónyuge, del hijo, para poder entrar y quedarnos permanentemente.

 

También debemos compensar nuestra relación con la naturaleza. Es obligación de cada uno de nosotros poder entablar una conexión grata con el ambiente el cual nos brinda tantos beneficios. Es lamentable ver cómo día a día estamos acabando con el medio que nos provee bienestar, alimentos, salud y los diferentes recursos que ayudan a que tengamos una vida mejor. Debemos incluirnos en esta falta de cuidado porque es incalculable el daño que también podemos generar por medio de acciones diversas, y estos pueden ser irreversibles, como el uso excesivo de jabones y detergentes, la falta de reciclaje desde casa, el malgaste de los recursos naturales, el uso de plástico, y demás situaciones que vivimos y que nos hemos acostumbrado a realizar como lo habitual y realmente nos hace falta más conciencia para poder cuidar lo que la naturaleza nos regala. Sembremos más árboles, cuidemos y usemos racionalmente el agua, evitemos usar tantos plásticos, y realicemos más acciones que ayuden a que los recursos naturales perduren y puedan ser disfrutados por nosotros y las futuras generaciones. Sólo así demostraremos gratitud con la naturaleza, fuente de vida y de riqueza.

 

Para hacer palpable la virtud del agradecimiento en cada uno de los contextos anteriores y en muchos otros más, sólo bastará con practicar sencillas acciones que tengan como base la generosidad, la bondad, la solidaridad, la alteridad y la misericordia. Estas virtudes serán la razón de ser de nosotros, las que nos hagan pesar la báscula de la entrega a los demás, las que nos brindarán un motivo por el cual dar las gracias a cada instante. ¡Tenemos tanto pero agradecemos tan poco! ¿Te has puesto a pensar alguna vez si has agradecido lo suficiente? ¿Si has podido retribuir todo el esmero, el sacrificio y el amor de tus padres? ¿Estás alerta y dispuesto a ayudarlos en estos momentos en donde más te necesitan?; has reflexionado alguna vez ¿Cómo ha sido tu actitud frente a quienes te han tratado de enseñar durante cada etapa de tu vida? ¿Tu actitud ha sido de agradecimiento frente al buen consejo? O piensas que ya todo lo conoces y lo sabes?

 

Para poder emprender cada acción con la actitud del agradecimiento tenemos que despojarnos en primera medida de la soberbia, la cual no permite ver más allá de lo que creemos saber. En segunda medida de la falta de caridad, ya que desconocemos la importancia que tienen las demás personas en nuestra vida y, en tercera medida, del perdón, el cual sana el alma y nos permite poder aceptar y replantear nuestro camino; muchas veces hemos de agradecer también por las cosas no tan positivas pero que en ocasiones nos fortalecen o nos hacen corregir la manera de proceder. No solo lo bueno nos da aprendizaje; las experiencias no tan gratas también nos deben fortalecer.

 

A cada instante debemos luchar incansablemente por esa luz de esperanza que debe brillar en nuestras vidas para alcanzar todo lo que nos proponemos. Debemos ser agradecidos y todo lo que esto significa. Somos lo más importante en nuestra propia vida, si no agradecemos por lo logrado, por lo maravillosos que somos, quién lo hará por nosotros? No abandonemos las costumbres sabias que nos identifican como verdaderas personas: el bendecir cada acción y cada palabra; el disfrutar de nuestros seres queridos; el tener un techo, un trabajo, unas comodidades. Y qué bueno sería, poder compartir parte de estas bendiciones con quienes tienen tantas necesidades. Miremos alrededor de nosotros y escuchemos el llamado de Dios para acercarnos más a Él y por tanto, a toda su Creación. Vivamos con esmero la gratitud y empecemos con nosotros mismos y con todo lo que está a nuestro alrededor. Muy seguramente extenderemos este hábito esencial para vivir la vida con verdadera intensidad, no la malsana sino la que nos traslade a la verdadera felicidad. 

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

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Blogs LaFamilia.info - 09.06.2016

 

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En este mes, ahondaré en la actitud del júbilo, necesaria para enfrentar con tesón y con agrado cada circunstancia que llega a nuestras vidas, reconociendo que la única manera de salir a flote y poder respirar con tranquilidad es con la fe, la seguridad, la esperanza, el anhelo de poder encontrar la luz al final del camino.


A pesar de presentarse en nuestra vida alguna situación adversa, estamos llamados a ser presencia viva de Dios y de sobrepasar cada situación a la luz de su llamado a la santidad y perfección constante. Si detenemos nuestros pasos y miramos hacia atrás, podremos contemplar tantas experiencias y cada una de ellas han sembrado aprendizajes o han ayudado a madurar: situaciones positivas, por mejorar, por recomenzar, pero si estamos firmes y comprometidos con la vida, muy seguramente, serán tan pequeñas para ajustar, pues cara al bien, estaremos dispuestos a reflexionar y a afinar nuestros pasos. Lo anterior deberá ir siempre de la mano de la alegría constante, del gozo por el deber ser, de la satisfacción por el alcance de cada meta, de la dicha por el sendero recorrido.


“Se notan entonces el gozo y la paz, la paz gozosa, el júbilo interior con la virtud humana de la alegría. Cuando imaginamos que todo se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza. Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente”. (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, punto 92)


Siempre es de esperar que todo nos salga a la perfección y la vida real, tiene un sin fin de condiciones que nos deben ayudar a ser mejores personas cada día, con alegrías y sin sabores. Escuchamos con mucha frecuencia “el oro se forja en el fuego”, sin embargo, a veces nos dejamos afligir con mucha facilidad y nos quebrantamos perdiendo toda esperanza. Nos dejamos llevar por el pesimismo y la decepción. Y para sobre llevar con mayor facilidad las situaciones difíciles es esencial que actuemos con júbilo.


Al remitirme a esta actitud, hago referencia a la manera como debemos enfrentar todo lo que se nos presente. La alegría que debe ser intrínseca, cala en lo más profundo de nuestro ser, ayudándonos a ver todo con el lente de la ilusión, de la confianza, con la certeza de poder salir adelante y de lograr convertir un sueño en una realidad, porque contagiarnos de júbilo nos permitirá mantener viva la esperanza de hacer posible lo imposible, de conquistar el mundo entero, de transmitir lo mejor de cada uno de nosotros a todos los que nos rodean, de brillar con luz propia, de intensificar el empeño por convencer (con el ejemplo) y ser líderes para el bien. El júbilo sólo se enseña o transmite a través del obrar, no con la palabra; se contagia, se traspasa a los demás, porque se lleva en la sangre, dentro de cada uno.


Por eso, no podemos estar apartados de nuestro Creador. Dios es ese motor que nos da la fuerza para arremeter y emprender tantas tareas; es el encargado de darnos energía cuando sentimos que todo ha acabado y que no hay ningún signo de continuar luchando. Es también nuestra responsabilidad descubrir nuestra misión y replantear nuestro proyecto de vida porque fuimos creados para darnos a los demás y para construir un mundo en el que todos sean igual de importantes. No es un mundo egoísta ni egocéntrico, en donde todo gire alrededor de nosotros mismos, sino aquel que se dé sin reserva a los demás, sin esperar nada a cambio; solo la satisfacción del deber cumplido.


Debemos tener la esperanza también y recordar a cada instante que en la vida tenemos grandes oportunidades de resarcir y de compensar nuestras acciones, estableciendo relaciones de fraternidad y de reconciliación. Estas maneras de expresar los sentimientos son una necesidad diaria de demostrar cuan importantes somos y son también los demás. No cabe duda que dar y recibir traería un gusto adicional y por justicia, es lo que esperamos. Pero dar sin esperar nada a cambio es sobre natural. No todos tienen la capacidad de estar tranquilos y satisfechos por el realizar correctamente toda acción. Por lo general, cuestionamos o exigimos recompensa por emprender y terminar una tarea a cabalidad. Pero realmente, la santificación a través de cada acto es determinante solo para aquella persona que ha descubierto el verdadero arte de amar, sin condiciones, sin vacilaciones, sin restricciones o discriminaciones.


El júbilo estará siempre presente en cada acción realizada con bondad, con benevolencia, con entrega, con alteridad y compromiso. Una persona que se da a los demás, siempre va a estar feliz de hacer lo que hace, es un sacrificio para el cual está preparada y solo busca a través de este acto desinteresado, la felicidad de su prójimo. Es una meta muy alta que alcanzar, el poder darse sin interesarnos el sinsabor que muchas veces se puede llegar a recibir por el desagravio o la falta de agradecimiento por parte de los demás. La recompensa siempre será trascendente, pues sólo Dios dará la gloria a quienes continúen con su designio, “amar a los demás como Él nos ha amado”.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 22.09.2016

 

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“Yo te recibo a ti  como esposo (a) y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad  y así amarte y respetarte todos los días de mi vida”.

 

Estas palabras que muchas veces por el afán y por el estrés del día de la boda, se pronuncian sin considerar el significado que encierran y que, en muchas ocasiones se olvidan en el día a día de la vida, son trascendentales para detener el tiempo y recapacitar cuán importante son en el camino que se inicia de a dos en el momento del matrimonio. “Yo te recibo a ti” involucra un todo, incondicional y absoluto, con los defectos y virtudes. “Yo me entrego a ti” indiscutiblemente es una muestra de la capacidad de donación hacia el ser amado, en cuerpo y alma. “Serte fiel” consiste en vivir y sentir la virtud de la fidelidad, unida a la lealtad, la confianza y la sinceridad. “En la salud y en la enfermedad” como signo divino de amor verdadero, que se manifiesta en la seguridad de entregarnos y descansar confiados en que vamos a estar con la persona que nos acompañará en todos los instantes de la vida, así haya oscuridad o luz. Es sencillo estar juntos en las alegrías; es sobre natural estar en las desavenencias y en las contrariedades.

 

Dios instituyó el matrimonio como un sacramento que es signo visible de gracia. Y ¿qué significa “visible de gracia”? El matrimonio, como todos los sacramento, es un don que Dios concede para poder alcanzar la vida eterna porque es presencia viva de que Él existe en cada alma y en las acciones (cuerpo). Y conociendo este significado trascendente, es importante cuestionarnos si somos capaces de poder llevar con responsabilidad esta decisión la cual se ha tomado de manera libre y con la certeza de unir los caminos en uno solo hacia el alcance de objetivos comunes. Al entonces recibir la bendición del santo matrimonio estamos reconociendo esta gracia Divina, capaz de darlo todo por el ser amado, de transformar positivamente todo lo que nos rodea para el bien común y el alcance de la felicidad.

 

Ese  amor que nace un día y que se va robusteciendo a través de los años, es la razón de ser del matrimonio. Se debe cuidar con pequeños detalles para que crezca y se fortalezca, para que al pasar los años podamos sentir y decir con seguridad “Hoy yo te amo más que ayer”. El verdadero amor debe nacer de lo más profundo del ser y está orientado a hacer el bien al ser amado.  Mimarlo, protegerlo, engrandecerlo, consentirlo y  ayudarlo, deben ser condiciones necesarias que se vivencien en la cotidianidad de la vida en pareja. Qué maravilloso es poder compartir nuestro camino con una persona excepcional, que lo da todo por hacernos felices, por dedicarnos su tiempo y su espacio para disfrutar juntos, pasear, jugar con los hijos, leer, orar, cenar, y demás momentos que hacen estrechar lazos indisolubles.

 

Es fácil organizar y llevar a cabo una boda (porque hasta podemos contratar a una empresa o a personas expertas para ello); la tarea magnánima está en lo que se emprende a partir de la bendición de Dios. Ese saludo diario, el reconocimiento de lo bueno que tiene la pareja, la dedicación y la manera de tratarla, la resolución de los problemas con asertividad, y muchos otros momentos que van hilando el lazo resistente de virtudes esenciales en el matrimonio como la amistad, la comprensión, la tolerancia, la alegría, la bondad, la fe y la esperanza.

 

El matrimonio como vocación, como lo expresó San Josemaría Escrivá de Balaguer porque “…está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado —con la gracia de Dios— todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive”; nos llama a trabajar por la tarea diaria de perfeccionarnos y ayudar a perfeccionar al conyugue. Es un trascender a través del esposo o de la esposa, de santificarnos y ganarnos el cielo.

 

En muchas ocasiones escuchamos decir entre los esposos “te amo igual que cuando nos casamos”, pero realmente la clave está en alimentar tanto ese amor, que con el tiempo llega a ser más grande que el inicial. En el noviazgo, época en la cual conocemos a la persona con la que decidimos emprender el matrimonio, es una etapa en la que en muchas ocasiones dejamos pasar detalles que sería conveniente identificar antes de dar un paso tan importante, como la manera de ser de la persona, el trato personal, los valores y los aspectos por mejorar. A veces consideramos que podemos llegar a cambiar hábitos o costumbres al casarnos y en la mayoría de las circunstancias éstos, no se atenúan, por el contrario, se acrecientan ocasionando la ruptura del matrimonio. 

 

Pero lo que debe quedar claro, es que en el momento en que tomamos la decisión voluntaria y madura de emprender juntos un camino y bendecirlo con la unión grandiosa del matrimonio, no hay vuelta atrás. Debemos luchar porque ese camino sea orientado hacia Dios; de la mano con Él podremos encontrar la solución a muchos conflictos. No digo con ello que será un camino fácil y sin obstáculos porque se podrán presentar muchos, pero con su compañía siempre será más llevadero todo lo que tengamos que atravesar. No existen montañas que sean imposibles de escalar, ni tormentas que persistan ilimitadamente. Sólo debemos esperar el tiempo de Dios y orar porque todo pase y por el contrario, fortalecernos y unirnos más en el matrimonio. 

 

¿Qué amamos más o valoramos más? Aquello que más nos cuesta. Lo fácil es efímero y transitorio, sin importancia muchas veces. Por eso, es indispensable siempre pensar antes de actuar. Es un refrán muy repetido pero que es válido recordarlo en este momento. ¿Cuántos matrimonios se han terminado o se han quebrado por un momento vivido del cual nos arrepentimos toda una vida?, ¿Cuántas palabras hirientes hemos expresado al ser que más amamos y dejamos huellas de dolor en su corazón? Amar sin condición es demostrarlo en cada momento y en cada lugar, repitiendo y demostrando sin cansancio: “Hoy yo te amo más que ayer” y “posiblemente menos que mañana”… 

 

La actitud y el deseo permanente de los cónyuges por conservar y cuidar el amor deberá de ser uno de los mayores anhelos porque de ello dependerá la felicidad del hogar y el legado que se deje sembrado en sus hijos. Nada hay más fuerte entre la pareja que el amor verdadero, aquel que lo soporta, lo entrega y recibe todo desinteresadamente. Y que se transmite con el simple hecho de observarlo en cada acto de cariño, de ternura, de sacrificio, de simpatía, de servicio. 

 

Siempre debemos recordar que el amor se vive y se siente dentro de cada quien y se transforma en hábitos de hacer el bien en cada momento, circunstancias y lugar, y definitivamente se debe empezar desde casa, que es el primer espacio vital para poner en práctica los buenas costumbres y los sentimientos más sublimes.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 15.07.2016

 

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Nada más gratificante que el deber cumplido, aquel que va encaminado a la verdad, la razón de ser y el servir a los demás. Todo aquello en contra de los principios y designios cristianos, limita con lo inhumano, impío e indiferente. Cuando nada nos turba al actuar incorrectamente, estamos llamados a revisar nuestro interior para enfocarnos y re direccionar nuestros pasos para alcanzar el bienestar tan esperado. Por lo anterior, en este mes reflexionaré alrededor de una virtud, cuya definición estamos seguros de conocer, pero que en el proceder es un poco difícil de identificar cuando la infringimos.

 

“No temas a la Justicia de Dios. —Tan admirable y tan amable es en Dios la Justicia como la Misericordia: las dos son pruebas del Amor”. (Camino, p. 432. San Josemaría Escrivá de Balaguer).


La frase de “dar a cada quien lo que merece” y “la justicia tarde o temprano llega” podrían encasillarse dentro de lo que esperamos que suceda en nuestros pensamientos como merecido castigo o de condición de venganza ante situaciones vividas, sentidas o conocidas a través de diversos medios. A veces nos dejamos llevar por lo que escuchamos decir o por lo que sienten las demás personas ante circunstancias de la vida, midiendo las acciones con subjetividad, con pasión, con exaltación y muchas veces, indignación. Es muy fácil juzgar, apresurarnos a formar conceptos a priori de otras personas por lo que escuchamos decir de los demás, por una primera impresión. Y cuán difícil es cambiar esa imagen que a veces a través de otros espejos, formamos de alguien.


¿Es necesario abrir nuestros oídos ante los comentarios de los demás, en grandiosas cantidades un poco dañinos, para contagiarnos de irritación y desasosiego, de indignación y de sentimientos encontrados? Incuestionablemente no, puesto que debemos conocer con amplitud, a través de nuestra propia perspectiva (no la infundada), la razón de ser y/o de actuar de los demás, de su proceder, de su forma de pensar y de sentir. No estamos llamados a ser nosotros los jueces sobre lo que viven los demás; no somos los elegidos para determinar las consecuencias de sus actos. Solo Dios es el encargado de impartir esta justicia, que con endereza y ecuanimidad será esparcida, será dada como semilla sembrada a lo largo de la vida, como recompensa del deber cumplido a satisfacción sin hacernos daño a nosotros mismos o a las demás personas.


Pero realmente, ¿cómo se debe definir la justicia? Dentro de las virtudes cardinales, las cuales están orientadas a dar el norte a cada acción realizada porque son el sustento de las demás virtudes, se encuentran la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza. Se llaman cardinales porque son esenciales, fundamentales y principales para actuar frente a cada circunstancia de la vida. También se les conoce como virtudes morales.


Entonces, “la justicia como virtud moral, consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. Para con Dios es llamada “la virtud de la religión”. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. “Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv 19, 15). (Tomado de www.vatican.va)


De acuerdo a lo expresado, y teniendo en cuenta la necesidad de vivir la justicia, con todo lo que ello implica, es importante resaltar que esta virtud no se debe encaminar únicamente a recibir o a dar lo merecido. Como personas justas, imparciales, firmes y ecuánimes, debemos actuar siempre de manera recta e intachable, haciendo que se cumpla siempre la bondad en cada acto; sin cuestionar o recriminar por lo que no hemos recibido. En el transcurrir de nuestra vida siempre habrá un momento en el cual recibamos retribución alguna por el deber cumplido y qué más grande gratificación que ganarnos el cielo.


La justicia como virtud moral, debe ser la ruta a seguir en el hogar, en el trabajo, en todo momento y lugar. ¿Cómo mediríamos el cumplimiento de esta virtud en la cotidianidad? Se podrían dar muchos ejemplos prácticos para reflexionar más a fondo sobre la virtud en mención y poder establecer acciones de mejora ante momentos de debilidad frente a cómo actuar con las personas que por cercanía y confianza, son las que con facilidad hacemos sentir mal, siendo realmente necesario ser más ecuánimes con ellas puesto que son la razón de ser en nuestro proyecto de vida. Con frecuencia suele presentarse que en la empresa en la que laboramos todos nos reconocen por ser personas íntegras, formales y cordiales; pero al llegar a casa, cansados y estresados por la jornada laboral, nuestro hijo se acerca a jugar y a pedir un poco de nuestra atención, y la reacción normal es con un gesto de cansancio o muchas veces con un grito -¡estoy cansado, déjame en paz!-. Es justo para nuestro hijo recibir este trato?


En el diario vivir nos enfrentamos a tantos momentos en los cuales pensamos y reaccionamos de manera apresurada y con ello trasgredimos a las personas que nos rodean y esto suele no afectarnos. Nuestro camino continúa y sentimos que es un problema que debe solucionar quien se siente ofendido por nuestro proceder. Es justa esta manera de enfrentar las circunstancias de la vida? Lo realmente esencial es reconocer nuestras faltas y pedir perdón o excusas por una palabra expresada en instantes de molestia; un gesto manifestado con desdén; una frase hiriente, porque cuando nos enojamos casi nunca medimos nuestras frases; esas quedan guardadas en lo profundo de nuestro ser y causan tristeza infinita.


Debemos reconocer que todos somos importantes, irrepetibles, únicos, especiales y significativos. No importan unos más que otros. Dios, en su infinita grandeza, nos considera igual de importantes en su creación y tiene una enorme esperanza guardada en nosotros. La justicia, es la virtud llamada a orientar nuestros actos para encaminarlos hacia la gloria y el alcance de la vida perpetua y de la felicidad absoluta, aquella que se inicia a disfrutar en lo terrenal y que nos da alas para volar hacia la eternidad.


En la medida en que seamos más justos, lograremos comprender cada circunstancia de la vida, de manera que como un búmeran, en ese ir y venir, recogeremos lo que sembremos a lo largo de nuestro proceder en la familia, el trabajo, la sociedad en general.


Los invito a revisar cada acción realizada, cada palabra mencionada, cada momento omitido, porque también somos injustos cuando callamos o pasamos sin detenernos sobre situaciones que no son ecuánimes, objetivas o transparentes. Ser justos es decir la verdad (y saberla decir); es reflexionar y corregir tantas veces sea necesario; no perdemos nada, al contrario, ganamos madurez, reconocimiento, agradecimiento y respeto; además del crecimiento espiritual que va unido de la práctica de virtudes.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 13.05.2016

 

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En la mayoría de los países del mundo se celebra el mes de las Madres en Mayo. En esta celebración se hace homenaje al ser que da todo de sí para cuidar y amar desinteresadamente a sus hijos.

 

Ese ideal de madre, que surge como instinto natural y que se da sin reservas ni condiciones a cada instante, merece ser resaltada por su esplendor y gracia divina, porque es capaz de lograr con una sonrisa, con una mano amiga, con una palabra sabia y con una compañía irremplazable, el verdadero milagro de la vida: el sacrificio por el otro. Ser madre no se improvisa, se hace y se solidifica con cada experiencia vivida, en el día a día, en la cotidianeidad, en el acertar y equivocarse.

 

Por lo anterior, en este mes, expresaré el significado de este ser maravilloso en unión a la virtud de la mansedumbre, ya que no puede existir entrega sin humildad; serenidad sin sabiduría y fidelidad sin bondad. Todas las anteriores características están intrínsecas en la mansedumbre, que conlleva a actuar con discreción, serenidad, calma y moderación en cada momento y lugar, destacando con ello la paciencia y el saber esperar por recibir a cambio sólo la asertividad en la toma de decisiones de sus seres amados: esposo e hijo (s).

 

La mansedumbre, virtud que en esta reflexión bautizaré también con el nombre de docilidad, está llamada a contemplar la belleza de toda la creación. Una madre, indiscutiblemente tiene en su actuar mucho de mansedumbre pues en cada momento de su existencia requiere de la sabiduría y de la serenidad para tomar decisiones y asumir las consecuencias de sus actos. No es sabio realizar las actuaciones con orgullo ni con intolerancia pues estas reacciones sólo traerían molestias y resentimientos que poco a poco van deteriorando las relaciones interpersonales. Además, la docilidad o mansedumbre, también es señal de dulzura, suavidad y miramiento, actitudes que traen como consecuencia el acercamiento con el otro, de una manera apacible y pacífica que toca el alma con regocijo y bienestar.

 

Es más sabio actuar con docilidad cuando se está ante situaciones adversas. Dicen que después de la tormenta llega la calma, indiscutiblemente que sí, pero cuántas marcas deja este suceso en la vida de las personas: árboles arrancados de raíz, casas destruidas, inundaciones, y demás catástrofes que pueden llegar a presentarse. Entonces, imaginemos por un momento una tormenta en nuestro hogar: palabras hirientes, gritos, miradas que dañan, gestos displicentes, rencor, en fin, sentimientos que dejan huellas en lo más profundo de nuestro ser y que son difícil de borrarlas porque hacen daño y nos duelen, causando muchas veces rupturas y separaciones que no dan marcha atrás.

 

Por eso, la madre, símbolo de la fraternidad y bondad infinita, es la llamada a la calma, la sabiduría, la tranquilidad. A pensar y a decidir lo mejor para su familia y a dialogar con sus integrantes para sacar lo mejor de cada circunstancia, sin caprichos y sin obstinaciones, solo por amor. Esta tarea no es fácil ni simple, es magnánima, generosa y noble, y traerá grandes satisfacciones porque con amor se logran grandes metas.

 

A veces se mal entiende la actitud de mansedumbre con dejar que nos pisoteen, que nos humillen o que pasen por encima de nosotros, pero es todo lo contrario. A través de esta sabia virtud, nos hacemos más fuertes y capaces de enfrentar cualquier circunstancia porque la comprendemos cara a Dios, como una forma de perfeccionamiento y de ganarnos el cielo desde el mismo instante en que actuamos con convicción de ser mejores personas cada día. Además que cuando actuamos de manera contraria, es decir, con aspereza, intolerancia, intransigencia o rebeldía, sólo podremos recibir exactamente las mismas actitudes, convirtiendo cada momento en un círculo repetitivo de acciones inapropiadas que nos dañan progresivamente. San Josemaría Escrivá de Balaguer lo ejemplificó sabiamente en Camino, punto 8, “¿Por qué has de enfadarte si enfadándote ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato... y te has de desenfadar al fin?”. Lastimosamente por la misma pasión que nos caracteriza, nos dejamos llevar por el orgullo y la falta de tacto al resolver los problemas, trayendo con ello situaciones aún más conflictivas, hasta el punto de romper relaciones entre los mismos miembros de la familia. “Eso mismo que has dicho dilo en otro tono, sin ira, y ganará fuerza tu raciocinio, y, sobre todo, no ofenderás a Dios”. (Ídem, punto 9).

 

Cada paso que se va a dar en la vida debe ser pensado y reconsiderado sabiamente porque no hay vuelta atrás y se puede crecer en madurez y consolidación de buenas acciones como también en actos inapropiados, que van en contra de nuestra dignidad y la de los demás, que dañan y que nos lastiman. La vida es solo un instante, un tiempo prestado y se va edificando con momentos efímeros, que si hacen parte de decisiones y pensamientos claros, podrán ayudarnos a ser felices.

 

La madre es la señal viva de que Dios existe porque sólo Él pudo haber pensado que ella, nos cuidaría con un amor infinito, como él nos amó. Le dio la fortaleza para enfrentar los obstáculos, sabiduría para resolver las situaciones cotidianas, mansedumbre para actuar con paciencia y docilidad, amistad para comprender y entender al otro, alegría para contagiar de esperanza a sus seres queridos y misericordia para ser compasiva, piadosa y ayudar a los demás.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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