LaFamilia.info
03.05.2013

Muchas veces nos cuestionamos qué ocurre en las zonas donde hay más violencia, y qué genera dicho comportamiento. Pues un profesor de la Universidad de Stanford realizó un experimento de psicología social, el cual concluye que las señales de deterioro y abandono de los lugares, pueden desatar un proceso delictivo.

El experimento de Phillip Zimbardo

En 1969, en la Universidad de Stanford -Estados Unidos-, el Profesor Phillip Zimbardo realizó un experimento de psicología social. Dejó dos autos abandonados en la calle, dos autos idénticos, la misma marca, modelo y color.

Uno lo dejó en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York, y el otro en Palo Alto, una zona rica y tranquila de California. Dos autos idénticos, abandonados, dos barrios con poblaciones muy diferentes, y un equipo de especialistas en psicología social estudiando las conductas de la gente en cada lugar.

El auto del Bronx comenzó a ser vandalizado en pocas horas, ya sea robándose lo utilizable o destruyendo el resto. El de Palo Alto se mantuvo intacto.

Es común atribuir a la pobreza las causas del delito, postura en la que coinciden las posiciones ideológicas más conservadoras (de derecha y de izquierda).

Pero el experimento no finalizó allí. A la semana, cuando el auto del Bronx estaba deshecho y el de Palo Alto impecable, los investigadores rompieron el vidrio de este último. Como resultado, se desató el mismo proceso que en el Bronx: robo, violencia y vandalismo. ¿Por qué un vidrio roto en el auto del barrio supuestamente seguro desata un proceso delictivo?

Es que no se trata de pobreza. Es evidentemente algo que tiene que ver con la psicología humana y con las relaciones sociales. Acá viene lo interesante: un vidrio roto en un auto abandonado transmite una idea de deterioro, desinterés, despreocupación, que va rompiendo códigos de convivencia. Es como una sensación de ausencia de ley, de normas, de reglas, algo así como que vale todo. Cada nuevo ataque que sufre el auto reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional.

La Teoría de las ventanas rotas

La mecha encendida por el profesor Zimbardo en el 69 sirvió de inspiración para uno de los desarrollos posteriores más interesantes, se trata de la “Teoría de las ventanas rotas” resultado del trabajo de los profesores James Q. Wilson y George Kelling, la cual fue aplicada por primera vez a mediados de la década de los 80 en el metro de Nueva York.

El metro de esta ciudad se había convertido en el punto más candente de la inseguridad, el miedo y el peligro. Fiel a sus ideas, Kelling recomendó una estrategia de seguridad que comenzaba por combatir las pequeñas transgresiones: graffitis deteriorando el lugar, suciedad de las dependencias, ebriedad entre el público, evasiones del pago del tiquete, pequeños robos y desórdenes… Comenzando por lo pequeño, pronto el metro fue un lugar seguro.

Sus conceptos y sus estudios sobre la criminalidad concluyen que:

  1. El delito es mayor en las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores.
  2. Si se rompe un vidrio de una ventana de un edificio y nadie lo repara, entonces pronto estarán rotos todos los demás.
  3. Si una comunidad exhibe signos de deterioro y esto parece no importarle a nadie, entonces allí crecerá el delito.
  4. Si se cometen pequeñas faltas (estacionar en lugar prohibido, exceso de velocidad o no respetar luz roja), y las mismas no son sancionadas, entonces comenzarán faltas mayores y luego delitos cada vez más graves.
  5. Si los parques y otros espacios públicos deteriorados son progresivamente abandonados por la mayoría de la gente (que deja de salir de sus casas por temor a los asaltos), serán los delincuentes quienes ocuparán esos espacios.
  6. Si permitimos actitudes violentas como algo normal en el desarrollo de los niños, el patrón de desarrollo será de mayor violencia cuando estas personas sean adultas.