Buzoncatolico.com
13.05.2008
 

La adicción al sexo es una de las dependencias menos confesadas y visibles de todas las que existen. No obstante, ha aumentado el número de pacientes que pide ayuda debido a las consecuencias de su trastorno: ruina económica, divorcios, problemas laborales, sufrimiento, ansiedad y depresión.

 

Diagnosticado por primera vez como psicopatía sexual por el psiquiatra alemán Kraff-Ebbing, no es hasta 1970 cuando Patrick Carnes desarrolla las pautas necesarias para su identificación y tratamiento. Este psicólogo e investigador es el autor de buena parte de la literatura científica, fuente de consulta de los terapeutas de los adictos al sexo.

 

¿Cuánto sexo es demasiado? ¿Dónde esta el límite entre lo normal para cada persona y lo patológico? La sexualidad forma parte natural del ser humano, pero cuando se convierte en una prioridad que interfiere en la vida diaria, en el trabajo, afecta a las relaciones personales y sociales y, además, causa ansiedad, estrés y arrepentimiento, entonces se convierte en sexo adicción.

 

Dependencia con varios disfraces

 

Esta es una dependencia que no puede describirse a través de un solo comportamiento (como sucede con otras adicciones), ya que puede disfrazarse como una o varias de estas formas: masturbación compulsiva, relaciones con múltiples parejas heterosexuales u homosexuales, encuentros con personas desconocidas, uso de pornografía, prostitución o líneas eróticas. Todas están englobadas dentro de lo que se consideran trastornos no parafílicos, porque las otras, las parafilias (que también implican comportamiento sexual compulsivo) son mucho más graves, suelen tener otro tipo de causas y también son menos frecuentes. Es el caso del exhibicionismo, la pedofilia, el voyerismo, la violación, la pornografía infantil, entre otras.

 

Otra de las características de esta dependencia es que incluso, a veces, no todo es sexo. «Muchas de las personas adictas pasan por periodos largos de abstinencia», destaca Juan José Borrás, director del Instituto de Sexología, Psicología y Medicina Espill, de Valencia, y ex presidente del comité científico de la Asociación Mundial de Sexología.

Y todos, sin distinción de clase social, de ocupación laboral o de sexo, pueden caer en la búsqueda constante e insaciable de este tipo de placer y en la inmensa soledad que ella genera. Aunque ellos se enganchan más que ellas. «Normalmente nos encontramos con más casos de hombres que de mujeres. Algunas hipótesis se inclinan hacia una explicación cultural, social y educacional. Mayor facilidad en el acceso a la práctica sexual, más necesidad de cuantificar la sexualidad y creen en mayor medida que esto es, precisamente, lo que se espera de un hombre, como la experiencia», apunta Marta Arasanz, del Instituto de Sexología de Barcelona.

 

El comportamiento sexual compulsivo se gesta, en la mayoría de los casos, en la mente, donde las fantasías sexuales, los sueños y los pensamientos eróticos se convierten en la válvula de escape de los problemas laborales, las relaciones rotas, la baja autoestima o la insatisfacción personal.

 

De ahí que los especialistas en este campo consideren la adicción al sexo como un síntoma y no una enfermedad. «Es como la punta del iceberg, lo que se ve a primera vista, pero es el reflejo de múltiples trastornos mentales como la ansiedad, las dificultades para relacionarse, la inseguridad afectiva o los problemas de identidad sexual, entre otros», afirma Manuel Manzano, médico y sexólogo, del Centro de Urología, Andrología y Sexología de Madrid. Pero cuando las ideas sobre el sexo roban la mayor parte del tiempo, muchos eligen pasar a la acción para espantar sus fantasmas. Para la mayoría de ellos, la dependencia ya ha empezado y ni siquiera se han dado cuenta de ello.

 

«Todo el mundo tiene fantasías, pero la persona obsesionada decide muchas veces pasar a actuar creyendo que es una forma de liberarse de sus pensamientos. Sin embargo, suele suceder lo contrario, su actitud se empieza a repetir sin control y cae en el comportamiento sexual compulsivo», señala Borrás.

 

La mentira, su mejor aliada

 

Es entonces cuando empiezan las mentiras. Las que se cuentan a sí mismos con el fin de autoconvencerse de que todo está bajo control: («Ésta es la última vez»), y las que cuentan a los demás, para ocultar su doble vida. «Los adictos al sexo se convierten en grandes actores. Se hacen hábiles engañando porque su problema les avergüenza y porque se dan cuenta de que no pueden frenar sus impulsos», aclara el doctor Borrás. Pero, en ocasiones, su rastro acaba por desvelar toda la verdad. «Algunos acuden a la consulta cuando las facturas de teléfono de líneas eróticas o los contactos con prostitutas les han arruinado económicamente y sus parejas les han descubierto», señala Roselló Barberá, director del Centro de Urología, Andrología y Sexología de Madrid.

 

Otros, en cambio, deciden pedir ayuda porque quieren poner fin a una adicción que les ha costado el matrimonio, les ha causado problemas legales o les está empujando al suicidio. O porque su esclavitud les está obligando a hacer cosas que nunca hubieran imaginado, lo que les causa un sufrimiento insoportable.

 

Éste es el caso de un hombre homosexual, actualmente en tratamiento, que acabó acudiendo a locales cuya única razón de ser era el intercambio sexual y este hecho le estaba provocando una profunda depresión, uno de los precios de esta adicción. Los otros han sido estimados por el National Council of Sexual Addiction (NCSA) de EEUU: un 40% pierde a su pareja, otro 40% sufre embarazos no deseados, un 72% tiene ideas obsesivas sobre el suicidio, un 17% ha intentado quitarse la vida, un 36% aborta, un 27% tiene problemas laborales y un 68% tiene riesgo de contraer el sida u otras enfermedades de transmisión sexual.

«El mejor factor pronóstico es acudir a una consulta. La mayoría de los casos que llegan hasta aquí se arrastran desde la adolescencia y éstos son más complicados y de difícil tratamiento porque llevan más años manteniendo este tipo de comportamiento. Otros se consideran transitorios porque han sido provocados por una ruptura matrimonial, por un problema económico, por un conflicto emocional o, simplemente, porque exista un problema de disfunción eréctil y el comportamiento compulsivo no se prolonga en el tiempo», destaca el doctor Borrás.

 

Aunque la masturbación compulsiva durante la adolescencia suele ser un hecho normal, a veces, este comportamiento se perpetúa por la existencia de problemas en la infancia. Según el NSCA, un 71% de los adictos reconoce haber sufrido abusos físicos y un 83%, abusos sexuales.

«Existen más causas de esta dependencia como las biológicas (alteraciones del sistema límbico, trastornos cerebrales, como un tumor, o defectos en los neurotransmisores). También depende de la madurez psicosexual del individuo donde están implicados la seguridad afectiva o los problemas de identidad sexual», destaca el doctor Manzano.

 

El tratamiento sí es posible

Independientemente de cuál sea la causa, tratar la adicción al sexo es posible. Los especialistas buscan con la psicoterapia los posibles desencadenantes de la dependencia y con las técnicas cognitivas-conductuales, controlar la conducta sexual del paciente.

«A un alcohólico le puedes decir que no beba, pero nadie puede prescindir del sexo. Eso, además, es lo que más miedo les da. Te dicen que cómo van a dejar de tener relaciones, que no se imaginan una vida de celibato. Pero no se trata de vivir sin sexo, sino de reconducir su comportamiento, de aprender a convivir con uno mismo y tomar elecciones», aclara el doctor Borrás.

A algunos, además, les ayudará el uso de fármacos, como los inhibidores de la recaptación de la serotonina. «El Prozac, por ejemplo, en dosis bajas tiene un efecto en el cerebro sobre la sexualidad y la saciedad, y este hecho ayuda durante los inicios del tratamiento, junto con la psicoterapia, en determinados pacientes», insiste el director del Instituto Espill.

Para prevenir la adicción al sexo algunos especialistas, como el doctor Roselló Barberá, creen que sólo hay un camino: «Hay que impartir a edades más tempranas una buena educación no represiva. Tenemos que enseñar que el sexo es algo bueno, pero que puede convertirse en nocivo cuando se utiliza de forma inapropiada».

 

Enganchados a las «webs» de sexo

Las pantallas del ordenador se están convirtiendo en la puerta de entrada a una nueva forma de dependencia de Internet: la ciberadicción sexual. Con el anonimato como escudo, cada vez más personas se están enganchando al sexo virtual de una forma compulsiva y patológica.

En uno de los primeros artículos en los que se ha calculado el número de los ciberadictos sexuales compulsivos, publicado en el último número de la revista Sexual Addiction and Compulsivity, se estima que los casos ascienden a 200.000. Los especialistas entienden por ciberadicto sexual compulsivo a todas las personas que pasan más de 11 horas a la semana enganchadas a páginas de la red dedicadas exclusivamente al sexo.

El trabajo, liderado por Al Cooper, director clínico del San José Marital and Sexuality Centre y coordinador de los servicios psicológicos de la Universidad de Standford (EEUU), se llevó a cabo en la primavera de 1998, con la participación de 13.5000 visitantes de la cadena televisiva de noticias NBC.

Todos ellos rellenaron un cuestionario. Finalmente, los autores recopilaron las respuestas de un total de 9.265 internautas de entre 18 y 90 años. El 1% fue calificado como adicto compulsivo. «Si este porcentaje se aplica a los 20 millones de personas que cada mes visitan las webs sexuales, nos encontramos con 200.000 adictos», aclaran los autores del trabajo.

La adicción al sexo a través de Internet es un problema que, a juicio de los especialistas, está aumentando en todos los países, incluido el nuestro. «Cada vez existen más ciberadictos al sexo, la gran paradoja es que a mayor capacidad comunicativa existe una mayor soledad. Este hecho, junto con que cada vez existen más personas solas, con menos recursos personales para poder establecer relaciones, y con el anonimato que ofrece la red, favorece la aparición de esta dependencia», destaca Marta Arasanz.

En algunos estudios previos se ha estimado que entre un 1 y un 5% de los enganchados al ciberespacio son adictos a alguna de las formas sexuales on-line.

Estos mismos trabajos son los que han demostrado que, mientras que los varones tienen más tendencia a visitar las webs porno, las mujeres se enganchan a los chats eróticos. Las personas que sufren baja autoestima, problemas de imagen corporal, disfunciones sexuales que no han sido tratadas o han sido sexoadictos previamente, tienen más riesgo de desarrollar este tipo de dependencia.

Los estudiosos del tema creen que existen tres elementos clave por los que Internet favorece la aparición de este comportamiento sexual compulsivo: el anonimato, la accesibilidad, y su uso como vía de escape.

Los signos de alarma que pueden avisar de que se está cayendo en esta adicción son:

  • Pasar de forma rutinaria un número significativo de horas en los chats eróticos o buscando cibersexo.
  • Preocuparse porque se está utilizando la red para encontrar una pareja sexual.
  • Usar de forma frecuente comunicaciones anónimas para poder desarrollar las fantasías sexuales que normalmente no se realizan en la vida real.
  • Ver que cada vez se alterna más el uso del cibersexo con los teléfonos eróticos.
  • Masturbarse mientras se está en un chat erótico.
  • Preferir obtener el placer sexual de Internet antes que de su propia pareja.

 

Parafilia, la forma más grave de sexoadicción

Guiones como los que han dado pie a películas como Instinto Básico no son fruto de la imaginación de una o varias personas dedicadas al mundo del cine. El sadismo que transmite esta película no es más que uno de los muchos comportamientos sexuales compulsivos que se engloban dentro de las parafilias. Todas ellas se caracterizan por ser comportamientos sexuales compulsivos que pueden causar daño o humillación a otros o que involucran a objetos. En la mayoría de los casos se requiere tratamiento farmacológico, además de psicoterapia, para hacerles frente.

Las más comunes son:

  • Pedofilia. Afecta generalmente a los varones que buscan relaciones con menores. Sólo en EEUU, entre 100.000 y 500.000 niños son acosados y violados por un adulto.
  • Exhibicionismo. Define a las personas que necesitan mostrar sus genitales o masturbarse en público.
  • Fetichismo. Uso continuado durante más de seis meses de objetos para lograr la excitación. Una variante frecuente de esta forma de parafilia es el travestismo (sobre todo en hombres que necesitan vestir con prendas femeninas para excitarse).
  • Voyerismo. Incluye a aquéllos que sólo se excitan cuando ven a otras personas desnudas o manteniendo relaciones sexuales.
  • Froteurismo. La necesidad de mantener un contacto físico, de proximidad, con las personas que han elegido para lograr excitarse.
  • Masoquismo. Cuando sólo se obtienen placer con la humillación, los golpes o las situaciones extremas de sufrimiento.
  • Sadismo sexual. Cuando el fin es hacer sufrir física o psíquicamente a la pareja.
Alfonso Aguiló
13.05.2008
 

El amor es la realización más completa de las posibilidades del ser humano. Es lo más íntimo y más grande, donde encuentra la plenitud de su ser, lo único que puede absorberle por entero.

Y el placer que se deriva de su expresión en el amor conyugal, es quizá el más intenso de los placeres corporales, y también quizá el que más absorbe.

 

El entusiasmo que produce un enamoramiento limpio y sincero saca al hombre o a la mujer de sí mismos para entregarse y vivir en y para el otro: es el entusiasmo mayor que tienen en su vida la mayoría de los seres humanos.

Cuando el placer y el amor se unen a la entrega mutua, es posible entonces alcanzar un alto grado de felicidad y de placer. En cambio –como ha escrito Mikel Gotzon Santamaría–, cuando prima la búsqueda del simple placer físico, ese placer tiende a convertirse en algo momentáneo y fugitivo, que deja un poso de insatisfacción. Porque la satisfacción sexual es en realidad solo una parte, y quizá la más pequeña, de la alegría de la entrega sexual con alma y cuerpo propia de la entrega total del amor conyugal.

 

-Pero no siempre es fácil distinguir lo que es cariño de lo que es hambre de placer.

A veces es muy claro. Otras, no tanto. En cualquier caso, en la medida en que se reduzca a simple hambre de placer, se está usando a la otra persona. Y eso no puede ser bueno para ninguno de los dos. Cuando se usa a otra persona, no se la ama, ni siquiera se la respeta, porque se utiliza y se rebaja su intimidad personal.

El terreno sexual ofrece, más que otros, ocasiones de servirse de las personas como de un objeto, aunque sea inconscientemente. La dimensión sexual del amor hace que este pueda inclinarse con cierta facilidad a la búsqueda del placer en sí mismo, a una utilización sexual que siempre rebaja a la persona, pues afecta a su más profunda intimidad.

Al ser el sexo expresión de nuestra capacidad de amar, toda referencia sexual llega hasta lo más hondo, al núcleo más íntimo, e implica a la totalidad de la persona. Y precisamente por poseer tan gran valor y dignidad, su corrupción es particularmente perniciosa. Cada uno hace de su amor lo que hace de su sexualidad.

 

Aprender a amar

El hombre, para ser feliz, ha de encontrar respuesta a las grandes cuestiones de la vida. Entre esas cuestiones que afectan al hombre de todo tiempo y lugar, que apelan a su corazón, que es donde se desarrolla la más esencial trama de su historia, está, incuestionablemente, la sexualidad.

Por eso es preciso encontrar respuesta a preguntas capitales como: ¿qué debo hacer para educar mi sexualidad, para ser dueño de ella?, pues el cuerpo de la otra persona se presenta a la vez como reflejo de esa persona y también como ocasión para dar rienda suelta a un deseo de autosatisfacción egoísta.

 

-¿Consideras entonces la sexualidad un asunto muy importante?

El gobierno más importante es el de uno mismo. Y si una persona no adquiere el necesario dominio sobre su sexualidad, vive con un tirano dentro.

La sexualidad es un impulso genérico entre cualquier macho y cualquier hembra. El amor entre un hombre y una mujer, en cambio, busca la máxima individualización.

Y para que el cuerpo sea expresión e instrumento de ese amor individualizado, es necesario dominar el cuerpo de modo que no quede subyugado por el placer inmediato y egoísta, sino que actúe al servicio del amor.

Porque, si no se educa bien la propia afectividad, es fácil que, en el momento en que tendría que brotar un amor limpio, se imponga la fuerza del egoísmo sexual. En el momento en que la sexualidad deja de estar bajo control, comienza su tiranía. Chesterton decía que pensar en una desinhibición sexual simpática y desdramatizada, en la que el sexo se convierte en un pasatiempo hermoso e inofensivo como un árbol o una flor, sería una fantasía utópica o un triste desconocimiento de la naturaleza y la psicología humanas.

 

Un cierto “entrenamiento”

Solo las personas pueden participar en el amor. Si una persona permite que su mente, sus hábitos y sus actitudes se impregnen de deseos sexuales no encaminados a un amor pleno, advertirá que poco a poco se va deteriorando su capacidad de querer de verdad. Está permitiendo que se pierda uno de los tesoros más preciados que todo hombre puede poseer.

Si no se esfuerza en rectificar ese error, el egoísmo se hará cada vez más dueño de su imaginación, de su memoria, de sus sentimientos, de sus deseos. Y su mente irá empapándose de un modo egoísta de vivir el sexo.

Tenderá a ver al otro de un modo interesado. Apreciará sobre todo los valores sensuales o sexuales de esa persona, y se fijará mucho menos su inteligencia, sus virtudes, su carácter o sus sentimientos. El señuelo del placer erótico antes de tiempo suele ocultar la necesidad de crear una amistad profunda y limpia.

Además, una relación basada en una atracción casi solo sensual, tiende a ser fluctuante por su propia naturaleza, y es fácil que al poco tiempo –al devaluarse ese atractivo– aquello acabe en decepción, o incluso en una reacción emotiva de signo contrario, de antipatía y desafecto.

 

-¿Y consideras difícil de rectificar ese deterioro en el modo de ver el sexo?

Depende de lo profundo que sea el deterioro. Y, sobre todo, de si es firme o no la decisión de superarlo. Lo fundamental es reconocer sinceramente la necesidad de dar ese cambio, y decidirse de verdad a darlo. Es como un reto: hay que purificar, llenar de luz la imaginación, de limpidez la memoria, de claridad los sentimientos, los deseos.

Es –en otro ámbito mucho más serio– como entrenarse para recuperar la frescura y la agilidad después de haber perdido la buena forma física.

 

-¿Y no suena un poco artificial eso de “entrenarse”? ¿No basta con tener las ideas claras?

En el amor, como sucede en la destreza en cualquier deporte, o en la mayoría de las habilidades profesionales, o en tantas otras cosas, si no hay suficiente práctica y entrenamiento, las cosas salen mal.

Para aprender a leer, a escribir, a bailar, a cantar, o incluso a comer, hace falta proponérselo, seguir un cierto aprendizaje y adquirir un hábito positivo. Si no, se hace de manera tosca y ruda. Para expresar bien cualquier cosa con un poco de gracia conviene entrenarse, cultivarse un poco. Cuando una persona no lo hace, le resulta difícil expresar lo que desea. Siente la frustración de no poder comunicar lo que tiene dentro, de no poder realizar sus ilusiones. Y eso sucede tanto al expresarse verbalmente como al expresar el amor. Si no educamos nuestra capacidad de amar y de entregarnos por entero, en lugar de expresar amor nos comportaremos de forma ruda, como sucede a quien no sabe hablar o no sabe comer.

 

Cultivarse así es un modo de aproximarse a lo que uno entiende que debe llegar a ser. Con ese esfuerzo de automodelado personal, de autoeducación, el hombre se hace más humano, se personaliza un poco más a sí mismo.

 

Educar la sexualidad

Es una lástima que muchos limiten la educación sexual a la información sobre el funcionamiento de la fisiología o la higiene de la sexualidad. Son cosas indudablemente necesarias, pero no las más importantes, y además son cosas que casi todos hoy saben ya de sobra.

En cambio, el autodominio de la apetencia sexual, y por tanto, de la imaginación, del deseo, de la mirada, es una parte fundamental de la educación de la sexualidad a la que pocos dan la importancia que tiene.

 

-¿Y por qué le das tanta importancia?

Si no se logra esa educación de los impulsos, la sexualidad, como cualquier otra apetencia corporal, actuará a nivel simplemente biológico, y entonces será fácilmente presa del egoísmo típico de cualquier apetencia corporal no educada. La sexualidad se expresará de forma parecida a como bebe o come o se expresa una persona que apenas ha recibido educación.

Necesitamos una mirada y una imaginación entrenadas en considerar a las personas como tales, no como objetos de apetencia sexual. Por eso, cuando en la infancia o la adolescencia se introduce a las personas a un ambiente de frecuente incitación sexual, se comete un grave daño contra la afectividad de esas personas, un atentado contra su inocencia y su buena fe.

 

-¿No exageras un poco?

Aunque suene quizá un poco fuerte, pienso que no exagero, porque todo eso tiene algo como de ensañamiento con un inocente. Romper en esos chicos y chicas el vínculo entre sexo y amor es una forma perversa de quebrantar su honestidad y su sencillez, tan necesarias en esa etapa de la vida. Los primeros movimientos e inclinaciones sexuales, cuando aún no están corrompidos, tienen un trasfondo de entusiasmo de amor puro de juventud. Irrumpir en ellos con la mano grosera de la sobreexcitación sexual daña torpemente la relación entre chicas y chicos. En palabras de Jordi Serra, “no se les maltrata atándolos con una cadena, pero se les esclaviza sumergiéndoles en un mundo irreal”.

Tihamer Toth decía que la castidad es la piedra de toque de la educación de la juventud. Por la intensidad y vehemencia del instinto sexual, esta virtud es de las que mejor manifiesta el esfuerzo personal contra el vicio. Quizá por eso la historia es testigo de que el respeto a la mujer siempre ha sido un índice muy revelador de la cultura y la salud espiritual de un pueblo.

 

Autodominio sobre la imaginación y los deseos

Igual que el uso inadecuado del alcohol conduce al alcoholismo, el uso inadecuado del sexo provoca también una dependencia y una sobreexcitación habitual que reducen la capacidad de amar.

Y de manera semejante a como el paladar puede estragarse por el exceso de sabores fuertes o picantes, el gusto sexual estragado por lo erótico se hace cada vez más insensible, más ofuscado para percibir la belleza, menos capaz de sentimientos nobles y más ávido de sensaciones artificiosas, que con facilidad conducen a desviaciones extrañas o a aburrimientos mayúsculos.

Sobrealimentar el instinto sexual lleva a un funcionamiento anárquico de la imaginación y de los deseos. Cuando una persona adquiere el hábito de dejarse arrastrar por los ojos, o por sus fantasías sexuales, su mente tendrá una carga de erotismo que disparará sus instintos y le dificultará conducir a buen puerto su capacidad de amar.

 

-¿Y no hay otra solución que reprimirse?

Pienso que no es tanto cuestión de reprimir ese impulso como de encauzar bien los sentimientos. Basta que la voluntad se oponga y se distancie de los estímulos que resultan negativos para la propia afectividad.

Es preciso frenar los arranques inoportunos de la imaginación y del deseo, para así ir educando esas potencias, de manera que sirvan adecuadamente a nuestra capacidad de amar. Entender esto es decisivo para captar el sentido de ese sabio precepto cristiano que dice “no consentirás pensamientos ni deseos impuros”.

Quien se esfuerza en esa línea, poco a poco aprenderá a convivir con su propio cuerpo y con el de los demás, y los tratará conforme a la dignidad que poseen. Gozará de los frutos de haber adquirido la libertad de disponer de sí y de poder entregarse a otro. Vivirá con la alegría profunda de quien disfruta de una espontaneidad madura y profunda, en la que el corazón gobierna a los instintos.

 

“Cuanto más vacío
está un corazón,
más pesa”.
Madame Amiel Lapeyre

Alfonso Aguiló
13.05.2008
 

Pienso que cualquiera que haya conocido un poco de cerca el drama que muchas veces rodea la vida de una persona homosexual, siente a partir de entonces una comprensión y un aprecio muy especial por esas personas.

Cuando se comprende un poco mejor la realidad de su sufrimiento, dejan de hacer gracia las bromas que algunos gastan sobre este asunto, y más bien producen un profundo desagrado.

 

Muchos de ellos desean un cambio, y la idea de que no puede haberlo suele responder más a una reivindicación de grupo que a una realidad orgánica o fisiológica. Hay abundante experiencia de que quienes lo han logrado. Así lo asegura, por ejemplo, el psicólogo holandés Gerard van der Aardweg, sobre la base de una experiencia clínica de veinte años de estudios sobre personas que estaban en esa situación y deseaban salir de ella.

Aardweg insiste en que el homosexual tiene también instintos heterosexuales, pero que suelen ser bloqueados por su convencimiento homosexual. Por eso, la mayor parte de los pacientes que lo desean verdaderamente y se esfuerzan con constancia, cambian en uno o dos años, y poco a poco disminuyen o desaparecen sus preocupaciones, aumentan su alegría de vivir y su sensación general de bienestar. Algunos acaban por ser totalmente heterosexuales; otros tienen episódicas atracciones homosexuales, que son cada vez menos frecuentes conforme toma fuerza en ellos una afectividad heterosexual.

La Iglesia Católica les pide que vivan la castidad, exactamente igual que se lo pide a todas las personas heterosexuales que no están casadas.

 

Hay cierto debate sobre si es o no una enfermedad, pero está claro que no figura en el catálogo mundial de enfermedades mentales.

En 1973 la homosexualidad fue extraída del “Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders” (DSM), pero hay que decir que aquello constituyó uno de los episodios más oscuros de los anales de la medicina moderna. Fue relatado ampliamente por uno de sus protagonistas, Ronald Bayer, conocido simpatizante de la causa gay, y es un buen ejemplo de cómo la militancia política puede llegar a interferir y alterar el discurso científico. Durante los años previos a esa decisión se sucedieron repetidos intentos de influir en los congresos de psiquiatría mediante insultos, amenazas, boicots y otros modos de presión por parte de de activistas gays. El obstruccionismo a las exposiciones de los psiquiatras fue en aumento hasta llegar a tomar la forma de una auténtica declaración de guerra. La victoria final fue para el lobby gay, aunque hay que decir que, a pesar de las presiones, la aprobación de la exclusión de la homosexualidad del DSM no obtuvo más que el 58 % de los votos. Era una

mayoría cualificada para una decisión política, pero desde luego bastante débil para dar por zanjado un análisis científico de un problema médico. Se piense lo que se piense al respecto –y la falta de unanimidad médica debería ser una buena razón para optar por la prudencia en cuanto a las opiniones tajantes–, la verdad es que la controvertida decisión final estuvo más basada en la acción política que en una consideración científica.

 

¿Es o no una enfermedad?

«Fui homosexual activo durante veintiún años, hasta que me convencí de la necesidad de cambiar –explicaba Noel B. Mosen en una carta publicada en la revista New Zealandia.

»Con la ayuda de Dios, lo conseguí. Ahora llevo seis años felizmente casado y no experimento ninguno de los deseos homosexuales que antes dominaban mi vida. En todo el mundo son miles las personas que han cambiado, igual que yo.

»Es falso que se haya probado la existencia de un gen que determine la homosexualidad. Si los genes fueran determinantes, cuando uno de dos gemelos fuera homosexual, también el otro tendría que serlo; pero no ocurre así.

»Además, si la orientación sexual estuviera genéticamente determinada, no habría posibilidad de cambiar; pero conocidos expertos en sexología como D. J. West, M. Nichols o L. J. Hatterer, han descrito muchos casos de homosexuales que se convierten en heterosexuales de modo completamente espontáneo, sin presiones ni ayuda de ninguna clase.

»Mi experiencia es que la homosexualidad no es una condición estable ni satisfactoria. No es libertad: es una adicción emocional.»

En las últimas décadas, sin embargo, se ha impuesto una especie de férrea censura social que tacha de intolerante todo lo que contradiga la pretensión de normalidad defendida por determinados grupos homosexuales muy activos. Estos grupos de influencia presentan el estilo de vida homosexual de modo casi idílico. Transcribo, por el contrario, un testimonio publicado no hace mucho en El Semanal. «Leí la entrevista que salió en el número 656 de su revista el pasado 21 de mayo. Si ese chico es feliz viviendo su homosexualidad, pues me alegro. No quiero ahora valorar la homosexualidad ni a quienes la practican. Tan solo quiero dar mi testimonio por si a alguien le sirve. He vivido mi homosexualidad durante unos diez años. He sufrido constantes angustias, infidelidades, traiciones y celos. Desde hace un año he cortado con esas relaciones y procuro salir con chicas y cambiar de ambiente. Cada vez me encuentro más feliz y no quiero caer en los errores pasados. Creo considerarme un ex gay.

 

Aviso a navegantes: ¡ser gay no es tan rosa como lo pintan!»

 

No es una simple cuestión de palabras

La correcta comprensión de este asunto no es una cuestión de simples precisiones académicas o terminológicas. Acertar en esto representa una cuestión importante para bastantes personas que viven condicionadas por el viejo dogma de que la homosexualidad es algo innato, inmutable y extendidísimo.

No es extraño que un adolescente sienta unas leves tendencias homosexuales durante el desarrollo de la pubertad, habitualmente de modo pasajero y que pronto disminuyen. Pero si a esa chica o ese chico se le ha hecho creer que la homosexualidad es de origen genético, y que es algo permanente e inexorable, esa idea puede provocar que ese adolescente convierta una sencilla y circunstancial cuestión en una profunda crisis de identidad sexual.

Afirmar que las personas con inclinaciones homosexuales no pueden sino actuar según esas inclinaciones, supondría negar a esas personas lo más específicamente humano, que es la libertad personal. Probablemente esas inclinaciones no son decididas voluntariamente, pero siempre son libres de decidir no practicarlas para no reforzar esa tendencia.

 

¿Y qué contestarías a quienes dijeran que tus ideas sobre este tema son “homófobas”, y que por tanto no deben tolerarse?

Les pediría que rebatan mis afirmaciones. Todos tenemos derecho a sostener lo que nos parezca verdadero u oportuno. Si quieren rebatir afirmaciones científicas han de hacerlo con otras de la misma naturaleza. Si se trata de opiniones o juicios de valor, tendrán que oponer otros. Pero no la intolerante exigencia del silencio o de la rectificación forzosa. Porque hay mucho progresista cazador de brujas que quisiera quemar en una pira pública todo lo que no coincida exactamente con sus dogmas sobre el tema, pero la libre investigación científica y la libertad para expresar valoraciones y opiniones no pueden quedar limitadas por los prejuicios ideológicos, por más que estos se enmascaren con el ropaje de la dignidad ofendida.

Me llama la atención que quienes defienden, por ejemplo, la castidad o la fidelidad conyugal tengan que sufrir, en nombre de la tolerancia, todo tipo de ataques o de burlas, y sin embargo no se pueda opinar en otro sentido dentro de este tema. Parece que no puede hablarse sobre aquellos a quienes el “progresismo oficial” otorga la condición de agraviados. Es una curiosa “tolerancia unidireccional”, por la que unos pueden atacar pero nunca ser atacados. Al final es un simple un problema de libertad de expresión, pues dictaminar qué se puede o no defender públicamente es siempre un atentado contra la libertad de expresión, y la reducción del adversario al silencio es siempre síntoma de debilidad intelectual.

 

La actitud de la Iglesia

¿Y por qué la Iglesia católica parece tan dura y poco comprensiva con los homosexuales?

Creo que no es así. Es la misma sociedad la que, en muchas épocas y ambientes, ha sido dura y poco comprensiva con el homosexual. A veces los católicos se han contagiado de esa mentalidad, pero la Iglesia católica insiste en que esas personas deben ser acogidas con respeto y delicadeza, y que ha de evitarse respecto a ellas todo signo de discriminación injusta.

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2357-2359), las inclinaciones homosexuales son objetivamente desordenadas, y por tanto es inmoral realizarlas, pero el homosexual como persona merece todo respeto. Esas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

Es cierto que un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas, y que no eligen su condición homosexual, sino que ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. La acción pastoral de la Iglesia con estas personas –señala el teólogo Georges Cottier– ha de caracterizarse por la comprensión y el respeto. Con frecuencia se les ha hecho sufrir como consecuencia de actitudes que son más bien fruto de prejuicios que de auténticos motivos de inspiración evangélica. Tienen que sentirse miembros de pleno derecho de la parroquia, y para ellos vale la misma llamada a la santidad del resto de los demás hombres y mujeres. Hay que tener siempre presente la maternidad de la Iglesia, que ama a todos los hombres, también a aquellos que tienen pequeños o grandes problemas.

“Oirás muchas verdades
que llaman consoladoras;
pero la verdad libera primero
y consuela después”.
Georges Bernanos

Alfonso Aguiló
13.05.2008
 

Todo el mundo tiene deseos y apetencias sexuales. Y como somos humanos, no podemos ignorar que lo natural es que tengamos debilidades. Muchos piensan que no se le debe dar mayor importancia.

Cuando se dice “somos humanos”, muchos parecen querer justificar que lo natural en el hombre es no tener dominio sobre las pasiones y los instintos.

Sin embargo, debemos esperar algo más de nosotros mismos. Somos seres dotados de inteligencia, voluntad y libertad. Dios nos ha otorgado el don de la sexualidad no para deshonrarlo, abusar de él y degradarlo, sino para darle un uso conforme a nuestra naturaleza de personas racionales.

 

Decir “somos humanos”, en ese sentido, conduce a un lenguaje equívoco:

  • He estado viendo una película pornográfica cuando mi mujer estaba fuera. ¿Qué quieres que te diga...? Somos humanos.
  • Mi novio me dice... lo que dicen todos. Que si es verdad que le quiero, que se lo demuestre. Que “eso” es necesario para el conocimiento mutuo. Que es muy importante para enamorarse de una persona “saber cómo funciona en eso”. Somos humanos.
  • La otra noche, en un congreso en otra ciudad, coincidí en el hotel con una rubia encantadora. Todo el mundo lo hace. Las cosas son diferentes hoy día. Somos humanos.
  • Muchas revistas traen algunas páginas un poco fuertes. Las lee todo el mundo. Es verdad que son bastante morbosas, pero me gusta estar en lo que pasa y en lo que se ve en la sociedad de hoy. Somos humanos.

Dices que “lo hace todo el mundo”, que “somos humanos”, que todo eso no te afecta tanto, que ya eres adulto, que eres capaz de asimilarlo. No te engañes. Porque serás tú mismo quien recoja las consecuencias en tu propio corazón.

 

Porque esas claudicaciones van levantando en tu interior un muro que va endureciéndose más y más, hasta que al final no hay piqueta que lo derribe. Un dique en el que, aunque te cueste reconocerlo, muchos bloques no son otra cosa que egoísmo, y el egoísmo es un refugio equivocado, que acabará por oscurecer esa relación tuya quizá antes transparente.

 

Algunos dicen que es imposible vivir hoy sin concederse de vez en cuando “un respiro” en cuestión de sexo. Parece una forma poco razonable de justificarse. Además, con ese planteamiento, a esas personas no debería molestarles que se dudara de la honestidad de sus padres, de su mujer, o de su marido. Considerar la lujuria o la infidelidad como unos simples caprichos que no se pueden dejar es una triste forma de engañarse.

 

Vidas arruinadas por la lujuria

Todos hemos conocido o hemos oído hablar de personas cuya vida ha quedado destrozada por el mal uso del sexo. Quizá en el arranque de sus desdichas hubiera mucho de pretendida ingenuidad. Y en el asentarse de la adicción, un silencioso alimentar las propias debilidades.

 

Eran “pequeñas tonterías”, “cosillas sin importancia”. “Probar, que no pasa nada”. “Nuevas emociones”. “Una simple concesión sin más trascendencia, que no hace mal a nadie. Además, lo hace todo el mundo... Somos humanos”.

Sin embargo, como ha señalado la Madre Angélica, los frutos de ese dejarse arrastrar por la adicción al sexo tienen un costo, para ti y para tu alma. Son errores personales que nada tienen de inofensivos. A partir del momento en que se sucumbe, ese error –el pecado– deja de ser algo imaginario para entrar en la propia vida. Ahora se trata de mi error, de mi pecado. Está en mi memoria. Es real. No es algo de lo que pueda desentenderme fácilmente.

 

Quien se haya dejado llevar por el desorden sexual debe pararse a pensar, y decidirse a tomar una ducha fresca, intelectualmente hablando, que le despierte de los engaños consigo mismo, y así valore debidamente esos actos, esos programas de televisión, esas películas, esas páginas de internet, esas revistas o libros que acostumbra a ver o a leer. Dicen que no tiene importancia, pero en el fondo saben bien que el pecado siempre tiene importancia.

 

¿Pecado? Pero mucha gente no cree en el pecado...

La historia de la humanidad muestra con claridad que la conciencia del pecado es algo que siempre ha pesado sobre el hombre, pues el hombre es un ser que necesita remedio al sentimiento de culpa que le producen sus errores personales. Todas las religiones, e incluso los cultos más antiguos de la época precristiana, hablan del perdón y la expiación de los pecados, y todos los sistemas de pensamiento se plantean de una forma u otra el problema de la liberación del pecado.

 

Todo hombre comete errores. Unos serán más graves que otros, y unos más culpables que otros, pero todos comprometen en cierta manera su felicidad. El pecado siempre produce un daño a uno mismo, se quiera reconocer o no. De la misma manera que, por ejemplo, la droga destruye la salud del cuerpo, podría decirse que el pecado, si no hay arrepentimiento y rectificación, va deteriorando la salud del espíritu y arruinando la vida entera del hombre.

 

¿Y consideras importante la castidad para la fe de una persona?

Bernanos decía que si no había perdido la fe era porque Dios había tenido a bien guardarle de la lujuria. Me parece una afirmación acertada, porque en el arranque de todo alejamiento de Dios suele haber una claudicación en esta materia.

 

Concretando un poco

No se debe eludir ni tergiversar la realidad. Por más que se intente disfrazar, el adulterio es pecado. La unión sexual antes del matrimonio, la masturbación, la actividad homosexual, las películas y revistas pornográficas, todo eso, cuando se admite y se consiente, es pecado.

 

Pero nadie está exento del pecado...; ¿es que, entonces, nadie puede ser feliz?

Es cierto que nadie puede evitar totalmente el pecado. Pero, ante su natural acoso, caben dos actitudes: el afincamiento en él, o el arrepentimiento y el perdón.

Cuando uno se empeña en ignorar el pecado, acaba sucediendo lo mismo que cuando la basura se acumula dentro de casa y no se echa fuera. Al principio esa dejadez parece más cómoda, pero acaba por convertir la vida en algo muy desagradable.

 

Cada vez que se te presenta una ocasión de pecar, se te ofrece también una oportunidad de elegir el camino de la verdad. Mientras no consientas, mientras digas “no” –no importa cuantas veces tengas que repetir ese “no”–, no habrá pecado. Lo que importa es resistir la tentación, no acercarse a ella temerariamente, esforzarse con determinación.

Cada vez que se imponga tu debilidad y caigas en el mal, estás haciéndote daño a ti mismo, y quizá también a otros, y además estás rechazando a Dios. Te instalas en la mentira, una mentira quizá satisfactoria a corto plazo, pero que acabará por atraparte en la soledad o en la desesperación si no sales pronto de ella. Si es ahí donde te encuentras en estos momentos, sabes bien de lo que te estoy hablando y debes rogar a Dios que te conceda valor para cambiar.

Debes decirle a Dios que le necesitas, para salir del pecado o para no caer en él. No es necesario que recites una larga oración formal. Una súplica de ayuda será oída, pero debes seguir rezando hasta salir de aquello. Dios está junto a ti. No hace falta que le expliques tu caso. Ha sido testigo de todo.

 

¿Confesar los propios pecados a otro hombre?

 

¿Y no es demasiado pedir que haya que confesarse y manifestar los propios errores ante otro hombre?

Cuando un hombre se arrodilla en el confesionario porque ha pecado –escribe George Weigel–, en aquel preciso momento contribuye a aumentar su propia dignidad como hombre. Aunque esos pecados pesen mucho en su conciencia, y hayan disminuido gravemente su dignidad, el acto en sí de volverse hacia Dios es una manifestación de la especial dignidad del hombre, de su grandeza espiritual, de la grandeza del encuentro personal entre el hombre y Dios en la verdad interior de su conciencia.

 

Los no creyentes se preguntan si es apropiado revelar los más íntimos secretos a alguien que tal vez sea un extraño. La confesión fue, sin duda, una innovación audaz de la fe cristiana. Es un mandato del propio Jesucristo a su Iglesia, cuando dio a los apóstoles ese poder para perdonar los pecados: “a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. La confesión es una de las innovaciones más impresionantes del Evangelio.

 

Por otra parte, cuando el sacerdote confiesa, además de perdonar los pecados, actúa de alguna manera como acompañante del drama de la vida de otro hombre. Acompaña a otro ser humano como él, estimula su criterio espiritual, le ayuda a hacer más profunda su fe y a mejorar su discernimiento cristiano, que no ha de quedar en una mera letanía de prohibiciones morales. En el confesionario, el sacerdote se encuentra con el hombre en lo más hondo de su humanidad, ayuda a cada persona a internarse en el drama cristiano de su propia vida, única e irrepetible. Un drama lleno de paz y esperanza, pero presidido por la inevitable tensión dramática de la vida: la tensión entre la persona que soy y la que debo ser.

 

La Iglesia busca reconciliar al hombre con Dios, con los otros hombres, con toda la creación. Y una de las maneras que tiene de hacerlo es recordar al mundo la realidad del pecado, porque esa reconciliación es imposible sin nombrar el mal que origina la división y la ruptura.

 

El pecado es una parte esencial de la verdad acerca del hombre. El hombre puede hacer el mal, y lo hace. Y abre con ello una doble herida: en él mismo y en sus relaciones con su familia, amigos, vecinos, colegas y hasta con la gente que no conoce. Llamar por su nombre al bien y al mal es el primer paso hacia la conversión, el perdón, la reconciliación, la reconstrucción de cada hombre y de toda la humanidad. Tomarse en serio el pecado es tomarse en serio la libertad humana. Cuanto más se acercan los hombres a Dios, más se acercan a lo más profundo de su humanidad y a la verdad del mundo.

Dios no desea sino nuestro propio bien. Desobedecer sus mandatos es ir contra nuestra verdad como hombres, causarnos daño a nosotros mismos. “El pecado –ha escrito Javier Echevarría– no se queda en algo periférico que deja inmutado al que lo realiza. Precisamente por su condición de acto contra nuestra verdad, contra lo que verdaderamente somos y contra lo que verdaderamente estamos llamados a ser, incide en lo más íntimo de nuestra naturaleza humana, deformándola.

 

Todo pecado hiere al hombre, descompone el equilibrio entre la dimensión sensible y la espiritual, y genera en el alma un desorden íntimo entre las diversas facultades: la inteligencia, la voluntad, la afectividad. Después, y como consecuencia del pecado, nuestras potencias operativas aparecen debilitadas y, frecuentemente, en conflicto entre sí: a la mente, sometida al influjo de las pasiones, le resulta arduo acoger la luz de la verdad y separarla de las nieblas de lo falso; la voluntad encuentra dificultad para elegir el bien, y se siente tenazmente atraída por la búsqueda de la autoafirmación y del placer, aun cuando se opongan al bien y a la justicia; nuestros afectos y deseos tienden a centrarse con egoísmo en nosotros mismos”.

Pecar es dar la espalda a Dios. A partir del momento en que reconozcas la verdad –esa verdad sencilla y liberadora, bien presente y clara cuando no nos resistimos a verla–, a partir de ese momento en que –en palabras de Lloyd Alexander– “has tenido el valor de mirar al mal cara a cara, de verlo por lo que realmente es y de darle su verdadero nombre, a partir de entonces carece de poder sobre ti y puedes superarlo”.

 

“Cuando el amor desenfrenado
entra en el corazón,
va royendo todos los demás sentimientos;
vive a expensas del honor,
de la fe y de la palabra dada”.
Alejandro Dumas

Alfonso Aguiló
13.05.2008
 

En un estudio reciente sobre la adicción sexual, Patricia Matey comenzaba diciendo: “La adicción al sexo es una de las dependencias menos confesadas y visibles de todas las que existen. No obstante, ha aumentado el número de pacientes que pide ayuda debido a las consecuencias de su trastorno: ruina económica, matrimonios rotos, problemas laborales, ansiedad y depresión”.

Los expertos señalan que este trastorno no es nuevo, aunque solo recientemente ha sido reconocido como un serio problema social, con consecuencias semejantes a las de otras adicciones más conocidas, como el alcohol, las drogas o la ludopatía.

 

A diferencia de otras adicciones –señala José Ramón Ayllón–, la dependencia sexual puede adoptar múltiples formas: desde la masturbación compulsiva a los abusos sexuales, pasando por relaciones con múltiples parejas heterosexuales u homosexuales, encuentros con personas desconocidas, recurso continuo a la pornografía, prostitución o líneas eróticas, exhibicionismo, pedofilia, turismo sexual, etc. El comportamiento compulsivo sexual se gesta, en la mayoría de los casos, en la mente, donde las fantasías sexuales y los pensamientos eróticos se convierten en engañosas válvulas de escape de los problemas laborales, las relaciones rotas, la baja autoestima o la insatisfacción personal.

 

Los adictos al sexo son hábiles en el disimulo, porque su problema les avergüenza. Pero, con frecuencia, su dependencia se acaba sabiendo. “Algunos acuden a la consulta –explica Roselló Barberá– cuando las facturas del teléfono de líneas eróticas o los contactos con prostitutas les han arruinado económicamente o su cónyuge les ha descubierto. Otros deciden pedir ayuda porque quieren poner fin a una adicción que está haciendo naufragar su matrimonio, les ha causado problemas legales o les está empujando al suicidio. O porque su dependencia les lleva a hacer cosas que nunca hubieran imaginado, y eso les causa un sufrimiento insoportable.”

 

Siempre alguien paga por ello

La incontinencia sexual suele traer, después de los primeros momentos de goce, una pesada impresión de insatisfacción, de error, de disgusto. Sabes que has hecho algo indebido. Es fácil que te sientas descontento, culpable, degradado. Después, con el tiempo, quizá llegues a racionalizarlo de alguna manera y consigas olvidarlo, o considerarlo normal, o incluso positivo, pues cuando el pecado se convierte en hábito, su dependencia dificulta cada vez más discernir lo bueno y lo malo. Cuando se antepone el placer a la responsabilidad, siempre hay un precio que pagar. Los que creen poder conseguir lo uno y lo otro se dejan engañar con demasiada facilidad.

 

La obsesión por la satisfacción de los propios deseos ciega a quien la sufre. Impide ver el efecto perjudicial que ese comportamiento tiene sobre los demás. Pero alguien, en algún momento, tendrá que pagar por esas claudicaciones. Puede que sea una persona con cuyos sentimientos más íntimos has jugado; o una criatura aún no nacida que acabará sus días en un cubo de basura, condenada porque fue el resultado de un “error”; o un matrimonio, y quizá unos hijos, destrozados por una relación adúltera frívola y absurda. Un egoísmo disfrazado de amor que ha roto un compromiso, ha allanado los derechos de otro, o ha convertido a unos niños en víctimas inocentes.

 

Siempre hay alguien que paga por ello. Entre otras cosas, porque quien nunca falta en esa cadena de quebrantos es uno mismo. Tolstoi aseguraba que el hombre que ha conocido a varias mujeres para solo su placer, ya no es un hombre normal, sino alguien que difícilmente dejará de ver a la mujer como a un objeto. Será un hombre que necesitará, para volver a ser normal, todo un proceso de rehabilitación. Un hombre que pagará un alto precio por haberse dejado seducir por esa máscara del amor.

 

Una sensación de inquietud

Cuando la Iglesia católica dice que hay que ser generoso, preocuparse de los demás, o acordarse de los pobres, la mayoría de la gente lo escucha con aire distraído. Pocos se sienten interpelados.

Sin embargo, sorprendentemente, cuando la Iglesia habla sobre la castidad, muchos se rasgan las vestiduras y dicen que es una especie de represión absurda e intolerable, un resto de antiguos puritanismos y anacronismos ridículos.

 

-¿Y por qué crees que hay una reacción tan diferente ante unos temas y otros?

No lo sé. La Iglesia se limita a hablar, no les está forzando a nada. Pero se ve que ante este tema experimentan una profunda inquietud. Quizá haya algo de mala conciencia, si reaccionan de modo tan crispado y vehemente.

 

Los engaños más habituales

 

-Muchos dicen que nadie puede dictarles lo que tienen que hacer con su sexualidad. Que para ellos “vale todo”.

Desde luego, yo no voy a dictarles nada. Pero me parece que ese modo de hablar es una forma un poco tosca de eludir la realidad moral. En cualquier análisis sobre lo que debe o no hacerse, decir que “vale todo”, es como decir que nada vale, pues, al hablar así, todo diálogo y todo uso de la inteligencia pierden su sentido. No parece un buen enfoque para hablar de valores ni para llevar una vida razonable.

 

De todas formas, pienso que es una actitud que, como todas, hay que procurar comprender. No creo que haya que responder a esas personas con prepotencia ni menosprecio, pues todos esos planteamientos suelen responder a una crisis personal que cuesta superar, y lo más sensato es manifestar una comprensión sincera, y no enfrentarse sino ofrecer ayuda.

Como ha escrito Carmen Martín Gaite, para muchos el sexo es “un intento de remediar el aislamiento personal, pero que solo lo proyectan fuera de sí. Y aunque, en el mejor de los casos, pueda coincidir con la proyección fuera de sí que desencadena el aislamiento del otro, siempre se tratará de individuos que, si comparten algo, es un estado de crisis. La crisis más intensa que se pueda imaginar, pero al mismo tiempo la más insignificante. Lo mismo que las olas: perseguirse, gozar y luego deshacerse por separado”.

 

Esas personas deberían comprender que desentenderse de la ley moral acaba tarde o temprano en serios disgustos. Así queda reflejado con brillantez, por poner un ejemplo, en la película “Infiel”, de Liv Ullmann, que aborda con cierta profundidad el drama del adulterio. Cuando dos personas inician una relación adúltera, piensan quizá que es como un juego para adultos. Los principios morales desaparecen. Amémonos al límite, seamos felices juntos, olvidémonos de qué es bueno y qué es malo, que no pasa nada.

 

Sin embargo, tarde o temprano descubren que no da igual olvidarse de la naturaleza y de sus leyes. Querían hacer como que eran dioses que se dan a sí mismos su naturaleza y sus leyes, y no tardan mucho en comprobar que se han mentido a sí mismos, y sobreviene entonces la consiguiente tragedia. Querían jugar a que no había principios morales, y súbitamente aquella simulación y aquel fingimiento se desmoronan.

Lo que era un matrimonio unido, una hija feliz, un buen amigo, acaba todo deshecho por la irreflexión, por el egoísmo de la sensualidad que ciega y lleva a la irresponsabilidad, e incluso a la crueldad, a destrozarlo todo. Las víctimas son ellos mismos, sus familias, esa niña que ha sido utilizada en el juego de adultos, arrollada por un torbellino emocional que desgarra su vida, sin entender bien cuál es su papel en esa historia de deslealtades.

 

-Pero los modelos de castidad que muchas veces se nos han presentado suenan a rigorismo, a represión, a algo antiguo...

En cuanto a lo de antiguo, habría que decir que el relajamiento en la conducta sexual es mucho más antiguo. La laxitud de costumbres en estos temas está presente desde épocas muy primitivas, como bien atestigua la historia.

En cuanto a los viejos y necios rigorismos, estoy de acuerdo en que conviene romper con las visiones timoratas o encogidas de la sexualidad, pero no sería sensato invocar esos errores para justificar otros. No se trata de defender antiguos puritanismos, ni de volver a la época victoriana, ni a la Edad Media. Se trata de caminar hacia la verdad sobre el hombre.

 

-Otras veces lo que piensas es que todas esas ideas que dices son muy bonitas, estupendas, pero demasiado difíciles, y que lo realista es aprovechar un poco los pocos placeres de que hoy se puede disfrutar...

Ese señuelo que describes se ha presentado siempre ante el hombre, y no solo para seducirle por los placeres del sexo sino por otros muchos caminos. Son razonamientos muy parecidos a los que se hace quien cae en las redes de la mentira, el alcohol, el juego, o la comisión ilegal.

Todas las deslealtades y todas las infidelidades suelen empezar poco a poco, con pequeños hábitos, sin movimientos ni quiebras violentas, sin derrumbamientos repentinos..., pero cuando uno se quiere dar cuenta está enganchado.

 

Son –en palabras de Robert McCammon– “monstruos horribles que se cuelan en las casas, retorcidos y sonrientes detrás de la cara de un ser querido”.

Por eso, en los momentos de tentación hay que levantar un poco la mirada hacia el tipo de persona que uno quiere ser, hacia la necesidad de alcanzar un dominio sobre los propios instintos para así fortalecer la propia afectividad y ser una persona honesta.

 

-Sí, pero cuando estás en esas tesituras no sueles querer pensar mucho en el futuro, piensas sobre todo en el presente...

Es cierto, y ese es casi siempre el juego dialéctico de cualquier tentación. Su principal empeño es impedir que pienses en el futuro. Su triunfo es conseguir que pienses solo en ese placer cercano, de ese momento. Su gran logro es..., en definitiva, que no quieras pensar. Pero bien sabemos que la calidad de una persona se muestra, entre otras cosas, en que es también capaz de pensar con sensatez cuando la tentación arrecia.

O que, al menos, es capaz de darse cuenta de que las cosas no son como las ve cuando está bajo el hechizo de la tentación, sino que son como las veía cuando pensaba con lucidez.

 

“El amor consiste
en sentir que el ser sagrado
tiembla dentro del ser querido”.
Platón

Alfonso Aguiló
13.05.2008
 

-¿Por qué la Iglesia católica parece empeñada en que todo el mundo tenga “los hijos que Dios le mande”?

Esa afirmación es un tanto equívoca. La Iglesia católica habla sobre todo de “paternidad responsable”, que en absoluto significa una procreación ilimitada, ni una falta de consideración ante las dificultades que conlleva criar a los hijos. Se trata de que los padres usen de su inviolable libertad con sabiduría y responsabilidad, teniendo en cuenta su propia situación y sus legítimos deseos, a la luz de la ley moral.

La Iglesia católica no sostiene la idea de una fecundidad a toda costa. La Iglesia alaba y promueve la generosidad que supone formar una familia numerosa. Como es lógico, cuando hay serios motivos para no procrear, o para espaciar los nacimientos, esa opción es lícita. Pero permanece el deber de hacerlo con criterios y métodos que respeten la verdad total del encuentro conyugal en su dimensión unitiva y procreativa, como es sabiamente regulada por la naturaleza misma en sus ritmos biológicos.

 

¿Y por qué no los medios artificiales?

 

-Pero si lo que se persigue es lo mismo..., ¿qué más da utilizar métodos naturales o artificiales?

Si se emplearan los métodos naturales con una finalidad exclusivamente antinatalista y sin suficiente motivo, en tales casos sería ciertamente difícil distinguirlos de los medios artificiales (en cuanto a su valor moral, se entiende).

Pero el recto recurso a la continencia periódica se diferencia sustancialmente de las prácticas anticonceptivas. Los medios artificiales se dirigen siempre a quitar su virtualidad procreadora a los actos conyugales, falsificándolos de raíz. En cambio, los métodos naturales, si se realizan por motivos justos, respetan la naturaleza propia de la sexualidad y de sus ritmos biológicos. No se trata, pues, de una simple diversidad de métodos, sino de una diferencia ética de comportamiento.

 

Además, los métodos naturales facilitan el respeto a la otra persona y a su cuerpo. La abstinencia temporal, decidida de mutuo acuerdo por el hombre y la mujer, no solo no debilita el amor, sino que lo hace más fuerte, más libre y más profundamente personal. En cambio, con los medios artificiales se abre el camino a que cada uno –y sobre todo el varón–, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, se despreocupe del equilibrio físico y psicológico de la otra persona, y llegue a considerarla como un objeto de placer sexual que debe estar siempre disponible para su propia satisfacción. Muchos acaban comprendiendo esto, y desearían poder emplear esos métodos naturales (son eficaces, gratuitos y sin efecto secundario alguno), pero sus maridos o mujeres no están preparados para un cambio tan radical. Los anticonceptivos llevan a estar sexualmente disponible sin exigir compromiso. Los métodos naturales, en cambio, son comparables a una dieta: exigen sacrificios mutuos, pero fortalecen la relación de los esposos con Dios y favorecen la misma relación conyugal.

 

—Pero los métodos naturales fallan...

Hace tiempo que eso ya no es así. La anticoncepción química o instrumental falla tanto o más, aunque se diga mucho menos, quizá porque mueve grandes intereses comerciales (no hay que olvidar que los métodos naturales ponen en peligro los fabulosos ingresos que produce la industria de la anticoncepción). Una prueba de que los métodos artificiales también fallan es la insistencia en el aborto o la píldora del día después para los casos en que el preservativo o la píldora anticonceptiva no han producido el efecto deseado.

Los métodos naturales, además de ser compatibles con todas las culturas y todas las religiones, son fáciles de enseñar y comprender. Son gratuitos y sin efecto secundario alguno. La libertad y los derechos de la mujer o del marido se respetan mejor, pues desarrollan una relación interpersonal más profunda entre los esposos, basada en la comunicación, las decisiones compartidas y el respeto recíproco: fortalecen el matrimonio y, por tanto, la vida familiar.

Además, y puesto que los métodos naturales ayudan a conocer los períodos de fertilidad o infertilidad, también sirven para ayudar a los cónyuges a conseguir el embarazo cuando este no llega con facilidad. De hecho, han hecho posible la fecundidad de muchos esposos que se consideraban no fértiles.

 

Hábitos que hacen daño

 

-¿Y qué dices sobre la idea de promover la distribución de preservativos a adolescentes en escuelas y colegios?

Al proporcionar los preservativos y animar a adolescentes a emplearlos, no se les está simplemente proporcionando un método para evitar embarazos o para impedir el contagio del sida. Aparte de que para ambas cosas está demostrándose un medio bastante poco eficaz, lo que ese uso juvenil del preservativo modifica es el comportamiento de sus usuarios, pues a través de esa práctica se impone una determinada manera de conducirse en su vida sexual.

Como ha señalado Aquilino Polaino, al suministrar el preservativo, se está estimulando una conducta que, con la repetición de actos (con el consumo de más preservativos), acabará por configurar y modular una determinada facilidad para las relaciones sexuales, pues se implanta y emerge un nuevo hábito de comportamiento. En la persona en que arraigue el nuevo hábito, cambiará también su sistema perceptivo y, por consiguiente, cualquier estímulo erótico tendrá más capacidad de suscitar en él una respuesta sexual, haciéndole más dependiente –y por tanto menos libre– con respecto a lo que le plantea el ambiente.

Por otra parte, su organismo también se habituará a ese tipo de respuestas sexuales, frustrándose con mayor frecuencia e intensidad cuando no pueda satisfacer la facilidad para obrar de esa manera que ahora le reclama –con una mayor exigencia que antes– el nuevo hábito.

Por consiguiente, en tanto que el uso del preservativo genera un hábito de comportamiento y, a través de este, una mayor facilidad para obrar así con mayor frecuencia, habrá que concluir que propiciar su uso multiplica la probabilidad de que en el futuro los usuarios establezcan más relaciones sexuales (es decir, mayor número de contactos potencialmente contagiosos). Por eso, la estrategia de recomendar preservativos, como se ve, no solo está equivocada, sino que además es peligrosa. Si realmente se quiere ayudar a la juventud, y nos preocupa el aumento de embarazos en adolescentes y el contagio por sida, las campañas de ayuda no tienen que apuntar a lo puramente biológico, sino a cultivar en ellos su espíritu, su recta razón, y esas facultades tan importantes en el ser humano como son la voluntad y la libertad.

 

Dos brotes de una misma mentalidad

 

-Hay quien acusa a la Iglesia católica de favorecer de hecho el aborto al continuar obstinadamente enseñando la ilicitud moral de la anticoncepción.

Ese razonamiento es un tanto extraño. Me parece difícil que alguien evite los anticonceptivos, y que los evite precisamente por seguir las enseñanzas de la Iglesia, y que a su vez esté pensando en abortar después, cuando la misma Iglesia afirma que el aborto es un crimen.

Pienso que sucede al revés. La mentalidad anticonceptiva hace más fuerte la tentación del aborto ante la eventual llegada de una vida no deseada, y es patente que la cultura abortista está mucho más desarrollada en los ambientes que rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción.

La anticoncepción y el aborto, a pesar de ser errores de naturaleza y peso moral muy distintos, a menudo están muy relacionados, pues son fruto de una misma mentalidad: cuando la vida que podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo a evitar absolutamente, el aborto suele ser la única respuesta posible frente a una anticoncepción frustrada.

 

-¿Y qué dices de la transmisión del sida?

No faltan también quienes reclaman a la Iglesia mayor "comprensión". La secuencia argumentativa suele ser así de simple: el sida se transmite por contagio sexual, la Iglesia se opone al uso del preservativo, luego la Iglesia está colaborando en la difusión de la epidemia.

 

Así razonaba, por ejemplo, un conocido político italiano, que no hace mucho pidió a la Iglesia que cambiara su criterio para salvar así millones de víctimas del sida en África. Por fortuna, no hizo falta respuestas muy elaboradas para documentar lo que resultaba patente para quienes conocen de cerca aquel drama: la epidemia del sida es mucho más fuerte en las zonas donde menos presente está el cristianismo, y donde por tanto poco puede influir la Iglesia en las mentalidades y los consiguientes comportamientos.

 

Como explicaba Mia Doornaert, si los varones africanos fueran tan respetuosos con la palabra del Papa que rechazaran por eso cualquier medio anticonceptivo, se supone que serían igualmente estrictos para seguir el resto de las enseñanzas de la Iglesia, que predican la monogamia, la pureza extramatrimonial y la fidelidad conyugal, que es lo que realmente podría frenar la difusión del virus. Y no parece que sea así. No es serio echar la culpa al Papa y al Vaticano de la propagación del sida, por la misma razón que no es serio pensar que el varón africano, que usa de su sexualidad según tradiciones muy lejanas a lo que la Iglesia católica recomienda, esté esperando la palabra de Roma para usar o no un preservativo.

 

Y aparte de que el preservativo es mucho menos seguro de lo que muchos piensan, quienes conviven a diario con el problema del sida saben bien que para luchar contra esa tragedia en esos países hay que ir por la vía de una educación que eleve el nivel económico y cultural, la conciencia de la dignidad de cada hombre y, sobre todo, la valoración de la mujer. Y a todo eso ayudan en gran manera los millares de misioneros que gastan allí su vida creando y manteniendo hospitales y escuelas.

 

Además, el hecho de que en Europa –según un reciente estudio francés del Instituto Nacional de la Salud– dos de cada tres mujeres que han abortado o no han deseado el último embarazo utilizaran anticonceptivos considerados “seguros”, revela que los fallos de utilización u otros no explicados son bastante mayores de lo que aseguran sus fabricantes y vendedores. La política de repartir o vender preservativos y asegurar que son “sexo seguro” no está funcionando: ¿no sería lógico por tanto que al menos se respete un poco a quien sostiene que es más realista una prevención del sida basada en una conducta sexual más responsable que evite la promiscuidad?

 

Es muy difícil...

 

-La doctrina católica sobre la sexualidad sigue pareciendo a muchos muy difícil de seguir. Si fuera menos exigente, quizá abandonaría menos gente la Iglesia.

Hoy la Iglesia católica es casi la única iglesia cristiana en todo el mundo que tiene el valor y la integridad de enseñar esta verdad tan impopular. Por ejemplo, hasta aproximadamente el año 1930 la postura de todas las iglesias cristianas había sido unánime en su rechazo de la anticoncepción. Todos los reformadores (Lutero, Calvino, Zwinglio, Knox, etc.) mantuvieron sobre esta cuestión la misma postura que la Iglesia católica. Sin embargo, en torno a esa fecha las iglesias protestantes empezaron a ceder, una tras otra, y los resultados muestran que esa condescendencia no ha hecho más atractivo el Evangelio, ni ha llenado sus templos, ni ha disminuido sus problemas. Aceptar esas prácticas que la Iglesia católica no admite no ha resuelto nada.

 

Vivir bien la moral sexual es sin duda un reto. Ofrece un modelo de vida exigente, pero revestido de auténtica humanidad. Un estilo que puede y debe cambiar muchas cosas en nuestra sociedad. Si se vuelve la mirada a la historia, y se analiza, por ejemplo, la figura de San Benito y su enorme influencia en las raíces culturales de Europa, vemos que fue un hombre que marchó bastante en contra de su tiempo. Pero su singularidad se convirtió más tarde en la clave de todo un cambio cultural y espiritual sobre el que se ha cimentado el mundo occidental de hoy. También ahora, en nuestro tiempo, hay muchos buenos cristianos que no aceptan esos modelos de permisividad sexual, aunque estén tan extendidos que casi se nos imponen. Son personas que buscan en la fe nuevos modelos de vida. Quizá aún no llamen la atención de la opinión pública, pero con el tiempo, el futuro reconocerá la importancia de lo que están haciendo.

 

El amor es una fuente inagotable de reflexiones:
profundas como la eternidad,
altas como el cielo
y grandiosas como el universo.
Alfred de Vigny

Alfonso Aguiló
13.05.2008
 

Es cierto que, desde que el mundo es mundo, el sexo ha tenido siempre una gran presencia en todas las civilizaciones. El instinto de conservación y el instinto sexual (que es como el instinto de conservación de la especie) son los impulsos más fuertes a los que el hombre, desde siempre, ha estado sometido.

 

Sin embargo, estamos quizá ahora en una época un tanto especial. Como afirma Julián Marías, “el sexo ocupa un espacio absolutamente incomparable con el que le correspondía en cualquier otra época”. Es un reclamo comercial que se difunde masivamente, y la presencia de imágenes y estímulos sexuales en la vida del hombre de hoy no tiene comparación con ningún otro tiempo ni cultura.

Un alto porcentaje de los impulsos eróticos del hombre o la mujer de hoy son consecuencia directa de alguna incitación artificial, casi siempre mediante imágenes en los medios de comunicación o de entretenimiento, o bien del recuerdo de esas imágenes que permanece en la memoria y alimenta la imaginación. Y casi todas proceden de imágenes de televisión, vídeo, cine, internet, videojuegos, ilustraciones de revistas..., que son medios que hace no muchas décadas no existían, o al menos se tenía a ellos un acceso muy limitado. Y son imágenes que se presentan, por lo general, de modo incitante o provocador.

 

No quiero con esto caer en esa queja un tanto simple, que se ha repetido en todos los tiempos, acerca de la inmoralidad dominante en comparación con épocas anteriores. No estoy a favor de ese tópico que hace a tantos a agrandar los males presentes e idealizar lo pasado, entre otras cosas porque no sería serio pensar que nuestra época es mucho peor que otras en las que se dijo exactamente lo mismo. Pienso que unas cosas habrán mejorado respecto a épocas pasadas, y otras, lo contrario.

 

Pero es un hecho que en la actualidad el estímulo sexual está hipertrofiado en muchos ambientes y muchas personas, porque ese aluvión de imágenes incitantes conduce con facilidad a una cierta obsesión, en buena parte inducida y, desde luego, poco favorable para el sano desarrollo de la psicología y la moralidad de cualquiera. Cuando se ve que para muchos el sexo se convierte en tema recurrente de sus conversaciones, objeto constante de sus deseos y ansiedad enfermiza de sus pensamientos, no sería muy aventurado decir que la genitalidad ha invadido sus mentes y ha dejado baldías grandes áreas de sus potencialidades humanas.

 

—Bueno, es que ha habido una etapa de represión sexual, y es lógico que ahora venga un poco de obsesión por el sexo.

Me parece que hay que ser comprensivos con los efectos pendulares, que llevan a veces a extremos erróneos como reacción a otras etapas en el error contrario. Pero no puede decirse que sea conducta propia de mentes esclarecidas. La obsesión sexual no es el tratamiento más adecuado para curar a nadie de unos años de represión.

La sobreexposición a lo erótico supone un perjuicio notable para la afectividad y la moralidad del hombre, y quizá hasta ahora la sociedad no lo ha valorado suficientemente. Por eso es tan grave el daño que producen quienes hacen negocio explotando las pasiones más bajas de los demás, pues se enriquecen a costa de atropellar la moral de las personas y del ambiente social.

 

Un daño para la afectividad

Muchas personas se encuentran con que la imagen que en su interior tienen del sexo está distorsionada. Notan que sus ojos se han enturbiado. Que se ha dañado su afectividad, y su imagen del sexo no es precisamente la de un modo de expresar amor tierno y profundo a la persona amada. Que su imaginación y su memoria están artificial y enfermizamente polarizadas hacia el deseo sexual.

 

—¿Y qué crees que deben hacer?

Para descubrir la riqueza del amor pleno, para llegar a conocer y a enamorarse de verdad, y no simplemente desear a otro para saciar el afán de sexo, necesitarán un notable esfuerzo para que su atención no quede absorbida por los aspectos externos y meramente sexuales de la otra persona.

 

De entrada, conviene no asombrarse demasiado al ver lo intenso que puede llegar a ser el instinto sexual sobrealimentado por esa omnipresencia de lo erótico. Ese tirón puede ser en efecto muy fuerte, y por momentos presentarse incluso de modo agobiante. Encauzarlo rectamente será indudablemente costoso, pero no un esfuerzo permanente, pues se presenta solo en algunos momentos puntuales. Para quien aprende a mantenerse a una prudente distancia de las ocasiones más claras, puede decirse que es solo un pequeño conjunto de esfuerzos aislados que no cuestan tanto.

 

Además, abandonarse al mal uso del sexo suele resultar aún más fatigoso, y con facilidad lleva a angustias y conflictos psicológicos. Basta pensar, por ejemplo, en la ansiedad del chico o la chica que, en vez de disfrutar de la amistad o del noviazgo, pasa la noche probando estrategias diversas, con todo su cortejo de tensiones y frustraciones, hasta conseguir seducir a su presa..., para comprobar después que aquel placer tan anhelado... no era para tanto.

En cambio, la lucha por vivir la castidad brinda al hombre una oportunidad de ganar mucho precisamente en su dignidad como persona, pues una de las cosas que nos distinguen de los animales es que somos capaces de educar nuestros impulsos.

 

¿Y cómo Dios nos lo ha puesto tan difícil?

 

—¿Y por qué Dios ha puesto en el hombre ese deseo tan intenso, si luego resulta que es malo?

Ya hemos dicho que el deseo sexual no es malo de por sí, ni mucho menos. La lujuria –el mal uso del sexo– es una deformación de la legítima apetencia sexual humana, igual que el cáncer de hígado es una alteración del hígado, órgano que nada tiene de innoble. Confundir el deseo sexual con la lujuria sería como confundir un órgano con el tumor que lo está destruyendo.

De la misma manera que un tumor destruye un órgano cuando sus propias células tienen un desarrollo ajeno a su función natural, puede decirse que la búsqueda del placer sexual fuera de sus leyes naturales produce una alteración en la función sexual natural del hombre.

Las grandes energías (como el impulso sexual, sin el que la persona no puede madurar como tal), si se desconectan de su unidad humana originaria, pueden desplegar un gran poder de destrucción. La sexualidad bien vivida en el matrimonio es algo estupendo, pero fuera de sus límites naturales es algo realmente peligroso: igual que es estupendo hacer fuego un día de invierno en la chimenea, pero es peligroso encenderlo encima de la moqueta o del sofá.

 

Arte y pornografía

 

—¿Y no se exagera un poco a veces con lo que supone el desnudo? No siempre tiene que considerarse pornográfico, puede ser una expresión artística.

En todas las épocas, y sobre todo desde el arte clásico griego, existen obras cuyo tema es el cuerpo humano desnudo. Y si son verdadero arte, esas obras ayudan a comprender el misterio personal del hombre, y no incitan a rebajar al hombre o la mujer a un mero objeto de placer. El arte verdadero ennoblece todo lo que es humano, mientras que la pornografía convierte la intimidad humana en un objeto de deseo público.

La enseñanza de la Iglesia católica no está en contra del desnudo artístico, sino en contra de la desnaturalización del sexo mediante su utilización comercial o su deliberada exhibición ante terceras personas, porque tales conductas degradan la dignidad de la comunicación sexual y envilecen a las personas.

 

Hay multitud de obras de arte cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez, y su contemplación nos permite centrarnos, en cierto modo, en la verdad total del hombre, en la dignidad y belleza de la masculinidad y feminidad. Estas obras tienen en sí, como escondido, un elemento de sublimación, que conduce al espectador, a través del cuerpo, a todo el misterio personal del hombre. En contacto con estas obras –que por su contenido no inducen a la lujuria–, de alguna forma captamos el significado esponsal del cuerpo, que corresponde y es la medida de la pureza del corazón.

 

Sin embargo, hay otras ocasiones en que el desnudo suscita objeciones en la sensibilidad personal del hombre, no por causa de su objeto –pues el cuerpo humano, en sí mismo, tiene siempre su inalienable dignidad–, sino por la cualidad o modo en que se reproduce artísticamente, se plasma o se representa. Si la intencionalidad fundamental que subyace supone una reducción del cuerpo humano a rango de objeto destinado a la satisfacción de la concupiscencia, esto colisiona con la dignidad del hombre, incluso en el orden intencional del arte.

 

Hay que pensar, además, que si la cultura ha mostrado a lo largo de la historia una tendencia clara a cubrir la desnudez del cuerpo, no ha sido solo por exigencias climáticas, sino también como fruto de un proceso de crecimiento de la sensibilidad personal: el hombre no quiere convertirse en objeto para los demás, y la necesidad de velar por la intimidad del propio cuerpo refuerza la profundidad misma del sujeto como persona. Se puede recordar cómo, por ejemplo, en los campos de exterminio la violación del pudor era un método usado conscientemente para destruir la sensibilidad personal y el sentido de la dignidad humana. No es una cuestión de mentalidad puritana ni de moralismo estrecho. Es una cuestión que afecta a la misma dignidad de la persona.

 

“El amor casto
engrandece a las almas”.
Víctor Hugo

Alfonso Aguiló
13.05.2008
 

El regate de la tentación es muy parecido en todos los ámbitos de la vida del hombre. Si una persona quiere abandonar el alcohol, pero tiene a mano la botella, y su deseo es más fuerte que su razón, sucumbirá tarde o temprano. Y eso aunque luego no tarde mucho en darse cuenta de que la tentación le ha vuelto a engañar de nuevo. Y que además le ha engañado con el mismo quiebro de siempre.

 

Todo hombre tiene en su interior zonas más o menos extensas de oscuridad, de confusión, de obcecación. Momentos de ofuscación que hacen posible que ejecute una acción mala atraído por los aspectos engañosamente buenos que esa acción presenta.

 

Quizá por eso, la mejor baza de la tentación siempre ha sido lograr que, mientras dure, el resto del mundo parezca carente de interés. Su gran logro es cortar cualquier discurso racional en contra del deseo. Por eso, en muchos casos, lo más inteligente, la forma más segura de preservar la lucidez de la mente, es, simplemente, mantenerse a cierta distancia de la tentación. Conociendo la fuerza del instinto y la resistencia de la propia voluntad, sabremos a qué podemos exponernos y a qué no.

 

Es lo que, según cuenta la Odisea, decidió hacer Ulises al pasar por delante de aquel lugar en que todos los navegantes quedaban embaucados por el canto de las sirenas y acababan perdiéndose contra los arrecifes. Ulises pidió a sus hombres que todos se taparan con cera los oídos, y que a él le ataran con cuerdas al mástil del barco, y ordenó que no le soltaran por mucho que luego lo pidiera. Así lo hicieron, y gracias a eso logró superar aquel difícil trance. No debe olvidarse que es difícil tomar contacto temerariamente con el vicio y no dejarse luego arrastrar por él.

 

Desarrollar buenas razones

Para hacer frente al viejo regate de la tentación, es preciso, en primer lugar, hacer un serio esfuerzo por clarificar la inteligencia. Así se consolidarán las propias convicciones morales y serán más firmes.

 

-¿Y cómo se consigue?

Por ejemplo, es importante desarrollar argumentos y razones interiores que ayuden a hacer frente a esos deseos no legítimos.

  • Quizá a un chico o una chica joven le ayude pensar que, si no aprende a dominar su pasión sexual en la juventud, igual o más difícil le resultará después ser fiel en el matrimonio, con la consiguiente amenaza para la estabilidad de su futura familia.
  • A otros, les convendrá entender que la obsesión por el sexo desnaturaliza el trato entre chicos y chicas, y lleva con facilidad a una relación insulsa y zafia.
  • O considerar que el señorío sobre la sexualidad es básico para poder amar limpiamente a quien en el futuro vaya a ser la madre o el padre de sus hijos.
  • O pensar quizá en que esa persona a la que está induciendo al sexo tiene una familia –unos padres, o bien un marido o una mujer, o unos hijos–, que han puesto en ella tantas ilusiones y esperanzas, y está poniendo en grave riesgo su honestidad.
  • O darse cuenta de que aprender a tratar con mayor consideración a la mujer o al varón aumenta la probabilidad de elegir pareja con acierto cuando llegue la hora.
  • O comprender que abalanzarse sobre el placer es un acto de egoísmo que se acaba pagando con el tiempo (a veces, al poco tiempo).

Si se piensa serenamente, es poco sensato vivir tan pendientes del sexo. Cuando una persona no se esfuerza en dominar sus impulsos sexuales, estos tienden a invadir el espacio natural de otros intereses y proyectos mucho más decisivos en la construcción de la propia vida. Dejar que el sexo ocupe demasiado espacio en la propia vida conduce a la ansiedad y la decepción.

-De todas formas, no es fácil mantener a raya una pasión únicamente a base de argumentos y de consideraciones de tipo intelectual.

Está claro que no basta con el mero conocimiento del bien para practicarlo. Pero comprender con claridad que algo es malo ya es un paso, y un paso importante.

Estas consideraciones sobre la castidad me recuerdan lo que me contaba no hace mucho un viejo amigo mío, bien situado en la vida y con un cargo profesional importante, al que habían intentado sobornar. Le ofrecieron dinero de forma muy delicada e indirecta, como suele hacerse. No tenía que hacer nada, bastaba con que no preguntara por determinado asunto. La cantidad que le ofrecían era muy importante.

“Te puedo asegurar –me decía– que esa tentación del dinero no legítimo es muy parecida a la del sexo no legítimo. ¡Es tan fácil, tan seguro, tan apremiante, tan fascinante...! Creo que si lo superas es porque dices inmediatamente que no y pones tierra por medio. Si no, acabas cayendo. Luego quizá te intentes convencer de que es lo normal, que no pasa nada, que no hay que exagerar, que va a ser solo una vez, que lo hace todo el mundo, que no hace falta darle más vueltas...”.

Empleamos la misma voluntad para rechazar la lujuria que para rechazar una comisión ilegal, trabajar bien, sacrificarnos por los demás o decir la verdad cuando cuesta hacerlo.

Es obvio que no todo lo que nos apetece nos conviene. Me gusta tomar el sol, pero debo tomarlo con moderación para no quemarme; me gusta comer bien, pero tengo que cuidar de no engordar como una foca; no me apetece estudiar, pero si no lo hago suspenderé; tengo a veces impulsos de irascibilidad, pero no debo decir lo primero que me venga a la cabeza; siento impulsos sexuales, pero no todos ellos deben satisfacerse. Son ejemplos de deseos personales que cuando se satisfacen sin respetar lo que exige su naturaleza producen un deterioro, que luego exigirá, según los casos, un tratamiento para las quemaduras, una dieta más rigurosa, más horas de estudio, una petición de perdón y, en general, un renovado esfuerzo por recuperar el terreno perdido en la virtud correspondiente, cosa que no siempre será fácil. Un hombre fortalecido en la educación de sus impulsos será capaz de hacer justicia a la dignidad que como hombre merece.

 

Contar con otros factores

 

Hay otros factores que también desempeñan un papel importante en apoyo de la razón. Por ejemplo:

  • Fortalecer la voluntad. No se debe tirar la toalla con la excusa de que tarde o temprano se acabará por volver a caer en el vicio. Como decía C. S. Lewis, “las personas hambrientas buscan alimento y las enfermas buscan salud, pese a saber que, tras la comida o la curación, les siguen aguardando todavía los comunes altibajos de la vida”.
  • Eludir situaciones de riesgo innecesario. El deseo sexual es un impulso muy intenso, pero relativamente breve en el tiempo, y las más de las veces inducido por un estímulo muy puntual. Lo más inteligente y menos costoso es procurar no exponerse tontamente a esas situaciones que cada uno conoce bien.
  • Buscar el auxilio de sentimientos favorables. El correcto uso de la sexualidad está asociado a toda una serie de sentimientos humanos nobles; en cambio, el abuso del sexo conduce a muchos problemas sentimentales y afectivos.
  • Centrar la vida en los demás. En ocasiones, la razón se oscurece porque estamos encerrados en un individualismo que lo distorsiona todo. Habrá entonces que desarrollar acciones concretas de generosidad hacia las personas que tratamos, descubrir sus necesidades y procurar atenderlas, pensar más en ellos, visitar a compañeros enfermos, ayudar a los más desfavorecidos, prestar servicios de utilidad social, etc.
  • Contar con la ayuda de Dios. Para clarificar su inteligencia, el hombre creyente no debe desdeñar ni los argumentos que le aporta la razón ni los que le aporta la fe. Para fortalecer su voluntad debe apoyarse en su propio esfuerzo, pero también debe contar con la ayuda de Dios. Y para educar su afectividad, puede ayudar mucho contar también con el deseo de agradar a Dios. Lo mejor es no prescindir de ninguna de esas ayudas, pues cualquiera de ellas puede ser decisiva en determinado momento. Contar con Dios es decisivo, pues lo basado únicamente en la propia razón, el propio esfuerzo o las propias motivaciones, puede un día resultar insuficiente en medio de la tempestad de la tentación, en la que a veces se desploman, como un castillo de naipes, muchas otras consideraciones.

 

A mí no me afecta

“Hace ya unos meses que nuestro matrimonio pasa una crisis –explicaba una mujer de unos cuarenta años-. Puede parecer una tontería, pero fue a raíz de la lectura de un libro cuando empecé a pensar que mi matrimonio no me satisfacía, que no era feliz.

 

El caso es que me encantaba esa escritora. Me leí todas sus obras. Cada vez me gustaban más. Me ayudaban a comprender que en la vida hay muchas cosas que disfrutar, y que después de mis quince años de matrimonio y mis cuatro hijos hasta ahora apenas había podido hacerlo.

Además, tengo una amiga a la que le ha pasado algo parecido. La he conocido hace poco, y supongo que ha influido mucho en mí. Me ha hecho ver que en la vida hay algo más que la familia”.

 

Siguió hablando bastante tiempo. Explicó con detalle a la Madre Angélica toda la situación de su familia. Apenas había nada objetivo en aquella crisis matrimonial. Sin embargo, aquella mujer estaba a punto de alterar por completo su vida. Anhelaba el romance. Quería vivir las emociones de su amiga recién divorciada. Todo en su vida estaba ahora enfocado hacia la satisfacción, al estilo de una novela rosa, y estaba dispuesta a pagar por ello el precio que hiciera falta.

 

Si un año antes hubieran preguntado a aquella mujer si creía que un puñado de novelas rosas y una amiga un poco frívola podrían destrozar su matrimonio, se habría reído de buena gana. Pero deslizarse por esa pendiente es más fácil de lo que a veces uno imagina.

Hay momentos en la vida en que a duras penas se logran controlar esas influencias, pero esos momentos son precisamente los importantes, y esa mujer se encontraba en uno sumamente vulnerable.

 

Es difícil saber a priori cuáles serán los pequeños incidentes que a cada uno puedan afectar, pero están ahí, normalmente incubándose detrás de las pequeñas claudicaciones y pequeñas mentiras que jalonan la vida de una persona:

  • Cuando compras esas revistas y dices que puedes controlarlo, te engañas a ti mismo.
  • Cuando ves esas películas “para adultos” y dices que no te afectan, es fácil que estés mintiéndote a ti mismo.
  • Cuando entras en determinado lugar y dices que solo buscas un rato de conversación, o distraerte un poco, es probable que hayas acabado por creerte tus propias mentiras.

 

No conviene engañarse. Esos incidentes no son tan insignificantes. Cada uno de ellos tiene importancia. Además, no es tan fácil controlarlos. No hay que ser presuntuoso: es probable que tu autocontrol no sea tan fuerte, y estás arriesgando con cuestiones importantes.

 

Hay situaciones a las que una persona sensata debe procurar no llegar nunca. Para cada persona hay cierto tipo de circunstancias en las que es enormemente vulnerable. Son momentos en que toda la lógica del mundo, todo el sentido común del mundo, parecen quedar reducidos a unas flacas fuerzas incapaces de competir con la avasallante zancada de la pasión sexual, que inflama al hombre, invade sus sentidos, excita su cuerpo, envuelve sus sentimientos y se adueña de su corazón.

 

El hombre sensato debe saber que necesita algo más que sentido común para hacer frente a la lujuria: es necesario alejar las ocasiones propicias. Cada vez que resistas a la tentación frente a la pornografía, reforzarás tu voluntad y estarás mejor preparado para cuando se presente de nuevo. Y evitando esas ocasiones propicias, que conoces bien, te harás más fuerte frente a la masturbación, y te darás más cuenta de que en realidad sí te hacía daño. Y cuando dejes de ver a la persona con quien desearías tener una relación adúltera, adquirirás mayor fuerza para alejar los sentimientos de lujuria. Reconocer los límites de la propia debilidad es siempre un síntoma de sensatez.

 

“No huye el que se retira;
por que has de saber, amigo Sancho,
que me he retirado, no huido;
y en esto he imitado a muchos valientes,
que se han guardado para tiempos mejores,
y de esto están las historias llenas”.
Don Quijote de la Mancha

Alfonso Aguiló
13.05.2008
 

“Buscaba el placer, y al final lo encontraba –cuenta C. S. Lewis en su autobiografía- Pero enseguida descubrí que el placer (ese u otro cualquiera) no era lo que yo buscaba. Y pensé que me estaba equivocando, aunque no fue, desde luego, por cuestiones morales; en aquel momento, yo era lo más inmoral que puede ser un hombre en estos temas.

La frustración tampoco consistía en haber encontrado un placer rastrero en vez de uno elevado. Era el poco valor de la conclusión lo que aguaba la fiesta. Los perros habían perdido el rastro. Había capturado una presa equivocada. Ofrecer una chuleta de cordero a un hombre que se está muriendo de sed es lo mismo que ofrecer placer sexual al que desea lo que estoy describiendo.

 

No es que me apartara de la experiencia erótica diciendo: ¡eso no! Mis sentimientos eran: bueno, ya veo, pero ¿no nos hemos desviado de nuestro objetivo? El verdadero deseo se marchaba como diciendo: ¿qué tiene que ver esto conmigo?”

 

Así describe C. S. Lewis sus errores y vacilaciones en el camino de la búsqueda de la felicidad. La ruta del placer había resultado infructuosa. Llevaba años rastreando tras una pista equivocada: «Al terminar de construir un templo para él, descubrí que el dios del placer se había ido».

 

La seducción del placer, mientras dura, tiende a ocupar toda la pantalla en nuestra mente. En esos momentos, lo promete todo, parece que fuera lo único que importa. Sin embargo, muy poco después de ceder a esa seducción, se comprueba el engaño. Se comprueba que no saciaba como prometía, que nos ha vuelto a embaucar, que ofrecía mucho más de lo que luego nos ha dado. Seguíamos de cerca el rastro, pero lo hemos vuelto a perder.

 

Basta un pequeño repaso por la literatura clásica para constatar que esa ansiosa búsqueda del placer sexual no tiene demasiado de original ni de novedoso. En la vida de pueblos muy antiguos se ve que habían agotado ya bastante sus posibilidades, que por otra parte tampoco dan mucho más de sí. La atracción del sexo es indiscutible, ciertamente, pero el repertorio se agota pronto, por mucho que cambie el decorado.

 

Placer y felicidad

Hay unas claras notas de distinción entre el placer de la felicidad:

  • La felicidad tiene vocación de permanencia; el placer, no. El placer suele ser fugaz; la felicidad es duradera.
  • El placer afecta a un pequeño sector de nuestra corporalidad, mientras que la felicidad afecta a toda la persona.
  • El placer se agota en sí mismo y acaba creando una adicción que lleva a que las circunstancias estrechen más aún la propia libertad; la felicidad, no.
  • Los placeres, por sí solos, no garantizan felicidad alguna; necesitan de un hilo que los una, dándoles un sentido.

Las satisfacciones momentáneas e invertebradas desorganizan la vida, la fragmentan, y acaban por atomizarla.

Quevedo insistía en la importancia de tratar al cuerpo “no como quien vive por él, que es necedad; ni como quien vive para él, que es delito; sino como quien no puede vivir sin él. Susténtale, vístele y mándale, que sería cosa fea que te mandase a ti quien nació para servirte”.

Por su parte, Aristóteles aseguraba que para hacer el bien es preciso esforzarse por mantener a raya las pasiones inadecuadas o extemporáneas, pues las grandes victorias morales no se improvisan, sino que son el fruto de una multitud de pequeñas victorias obtenidas en el detalle de la vida cotidiana. La felicidad se presenta ante nosotros con leyes propias, con esa terquedad serena con que presenta, una vez y otra, la inquebrantable realidad.

 

¿Evitar el placer?

El placer y el dolor tienen un innegable protagonismo en la vida de cualquier hombre, condicionan siempre de alguna manera sus decisiones.

 

Pero ni el placer ni el dolor son malos o buenos de por sí.

En efecto. Lo que sí es malo es dejarse vencer por el placer o por el dolor. Lo malo es obrar mal por disfrutar de un placer o por evitar un dolor.

Se puede sentir placer sin ser feliz, y también se puede ser feliz en medio del dolor. De ahí la necesidad –lo decía Platón– de haber sido educado desde joven “para saber cuándo y cómo conviene sufrir o disfrutar”, pues igual que hay acciones nobles y acciones indignas, podemos decir que hay placeres nobles y placeres indignos. La adecuación de la conducta a este criterio es objeto de la educación moral.

 

El peaje de la renuncia

Son muchas las cosas que el hombre desea, y para alcanzar cada una de ellas ha de renunciar a otras, aunque esa renuncia le duela. Aristóteles decía que no hay nada que pueda sernos agradable siempre.

Toda elección conlleva una exclusión. Por eso, cuando se elige, es importante acertar, sin demasiado miedo a la renuncia, pues detrás de lo atractivo no siempre está la felicidad. Tanto el placer como la felicidad llevan siempre consigo asociada alguna renuncia.

 

La solución tampoco está en la supresión de todo deseo, porque sin deseos la vida del hombre dejaría de ser propiamente humana. El hombre se humaniza cuando aprende a soportar lo adverso, a abstenerse de lo que puede hacerse pero no debe hacerse. Este es el precio que debe pagar nuestra inexorable tendencia a la felicidad, si queremos alcanzar lo que de ella es posible en esta vida. Lo sensato es dejarse conducir por la razón para no asustarse ante el dolor ni dejarse atrapar por el placer.

 

Igual que guardar la salud exige un cierto esfuerzo y una cierta disciplina, pero gracias a eso te sientes mucho mejor, la castidad fortalece el interior del hombre y le proporciona una honda satisfacción. Cuando no se cede al egoísmo sexual, se alcanza una mayor madurez en el amor, en el que la castidad sublima la intensidad de los sentimientos. Surge una luz transparente en los ojos y una alegría radiante en la cara, que otorgan un atractivo muy especial.

 

¿Y no suele hablarse demasiado de prohibiciones en la ética sexual?

Hasta ahora apenas hemos hablado de prohibiciones, sino de un modelo y un estilo de vida positivos, que son la clave de todo.

De todas formas, aunque la clave de la ética no son las prohibiciones, tampoco puede obviarse que toda ética supone mandatos y prohibiciones. Cada prohibición custodia y asegura unos determinados valores, que de esa forma se protegen y se hacen más accesibles. Esas prohibiciones, si son acertadas, ensanchan los espacios de libertad de valores importantes para el hombre. Así sucede en cualquier ámbito moral o jurídico: proteger el derecho a la vida, a la propiedad, al medio ambiente, a la intimidad, etc., supone prohibiciones y obligaciones para uno mismo y para los demás; de lo contrario, todo quedaría en una ingenua e ineficaz manifestación de intenciones.

La moral no puede verse como una simple y fría normativa que coarta, y mucho menos como un mero código de pecados y obligaciones. Hay ciertamente prohibiciones y mandatos, pero se remiten a unos valores que así se protegen y fomentan. Las exigencias de la moral vigorizan a la persona, la aúpan a su desarrollo más pleno, a su más auténtica libertad.

 

“Si las acciones humanas
pueden ser nobles, vergonzosas o indiferentes,
lo mismo ocurre con los placeres correspondientes.
Hay placeres que derivan de actividades nobles,
y otros de vergonzoso origen”.
Aristóteles