Vicente Verdú
13.05.2008
 

En Argentina, dentro de los “reality shows”, hay en marcha un programa, Fantasía, donde los voluntarios se prestan para hacer un strip-tease ante las cámaras. No hay premio alguno, simplemente alguien cree que puede aportar o aportarse algo con el desnudo y no ve inconveniente en suscitar esa ventaja. La ventaja consiste, de una parte, en la audiencia que obtenga la emisora a través de la atención de los telespectadores y, de otra, en el plus de autocomplacencia que logre el individuo al comportarse como un showman. Hasta hace poco, un acto así parecería insólito, pero ahora puede catalogarse en el divulgado deseo de hacer pública la intimidad.

 

Media humanidad pone al descubierto su privacidad mientras la mitad restante degusta la iluminación de cantones oscuros. Las “web cam” mostrando vidas ordinarias de gentes ordinarias en casas ordinarias han pasado de ser un acontecimiento significativo a dejar de significar. El diagnóstico de nuestro tiempo reincide sobre el problema de la soledad, la falta de sentido de la vida, el anhelo por ser conocido, difundido, traducido en un ícono para ser alguien en la comunidad de la imagen. Hay quien canta, baila o es erudito y se presenta a los concursos de televisión para ser famoso. Pero otros, los más, no tienen otra cosa que ofrecer que su intimidad. El “reality show” no es otra cosa que pornografía de la vida corriente y sus protagonistas, continuadores de la prostitución por otras vías.

 

Ahora, sin embargo, ha reaparecido un movimiento que promueve el pudor. De la misma manera que nacieron los ecologistas cuando la naturaleza estaba perdiéndose o cundieron los amantes de la comida orgánica cuando la química infectó los pollos, los defensores del pudor aparecen como soldados de lo más verdadero. O, más exactamente, como paladines de la pureza. El agua pura, el aire puro, los materiales naturales forman parte de un mismo sistema que evoca unos orígenes supuestamente excelsos insuperables que ha ido denigrando el progreso. Rescatar el pudor, no obstante, lleva a una posición que comprende, más allá de su tono retro, un racimo de ideas.

 

El que no posee, no gana

 

Una sociedad pacata es insufrible, ¿pero una sociedad desprejuiciada no será zafia? En medio de la liberación sexual, el pudor es un estorbo, pero después de la liberación la vida sin vergüenza es desesperadamente aburrida. Con el pudor sucede como con los tipos de interés en la política monetaria. No es bueno que estén muy altos, porque de ese modo asfixian la actividad, pero, cuando están demasiado bajos, como actualmente, apenas dejan margen de maniobra. Sin pudor, como con tasas de interés igual a cero, no hay posibilidad de estimulación. La economía toma una deriva obstinadamente plana sin que se disponga de medidas que puedan espolearla. El interés igual a cero es tanto como el desinterés. El reclamo del pudor que hace la joven norteamericana Wendy Shalit en “A return to modesty” (The Free Press. Nueva York, 1999) pudo estar influido, aunque anticipadamente, por el callejón sin salida que refleja la actual coyuntura.

 

Estos años de igualación sexual han contribuido a que la mujer se sacudiera la opresión machista pero, de paso, se ha quitado de encima un peculiar pudor suplementario en virtud del cual dominaba la totalidad de la relación erótica. Ahora no hay aquellas barreras intersexuales, pero tampoco hay las herramientas para el juego del cortejo y la suposición. El mundo que se autorreclama transparente ha desvelado a uno y otro sexo por completo y, en la absoluta contemplación recíproca, las miradas no encuentran nada de interés. Sucede como con el “reality show” que representa el programa “Gran Hermano”: a partir de un primer momento se ve que no hay nada que ver. Es la misma ley de la pornografía más dura: hacer todo explícito, no ocultar nada, deshacer los pliegues, explorar las concavidades para que la experiencia, como en el caso de las drogas, agote el deseo. ¿Volver al pudor? Probablemente. Porque si no poseemos nada no tenemos nada que ganar.

LaFamilia.info
03.06.2006
 

Más de 750 participantes de 35 países de América, Asia, África y Europa, y 32 expertos internacionales, reunidos en la ciudad de México en mayo del 2006, adoptaron las siguientes conclusiones al término de sus trabajos:

  1. Los participantes destacan el gran interés social de integrar la educación de la sexualidad en la formación del carácter y de la afectividad.
  2. De acuerdo con la evidencia científica apuntada por los expertos presentes, la acción más eficaz en materia de educación, prevención y salud pública es el apoyo a la familia matrimonial y estable.
  3. Se constata la tendencia en las sociedades más avanzadas a difundir entre los jóvenes las ventajas de la abstinencia y los programas de “empowerment”, para mejorar su felicidad afectiva.
  4. Al derecho de los niños a una formación en todos los aspectos de su persona, corresponde el deber de padres y educadores de darles una información veraz y una educación que les permita alcanzar su madurez afectiva.
  5. Una educación que separe sexualidad, amor y compromiso, es reductiva y puede ser gravemente perjudicial para el futuro de los jóvenes.
  6. Los libros de texto utilizados en la educación sexual escolar carecen en general de rigor científico e imponen una visión que no comparte la mayoría de la población.
  7. Se manifiesta una autentica aspiración de los jóvenes a no ser manipulados engañosamente con la falacia del sexo seguro. Reivindican su derecho a espacios abiertos a una autentica formación del carácter y de la afectividad que garanticen su plena realización humana. Demandan programas alternativos que les ayuden a esperar y a prepararse mejor al matrimonio.
  8. Importantes sectores de la juventud están expuestos a políticas sociales inadecuadas en materias que afectan a su educación afectiva y sexual. Se requiere por tanto una acción decidida de padres y educadores que reasuma, a través de los cauces ciudadanos, la responsabilidad de preparar un futuro feliz para sus hijos.