Joaquina Prades - El País
07.03.2011

Lo tienen todo menos lo imprescindible. Casas confortables, padres con profesiones de éxito, toda la tecnología casera disponible en el mercado, ropa de marca, dinero para gastos, caprichos... Pero les falta algo. Los adolescentes urbanos procedentes de familias de clase media y media alta empiezan a llenar las consultas de psicólogos y pediatras sociales aquejados del mal de la soledad. Han crecido casi por su cuenta, a cargo de cuidadoras ajenas a la familia, y sus padres, ocupados a tiempo completo en mantener el estatus social, carecen del tiempo que ellos demandan. Las consecuencias suelen ser perversas: trastornos de conducta, agresividad, enfrentamientos constantes con los padres... Y también una tendencia al aislamiento preocupante. Tanto, que algunos adolescentes han empezado ya a ser catalogados en situación de riesgo y enviados temporalmente a pisos tutelados por la Administración.

Es una circunstancia insólita, porque este tipo de centros -con capacidad para alrededor de media docena de chicos y chicas adolescentes, asistidos por psicólogos y trabajadores sociales- han estado habitados hasta ahora exclusivamente por jóvenes de familias desestructuradas, aquellas en las que los progenitores están en prisión, o enfermos sin medios de subsistencia, parados sin futuro y toxicómanos en el amplio sentido de la palabra, la mayoría alcohólicos. Ahora, sin embargo, empiezan a compartir habitación con adolescentes ricos a quienes nadie hubiera imaginado bajo la tutela de los servicios sociales de las comunidades autónomas. El nexo entre unos y otros es el desamparo.

En algunos casos los padres delegan el problema en la Administración; en otros, se sigue optando por el internado, dependiendo de su pertenencia a la escala baja o alta de la clase media. Según los expertos, ambas fórmulas de alejamiento del menor conflictivo del hogar se da cada vez con más frecuencia y aflora a edades más tempranas.

Estas conductas antisociales ¿obedecen a una venganza de los adolescentes contra los progenitores por haberles sometido a un semiabandono de hecho? ¿O es su manera de protegerse del desvalimiento propio de los años más confusos de la existencia? ¿Se recuperan socialmente estos chicos difíciles y solitarios?

"La víctima siempre es el menor", asegura Blanca Betes, responsable de la clínica madrileña Psiceduca, especializada en trastornos de la adolescencia. "Son situaciones difíciles que se pueden tratar con bastantes garantías de éxito si aún no han entrado en la adolescencia. Después es peor. Cuanto más se aplaza el problema menos solución hay. Son terapias largas, con un coste económico en ocasiones elevado y que requieren tiempo. Lo primero no es problema, casi siempre llegan a la consulta familias bien situadas. Lo difícil es el tiempo. Viajan mucho, están liadísimos. Alegan que no pueden y les creemos, porque llevamos un tren de vida frenético del que es muy difícil bajarse".

Pero se paga un precio alto por ello. El menor se enmaraña aún más en la espiral del conflicto y la desesperanza. Los padres se muestran derrotados y lamentan la desgracia de tener un hijo así.

El primer contacto con los profesionales proviene habitualmente de la madre. Aunque ambos progenitores trabajen, sigue siendo ella la que busca tiempo para recurrir a la ayuda de los expertos. El lamento inicial tiene un patrón común, según Blanca Betes: "Mi hijo es un desastre, no va a clase, suspende todo. Está agresivo, nos insulta y hasta nos pega. Vivimos en el infierno". Los padres siempre echan la culpa a los hijos. Se sienten víctimas de una injusticia: han dado todo por ellos y solo reciben disgustos. A medida que avanza la terapia, asoma el sentimiento de culpa. Al final, asumen que, efectivamente, le han dado todo, excepto su tiempo. Y no es un detalle menor.

Con más de una década de experiencia, Blanca Betes ha aprendido a traducir el lenguaje de los adolescentes: "Iros a la mierda", dirigido a los padres significa "estoy muy solo. No me queréis. No me cuidáis. Tenedme en cuenta; incluidme en vuestras vidas".

"Muy a mi pesar", añade la directora de Psiceduca, "en ocasiones los chicos están dispuestos a cambiar si sus padres también lo hacen, porque se sienten muy desgraciados. Pero la falta de tiempo de los mayores lo estropea todo. Un caso reciente mío concluyó con el internamiento del chaval en un colegio de élite de Suiza, porque a sus padres les resultaba imposible acudir a terapia".

A partir del alejamiento, bien sea en un piso tutelado o en un internado de lujo, el vínculo emocional corre serio peligro, según los expertos. "El internado es percibido por el menor como 'no solo me has abandonado, sino que me alejas de tu vida". La reacción típica es cerrarse aún más en su grupo de amigos y mostrarse insultante y agresivo con la familia.

Algunos profesionales califican el desinterés de hecho de los padres como malos tratos. Lo denominan "negligencia por omisión del deber" y es causa de privación de la patria potestad. En España hay 35.000 menores tutelados por las Administraciones, aunque no es posible obtener datos sobre cuántos de ellos corresponden a la omisión del deber paterno. Arturo Canalda, defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, apunta la causa principal de la ausencia de estadísticas fiables: "Cada autonomía dispone de un sistema propio de calificación del abandono, y lo que en algunas es desamparo en otras es riesgo, y viceversa. Ninguna tiene la obligación de actualizar y especificar los datos, así que trabajamos un poco a ciegas, fiándonos del instinto y la experiencia".

El pediatra social del hospital Infantil Niño Jesús de Madrid Jesús García alertó a los senadores que consensuaron las líneas maestras de la futura reforma de la ley de adopción nacional de que "un padre sociópata no es solo quien abandona, maltrata o abusa sexualmente de sus hijos, sino quien hace omisión del deber de paternidad". Y reveló que la negligencia es la segunda causa de maltrato de la Comunidad de Madrid. Fruto de esta actitud, señala, "son los trastornos emocionales graves derivados de un abandono de hecho".

Cuenta este pediatra, que además preside la Asociación Madrileña para la Prevención del Maltrato Infantil: "Una madre, una profesional de mucho éxito, vino a mi consulta en demanda de ansiolíticos para su hijo porque mandaba 1.000 mensajes de móvil diarios. Sí, 1.000. Fui a ver su casa y su habitación era la cabina del Voyager: home cinema, mp3, iPhone, Mp4, Wii, consolas... todo. Sin embargo, era uno de los niños más desamparados que he visto. Sus trastornos eran una llamada desesperada de atención dirigida a los padres, a los que prácticamente no veía". Tras una terapia dura y prolongada, el caso empieza a arreglarse y el muchacho se está también recuperando de lo que los pediatras denominan ya "la sordera del MP3", que daña la capacidad auditiva, y la "artritis metacarpofalángica" de su mano derecha, resentida por tanto sms.

Otra pareja que pasó recientemente por su departamento en el Niño Jesús no pudo resolver el problema y perdió definitivamente la custodia por omisión del deber paterno. Eran dos ejecutivos veganos [vegetarianos estrictos] cuyo hijo presentaba encefalopatía grave por carencia de vitamina B12 y ácido fólico, "con unos retrasos mentales tremendos".

Este y los otros menores que han pasado por la misma causa a disposición de los servicios de protección de la Comunidad de Madrid padecen "encefalopatía hipóxico isquémica", lo que les convierte en dependientes de por vida. "A veces, el peor problema de los niños son los padres", concluye el pediatra, que combate con energía la teoría que surgió en los años sesenta -y aún sigue vigente en determinados ambientes- de que es mejor dedicar a los niños "tiempo cualitativo", es decir, poco tiempo pero proveniente de progenitores realizados, como se denominaba antes, que "tiempo cuantitativo": muchas horas, pero de madres presuntamente amargadas por su condición obligada de amas de casa. "Ni cuantitativo ni cualitativo", ataja el doctor García. "Los niños necesitan tiempo a secas".

En este contexto, ¿no se estará estigmatizando a este tipo de padres señalándoles con el dedo acusador? ¿No remueve esta situación el incómodo sentimiento de que triunfar en el trabajo implica descuidar a la familia? O su reverso: niños esmeradamente cuidados, ascensos imposibles, sobre todo en el caso de la mujer. ¿Siguen los estereotipos vigentes?

"Como en todo, hay que buscar el equilibrio. Pero en las actuales circunstancias no es fácil", comenta Jesús Poveda, psiquiatra de la Universidad Autónoma de Madrid y especialista en patologías de la adolescencia. "Los dos son a la vez culpables y víctimas. La educación de los hijos es su responsabilidad, pero si no se sabe o no se puede hacer mejor, el conflicto está asegurado". Muchos de estos padres son víctimas, a su vez, de la educación errónea que ellos mismos recibieron, y reproducen modelos difíciles de digerir para los jóvenes de la era digital.

"Antes los adolescentes tenían más fácil vivir lo que los psiquiatras llamamos 'factor de pertenencia' a través de la familia extensa y los amigos del barrio. Pero hoy eso rara vez lo tienen, y como el mundo real les resulta hostil buscan su pertenencia en el virtual. Vemos que tienen 500 amigos en Tuenti y ninguno en el barrio. No sirve".

A los padres, señala este psiquiatra, hay que ayudarles a distinguir lo necesario de lo urgente. "Cuando suena la alarma de la extrema gravedad -por ejemplo, un intento de suicidio por parte del menor- se apresuran a cambiar el horario laboral o buscan otro trabajo que les permita estar por la tarde con los hijos. Le han visto las orejas al lobo".

Jesús Palacios, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla, no culpa ni exime a nadie. Solo destaca que "hay una curva ascendente de padres de clase media alta cuyos trabajos resultan tan absorbentes que no han prestado la atención debida a los hijos. Cuando eso se junta a los problemas de la adolescencia, ya han perdido el control de la situación familiar". En tales circunstancias, primero intentan que los educadores y los psicólogos remedien el problema. "Al final, ellos mismos piden a la Administración que se haga cargo de los hijos", añade Palacios.

El juez de menores de Granada Emilio Calatayud asegura: "El perfil del adolescente que agrede a sus padres o delinque a través de Internet o del móvil es de clase social acomodada, que lo ha tenido todo en el aspecto material y ha crecido solo, sin nadie con autoridad para marcar límites".

Este juez se hizo popular por dictar sentencias en las que colocaba al menor en el lugar de la víctima o su entorno. Si un chico apedreaba los cristales del instituto, la pena consistía en limpiarlos durante unos meses; si agredía a un compañero más débil, le obligaba a convivir con discapacitados; si había conducido borracho, a ayudar a los tetrapléjicos. Así ha conseguido éxitos en la reinserción de menores, pero ahora asegura sentirse algo desbordado por chavales agresivos con el entorno familiar y ciberdelincuentes reincidentes. Chicos que son separados temporalmente de sus padres y enviados a pisos tutelados. Al mismo tiempo, y si se cuenta con medios, se intenta que los progenitores cambien sus prioridades: sus hijos por delante del éxito profesional. "Más no podemos hacer".

Juan Meseguer Velasco - Aceprensa
14.06.2010

La perplejidad ante los nuevos problemas que afectan hoy a niñas y niños está provocando que muchos padres jóvenes recurran a los consejos de los expertos. José Miguel Cubillo, psicólogo, arquitecto y presidente de Aula Familiar, ofrece algunas claves para entender esta tendencia.

El que unos padres acudan a un especialista en matrimonio y familia es algo muy recomendable, siempre y cuando eso no les paralice ni les meta el miedo a educar de acuerdo con sus propias experiencias y su sentido común.

La función del orientador familiar, explica Cubillo, es despertar la iniciativa de los padres para que sean ellos quienes definan su propio estilo de vida familiar. Además, el orientador ofrece conocimientos, criterios de orientación y técnicas educativas. Pero, al final, son los padres los que han de decidir lo que conviene a sus hijos en cada caso.

Este es uno de los principios que guía a Aula Familiar (www.aulafamiliar.org), un centro de orientación familiar fundado en 1973 con el asesoramiento del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Navarra.

Padres inseguros

– Hoy cada vez es más frecuente que se recurra a la ayuda de expertos para educar a los hijos. ¿A qué atribuye esta tendencia?

En parte se explica por la influencia que están teniendo una serie de ideas en la cultura actual. Quizá la más extendida es que los padres no están suficientemente capacitados para educar a sus hijos; razón por la cual tendrían que acudir a pedagogos, psicólogos, profesores o trabajadores sociales.

En este ambiente, uno puede llegar a creerse –sobre todo, si se deja llevar por la comodidad– que la educación de los hijos corresponde a los expertos. De esta manera, se va generando en los padres una especie de falta de autoestima; los padres se sienten cada vez más inseguros. Y, como consecuencia de ello, el papel de la familia como agente educativo se va difuminando.

Para contrarrestar este modo de pensar, nosotros procuramos que las familias sean conscientes de la misión insustituible que les corresponde. Damos a los padres conocimientos y técnicas para que sean ellos quienes se decidan a buscar y aplicar soluciones. Cada familia es soberana.

– En los últimos años, varias cadenas de televisión han lanzado programas para ayudar a los padres en su tarea educativa: “Supernanny”, “SOS Adolescentes”, “Padres, hijos y escuela” o “Generación Ni-Ni”. A juzgar por el éxito de estos programas, da la impresión de que estamos ante una auténtica demanda social.

Efectivamente, la demanda va en aumento, al igual que algunos problemas sociales serios: agresiones de hijos a padres, agresiones de alumnos a profesores... Si unos padres renuncian a ejercer su autoridad para educar a sus hijos, es probable que surjan problemas de convivencia familiar. Y entonces, cuando se ven superados, acuden a los expertos como si ellos tuvieran soluciones mágicas.

Algunos programas de los que has citado pueden fomentar implícitamente la pasividad de los padres. Dado que el experto del programa tiene éxito al resolver los problemas planteados en la televisión, puede parecer que basta con aplicar un puñado de técnicas para que todo salga bien. Existe el riesgo de que los padres pasen por alto que cada problema es único.

Es muy positivo conocer los avances de la psicología, la pedagogía y de otras disciplinas. Pero debemos evitar el error de pensar que la ciencia produce por sí misma la virtud. En realidad, nos hacemos buenos y enseñamos a nuestros hijos a hacerse buenos obrando el bien.

– A diferencia de la mediación familiar, centrada en la resolución de conflictos que ya se han producido, la orientación familiar trata de prevenirlos. Pero, ¿no le parece que las personas reaccionamos de manera distinta en tiempo de crisis que en tiempos de calma?

Es cierto que ponerse a resolver problemas en medio de una tempestad es mucho más costoso y difícil que hacerlo con buen tiempo. Por eso es tan importante tener iniciativa y saber adelantarse. En general, los problemas familiares son muy parecidos. La diferencia básica entre una familia y otra está en la forma en que cada una vive las temporadas de calma y en el modo en que afrontan los problemas cuando llegan.

El primer aspecto es decisivo. Muchas familias dejan pasar oportunidades de mejora cuando no hay problemas acuciantes; se vive de un modo pasivo, sin fijarse metas concretas y sin actuar para alcanzarlas. Otras familias, en cambio, se caracterizan por almacenar recursos para las temporadas de escasez. Tienen metas definidas y las persiguen de forma activa. Cuando llegan los problemas, similares a los de las demás familias, se encuentran en muy buenas condiciones para resolverlos.

LaFamilia.info
20.01.2009

Queridos hermanos y hermanas:

1.- Les saludo a todos ustedes con afecto al término de esta solemne celebración Eucarística con la cual se esta concluyendo el VI Encuentro Mundial de las Familias en la Ciudad de México. Doy gracias a Dios por tantas familias que, sin ahorrar esfuerzos, se han congregado en torno al altar del Señor.

Saludo de modo especial al Señor Cardenal Secretario de Estado, Tarcisio Bertone, que ha presidido esta celebración como mi Legado. Quiero expresar mi afecto y gratitud al Señor Cardenal Ennio Antonelli, así como a los miembros del Consejo Pontificio para la Familia, que él preside, al Señor Cardenal Arzobispo Primado de México, Norberto Rivera Carrera, y a la Comisión Central que se ha ocupado de la organización de este VI Encuentro Mundial. Mi reconocimiento se extiende a todos los que con su abnegada dedicación y entrega han hecho posible su realización. Saludo también a los Señores Cardenales y Obispos presentes en la celebración, en particular a los miembros de la Conferencia del Episcopado Mexicano, y a la Autoridades de esta querida Nación, que generosamente han acogido y hecho posible este importante acontecimiento.

Los mexicanos saben bien que están muy cerca del corazón del Papa. Pienso en ellos y presento a Dios Padre sus alegrías y sus esperanzas, sus proyectos y sus preocupaciones.

En México el Evangelio ha arraigado profundamente, forjando sus tradiciones, su cultura y la identidad de sus nobles gentes. Se ha de cuidare ese rico patrimonio para que siga siendo manantial de energías morales y espirituales para afrontar con valentía y creatividad los desafíos de hoy y ofrecerlo como don precioso a las nuevas generaciones.

He participado con alegría e interés en este Encuentro Mundial, sobre todo con mi oración, dando orientaciones específicas y siguiendo atentamente su preparación y desarrollo. Hoy, a través de los medios de comunicación, he peregrinado espiritualmente hasta ese Santuario Mariano, corazón de México y de toda América, para confiar a Nuestra Señora de Guadalupe a todas las familias del mundo.

2.- Este Encuentro Mundial de las Familias ha querido alentar a los hogares cristianos a que sus miembros sean personas libres y ricas en valores humanos y evangélicos, en camino hacia la santidad, que es el mejor servicio que los cristianos podemos brindar a la sociedad actual. La respuesta cristiana ante los desafíos que debe afrontar la familia y la vida humana en general consiste en reforzar la confianza en el Señor y el vigor que brota de la propia fe, la cual se nutre de la escucha atenta de la Palabra de Dios. Qué bello es reunirse en familia para dejar que Dios hable al corazón de sus miembros a través de su Palabra viva u eficaz. En la oración, especialmente con el rezo del Rosario, como se hizo ayer, la familia contempla los misterios de la vida de Jesús, interioriza los valores que medita y se siente llamada a encararlos en su vida.

3.- La familia es un fundamento indispensable en la sociedad y los pueblos, así como un bien insustituible para los hijos, dignos de venir a la vida como fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres. Como puso de manifiesto Jesús honrando a la Virgen María y a San José, la familia ocupa un lugar primario en la educación de la persona. Es una verdadera escuela de humanidad y valores perennes. Nadie se ha dado el ser a sí mismo. Hemos recibido de otros la vida, que se desarrolla y madura con las verdades y valores que aprendemos en la relación y comunión con los demás. En este sentido, la familia fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral. (Cf. Homilía en la Santa Misa del V Encuentro Mundial de las Familias, Valencia, 9 de julio de 2006).

Sin embargo, esta labor educativa se ve dificultada por un engañoso concepto de libertad, en el que el capricho y los impulsos subjetivos del individuo se exaltan hasta el punto de dejar encerrado a cada uno en la prisión del propio yo. La verdadera libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, y por ello debe ejercerse con responsabilidad, optando siempre por el bien verdadero para que se convierta en amor, en don de sí mismo. Para eso, más que teorías, se necesita la cercanía y el amor característicos de la comunidad familiar. En el hogar es donde se aprende a vivir verdaderamente, a valorar la vida y la salud, la libertad y la paz, la justicia y la verdad, el trabajo, la concordia y el respeto.

4. Hoy más que nunca se necesita el testimonio y el compromiso público de todos los bautizados para reafirmar la dignidad y el valor único e insustituible de la familia fundada en el matrimonio de un hombre con una mujer y abierto a la vida, así como el de la vida humana en todas sus etapas. Se han de promover también medidas legislativas y administrativas que sostengan a las familias en sus derechos inalienables, necesarios para llevar adelante su extraordinaria misión. Los testimonios presentados en la celebración de ayer muestran que también hoy la familia puede mantenerse firme en el amor de Dios y renovar la humanidad en el nuevo milenio.

5. Deseo expresar mi cercanía y asegurar mi oración por todas las familias que dan testimonio de fidelidad en circunstancias especialmente arduas. Aliento a las familias numerosas que, viviendo a veces en medio de contrariedades e incomprensiones, dan un ejemplo de generosidad y confianza en Dios, deseando que no les falten las ayudas necesarias. Pienso también en las familias que sufren por la pobreza, la enfermedad, la marginación o la emigración. Y muy especialmente en las familias cristianas que son perseguidas a causa de su fe. El Papa esta muy cerca de todos ustedes y les acompaña en su esfuerzo cada día.

6. Antes de concluir este encuentro, me complace anunciar que el VII Encuentro Mundial de las Familias tendrá lugar, Dios mediante, en Italia, en la ciudad de Milán, en el año 2012, con el tema: “La familia, el trabajo y la fiesta”. Agradezco sinceramente al Señor Cardenal Dionigi Tettamanzi, Arzobispo de Milán, su amabilidad al aceptar este importante compromiso.

7. Confío a todas las familias del mundo a la protección de la Virgen Santísima, tan venerada en la noble tierra mexicana bajo la devoción de Guadalupe. A Ella, que nos recuerda siempre que nuestra felicidad está en hacer la voluntad de Cristo (Cf. Jn 2,5), le digo ahora:

Madre Santísima de Guadalupe,
Que has mostrado tu amor y tu ternura
A los pueblos del continente americano,
Colma de alegría y esperanza a todos los pueblos
Y a todas las familias del mundo.
A Ti, que precedes y guías nuestro camino de fe
Hacia la patria eterna,
Te encomendamos las alegrías, los proyectos,
Las preocupaciones y los anhelos de todas las familias.
Oh María,
A Tí recurrimos confiando en tu ternura de Madre.
No desoigas las plegarias que te dirigimos
Por las familias de todo el mundo
En este crucial periodo de la historia,
Antes bien, acógenos a todos en tu corazón de Madre
Y acompáñanos en nuestro camino hacia la patria celestial.
Amén

Domingo, Enero 18, 2009 - EMF 2009

Juan Meseguer - Aceprensa
31.01.2011

En una época en la que los valores en alza son la autonomía personal, el pluralismo o la autenticidad, vale la pena dedicar unos minutos a pensar qué virtudes pueden atraer más a los jóvenes de hoy. El pensamiento crítico, la valentía para defender las propias convicciones y la empatía orientada a ayudar a los demás son tres entre otras que cabe enumerar.

Frente a los cansinos reportajes que se dedican a lamentar el insaciable narcisismo de la “Generación Yo” (los nacidos después de 1982), su adicción a las pantallas o su necesidad permanente de estar conectados con otros, es posible dar la vuelta a la tortilla e intentar sacar virtudes de sus puntos débiles.

El ideal de autenticidad, por ejemplo, puede ser un revulsivo para favorecer el pensamiento crítico o la valentía para manifestar lo que uno piensa al margen de la corrección política; el boom de las relaciones virtuales puede llevarse al terreno de la vida real para fomentar la preocupación por los demás, etc.

Pensar por libre

Los padres quieren que sus hijos se porten bien, pero ¿qué significa eso exactamente? Los niños y los adolescentes pueden salir airosos cuando se plantea un conflicto entre decisiones del tipo “haz el bien” y “evita el mal”. Quien más, quien menos intuye que eso de fastidiar a su hermana adolescente no debe de estar muy bien.

Sin embargo, la cosa se complica ante dilemas que exigen elegir entre “hacer el bien” y... “hacer el bien”. En su libro Good Kids, Tough Choices (1), Rusworth Kidder –escritor e investigador del Institute for Global Ethics– identifica cuatro paradigmas de este tipo de conflictos: verdad frente a lealtad; necesidades individuales frente a necesidades colectivas; decisiones a largo plazo frente a decisiones a corto plazo; y justicia frente a compasión.

Un ejemplo del primer paradigma es el caso del adolescente que se plantea qué hacer cuando un amigo le pide que guarde un secreto que puede perjudicar a otros. ¿Debe ceder el “valor de la palabra dada” ante aquella otra lección que aprendió de pequeño: “Di siempre la verdad”?

Para unos padres acostumbrados a educar a contracorriente a sus hijos, la aparición de un nuevo libro como el de Kidder puede ser un motivo de alegría, de preocupación... o simplemente de hastío. Alguno pondría pensar: “Si vas a decirnos que todo es más complicado de lo que imaginábamos, podías haberte ahorrado el trabajo”.

Pero Kidder no viene a asustar a nadie. Su objetivo es dirigir la atención y los esfuerzos de los padres hacia lo que él considera esencial: más que decir a los hijos lo que han de hacer en cada caso, los padres deberían enseñarles a razonar éticamente.

A su juicio, la clave es sustituir los mandatos ligados a la casuística (que tanto desgastan al que los da y al que los recibe) por conversaciones pausadas donde los niños vayan aprendiendo a pensar por su cuenta. Así, poco a poco, irán adquiriendo un estilo de pensamiento prudencial. Lo que, a la larga, contribuye a que los hijos maduren y ganen en independencia frente al último comentario que le dejan en su red social.

Da la cara por tus ideas

Una de las virtudes básicas por las que aboga Kidder en su libro es lo que llama el “coraje moral”, o sea la prontitud para seguir la conciencia y la valentía para tomar partido públicamente a favor de esas opciones.

A lo largo de más de 20 años de investigación, Kidder y su equipo han comprobado que “muchos tienen valores muy buenos y son capaces de tomar decisiones encomiables. Pero si falta valentía para defender esos valores cuando alguien los pone a prueba, en la práctica no hay mucha diferencia entre tenerlos o no. El coraje es el catalizador; sin él, no hay más que teorías bonitas”.

Kidder pone el ejemplo del acoso escolar. “Aquí tenemos un campo de trabajo idóneo para que los chicos se entrenen y empiecen a mostrar ese coraje. Pueden aprender a proteger a las víctimas, a parar los pies a los matones de la clase, a correr el riesgo de hablar... Sí, riesgo. Porque sin cierto riesgo no hay coraje”.

La valentía, añade Kidder, se ha considerado siempre una virtud que marcaba el paso de la adolescencia a la edad adulta. “Aquí tienes una lanza”, se decía en algunas culturas. “Hay un oso en el bosque; vete y cázalo. Cuando regreses en tres días, por fin serás un hombre”.

Como en las sociedades occidentales ya no existen este tipo de ritos, el coraje moral –salir públicamente en defensa de las propias convicciones– se ha convertido hoy en el equivalente a la caza del oso.

Del yo al nosotros

Michael Ungar, experto en orientación familiar, casado y padre de dos adolescentes, es de los que piensan que la “Generación Yo” no necesariamente es lo peor que le ha pasado a la humanidad en los últimos siglos.

Es cierto que la cultura actual empuja sin tregua a los jóvenes a vivir obsesionados con su apariencia. Y que incluso los padres, sin quererlo, pueden reforzar esa tendencia. “Nadie se propone hacer de sus hijos unos egocéntricos. Sin embargo, podemos hacer cosas sutiles y no tan sutiles que, sin darnos cuenta, lleven a nuestros hijos a pensar en ellos mismos antes que en los demás”.

Lo bueno es que ahora tenemos más experiencia que en otras épocas, donde no había tiempo ni medios para autopromocionarse en las redes sociales. Con este enfoque optimista, Ungar ofrece pistas en su libro The We Generation (2) para conducir a las futuras generaciones hacia “un comportamiento socialmente responsable”.

Además, tiene la audacia de confíar a la “Generación Yo” la puesta en marcha de ese movimiento. Precisamente la actitud de estar siempre “conectados al grupo” (on line, sí, pero conectados) les predispone para la empatía. Y, bien encauzada, esa capacidad de hacerse cargo de lo que piensan y sienten los demás puede convertirse en una fuerza para el bien.

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  1. Rusworth Kidder. Good Kids, Tough Choices: How Parents Can Help Their Children Do the Right Thing. Jossey-Bass. San Francisco (2010). 260 págs. 11,53 $.
  2. Michael Ungar. The We Generation: Raising Socially Responsible Kids. Da Capo Press. Cambridge (2009). 280 págs. 14,43 $.

Para formar a los hijos,
hay que sustituir las
órdenes ligadas a la
casuística por
conversaciones
pausadas donde ellos
aprendan a razonar
éticamente.

Zenit
15.08.2009

Durante los días 10 y 12 de agosto pasado, se llevó a cabo el V Congreso Mundial de Familias en la ciudad de Ámsterdam, Países Bajos; del cual surgió la siguiente declaración:

  1. En representación de las familias y organizaciones provenientes de más de 60 naciones, nosotros, los delegados del V Congreso Mundial de Familias celebrado en Ámsterdam, Países Bajos, del 10 al 12 de agosto de 2009, afirmamos de acuerdo con el Artículo 16, párrafo 3, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que "la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado."
  2. En solidaridad con las Declaraciones de los Congresos Mundiales de Familias anteriores, definimos a la familia natural como la unión matrimonial entre un hombre y una mujer para toda la vida, con el fin de acoger y cuidar de la vida humana nueva, de proporcionar amor, compañía y apoyo mutuo en la construcción de un hogar rico en funciones, y de fortalecer los vínculos entre las generaciones.
  3. Nos definimos como pro-niños. Reafirmamos las estructuras sociales, culturales y legales que fomentan el desarrollo óptimo de los niños, en términos de salud, educación y posteriormente, responsabilidad cívica. Favorecemos los acuerdos laborales que permitan que los padres pasen más tiempo con sus hijos.
  4. Reconocemos lo que las ciencias biológicas y sociales enseñan: que las expectativas para los hijos son mejores cuando son criados por sus padres naturales dentro del hogar, formado por el matrimonio de sus padres.
  5. Afirmamos que el futuro de las naciones se apoya en las familias que tienen una base espiritual. Las organizaciones religiosas deberán ser libres para defender su propia doctrina sobre el matrimonio y la familia en la esfera pública.
  6. Afirmamos que la familia natural es anterior al Estado. Las políticas públicas deben respetar la autonomía de la familia. Exigimos leyes y políticas sólidas que:
    • apoyen la institución natural del matrimonio;
    • desalienten el divorcio, especialmente cuando haya niños involucrados;
    • fomenten matrimonios que se comprometan a tener y a educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones;
    • protejan el derecho primordial de los padres de educar a sus hijos;
    • protejan el desarrollo físico, mental, social y espiritual de los niños;
      y custodien la vida humana especialmente vulnerable, al principio y al final del ciclo vital.
  7. Afirmamos la solidaridad entre las generaciones. Más allá del círculo inmediato conformado por la madre, el padre y sus hijos, se encuentra la riqueza ancestral de los abuelos, tías, tíos y primos. La urbanización, la industrialización, la migración, las guerras, las epidemias y un individualismo egoísta han debilitado los vínculos de la familia extensa.
  8. Apoyamos las acciones que revigoricen este círculo más amplio de la familia extensa como el lugar donde las personas puedan encontrar ayuda en tiempos de crisis, de desempleo, enfermedad, pobreza, vejez y el duelo por la pérdida de seres queridos.
  9. Proponemos a la familia natural como nuestra solución a la pobreza. El apoyo a las personas que viven en extrema pobreza debe ser proporcionado dentro del entorno familiar, cuando sea posible.
  10. Apoyamos las estrategias que fomenten que la familia sea dueña de su propio hogar y del desarrollo de microempresas, que promuevan la orientación vocacional para jóvenes de ambos sexos y la renovación de las economías rurales como una mejor alternativa a la migración hacia las ciudades.
  11. Vemos el nacimiento de cada bebé como un activo para el mundo, una nueva inteligencia y un nuevo par de manos.
  12. Identificamos las tasas de natalidad decrecientes como el principal problema demográfico del siglo 21. Apoyamos las medidas que desalientan el aborto (incluyendo el aborto por elección del sexo), las que favorezcan familias más numerosas y saludables y las que apoyen el crecimiento económico.
  13. Respondemos a la pandemia del VIH y del SIDA con un programa de abstinencia, fidelidad y formación de carácter a través de una educación para la vida basada en los valores. Creemos que este enfoque inspirará y reforzará la vida familiar en las sociedades, romperá con el ciclo de la infección y beneficiará a los niños. También exhortamos la introducción de iniciativas especiales para mejorar el cuidado de las víctimas del SIDA, la atención a los huérfanos y a los familiares de edad avanzada que cuidan de ellos para la reconstrucción de hogares funcionales.
  14. Por último, solicitamos un enfoque familiar en temas de salud: La educación sexual deberá ser impartida por los padres de familia y debe basarse en el desarrollo de la fuerza de voluntad, la fidelidad en las relaciones conyugales y la toma responsable de decisiones. Los servicios de salud antes y después del parto deberán extenderse a la orientación sobre alternativas diferentes al aborto, incluyendo la adopción. El amamantamiento deberá promoverse como una estrategia de supervivencia infantil.

Padres Fernando Castro y Jaime Molina
15.06.2008

La familia está llamada a edificar el Reino de Dios y a participar activamente en la vida y misión de la Iglesia. Los miembros de la familia, enseñados por la Palabra de Dios, confortados con los sacramentos y los auxilios de la gracia, e irradiando el espíritu del Evangelio, vienen a ser una pequeña porción viva de la Iglesia.

¿Qué relación tiene la familia con la fe?
La Iglesia siempre ha enseñado que la familia cristiana es una comunidad creyente y evangelizadora, que testimonia la presencia salvadora de Cristo en el mundo a través de la unidad y fidelidad de los esposos, y la conservación y transmisión de la fe a los hijos.

¿Por qué se dice que la familia es evangelizadora?
En la familia los padres deben comunicar el Evangelio a los hijos, pero también pueden recibirlo de ellos. La familia debe transmitir la fe a otras familias y a los ambientes donde se desenvuelve su vida ordinaria.

¿Cómo se puede concretar la evangelización en la familia?
Los padres deben dar ejemplo con naturalidad de cómo vivir la vida y las tradiciones cristianas. Los hijos deben saber que sus padres tratan a Dios todos los días, que procuran recibir los sacramentos con frecuencia y asistir a la Santa Misa los domingos y otras fiestas. Que veneran al Papa y a la jerarquía de la Iglesia. También evangelizarán con su ejemplo y su palabra, transmitiendo los valores humanos y cristianos: el amor al trabajo, el sentido de responsabilidad, el respeto a los mayores y al buen nombre de los demás; el amor a la verdad, la sinceridad, la vida sencilla, austera y limpia; el saber compartir con los demás los bienes que tenemos, el ser agradecidos con Dios por todo, etc.: porque todas esas virtudes las vivió Jesucristo.

¿Cómo pueden las familias contribuir socialmente a la evangelización?
Las familias son testimonio y fermento de vida cristiana en la sociedad en la medida en que los esposos viven bien las exigencias de su vocación matrimonial. Ese clima de amor y generosidad cristiana facilitará prestar ayuda espiritual o material a otras familias que lo necesiten. También pueden hacerse presentes en las actividades propias de la pastoral evangelizadora de la Iglesia a través de las parroquias o movimientos apostólicos.

¿Debe aprenderse el Catecismo en la familia?
Los padres son los primeros iniciadores de la fe en sus hijos. Deben enseñarlos a rezar y comenzar a explicarles las principales verdades contenidas en el Catecismo. La parroquia o la escuela perfeccionará más tarde esa enseñanza. Lo que los padres enseñan en la infancia, tiene una gran importancia para la vida futura de los hijos.

¿Es necesario orar en familia?
Jesucristo nos enseñó que "cuando hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 17,19). Alabar a Dios, darle gracias y pedirle sus dones forma parte esencial de la vida de una familia cristiana.

¿Qué motivos tenemos para oraren familia?
Los motivos son las mismas circunstancias ordinarias de la vida que debemos y podemos referir a Dios: estar juntos en alegrías y dolores; esperanzas y tristezas; nacimientos y cumpleaños; aniversarios de bodas; viajes, alejamientos y regresos; momentos importantes; fallecimiento de personas queridas, etc.

¿Quiénes deben iniciar a los hijos en la vida de oración?
Los padres son los principales educadores en la oración. Deben enseñar a sus hijos a orar y a tratar a Dios en ocasiones ordinarias de la vida: al acostarse y al levantarse; antes y después de las comidas; a dar gracias por los beneficios; en la asistencia a la Misa dominical; a celebrar los misterios cristianos: Navidad, Semana Santa, etc.; la celebración de las fiestas de Jesucristo, de la Virgen y de algunos Santos; a orar por las necesidades espirituales y materiales de los demás; etc. La principal educación para la oración será siempre el testimonio de los padres.

¿Qué otras oraciones pueden ejercitarse en la familia?
El rezo y la meditación del Santo Rosario, principalmente en familia, han sido especialmente recomendados como una de las más excelentes oraciones para conservar su unidad.

¿Qué otras devociones se pueden practicar en las familias?
La presencia de imágenes piadosas en los principales sitios de la vivienda: el crucifijo, imágenes de la Virgen; la imposición del escapulario. En Venezuela hay una costumbre muy cristiana, que es la bendición que piden los hijos a los padres. A la petición de la bendición por los hijos, los padres contestan: "que Dios te bendiga". Es una costumbre que muestra la devoción por los padres y parientes mayores, y que tiene una honda raíz cristiana. Debemos mantenerla y propagarla.

Gracia de Dios y sacramentos

¿El sacramento del matrimonio confiere la gracia de Dios para toda la vida matrimonial?
El sacramento del matrimonio, recibido con las debidas disposiciones, confiere la gracia de Jesucristo que ayudará a los esposos a santificarse en todas las circunstancias de su vida conyugal, porque Dios no nos abandona nunca en nuestra vocación, y el matrimonio es una vocación, un camino hacia la santidad.

¿Qué relación existe entre Eucaristía y Matrimonio?
En la Eucaristía el mismo Jesucristo se entrega como alimento, vivificando espiritualmente a los esposos y asemejándolos a Él. La Eucaristía es el sacrificio de la Nueva Alianza, alianza que encarnan los esposos entre sí en la vivencia cristiana de su matrimonio. Además, la Eucaristía es fuente de caridad y vínculo de unidad, virtudes muy necesarias para la estabilidad y armonía de toda la familia.

¿Qué relación hay entre el sacramento de la Penitencia y el Matrimonio?
Los esposos y los demás miembros de la familia deben recibir el sacramento de la Penitencia cuando en sus vidas esté presente el pecado o cuando quieran crecer en el fervor y en el amor de Dios. La Confesión es fuente de purificación y de fortaleza, necesaria para afrontar las dificultades de la vida conyugal.

La preparación para el matrimonio

¿Por qué es necesaria una preparación para el matrimonio?
En otros tiempos la preparación para el matrimonio no era tan necesaria porque las jóvenes parejas se hallaban como protegidas por un ambiente naturalmente cristiano, que las defendía. En nuestro tiempo se ha dado un cambio cultural fuertemente opuesto al matrimonio y a los valores familiares, y es necesario que los jóvenes aprendan a defender y asumir con responsabilidad su compromiso matrimonial. La verdadera preparación al matrimonio se inicia en la propia familia, que es la primera formadora de los valores humanos y cristianos. Allí se inicia el conocimiento y el respeto de la dignidad del hombre y de la mujer y la grandeza del matrimonio y la familia. Durante el noviazgo debe continuar esa formación que permita a los novios cultivar el conocimiento mutuo y la aceptación y el respeto a las ideas, sentimientos y modos de ser del futuro cónyuge.

¿Qué otros aspectos abarca la preparación para el matrimonio?
Esa preparación requiere un camino suficientemente largo para que los novios lleguen a la boda con la requerida disposición para la entrega total del uno al otro, que se perfeccionará después durante la vida conyugal. Si el noviazgo no persigue ese objetivo, las expresiones de intimidad que serían propias de los esposos, en el noviazgo son sólo debilidades. Parte importante de la preparación para el amor conyugal y el matrimonio está en el respeto que los novios deben tenerse mutuamente. Ese respeto en el noviazgo abarca: las ideas, los modos de ser, la intimidad, los cuerpos y los sentimientos. Ese respeto es una señal de verdadero amor, destinado a crecer y fortalecerse en el matrimonio.

¿Exige la Iglesia a los novios cierta preparación para recibir el sacramento del matrimonio?
En muchos sitios la iglesia pide a los novios que van a contraer matrimonio, que participen de un "curso prematrimonial". En él se deben tratar los aspectos humanos, doctrinales y espirituales que cualquier matrimonio cristiano debe conocer. Los novios deben ver en este curso prematrimonial no sólo un requisito para su boda, sino una ayuda que les facilita recibir digna y provechosamente el sacramento.

¿Qué se debe decir a quienes afirman que las parejas deben, tener relaciones íntimas previas al matrimonio?
Esas relaciones sexuales, llamadas prematrimoniales, no son una preparación para el matrimonio, sino un pecado grave y un abuso de la sexualidad. Muchas veces esas relaciones son efecto de la debilidad, de un enamoramiento romántico, o sentimental, que está muy lejos del verdadero amor. Los novios, como aún no son esposos y no se pertenecen, no tienen derecho a esa intimidad que puede afectar gravemente su amor y también los derechos de otras personas, y en concreto los del hijo que fruto de esas relaciones puedan concebir. Por otea parte es muy sabido que las relaciones prematrimoniales con frecuencia destruyen el noviazgo y otras muchas veces preparan la infidelidad extraconyugal.

La preparación para el matrimonio que proporciona la iglesia ¿tiene otros motivos?
A veces se acude al matrimonio con falta de libertad, o forzando una situación que requeriría un tiempo de prudente espera, que la preparación previa puede ayudar a discernir. El embarazo, como fruto de relaciones prematrimoniales, puede ser una de las causas que apresuré irresponsablemente la boda en parejas que aún no están preparadas ni física, ni emocional, ni espiritualmente para ello. Las estadísticas demuestran que los matrimonios de adolescentes suelen terminar en divorcios muy pronto: tanto más pronto cuanto más jóvenes se casaron.

¿Que hacer para evitar esas situaciones?
Los novios deben evitar las ocasiones en que puedan darse relaciones prematrimoniales -permanecer solos mucho tiempo, o en lugares aislados-, así como las manifestaciones de ternura que serían propias de los esposos, pues no sólo deben evitar las relaciones íntimas, sino que tampoco deben iniciarlas. Deben saber resistir las presiones del ambiente que impulsan a los novios a vivir como si fueran personas casadas. Y saber que el esfuerzo por vivir limpiamente su amor tendrá la garantía de su duración. Además, siempre hay que pensar que Dios no pide imposibles, y que el noviazgo se puede vivir limpiamente con la ayuda de su gracia, frecuentando los sacramentos y siendo amigos de Dios.

La celebración del matrimonio

¿Qué características debe tener la celebración del matrimonio?
El matrimonio cristiano requiere una celebración litúrgica que exprese ante la Iglesia, representada ante unos testigos, la naturaleza sacramental de la alianza conyugal que establece. Los esposos deben saber que expresan las promesas de su alianza ante el mismo Jesucristo representado por el ministro de la Iglesia y los testigos que asisten al matrimonio. La ceremonia de la boda se lleva a cabo una vez aclarado que no existen impedimentos, que dicho acuerdo se realiza responsable y libremente, que se expresa con claridad el consentimiento que realiza la alianza conyugal, y que se observan las formas establecidas por la Iglesia con una ceremonia sencilla y digna.

¿Qué manifiesta la celebración del matrimonio cristiano?
El matrimonio cristiano manifiesta de modo público que los esposos -aquel hombre y aquella mujer- han sido llamados por Dios para establecer libremente una comunidad de vida y de amor que debe ser un camino hacia la santidad. En él, se ceden mutuamente el derecho sobre sus cuerpos para realizar los actos propios de la generación y educación de sus hijos. Este derecho es perpetuo y sólo exclusivo de ellos.

Situaciones irregulares y difíciles en las familias

¿Cuales son las principales situaciones irregulares en la familia?
Las principales situaciones irregulares que contradicen el plan de Dios sobre la familia son: el llamado "matrimonio a prueba"; las uniones libres; los católicos unidos sólo por el matrimonio civil; las personas separadas o divorciadas no casadas de nuevo; las personas divorciadas y vueltas a casar; los privados de familia.

¿Qué es el "matrimonio a prueba"?
Se llama así a la cohabitación de una pareja que prueba su compatibilidad durante un tiempo, pensando en la posibilidad de contraer- posteriormente un enlace definitivo. Propiamente hablando, esta "prueba" no se trata de un matrimonio, porque en él se prevé la posibilidad de una futura ruptura; y esto es incompatible con el verdadero matrimonio.

¿Qué son las uniones libres?
Son uniones constituidas por un hombre y una mujer que deciden vivir juntos, sin ningún tipo de compromiso entre ellos. Estas situaciones pueden ser fruto de determinadas circunstancias económicas o culturales; de la inmadurez afectiva y sicológica de la pareja, o consecuencia de la búsqueda desordenada del placer. En todo caso estas uniones reflejan una gran inmadurez humana, porque indican que no se es capaz de asumir el compromiso de formar una familia.

¿Cómo es posible evitar esas situaciones?
Es necesario averiguar las causas en cada caso para ponerles remedio. En general, es preciso promover la educación de los jóvenes mostrando los grandes bienes de la fidelidad, del matrimonio y de la familia, y la conveniencia de construir hogares estables.

¿Cuál es la situación dentro de la Iglesia de los católicos unidos en matrimonio civil?
Hay que distinguir dos grupos de personas: los que nunca recibieron el sacramento del matrimonio; y los que lo recibieron y se divorciaron para volver a contraer matrimonio civil. Los primeros tienen una situación distinta a las uniones libres, porque aceptan de alguna manera las obligaciones del matrimonio. Sé les debe animar a que santifiquen su hogar recibiendo el sacramento del matrimonio, para que sean coherentes con la fe que profesan y el estilo de vida que llevan. En todo caso, no pueden acceder a los sacramentos de la Iglesia mientras perdure esa situación, porque entre católicos el único matrimonio válido y licito es el sacramental.

¿Puede una persona católica divorciarse cuando la convivencia con el otro cónyuge es imposible?
Si la convivencia conyugal se hace imposible por problemas de infidelidad, o de violencia, malos ejemplos para los hijos, etc., el cónyuge inocente puede pedir lícitamente la separación -pues el otro cónyuge perdió sus derechos-, pero convendrá que se aconseje previamente con un sacerdote.

¿Cuál es la situación dentro de la Iglesia de las personas divorciadas que han vuelto a contraer un matrimonio civil?
La Iglesia ruega por todos ellos y desea atenderles como a miembros especialmente necesitados de su ayuda, porque las palabras de Jesús sobre la ilicitud de su situación son claras: Yo les digo: cualquiera que repudie a su mujer y se una con otra, comete adulterio (Mt 19,9); y en otro pasaje: el que repudie a su mujer la expone a cometer adulterio, y el que se una con la repudiada comete adulterio (Mt 5,32).

Así pues, deben tratar de resolver su situación: sea investigando la posible nulidad de su primer matrimonio con intención de contraer legítimamente el actual; sea disolviendo la segunda unión civil y tratando de recomponer su primera unión matrimonial; o viviendo con su, actual cónyuge, si así lo exigen las obligaciones de justicia adquiridas por los hijos que se tengan, pero sin tener relaciones con él. Sólo en este último caso, cuando ambos viven como hermano y hermana, y quitando toda posibilidad de causar escándalo a otros fieles, podrían participar de los sacramentos. En todo caso deben recibir el consejo de un sacerdote prudente y experimentado.

¿Estas personas están separadas de la Iglesia?
De ningún modo. Pueden y deben como todos los católicos acudir a la oración, escuchar la Palabra de Dios, participar de la Misa, y procurar realizar obras de caridad y misericordia. Pueden también fomentar las iniciativas en favor de la justicia, educar a los hijos en la fe cristiana y cultivar el espíritu y las obras de penitencia. De este modo se disponen también a recibir la ayuda de Dios para regularizar su situación.

¿Cuáles son los sentimientos de la Iglesia respecto a los que no tienen familia?
Estas personas son valoradas con afecto y consideración por parte de la Iglesia. El Santo Padre, Juan Pablo II, siempre ha animado a que se les abra todavía más la puerta de la iglesia a las personas que no tienen familia, porque la Iglesia es la casa de todos, especialmente de los fatigados y necesitados.

Fuente: Catecismo de la familia y del matrimonio

Roberto Carlos Cuenca Jiménez
25.10.2010

 

 

 

La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se puede aprender los valores morales, comenzar a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad. Al mismo tiempo, la familia es educadora en la fe, en los valores y virtudes; escuela del amor y del compromiso. “La familia transmite la fe cuando cree, ama y espera”. “La familia, como la mejor escuela de oración y de vida”.

 

Al respecto López Quintás, Alfonso. (2006), mencionaba: que para dar primacía voluntariamente a unos valores sobre otros, necesitamos suscitar en nuestro ánimo desde niños el sentimiento de asombro ante todo lo que encierra un valor: el clima hogareño de amor incondicional y ternura, un bello paisaje, un pueblo acogedor, una obra artística o literaria de calidad, un juego vivido con espíritu creativo, una conversación ingeniosa, un día espléndido, una acción noble, una fiesta popular o litúrgica vivida con autenticidad... Esta capacidad de emocionamos al ver la alta calidad de seres y sucesos cotidianos nos da energía interior suficiente para vencer la tendencia a las ganancias inmediatas y consagrarnos a la fundación de modos de unión más exigentes.

 

Los valores, las buenas costumbres, los principios éticos, se entienden y asimilan mejor cuando se basan en la práctica diaria y en el trato con otras personas, especialmente en el ambiente hogareño. Es decir, la influencia de los padres de manera directa en sus hijos y los abuelos indirectamente puede ayudar a la tarea de educar a los nietos.

 

Patiño Jaramillo, Sor Carmen. (2006), menciona dos aspectos importantes en relación al fortalecimiento de la enseñanza de los valores desde el hogar; lo cual ayudaría a fortalecer las relaciones humanas entre los miembros de la familia, para una mejor convivencia, así tenemos:

 

a) El ambiente que debe haber dentro de la familia

 

  • Una participación adecuada, una relación basada en el amor y cariño.
  • El saber escuchar, que permita un ambiente cálido promoviendo el crecimiento personal de cada integrante.
  • Contar con todos a la hora de tomar decisiones.
  • Formarse en el buen uso de los medios de comunicación.

b) La Comunicación entre todos

 

  • Necesidad de conversación diaria entre padres e hijos.
  • La casa no es solo un lugar de descanso sino también el hogar es el centro de alivio de tensiones y un lugar de encuentro.
  • Es importante conversar con los niños desde pequeños, escucharles, expresar lo que sentimos por ellos y de manera especial educar con el ejemplo.

¿Por qué educar en valores esenciales a los niños y jóvenes durante el desarrollo desde el mismo ámbito familiar?

 

Es verdad que los educadores tienen la responsabilidad de formar al ser humano, pero no lo es todo, porque necesita primero del apoyo primordial y fundamental de la familia, que tiene la tarea de orientar, educar, formar e impartir su propio ejemplo desde el amor y desde la vivencia de valores y virtudes; es decir, la función primordial de la familia, es la de ayudar a los hijos integralmente, a ser verdaderas personas de bien. De esta manera, surge el interés de educar en valores primordiales como:

 

Educar la voluntad

  • Hacerlos responsables de sus propios actos. Concienciarlos para que luchen por unos fines nobles, incluso dejarles que fracasen de vez en cuando.
  • Deben aprender a resolver sus problemas.
  • Responsabilizarlos de determinadas tareas. (Poner la mesa, ordenar la habitación, limpiar el baño, cuidar a los hermanos menores, regar las plantas).
  • Hacerles comprender que deben aceptar y respetar las normas familiares.

Es importante sugerir que recursos puede utilizar la familia para la consecución de la educación de la voluntad.

  • Esfuerzo motivado:
    • Estimular y premiar.
    • El esfuerzo prolongado merece premiarse.
    • Se debe motivar y recompensar por el esfuerzo más que por los resultados.
    • Tampoco se debe abusar de las recompensas materiales. (Juguetes, dulces, dinero).
  • Disciplina.
  • Educar desde un ámbito más personalizado.

Educar en el esfuerzo

  • En el momento actual la comodidad, el bienestar, el placer eliminan el esfuerzo.
  • La familia debe potenciar el esfuerzo.
  • Inculcar en los hijos que pocas cosas de valor se consiguen sin esfuerzo.

Educar en el orden

  • Desde muy pequeños se les debe acostumbrar a colocar las cosas en su sitio.
  • Los padres deben tener paciencia para dar a sus hijos el tiempo que necesitan para ordenar sus juguetes, habitaciones, etc.

Educar en la sinceridad

  • Se debe enseñar a los niños desde pequeños a decir la verdad siempre, aunque esto traiga contratiempos.
  • Ayudarles a que se conozcan más a sí mismos. (Que reflexionen interiormente).
  • Enseñarles a discernir entre lo principal y lo secundario.

Educar en el amor hacia los demás

  • En nuestra sociedad es difícil porque cada uno busca su comodidad, dinero, buena vida.
  • Hay que enseñarles a salir de sí mismos y hacerles comprender que fuera de ellos hay mucha gente que sufre. (Niños, ancianos, enfermos). Es necesario prepararlos para la generosidad.

Educar en la tolerancia

  • Valor clave en la convivencia familiar.
  • Consiste en el reconocimiento de las diferencias y la diversidad de los demás.
  • Potenciar el diálogo y el consenso.

Educar en la trascendencia

  • Enseñarles a los niños la bondad, el perdón, la belleza espiritual, en la generosidad frente a los demás.
  • Formar en la amabilidad, en la alegría y en la humildad, de manera especial que aprenda amar en libertad.

En la educación de los valores, la familia está llamada a recuperar su tiempo y espacio para cumplir con la responsabilidad de padres, educadores y compartir cada uno de los momentos que les ayude a crecer juntos. Les invito a hacer de su hogar un nido de amor, donde cada miembro done lo mejor de sí mismo, para convertir sus vidas en una ofrenda de amor y esperanza.

 

 

Sobre el autor
Roberto Carlos Cuenca Jiménez es Máster, docente investigador de UTPL (Universidad Técnica Particular de Loja), mediador de conflictos, y pertenece al grupo de Proyectos ILFAM (Instituto Latinoamericano de la Familia)
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Ecuador

Roberto O´Farril - ConoZe
27.01.2009

En un momento histórico en el que la humanidad reconoce la urgencia de retomar los valores para recuperar la paz y el bien, el pasado Encuentro Mundial de las Familias propuesto por el Papa, nos recuerda cuáles son esos valores formativos:

La Dignidad se aprende en el hogar cuando los padres se tratan mutuamente con respeto. El Bien trae paz interior, gozo y madurez. Honestidad es actuar conforme a la voluntad divina y a la propia conciencia. Responsabilidad es cumplir con las obligaciones sin presiones inmediatas. La Verdad es la adecuación de la realidad y el pensamiento. Servir es la grandeza del amor paternal que convierte a los padres en servidores de sus hijos. Fidelidad es tener fe, y confiar en Dios, pero también en los demás. Justicia es dar a cada quien lo que se le debe dar. La Generosidad es dar lo que todavía se desea. Paciencia es tranquilidad de espera en situaciones difíciles. Bondad es el esfuerzo por la felicidad propia y de los demás. Lealtad es actuar de acuerdo con la ley de la amistad y de las instituciones. La Gratitud es gratuita y reconoce a quien hace un bien sin estar obligado a hacerlo. Honradez es respeto por los bienes ajenos y esfuerzo por conseguir los propios. Perdón es ignorar la culpa pues nace del amor que se tiene a quien la cometió. Amistad es afecto que se tiene hacia otro y que hace procurar su bien. Alegría es manifestación del gozo ante un bien y expresión de la felicidad. Solidaridad consiste en hacerse «sólido» con los demás para satisfacer juntos las necesidades mutuas. La Coherencia es actuar de acuerdo con los principios buscando la verdad. Prudencia es pensar antes de emprender una acción. Fortaleza es constancia en la búsqueda del bien. Templanza es equilibrio en el uso de los placeres y ayuda a vencer el abuso. Respeto es reconocer la dignidad propia de los demás. Tolerancia es dar la importancia debida al que la tiene, por su dignidad, no por sus circunstancias. Misericordia es la consecuencia de tener un corazón compasivo. Sinceridad es actuar con verdad, limpiamente, sin hipocresías. Abnegación es sacrificio voluntario de los propios intereses en servicio de Dios o del prójimo. Escuchar es la disposición para atender y entender a los demás. Obediencia es hacer la voluntad del que manda. Pudor es el respeto a la dignidad del cuerpo y derecho a la intimidad. Amabilidad es disponibilidad al trato benévolo con los demás. Confianza es la seguridad que se tiene de la rectitud de los demás. La Unidad nace del amor a la comunidad con quienes se convive. Libertad es la autodeterminación ante el bien o el mal. El Bien común es la búsqueda de la felicidad de todos. Igualdad es un trato libre de impunidad y corrupción. Compasión es amar al que padece y padecer con él. Religiosidad es la práctica de las obligaciones hacia Dios. La Esperanza hace anhelar, sin desaliento, la felicidad. Voluntad es la facultad de entender y desear lo que debe hacerse. Hospitalidad es acoger a quien esta en desgracia. La Paternidad es procurar el bien de los hijos y Saber ser hijo consiste en honrar a los padres y cuidar de ellos en la vejez.

Enciclopedia Católica
15.06.2008

Término derivado del latín famulus, sirviente, y familia, sirvientes de la casa, o casa (cf. Oscan famel, sirviente). En el período romano clásico la familia raramente incluía a los padres o los hijos. Su derivado inglés se usó frecuentemente en tiempos antiguos para describir a todas las personas del círculo doméstico, padres, hijos y sirvientes. El uso actual, sin embargo, excluye a sirvientes, y restringe la palabra familia al grupo social fundamental formado por la unión, más o menos permanente, de un hombre con una mujer, o de uno o más hombres con una o más mujeres, y sus hijos. Si la cabeza del grupo comprende sólo a un hombre y una mujer tenemos la familia monógama, como distinción de aquellas sociedades domésticas que viven en condiciones de poligamia, poliandria o promiscuidad.

Ciertos escritores antropológicos de la última mitad del siglo XIX, como Bachofen (Das Mutterrecht, Stuttgart, 1861), Morgan (La sociedad antigua, Londres, 1877), Mc'Lennan (La teoría patriarcal, Londres, 1885), Lang (La costumbre y el mito, Londres, 1885), y Lubbock (El origen de la civilización y la primitiva condición del hombre, Londres, 1889), crearon y desarrollaron la teoría que el modo original de la familia era aquel en que todas las mujeres de un grupo, horda o tribu, pertenecían promiscuamente a todos los hombres de la comunidad.

Siguiendo la primacía de Engels (El origen de la familia, la propiedad privada, y el Estado, tr del alemán, Chicago, 1902), muchos escritores socialistas adoptaron esta teoría realmente como la más armoniosa con su interpretación materialista de historia. Las principales consideraciones adelantadas en su favor son: la asunción de que en los tiempos primitivos toda la propiedad era común, y que esta condición llevó naturalmente a la comunidad de mujeres; ciertas declaraciones históricas de escritores antiguos como Estrabón, Herodoto y Plinio; la práctica de la promiscuidad, en una fecha comparativamente tardía, por algunos pueblos salvajes, como los indios de California y unas tribus aborígenes de India; el sistema de trazar la descendencia y el parentesco a través de la madre, que prevaleció entre algunos pueblos primitivos; y ciertas costumbres anormales de antiguas razas, como la prostitución religiosa, el llamado jus primæ noctis, la prestación de la esposa a los visitantes, la convivencia de los sexos antes del matrimonio, etc.

En ningún momento esta teoría ha obtenido la aceptación general, incluso entre escritores no cristianos, y es completamente rechazada por algunas de las mejores autoridades, por ejemplo Westermarck (La historia del matrimonio humano, Londres, 1901) y Letourneau (La evolución del matrimonio, tr. del francés, Nueva York, 1888).

En respuesta a los argumentos antedichos, Westermarck y otros señalan que la hipótesis de un comunismo primitivo no ha sido demostrada por ningún medio, por lo menos en su formulación extrema; aquella propiedad en común de las cosas no lleva necesariamente a la comunidad de esposas, la familia y las relaciones políticas están sujetas a otros motivos más allá de los puramente económicos; que los testimonios de historiadores clásicos en la materia son inconclusos, vagos, y fragmentarios y se refieren sólo a unos pocos casos; que los modernos casos de promiscuidad son aislados y excepcionales, y pueden atribuirse a la degeneración en lugar de a supervivencias primitivas; que la práctica de seguir el parentesco a través de la madre encuentra amplia explicación en otros hechos además de la incertidumbre supuesta de la paternidad, y que nunca fue universal; que sobre las relaciones sexuales anormales citadas, es más obvia y satisfactoria su explicación por otras circunstancias, religiosas, políticas y sociales, que por la hipótesis de la primitiva promiscuidad; y, finalmente, esa evolución que vista superficialmente, parece apoyar esta hipótesis, está en la realidad contra ella, ya que las uniones entre el varón y la hembra de la mayor parte de las especies animales superiores muestran un grado de estabilidad y unicidad que tienen un gran parecido a la familia monógama.

Teorías erróneas

La máxima concesión que Letourneau hará hacia la teoría en discusión es que “esa promiscuidad se puede haber adoptado por ciertos pequeños grupos, más probablemente por ciertas asociaciones o hermandades" (op. cit., pág. 44). Westermarck no vacila en decir: "La hipótesis de promiscuidad, en lugar de la pertenencia, como piensa el profesor Giraud-Teulon, es la clase de hipótesis que son científicamente permisibles sin tener ningún fundamento real, y es esencialmente no científica" (op. cit., pág. 133).

La teoría de que el modo original de la familia era la poligamia o la poliandria incluso es menos digna de crédito o consideración. En lo fundamental, el veredicto de los escritores científicos está en armonía con la doctrina de la Escritura sobre el origen y el modo normal de la familia: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa: y serán una sola carne" (Gen., 2, 24). "De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.” (Mt. 19, 6). Desde el principio, por consiguiente, la familia supuso la unión de un hombre con una mujer.

Mientras la monogamia fue el modo prevaleciente de la familia antes de Cristo, estaba limitada de deferentes maneras por la práctica de la poligamia en muchos pueblos. Esta práctica era en general más común entre las razas semíticas que entre los arios. Era más frecuente entre los judíos, egipcios y medos, que entre las personas de India, los griegos o los romanos. Existió en mayor extensión entre las razas no civilizadas, aunque algunas de éstas estuvieron libres de ellas. Es más, incluso en esas naciones en que se practicaba la poligamia, civilizadas o primitivas, normalmente se restringió a una pequeña minoría de la población, como los reyes, los jefes, los nobles y los ricos.

La poliandria era igualmente practicada, pero con considerablemente menor frecuencia. Según Westermarck, la monogamia era de lejos el modo más común de matrimonio "entre los pueblos primitivos de los que tenemos algún conocimiento directo" (op. cit., pág. 459). Por otro lado, el divorcio estaba en boga prácticamente entre todos los pueblos en una medida mucho mayor que la poligamia.

La facilidad con que el marido y esposa podían disolver su unión constituye uno de los más grandes borrones en la civilización de la Roma clásica. Generalmente hablando, la posición de la mujer era muy baja en todas las naciones, civilizadas y primitivas, antes de la venida de Cristo. Entre los bárbaros, se convertían frecuentemente en esposas a través de su captura o compra; incluso entre los pueblos más avanzados la esposa era generalmente propiedad de su marido, su objeto, su esclava. En ninguna parte el marido fue limitado por la misma ley de fidelidad matrimonial que la esposa, y en muy pocos casos fue compelido para conceder a ella iguales derechos en materia de divorcio. El infanticidio era práctica universal y la patria potestad del padre romano le entregaba el derecho de vida y muerte incluso sobre sus hijos adultos. En una palabra, los miembros más débiles de la familia eran por todas partes inadecuadamente protegidos contra el más fuerte.

La Familia Cristiana

Cristo no sólo restauró a la familia a su tipo original como algo santo, permanente, y monógamo, sino que elevó el contrato del que se origina a la dignidad de sacramento, y así puso a la propia familia en el plano de lo sobrenatural. La familia es santa ya que es cooperadora con Dios, procreando hijos, que son destinados a ser hijos adoptivos de Dios, e instruyéndolos para su reino.

La unión entre el marido y la esposa es definitiva hasta la muerte (Mt 19, 6 ss.; Lc 16, 18; Mc 10, 11; I Cor 7, 10; ver MATRIMONIO, DIVORCIO). Que éste es el modo más alto de unión conyugal, y la mejor solución para el bienestar de la familia y de la sociedad, aparecerá ante cualquiera que compare desapasionadamente los efectos morales y materiales que surgen de ella con los de la práctica del divorcio.

Aunque el divorcio ha obtenido a un mayor o menor aceptación entre la mayoría de los pueblos desde el principio hasta ahora, "hay evidencia abundante que el matrimonio ha venido a ser más perdurable, sobretodo, a medida que la raza humana ha crecido a mayores niveles de cultura" (Westermarck, op. cit., pág. 535).

Aunque se han hecho esfuerzos para demostrar que el divorcio está en todo caso prohibido por la ley moral de la naturaleza, no han convencido por si mismos, sin mencionar nada de ciertos hechos de la historia del Antiguo Testamento, la indisolubilidad absoluta del matrimonio es no obstante el ideal a que la ley natural apunta y por consiguiente es lo que se espera en un orden que es sobrenatural. En la familia, recreada por Cristo, no existe nada semejante a la poligamia (vea las referencias dadas en este párrafo, y POLIGAMIA).

Esta condición, también está de acuerdo con el ideal de la naturaleza. De hecho, la poligamia no se condena en ningún caso por la ley natural, pero es generalmente incoherente con el bienestar razonable de la esposa y los hijos y el desarrollo moral apropiado del marido. Debido a estas cualidades de durabilidad y unidad, la familia cristiana implica una real y definitiva igualdad entre marido y esposa. Tienen los mismos derechos en materia de la primaria relación conyugal, igual llamada a la fidelidad mutua e iguales obligaciones para hacer real esta fidelidad. Son igualmente culpables cuando violan estas obligaciones y merecen igual perdón cuando se arrepienten.

Esposa, consorte y compañera

La esposa no es esclava ni propiedad de su marido, sino su consorte y compañera. La familia cristiana es sobrenatural ya que se origina en un sacramento. A través del sacramento del matrimonio, marido y esposa obtienen e incrementan la gracia santificante y el derecho a la gracia actual, necesaria para el apropiado cumplimiento de todos los deberes de la vida familiar, y la relación entre marido y esposa, padres e hijos, es sobrenaturalizada y santificada. El fin y el ideal de la familia cristiana son igualmente sobrenaturales, a saber, la salvación de padres e hijos, y la unión entre Cristo y su Iglesia. "Maridos, amad a vuestras esposas, como Cristo amó a su iglesia y se entregó por ella", dice San Pablo (Ef 25). La intimidad de la unión matrimonial, la casi identificación de marido y esposa, se ve en la cita: “Así deben los hombres amar a sus esposas, como a sus propios cuerpos. Él que así ama a su esposa, se ama a sí mismo" (Ef. 28).

De estos hechos generales de la familia cristiana, pueden deducirse rápidamente las relaciones particulares que existen entre sus miembros. Partiendo de que el hombre y la mujer, por regla general, no están normalmente completos como individuos, sino que son más bien dos partes complementarias de un organismo social en el que sus necesidades materiales, morales y espirituales reciben mutua satisfacción, un requisito primario de su unión es el amor mutuo.

Éste no incluye meramente el amor de los sentidos, que es esencialmente egoísta, ni necesariamente ese amor sentimental que los antropólogos llaman romántico, sino, sobretodo, un amor racional o afecto que procede del reconocimiento de unas cualidades de mente y corazón y que impele a cada uno a buscar el bienestar del otro. Así, la asociación íntima y prolongada de marido y esposa, necesariamente trae a la superficie sus cualidades menos nobles y amables y, como el criar de los hijos implica muchos sufrimientos, la necesidad de un amor desinteresado y la capacidad de sacrificarse, son evidentemente muy importantes.

Las obligaciones de mutua fidelidad han sido expuestas suficientemente arriba. Las funciones particulares de marido y esposa en la familia son determinadas por sus diferentes naturalezas y por su relación con el fin primario de la familia, es decir, con la procreación de los hijos. Siendo el proveedor de la familia y superior a la esposa, tanto en fuerza física como en las cualidades mentales y morales que son necesarias para el ejercicio de la autoridad, el marido es naturalmente la cabeza de la familia, incluso "la cabeza de la esposa", en el lenguaje de San Pablo. Esto no significa que la esposa sea la esclava del marido, su sirviente o su súbdita.

Ella es su igual, tanto como ser humano y como miembro de la sociedad conyugal, salvo que cuando existe una discordancia en asuntos que pertenecen al gobierno doméstico, ella, como norma, se somete. Exigir para ella una autoridad completamente igual a la del esposo es tratar a la mujer como igual al hombre en una materia en que la naturaleza los ha hecho desiguales. Por otro lado, el cuidado y dirección de los detalles de la casa pertenecen naturalmente a la esposa, porque ella está mejor capacitada para estas tareas que el marido.

Fin primario de la familia

Siendo que el fin primario de la familia es la procreación de los hijos, el marido o la esposa que esquivan este deber por cualquier motivo, sea espiritual o moral, reducen a la familia a un nivel antinatural y no cristiano. Esto es absolutamente cierto cuando la ausencia de descendencia se ha procurado por cualquiera de los métodos artificiales e inmorales tan en boga actualmente. Cuando la unión conyugal ha sido bendecida con los hijos, ambos padres adquieren, según sus respectivas funciones, el deber de sostener y educar a esos miembros inmaduros de la familia. Su formación moral y religiosa es, en su mayor parte, tarea de la madre, mientras que la tarea de atender sus necesidades físicas e intelectuales recae principalmente en el padre. Hasta qué punto las diferentes necesidades de los hijos serán cubiertas, variará según la habilidad y los recursos de los padres. Finalmente, los hijos deben, generalmente hablando, a los padres amor implícito, reverencia y obediencia, hasta que hayan alcanzado su mayoría y después, amor, reverencia y un grado razonable de ayuda y obediencia,.

Las relaciones externas más importantes de la familia son, naturalmente, aquellas que existen entre ella y el Estado. Según la concepción cristiana, la familia, en lugar del individuo, es la unidad social y la base de la sociedad civil. Decir que la familia es la unidad social no implica que es el fin para el que el individuo es un medio; el bienestar del individuo es un fin para ambos, la familia y el Estado, así como de cualquier otra organización social. Significa que el Estado está formalmente preocupado por la familia como tal y no meramente por el individuo. Esta distinción es de gran importancia práctica; allí donde el Estado ignora o descuida a la familia, con la vista puesta sólo en el bienestar del individuo, el resultado es una fuerte tendencia hacia la desintegración de éste.

La familia es la base de sociedad civil, ya que la mayoría de las personas debe pasar prácticamente toda su vida en su círculo, sea como miembro o como cabeza. Solamente en la familia el individuo puede ser debidamente criado, educado y recibir la formación de su carácter que le hará un buen hombre y un buen ciudadano.

Ya que el hombre medio no empleará toda su energía productiva si nos es bajo el estímulo de sus responsabilidades, la familia es indispensable desde un punto de vista puramente económico. Luego la familia no puede desempeñar sus funciones debidamente a menos que los padres tengan el control total sobre la crianza y la educación de los hijos, sólo sujeta a la necesaria vigilancia estatal para prevenir un grave abandono de su bienestar.

Consecuentemente, hablando generalmente y con la concesión debida para condiciones particulares, el estado excede su autoridad cuando provee las necesidades materiales del niño sustrayéndolo de la influencia paternal o especificando la escuela a la que debe asistir. La familia cristiana en la historia se ha demostrado inmensamente superior a la familia no cristiana, como consecuencia de estos conceptos e ideales. Ha mostrado la mayor fidelidad entre marido y esposa, mayor reverencia de los hijos hacia los padres, mayor protección de los miembros más débiles por los más fuertes y, en general, un reconocimiento más completo de la dignidad y derechos de todos dentro de su círculo.

Su mayor gloria es indudablemente su efecto en la posición de mujer. A pesar de las dificultades –en su mayor parte con respecto a la propiedad, educación y una prácticamente reconocida doble norma moral-- que la mujer cristiana ha sufrido, ha logrado un grado de dignidad, respeto y autoridad, que podríamos buscar en vano en la sociedad conyugal fuera de la Cristiandad. El factor principal en esta mejora han sido las enseñanzas cristianas sobre la castidad, la igualdad conyugal, la santidad de la maternidad y el fin sobrenatural de la familia, junto con el modelo cristiano e ideal de la vida familiar, la Sagrada Familia de Nazaret.

La pretensión de algunos escritores de que, aquello que la Iglesia enseña y practica sobre la virginidad y celibato, constituye una degradación y deterioro de la familia, no sólo nace de una visión falsa y perversa de estas prácticas, sino que contradice los hechos históricos. Aunque siempre ha tenido la virginidad en un honor más alto que el matrimonio, la Iglesia nunca ha confirmado la extrema visión, atribuida a algunos escritores ascéticos, de que el matrimonio es solo una concesión a la carne, una clase de indulgencia carnal tolerada.

A sus ojos el rito matrimonial ha sido siempre un sacramento, el estado de casado un estado santo, la familia una institución Divina y la vida familiar la condición normal para la gran mayoría de humanidad. De hecho, su enseñanza sobre la virginidad y la manifestación de miles de sus hijos e hijas que ejemplifican esa enseñanza, ha constituido en toda época una exaltación más eficaz de la castidad en general y, por consiguiente, de la castidad interior tanto como sin la familia. La enseñanza y el ejemplo se han combinado para convencer a los casados, no menos que a los solteros, que la pureza y la continencia son deseables y posibles en la práctica. Hoy, como siempre, precisamente es en esas comunidades dónde se honra la virginidad en las que el ideal de la familia es más alto y sus relaciones son más puras.

Peligros para la Familia

Entre éstos está la exaltación del individuo por el estado a expensas de la familia, que ha venido desde la Reforma ((cf. the Rev. Dr. Thwing, in Bliss, "Enciclopedia de la Reforma Social”), y la moderna facilidad del divorcio (vease DIVORCIO) que puede remontarse a la misma fuente. El mayor culpable en este último aspecto son los Estados Unidos, pero la tendencia parece ser la de facilitarlo en la mayoría de los países en los que se permite el divorcio.

La autorización legal y la aprobación popular de la disolución del lazo matrimonial, no sólo rompe las familias existentes, sino que anima a matrimonios precipitados y produce una visión laxa de la obligación de fidelidad conyugal. Otro peligro es la limitación deliberada del número de hijos en la familia. Esta práctica tienta a los padres a pasar por alto el fin principal de la familia y a considerar su unión solamente como un medios de satisfacción mutua. Además, lleva a una disminución de la capacidad de auto-sacrificio en todos los miembros de la familia. Estrechamente conectada con estos dos males del divorcio y la restricción artificial de nacimientos, está la general laxitud de opinión con respecto a la inmoralidad sexual.

Entre sus causas está la disminución de la influencia de la religión, la ausencia de instrucción religiosa y moral en las escuelas y el énfasis aparentemente más débil puesto sobre el grave pecado contra la castidad por aquéllos cuya instrucción moral no ha estado bajo los auspicios católicos. Sus efectos principales son la aversión a casarse, la infidelidad matrimonial, y la contracción de enfermedades que producen la infelicidad doméstica y familias estériles.

La vida ociosa y frívola de las mujeres, esposas e hijas, en muchas familias adineradas es también una amenaza. Por las posiciones que defienden, el modo de vida que llevan y los ideales que acarician, muchas de estas mujeres nos recuerdan un poco el hetæræ de la Atenas clásica . Para ello gozan de gran libertad, y ejercen gran influencia sobre sus maridos y padres, y su principal función parece ser entretenerlos, mejorar su prestigio social, atender a su vanidad, vestir bien y reinar como reinas sociales. Se han liberado de cualquier auto-sacrificio serio en beneficio del marido o de la familia, mientras el marido ha declarado igualmente su independencia de cualquier interpretación estricta del deber de fidelidad conyugal. La unión entre ellos no es suficientemente moral y espiritual, es excesivamente sensual, social y estética. Y el mal ejemplo de esta concepción de la vida familiar se extiende más allá de aquéllos que pueden ponerla en practica.

Todavía otro peligro es el declive de la autoridad familiar en todas las clases, la desobediencia y falta de respeto impuesta y exhibida por los hijos. Sus consecuencias son la imperfecta disciplina en la familia, el defectuoso carácter moral de los hijos y la infelicidad multiplicada de todos.

Finalmente, está el peligro, físico y moral, que amenaza la familia debido al firme incremento de la presencia creciente de mujeres en la industria. En 1900, el número de mujeres por encima de los dieciséis años empleadas en los Estados Unidos era de 4.833.630, más del doble del número de ocupadas en 1880 y qué constituían el 20 por ciento del número total de mujeres mayores de dieciséis años en el país, considerando que el número de trabajadores en 1880 formaba sólo el 16 por ciento de la misma franja de la población femenina.

En las ciudades de América dos mujeres de cada siete son las que mantiene la familia (ver Informe Especial del Censo americano, "Mujeres en el Trabajo"). Esta condición implica un aumento de la proporción de mujeres casadas en el trabajo como asalariadas, un aumento de la proporción de mujeres que son físicamente menos capaces de llevar a cabo las tareas de la vida familiar, una proporción más pequeña de matrimonios, un aumento en la proporción de mujeres que, debido a una idea engañosa de independencia, están poco dispuestas a casarse, y un debilitamiento de los lazos familiares y de la autoridad doméstica. "En 1890, 1 mujer casada entre 22 era la sustentadora; en 1900, 1 de 18" (ibid.).

Quizás la peor consecuencia y la más llamativa del trabajo de las mujeres casadas en la industria es el aumento de la proporción de muerte entre los niños. Entre los niños menores de un año la proporción en 1900, en todos los Estados Unidos, era del 165 por 1000, pero era del 305 en Fall River, dónde la proporción de mujeres casadas empleadas era mayor. Como causa suprema de todos estos peligros para la familia están el decaimiento de la religión y el crecimiento de una visión materialista de la vida, así el futuro de la familia dependerá del punto en que estas fuerzas puedan controlarse. Y la experiencia parece demostrar que no puede haber término medio entre el ideal materialista del divorcio, tan sencillo como que la unión matrimonial se termina por el deseo de las partes, y el ideal católico de matrimonio completamente indisoluble.