Tomás Melendo Granados
06.06.2008

Entre la multitud de cuestiones abordadas en las enseñanzas del tan recordado Juan Pablo II, sin duda hay tres que pueden competir con cualquier otra en lo que a relevancia y atención por parte del Pontífice se refiere. Aludo a las realidades expresadas por los vocablos «persona», «amor» y «familia».

  1. Respecto al magisterio global de Juan Pablo II, podría afirmarse de la persona lo que él escribía en la Centesimus annus en referencia a esa misma Encíclica y a la entera doctrina social de la Iglesia: que «la correcta concepción de la persona humana y de su valor único» constituye la trama, la urdimbre íntima y más definitiva, de cuanto el pasado Papa nos dio a conocer.
  2. El amor —y, en concreto, el amor humano— es algo a lo que Juan Pablo II consagró una solicitud privilegiada desde mucho antes de ser elegido Pontífice; algo que continuó mimando durante el ciclo entrañable de Audiencias en las que comentaba los versículos del Génesis correspondientes a la creación del hombre como varón y mujer; y algo que configura la clave última de resolución —la piedra de toque decisiva— de casi todos los problemas que el Santo Padre planteó y supo resolver.
  3. ¿Y la familia? Las páginas impresas dedicadas a recoger lo que el Sumo Pontífice dijo o escribió sobre ella se cuentan —según las ediciones— por millares. Pero es que, además, Juan Pablo II la consideró más de una vez expresamente como la niña de sus ojos, como el objeto prioritario de su atención pastoral, manifestando su intención de pasar a la posteridad como «el Papa de las familias».

No puede dudarse, pues, de que este trío de realidades sobresale —junto a algunas otras— en la consideración y en el magisterio de Juan Pablo II. Pero más interesante resulta subrayar que, para él, se trataba de entidades tan íntimamente inter-penetradas, que ninguna de ellas «vive» sin el amparo de las otras dos. Sin persona no hay amor; sin amor no hay familia; sin familia no hay amor ni, por ende, persona en cuanto persona.

Cada uno de los tres elementos florece o se marchita de la mano de los restantes.

Tal vez el texto más claro al respecto sea el muy conocido de la Familiaris consortio, donde las cuestiones en juego son mostradas de forma explícita —y casi diría que solemne— en su mutua interrelación.

Escribe Juan Pablo II: «La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas; del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de persozas.

»El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas».

Relaciones mutuas

Familia, amor, persona; amor, persona, familia... ¿Cuál de estos tres elementos debería constituir el inicio lógico de cualquier reflexión al respecto? ¿O es que tal vez nos encontramos ante una suerte de relación circular, sin claro punto de arranque?

En cierta medida, sí: tenemos frente a nosotros tres realidades absolutamente primarias, a la par que emparentadas. Y la razón, que Juan Pablo II puso repetidas veces de relieve, es que en el Origen de estas «tres» entidades humanas se encuentra el Único e Indivisible Dios verdadero, que se define a sí mismo como Amor y se revela en una Trinidad de Personas que componen, como gustaba decir al Sumo Pontífice, la Familia primigenia.

Tanto da, en consecuencia, empezar por uno u otro de los elementos: siempre seremos conducidos hasta los dos que quedan.

  1. La persona se define por el amor. Hace ya bastantes años que, siguiendo sugerencias de Juan Pablo II, me animé a describir a la persona, también a la humana, como «sujeto y objeto, como principio y término... de amor». La persona es persona por encontrar en el amor su hontanar, su substancia y su destino conclusivo.
    La cuestión podría mostrarse de distintas maneras, pero, dentro del contexto que voluntariamente he escogido, me limitaré a aportar uno de los más definitivos testimonios del Romano Pontífice, también de la Familiaris consortio: «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.
    »Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano».
  2. La persona remite, pues, al amor. Este es su inicio y su fin. Pero también cabría sostener, sin apartarse en lo más mínimo del camino enrumbado, que el amor se encuentra definido por su referencia ineludible a la persona: es lo que más propiamente surge de la persona en cuanto persona y se dirige, también con propiedad absoluta, a la persona en cuanto tal.
    Ya desde Amor y responsabilidad cabe percibir la biunívoca pertenencia que, en la mente del pasado Pontífice, ligaba a ambas entidades: amor y persona. Y es que, cuando el amor se toma en su sentido más noble —como un querer el bien para otro en cuanto otro, según lo describiera Aristóteles—, se advierte de inmediato que solo las realidades personales son capaces de amar, en la acepción cabal a que acabo de referirme, y que solo ellas son dignas de ser amadas.
    El amor es la única actividad que, de manera exclusiva y bi-direccionalmente (en los dos «sentidos»), se ejerce siempre y solo entre personas. Amar es la operación más propia y estricta y exclusivamente personal. El modo de obrar que mejor expresa —y mejora expresamente— a la persona en cuanto persona.
  3. La familia, ámbito propio de amor y de personas. ¿Tiene algo que decir, en las relaciones que acabamos de considerar, la familia? ¿Representa esta el elemento indispensable que completa la tríada de la que vengo tratando?
    Aquí los textos podrían multiplicarse hasta la saciedad. Me remito, antes que nada, al número 18 de la Familiaris consortio, antes trascrito. Y a él agrego, entre los muchos posibles, otros dos.
    Primero: «El hombre, por encima de toda actividad intelectual o social por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí, realmente, más que en todo otro campo de su vida, se juega el destino del hombre».
    Y este segundo, quizá todavía más claro: «¿Quién puede dejar de pedir a la familia humana que sea una auténtica familia, una auténtica comunidad donde se ama permanentemente al hombre, donde se ama siempre a cada uno por el solo motivo de que es un hombre, esa cosa única, irrepetible, que es una persona?».

Colaboración FamilyandMedia.eu
21.07.2014

Es un grito casi desesperado. Un aviso demoledor. Una visión terrible de una realidad a la que muchos son condenados. Este es el objetivo al que mira el documental de investigación Divorce Corp, dirigido por Joseph Sorge.

El negocio del divorcio, o en torno al divorcio, es el tema de esta pieza hiperrealista que compone un retablo de personajes posmodernos, a veces sin sentido y, en casi todos los casos, lastrados por unas circunstancias para las que no estaban preparados. Divorce Corp trata sobre cómo los estadounidenses deben formalizar un proceso de divorcio. La legislación de los EE.UU tiene instituidas las llamadas family courts -juzgados de familia- que son las instancias competentes en la materia. Nacieron en los felices años cincuenta. Lo hicieron en una época de esplendor económico y bienestar social con el fin de preservar el derecho al divorcio. Hasta esos años la tasa de ruptura de matrimonios era insignificante. Los divorcios eran vistos más como un crimen social que como un proceso legal para ejercer la disolución de un matrimonio.

En esa época fue cuando legisladores, jueces, psicólogos y autoridades religiosas se pusieron de acuerdo para simplificar y dulcificar el procedimiento. Nacieron como sencillos códigos jurídicos que debían servir para resolver de forma amistosa y sincera el deseo de dos esposos de romper su vínculo conyugal.

Entre 1969 y 1980 la tasa de divorcios se triplicó en los EE.UU. El código de familia fue llenándose de preceptos y normativas. Pasó de tener unas cuantas páginas a ser, como sucede en el actualidad, un compendio de más de dos mil folios repletos de articulado. En cada estado se desarrollaron además legislaciones diversas. Como resultado de esta modernización legislativa surgió un incremento exponencial del coste de un proceso de divorcio. Luego las cortes de familia se desplomaron ante la llegada de las tácticas jurídicas agresivas. Los grandes despachos de abogados entraron en el negocio. Fue en ese momento en el que se produjo el nacimiento de una nueva industria. Esta es la raíz del documental y el origen de su llamada de atención.

El documental habla de dinero. De mucho dinero. En los EE.UU se calcula que, cada año, los divorcios mueven cincuenta mil millones de dólares. El divorcio es ya la tercera causa de la quiebra de las familias en el país, en un momento en el que la mitad de los matrimonios acaban en ruptura. Es un gran negocio. En muchas de las principales ciudades las minutas de los casos de divorcio son más elevadas que las del resto de pleitos civiles sumados todos en conjunto. Se da la paradoja de que los procesos de divorcio duran más tiempo que los matrimonios que los originaron. Se han convertido en extenuantes y complejos y en ellos han de intervenir expertos de todo tipo con suculentos honorarios. Exámenes realizados por psicólogos, investigaciones financieras de los cónyuges, plazos interminables, requisitos complejos. Se gastan enormes recursos en exhaustivos informes para determinar cuál de los dos cónyuges es el más idóneo para custodiar a los hijos. Informes que cuestan varios miles de dólares y que será necesario repetir en varias ocasiones. De todo el dinero en juego, por supuesto, los profesionales que intervengan obtendrán un porcentaje de beneficios. Le digo a la gente que se están gastando en abogados el dinero que podrían usar para la educación de sus hijos explica en las imágenes el presidente de la Corte de Familia de New Jersey, Thomas Zampino.

El documental disecciona el funcionamiento en nuestros días de los juzgados de familia. Se expone cómo el noventa y cinco por ciento de las parejas que llegan a las escalinatas de estas instancias judiciales no están en conflicto ni en desacuerdo. El sistema, que se basa en la victoria de uno de los cónyuges, los pondrá a litigar por sus derechos y a luchar por la custodia de los hijos o por la pensión alimenticia. En el mosaico de testimonios aparecerán personas de toda clase social y condición económica. La batalla en una corte de familia es como el Armaggedon –el fin del mundo bíblico-, dirá un veterano juez de familia. Como expone el documental, en los juzgados penales podemos ver a gente mala ofreciendo su mejor comportamiento, mientras que en una corte de familia se observan buenas personas en sus peores momentos.

Por Divorce Corp aparecerán padres que acaban en la cárcel por no poder pagar la pensión a sus ex mujeres, a las que deben mantener en las mismas condiciones económicas que tenían antes de su ruptura. O segundas esposas que deben trabajar para mantener a las primeras esposas. También las imposiciones draconianas de los jueces que decretan la ropa que deben llevar los niños y las vacaciones de las que deben disfrutar aunque los padres divorciados no dispongan del dinero necesario. Se muestra a jueces millonarios, a psicólogos millonarios y a abogados millonarios en sus mansiones de Malibú o Bel Air. A personas ahogadas en sus propias deudas y a jóvenes esposos que no podrán recuperar su sonrisa tras perderlo todo. A gentes de toda edad que vagan buscando una respuesta. Aparecen niños tomados como rehenes por una de las dos partes con el fin de obtener mayores pensiones y detectives privados que trabajan para uno de los dos ex esposos con el objeto de escudriñar el estilo de vida del otro y así conseguir mayores indemnizaciones.

La cinta es, por una parte, un viaje en coche de lujo a mansiones en Los Ángeles o Boston que son propiedad de jueces y abogados. Es un retrato de la corrupción de aquellos que trabajan para una misma empresa: la dilatación de los procesos. Por el contrario es, al mismo tiempo, un itinerario hacia la desesperación de las familias destruidas y de hombres y mujeres demacrados por una realidad que no entienden pero a la que, en todo caso, deben hacer frente con su dinero.

Lo mejor de Divorce Corp es lo que pretende conseguir: ofrece soluciones. Quiere mover el sistema para mejorarlo. Se trataría, en definitiva, de buscar el bien y el sentido común evitando que la custodia de los niños fuera decidida por un juez. Se afirma que se podrían resolver la mayor parte de los casos sin necesidad de esas cortes de familia. Por ello el documental pide poner en marcha una justicia colaborativa, basada en la mediación, como una de las mejores alternativas. Divorce Corp va más allá de un documental. Su director quiere impulsar un movimiento para reformar unas instituciones ineficaces que suministran a la sociedad, según sus palabras, un remedio peor que la enfermedad. Sorge es un empresario del sector de la biotecnología que se vio atrapado en el sistema legal estadounidense. Con él pasamos de ser meros espectadores a convertirnos en personas directamente implicadas en cambiar las cosas.

En realidad, Divorce Corp es un canto a los valores perdidos del matrimonio. Como sucede en la actual narrativa de las más aclamadas series norteamericanas, su iconología es el deseo sincero de volver a la familia perdida. Una familia que ha sido sometida a los intereses de una industria para no sólo destruir sus valores sino también los de los individuos que la integran.

Divorce Corp puede ser visto como una pieza audiovisual de teología negativa. A partir de él afirmamos valores en negativo que resaltan lo bueno, lo bello y lo verdadero de un matrimonio. Es una llamada de atención a quienes se ven en la necesidad de iniciar un divorcio y una señal de alerta para otros países y sociedades que se han incorporado más tarde a la explosión de las rupturas matrimoniales. Nos da pistas de la perversión de un sistema bondadoso pero inhumano pues se funda en la ignorancia de lo que es una familia. Pero es también una visión de cómo los intereses, el dinero y la codicia se afanan por destruir la familia, ese último reducto de la paz y el bien. Porque quien deshace la familia no sabe lo que hace porque no sabe lo que deshace, como siempre defendió el gran escritor británico G.K. Chesterton.

Ficha de la película

Título original: Divorce Corp
Año: 2014
Género: Documental
Director: Joseph Sorge
Producción: Joseph Sorge/ Philip Sternberg
Candor Entertainment
www.divorcecorp.com

 

Colaboración de www.FamilyandMedia.eu para LaFamilia.info. Derechos reservados.

Aceprensa
18.06.2012

En el Encuentro Mundial de las Familias, celebrado a principios de este mes en Milán, Benedicto XVI fue un verdadero realista: presentó el ideal de amor y fidelidad en el matrimonio, señaló caminos para alcanzarlo, pero no olvidó que también puede haber dificultades y fracasos.

El ideal de familia

“Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida”.

Precisamente en su igualdad esencial y en su distinción, explicó el Papa, el hombre y la mujer, al unirse en matrimonio, reflejan y encarnan la comunidad de amor en el seno de la Trinidad divina. “La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada –al igual que la Iglesia– a ser imagen del Dios Único en Tres Personas”. Esto implica que todos, en la Iglesia y en la familia, “estamos llamados a acoger y transmitir de modo concorde las verdades de la fe; a vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo gozos y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón”.

De ahí se sigue el llamamiento que a continuación el Papa a los esposos. “Viviendo el matrimonio –les dijo– no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera”. La mutua entrega conyugal tiene así una fecundidad triple. “Vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar. Es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación”.

El Papa volvió enseguida sobre el segundo aspecto: “Queridos esposos, cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en la debilidad”. Y pidió correspondencia a los hijos: “Procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor”.

Amor para siempre

Pero surge la duda de si ese ideal de amor y entrega es verdaderamente realizable. De eso también habló Benedicto XVI, quien explicó que el matrimonio ya no está basado sobre el acuerdo entre familias, sino en la propia elección: el enamoramiento lleva al noviazgo y de ahí al matrimonio. Se pensó que el amor garantizaba el “para siempre”, porque el amor es absoluto. Pero la realidad es que “el enamoramiento es bello, pero quizá no siempre perpetuo, como ocurre con el sentimiento: no permanece para siempre”.

El sentimiento del amor “debe ser purificado, debe recorrer un camino de discernimiento, deben entrar en juego también la razón y la voluntad”. “En el rito del matrimonio –recordó el Papa– la Iglesia no dice: ¿Estás enamorado?, sino ¿Quieres?, ¿Estás decidido?. Es decir, el enamoramiento debe convertirse en verdadero amor involucrando a la voluntad y a la razón en un camino, que es el del noviazgo, de purificación, de mayor profundidad, de modo que realmente todo el hombre, con todas sus capacidades, con el discernimiento de la razón, con la fuerza de voluntad, dice: Sí, esta es mi vida”.

Benedicto XVI evocó luego las bodas de Caná. “El primer vino que se sirve es estupendo: es el enamoramiento. Pero no dura hasta el final: debe venir un segundo vino, es decir, debe fermentar y crecer, madurar. Un amor definitivo que llega a ser el segundo vino es más bello, mejor que el primero. Y es esto lo que debemos buscar”.

Y aquí es importante también que la pareja no permanezca aislada. En la comunión de vida con otros, con familias que se apoyan unas a otras, en la parroquia, con los amigos, con Dios mismo, se elabora “un vino que dura para siempre”.

Realismo

El Papa, pues, fue realista: presentó el ideal y subrayó que es realizable, y de hecho se ve realizado en muchas familias; pero no olvidó que también puede haber, y de hecho hay, dificultades y fracasos. Invitó a mirar a la meta: “El proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, que elevó el matrimonio a sacramento. Queridos esposos, Cristo, con un don especial del Espíritu Santo, os hace partícipes de su amor esponsal, haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total”.

Ciertamente, “vuestra vocación –prosiguió diciendo el Papa a los esposos– no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el cosmos, el mundo. Ante vosotros está el testimonio de tantas familias, que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil”.

Finalmente, Benedicto XVI dedicó una atención particular a quienes sufren la separación o la ruptura de su matrimonio. “Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía”.

Trabajo

Tras la creación del hombre y la mujer, el Génesis dice que Dios los hizo colaboradores suyos y les confió la tarea de “transformar el mundo, a través del trabajo, la ciencia y la técnica”; este fue el segundo tema de la homilía. “El hombre y la mujer son imagen de Dios también en esta obra preciosa, que han de cumplir con el mismo amor del Creador”.

El plan original de la creación está, también en este aspecto, en peligro de ser degradado. “En las modernas teorías económicas, prevalece con frecuencia una concepción utilitarista del trabajo, la producción y el mercado. El proyecto de Dios y la experiencia misma muestran, sin embargo, que no es la lógica unilateral del provecho propio y del máximo beneficio lo que contribuye a un desarrollo armónico, al bien de la familia y a edificar una sociedad justa, ya que supone una competencia exasperada, fuertes desigualdades, degradación del medio ambiente, carrera consumista, pobreza en las familias. Es más, la mentalidad utilitarista tiende a extenderse también a las relaciones interpersonales y familiares, reduciéndolas a simples convergencias precarias de intereses individuales y minando la solidez del tejido social”.

Fiesta

El tercer aspecto que Benedicto XVI tomó del Génesis es la institución del reposo semanal. “El hombre, en cuanto imagen de Dios, está también llamado al descanso y a la fiesta”.

Este valor humano recibe un relieve especial en el cristianismo: “Para nosotros, cristianos, el día de fiesta es el domingo, día del Señor, pascua semanal. Es el día de la Iglesia, asamblea convocada por el Señor alrededor de la mesa de la palabra y del sacrificio eucarístico, como estamos haciendo hoy, para alimentarnos de él, entrar en su amor y vivir de su amor”.

Eso, insistió el Papa, no anula sino refuerza el sentido y la dignidad original, humana, de la fiesta. El domingo “es el día del hombre y de sus valores: convivencia, amistad, solidaridad, cultura, contacto con la naturaleza, juego, deporte. Es el día de la familia, en el que se vive en común el sentido de la fiesta, del encuentro, del compartir, también en la participación en la santa Misa”.

Así, Benedicto XVI se refirió a la conciliación de vida familiar y vida laboral, sugiriendo la actitud de fondo desde la que se puede hallar el equilibrio. “Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la paternidad y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano. A este respecto, privilegiad siempre la lógica del ser respecto a la del tener: la primera construye, la segunda termina por destruir”.

Por eso, concluyó: “Queridas familias, a pesar del ritmo frenético de nuestra época, no perdáis el sentido del día del Señor. Es como el oasis en el que detenerse para saborear la alegría del encuentro y calmar nuestra sed de Dios”.

Tomás Melendo Granados
06.06.2008

Entre la multitud de cuestiones abordadas en las enseñanzas del tan recordado Juan Pablo II, sin duda hay tres que pueden competir con cualquier otra en lo que a relevancia y atención por parte del Pontífice se refiere. Aludo a las realidades expresadas por los vocablos «persona», «amor» y «familia».

  1. Respecto al magisterio global de Juan Pablo II, podría afirmarse de la persona lo que él escribía en la Centesimus annus en referencia a esa misma Encíclica y a la entera doctrina social de la Iglesia: que «la correcta concepción de la persona humana y de su valor único» constituye la trama, la urdimbre íntima y más definitiva, de cuanto el pasado Papa nos dio a conocer.
  2. El amor —y, en concreto, el amor humano— es algo a lo que Juan Pablo II consagró una solicitud privilegiada desde mucho antes de ser elegido Pontífice; algo que continuó mimando durante el ciclo entrañable de Audiencias en las que comentaba los versículos del Génesis correspondientes a la creación del hombre como varón y mujer; y algo que configura la clave última de resolución —la piedra de toque decisiva— de casi todos los problemas que el Santo Padre planteó y supo resolver.
  3. ¿Y la familia? Las páginas impresas dedicadas a recoger lo que el Sumo Pontífice dijo o escribió sobre ella se cuentan —según las ediciones— por millares. Pero es que, además, Juan Pablo II la consideró más de una vez expresamente como la niña de sus ojos, como el objeto prioritario de su atención pastoral, manifestando su intención de pasar a la posteridad como «el Papa de las familias».

No puede dudarse, pues, de que este trío de realidades sobresale —junto a algunas otras— en la consideración y en el magisterio de Juan Pablo II. Pero más interesante resulta subrayar que, para él, se trataba de entidades tan íntimamente inter-penetradas, que ninguna de ellas «vive» sin el amparo de las otras dos. Sin persona no hay amor; sin amor no hay familia; sin familia no hay amor ni, por ende, persona en cuanto persona.

Cada uno de los tres elementos florece o se marchita de la mano de los restantes.

Tal vez el texto más claro al respecto sea el muy conocido de la Familiaris consortio, donde las cuestiones en juego son mostradas de forma explícita —y casi diría que solemne— en su mutua interrelación.

Escribe Juan Pablo II: «La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas; del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de persozas.

»El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas».

Relaciones mutuas

Familia, amor, persona; amor, persona, familia... ¿Cuál de estos tres elementos debería constituir el inicio lógico de cualquier reflexión al respecto? ¿O es que tal vez nos encontramos ante una suerte de relación circular, sin claro punto de arranque?

En cierta medida, sí: tenemos frente a nosotros tres realidades absolutamente primarias, a la par que emparentadas. Y la razón, que Juan Pablo II puso repetidas veces de relieve, es que en el Origen de estas «tres» entidades humanas se encuentra el Único e Indivisible Dios verdadero, que se define a sí mismo como Amor y se revela en una Trinidad de Personas que componen, como gustaba decir al Sumo Pontífice, la Familia primigenia.

Tanto da, en consecuencia, empezar por uno u otro de los elementos: siempre seremos conducidos hasta los dos que quedan.

  1. La persona se define por el amor. Hace ya bastantes años que, siguiendo sugerencias de Juan Pablo II, me animé a describir a la persona, también a la humana, como «sujeto y objeto, como principio y término... de amor». La persona es persona por encontrar en el amor su hontanar, su substancia y su destino conclusivo.
    La cuestión podría mostrarse de distintas maneras, pero, dentro del contexto que voluntariamente he escogido, me limitaré a aportar uno de los más definitivos testimonios del Romano Pontífice, también de la Familiaris consortio: «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.
    »Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano».
  2. La persona remite, pues, al amor. Este es su inicio y su fin. Pero también cabría sostener, sin apartarse en lo más mínimo del camino enrumbado, que el amor se encuentra definido por su referencia ineludible a la persona: es lo que más propiamente surge de la persona en cuanto persona y se dirige, también con propiedad absoluta, a la persona en cuanto tal.
    Ya desde Amor y responsabilidad cabe percibir la biunívoca pertenencia que, en la mente del pasado Pontífice, ligaba a ambas entidades: amor y persona. Y es que, cuando el amor se toma en su sentido más noble —como un querer el bien para otro en cuanto otro, según lo describiera Aristóteles—, se advierte de inmediato que solo las realidades personales son capaces de amar, en la acepción cabal a que acabo de referirme, y que solo ellas son dignas de ser amadas.
    El amor es la única actividad que, de manera exclusiva y bi-direccionalmente (en los dos «sentidos»), se ejerce siempre y solo entre personas. Amar es la operación más propia y estricta y exclusivamente personal. El modo de obrar que mejor expresa —y mejora expresamente— a la persona en cuanto persona.
  3. La familia, ámbito propio de amor y de personas. ¿Tiene algo que decir, en las relaciones que acabamos de considerar, la familia? ¿Representa esta el elemento indispensable que completa la tríada de la que vengo tratando?
    Aquí los textos podrían multiplicarse hasta la saciedad. Me remito, antes que nada, al número 18 de la Familiaris consortio, antes trascrito. Y a él agrego, entre los muchos posibles, otros dos.
    Primero: «El hombre, por encima de toda actividad intelectual o social por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí, realmente, más que en todo otro campo de su vida, se juega el destino del hombre».
    Y este segundo, quizá todavía más claro: «¿Quién puede dejar de pedir a la familia humana que sea una auténtica familia, una auténtica comunidad donde se ama permanentemente al hombre, donde se ama siempre a cada uno por el solo motivo de que es un hombre, esa cosa única, irrepetible, que es una persona?».

Blog de José Javier Rodríguez
29.10.2012

El IV Congreso del Foro de la Familia, celebrado en Madrid el pasado 20 de octubre, sorprendió a propios y a ajenos. No era para menos. En el escenario de una crisis económica y social, en medio de una constatada decadencia de las instituciones educativas, en un país con más de cinco millones de personas sin trabajo… un grupo numeroso de personas se dedicaron a debatir sobre el matrimonio. ¿No será que lo que de verdad nos importa es nuestra felicidad como hombres y como mujeres? ¿No será que lo importante es nuestro matrimonio y nuestra familia? ¿No será que quien fracase a nivel familiar y matrimonial, es quien realmente ha perdido su norte y es un náufrago social?

Primera conclusión del congreso

Los datos sobre caída de la nupcialidad y la natalidad y el incremento de las rupturas matrimoniales en España en los últimos años, son reflejo de un fenómeno profundamente preocupante que afecta a la calidad de vida social y personal en proporciones relevantes y genera tendencias dramáticas respecto a la sucesión generacional y el mantenimiento de la solidaridad interpersonal básica que estructura a toda sociedad con futuro.

No es concebible una sociedad estable, dinámica, solidaria y con futuro sin matrimonios y familias estables, comprometidas y duraderas, jurídicamente protegidos en las mutuas relaciones entre sus miembros y socialmente valorados en positivo.

Algunos datos: el coste social del divorcio

Según el Reino Unido, único país que publica estos informes, el coste social del divorcio ronda los 42.000 millones de euros anuales [2]. Lo que se omite, por su dificultad de cálculo, es el ahorro que supone para las arcas públicas los matrimonio estables, comprometidos y con hijos. Al menos estos matrimonios son mayoría, ¡menos mal!

Sólo el en el 10% de las rupturas por divorcio son consecuencia de un motivo que hace que los hijos estén en un ambiente mejor que antes. Además, si a un matrimonio, que está a punto de divorciarse, se le ofrece una segunda oportunidad, sólo llegarán a la ruptura definitiva el 40% de esas parejas.

Según Ignacio Socías, Director General del Instituto Internacional de Estudios sobre la Familia -The Family Watch -, el compromiso matrimonial estable es el que mejor asegura la atención de los hijos: ”cuando un hijo crece en un entorno distinto de una familia estable, sus posibilidades de fracaso escolar son un 75% mayores, las de caer en la drogadicción un 70% mayores, las de alcoholismo un 50% mayores, las de no poder afrontar sus deudas futuras un 40% mayores y las de no encontrar trabajo un 35% mayores”.

Reemplazo generacional

El único país europeo que se acerca al índice de reemplazo generacional (2,1 hijos por mujer en edad fértil) es Francia, con un 2,09; España está en torno al 1,35. Por otra parte, Nigeria es el único país del mundo donde la curva de natalidad es ascendente. Todos los demás, en contra de las teorías maltusianas de sobrepoblación, tienen unos descensos significativos y preocupantes de la natalidad, incluidos los países de África, China y América del sur.

Según los datos vamos a llegar a una situación de colapso del modelo económico-social europeo. De ahí que, en el año 2050, en Europa o se toma la decisión de una subida desorbitada de los impuestos o se retrasa la edad de jubilación ajustándola al índice de esperanza de vida o se emplean “otros medios”, que no me atrevo a citar, para evitar que el sistema no se colapse.

Consecuencias humanas

El divorcio conlleva consecuencias negativas para aquellos que toman la decisión de ruptura. Las expectativas que pueden generar la “nueva etapa” se ven truncadas por problemas de toda índole en los hijos, complicaciones laborales en ambos cónyuges, inestabilidad personal y situaciones de precariedad. Todo ello, asimismo, acarreará problemas de salud psíquica y física en los miembros de la unidad familiar rota…

Si te planteas un divorcio, busca otra solución. En la actualidad hay muy buenos profesionales preparados y cualificados para prestar apoyo. Existen muchos orientadores familiares, especialistas en la mediación en caso de claro conflicto de intereses y centros de orientación familiar (COF) [4] que pueden ayudar. Infórmate, muy cerca de tu casa tienes uno. Por tu bien, por el bien de la persona a la que amas y por el bien de tus hijos, date una segunda oportunidad.

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Notas

[1] Conclusiones IV Congreso Foro Español de la Familia: ‘El matrimonio Sí Importa, el divorcio no es la solución’

[2] ‘When relations go wrong’, Peter Lynas, Michael Trend, John Ashcroft y Phil Caro, 2010

[3] Proyecciones probabilisticas de población mundial, PNAS & National Academy of Sciences, 5 de julio 2012. Estudio dirigido por Adrian Raftery, profesor de estadística y sociología de la Universidad de Washington, y publicado en la revista Proceedings, que predice que para 2100 el número de personas mayores de 85 años en el mundo habrá crecido todavía más de lo que se había estimado hasta ahora, con la consiguiente disminución de personas en edad activa.

[4] Centro de Orientación Familiar de la UPSA

Tomás Melendo
30.05.2011

A modo de introducción: Bodas “de etiqueta” y bodas de “Sí, quiero” (Por Marta Román)

Qué manía le ha dado a todo el mundo con poner etiquetas a las bodas y a lo que de ellas se deriva, es decir, a las familias. Hoy en día se reducen a dos: “Tradicional”, que me suena a “aburrimiento”, y “Nueva”, que me suena a “guay”.

En este artículo, Tomás Melendo me rompe ese esquema y me da otra visión más real y, sobre todo, más profunda de lo que supone decir “Sí, quiero” en la vida de dos personas. Lo expresa como un “acto único” que, dicho “en cristiano”, significa lanzarse a la aventura, perder el miedo o algo así. La boda es la acción concreta que marca un antes y un después, y el verdadero “sí, quiero” es el que capacita a dos personas para hacer posible lo imposible.

La verdadera boda no tiene etiqueta y es propia de la gente de hoy o de antes, pero gente lanzada, abierta a nuevas experiencias y aventurera: que apuesta al “todo o nada”, que cree que el amor es lo importante, que arriesga, que desafía miradas de hipocresía ante la llegada de un nuevo hijo y con franca sonrisa dice —y se dice— “a su casa viene”. Gente que lo mismo va vestida de marca, que de Zara, que de hippy. Que lo mismo lleva rastas que se plancha el pelo.

Porque toda ella, con sus variados estilos de vida, se mueve en un plano invisible con una idea común sobre el matrimonio: que la felicidad tiene mucho que ver con encontrar una persona con la que andar la aventura de la vida.

Es verdad que existen bodas de etiqueta o bodas de “mero trámite”, que intentan planificar un futuro en el que todo está predicho y en el que el amor, de haberlo, cuenta lo justo para justificar esa unión. Pero pensar en ellas me parece muy aburrido, tanto si se celebraron hace tres siglos como el sábado pasado.

Qué mala soy...

El amor sí es lo que importa

Más de una vez he oído explicar la grandeza del amor que se pone en juego en el momento de la boda haciendo ver que no se trata de un acto de amor como cualquier otro, sino de algo especialísimo, realmente grandioso, porque lleva consigo la osadía de hacer obligatorio el amor futuro: si antes de la boda los novios se amaban de forma radicalmente gratuita, sin compromiso alguno, en el preciso momento del “sí” se aman tanto, con tal locura e intensidad, que son capaces de comprometerse a amarse de por vida.

Siendo esto verdad, no lo es menos algo que con frecuencia ni tan siquiera se nombra… A saber: que el sí matrimonial es capaz de originar la obligación gozosa de amarse para siempre, en las duras y en las maduras, porque simultáneamente hace posible esa entrega incondicionada.

Y “eso”, ¿no es una locura?

La reflexión sobre los excesivos fracasos matrimoniales que observamos en la actualidad, y más todavía la mayor frecuencia con que rompen los lazos quienes se han unido en convivencia cuasi-matrimonial pero sin casarse, me han llevado a advertir que la pretensión de obligarse a amar de por vida a otra persona, con total independencia de las circunstancias por las que una y otra atraviesen, si no fuera acompañada de un robustecimiento de la recíproca capacidad de amar, resultaría, en el fondo, una soberana ingenuidad, casi una demencia.

En parte para atraer la atención de quienes me escuchan, y sobre todo porque estimo que el ejemplo es correcto, aunque atrevido, suelo ilustrar ese deber-capacitación con el mandamiento máximo y máximamente nuevo que Jesucristo impuso a sus discípulos en la Última Cena.

Y añado, con todo el respeto posible y una pizca de humor, que semejante pretensión sería una auténtica chifladura si el Señor, en el momento de establecer el precepto, no incrementara de manera casi infinita la capacidad de amar del cristiano, o previera los medios para fortificarla y hacerla crecer.

¿Cómo, si no, pedir a unos simples hombres que quieran a los demás como el mismísimo Dios los ama: «Como Yo os he amado»?

Pues algo análogo, no idéntico, sucede en el momento de la boda, también la que se sitúa en el ámbito natural. En el mismo momento en que pronuncian el sí de manera libre y voluntaria, los nuevos cónyuges no solo se obligan, sino que sobre todo se tornan mutuamente capaces de quererse con un amor situado a una distancia casi infinita por encima del que podían ofrecerse antes de esa donación total. Por el contrario, sin ese sí que los “hace aptos”, la pretensión de obligarse resultaría casi absurda.

Lo importante

Cuando mis amigos o alumnos afirman, con más o menos agresividad y “buscándome las cosquillas”, que lo importante para llevar a buen puerto un matrimonio es el amor, les respondo sin titubear que sin ninguna duda: estoy mucho más convencido que cualquiera de ellos.

(Es más, considero que el haber centrado la clave de la vida conyugal en el amor mutuo, dejando de lado otras razones menos fundamentales, es una de las ganancias o conquistas teóricas más relevantes de los últimos tiempos respecto al matrimonio).

Pero inmediatamente añado que, para poder amarse con un amor auténtico y del calibre que exige la vida en común para siempre, es absolutamente imprescindible haberse habilitado para ello; y que semejante capacitación es del todo imposible al margen de la entrega radical que se realiza al casarse.

Con otras palabras: lo importante, desde el punto de vista antropológico, no son ni “los papeles” ni “la bendición del cura”.

(Personalmente, considero una inaceptable usurpación y, por eso, me niego en rotundo a que me case ningún funcionario del Estado ni sacerdote alguno: me caso yo —y mi mujer— y justo y solo porque quiero y quiere ella; ningún otro está capacitado para hacerlo por mí; solo el libre consentimiento de los cónyuges realiza esa unión, con todos los efectos antropológicos que lleva aparejados).

Sin embargo, para que lo importante —el amor— sea efectivamente viable resulta del todo necesaria la acción de libre entrega por la que los cónyuges se dan el uno al otro en exclusiva y para siempre.

Estamos, lo digo especialmente para los conocedores de la filosofía, aunque todos podamos entenderlo, ante un caso muy particular del nacimiento de un hábito bueno o virtud: que, para más inri, es justamente la virtud de la “castidad conyugal”, tan denostada.

Virtud… ¡qué aburrimiento!

No quiero insistir en que el hábito y la virtud tienen mucha menos relación con la repetición de actos, que a menudo conduce a la rutina o incluso a la manía, que con la potenciación o habilitación de la facultad o facultades que vigorizan.

Es decir, el hábito y la virtud, con independencia absoluta de su origen, nos tornan mejores y, de forma muy directa, nos permiten obrar a un nivel muy superior que antes de poseerlos.

La cuestión resulta muy fácil de ver en las habilidades de tipo intelectual, técnico o artístico, llamadas en filosofía hábitos dianoéticos: solo quien ha aprendido durante años a dibujar, a proyectar edificios y jardines o a interpretar correctamente al piano (y el resultado de esos aprendizajes son distintos hábitos o capacitaciones de un conjunto de facultades) es capaz de realizar tales actividades de la forma correcta y adecuada, con facilidad y gozo, y sin peligro próximo de equivocarse… a no ser que le de la gana hacerlo mal (cosa no tan infrecuente).

Lo mismo ocurre con las virtudes en sentido más estricto, que son las de orden ético. Quien ha adquirido la virtud de la generosidad, pongo por caso, no solo se desprende fácilmente de aquello —¡el tiempo, en primer lugar!— con lo que puede hacer más feliz a otro, sino que se siente inclinado a realizar ese tipo de acciones y, ¡ahí es nada!, disfruta como un enano al realizarlas.

De ahí que la vida éticamente bien vivida no sea una especie de carrera de obstáculos tediosa y sin norte, un “más difícil todavía” carente de término, sino que, precisamente a causa de a las virtudes, compone una senda de disfrute progresivo, en el que incluso el dolor y el sacrificio se tornan gozosos.

La génesis de las virtudes

Una de las diferencias que se han señalado tradicionalmente entre hábitos dianoéticos (técnicas, artes, etc.) y éticos, es que algunos de aquellos pueden lograrse con un solo acto —ahí se encuadra, por ejemplo, la tan clara como difícil de comprobar adquisición del “uso de razón”—, mientras que las virtudes propiamente dichas requieren de una repetición de actos realizados cada vez con mayor amor.

Propongo una leve corrección a esta doctrina. Por un lado, porque la experiencia demuestra que, en ocasiones, una persona adquiere el valor o pierde el miedo como resultado de una única acción, más o menos arriesgada: por ejemplo, lanzarse a la piscina después de meses de dudarlo o saltar en paracaídas por vez primera… y experimentar la emoción que inclina a volver y volver a saltar, pero ahora ya sin miedo.

Y me parece que el acto único de la entrega matrimonial consciente y decidida tiene un efecto muy parecido: otorga a quienes se casan el vigor y la capacidad para amarse de por vida a una altura y con una calidad que resultan imposibles sin esa donación absoluta.

Cosa no difícil de comprender si recordamos que el fin de toda vida humana es el amor entregado, y que la ofrenda que se realiza en el matrimonio (igual que la que se hace a Dios de forma definitiva), por encarnar de manera privilegiada esa tendencia al amor, no puede sino fortalecer la capacidad de amar, hasta el punto de situarla a una distancia casi infinita de la que los novios tenían antes de la boda.

No se trata de una cuestión psicológica, como algunos me han comentado o preguntado, aunque también pueda reflejarse en esos dominios; sino de algo infinitamente más serio. Estamos ante un cambio abismal, comparable por ejemplo a lo que en filosofía denominamos el primum cognitum o la llegada del “uso de razón”: aquel hábito que permite —en un momento difícil de precisar, pero sin duda existente—, conocer la realidad tal como es, con independencia de sus beneficios o desventajas para mí, y no solo, como los animales y los niños de muy poca edad, en lo que cada una supone para mi propia satisfacción o malestar.

De esta suerte, igual que puede hablarse de un hábito primero en los dominios del conocimiento, que lleva a conocer de un modo radicalmente superior al que se tiene antes de su formación (es lo que llamo primum cognitum o habitus entitatis), es legítimo referirse a un hábito muy concreto de la voluntad —lo denominaría, si no fuera una cursilada, habitus sponsalis amoris—, que hace posible amar de una forma inédita y muy ennoblecida: conyugalmente.

Hasta el extremo de que hay que afirmar que la persona que lo genera —justo en el instante y como producto de la entrega sin reservas— es capaz, en general, de fijar definitivamente el objeto de sus amores en aquel (o Aquel) a quien se ha entregado y, en el caso del matrimonio, de transformar el cuerpo sexuado en vehículo eficaz (de la culminación) de la entrega de la propia persona… cosa imposible antes de casarse.

Habilitarse… más o menos

Me explico con un poco más de detalle. A veces entendemos la respon¬sabilidad como la cuenta que habremos de dar, ¡si nos pillan!, por lo que hemos hecho mal; o del premio que recibiremos por lo bueno que hay en nuestra vida… y que nosotros nos encargamos de dejar muy claro.

De nuevo es una visión correcta, pero muy pobre. Ante cualquier acción que realizamos, nuestra persona responde de inmediato mejorando o empeorando, haciéndonos más capaces de obrar de nuevo, mejor y con más facilidad, en el mismo sentido, bueno o malo: quien se acostumbra a robar se va haciendo un ladrón; el que miente, un mentiroso; el que emprende grandes empresas en bien de los demás, una persona magnánima; quien se entrena siete horas en el gimnasio —si no perece en el intento— un auténtico “cachas”, etc.

Esa respuesta, que nos marca queramos o no, es la verdadera responsabilidad: el modo como nuestro ser responde y se modifica en función de nuestras actuaciones.

Pongámonos en el supuesto de acciones buenas. Cada una de ellas nos mejora y nos hace más capaces de realizar fácilmente, con gusto y sin equivocarnos el mismo tipo de operaciones. Pero no todas nos capacitan con la misma intensidad.

Quien presta sus apuntes a un compañero, se hace un poco más generoso; quien dedica toda una tarde a explicarle lo que no comprende, bastante más; quien, sin que se note, está constantemente pendiente —aunque a él le cueste sangre— de que sus amigos hagan lo que deben, con gracia y sin hacérselo pesar… ¡es un tío grande, maestro en generosidad y en muchas otras virtudes (no digo «tía grande», no por pusilánime, sino porque ellas se llaman a sí mismas «tío»: viva la juventud y la no-juventud que quiere parecer joven)!

Una puntualización importante

Pero todos estos ejemplos cuadrarían mejor con el incremento paulatino de la capacidad de amar que, cuando queremos bien, vamos generando en nosotros.

Hay otros casos que se sitúan más cerca del que estamos considerando, aun sabiendo que un ejemplo es solo eso: algo que, si está bien escogido, ayuda a entender la realidad que pretendemos ilustrar, pero que no se identifica con ella.

Me refiero, por concretar, y en negativo, a que quien no se decide a tirarse desde un trampolín, venciendo con ello el miedo que inicialmente lo acogota, nunca estará en condiciones de saltar de nuevo, con gusto y soltura, mejorando progresivamente la técnica y el estilo.

O, en positivo, y apurando un poco más la analogía, a la firme decisión que lleva, después de un tiempo de aprendizaje, a lanzarse por primera vez en caída libre desde un avión, gracias a un acto de valor que vence el miedo connatural a realizar ese salto; o, en una línea no muy lejana, a dar el paso definitivo para entrar a ejercer una profesión de alto riesgo en beneficio de los demás (pienso, entre otros, en los bomberos o los equipos de salvamento), haciendo caso omiso del temor que suscita el poner la propia vida en peligro con relativa frecuencia.

En estas circunstancias y en otras similares, ese notable acto de virtud, al multiplicar el vigor de las facultades respectivas, coloca a quien lo realiza en un nivel superior que antes de llevarlo a cabo, y lo faculta para irse superando en el ejercicio cada vez más perfecto de las actividades, que antes no eran posibles y ahora ya sí lo son.

La gran aventura

Y casi en el término de esa línea ascendente se sitúa el sí de la boda.

Como apuntaba, varón y mujer son seres-para-el-amor; y la culminación y mayor expresión de todo amor es la entrega. Cuando esa entrega es sincera, profunda, total y de por vida —cosa que se manifiesta en un solo acto, el sí de la boda—, ¿cómo no va a responder nuestra persona incrementando de una forma impensable su capacidad de querer?

¡Ahí se encuentra la razón antropológica más de fondo de la necesidad de casarse! El motivo más entusiasmante para decir un sí que nos permita iniciar la gran aventura del matrimonio: el camino que nos llevará hasta nuestra plenitud personal y nuestra felicidad.

¿Que eso suena demasiado utópico? ¡Qué lástima!, porque entonces no se comprende lo que es una aventura. Lo propio de ella es que:

  • Quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena.
  • No tienen ninguna seguridad de que van a alcanzar su objetivo; de lo contrario, ¿dónde queda la gracia de la aventura?
  • Una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contratiempos, también los imprevistos, sofoquen la ilusión inicial ni les impidan recrearse en lo que ya han logrado.
  • La mirada fija en el fin, en el triunfo hace que, a cada paso, renueven las energías y las agallas para seguir adelante.

Si enfocamos de este modo el matrimonio, contando con las fuerzas que nos proporciona el habernos casado, sí será ciertamente un camino de rosas, en el que la apariencia y la fragancia de las flores logren que casi no advirtamos los pinchazos de las espinas (¡qué cursilada!, pero como no lo ha leído mi mujer…).

No lo será, sin embargo, si por ignorancia o dejadez o desprecio hemos decidido que la boda constituye un mero trámite y no nos hemos capacitado para querer con un amor relevante, aventurado y venturoso; más todavía, con ese acto-omisión nos vamos paulatinamente haciendo incapaces de amar de la forma correcta.

Por el contrario, si, mediante el matrimonio, conseguimos que lo importante sea efectivamente el amor, no cabe la menor duda de que ¡vale la pena casarse!

Cortesía de Tomás Melendo para LaFamilia.info

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
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Francisca R. Quiroga - Arvo.net
14.06.2005

Jutta Burggraf es alemana, Doctora en Teología y Pedagogía, autora de numerosas publicaciones, entre las últimas la titulada "Vivir y convivir en una sociedad multicultural". Experta en la temática de la familia, contesta a las preguntas sobre los desafíos que presenta la vida en común en la sociedad actual.

Nuevas problemáticas

Con frecuencia leemos resultados de encuestas, entrevistas y sondeos, que parecen indicar que la familia está en crisis, ¿piensas que se trata de una figura social en extinción?
«A pesar de todos los pronósticos desfavorables, hoy en día la familia sigue siendo apreciada, porque satisface necesidades tan elementales en el hombre como el anhelo de sentirse protegido y de tener confianza. Pienso que su existencia no puede ser puesta en duda porque está íntimamente ligada a la felicidad del hombre».

¿Por qué hoy nos parece más difícil sacar adelante una familia que en otras épocas?
«Es verdad que actualmente se dan circunstancias que generan problemas que no se presentaban antes. Pero esto no quiere decir que antes no hubo dificultades: había otra situación con otros problemas, quizá menos manifiestos. En siglos pasados, muchas veces eran los padres quienes elegían a quienes habían de casarse con sus hijos, y lo hacían según aspectos objetivos: la clase social, la situación económica, la religión, etc. La comunidad matrimonial era considerada como una gran empresa. Todos, varones y mujeres, solían trabajar juntos en la granja, en el taller, en la tienda. Y educaban juntos a los niños, que crecían bajo los cuidados de muchos parientes».

«A partir de la industrialización, se produjo un profundo cambio en la vida familiar. El hombre se fue retirando de las obligaciones familiares a favor de actividades lucrativas fuera de casa, donde la mujer quedó sola con los hijos. Poco a poco también ella se fue integrando a la vida profesional, ganando dinero y haciéndose cada vez más autónoma. De ahí resultan nuevas cargas para el matrimonio».

¿Piensas que la autonomía de que gozamos hoy las mujeres es una causa de los actuales problemas de la familia?
«No creo que la independencia de la mujer sea el problema de hoy. Al contrario, es una suerte que exista, porque sólo quien es interiormente libre e independiente puede amar y entregarse verdaderamente a los demás».

¿Por qué entonces la situación actual es realmente difícil?
«Dos personas se casan hoy, en general, por simpatía y amor; es decir, más por motivos subjetivos que por motivos objetivos. Esto me parece muy bien. Pero hay que llegar a un acuerdo acerca de las grandes cuestiones de la existencia Creo que el amor es la única razón aceptable para contraer matrimonio, pero si faltan casi todos los motivos objetivos, la fidelidad matrimonial se hace sumamente difícil».

Para la buena marcha de la vida en común

Se habla a veces de una crisis de comunicación entre los esposos de hoy, ¿a qué se puede atribuir?
«Hoy es frecuente que los esposos tengan distintos campos de acción, ya sea en la familia, ya sea en una profesión fuera del hogar. No se ven durante muchas horas al día. Pero sí tienen contacto con muchas otras personas, hombres y mujeres; y con ellos comparten sus intereses e ilusiones profesionales. Cuando vuelven cansados a casa, ya no tienen fuerzas para dialogar o hacer planes. Así puede pasar que crezca una distancia cada vez más grande entre los esposos».

«Además, actualmente el matrimonio es mucho más largo que en otros tiempos. Muchas personas llegan a los ochenta, noventa, incluso a los cien años. Antiguamente las mujeres morían con frecuencia después de haber dado a luz muchos hijos. Hoy los ven crecer, y cuando ellos se van de casa, suelen vivir todavía treinta, cuarenta o cincuenta años».

«El hecho de que alguien me ha prometido quedarse a mi lado hasta el fin de la vida, significa para mí el grave deber de abrirme a las nuevas situaciones, y no negarme a mejorar y madurar. El matrimonio, en cierto sentido, es un proceso que se origina en la promesa de andar juntos por el camino de la vida. En cuanto tal no sólo exige el “permanecer juntos”, sino también el “caminar”. Los cónyuges se invitan mutuamente a buscar, encontrar, aprender y desarrollarse juntos. Y, en el mejor de los casos, llegan juntos a la madurez espiritual».

¿Cómo evitar la alienación conyugal?
«Es bastante normal que haya momentos duros en la vida común y, en principio, no es aconsejable que se intente a toda costa eludir cualquier conflicto. Si los cónyuges se acostumbran a callarlo todo, previa conformidad tácita, tal vez puedan presumir durante un tiempo de una aparente paz; pero pagarán finalmente un precio muy alto por ella, pues pronto se aburrirán mutuamente con sus conversaciones superficiales. Tal vez huyan de sí mismos y de su pareja hacia los hijos, el trabajo o alguna aventura».

¿Cómo superar las crisis?

¿Son estas dificultades las que llevan a algunas parejas a rechazar de lleno el matrimonio?
«Creo que en bastantes ocasiones no condenan el matrimonio , sino un tipo de matrimonio lleno de mentira y traición, escondido detrás de una imagen respetable. Lo que se desaprueba es una exageración de la importancia de la dimensión jurídica, unas exigencias morales diferentes para el hombre y para la mujer, la comodidad y la falta de apertura a los demás».

¿Qué respondes a los que sostienen que el matrimonio es un modelo de convivencia ya superado?
«El matrimonio no es anacrónico, pero esto no quiere decir que haya de vivirse de un modo que podemos llamar “burgués”, con estrechez de miras, con mentira y falsedad, mirando más bien al aspecto externo que al amor verdadero entre las personas que lo componen. Hoy en día existen muchas parejas que viven su matrimonio de una manera atractiva; que ponen de manifiesto que la fidelidad es posible, y que es garantía de felicidad para ellos mismos y para toda la familia, en la juventud, en la madurez y en la ancianidad».

¿Basta el amor entre marido y mujer para el éxito del matrimonio?
«Hay que ver lo que se entiende por amor. Un matrimonio en el que el marido y la mujer vivan pendientes sólo el uno del otro, y en sus vidas no haya lugar para nadie más, acabará por amargarse. Un matrimonio verdaderamente feliz descubre continuamente nuevos horizontes; está abierto a otras personas, también a una futura descendencia. Tiene el valor de transmitir la vida, de conservarla, de amarla y de velar por su desarrollo».

¿Ves el matrimonio exclusivamente en función de los hijos?
«El matrimonio se vive como una comunión corporal, psíquica y espiritual del ser humano y, en todos lo planos significa, para los cónyuges, una unión entrañable. El otro es aceptado en la totalidad de su persona, esto es, también en su fertilidad y en su posible paternidad o maternidad. Sin embargo, si la unión sexual se entendiera únicamente como la procreación de descendientes, se utilizaría y denigraría al cónyuge como un simple medio; se abusaría de él. Como también se degrada al otro cuando se lo considera simplemente como objeto de placer. En el amor matrimonial auténtico se encuentran integrados tanto el deseo de tener hijos como la búsqueda de la unión sexual».

Lograr una vida familiar satisfactoria

¿Cómo podrías describir una buena relación entre los esposos?
«En un matrimonio sano existe una relación activa, interés del uno por el otro, participación en la vida del otro. Una relación entre dos personas no consiste en tiranizar, exigir y mandar, sino, ante todo, en pedir, en dar, en ayudar y en responder el uno al otro. Consiste en alegrarse de todo corazón con el otro y también en poder sobrellevar juntos los momentos difíciles; aceptar al otro tal como es, así como uno se acepta a sí mismo con sus defectos y debilidades. De tal manera, los esposos tampoco llegan a exigirse demasiado mutuamente, con pretensiones egoístas o con unas expectativas infantiles de ser mimados como en los tiempos de la niñez».

«Una buena relación implica comprender que cada uno necesita más amor que “merece”; es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos».

¿Ves posible que se enfrenten con realismo y serenidad las crisis que se presentan en todos los matrimonios?
«Nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. “El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares”- suelen decir los árabes. Hay, realmente, situaciones, en las que el matrimonio y la familia pueden llegar a ser un tormento. Donde se ama, se da y la persona se abre al otro, es fácil ser herido. Pero, a pesar de eso, una crisis no es una catástrofe».

«Todo matrimonio pasa por situaciones difíciles, igual que toda persona humana, cuando crece, experimenta sus crisis de desarrollo. Es muy normal que haya momentos duros en la vida. Conflictos y divergencias de opiniones existirán siempre allí donde varias personas vivan en estrecho contacto. Uno nota monotonía, desazón, quizá la falta de una plena realización profesional; ve que los planes se derrumban y que los hijos son muy distintos de lo que se deseaba. A veces, con los años, crece el remordimiento de no haber dado al otro todo lo que se le podía haber dado... Lo decisivo es la actitud que se adopta ante estas situaciones: aprovechar la oportunidad para estrechar los lazos de unión y, superando juntos las dificultades, buscar el camino de reconciliación. A menudo, esta disposición de perdonar es la única esperanza de marchar hacia un nuevo comienzo. Toda crisis trae consigo un cambio, y puede ser un cambio hacia una madurez mayor, hacia una confianza más plena».

Hacia una mejor calidad de vida

¿Qué función ocupa el hogar en la sociedad actual?
«Hoy en día, en que la mayoría de las personas realizan su trabajo en fábricas, empresas, administraciones, oficinas y tiendas, necesitan un hogar que les espere a la vuelta. La labor más importante, y a la vez la más difícil, de un ama de casa consiste en crear ese ambiente de hogar. Para la serenidad de una familia es importante que alguien tenga tiempo, que no esté siempre agobiado y con cosas más importantes en la cabeza que el simple saber escuchar, tranquilizar, consolar o animar; hay que deshacer tensiones, amortiguar las desilusiones, compartir uno con otro los éxitos y discutir los problemas ¡Qué bien, cuando existe para todo esto un punto de apoyo!».

Pero el trabajo de la casa, ¿no es muy monótono?
«La profesión de ama de casa –porque así puede ser considerada cuando se desarrolla con competencia- no es necesariamente una ocupación monótona y aburrida. Tiene sus ventajas. Una muy agradable es que ella se puede organizar el horario y el trabajo a su manera. Toda mujer puede decidir en su casa lo que va a hacer en cada momento –aunque no siempre, sí al menos en proporción mucho mayor que en las demás profesiones. Esto confiere libertad y autonomía».

«Si el trabajo del hogar se identifica con limpiezas pesadas, con fregotear suelos o ir de cabeza por cada motita de polvo que se descubre, es lógico que se le atribuya una connotación negativa. Ciertamente el aburrimiento, la rutina y las manías acechan el trabajo del ama de casa, pero en cualquier profesión existen trabajos repetitivos. El presidente de una compañía, por ejemplo, tiene que estampar su firma cientos de veces al día; seguramente no lo envidiamos por esa tarea, pero no dejamos de pensar que su ocupación es valiosa y apetecible».

¿Piensas que las mujeres deberían volver al “dulce hogar”?
«Pienso que la tarea de compaginar el trabajo fuera de casa con las exigencias de la familia compete tanto a los hombres como a las mujeres. A todas las personas se les debe dar la posibilidad de hacer libremente lo que creen que es bueno, sin tener que estar siempre suscitando nuevas polémicas».

«Cada familia es original y única. En la situación concreta, el amor de los esposos puede originar situaciones muy distintas, y hasta contrarias. Ni hay soluciones hechas para la organización individual de la vida familiar cotidiana, ni es apropiado juzgar desde fuera sobre una situación concreta».

¿Familia o profesión? ¿Qué aconsejas a las mujeres?
«En primer lugar, no es importante lo que la persona hace sino cómo lo hace. Ni el trabajo ni la familia son soluciones en sí mismas para los problemas individuales o interpersonales, y ambos conllevan ventajas y riesgos».

«El trabajo de una mujer fuera de casa podrá, efectivamente, redundar de muy diversas maneras en beneficio de la familia, en primer lugar porque esto facilita el diálogo abierto y la comprensión con el marido y los hijos. Hoy en día, no sólo se requieren madres que sepan llevar perfectamente la casa, sino ante todo madres que sean capaces de ser amigas».

Juan Meseguer - Aceprensa
02.07.2012

¿Cómo ven los jóvenes adultos de clase trabajadora el matrimonio? Si lo aprecian, ¿por qué lo aplazan? ¿Por qué en EE.UU. la cohabitación, el divorcio y los nacimientos extramatrimoniales crecen sobre todo entre los que no completaron la secundaria? El proyecto Love and Marriage in Middle America, auspiciado por el Institute for American Values, indaga la visión del amor y del matrimonio que predomina entre los estadounidenses sin estudios universitarios.

Una de las tendencias sociales más importantes que está remodelando hoy la institución del matrimonio en EE.UU. es el surgimiento de una “desigualdad matrimonial”. A descubrirla ha contribuido el sociólogo estadounidense W. Bradford Wilcox, director del National Marriage Project y profesor de la Universidad de Virginia.

El estudio que lanzó las tesis de Wilcox a los medios analiza los cambios familiares que están experimentando los estadounidenses que solo completaron la secundaria (working class, en inglés). Representan el 58% de la población adulta con estudios, frente al 30% de los que tienen estudios universitarios (1).

Entre esos estadounidenses sin estudios universitarios, los cambios familiares son notables. En los últimos treinta años, el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio pasó del 13% al 44%; la tasa de divorcio se mantuvo elevada (37%); y el porcentaje de mujeres de 25 a 44 años que habían vivido en parejas de hecho pasaron del 39% al 68%.

En ese mismo período de tiempo, se observa un panorama muy diferente entre los universitarios. El porcentaje de hijos extramatrimoniales también sube, pero sigue en unos niveles comparativamente muy bajos (del 2% al 6%). Lo mismo cabe decir de la cohabitación, aunque aquí el porcentaje es alto (del 35% al 50%). Pero, sin duda, lo más llamativo es el descenso de la tasa de divorcio del 15% al 11%.

El matrimonio que no llega

El estudio de W. Bradford Wilcox forma parte de un proyecto más amplio llamado Love and Marriage in Middle America. Otra parte del trabajo reúne entrevistas en profundidad a un centenar de jóvenes adultos (están en la veintena o la superan por poco) de una localidad de Ohio, realizadas por los investigadores David y Amber Lapp, quienes hallaron actitudes paradójicas hacia el matrimonio. Por un lado, expresan el ideal de siempre de la clase trabajadora norteamericana: la aspiración a una vida familiar estable. Por otro, la creciente indecisión que lleva a posponer e incluso a rechazar en la práctica el matrimonio.

“La mayoría de las parejas con las que hablamos –explican los Lapp– aspiran al matrimonio, o al menos a lo que ellos tienen en mente que es el matrimonio, principalmente: amor, fidelidad, estabilidad y felicidad. Esto es coherente con las estadísticas nacionales que revelan que el 76% de los que tienen estudios de secundaria declaran que el matrimonio es ‘muy importante’ o ‘una de las cosas más importantes’ en su vida”.

El problema –añaden– es que aunque los jóvenes de clase trabajadora sueñen con el amor, el compromiso, la estabilidad y la familia, tienen una concepción del amor y del matrimonio que frustra esas aspiraciones. Y si bien es cierto que entran en juego otros factores como los económicos y sociales, esa inadecuada filosofía del amor y del matrimonio es lo que contribuye a forjar, según los Lapp, una “nueva normalidad” entre los jóvenes adultos que solo han completado la secundaria.

Compromiso sí, pero...

¿En qué consiste esta “nueva normalidad”? ¿Qué es lo que falla en la visión del matrimonio de la clase trabajadora? Para explicarlo, los Lapp recurren a los testimonios que les ofrecen las entrevistas realizadas en la localidad de Ohio.

Ricky, de 27 años, es un padre no casado. Nunca ha creído lo suficiente en el matrimonio, pero ahora tiene fecha de boda a la vista. “El matrimonio, dice, es estar al lado de otra persona cuando te necesita en momentos difíciles; alegrándole la vida cuando está triste. Mejorando juntos el uno al lado del otro”. En otras palabras: para Ricky, explican los Lapp, el matrimonio es prestarse ayuda mutua y compañía.

De modo que Ricky también cree en el compromiso. Y, al igual que todos los que fueron entrevistados por los Lapp, Ricky considera que la fidelidad en el matrimonio es innegociable.

Aquí tenemos los tres rasgos que componen la visión del matrimonio de casi todos los entrevistados: ayuda mutua, compromiso y fidelidad. Pero a medida que profundizan en sus conversaciones, los Lapp descubren que estos rasgos están condicionados a una palabra mágica: felicidad.

Brandon, también de 27 años, aprecia el compromiso matrimonial... pero con posibilidad de devolución. “Si estás casado, pero crees que el matrimonio no funciona y no vas a luchar por él, no veo ningún problema en pedir el divorcio. ¿Qué sentido tiene amargarte la vida?”.

A la espera del partido 10

Los investigadores creen que la idea –bastante extendida entre los jóvenes de clase trabajadora– de que el compromiso matrimonial se puede romper cuando ya no se experimenta satisfacción va unida a una visión del amor centrada en el mito de la pareja perfecta. Un comentario habitual es el siguiente: “Si falta felicidad probablemente es porque te casaste con la persona equivocada o porque faltó amor al principio de la relación”.

John, de 21 años, convive con su pareja. Dice que uno no sabe que ha encontrado a la persona adecuada “hasta que tienes la certeza 100% de que la otra persona será la que te hará feliz”. También Maggie, de 20 años, anda buscando al Príncipe Azul con el que aspira ser feliz toda su vida. Quizá nunca se han planteado que la pareja ideal no es un punto de partida sino de llegada.

En esa búsqueda, las “emociones fuertes” ocupan un papel central y son identificadas como la esencia del amor. Si bien muchos de los jóvenes a los que entrevistaron los Lapp “reconocen los aspectos objetivos del amor –el cuidado atento de la otra persona, la fidelidad o la amistad–, tienden a ver los aspectos subjetivos como el indicador auténtico de que existe amor conyugal”.

A los investigadores del Institute for American Values les sorprende que, en el transcurso de sus conversaciones sobre el matrimonio con estos jóvenes, apenas salen mencionados los hijos. Cuando sacan el tema, a menudo reciben respuestas como las de Ricky: “Claro que un niño necesita un padre y una madre. Pero eso no tiene nada que ver con el matrimonio”.

Con este último rasgo queda perfilada la “nueva normalidad” de la que hablan David y Amber Lapp al definir la visión del matrimonio que caracteriza a los jóvenes estadounidenses de clase trabajadora.

El matrimonio se concibe como una fuente de felicidad individual, que no está vinculada necesariamente a los hijos. Paradójicamente, la búsqueda de una pareja ideal con la que realizar este proyecto de felicidad acaba dando lugar a un período indefinido de cohabitación; un período de prueba donde, normalmente, terminan por llegar los hijos, las rupturas, las nuevas relaciones, pero no la boda.

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NOTAS

(1) W. Bradford Wilcox y Elizabeth Marquardt. The State of Our Unions 2010. When Marriage Disappears. The Retreat from Marriage in Middle America. University of Virginia-Institute for American Values. Diciembre 2010.

Tomás Melendo
09.05.2011

A modo de introducción: «Niño, ¿qué es para ti enamorarse?» Por Marta Román

¿Que si vale la pena casarse? Si te casas para amar y vivir enamorado, por supuesto. ¿Cómo no va a valer la pena triunfar en la vida? Pero si te casas para otra cosa o por otra razón, pues no.

Tomás Melendo es partidario del amor. Y en su artículo se permite el lujo de desgranar deliciosamente su argumentario de pensador y de hombre vivido sobre la estrecha relación entre enamorarse y casarse.

Pero el caso es que de amor y de enamorarse todo el mundo sabe. Así que he hecho una prueba muy curiosa: les he preguntado a mis hijos, como quién no quiere la cosa, a cada uno por separado ¿qué es para ti “enamorarse”? A uno mientras estaba en Facebook, al otro mientras se ponía el pijama, a la otra mientras se iba a hablar por teléfono a escondidas, al otro llamándole como para pedirle algo y soltándole la preguntita a bocajarro… Así, sin mucha reflexión y a sabiendas de que, hasta donde yo llego, no han leído ningún tratado sobre el amor ni nada semejante.

Y ¡oh sorpresa! Sus respuestas parecen las conclusiones del artículo de Tomás Melendo:

  • Mi hija de 16 años: — Enamorarse es querer a una persona con la que te sientes bien, sabes que está siempre ahí, te gusta y ves un futuro con ella.
  • Mi hijo de 15: — Entregar la vida a la persona que quieres.
  • Mi hijo de 13: — Es cuando te rallas la cabeza con alguien.
  • Mi hijo de 10: —Es sentir algo por alguien.
  • — ¿Algo bueno o malo?— le pregunto.
  • — ¿Qué va a ser?, ¡pues bueno!
  • Mi hijo de 6: — Enamorarse es casarse.
  • Y mi conclusión: que enamorarse es una cuestión que se tiene muy clara antes de que la tele, la calle o la mala vida la enturbien miserablemente. Por eso, desde el principio de los tiempos, las personas hemos buscado casarnos con alguien por quien valga la pena vivir.

¿Vale la pena casarse?

¿Para qué?

Bastantes jóvenes aseguran hoy que no ven razón alguna para contraer matrimonio. Se quieren, y en ello encuentran una justificación sobrada para vivir juntos. Estimo que están equivocados, pero los comprendo perfectamente.

Y es que las leyes y los usos sociales han arrebatado al matrimonio todo su sentido:

  1. por una parte, la admisión del divorcio elimina la confianza de que se luchará por mantener el vínculo;
  2. por otra, la aceptación social de “devaneos” extramatrimoniales, considerados casi como una “necesidad“, por no decir un “derecho“… o un “deber”, suprime la exigencia de fidelidad;
  3. y, finalmente, la difusión masiva e indiscriminada de contraceptivos, unida a la afirmación de su total inocuidad —espiritual, psíquica y física—, desprovee de relevancia y valor a los hijos.

¿Qué queda, entonces, de la grandeza de la unión conyugal?, ¿qué de la arriesgada aventura que siempre ha sido?, ¿con qué objeto “pasar por la iglesia o por el juzgado“?

Vistas así las cosas, a quienes sostienen la absoluta primacía del amor habría que comenzar por darles la razón, para después hacerles ver algo de capital importancia, que otras veces ya he apuntado: es imposible quererse bien, en serio, sin estar casados.

Hacerse capaz de amar

Aunque pueda suscitar cierto estupor, lo que acabo de sostener es bastante cierto. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor, que es a la par la más gratificante, decisiva y difícil de nuestras actividades? Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y es verdad. Para poder querer de veras hay que ejercitarse, igual que, por ejemplo, hay que templar los músculos para ser un buen atleta.

Pues bien, la boda capacita para amar de una manera real y efectiva.

Nuestra cultura no acaba de entender el matrimonio: lo contempla como una simple ceremonia (mejor cuanto más lujosa o extravagante), un contrato rescindible, un compromiso…

Algo que, sin ser falso, resulta demasiado pobre.

En su esencia más íntima, la boda constituye una expresión exquisita de libertad y amor. El sí es un acto profundísimo, inigualable, por el que dos personas se entregan plenamente y deciden amarse de por vida. Es amor de amores: amor sublime que, en primer término, “redime” mi pasado; y, además y sobre todo, me permite “amar bien“, como decían nuestros clásicos: fortalece mi voluntad y la habilita para querer a otro nivel; sitúa el amor recíproco en una atmósfera más alta.

Por eso, si no me caso, si excluyo ese acto de donación total, estaré imposibilitado para querer de veras a mi cónyuge: como quien no se entrena o no aprende un idioma resulta incapaz de hablarlo.

A su joven esposa, que le había escrito: «¿Me olvidarás a mí, que soy una provincianita, entre tus princesas y embajadoras?», Bismark le respondió: «¿Olvidas que te he desposado para amarte?»

Estas palabras encierran una intuición profunda: el “para amarte” no indica una simple decisión de futuro, incluso inamovible; equivale, en fin de cuentas, a “para poderte amar” con un querer auténtico, supremo, definitivo… imposible sin el mutuo entregarse del matrimonio, sin casarse.

Casarse o “convivir“

No se trata de teorías. Cuanto acabo de exponer tiene claras manifestaciones en el ámbito psíquico.

El ser humano solo es feliz cuando se empeña en algo grande, que efectivamente compense el esfuerzo. Y lo más impresionante que un varón o una mujer pueden hacer en la tierra es aprender a amar.

Vale la pena dedicar toda la vida a amar cada vez mejor y más intensamente, porque solo para eso hemos venido a este mundo.

De ahí que, en realidad, sea lo único que merece nuestra dedicación: todo lo demás, todo, debería ser tan solo un medio para conseguirlo. «Al atardecer de nuestra existencia —repetía san Juan de la Cruz— se nos examinará del amor».

¡Y de nada más!, añado yo: todo lo que, en mi vida, no transforme en amor, resulta inútil, vano o incluso perjudicial.

Pues bien, cuando me caso establezco las condiciones para consagrarme sin reservas a la tarea de amar. Por el contrario, si simplemente vivimos juntos, y aunque no sea consciente de ello, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, a “defender las posiciones” alcanzadas, a que no se me vaya “el ganado (¡sin segundas!)… o la ganada (¡sin terceras!)”.

Todo, entonces, se torna inseguro: la relación puede romperse en cualquier momento. No tengo certeza de que el otro va a esforzarse seriamente en quererme, en acopiar las alegrías y superar los roces y conflictos del trato cotidiano: ¿por qué habría de hacerlo yo? No puedo bajar la guardia, relajarme, mostrarme de verdad como soy, no sea que mi pareja advierta defectos “insufribles” y decida que “hasta aquí llegaron las aguas”. Ante las dificultades que por fuerza han de surgir, la tentación de abandonar la empresa se presenta muy cercana, puesto que nada impide esa deserción.

La simple convivencia crea un clima psíquico que hace peligrar el objetivo fundamental y entusiasmante del matrimonio: aumentar, intensificar y mejorar el amor y, con él, la felicidad.

¿Amor o “papeles”?

Todo lo cual parece avalar la afirmación de que “lo importante” es quererse. ¡Y es que es verdad!

El amor es efectivamente lo importante. No hay que tener miedo a esta idea. Pero ya he explicado que no puede haber amor cabal sin donación mutua y exclusiva, sin casarse.

Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante; pero, en cuanto confirmación externa de la mutua entrega, resultan imprescindibles.

¿Por qué?

Desde el punto de vista social, porque mi matrimonio tiene repercusiones civiles claras, que aumentan todavía más con la llegada de los hijos: la familia compone —o debería componer— la clave del ordenamiento jurídico y el fundamento de la salud de una sociedad; es indispensable, por tanto, que quede constancia de que otra persona y yo hemos decidido cambiar de estado y crear una nueva familia.

Pero, sobre todo, la dimensión pública del matrimonio, la ceremonia religiosa y civil, la fiesta con familiares y amigos, las participaciones del acontecimiento, anuncios en los medios —¡superguay, si puede ser en la tele!—… todo deriva de la enorme relevancia que lo que están llevando a cabo tiene para los cónyuges. Si eso va a cambiar radicalmente mi vida, a hacerla mejor, si me va a permitir algo que es una auténtica y maravillosa aventura, me gustará que todos o, al menos, los auténticos amigos lo sepan: igual que pregono con bombo y platillo las restantes buenas noticias.

Igual, no.

Mucho más, porque no hay nada comparable a casarse: me pone en una situación inigualable para crecer interiormente, para ser mejor persona y tremendamente feliz (el que no se lo crea… que haga la prueba en serio).

¿Cómo no difundir, entonces, mi alegría?

¿Anticipar el futuro?

Es verdad que, a la vista de lo expuesto, bastantes se preguntan: ¿cómo puedo yo comprometerme a algo para toda la vida, si no sé lo que ésta me deparará?, ¿cómo puedo tener certeza de que elijo bien a mi pareja?

Se trata de una pregunta típica de los dos últimos siglos, en los que el afán de seguridad se ha desbordado más allá de lo propiamente humano —a veces con repercusiones psíquicas, incluso graves— y, a pesar de las proclamas en contra, de manera inversa al aprecio real por la libertad, que siempre lleva consigo algo de riesgo.

Y la única respuesta posible, la que doy siempre que me hacen públicamente esta pregunta es: “de ningún modo”, “no hay ninguna manera de saberlo”, “el futuro es… el futuro”: indefinible por naturaleza, con el permiso de los “adivinadores de turno”, aunque son ya tantos que lo del turno es más bien utópico: se nos cuelan por todos lados y a todas horas.

A lo que suelo añadir, antes de que desaparezca el auditorio, que para eso está el noviazgo: un período muy aprovechable, que ofrece la oportunidad de conocerse mutuamente y empezar a entrever cómo se desarrollará la vida en común.

Después, si soy como debo, ya sé bastante de lo que pasará cuando me case: sé, en concreto, que voy a poner toda la carne en el asador para querer a la otra persona y procurar que sea muy feliz. Y si se trata de un propósito serio, y si hemos sido prudentes y nos conocemos lo bastante, será compartido por el futuro cónyuge: el amor llama al amor. Podemos, por tanto, tener la certeza de que vamos a intentarlo por todos los medios. Y entonces es muy difícil, casi imposible, que el matrimonio fracase.

Observar y reflexionar

Ciertamente, esa decisión radical de entrega no basta para dar un paso de tanta trascendencia. Hay que considerar también algunos rasgos del futuro cónyuge.

¿Cuáles?

En primer término, por pura honradez, he de advertir que la viabilidad de un matrimonio nunca puede conocerse teniendo relaciones íntimas antes o en vez de la boda: como enseguida veremos, por más que choque contra la costumbre y las pretensiones generales, la situación que así se crea es tan artificial, tan abismalmente distinta de lo que sostendrá un matrimonio, que no existe modo peor de calibrar si debo o no casarme con aquella persona.

Los rasgos que debería tener en cuenta son siempre otros:

Por ejemplo, si “me veo“ viviendo durante el resto de mis días con aquella persona, incluso cuando esté sin arreglar, ronque o le crezcan los michelines; también, y antes, cómo actúa en su trabajo y con sus colegas, como trata a su familia, a sus amigos; si sabe controlar sus impulsos, incluidos los sexuales: porque, de lo contrario, nadie me asegura que será capaz de hacerlo cuando estemos casados y se encapriche con otro u otra; si me gustaría que mis hijos se parecieran a ella o a él (¡qué horror!)… porque de hecho, lo quiera o no, se le van a parecer; si sabe estar más pendiente de mi bien (y de su bien real, por más que le cueste) que de sus simples y casi inacabables antojos…

En definitiva:

  1. No hacer el menor caso a lo que promete.
  2. Escuchar —con todo el romanticismo que desee, pero como quien oye llover— lo que me dice.
  3. Prestar mucha atención a lo que parece que es.
  4. Más todavía a lo que efectivamente hace, a cómo se comporta.
  5. Y conceder un peso absoluto a su manera de obrar… justo cuando no está conmigo, puesto que cuando nos vemos, los dos nos encontramos dispuestos naturalmente —sin la menor malicia— a agradar, ya que se trata del momento más esperado del día, en el que ambos podemos y queremos dar lo mejor de nosotros mismos.

Por el contrario; si en su casa, con sus amigos, con sus compañeros de trabajo… se porta como un o una egoísta o como un o una déspota, si no tiene en cuenta los deseos y el bien real de quienes lo rodean, ¿quién puede asegurarme de que no va a acabar así… también en la cama?

Relaciones antimatrimoniales

Y aquí suele plantearse una de las cuestiones más decisivas y sobre las que impera mayor confusión. La necesidad de conocerse, de saber si uno y otra congenian, ¿no aconseja vivir juntos un tiempo, con todo lo que esto implica?

Se trata de un asunto muy estudiado y sobre el que cada vez se va arrojando una luz más clara.

Un buen resumen del status quaestionis sería el que sigue: está estadísticamente comprobado que la convivencia previa al matrimonio nunca produce efectos beneficiosos: ¡nunca!

Por ejemplo:

  1. los divorcios son mucho más frecuentes —parece que el doble— entre quienes han convivido antes de contraer matrimonio;
  2. las actitudes de los jóvenes que empiezan a tener trato íntimo empeoran notablemente, y a ojos vista, desde ese mismo momento: se tornan más posesivos, más celosos y controladores, más desconfiados y gruñones… incluso más feos.

Pero, ¿por qué?

La causa, aunque profunda, no es difícil de intuir. El cuerpo humano es, en el sentido más hondo de la palabra, personal; y quizá muy especialmente sus dimensiones sexuales. En consecuencia, la sexualidad sabe hablar un único idioma: el de la entrega plena y definitiva.

Pero, en las circunstancias que estamos considerando, esa total disponibilidad resulta contradicha por el corazón y la cabeza, que, con mayor o menor conciencia, la rechazan, al evitar un compromiso de por vida.

Surge así una ruptura interior en cada uno de los novios, manifestada psíquicamente por un obsesivo y angustioso afán de seguridad, cortejado de recelos, temores, rencores y suspicacias, que acaban por envenenar la vida en común.

Por otro lado, como consecuencia de lo anterior, uno y otra empiezan a sentirse mal… y buscan de nuevo “estar juntos” como medio para evitarlo; el malestar se calma momentáneamente, mientras duran las relaciones, para luego crecer con más fuerza, “estar otra vez más juntos“, aumentar la desazón persistente, en una especie de espiral fatídica que culmina casi siempre con la separación… ¡y peor si no es definitiva!

De ahí que, en contra del uso habitual, a este tipo de relaciones prefiera llamarlas “anti o contramatrimoniales“.

Para conocerse de veras

Por otro lado, resulta ingenua la pretensión de decidir la viabilidad de un matrimonio por la “capacidad sexual“ de sus componentes: ¡como si toda una vida en común dependiera o pudiera sustentarse en unos actos que, en condiciones normales, suman unos pocos minutos a la semana!

Pero es que la mejor manera de conocer a nuestro futuro cónyuge en ese ámbito consiste, como antes sugería, en observarlo en los demás aspectos de su vida, y tal vez principalmente en los no se relacionan directamente con nosotros: reflexionar sobre el modo cómo se comporta en su hogar, trabajo o estudio, con sus amigos o conocidos… y con sus “enemigos“, pues en algún momento de nuestra vida matrimonial seremos considerados como tales, etc.

Pues si en esas circunstancias es generoso, afable, paciente, servicial, tierno, desprendido…, puede asegurarse, sin temor al engaño, que a la larga esa será su actitud en la vida cotidiana y en las relaciones íntimas.

Mientras que la “comprobación directa“, e incluso la forma de tratarnos, por responder a una situación claramente “excepcional“ —el noviazgo un tanto “lanzado“—, no solo no proporciona datos fiables sobre su futuro, sino que en muchos casos más bien los enmascara.

Por eso, frente a una opinión muy difundida, cabría afirmar que “vivir (y acostarse) juntos” es la mejor manera de no saber en absoluto cómo va a actuar la otra persona durante el matrimonio.

Repito que no se trata de una mera ficción ni una suerte de “invento piadoso” para desaconsejar esa convivencia: como acabo de apuntar, resulta bastante fácil caer en la cuenta de que la situación que se crea en tales circunstancias es absolutamente artificial… y muy diversa de lo que será la vida en común, día a día —no solo “noche a noche”—, cuando ambos estén casados.

¿Probar a las personas?

Pero se puede ir más al fondo: no es serio ni honrado “probar” a las personas, como si se tratara de caballos, de coches o de ordenadores. Las personas son algo tan grandioso que, en su presencia, solo cabe la veneración y el amor; por ellas arriesga uno la vida, «se juega a cara o cruz—como decía Marañón—, el porvenir del propio corazón», la vida entera.

Además, la desconfianza que implica el ponerlas a prueba no solo genera un permanente estado de tensión, difícil de soportar, sino que se opone frontalmente al amor incondicional —incondicionado e incondicionable— que está en la base de cualquier buen matrimonio: y si no hay base o punto de apoyo, el matrimonio… se cae.

A lo que cabe añadir otro motivo, todavía más determinante: no se puede realizar ese “experimento”, es materialmente imposible, aunque parezca lo contrario: porque la boda cambia muy profundamente a los novios; no solo desde el punto de vista psicológico, al que ya me he referido, sino en su mismo ser: los modifica hondamente, los transforma en esposos, les permite amar de veras: ¡antes no es posible ese amor!

Pero este es un tema de tanta trascendencia que prometo volver muy pronto sobre él.

Cortesía de Tomás Melendo para LaFamilia.info

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
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