LaFamilia.info
06.06.2010

 

 

 

"Si en la pareja hay armonía, los niños crecerán en un ambiente sano". Hay varios componentes que caracterizan a una pareja armónica. El primero y fundamental es el amor. El amor es la base sobre la cual se construye la vida conyugal. Cuando el amor se enfría o desaparece, la vida de la pareja se resquebraja.

 

El amor trae consigo la felicidad, el buen humor, el deseo de vivir y de transmitir esa alegría a los que nos rodean, especialmente a los hijos. Una pareja feliz se nota en los gestos, en la mirada y en su forma de actuar.

 

Cada uno de los miembros de la pareja debe tener la libertad suficiente para elegir y decidir qué es lo que quiere hacer, y ambos deben intentar que se realice. El hecho de que uno de los dos se sienta frustrado, o que por culpa del otro no pueda realizar lo que verdaderamente quisiera, provoca un resentimiento que, a la larga, perjudicará la vida común.

 

Poder compartir plenamente la vida con su cónyuge, comentar, participar de los problemas y alegrías del otro, hacen que la vida de pareja alcance su plenitud. Todo esto ayuda a una buena comunicación.

 

Es importante que ambos discutan los criterios educativos que se aplicarán a los hijos. Deben llegar a un acuerdo y no deben contradecirse en presencia de los hijos.

 

La familia tiene una función importante: la función educadora, que sólo se puede desarrollar de manera armónica y progresiva, si existe una relación igualmente armónica y progresiva entre los cónyuges.

 

¿En qué se reconocen los hijos de una pareja armónica?

 

Podemos describir a un niño sano, de una pareja armónica, de la siguiente manera:

 

Es equilibrado: no presenta demasiados altibajos en su comportamiento, y exterioriza sus emociones normalmente.

 

Es sociable: es capaz de relacionarse con los que lo rodean. No presenta una timidez excesiva, ni agresividad marcada o irritabilidad.

 

Presenta un desarrollo armónico: va adquiriendo las características que corresponden a cada edad. Crece en todos los aspectos: físico, social, afectivo, intelectual y moral, de manera normal y tranquila.

 

Tiene un buen rendimiento escolar: el niño aprende fácilmente, no tiene trabas ni bloqueos que impidan el aprendizaje.

 

Suele ser maduro afectivamente: sabe cómo relacionarse con las personas que lo rodean. Soporta las frustraciones que se le puedan presentar, y resuelve situaciones que a veces son conflictivas.

 

No suele tener problemas de lenguaje: aprende a hablar a su tiempo. No tartamudea y se expresa correctamente.

 

No siempre se dan todas las características anteriores en un niño sano psicológicamente, hijo de una pareja bien constituida. Todo padre debe reflexionar acerca de ellas, porque son los objetivos de la educación de los hijos.

 

Todos hemos aceptado el principio de que no hay amor más grande que el de los padres por sus hijos, pero basta con la observación cotidiana, para evaluar lo grande que también es el amor de los niños por sus mayores. Es un amor absoluto y feliz, sin reservas ni angustias. Un amor hecho de confianza y adoración, de fe en la perfección de la persona que se ama.

 

Esto se da en niños pequeños para quienes el mundo es un lugar de juego, poblado de seres infalibles que saben nutrir, abrigar, mimar, curar los males, enseñar muchas cosas, resolver las dificultades, apartar lo que lastima, elogiar, y a veces castigar.

 

Esta maravillosa confianza subsiste hasta que el adulto lo traiciona y el niño lo advierte. Aparece entonces, la primera mentira del niño, aunque sea pequeñísima, dictada por el recuerdo de un castigo no comprendido o desproporcionado, y más tarde el primer secreto confiado a un amigo y no a los familiares, a quienes ya se teme o se desconfía.

 

En el niño, estos cambios se producen poco a poco, y sin que él mismo se dé cuenta. Pero no faltan las desilusiones violentas y reveladoras, cuando advierte, por ejemplo, que los adultos discuten con frecuencia, que se complacen en pequeñas intrigas, y que hablan mal de personas, que no obstante, son queridas y simpáticas.

 

El niño comprende mucho más rápido y de manera profunda, y sufre con más intensidad de lo que comúnmente se cree, mientras que los padres lo consideran demasiado pequeño para entender sus conversaciones y discusiones.

 

Cuando las preocupaciones son el tema dominante de las conversaciones, cuando la actitud de los mayores se vuelve tensa, y el ambiente familiar se satura, el niño se siente confuso y culpable de vivir.

 

Con frecuencia se emplea, en presencia del niño, un lenguaje excesivo, melodramático, que le da la impresión de que él es un peso y hasta un ser indeseable. No es raro escuchar expresiones como: “Vete a tu cuarto. Mamá y yo tenemos que hablar”. “Los niños no deben oír las conversaciones de los mayores”. “Yo no puedo salir, debo quedarme en casa a cuidar a los niños”. “¡Qué cansancio!. Estos niños me agotan”.

 

Es indispensable que los niños sientan a su alrededor una atmósfera de felicidad, y sepan que ésta se debe a ellos, a su presencia. Los niños no solamente tienen necesidad de alimento, sino de todo un clima de afecto y seguridad, que normalmente proporciona el amor recíproco y visible de los padres. Por lo tanto, es evidente que la primera víctima de los conflictos conyugales, es el hijo.

 

Entre las situaciones más penosas para el niño, se encuentra la separación de sus padres. En el plano afectivo, las consecuencias del divorcio son evidentes. Los hijos de parejas separadas suelen tener problemas educativos y de afectividad.

 

Hay otras situaciones que afectan a los niños, como son las compensaciones y defensas de sus padres frente a los conflictos de pareja. Por ejemplo, el olvido, las actividades sociales muy frecuentes, la ocupación profesional exagerada y la huida en el alcohol.

 

RECORDEMOS… son los padres con sus actitudes, los que más van a influir a la conducta y la personalidad del niño, puesto que son los que, en primer lugar, constituyen el medio en que se desenvuelven los niños.

 

Si efectivamente son las conductas de los padres las que más influyen en el niño, es evidente que educar a un hijo es igual a educarse a sí mismo, nunca se debe discutir delante de los hijos, ni lanzar expresiones que puedan resultar confusas o dolorosas para el niño.

 

Inspiración
PROGRAMA PARA LA FORMACIÓN DE PADRES
Una publicación del programa “Inspiración”.

LaFamilia.info
06.06.2010

Un cuestionamiento común en los padres actuales es, cómo corregir las actitudes que no consideramos aceptables en nuestros hijos: castigarlos físicamente, hablar con ellos, combinar las dos anteriores, prohibirles algo de lo que más les gusta, no permitirles salir el fin de semana, dejarlos solos en casa. ¿Ha probado usted la mayoría? o ¿todas estas alternativas? y ¿aún no sabe qué hacer?; pues efectivamente sus hijos no han cambiado el comportamiento indeseado, se ha dado cuenta que en ocasiones funciona momentáneamente, pero no pasa de eso, la conducta se repite inexorablemente.

Es una realidad; la conducta inadecuada sólo cambia por un espacio de tiempo, que en ocasiones es corto cuando utilizamos medios de corrección como el castigo físico, la cantaleta, los insultos y las prohibiciones.

El castigo físico: educar bajo la ley del temor

El castigo físico es una manera clara de abuso y violencia contra nuestros hijos; no se nos olvide que los niños son lo que los padres hemos hecho de ellos, son el resultado de lo que causamos y hemos permitido que se forme en ellos.

Usted por ejemplo, podría quejarse que su hijo es desobediente y se ha preguntado ¿por qué mi hijo es como es?. Es usted quien lo educa, entonces ¿quién lo ha dejado ser desobediente?. El castigo es la forma más fácil de OBLIGAR a que un niño sea obediente, además, se justifican con frases como las siguientes: “yo fui educado así y no me he traumatizado”; “mis padres me corrigieren con mano fuerte y por eso soy quien soy”. No se nos puede olvidar que los tiempos cambian y que en ese momento la alternativa de los padres era esa, pero hoy en día existen otras. No se puede criar a un hijo bajo la ley del miedo y el temor, es un gran error.

El regaño reiterado

Hay padres que por el contrario no les gusta castigar físicamente a sus hijos, porque son conscientes del daño que les hacen y entonces utilizan otro sistema, el del regaño continuo; los insultan, los avergüenzan, los ridiculizan, los rebajan, reniegan de ellos y hasta los amenazan. Esto en ocasiones, por no decir siempre, les hace perder autoridad frente a sus hijos y lo más importante, hasta el respeto. La cantaleta, es claro que no sirve para transformar una conducta no deseable, puede llegar incluso a reforzarla.

Órdenes y obediencia

Se ha preguntado ¿por qué su hijo no le hace caso?, será que la orden no es justa e incluso se recriminan acciones que sería bueno fomentar, como por ejemplo: jugar con amigos, explorar, permitir la curiosidad, dejar que haga preguntas.

Las órdenes absurdas pueden llevar a un niño a ser una persona apática, sin interés, sin fuerza de voluntad y sujeto a lo que los demás le permitan y hasta le programen; no tendrá iniciativa y su AUTOESTIMA y AUTONOMÍA se verán profundamente afectadas.

¿Cómo actuar?

En este momento usted se preguntará ¿entonces qué hago?. No olvide qué tipo de personas quiere formar, qué conductas o comportamientos deseamos que nuestros hijos desarrollen. ¿O no se lo ha preguntado?. Esta es una buena oportunidad para empezar a tener claridad al respecto.

Aquí surgirán una gran cantidad de respuestas, dependiendo de cada familia, algunas de ellas muy comunes; entre otras encontramos las siguientes:

"Que mis hijos sean independientes y responsables de sus actos".

"Que se puedan relacionar con los demás y resolver sus propios problemas y se interesen en los de los demás".

La lista podría continuar, pero sería muy larga, lo esencial es que tengamos claro cuáles son los comportamientos que esperamos de nuestros hijos y es nuestra obligación como padres ayudarles a alcanzarlos.

Por eso, es importante corregir a tiempo las acciones que no llevan al logro de dichas metas, ojo..., corregir, no es sinónimo de castigar.

Métodos para corregir la conducta indeseada

Para cambiar una conducta no deseada, debe emplearse un método que esté en relación con el bienestar del niño; si esto no sucede se debe descartar.

Es fundamental que haya acuerdo entre los padres, especialmente en los siguientes aspectos:

  • ¿Qué comportamiento quieren erradicar?
  • ¿Cuál es la causa?
  • ¿Cómo lo podemos hacer?

A cambio debe existir otra conducta, esta es la base de la corrección. ¿Cuál es la nueva conducta que deseamos?, ¿Qué refuerzos aplicaremos a la conducta que deseamos?.

Recordemos que refuerzo es lo que permite que algo se repita, por tanto, el refuerzo positivo es el que busca una conducta positiva, como por ejemplo: prestar atención, cumplir lo prometido, exaltar lo positivo, reconocer los esfuerzos.

Para lograr la efectividad en la tarea de la corrección es necesario que pongamos en ella buen humor, mucho AMOR, paciencia, inteligencia y un alto grado de COMPRENSIÓN.

La pregunta que cabe hacer aquí es:

¿CORRIGE USTED A SUS HIJOS O SIMPLEMENTE LOS CASTIGA?

Miremos el siguiente caso:

Pedro es un niño que a la hora de dormir, grita, patalea y llora largamente, no le gusta quedarse a oscuras en la habitación. ¿Se le quitará el miedo dictándole que no parece hombre, que es un miedoso?, ¿Dejará de llorar, si se le pega cada vez que llora por lo mismo?

Después de pensarlo mucho, los padres de Pedro deciden trabajar en rectificar el comportamiento del niño. El método empleado es el siguiente:

Primero: deciden charlar con él en la habitación, a la hora de acostarse.

Segundo: apagan la luz, pero permanecen en la habitación charlando hasta que se duerma.

Tercero: permanecen en la habitación con la luz apagada, pero solamente le hacen compañía.

Cuarto: Disminuyen la frecuencia de permanencia en la habitación.

Quinto: ya no están en la habitación, pero de vez en cuando se asoman por entre la puerta.

Es importante aclarar que estos pasos no se llevan a cabo en un solo día, algunos deben tomar inclusive varios días.

¡Ahora, manos a la obra! Intenten inicialmente con un comportamiento que consideren fácil de modificar; los resultados pueden demorar, lo importante es la constancia. Aparentemente es sencillo, pero requiere de mucha paciencia; la satisfacción del resultado es el estímulo que les permitirá continuar con el propósito.

“El niño no es una botella que hay que llenar, sino
un fuego que es preciso encender”
Montaigne.

Inspiración
PROGRAMA PARA LA FORMACIÓN DE PADRES
Una publicación del programa “Inspiración”.

LaFamilia.info
13.07.2009
 

 

No Bully

 

Lamentablemente, este tipo de violencia escolar cada vez es más común en todo el mundo. Según el amplio estudio realizado por la Red de Padres y Madres - Red PaPaz, para el año 2005 en Estados Unidos cerca del 28% de los estudiantes entre los 12 y 18 años de edad, reportaron haber sido víctimas de intimidación en el colegio. En otros países las cifras son similares o superiores.

 

Aunque el “bullying” se presenta desde hace mucho tiempo, se puede afirmar que actualmente hay más agresividad en los niños debido a un vacío en la educación de los pequeños, quizá la falta de atención, amor y comunicación por parte de los padres u otros factores, influyen para que los chicos crezcan en ambientes hostiles que impulsan su mal comportamiento.

 

De otro lado, los niños intimidados también pueden tener problemas en su personalidad como inseguridad, baja autoestima, etc. Es por eso, que tanto educadores como padres de familia, deben trabajar por ponerle freno a esta situación, educar a los niños en la paz, convivencia, tolerancia, respeto, compañerismo, entre otros valores.

 

¿Qué es el acoso escolar?

 

“Bullying”, acoso, hostigamiento o intimidación escolar, es cualquier forma de maltrato psicológico, verbal o físico que se produce entre los compañeros escolares de manera sistematizada y continua.

 

Es una especie de tortura en donde el agresor, con la ayuda de sus cómplices, toma como blanco de sus hostigamientos a un compañero de estudio, llegando a tal nivel de intimidación, que la víctima no se atreve a pedir ayuda, enfrentar el problema o comentárselo a sus padres y/o profesores.

 

La mayoría de las veces, la víctima suele ser más débil física o socialmente que sus abusadores, quedando expuesto a posibles agresiones con poca posibilidad de defenderse. El “Bullying” suele presentarse entre los estudiantes que están en la etapa de la pre-adolescencia y adolescencia, alrededor de los 8 a los 18 años.

 

Tipos de intimidación escolar

 

El hostigamiento escolar se presenta mediante varias figuras:

 

Verbales: insultos, humillaciones, críticas, burlas, rumores o chismes, comentarios desagradables; que buscan arruinar su imagen ante los demás, debilitar, fomentar inseguridad y provocar una angustia constante en la víctima.

 

Psicológicas: constantes amenazas que atormentan al oprimido. Aislamiento social, marginando, ignorando su presencia y no contando con él/ella en las actividades normales entre amigos o compañeros de clase.

 

Físicas: peleas, pequeñas acciones insignificantes pero que ejercen presión sobre el individuo al hacerse de forma reiterada. Pequeños hurtos de sus pertenencias para dificultarle aún más su estadía en la escuela.

 

Señales de alarma

 

Tanto padres y profesores, deben estar atentos a las siguientes señales que pueden revelar que su hijo está siendo víctima de intimidación escolar:

 

  • - Es común que el hostigado viva aterrorizado con la idea de asistir a la escuela y se muestre muy nervioso, triste y solitario en su vida cotidiana.
  • - Baja autoestima, inseguridad, ansiedad y depresión.
  • - Expresiones de agresividad como respuesta a sus problemas.
  • - Descenso del rendimiento académico y desmotivación por las cuestiones escolares.
  • - Llega frecuentemente a casa golpeado, con moretones u otros signos de agresión física.
  • - Llega a la casa con la ropa, libros u otras pertenencias dañadas o rotas.
  • - No tiene amigos o tiene un solo amigo.
  • - Tiene pesadillas y le cuesta dormirse.
  • - No lo invitan a fiestas o reuniones de sus compañeros.
  • - Se le pierden sus objetos sin ninguna justificación.
  • - Regresa a casa sin dinero y no tiene claridad en qué lo gastó.
  • - En casos críticos, pensamientos de suicidio.

 

La comunicación entre padres e hijos, una forma de prevención

 

Después de recorrer este penoso escenario, puede ver que la intimidación escolar es un problema serio, que se presenta cada vez con más frecuencia, el cual requiere ser atendido inmediatamente se detecte para evitar futuras lamentaciones y lograr remediar los daños causados en la persona agredida.

 

Una forma de prevenir que su hijo sea víctima del acoso escolar, es mantener un diálogo constante, estar alerta de su comportamiento para detectar cuando hayan irregularidades y prestarle mucha atención cuando él le quiera decir algo.

 

Además, hágale saber que cuenta con usted para cualquier circunstancia que se le presente, dele esa seguridad y firmeza que le falta y reiteradamente invítelo a que le cuente las experiencias que tuvo en su día escolar.

 

Hay varias preguntas claves que le ayudarán a entrever si se está presentando esta situación:

 

  • ¿Cómo te fue hoy en el colegio?
  • ¿Qué hiciste en el descanso?
  • ¿Con quiénes estuviste hoy en el colegio?
  • ¿Quiénes de tu clase te agradan?
  • ¿Hay alguien en especial en el colegio que no te agrade?, ¿Por qué?

 

Sitios web de interés:

Kit Intimidación Escolar Red PaPaz
Grupo CIDEP - Bullying Cero Argentina

 

 

Fuentes: Red PaPaz, acosoescolar.info, zonapediatrica.com, Equipo Bullying Cero Argentina.

LaFamilia.info
06.06.2010

Tu hijo lleva horas frente a la televisión, lo miras, mueves la cabeza y vas y te colocas entre él y la T.V.. Ya lo has intentado de varias formas: enojado, comprensivo, bromeando y una vez más le vuelves a decir — ¿A qué horas vas a hacer la tarea? — entonces tu hijo dice que te quites, que sí, que ahorita va, que hoy no le dejaron ninguna tarea, que te calles porque el programa está muy interesante o que lo dejes en paz.

Cómo ser tierno y firme sin ser autoritario ni tampoco consentidor; en qué momento decir sí o decir no. El padre o madre de familia encontrará en esta nota una guía que le ayudará en la tarea de formar a los hijos, en el diario oficio de ser padres.

En nuestra sociedad, como en gran parte del mundo, existe actualmente una crisis de autoridad dentro de la familia. Esta crisis tiene unos efectos graves: por un lado, deteriora el papel de la institución familiar como núcleo básico de la organización social. Por otro lado, perjudica la formación de niños y jóvenes para una vida adulta provechosa. Esta debilidad formativa, a su vez, inhabilita a los jóvenes de hoy para educar a sus propios hijos acentuando un progresivo deterioro en cadena hacia la decadencia de la sociedad.

Para evitar esta catástrofe, es necesario el ejercicio correcto del principio de autoridad. Cuando los padres no logran marcar límites claros a sus hijos, dejan de cumplir su obligación de transmitirles una imagen positiva con perfiles bien definidos. Este incumplimiento priva a los hijos de la guía que buscan y necesitan de sus mayores: puntos de referencia, modelos de conducta y aprendizaje.

La autoridad paterna cumple una función educativa cuando se ejerce con cariño, estímulo y paciencia. La ausencia de estos requisitos esenciales la convierte en un autoritarismo.

Diferentes corrientes de pensamiento han contribuido a debilitar la autoridad de los padres. Las ideas materialistas, impulsaron que el hombre es bueno por naturaleza, sin embargo lo pervierte el proceso de socialización.

Ha incidido también la aplicación parcial de aspectos de la sicología, especialmente la insistencia en que reprimir a los niños es causa de traumas posteriores. Este concepto ha ambientado una tolerancia casi total en la conducta de los niños, contrariando la realidad de que su formación exige lo opuesto.

Los niños necesitan y buscan normas, criterios y modelos claros en sus padres. El ejercicio de la autoridad en forma asertiva y responsable contribuye decisivamente en la educación de los hijos por sus padres dentro del núcleo familiar.

La autoridad asertiva significa la permanente puesta en práctica de los derechos y obligaciones mutuas entre padres e hijos, de manera equilibrada y flexible. Si los padres cumplen con sus obligaciones, éstos perciben de manera clara los límites de sus derechos y los alcances de sus obligaciones en las diferentes etapas de su formación y crecimiento. Este equilibrio se logra exclusivamente a través del ejercicio paterno de la autoridad. La ausencia de esta lo convierte en un barco a la deriva. Pero la autoridad asertiva es la forma que ayudará al hijo en la formación de su personalidad.

El concepto latino de auctoritas significa sostener para crecer. La autoridad se ejerce cabalmente en función de la libertad. La autoridad favorece que la libertad individual no coarte las libertades colectivas ni las de otros individuos.

La educación con personalidad significa:

  • Hacer valer eficazmente los derechos propios al mismo tiempo que respetar los derechos de los hijos.
  • Lograr que los hijos perciban v entiendan el mensaje de sus padres, incluyendo sus deseos y emociones en el proceso de la comunicación.
  • Tomar decisiones sobre lo que corresponde hacer con respecto a los hijos y llevarlas a cabo sin cambios de posición.

Lo anterior conlleva la responsabilidad de producir el mensaje que más ayude a la educación de un hijo en una situación determinada, transmitirlo en la forma adecuada, o sea, con eficiencia, tomar decisiones para asegurar su cumplimiento y asumir las consecuencias de ese cumplimiento.

La formulación vaga de la posición paterna o la marcha atrás en el cumplimiento de una decisión son negativas en el proceso educativo. Si la indicación no es clara, comprensible y directa, el hijo se sentirá menos inducido a cumplirla. Si el padre o la madre anuncian una decisión, pero luego dan marcha atrás, el niño absorberá el mensaje ineficaz de que tiene margen para eludir el cumplimiento, tanto en ese momento como en casos futuros.

Todas las personas se dividen en tres grupos de acuerdo con la respuesta que dan ante una situación que involucre alguna forma de conflicto:

INSEGUROS: No logran valer eficazmente sus derechos, necesidades y afectos. Valen más los derechos de los demás. Actitud sumisa.

AGRESIVOS: Imponen sus derechos sin tener en cuenta los derechos de los demás. Actitud dominante.

CON PERSONALIDAD: Logran hacer valer eficazmente sus derechos, teniendo también en cuenta los derechos de los demás. Dicen lo que piensan, saben decir que no (asertivo). Actitud flexible y firme a la vez.

Esta división no es categórica sino dinámica y cambiante, muchas personas se verán reflejadas en más de uno de esos grupos según sean las situaciones en que padres e hijos interactúan.

El concepto de asertividad se aplica en forma permanente en la relación diaria de los padres con los hijos. El diálogo y la comprensión de sus sentimientos estimulan la mejora en su comportamiento y su integración social, es decir, la actitud en su relación con los demás dentro y fuera del núcleo familiar. Debe tenerse en cuenta que su función de principales responsables de la educación de los hijos implica la actitud educativa-asertiva.

Por ejemplo:

Sus dos hijos se molestan continua¬mente entre si. Discuten, se fastidian mutuamente y llegan a pelearse. Usted ya ha probado separarlos, tener charlas con ellos, entender razones, pero los conflictos continúan. El tema ha llegado a hacérsele insoportable. ¿Qué se puede hacer?.

La madre trabaja todo el día y necesita que su hijo adolescente colabore con algunas tareas de la casa. El se niega e insiste en que odia hacer mandados.

Ante situaciones de este tipo, los padres deben desarrollar conductas específicas para asegurar que los hijos le escuchen. Existen formas para manejar más positivamente las situaciones conflictivas y hacer entender a los hijos que los padres representan la autoridad. Esto significa que los hijos deben respeto a los padres porque hay entre ambos un vínculo jerárquico y de amor simultáneo. Para ayudarles a comprender, se les puede transmitir mensajes del siguiente estilo:

"Te quiero demasiado como para dejar que te portes así.
Tu problema de comportamiento debe terminar y estoy
dispuesto a hacer lo necesario para que te des cuenta que hablo en serio".

Hay que tener presente que también se demuestra la autoridad cuando se es capaz de estimular y reforzar positivamente los cambios problemáticos que van manifestando y cuando se tiene la entereza de reconocer los propios errores.

Como forma de enfrentar las dificultades que se pueden presentar resulta de gran utilidad desarrollar tres capacidades claves en el ejercicio de la autoridad:

  • Hablar claro
  • Respaldar las palabras con hechos
  • Establecer reglas de juego

1. Hablar claro: significa la forma más conveniente de expresarse para asegurar que sus hijos lo escuchan. La comunicación asertiva requiere de los padres que hablen en forma adecuada, utilizar algunas simples técnicas no verbales para reforzar las palabras, saber cómo manejar las discusiones y la frecuente actitud argumentativa de los niños y reconocer las buenas conductas.

2. Respaldar las palabras con hechos: para todos los niños, los hechos son más elocuentes que las palabras, porque les demuestran claramente y sin posibilidad alguna de duda que usted no se limita a hablar sino que también ejecuta las acciones correctivas cuando es necesario. Estas acciones deben ser planificadas previamente por los padres, para estar listos a responder con hechos.

3. Establecer reglas de juego: Cubre la respuesta sistematizada de los padres a la conducta inadecuada de los hijos cuando la comunicación asertiva y el respaldo de palabras con hechos no han sido suficientes. El establecimiento anticipado de las reglas del juego les informa a los niños claramente y de antemano, que tal conducta impropia y específica, provocará inevitablemente tal respuesta específica de los padres.

Ahora bien, explicaremos la forma efectiva de comunicarse con sus hijos a través de la educación con personalidad. Para que esta educación tenga éxito es necesario aplicar sus técnicas en forma permanente, sin interrupciones o debilidades. Si la primera etapa del sistema, o sea, la comunicación asertiva, basta para mejorar aceptable¬mente la conducta de los niños, no es necesario recurrir a las otras etapas más severas.

Pero si la primera etapa (hablar claro) no es suficiente y uno o más hijos persisten en conductas malas, deberá recurrir ordenadamente a las acciones que corresponden a la segunda etapa; y luego, si aún es necesario, a las de la tercera.

Para comunicarse de una manera clara y efectiva existen cuatro técnicas:

  • Adecuado lenguaje asertivo
  • Mensajes sin palabras
  • Manejo de las discusiones
  • Reconocimiento de buenas conductas

1. Adecuado lenguaje asertivo: la experiencia ha demostrado que cuando los padres están resueltos a que sus hijos con mal comportamiento se comporten como es deseable, se dirigen a ellos con asertivas frases directas. Esta actitud es útil y correcta, y se refleja en mensajes claros de los padres como por ejemplo:

"¡Quiero que ordenes tu dormitorio en este momento!"
"¡Deja de molestar a tu Hermano añora!"

Tales mensajes directos y asertivos no dejan duda en la mente de sus hijos sobre lo que usted quiere exactamente que hagan y cuando.

Cuando hable con sus hijos sea concreto. Evite frases vagas e imprecisas como "se bueno" o "pórtate como un niño de tu edad", que reflejan apenas la expresión de un deseo, pero no transmite la instrucción precisa de un mensaje claro y firme. Así que emita frases como las siguientes:

"María, la cena está lista. Ordena tu cuarto enseguida y en diez minutos vienes a sentarte a la mesa”.

2. Mensajes sin palabras: Para transmitir al niño su mensaje aseverativo, claro e inequívoco, es necesario complementar el uso de las palabras con la forma adecuada de expresarlas. Si cuando usted le ordena a su hijo que arregle su cuarto, "¡YA MISMO!", lo hace gritando y con enojo, le mostrará un descontrol autoritario que torna negativo el resultado del mensaje. Para que su instrucción tenga buen efecto, es tan importante lo que le dice a su hijo y la forma en que se lo dice.

Para lograr ese mejor resultado y que las palabras adecuadas tengan mayor fuerza de comunicación tenga en cuenta:

  • No pida algo ni dé una orden gritando.
  • Hable siempre en torno firme, pero calmado.
  • Transmita su tranquilidad al dar una orden o instrucción, lo cual le comunicará al niño que usted controla la situación.
  • Siempre hable a sus hijos mirándolos a los ojos. El contacto visual es fundamental para la comunicación humana.
  • Utilice gestos no intimidatorios, por ejemplo, con sus manos, para dar mayor énfasis y fuerza a sus palabras. En muchas ocasiones, la mano de un padre sobre el hombro del niño tendrá más peso y significado que las palabras.

3. Manejo de discusiones: Existen formas básicas para manejar las situaciones que se presentan cuando los hijos, en vez de obedecer una orden, responden con diferentes tipos de argumentos que intentan plantear una discusión:

  • Técnica del disco rayado: El nombre de la técnica refleja el hecho, suena como un disco que repite siempre lo mismo, una y otra vez. hasta que logre la penetración y aceptación de su mensaje sin caer en la discusión. Cuando aprenda a hablar como un disco rayado será capaz tanto de expresar lo que quiere como de lograr que el mensaje penetre. Al mismo tiempo, aprenderá a ignorar los esfuerzos de su hijo para desviarlo del tema y envolverlo en una discusión que usted no podrá ganar.
  • Técnica del banco de niebla: Busca conseguir que los hijos no lo saquen de sus casillas, haciendo oídos sordos a sus actitudes y argumentos provocativos, cuya finalidad es hacer que los padres pierdan el dominio de si mismos y de la situación
  • Técnica de interrogación negativa: Cuando sus hijos le hacen críticas agresivas están buscando sacarlo de sus casillas. Dé respuestas que neutralicen la agresión y esto se esfumará, especialmente si ha logrado llevar al niño a la verdadera razón de su hostilidad y presentarle una solución.
  • Técnica de la extinción: Hay un principio psicológico que establece que todo estímulo que no es respondido, se extingue. Cuando no se responde ante un reclamo inade¬cuado de los hijos, habrá inicialmente una explosión de llanto para captar la atención y forjar una respuesta favorable. Luego esta se irá extinguiendo poco a poco.
  • Técnica del tiempo fuera: Consiste en cortar el comportamiento inadecuado de un niño separándolo del entorno o de la situación inconveniente donde se produce su mala conducta.

4. Reconocimiento de buenas conductas: A menudo, los padres no perciben la importancia del elogio y otra forma de aliento cuando los hijos se comportan adecuadamente. Es importante tener presente que el buen estado emocional de los niños requiere que tengan confianza.

Respuestas paternales usuales como: ¡Que bien! o ¡Que lindo!, son asertivas, pero a veces dichas como al pasar, con poco énfasis y escasa penetración, lo cual las torna insuficientes. Cuando sus hijos se comportan de modo adecuado, usted tiene que estar presto para reforzarlos mediante el reconocimiento.

El reforzador demostrará al niño que usted aprueba y aprecia su mejor comportamiento. No acepte el mejoramiento de la conducta del niño como algo normal, natural y sobreentendido y que, por tanto, no requiere un reconocimiento especial. Al contrario, la demostración de que usted se alegra y aprecia el comportamiento adecuado le comunicará al niño tanto el cariño corno el sentido de justicia de un padre.

Inspiración
PROGRAMA PARA LA FORMACIÓN DE PADRES

Una publicación del programa “Inspiración”.

LaFamilia.info
06.06.2010

Sería una necedad no aceptar que por muchos años hemos sido formados en una cultura de la desconfianza. Antes que enseñarnos a confiar y tener fe en nuestros semejantes, incluso los más cercanos y ligados a nuestros afectos, hemos sido formados para dudar y sospechar de ellos.

"No reciba ayuda de personas extrañas" “Si un desconocido o extraño le ofrece orientación y ayuda, rechácela”. Tristemente estos son avisos que fácilmente podemos encontrar en un cajero automático, en centros comerciales o en una terminal de transportes.

Sospechar de los demás, sobre todo si no los conocemos, parece ser la mejor arma para protegernos de todos los peligros, pero resulta que esta condición que nos impone la sociedad cada día con mayor vehemencia, adquiere cada vez más la connotación de un virus contagioso y arrasador que ataca los cimientos de las relaciones interpersonales y contamina el ambiente donde ha de disfrutarse de la convivencia social y la solidaridad humana.

Que este fenómeno se de como consecuencia de la descomposición social, una de cuyas expresiones de delincuencia en sus distintas manifestaciones, resulta comprensible, pero lo que si nos debe llamar a la reflexión, es que se haya vuelto común y socialmente aceptable que en el centro educativo el maestro no confíe en su alumno, que no se crea en su palabra y que igualmente en el hogar los padres no crean en sus hijos o que la relación de pareja transcurra matizada por momentos o ciclos de intensa incredulidad o conflictivas sospechas.

Desconfiar es un rasgo característico de nuestra naturaleza humana; no creer en el otro y por lo tanto exigirle a toda hora justificación y evidencia de sus actos, es un sentimiento negativo arraigado a nuestra cultura que tenemos que erradicar por cuanto no es ni pedagógico ni formativo fundamentar las relaciones intrafamiliares o escolares en la incredulidad y la sospecha. Por bien de la misma formación de nuestros hijos, debemos saber delimitar hasta donde ellos están justificando una conducta con el recurso de la falsedad y la mentira o hasta donde nuestra actitud de malestar y enojo obedece más bien a sospechas infundadas y al hábito de la desconfianza que ya tenemos inconscientemente incorporado.

A todos nos gusta que nos crean, que confíen en nosotros, que nos hagan reconocimientos, pues con ellos incrementamos nuestra autoestima y reafirmamos nuestra confianza. Es por ello que resulta ser una experiencia desagradable sentir que se desconfía de nosotros, que se pone en duda nuestra credibilidad y buena fe. La desconfianza niega toda demostración de afecto y lastima lo más profundo del ser humano cuando lo aplicamos con la misma intensidad para todo el mundo o lo que es peor, cuando la utilizamos como recurso para ejercer el mando o crear precedentes de autoridad: “soy el padre; soy el maestro; soy el jefe, entonces tengo legítimo derecho a desconfiar de quienes están bajo mi mando o tutela”. ¡Falso paradigma que tenemos que eliminar…!

¿Qué es la confianza?

Confiar es creer, es tener seguridad en la otra persona. Es aquel auténtico sentimiento por el cual miramos y tratamos al otro con cierto grado de seguridad, agrado y transparente simpatía. La confianza nace de los profundo de la personalidad; emerge de la relación abierta y sencilla con la otra persona; aumenta la comunicación permanente; se consolida en las pruebas y se marchita con las reservas y los silencios.

Para que haya confianza hay que conocer, respetar, compartir, pero sobre todo amar a la otra persona que es objeto de nuestra confianza. Es entonces, un sentimiento que se va construyendo gradualmente en la diaria convivencia. A través de nuestros actos nos ganamos la confianza o perdemos el derecho a que los demás crean en nosotros.

Ahora bien, si por la intensión y naturaleza de sus actos cada individuo construye el nivel de confianza que los demás le tienen o le niegan, tenemos entonces un excelente programa formativo para desarrollar con nuestros hijos: fomentar en ellos la honestidad y rectitud en su actuar diario para que sean dignos de crecer en ellos.

Es fácil identificar la estrecha relación que existe entre autoestima, clima de confianza y auto confianza. Si alrededor de nuestro hijo no creamos un clima familiar y escolar de verdadera confianza, es inútil pretender que él alcance un nivel deseado de autoestima y de seguridad en sí mismo. Nuestros hijos necesitan que permanentemente les demos muestras que sí creemos en ellos, que creemos en su palabra y que a pesar de sus errores y equivocaciones, creemos en sus capacidades.

Educar en la confianza no es un problema de retórica ni un proyecto pedagógico pensado para que se quede definido en los libros de las buenas intensiones de los psicopedagogos. Es un modelo de formación que podemos poner en práctica diariamente y de una manera muy sencilla: deleguemos en los hijos cuantas veces podamos aquellas responsabilidades que estén en condiciones de asumir; asignémosles tareas que puedan realizar ellos solos sin nuestra presencia fiscalizadora; demostrémosles que estamos haciendo votos de confianza en sus capacidades y honestidad.

Confianza en los hijos

Una madre de familia un poco preocupada se preguntaba “¿…pero si permito que mi hijo que apenas tiene catorce años de edad adelante esa gestión en que hay dinero de por medio y él llega a flaquear en su honestidad y comete una ligereza, no seré acaso yo la culpable de su indelicadeza por haberle facilitado la ocasión para que lo hiciera?”.

No le temamos al error; no nos exasperemos cuando la respuesta de nuestro hijo no esté al nivel de nuestras expectativas. Si lo estamos formando con amor y responsabilidad estas molestas experiencias serán pasajeras. Equivocarnos, fallar, cometer errores, es un derecho que todos tenemos en razón a nuestra naturaleza y muy especialmente cuando atravesamos por las etapas de maduración y desarrollo como son la niñez, la pubertad y la adolescencia. Lo deseable es que sepamos convertir dichos errores en una valiosa experiencia y oportunidad no para la recriminación y la censura sino para el aprendizaje, la tolerancia y el crecimiento personal.

Cuando delegamos o involucramos a otra persona en un proyecto o empresa, le favorecemos su desarrollo como ser humano y le permitimos su crecimiento como persona. Si actuamos así con nuestros hijos y a pesar de sus equivocaciones les demostramos que seguimos confiando en ellos, no sólo les estamos dando una clara demostración de confianza sino que también sembramos en su mente y en su corazón semillas de autoestima, de autoconfianza y seguridad en sí mismos que habrán de germinar más tarde en actos de verdadera autonomía.

¿Qué es la confianza mutua?

  • El clima necesario para una buena comunicación.
  • La esencia de la comunicación.
  • La base para una auténtica amistad.
  • Compartir las propias vivencias y experiencias.
  • Fe firme en uno mismo, en la otra persona y en su relación.

La confianza mutua, es otro de los secretos de la felicidad de la familia, revelado por aquellas que crecen sanas, vigorosas y unidas, pero desafortunadamente este secreto lo poseen muy pocas familias. Lo que abunda en cambio, es el miedo, la mentira y la desconfianza.

¿Cómo conseguirla?

La confianza mutua es el resultado de un proceso de comunicación que comienza al compartir las “pequeñas cosas” de cada día –primer paso- y culmina con la revelación de la propia intimidad y secretos. Naturalmente, esto no sucede en un día.

Otra cosa que hay que tener en cuenta, es que la confianza no se puede exigir. Tiene que ganarse. Si uno desea la confianza de otros –y en nuestro corazón todos lo deseamos-, uno debe empezar por confiar.

Una trampa en la que solemos fácilmente caer es la de “para no preocuparle… no se lo digo” y a continuación, mentir. Es lo peor que uno puede hacer. Cuando el otro se entere de la verdad, la confianza mutua se convertirá en un imposible.

Si todos estamos dispuestos a recibir “pequeñas confidencias”, no siempre lo estamos para escuchar las grandes revelaciones o secretos personales.

Tenemos que prepararnos. “El confiar delicadamente y el saber recibir las confidencias y secretos, es un arte relacionado con hábitos de prudencia, dominio de sí mismo, justicia y fortaleza.” (Gabriel Calvo, Pbro. Energía Familiar).

Indicadores de un clima de confianza familiar

El siguiente listado de conductas que se dan al interior del hogar tanto por parte de los padres como de los hijos, nos puede servir para que identifiquemos si existe un apropiado clima de confianza.

Signos de confianza Signos de desconfianza

 

  1. Padres e hijos conversamos sobre lo que hacemos cada día y lo que proyectamos hacer.
  2. Hay aceptación normal de las explicaciones que mutuamente nos damos sobre nuestros actos e intenciones.
  3. Hay conocimiento de las relaciones y los compromisos que adquirimos fuera del hogar.
  4. Nos participamos en forma transparente los planes y proyectos y las variaciones que en su desarrollo se van dando.
  5. Hay demostraciones sinceras de interés sobre los resultados obtenidos y sobre las dificultades, tropiezos o fracasos que van surgiendo.
  6. Mutuamente y en forma espontánea pedimos consejos, sugerencias y orientaciones sobre las empresas que se emprenden.
  7. Existe una natural predisposición de todo el grupo familiar para el olvido rápido de errores y desaciertos e incluso, de engaños y mentiras intrascendentes.
  8. Existe libertad en las decisiones y capacidad de opción en las diversas determinaciones que es preciso adoptar sobre los compromisos y trabajos individuales.

 

 

  1. La conversación en el hogar por lo general transcurre en un clima de reservas y ambigüedades. Es común que se disimule sobre todo lo que se hace fuera del hogar.
  2. Cualquier dato o información dada sobre nuestro hijo, genera suspicacias y todo tipo de pesquisas para confirmarlo.
  3. Abundan las amenazas solapadas e insinuantes sobre posibles informaciones particulares y reservadas.
  4. Es común que se haga una interpretación parcial y agresiva de lo comunicado y frecuente alusión a posibles engaños anteriores.
  5. La desconfianza se hace patética a través de permanentes expresiones de dudas y recelos, aún antes de haber recibido las justificaciones solicitadas.
  6. Se hacen frecuentes e injustificadas prohibiciones sin razonamiento y sin considerar las motivaciones y deseos de los receptores de las mismas.
  7. La falta de confianza se refuerza con preanuncios fatalistas de equivocaciones y de fallos.
  8. Padres e hijos caen en el ocultamiento habitual de amistades y compromisos tanto internos como ajenos al hogar.
  9. Cuando no existe un clima de verdadera confianza, abundan las promesas incumplidas por la inseguridad en la fidelidad de otro o por falta de sinceridad en el momento de hacerlas.

 

Proyecto familiar para fomentar la confianza

Si como padre mantenemos ante los hijos una imagen de justa nobleza, equilibrio y suave energía que les ayude a crecer y a encontrar apoyo, tendremos asegurada la adhesión de sus corazones, lo cual es ya una gran ventaja para cautivar y conservar su confianza. He aquí un plan básico para hacernos merecedores de ella.

  1. Lo primero es cumplir con lo esencial de la paternidad.
  2. Es fundamental ponerse en actitud de ayuda y de apoyo, incluso cuando llegan los momentos difíciles.
  3. Tenemos que demostrar con hechos que estamos preparados para olvidar, comprender y perdonar cuantas veces sea necesario.
  4. Siempre decir lo que sentirnos y sentir lo que decimos y no molestarnos cuando los hijos lo hagan.
  5. Evitar a toda costa las susceptibilidades y las sospechas.
  6. Flexibilizar la disciplina, adaptándola a las circunstancias (edad, sexo, motivaciones, etc.).
  7. Multiplicar las ocasiones de encuentro y esparcimiento que tanto favorecen la intercomunicación espontánea.
  8. Evitar las amenazas superficiales, sobre todo aquellas que constituyen desahogos momentáneos y que con toda seguridad no van a cumplirse.
  9. Delegar, asignar responsabilidades sin asumir actitudes fiscalizadoras o conductas recriminatorias frente a posibles errores.
  10. Evitar toda aquella afirmación, comentario o alusión negativa, descalificadora o peyorativa sobre nuestros hijos.

Inspiración
PROGRAMA PARA LA FORMACIÓN DE PADRES
Una publicación del programa “Inspiración”.