ReL - 19.05.2017

 

 

El Foro de la Familia ha publicado una reflexión sobre el acoso en la escuela y en otras instituciones, proponiendo 5 habilidades que pueden ayudar a reducir y prevenir estos comportamientos dañinos.

 

"El bullying o acoso escolar es una forma de agresión verbal, física o escrita que genera un daño en otra persona", recuerda el texto. "Suele presentarse en el aula, en la calle, en las redes sociales y otros ámbitos externos a las propias instituciones, y nunca debemos olvidar que es una situación que puede traer graves consecuencias psicológicas y físicas tanto en las víctimas como en los que incurren en este tipo de abusos".

 

A veces este acoso es directo y físico: peleas, palizas, golpes... Otras veces es indirecto, de tipo psicológico: pretende el aislamiento social del agredido mediante la propagación de difamaciones, amenazas o críticas que aluden a rasgos o limitaciones físicas, además del chantaje. 

 

"Esta problemática hoy supone un desafío para padres, docentes y educadores, ya que a menudo puede escaparse a la vista del más observador y parecer una lucha imposible de ganar", añade la plataforma de entidades familiares.

 

Las 5 habilidades que propone el Foro son estas:

 

1. Reconocer el problema

 

"Es fundamental que los docentes formen a estudiantes y padres en la importancia de tomar en serio esta problemática y cómo reconocerla. Además, debe existir un plan de acción conocido por todos para responder a los maltratos que pudieran detectarse por nimios que parezcan. No es admisible, de ninguna manera, recomendar a la víctima de los agravios que no sea tan sensibles o que se esfuercen por hacer amigos: esto no hace más que estigmatizar y culpabilizarlo por lo que le está sucediendo".

 

2. Involucrar a los estudiantes

 

"Una estrategia muy recomendable es fomentar un diálogo abierto con los estudiantes acerca del acoso y la intolerancia mediante asambleas o foros “anti-bullying” y dejar que ellos propongan ideas y discutan soluciones a los problemas. De esta manera, ningún alumno se sentirá ajeno a la problemática".

 

3. Convertir a los estudiantes pasivos en activos

 

"Al participar en una discusión abierta sobre el tema, los estudiantes que no son víctimas ni victimarios directos del bullying, los “observadores”, tendrán más herramientas para sentirse involucrados y convertirse en agentes activos en contra de los maltratos. Realizar juegos de rol explicándoles a los alumnos cómo ponerse en el lugar del otro y ayudarse mutuamente a alzar la voz en contra del abuso de sus compañeros".

 

4. Inculcar valores como la tolerancia y el respeto

 

"Promover y cultivar día a día una vida basada en valores como la tolerancia, el respeto y, sobre todo, valores que nos lleven a crear un ambiente inclusivo, seguro y tolerante en el que los alumnos sientan que su identidad es respetada y valorada. Es fundamental fomentar en los alumnos valores como responsabilidad, cooperación, respeto, solidaridad, humildad…

 

5. Mostrar una actitud abierta a los estudiantes, tanto víctimas como agresores

 

"La víctima ha de poder entender que puede confiar en el adulto, en el profesor o en la familia, en situaciones de acoso o violencia. De la misma manera que las víctimas, los agresores deben recibir atención y ayuda para disminuir su conducta agresiva. A menudo, atacar y sentir la necesidad de dominar a los compañeros responde a inseguridades propias e incluso a situaciones de violencia experimentadas en el hogar. Ignorar al agresor y solo enfocarse en la víctima es incompatible con una verdadera resolución del problema a largo plazo".

 

Alianza LaFamilia.info / Instituto de la Familia - 07.09.2015

 

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¿Se ha preguntado alguna vez si sus hijos tienen tan claro como usted cuáles son esas razones que deben motivarlos a estudiar? Los motivos son importantísimos porque constituyen una gran ayuda para el estudiante. Pero, ¡cuidado!, no hay que llegar a la falsa conclusión de que gracias a ellos ya no se necesita del esfuerzo personal. Por el contrario, los motivos despiertan interés, ayudan a centrar la atención y estimulan el deseo de aprender.


Padres y maestros deben saber que los motivos no surgen por sí mismos, sino que es necesario ayudar a que niños y adolescentes los adquieran; después, hay que enseñarles a cultivarlos. También es fundamental conocer que cada motivo tiene su grado de importancia: los hay buenos y malos, convenientes e inconvenientes.

 

Hoy en día, a muchos niños les falta voluntad para estudiar y, si la tienen, suele ser muy débil, lo que puede desencadenar males mayores como la pereza mental o el rechazo total de sus deberes escolares con los consecuentes resultados en sus calificaciones. Es probable que esta actitud apática en chicos y grandes obedezca a que no existen en ellos razones convincentes para estudiar y por ello no les parece nada atractivo asumir su rol como estudiantes. ¿La razón? Falta de motivación.


La motivación extrínseca es aquella que se basa en satisfacer necesidades externas del estudiante. Padres y profesores son los encargados de ofrecerles incentivos que contribuyan a despertar su deseo por estudiar y el interés por ganar méritos con su propio esfuerzo: un juego de video, un viaje, un permiso para el fin de semana, etc.


La motivación intrínseca o automotivación se basa en satisfacer necesidades internas del estudiante; la desarrolla el propio alumno y gracias a ella se motiva por sí mismo. Esta actitud no necesita de incentivos o estímulos externos.


Padres y maestros pueden emplear los dos tipos de motivación, ya que se complementan entre sí. Sin embargo, conviene recurrir mucho más a la automotivación que a premiar con incentivos, sobre todo después de pasar la etapa de la infancia, pues cuando se es niño “todo vale” para hacer la tarea y conseguir una buena calificación o para ser el primero de la clase.


Pero resulta que a los adolescentes ya no les "emociona" tanto esta actitud. Por eso un buen consejo es que piensen más en la automotivación, no solo porque está más acorde con los intereses de su edad, sino porque también es una motivación más completa, más eficaz y, por supuesto, más formativa.


¿Cómo crear motivos para estudiar?


• Una estrategia efectiva es animar a los hijos a que desarrollen la motivación intrínseca o interna, mediante el elogio a su habilidad o a su esfuerzo.


• Para los hijos es motivador ver que sus padres estudian, aunque no sea necesariamente un programa académico de una institución universitaria. Lo importante es que tengan un modelo de padres que amen la lectura y se interesen por el conocimiento y la actualización en su profesión u oficio.


• Los padres pueden supervisar y apoyar las labores académicas de los hijos, quienes, a su vez, mostrarán curiosidad e interés por el aprendizaje, gustarán de las tareas desafiantes y disfrutarán resolviendo problemas por sí mismos.


¿Qué los desanima a estudiar?


Los padres autoritarios. Ellos ejercen demasiada presión y ofrecen poco apoyo en las tareas. Estos padres insisten en que los niños hagan las tareas solos, son demasiado estrictos y restrictivos, y confían únicamente en la motivación extrínseca. Por consiguiente, sus hijos manifiestan menor aprovechamiento escolar.


Los padres permisivos. Contribuyen, en gran medida, a que los hijos tengan bajo rendimiento escolar, puesto que no se involucran y no se interesan por sus actividades académicas. Los mandan a hacer las tareas pero sin supervisión ni apoyo, no hacen seguimiento, ni se cercioran de que en verdad las hicieron. Todos estos aspectos los desanima y no despierta en ellos amor e interés por el estudio.


Y la misión del maestro…


Las sugerencias antes descritas también pueden ser aplicadas por los maestros o profesores, de tal manera que contribuyan con el rendimiento académico de sus alumnos.


Ellos pueden ayudar al estudiante si lo motivan, creen en él y si, en medio del grupo, resaltan sus fortalezas para que trabaje y mejore sus debilidades.


Nunca deben comparar a sus estudiantes ni ridiculizarlos delante de sus compañeros de clase. Su labor debe estar siempre orientada a tratarlos como seres únicos.


Deben generar expectativas optimistas del rendimiento académico. Ofrecerles apoyo y comprensión cuando se sientan frustrados. Exigirles con justicia en momentos de conflicto y de tensión.


Solo así, grandes y chicos podrán comprobar que forman parte de una experiencia positiva, placentera y de crecimiento personal. De esta manera, todos estarán realmente motivados.


Artículo editado para LaFamilia.info. Tomado de Apuntes de Familia, edición 11-01/13. Autor: Instituto de La Familia. Universidad de La Sabana.

 

 

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Por LaFamilia.info 

 

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¿Hasta dónde deben ayudar los padres en las labores escolares de sus hijos? ¿Deben limitarse a supervisar? ¿O deben dejar que los hijos se valgan por sí solos? Depende de varios factores.

 

Los deberes son un complemento del programa escolar. Lo ideal es ayudarle al niño a aceptar libremente sus responsabilidades y a concebir el aprendizaje como un objetivo primordial de su vida. Pero lo cierto es que algunos niños requieren mayor acompañamiento de los padres, ya sea porque se les dificulte el tema o porque se desconcentren con facilidad; no obstante, en ningún caso los adultos deberán asumir la responsabilidad de las tareas escolares.

 

En otros niños, bastará con que los padres revisen los trabajos, y si es del caso, les pidan repetir lo que no está bien hecho. Esta es un forma de enseñarles a culminar las labores y hacerlas bien hechas.

 

Tampoco es aconsejable desligarse del tema por completo, los padres debemos ser el apoyo de los hijos también en la educación académica. Es importante además, elogiarlos cuando se esfuerzan por ser buenos estudiantes, pero no se les debe dar regalos por hacer algo que es su deber.

 

A continuación algunas ideas para que el estudio en casa sea una experiencia positiva y efectiva:

 

Propicia un ambiente agradable de estudio. Si se puede, asígnale un escritorio con silla cómoda en un lugar sin ruido y con buena luz.

 

Dale al niño la oportunidad de descansar y alimentarse antes de que se siente a hacer tareas. El estómago vacío y la fatiga le impiden concentrarse.

 

Antes de entrar en materia es recomendable revisar con el niño cuáles son las tareas del día y preguntarle si sabe cómo hacerlas. Una vez aclaradas las dudas, es importante dejarlo solo para que se concentre.

 

No lo dejes abandonado. Es probable que requiera alguna indicación o unas palabras de ánimo, y necesite que alguien esté disponible. No es bueno que se le fatigue, pero sí agradecerá alguna oportuna y aislada visita de vez en cuando para preguntarle cómo va.

 

Establece un horario fijo o rutina. Es importante que el niño sea consciente de que hay un momento para cada cosa y que las tareas no se deben dejar a la mitad. Hay que acabarlas.

 

Educar a los hijos en la responsabilidad, voluntad y autodisciplina, también hace parte del aprendizaje que se da alrededor del estudio en casa.

 

 

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Por Oscar Andrés Chavarro / LaFamilia.info - 05.08.2016

 

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“Daddy didn’t give attention. Oh, to the fact that mommy didn’t care King Jeremy The Wicked Ruled his world” Pearl Jam

 

En 1992 la agrupación Pearl Jam lanza su canción ‘Jeremy’, la cual reseña un tema que aunque parece nuevo, en realidad es muy antiguo. Esta canción es el homenaje de Eddie Vedder (vocalista de la agrupación) a Jeremy Wade Delle, un joven de 16 años que en 1991 decide quitarse la vida frente a sus compañeros de clase, pues era víctima de maltrato escolar, lo que ahora se reconoce como Bullying. “Aun cuando muchos están familiarizados con el tema, no ha sido hasta muy recientemente —a principio de los años 70 —que este fenómeno ha sido objeto de un estudio más sistemático” (Olweus, 1973).

 

El Bullying tiene víctimas a cada instante y en todo el mundo, muchas veces ante los ojos indiferentes de otros chicos, e incluso de adultos que no reaccionan. Frente a este alarmante fenómeno surge una pregunta: ¿qué responsabilidad tienen las familias?


Pues bien, contrario a lo que muchos podrían pensar, no es responsabilidad exclusiva de la escuela prevenir los casos de acoso escolar; porque, como es sabido, los primeros formadores de los chicos son los padres. En efecto, la familia es el primer espacio social donde se crean las condiciones para que las niñas, niños y adolescentes desarrollen capacidades que les permitan convivir en armonía bajo la ética y el respeto; y “es allí donde la ciudadanía se pone en práctica todos los días y se desarrollan las competencias necesarias para la transformación social” (Campos, 2013, p.5).

 

Y es que la convivencia, el respeto, el trato a los demás y en general casi todos los comportamientos de los chicos, son fruto de un modelamiento directo o indirecto de los miembros de su familia. Por tal motivo, es común, por ejemplo, que encontremos niños con una alta tendencia a la agresividad y que, al momento de conocer a sus padres, alguno de ellos o ambos tiendan también a ser agresivos. Sin duda alguna, la familia influye notoriamente en el aprendizaje de las formas de relacionarse de sus miembros. La manera como son educados los hijos, el trato que reciben, la dinámica familiar, la formación en valores, el establecimiento de normas; son factores protectores o de riesgo para que los chicos puedan convertirse en agresores o víctimas de Bullying. En las siguientes líneas me centraré en la figura del agresor.


Dan Olweus, uno de los más acérrimos estudiosos del Bullying, considera tres factores familiares como decisivos a la hora de desarrollar un modelo de reacción agresiva. En primera instancia, cuando hay una actitud negativa y el niño carece de afecto y dedicación, será un factor de riesgo para que a futuro se convierta en una persona agresiva. Por otra parte, el hecho de que los padres sean permisivos ante la agresividad de sus hijos, podría distorsionar la visión de los límites normativos y de respeto que el sujeto debe aprender; factor que también favorecería un modelo de reacción agresiva. Por último, si los métodos de afirmación de la autoridad de los padres se basan en castigos físicos y/o maltrato emocional, esto será generador de agresividad. Se debe resaltar que las primeras conductas agresivas y que deben ser corregidas por los padres, aparecen entre los 2 y los 3 años de edad; las cuales se manifiestan con gritos, mordiscos, patadas y otro tipo de rabietas ante situaciones que son frustrantes para el niño; es aquí donde empieza la tarea de formar ciudadanos de bien y con un alto sentido del respeto por los demás. De esta manera se evidencia cómo el afecto, las normas claramente establecidas —y que se hacen cumplir— y la educación firme pero sin violencia; serán factores que privilegiarán una formación con menor riesgo de agresividad en los chicos hacia sus padres.

 

Si todos siguiéramos el gesto de Eddie Vedder y dejáramos a un lado nuestra indiferencia; y enseñáramos a nuestros hijos desde chicos a controlar sus frustraciones y los formáramos en el valor de la solidaridad; quizás así lograríamos que cada vez más chicos y adultos alzaran su voz de protesta, y sobre todo actuaran en contra del Bullying. No es suficiente quejarse o denunciarlo, es necesario actuar, pero sobre todo, es necesario solidarizarse con esa persona que está siendo maltratada. Eduque a su hijo en contra del maltrato, es sencillo, se logra con amor y respeto.


Pero no todo suele ser tan sencillo, existe otra cara igual de real, pues si bien los padres son los primeros formadores, se deben plantear una serie de preguntas teniendo en cuenta que este fenómeno ya no solo se da entre estudiantes; se ha traslado a otros escenarios, como los barrios, las empresas, y hasta las mismas familias, entonces: ¿qué pasa cuando los padres no asumen el rol de formadores que logra mitigar los factores de riesgo? ¿Cómo deberá intervenir un profesional allí? ¿Qué deben hacer las instituciones educativas y el estado? ¿En qué otros espacios deberían darse importancia a este problema? ¿Cómo lograr formar a la sociedad para que sepan detectar a tiempo la figura de víctima y victimario? Son muchas las preguntas que quedan para resolver, y está claro que es indispensable proponer políticas y estrategias de intervención por parte de los diferentes espacios de convivencia. ¡La tarea es para todos pero se empieza desde casa!

 

Por Óscar Andrés Chavarro Zuluaga -Psicólogo, especialista en Pedagogía e Investigación y Maestrante en Asesoría Familiar- para LaFamilia.info.

 

***

REFERENCIAS

 

Campos, M. (2013). Guía 49. Guías pedagógicas para la convivencia escolar. Ministerio de educación nacional. Bogotá, Colombia.

Olweus, D. (s.f). Acoso Escolar, “Bullying”, en las escuelas: hechos e intervenciones, Centro de investigación para la Promoción de la Salud, Universidad de Bergen, Noruega. 

Trastornos del comportamiento (s.f).

LaFamilia.info
11.08.2014

 

Algunos niños viven este momento sin inconvenientes, se adaptan con facilidad a los cambios y disfrutan de su nuevo colegio. Otros en cambio, les cuesta este proceso y aunque ya cuenten con la experiencia del jardín infantil, la entrada al “colegio de grandes” les causa temor, angustia y ansiedad. En este caso la actitud de los padres es fundamental. Aquí les aconsejamos cómo actuar frente a esta situación.

 

Qué hacer

 

Adaptarse a los cambios, los lugares y las personas, son situaciones que se les presentará a los hijos continuamente en su futuro, por eso es importante enseñarles desde las primeras edades cómo afrontar estos escenarios. Estas son algunas sugerencias de lo que debe hacer.

 

Prepararlo. Aproveche las diferentes ocasiones que van surgiendo para explicarle las bondades del colegio, puede apoyarse en cuentos infantiles que tanto atraen a los pequeños.

 

Visitar la escuela antes del "gran día". Algunos colegios hacen actividades para los primerizos antes de comenzar el año escolar, con el fin de que los niños se conozcan y se familiaricen con el espacio. Si no existe esta posibilidad, entonces hágalo usted. Visiten juntos el colegio, muéstrele las instalaciones, conozcan los profesores y explíquele que podrá jugar y aprender con muchos amigos.

 

Ajustar los horarios a la nueva vida escolar. La jornada será más larga que la del jardín y por lo tanto habrá que hacer algunos ajustes en los horarios. Ir a la cama más temprano y levantarlo antes de lo habitual, puede ser una ayuda para aminorar el cambio. También los horarios de comidas deberán ser replanteados.

 

Acudir a las motivaciones. Se recomienda hacer partícipe al niño de la compra de los útiles escolares, la lonchera, la mochila, el uniforme. Déjelo que él elija y verá lo motivado que se sentirá.

 

Tomar de ejemplo a los hermanos. Cuando hay hermanos mayores este proceso puede ser más fácil, pues el niño ya está familiarizado con el tema y es muy posible que le anime el hecho de ser grande como su hermano.

 

Contarle su experiencia. Los padres son para los niños su principal referente, así que compártale su vivencia, cuéntele lo bueno que la pasaba y los amigos que aún conserva desde su época de estudio.

 

Qué NO hacer

 

Atemorizarlo con frases necias. No se le ocurra decirle al pequeño; “en el colegio no te seguirán los caprichos”, “cuando será que entras a la escuela para ver si te portas bien”. Por el contrario, estimúlelo con otros mensajes como “¡qué divertido será el colegio con tantos amigos!”, “¡qué suerte que ya seas mayor para ir al colegio!".

 

Dramatizar la despedida. Muchas veces los niños están emocionados por su ingreso a la escuela, pero los padres -sin quererlo- dramatizan demasiado de esta situación y lo único que logran es crearles inseguridades. Llenarlos de advertencias tampoco es conveniente.

 

Hacer comentarios negativos. No lo vea como una experiencia negativa porque así lo entenderá el pequeño. Muéstrese tranquilo, sereno, oculte los nervios y evite el llanto; mejor imprímale seguridad y fortaleza.

 

Acompañarlo más de la cuenta. Durante el primer día puede que sea necesario un poco de compañía, como por ejemplo llevarlo a su salón de clases y saludar a los compañeros y profesores; pero recuerde, es sólo un rato, no todo el tiempo.

 

Llegar tarde. Tardarse para llevar o buscar al niño en su primer día puede ser un mal precedente, esto le puede producir angustia y hasta sentimiento de abandono.

 

La forma como los padres afronten esta nueva experiencia, se verá reflejada en los pequeños, ellos aprenden por imitación y ejemplo. Si los padres le hacen una positiva sensibilización, además de una buena preparación, lo más seguro es que los primeros días de la vida escolar sean amables y alegres.

 

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Frente a la formación humana de los hijos, ¿qué debe hacer el colegio y qué debe hacer la familia? La respuesta correcta sería: la familia hace todo y el colegio la acompaña en el proceso educativo de los hijos. Delegar la función paterna, es un error.

 

Las quejas más frecuentes de los profesores se centran en que los padres delegan de forma excesiva la educación de sus hijos en el colegio, sostienen que les falta autoridad y vínculos afectivos con sus hijos, e incluso piensan que algunos progenitores se muestran un tanto despreocupados.

 

Asumir la responsabilidad de ser padres

 

Si bien es importante elegir un colegio que comparta los valores y el pensamiento de la familia, no quiere decir que la tarea de educar a los hijos sea del colegio. La escuela apoya la labor de los padres e incluso la puede reforzar, pero nunca suplantar.

 

“La educación en su sentido más amplio se recibe en casa y es responsabilidad de los padres. Aún cuando el sistema educativo sea el óptimo para la formación académica del niño, al colegio no se le puede pedir más de lo que pueda dar. Las formas de analizar el mundo y comportarse, las normas de convivencia, urbanidad y buenos modales, los valores morales y los principios básicos como persona, sólo pueden aportarlos los padres” Explica el Dr. Francisco Kovacs en un artículo de Sontushijos.org.

 

Asimismo, Leopoldo Abadía, autor del libro ‘36 cosas que hay que hacer para que una familia funcione bien’, coincide con esta idea del Dr. Kovacs y dice textualmente: “La educación comienza en casa. Los colegios son meros colaboradores en la tarea educativa de los padres”.

 

Por eso es incorrecto lanzar culpas a las escuelas por los comportamientos inadecuados de los hijos, pues la batuta la llevan los progenitores. Asumir su responsabilidad, también significa reconocer omisiones y equivocaciones.

 

Familia y colegio: un buen matrimonio

 

Está demostrado que un trabajo conjunto entre la familia y la escuela, beneficia a los hijos, tanto en su rendimiento académico como personal. La docente y psicóloga especialista en educación, Neva Milicic, explica que esta buena relación se traduce en beneficios para los hijos: “Pareciera que cuando padres y profesores logran una comunicación fluida y valorarse mutuamente, se alcanzan mayores niveles de cercanía afectiva y de apego de todos al sistema escolar y ambos se validan como autoridad. Cuando sucede a la inversa, los conflictos pueden constituir una verdadera pesadilla, donde si bien el más perjudicado es el alumno, se genera una fuente de tensión y malestar también para padres y profesores.”

 

Es necesario además, que los padres hagan respetar la autoridad de los profesores y valoren la educación escolar; las críticas adversas delante de los hijos, no logra sino desmotivarlos y alimentarles una idea negativa del plantel educativo.

 

“La educación de los niños es una tarea compartida entre padres y profesores. Mientras más respetuosa y cercana sea la relación entre ambos, más positiva será su incidencia en el aprendizaje y en el desarrollo de los niños.” Neva Milicic.

 

 

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Por LaFamilia.info - 28.09.2015

 

20152809 fycFoto: Pixabay 

 

Los antiguos grupos o “corrillos” de padres de una clase escolar, ahora son vía WhatsApp. Se usan para hacer preguntas sobre los deberes de los hijos, para pedir ayuda con el transporte o para organizar una reunión de los chicos, pero también se pueden usar para criticar a los profesores, para chismosear o para presionar a la institución, situación que afecta la relación familia-escuela.

 

WhatsApp es dinámica, práctica y rápida. Este sistema de mensajería instantánea, que se ha convertido en una herramienta de trabajo para muchos, es la elegida para reunir familiares y amigos, y es también la preferida de los padres de familia en el ámbito escolar. Los mismos progenitores crean un grupo para estar conectados entre sí y estar al tanto de lo que ocurre en la clase de sus hijos. Sin embargo, aunque estos grupos pueden resultar muy útiles para resolver algunos asuntos, no siempre es la vía adecuada. Es importante saberla utilizar.

 

Líos en los grupos de padres

 

Se ha evidenciado que a través de estos grupos, las críticas sobre la escuela pueden magnificarse  y crear malos entendidos, sin pensar que los más perjudicados suelen ser los estudiantes.

 

Miquel Miquel Àngel Prats, director del programa de Educación Infantil de la Universidad Blanquerna, investigador en TIC y educación, y asesor de escuelas en el buen uso de la tecnología, relata que este año ha recibido la llamada de muchos centros para poner orden en los grupos de WhatsApp.

 

«La herramienta resulta muy útil para gestionar la relación con la escuela, compartir información de forma rápida y resolver dudas. Pero si no se tienen muy claros los objetivos, degeneran en un "patio de vecinos". O causan tanto ruido que pierden parte de su función informativa. Los padres también necesitan formación tecnológica, unas pautas claras sobre cómo usar los grupos de WhatsApp y sacarles buen partido», afirma Prats en un artículo de LaVanguardia.com.

 

El experto suele explicar a los padres las reglas de la netiqueta, "la buena educación tecnológica" y les recuerda: «Hay que ser consciente de algo: el grupo de WhatsApp de padres no es un grupo de amigos, así que debería ceñirse a asuntos de gestión escolar; si surge un problema con un maestro o un alumno, lo mejor es acudir directamente a la escuela y hablar en persona, no explicarlo todo en el móvil», señala este investigador. En general, los videos o imágenes graciosas deberían evitarse. También los juicios de valor "en caliente", las opiniones políticas y creencias personales. 

 

9 Consejos para un buen uso del grupo de Whatsapp de padres y madres de la clase

 

«Nos quejamos del mal uso que hacen nuestros hijos del whatsapp: que si cotillean, si juzgan e inventan cosas, si critican… pero ¿cómo utilizamos nosotros este instrumento, en concreto el whatsapp de la clase de nuestros hijos?» cuestiona Óscar González, profesor, escritor, asesor educativo y conferenciante. Otro experto que revela dicha problemática y para ello brinda nueve consejos que buscan utilizar esta herramienta de manera correcta.

 

1. Utiliza el grupo de Whatsapp de la clase para intercambiar información útil sobre tu hijo y el grupo-clase. Si no tienes nada positivo, útil e interesante que aportar mejor no escribas nada.

 

2. Respeta a los demás y su intimidad: una vez se comparte un contenido ya no hay marcha atrás.

 

3. No escribas lo que no dirías a la cara. Piénsatelo dos veces antes de enviarlo.

 

4. No te conviertas en la agenda de tu hijo: deja que aprenda a asumir sus propias responsabilidades.

 

5. Ante el mal uso de alguno de los miembros del grupo no dejes pasar la ocasión de mostrar tu disconformidad y hacerle ver que no es la manera correcta de proceder.

 

6. Evita comentar los rumores que se compartan en el grupo e intenta erradicarlos. El rumor es una construcción grupal: todos los que participan o comentan el rumor son sus constructores pues cada uno de ellos aporta algo al mismo.

 

7. Si tus intentos de eliminar estas actitudes del grupo son fallidos, siempre tienes la opción de abandonar el grupo y dejar de formar parte del mismo. Aunque algunos no lo entenderán a veces es la mejor opción.

 

8. No compartasen el grupo contenidos que atenten contra la privacidad de nadie ni sea ofensivo hacia otros (padres, profesores, etc.)

 

9. Si tienes algún problema que resolver con el profesor, no lo hagas a través del grupo: ve directamente al centro a hablar con él cara a cara. De esta forma le darás la opción de poder ofrecerte sus argumentos sobre lo sucedido.

 

La recomendación, es por tanto, hacer un buen uso de la herramienta y convertirla en una oportunidad para promover un acercamiento entre las familias y de ellas con la escuela, finalmente los únicos beneficiados o perjudicados son los hijos, así que por el bien de ellos, se debe buscar una verdadera alianza que educativa.

 

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ABC.es - 26.05.2014

 

 

Cuando se produce acoso escolar algunos padres identifican las señales de que su hijo está siendo víctima de la burla de otros niños. Sin embargo, tal y como señala Irene López Assor, directora de la Fundación Gestiona, «son pocos los padres que se interesan por reconocer las conductas del ‘acosador’, y menos los que analizan posibles actitudes de bullying en sus hijos».

 

La entidad orientada a apoyar al sector educativo y a los profesionales de la enseñanza, señala que existen actitudes que pueden actuar como indicadores de que nuestro hijo está acosando a otros niños en el colegio. Destacan con preocupación que existe una tendencia generalizada en los padres a restar importancia a los indicadores de que sus hijos pueden estar acosando a otros compañeros. «Admitir que tenemos a un acosador en casa no es plato de gusto para nadie. Por eso, tratar de exculpar a nuestros hijos con frases como ‘no se ha dado cuenta’ o ‘es cosa de niños’ es un error muy frecuente. Pero combatir el acoso escolar es una responsabilidad de todos. La primera tarea consiste en concienciar a los padres de los acosadores de que esas agresiones, ya sean físicas o verbales, psicológicas, pueden causar un daño real a quienes las sufren y que es necesario erradicarlas», señala López Assor.

 

Los autores también recuerdan la importancia de que los niños reciban un buen ejemplo en el entorno familiar, ya que «los hijos imitan en el colegio los comportamientos que ven en su entorno familiar».

 

Indicadores de que es un acosador

 

1. Escasa empatía con el entorno en general. Al niño le resulta muy complicado meterse en la piel de otros y, como consecuencia de ello, es a veces cruel con quienes le rodean. Tras esa conducta poco amable no parece sentirse mal consigo mismo ni arrepentido por su comportamiento.

 

2. Poco control de la ira. Es normal que nuestro hijo sienta rabia en ocasiones, pero dicha rabia ha de estar sometida a un cierto control y asociada a un previo ataque de terceros. Los niños con tendencia acosadora se enfadan con mucha facilidad, tienen una muy baja tolerancia a la frustración, son caprichosos y exigentes con los padres y nada parece ser suficiente para ellos.

 

3. Incapacidad para reflexionar. El chico no integra adecuadamente actos y consecuencias de los mismos, por lo que la relación entre ambos es caótica y aleatoria. Los adultos de su ámbito no han sabido o no se han preocupado de transmitirle esa relación. Esto viene a darse cuando las fuentes de motivación del menor no están adecuadamente identificadas por padres y docentes.

 

4. Déficit de habilidades en resolución de conflictos. Carece de herramientas o habilidades para resolver el conflicto que se presente o, en su caso, para pedir ayuda. Ante una situación conflictiva, el niño se frustra y seguidamente entra en ira. Todo ello desemboca en actos agresivos con sus compañeros, sin importarle las consecuencias, ya que solo quiere expresar dicho estado emocional.

 

5. Baja autoestima. La falta de seguridad en sí mismo propicia las demostraciones de poder sobre otros. La constante necesidad de hacerse notar y marcado sentido del ridículo sale al exterior en forma de conducta dominante y agresiva.

 

6. Excesiva autonomía personal. El menor hace su voluntad, tiene asimilados pocos límites en su comportamiento y no da explicaciones a sus padres de sus actos. Esto puede estar provocado por una ausencia de control parental que hace que el menor no se sienta observado y crea que tiene vía libre para campar a sus anchas.

 

7. Llama constantemente la atención. Muchos comportamientos de acoso responden a la necesidad del menor de obtener la atención de sus padres. Conseguirla, aunque sea a través de conductas agresivas con los demás, es un premio para él.

 

8. Manía persecutoria. El niño tiene una percepción errónea de la intencionalidad de los otros; piensa que los demás están en su contra y que el mundo es un lugar hostil donde la única defensa eficiente es un ataque. La agresividad, física, verbal y psicológica, constituye la piedra angular de su interacción con un entorno que está siempre al acecho. Esperando un momento de debilidad suya para echársele encima.

 

Aceprensa
11.11.2013

El suicidio de una chica en Florida después de haber sufrido bullying ha vuelto a abrir el debate sobre cómo tratar este problema, y si los actuales programas "anti-bullying" están bien planteados.

La consternación por el caso de Rebeca Sedwick, que solo tenía 12 años, ha provocado una ola de artículos en los principales medios norteamericanos. Muchos de ellos citan un reciente estudio sobre la influencia de distintas variables en el comportamiento de los “agresores”. Una de sus conclusiones es que los programas anti-bullying tienen una incidencia negativa: los alumnos que asisten a colegios donde se han llevado a cabo estos programas, tienden a sufrir más acoso que los que van a otros colegios.

Se podría pensar que esto se debe a que los colegios que optan por implementar estos programas lo hacen porque tienen un alumnado problemático (y por tanto más proclive al bullying), pero la muestra del estudio es suficientemente amplia y variada para desmentir esta hipótesis. Además, no es el primer estudio en obtener una conclusión parecida. En 2004 un equipo de investigadores publicó un meta-análisis de las investigaciones hechas sobre la influencia de los programas anti-bullying, y sus resultados fueron desalentadores: el 86% de estos programas no habían mejorado el ambiente, o incluso lo habían empeorado.

No criminalizar al acosador o a la escuela

Israel C. Kalman es un “psicólogo escolar” (en Estados Unidos forman un cuerpo especial) que ha trabajado durante más de 25 años en distintos colegios del distrito de Nueva York. Ha dedicado numerosos estudios y libros al tema del bullying.

En un ensayo publicado en la edición de junio de la revista International Journal on World Peace, Kalman argumenta que el fracaso de la mayor parte de los programas anti-bullying se debe, por un lado, a una especie de psicosis social que lleva frecuentemente a criminalizar indiscriminadamente conductas claramente acosadoras junto con otras propias de cualquier patio de colegio; por otro lado, y a consecuencia de lo anterior, se ha tratado el problema desde una perspectiva legalista más que psicológica: en vez de tratar de entender los problemas del acosador –y del acosado–, se refuerzan las medidas de seguridad, o se incita a los alumnos a denunciar cualquier tipo de “molestia”, instaurando un clima policial totalmente contraproducente.

Por otra parte, políticas como la del Departamento de Educación de no renovar las ayudas económicas a los colegios que no atiendan todas las demandas llevan a los centros a reforzar ese “estado policial”. Para Kalman, igual que el 11-S instauró un clima de psicosis en cuanto a la seguridad, la tragedia de Columbine –la masacre perpetrada por dos ex-acosados en un colegio en 1999– supuso el comienzo del enfoque criminalista del bullying. Se habla de criminales y víctimas, y se olvida que detrás de una conducta acosadora muchas veces hay un problema psicológico, o simplemente la típica relación entre adolescentes marcada por la popularidad.

Recuperar el sentido común

Según Kalman, la retórica en torno al bullying se ha desquiciado: como ejemplo cita la organización Bully Police USA, que presiona a los estados para que adopten leyes anti-bullying, y que en su web se refiere a los “matones” como “terroristas a pequeña escala”. Este tipo de descripciones, donde se demoniza a los “acosadores” –como si fuera su profesión estable–, esconde según Kalman un desconocimiento del problema (u otro tipo de intereses: por ejemplo, en la web mencionada se venden todo tipo de libros sobre el tema, además de una pulsera con mensaje). En la realidad, aunque a veces hay perfiles patológicos de violencia compulsiva, muchas otras veces la frontera entre los que abusan y los que reciben abusos es bastante permeable.

Otro problema es la propia definición de bullying. Se toma como referencia los estudios de Dan Olweus, catedrático de psicología e inventor del término. Según Kalman, para Olweus puede ser bullying cualquier conducta que moleste a otro, incluso “negarse a satisfacer sus deseos”.

A base de insistir en que la violencia puede ser también verbal, se incita a los niños a denunciar como acosadoras conductas que no pasan de ser la normal competencia en el aula: “El enfoque legal es necesario para enfrentarse a delitos como el robo, la violación o el asesinato. Pero la mayoría de los actos que calificamos como bullying no son actos delictivos. Son comportamientos cotidianos que ocurren en casi cualquier grupo: insultos, críticas, rumores, exclusión social”. De hecho, recuerda Kalman, muchos psicólogos explican que pasar por este tipo de experiencias desagradables es una piedra de toque para el desarrollo de una personalidad madura.

Kalman propone volver a tratar este problema como corresponde: a través de la psicología, que muchas veces consistirá en una charla de los padres con el niño molestado para hacerle ver cómo puede aprender de la situación y ayudarle a quitar hierro al asunto. En caso de que el problema sea realmente serio, la psicología debe encargarse de diagnosticar el trastorno de conducta que corresponda, con un nombre más preciso y científico que el de bullying.

En cualquier caso, la solución no pasa por declarar una epidemia nacional que no se corresponde con los hechos, ni en convertir las escuelas en pequeños estados policiales donde, eso sí, se colocan un par de carteles anti-bullying con caras sonrientes.

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