LaFamilia.info
06.06.2008
 

Muchos niños esperan con ilusión las últimas horas del día cuando hablan un rato con papá y mamá y rezan juntos antes de dormirse. No perder esta costumbre ayuda a que los niños afiancen su vida de piedad.

Una familia creyente plantea como uno de los cometidos principales enseñar a rezar a sus nuevos miembros. Por esto, el autor del libro “Cómo educar a niños de 6 a 12 años” José Manuel Mañú, repasa los momentos más significativas en la vida de un niño para inducirlo a una vida piadosa:

 

Bautizo: El bautizo de un hermano es una estupenda ocasión para enseñar a los mayores lo que significa el primer sacramento de la iniciación cristiana: cuando entienden la profundidad de este hecho, surge natural el festejarlo, también materialmente, pero sin que eso sea el centro del acontecimiento.

 

Primeras oraciones: Algunos padres rezan a los pequeños algunas oraciones antes de que ellos puedan hablar. Entre los primeros y más grandes recuerdos de una persona está el haber aprendido a rezar de labios de sus padres.

Rezar unos momentos por la mañana y por la noche con su madre o con su padre, le ayudará al niño a comenzar y a terminar el día con un pensamiento sobrenatural.

 

La primera Confesión y la primera Comunión: Para los chicos es un gran día el de su primera confesión y es bueno celebrarlo sobriamente, de tal modo que valore la recepción de dicho sacramento. No es verdad que la conciencia del pecado le lleve a agobiarse, sobre todo si se le explica la hondura del corazón misericordioso de Jesús y los efectos de la confesión en el alma.

 

La preparación para la primera Comunión tiene dos facetas: doctrinal y de piedad. La preparación colectiva tiende más a cuidar la primera, y la personal la segunda.

 

La Misa dominical: Un niño de 7 años está en condiciones de seguir la Misa, siempre y cuando se le haya preparado convenientemente. Sin embargo una Misa especial para niños puede facilitar la tarea. Enseñarles el significado de cada una de las partes, de algunos gestos de los sacerdotes o sugerir alguna jaculatoria (frase breve y cariñosa) para el momento de la Consagración, son parte de la preparación progresiva que pueden dar unos padres cristianos. Por tanto, no se trata solo de llevarle a Misa, sino de ayudarle para que la aproveche con el mayor fruto posible.

 

Si los padres han perdido o no han adquirido la costumbre de ir a misa los domingos, esta es una oportunidad para volver a vivir ese principio básico de la vida cristiana. De la respuesta favorable o desfavorable de los padres, derivará posiblemente el futuro de la práctica religiosa del hijo.

 

Algunas prácticas familiares: Si los recién casado empiezan a rezar unidos, cuando llegan los hijos estas prácticas serán parte de los rituales familiares. Pos supuesto que cuando los niños son pequeños, estas oraciones deben ser breves.

Algunas costumbres para empezar pueden ser por ejemplo, un misterio del rosario, poner flores a una imagen de la Virgen, bendecir la mesa y dar gracias la final de cada comida.

Marta Tellaeche - Sontushijos.org
20.04.2009
 

 

 

Antes de empezar a hablar de cómo hablar a los hijos de Dios debemos responder a dos preguntas previas: ¿Quién tiene que hablarles? y ¿Por qué?

 

1. ¿Quién?

Nosotros los padres somos los primeros educadores y primeros responsables de su educación cristiana. De igual forma que somos los primeros responsables de todos los aspectos de su educación: enseñarles a comer, a lavarse los dientes, a vestirse, a ser ordenados...

 

No podemos pensar que como nuestros hijos ya van a un colegio con un ideario cristiano nos podemos relajar. Nada ni nadie nos puede eximir de esta responsabilidad.

 

2. ¿Por qué?

Porque somos cristianos y hemos recibido un mandato, una misión de Jesucristo “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio”, que para los padres se concreta, en primer lugar, en sus hijos. Después ya tendremos tiempo de anunciar el Evangelio a los demás.

 

Porque como cristianos, y especialmente si vivimos intensamente nuestra vida cristiana, la consideramos como un tesoro que no podemos guardar para nosotros, queremos hacer partícipes de ese tesoro especialmente a los más cercanos, a las personas que más queremos, nuestros hijos. Lo mismo que cuando hemos leído un libro o visto una película que nos ha gustado mucho, no paramos de recomendarla a nuestros amigos.

 

3. ¿Qué supone para los padres educar en la fe?

Educar en la fe hace que los padres nos replanteemos muchas cosas; nos obliga a profundizar en muchos aspectos ya que tenemos que estar seguros de lo que vamos a transmitir. Nuestros hijos nos van a hacer muchas preguntas: ¿Por qué rezas? ¿Por qué vamos a Misa? ¿Por qué bautizamos a un niño? Puede ocurrir que no sepamos dar una respuesta clara, o que nuestra respuesta sirva para un niño pero que a nosotros no nos resulte convincente. Es el momento de profundizar.

 

Nos tenemos que poner las pilas y reciclarnos. A medida que pase el tiempo las preguntas se complicarán y tenemos que estar preparados.

 

4. Pero... no estamos solos

No podemos olvidar que Jesucristo ha instituido el sacramento del matrimonio para ayudarnos en esta labor educativa. Tenemos la ayuda específica –gracia- de Dios para educar a nuestros hijos. A veces podemos pensar “no puedo” y efectivamente es así “yo solo no puedo” pero como no estoy solo, tengo la ayuda de Dios “juntos podemos”.

 

Es importante que hablemos a Dios de nuestros hijos y pedirle ayuda para que nos haga verlos con sus ojos. A veces nuestra visión es limitada, tenemos poco ángulo de visión. Por otro lado, ¡qué importante es aceptar a los hijos tal y como son!. Cada hijo es diferente, algunos se parecen bastante a nosotros-no sólo físicamente sino en su carácter- y esto nos encanta, porque se comportan de manera parecida a como nos gusta, reaccionan de forma esperable según nuestros razonamientos. Pero otros no,… a pesar de recibir la misma educación, es más, de intensificar algunos aspectos de la misma, responden de forma desigual y nos rompen los esquemas. Nos preguntamos, ¿pero por qué es así este hijo/a? ¿por qué hace esto? Sólo se me ocurre una respuesta: es así porque Dios quiere, y Dios me lo ha puesto a mi para que yo le quiera, le acepte como es, le ayude a desarrollar sus talentos y sobre todo para que yo crezca en humildad y entienda o vislumbre cómo es el amor de Dios que vino al mundo y murió por todos y cada unos de los hombres sin hacer distinciones entre unos y otros. Dios nos da los hijos que necesitamos.

 

5. ¿Qué hay qué hacer para educar cristianamente a nuestros hijos?

A los niños pequeños hay que decirles pocas cosas, las explicaciones han de ser breves. Lo que les ayuda es nuestro ejemplo y hacer cosas con ellos. Es importante apoyarse en estímulos sensibles como las imágenes, las oraciones y canciones. Algunas ideas que podemos poner en práctica son:

 

- Rezar por las noches: desde que son bebés, podemos empezar a hacerles la señal de la cruz cuando les acostamos. En cuanto empiecen a sonreír, a mirarnos, podemos empezar a rezar con ellos por la noche. Nunca es demasiado pronto. Poco a poco, según se van haciendo mayores y tienen más capacidad de razonamiento podemos acompañar a las oraciones vocales tradicionales una acción de gracias por el día tan estupendo que han pasado, un pedir perdón por algo que han hecho mal, pedir por alguna persona que lo necesita, pedir fuerzas para ser mejores, etc.

 

- Bendecir la mesa para agradecer por los alimentos y quien los prepara.

 

- Tener alguna imagen de la Virgen en casa, de la Sagrada Familia, del Ángel de la Guarda. No puede faltar el Pesebre o Belén en Navidad que nos permite hablar de los primeros años de la vida de Jesús con naturalidad.

 

- Hablarles de Jesús: ¿Cuándo? Por la noche o bien podemos dedicar un día a la semana, como el domingo, para explicarles el Evangelio de ese día. Existen Evangelios con comentarios que pueden resultar muy útiles así como las Biblias para niños.

 

- Enseñarles a rezar tiene gran importancia: cuando enseñamos a un hijo a rezar, primero enseñándole las oraciones de siempre y luego enseñándole a que hablen con Dios de forma natural, estamos estableciendo una relación de nuestro hijos con Dios única e intransferible. Nosotros damos el primer empujón, “concertamos esa primera cita”, pero luego es Dios el que hace el resto y va actuando sobre nuestros hijos.

 

6. Sobre la Misa

¿Qué le podemos explicar a un niño sobre la Misa? El Domingo es el día más importante de la semana porque es el día de Jesús, por eso no trabajamos y tenemos fiesta.

 

¿Por qué el domingo? Porque es el día que Jesús resucitó. Para celebrarlo, a Jesús le gusta que todos los que le queremos nos reunamos juntos y recemos juntos, al igual que a ti cuando es tu cumpleaños te gusta invitar a todos tus amigos y todos te cantan para felicitarte. También nosotros, los amigos de Jesús rezamos a la vez unas oraciones muy bonitas, algunas de esas oraciones las decimos cantando.

 

Como es el día de Jesús vamos a la Iglesia a celebrarlo con la Misa. En la Misa vamos a dar gracias a Jesús, a pedirle perdón, a pedirle ayuda y a pedir por los demás. Jesús está presente en la Misa y por eso es tan especial. Cuando estamos en casa y rezamos Jesús nos ve y nos oye, pero en la Misa Él está realmente presente. Hay un momento en la Misa en el que Jesús se hace presente en el pan y en el vino y se nos da como comida para ayudarnos a ser mejores.

 

Podemos hablarles del momento de la Consagración: todos los Ángeles de la Guarda van al altar a estar junto a Jesús que se hace allí presente.

 

A pesar de nuestras explicaciones hay momentos en los que los niños se aburren porque no entienden, pero se van acostumbrando a que hay que estar en silencio y sin moverse mucho. Poco a poco irán entendiendo un poco mejor la Misa y se les hará más llevadera.

 
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Los más pequeños de la familia también pueden ser invitados a participar de las fiestas religiosas, pero se debe hacer usando un lenguaje que sea comprensible para su edad. Una buena manera, es usar el cuento como método de enseñanza.

 

En esta Pascua, hable con sus hijos sobre esta importantísima fiesta. Realicen acciones que permitan la explicación de la Pascua en la vida práctica, como por ejemplo regalar a los demás algún alimento preparado por ellos, como muestra de que compartimos la felicidad de la Pascua con los otros.

 

Actividad para la Pascua

 

Cuando vayamos a la Iglesia, mostrémosles a los hijos las imágenes de Jesús en la cruz y constémosles que aunque Él murió por amor a nosotros, no se fue para siempre, pues varios días después Él resucitó, y ahora se encuentra en nuestros corazones.

 

Después de hacer esta breve introducción, les contamos el siguiente relato bíblico:

 

Los amigos de Jesús eran pescadores. Muy buenos pescadores. Ellos subían a la barca y navegaban mar adentro para echar las redes y sacar muchos pescados para venderlos.

 

Una noche, después de que Jesús había muerto, Pedro, uno de sus amigos, dijo:

  • ¿Qué les parece si vamos a pescar? Vamos muchachos, cambien la cara, no vale de nada estar tristes. Vamos a buscar las redes y el barco.

 

Los amigos de Jesús siguieron a Pedro. Buscaron las redes y se prepararon para ir hasta el centro de lago. La luna se reflejaba en el agua y alumbraba como una gran lámpara las aguas. Los hombres trabajaron toda la noche. Tiraban la red esperaban y la sacaban.

 

¿Y saben qué pasaba? Nada. No pasaba nada. Las redes salían vacías.

 

Una y otra vez, tiraban las redes, esperaban y las sacaban vacías.

 

Un fracaso total. Ya estaban por volverse cuando vieron que un hombre paseaba por la orilla. ¿Quién sería? Los amigos de Jesús se esforzaban por ver quién los estaba esperando, pero no lograban reconocerlo.

 

Entonces, desde la orilla se escuchó al hombre que gritaba:

  • Muchachos, ¿tienen algo para comer?
  • No, contestó Pedro a los gritos, no tenemos ni un solo pescado.

 

Entonces Jesús volvió a decir:

  • Echen de nuevo la red.
  • ¿Qué?, dijo Pedro.
  • Vamos, echen nuevamente la red.

 

Los amigos de Jesús decidieron hacerle caso y tiraron nuevamente las redes.

 

¿Saben qué pasó? Las redes se llenaron tanto con los peces, que casi no las podían levantar.

 

Entonces, uno de los amigos de Jesús llamado Juan dijo:

  • Ese es Jesús.
  • ¡No puede ser! dijo Pedro.
  • Sí, es él. ¡Está vivo! ¡Resucitó!

 

Pedro no pudo esperar que el barco, que estaba muy cargado, llegara hasta la orilla y se tiró al agua y fue nadando hasta donde estaba Jesús.

Mientras tanto, Jesús había encendido un hermoso fuego, y había colocado sobre él un pan. Cuando Pedro y los amigos llegaron hasta donde estaba Jesús, le dieron los pescados para que los cocinara.

 

Jesús los puso sobre el fuego y comenzó a conversar con ellos.

 

  • Pedro, ¿cómo está tu familia? ¿Los molestaron los soldados?, preguntó Jesús.
  • Estamos muy bien ahora que vos estás de nuevo con nosotros, contestó Pedro.
  • Pedro, dijo Jesús: ¿Te puedo hacer una pregunta?
  • Sí, hazme las preguntas que quieras, dijo Pedro.
  • Pedro, ¿me amas?
  • Sí, Jesús, te amo.

 

Y Jesús preguntó nuevamente:

  • Pedro, ¿estás seguro que me amas?
  • Sí, te amo. Respondió Pedro.

 

Y Jesús preguntó por tercera vez:

  • Pedro, ¿estás segurísimo que me amas?
  • Sí, Jesús, sabes que te amo. Le reiteró Pedro.
  • Entonces, dijo Jesús: cuida de mis amigos. Y ahora, que estamos todos reunidos y el pescado y el pan están listos, compartamos la comida como lo hacíamos siempre.

Y Jesús y sus amigos se sentaron a comer.

 

Jesús se quedó un tiempo con sus amigos, pero después, como ya había terminado su trabajo, fue a descansar a la casa de su papá Dios. Por eso nosotros no lo podemos ver.

 

Después de leer el relato, preguntemos a los chicos:

 

  • ¿Nosotros amamos a Jesús?
  • ¿Qué tal somos como hijos, hermanos, nietos, primos, amigos, estudiantes, etc.?
  • ¿Qué nos propondremos puntualmente a mejorar en esta Pascua?

Fuente: mercaba.org

Dibujo para colorear

 

 
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06.06.2008
 

Los padres de familia, antes que nadie, son los verdaderos protagonistas de la educación cristiana de sus hijos. Por lo tanto, es necesario que las primeras prácticas religiosas que se enseñan a los chicos reúnan dos condiciones: Que sean fruto de una piedad sincera por parte de los padres y que estén adecuadas a la capacidad y edad del niño.

Una de las primeras actitudes que hay que despertar en el niño es la confianza en Dios. Esto se logrará cuando los padres reflejan en los chicos su confianza en el Todo Poderoso ante los pequeños y grandes sucesos de la vida ordinaria.

Puede servir repetir verbalmente pequeñas oraciones como “Dios mío eres bueno. Tú nos amas. Tenemos confianza en Ti”; hacerlo no solo en momentos angustiosos, sino en la vida cotidiana del hogar. Ello ayudará a despertar lo que es el verdadero fundamento espiritual de la vida cristiana: el sabernos ante todo y sobre todo, hijos de Dios.

Para ayudar a los padres a educar en la fe, los autores Pedro de la Herrán y Fernando Corominas sugieren una serie de metas según la edad de los niños:

 

Pautas para educar la fe de los niños

 

Entre lo 0 y los 3 años
Desde que nace el niño, debe sentir a Dios en la vida de sus padres. Los autores citan a un niño de 2 años que al levantarse decía esta oración aprendida de su madre: “Buenos días Jesús, buenos días María, os doy el corazón y el alma mía” .

En esta etapa, la vivencia religiosa se debe transmitir dentro de la máxima claridad y con actos concretosen un clima de intensa afectividad. Conviene por lo tanto, que el niño vea desde su cuna o cama una imagende Jesús y de la Virgen y que se le enseñe a besar alguna imagen o medalla con la misma naturalidad que besa a sus padres.

Es bueno aprovechar la Navidad y otras ocasiones cristianas durante el año para narrarle historias sencillas sobre la vida de Jesús y la Virgen.

 

Entre los 3 y los 6 años
Más importante que enseñar oraciones vocales, es desarrollar en los niños la capacidad de diálogo sencillo y espontáneo con su Padre Dios, con Jesús y con María. Es muy importante fomentar que recen cada día al levantarse y al acostarse. Sin embargo hay algunas oraciones que se pueden enseñar no de forma mecánica, como el “ángel de la guarda” o el “Jesús, José y María”.

Es también el momento de enseñar al niño a expresar esos sentimientos religiosos como arrodillarse para rezar ante una imagen, persignarse o besar un crucifijo.

Esta es la etapa en que el niño comienza a comprender el valor de la Santa Misa y por lo tanto es bueno llevarlo, cuando sea posible, a misas dominicales especiales para chicos. Esto les ayudará a tomar la Eucaristía no como un compromiso obligado, sino como un diálogo con Dios a través de esta ceremonia.

 

Entre los 6 y los 10 años
Esta es la edad en la que los padres deben convertirse en los primeros catequistas de sus hijos. Es llamada “Edad de Oro” y es el momento en el que los padres pueden ganar en buena parte la batalla de la adolescencia. Es también la edad del razonamiento y por lo tanto conviene tener en cuenta lo siguiente:

  • Elegir un buen colegio.
  • Continuar con el ejemplo.
  • Consolidar su formación religiosa.
  • Prepararlos para la primera Confesión (en sintonía con la parroquia o colegio)
  • Prepararlos para la Primera Comunión (idem)
  • Ayudarles a formar su conciencia.
  • Continuar con las virtudes humanas y sociales.

 

Entre los 10 y los 12 años
En esta etapa los consejos son una continuación de la etapa anterior, pero con una clara orientación a preparar para la edad de la crisis: la adolescencia. Por esto conviene cuidar, entre otras cosas, las siguientes:

  • Seguir orientando la vida de piedad.
  • Dar criterios claros y asegurarse que se han entendido bien.
  • Ayudarle a intensificar la vivencia de las virtudes, especialmente la caridad (virtud principal), la sinceridad, la laboriosidad y la reciedumbre.
  • Darle una información sexual adecuada a su edad y a las circunstancias del ambiente en que se mueve.
  • Ayudarle a usar su libertad responsablemente.
  • Resaltar la necesidad y el valor de ayudar a los demás.
  • Enseñarles a descubrir el valor de una buena amistad.
  • Mantener con los hijos un clima de amistad, confianza y alegría.

 

Fuente: “Urgencias de la Catequesis Familiar” de Pedro de la Herrán y Fernando Corominas.

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 Foto: Cathopic
 

Tan importante como las explicaciones que les demos a los niños, es nuestra actitud. He aquí algunos consejos para que a través de nuestro ejemplo, logremos que los hijos vivan la Eucaristía, la respeten y se comporten adecuadamente en ella:

 

Sentarse en los bancos de adelante: evitamos distracciones y ven mejor lo que pasa, están más atentos. (Si fuéramos a un espectáculo teatral o de música, a todos nos gustaría estar en primera fila).

 

Cuidar la forma de vestir: no es lo mismo ir a la playa que a Misa.

 

Llegar puntuales: cuidamos la puntualidad en ir a clase, en llegar al cine... No podemos hacer esperar a Jesús. ¿Haríamos esperar a una persona importante?

 

Que nos oigan contestar: es recomendable pronunciar bien, vocalizando, para que ellos oigan y aprendan. Echarles una miradita animándoles a que participen.

 

Cantar: a los niños les encantan las canciones. Es recomendable asistir a alguna Misa en la que se cante.

 

Que nos vean atentos y que nos vean rezar: por ejemplo después de la comunión, con mucho respeto. Podemos animarles a que ellos también se pongan de rodillas y recen.

 

No comer, ni usar el celular, ni chatear, ni jugar: este es un espacio de conexión con Dios y debemos estar concentrados en este propósito. Hay un momento para cada cosa y durante la Misa estamos atentos a la Palabra, esto quiere decir sin distractores, los cuales además, son una falta de respeto.

 

El respeto al sacerdote: cuando entra nos ponemos de pie, esperamos a que salga para salir.

 

Misas para niños: en algunas parroquias hay Misas especiales para los niños, donde hacen del Evangelio más comprensible en un lenguaje infantil por medio de títeres o representaciones.

 

Con regaños no logrará nada: si la salida para Misa es un campo de batalla, usted está haciendo que ellos desde pequeños tengan una mala actitud hacia la Misa. Es mejor motivarlos e invitarlos sin obligaciones y castigos. Hágales comprender que es importante ir a visitar la casa del Niño Dios, como lo hace con sus abuelos el fin de semana o sus amigos.

 

Fuente: sontushijos.org

 
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La familia es la principal fuente de transmisión de los valores religiosos y espirituales; es ella la encargada de acercar los hijos a Dios y enseñarles la fe. Y esta labor comienza desde las primeras edades, es por eso que los padres deben invitar a sus hijos a celebrar la Semana Santa y Pascua en familia. ¿Cómo hacer entonces para que vivan el verdadero sentido de esta celebración sin que pase como una semana más de vacaciones? Estas son nuestras recomendaciones.

 

1. Dar ejemplo

 

Lo primero y más importante, es que los padres demuestren con su ejemplo lo que realmente significa este tiempo, es decir, que los hijos vean una actitud y un modo de actuar diferente al habitual.

 

2. Explicarles el significado

 

Es necesario explicarles el significado de cada celebración, pero en el lenguaje apropiado para su edad y nivel de comprensión. Los padres pueden valerse de diversos recursos como videos, dibujos y cuentos que han sido adecuados para los más pequeños, algunos son:

 

Semana Santa en familia

 

3. Participar en las actividades de Semana Santa

 

Es muy valioso cuando se participa en familia de las diferentes actividades características de la época, como por ejemplo la visita a los monumentos, las procesiones, la elaboración de los huevos de Pascua, entre otros, conociendo previamente su significado e historia. Habrán otras celebraciones dirigidas al público adulto, y en este caso, resulta más conveniente buscar opciones especiales para los chicos. Asimismo, la creatividad de los padres será clave en esta importante misión.

 

4. Llevar las enseñanzas a las acciones

 

Debido a que la Cuaresma, Semana Santa y Pascua deben ser una vivencia personal y un camino de desarrollo espiritual, eso mismo se les debe transmitir a los hijos. Regalar juguetes y ropa que ya no se usen, compartir un día con niños de escasos recursos, hacer propósitos de mejora personal (orden, disciplina, obediencia, relación con los hermanos, etc.). Lo importante es acercar a los hijos desde pequeños a la vivencia del amor de Jesús.

 

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06.06.2008
 

Las relaciones entre Dios y el Hombre son la clave de la felicidad humana. Por esto, como padres de familia cristiana, tenemos el deber y la alegría de enseñarles a nuestros hijos a amar a Dios. Para formar niños piadosos, es importante ante todo dar ejemplo. Padres piadosos, hijos piadosos.

 

A continuación sugerimos algunas pautas para ayudar a los padres en la tarea de la formación de hijos piadosos:

 

1. Mostrar a Dios como padre amoroso.

 

2. Cuidar que las devociones y actos de piedad, desde pequeños, tengan un contenido teológico que van entendiendo poco a poco.

 

3. Enseñar a rezar, pero explicar también a quién se reza y por qué se reza.

 

4. No abandonar nunca el "seguimiento" de los niños en las oraciones diarias, tales como las plegarias al acostarse y al despertarse.

 

5. Que el rezo en familia se haga con respeto. Cuidar las posturas. No es lo mismo rezar que jugar o ver la tele. La actitud debe ser otra.

 

6. Explicarles desde pequeños el significado de las distintas fiestas litúrgicas.

 

7. Ayudarles cuando llegan a los 11-13 años a superar los respetos humanos, la vergüenza a que les vean rezar.

 

8. Hacerles notar que la piedad se debe mostrar en la conducta de todo el día. Rezar y mal comportamiento no deben ir juntos.

 

9. Animar a ofrecer a Dios las clases y las tareas. Es otra forma de hacer oración.

 

10. Bendecir los alimentos, antes de comer por ejemplo, acudir al Ángel Custodio al salir en carro.

 

La Misa Dominical, una ocasión especial

 

Acudir en familia a la Santa Misa debe convertirse en una de las ocasiones más importantes de la semana. Haga de este momento algo especial: es la oportunidad para darle gracias a Dios por la semana que ha pasado y pedirle por la que vendrá. Es una ocasión tan importante, que merece vestirse bien para alabar a nuestro Padre por todas sus bondades.

Si sus hijos son pequeños, vaya explicándoles, poco a poco, los fines de la Misa para que se acostumbren y aprendan a valorarla. Algunas pautas a seguir:

  • Cuide especialmente la compostura en la Iglesia.
  • Hágale notar a sus hijos que el Señor está real y verdaderamente presente.
  • Preocúpese de que los niños guarden el ayuno eucarístico.
  • Enséñeles a prepararse para ir a comulgar, con actos de contrición y de amor de Dios, y a dar gracias después de la comunión. Permanecer dando gracias un rato, ya que el Señor está todavía dentro de nosotros realmente.
  • Dar ejemplo.
LaFamilia.info
14.09.2009
 

La familia es la principal fuente de transmisión de los valores religiosos y espirituales. Es ella la encargada de acercar los hijos a Dios y enseñarles la fe. Extraemos varios fragmentos del escrito elaborado por Ramiro Pomés de sontushijos.org, el cual propone una interesante temática.

 

Difícil pero posible

Los padres tienen la inmensa dignidad de ser los primeros que abren el alma del niño al conocimiento y el amor de Dios, a las realidades del espíritu. Luego les acompañan en el camino de la fe hasta que sean cristianos maduros. Es una misión difícil, por la fuerte presión del ambiente, pero posible por el poder y la ayuda de Dios, del que los padres se hacen colaboradores. Dios ha confiado en ellos doblemente: al darles los hijos y al pedirles que les ayuden a crecer como hijos de Dios.

 

Las bases humanas: hijos fuertes

Los padres deben inculcar en los hijos todas las virtudes, sin descuidar aquellas que fortalecen la voluntad: el espíritu de sacrificio, la sobriedad, la generosidad. Son antídoto necesario ante la presión del consumismo, el hedonismo y el egoísmo que se cuela por todos los lados; sin fortaleza les faltará la base humana para hacer frente a esa presión.

 

Ir por delante: la vocación cristiana de los padres

Los hijos no pueden ir solos ni en lo humano ni en lo espiritual. Dios pide a los padres que vivan plenamente su vida cristiana, que tengan una vida de oración y sacramental intensa, que se esfuercen por cumplir con generosidad la voluntad de Dios en todas las facetas de su vida: el trabajo, la familia, las relaciones sociales, la diversión y todas las cosas pequeñas y ordinarias que constituyen la vida del hogar. Esa actitud de generosidad con Dios tiene que ser el ambiente, el caldo de cultivo, de una familia cristiana, en el que crecen interiormente padres e hijos. Unos se ayudan a otros con el ejemplo, con la oración, con la fuerte ayuda interior de la Comunión de los Santos.

 

El ambiente de una familia cristiana

Los padres transmiten la fe que viven, y a ellos les ayuda también la fe y la piedad que ven en los hijos. La piedad familiar ha de ser profunda y sencilla, vivida con naturalidad y sin imposiciones. La familia sale adelante rezando juntos y rezando unos por otros.

Los hogares cristianos son, en palabras de san Josemaría Escrivá, hogares luminosos, alegres. Con la alegría que da saber vivir contra corriente, con un tono decididamente sobrio, aunque llame la atención en una sociedad materialista obsesionada con tener cada vez más cosas; donde lo natural ha de ser la preocupación de unos por otros, la generosidad, la actitud solidaria ante los más débiles y los necesitados. En esa familia se vive, el cariño a la Iglesia, al Papa, a los sacerdotes, a las misiones, la ilusión apostólica. Se celebran con alegría el Domingo y las fiestas cristianas. Desde niños se muestran ejemplos no edulcorados de conducta cristiana: la vida de los santos y de tantos cristianos de toda edad y condición que han sido fieles, a veces en situaciones muy difíciles.

 

Dar razones y educar su libertad

Queremos que los hijos lleguen a tener un criterio propio, por eso no debemos imponer sin dar las razones que necesita cada hijo, distintas según su modo de ser y su edad. Los padres deben escucharles, esforzarse por comprender y vivir su mundo. Que los hijos vean que lo que dicen sus padres es realista; que no se debe a que son de otra época, a que no confían en ellos, o a que se ponen siempre en lo peor; sino a que conocen el mundo en el que los hijos se mueven y poseen una experiencia en la que se puede confiar.

Formar su conciencia y confiar, dar libertad progresivamente, desde pequeños y a la vez pedir responsabilidad. No pasar de una protección exagerada y deformadora a dar de repente una libertad absoluta, como por desgracia ocurre hoy tantas veces. Correr el riego de que se puedan equivocar y de que de hecho se equivoquen, y recogerles con serenidad, haciéndoles pensar, para que aprendan también del error.

 

Formación crítica

Tenemos que enseñar a los hijos a pensar; hablar mucho con ellos, disfrutar en un rato de tertulia todos juntos, y otras veces a solas, contarles cosas de la vida o comentar una noticia positiva, escucharles, conocer sus inquietudes. Debemos cultivar su espíritu crítico ante las manifestaciones de un planteamiento pagano de la vida, y esto desde que son pequeños. De modo natural, nacerá en ellos un sano sentido de superioridad.

En la formación intelectual es fundamental la colaboración de un centro educativo –escuela, colegio, universidad- que refuerce esta visión recibida en casa. Si esto no es posible, los padres han de estar presentes en el centro educativo, no sólo para que el centro sea respetuoso con los valores cristianos, también para promover, junto a los buenos profesores, que siempre los hay, iniciativas formativas que enriquezcan a los hijos y a sus compañeros. Los padres siempre han de seguir siempre la maduración intelectual de los hijos, también si el colegio es de confianza, porque no basta que oigan las cosas, hay que ver si asimilan lo que se les enseña, resolver sus dudas y, si es el caso, contrarrestar las visiones deformadas o complementar las carencias.

 

Prepararles para seguir su propio camino

Toda verdadera educación nace del amor, y por lo tanto es desprendida. Los padres no han de buscar proyectarse en los hijos. Deben ayudarles a encontrar y a seguir su propio camino, su vocación profesional y cristiana. Llegado el caso de que el hijo, o la hija, les plantee una elección seria, han de ofrecerles su consejo, pero siempre con una actitud de respeto.

Aceptar también que se rebelen, incluso que se alejen y rechacen la vida cristiana. La actitud de los padres en momentos de crisis es clave para que los hijos vuelvan. Los hijos han de verles serenos, con una actitud dialogante, firme en lo necesario, flexible en lo convencional. Son tiempos, a veces largos, en los que se ha de confiar en Dios, que es más padre y madre y quiere más que nosotros a ese hijo, y en el poder de la oración. Ha de ser una esperanza alegre, porque los dramatismos y la amargura alejan. Seguimos confiando en ese hijo, en esa hija, y sobre todo en Dios, que es siempre fiel a su paternidad: aunque ellos se alejen de Dios, Dios no se aleja de ellos. Tampoco los padres se deben alejar del hijo, su actitud ha de ser siempre cercana y acogedora.

 

El aprendizaje del amor. Una actitud abierta a los demás

El amor de los esposos es la primera escuela del amor. Es clave la actitud generosa ante la vida, también porque los hermanos son una gran ayuda para aprender a querer y a ser generoso. Preparar para el amor humano, tratar del origen de la vida con cada hijo, de modo progresivo, claro, natural, adecuado a lo que necesita conocer en cada momento. Saber adelantarse para que conozcan por sus padres las dificultades que pueden encontrarse, el modo de evitarlas, de luchar y el daño que les puede hacer no enfrentarse a ellas.

La familia ha de tener una actitud abierta a los demás. Es la primera escuela de la caridad cristiana. La preocupación por los enfermos, los ancianos, la ayuda a los necesitados, la han de aprender de sus padres y la han de vivir ellos, de modo adecuado a su edad. Es un modo vivo de comprender la dignidad de toda persona. Que sean conscientes de que aún más graves que las carencias materiales son las carencias espirituales: la soledad, la falta de esperanza y sobre todo la falta de Dios.

Actitud abierta al mundo que es de ellos. La nueva evangelización es una tarea a la que todos estamos llamados. Saber presentar la belleza y la armonía de la visión cristiana del hombre y de la sociedad, que propone siempre soluciones respetuosas con la libertad del hombre y su dignidad.