Monseñor Elio Sgreccia
06.06.2008

En una última entrevista concedida a Radio Vaticano, el Vicepresidente de la "Academia Pontificia para la Vida", Mons. Elio Sgreccia, respondió a las interrogantes surgidas en torno a la decodificación del genoma humano, al alcance de todo el mundo vía Internet, y sobre el uso que de estas informaciones podrían hacer algunos científicos.

La Academia Pontificia para la Vida es la institución fundada por el Papa Juan Pablo II con el objetivo de "estudiar, informar y formar sobre los principales problemas de la medicina y el derecho relativos a la promoción y la defensa de la vida.

- Ante todo, monseñor Sgreccia, ¿La Iglesia está a favor o en contra de la investigación biomédica?

Monseñor Elio Sgreccia: Es conocido el pensamiento oficial de la Iglesia católica, que ha manifestado en repetidas ocasiones su aprecio y aliento por la investigación científica, especialmente cuando está dirigida a la prevención y el tratamiento de enfermedades y el alivio del sufrimiento humano. Este tipo de investigación es considerado como coherente con la fe en Dios creador.

Se podrían citar muchos textos del Magisterio de la Iglesia en este sentido. Basta pensar, por ejemplo, en el pasaje del Concilio Vaticano 11 que dice: "la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser" "(Gaudium et Spes 36).

- ¿Colabora la Iglesia en la investigación biomédica actual?

Monseñor Elio Sgreccia: La historia confirma esta colaboración ya desde los descubrimientos en el campo genético realizados por el monje Gregor Johann Mendel (1822-1884). Este apoyo es hoy de elocuente actualidad en las instituciones de investigación, en las facultades de Medicina y en los hospitales dirigidos por la Iglesia. En ellos, se cultiva la investigación científica con un reconocido empeño y resultados eficaces, a pesar de que a veces carecen de recursos. Particularmente son reconocidos por sus resultados en la prevención y tratamiento de las enfermedades.

La estima y el aprecio que siente la Iglesia por los científicos han sido testimoniados también por la presencia de muchos científicos de otras religiones, o no creyentes, en instituciones académicas de la Iglesia, como sucede por ejemplo en la Academia de las Ciencias de la Santa Sede.

- Sin embargo, la Iglesia pone límites a la investigación. ¿Cuáles son?

Monseñor Elio Sgreccia: No cabe duda de que la ciencia experimental, al igual que toda actividad humana, tiene que estar orientada al bien del hombre y al respeto de cada persona, ya sea en los objetivos que persigue, ya sea en los medios que utiliza. Siempre tiene que respetar al hombre, a todo sujeto humano implicado en la experimentación, especialmente en las fases de la vida más frágiles, o cuando el sujeto sometido a la experimentación no puede dar su consentimiento. Una investigación científica que pretendiera evitar un examen riguroso ético de sus objetivos, de sus métodos, y de sus consecuencias, no sería digna del hombre, y correría el peligro de ser utilizada contra los más débiles e indefensos. Este uso desfigurado de la ciencia ha escrito páginas oscuras en la historia, no demasiado lejanas, y una investigación de este tipo no debe volver a surgir, pues no sólo atentaría contra Dios, sino contra el mismo hombre y la civilización.

- La Iglesia se ha metido particularmente en el debate surgido por los interrogantes éticos que plantea la experimentación con células madre (o estaminales). ¿Cuál es la posición de la Academia Pontificia para la Vida en este sentido?

Monseñor Elio Sgreccia: En este sentido, vale la pena recordar que, en el documento de nuestra Academia dedicado al uso de las células estaminales (Cf. Zenit, 24 de agosto), se expresa el aliento a la investigación con las células estaminales extraídas del organismo del adulto o, en el nacimiento, del cordón umbilical, así como también de los fetos abortados involuntariamente, en conformidad con hipótesis convalidadas por investigaciones acreditadas internacionalmente.

El auspicio de tratar de poner remedio a graves enfermedades por este camino ha sido repetido, alentado y aplicado en las mismas instituciones de investigación de inspiración católica. El hecho de que nuestra misma Academia haya expresado un juicio negativo desde el punto de vista ético de la utilización destructiva de embriones con el objetivo de investigar con células estaminales y de toda forma de clonación humana, también de la llamada de manera inapropiada "terapéutica", se debe a motivos basados en la ética racional y no en una instancia basada únicamente en la fe religiosa.

P. Javier Abad Gómez
06.06.2008

En la doctrina cristiana está inscrito que Dios quiere que todos los hombres sean santos y que colaboren en la santidad de los demás. Ser cristiano no es un título de satisfacción personal: es una misión divina, en la que el Señor quiere que seamos sal de la tierra y luz del mundo. Esta misión se recibe en el Bautismo y se va consolidando en cada uno de los demás sacramentos. El cristiano se sabe injertado en Cristo, por el Bautismo; habilitado a luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a obrar en el mundo por la participación en la función real, profética y sacerdotal de Cristo; hecho una sola cosa con Cristo, por Eucaristía, sacramento de la unidad y del amor. Por eso, como Cristo, ha de vivir de cara a los demás hombres, mirando con amor a todos y a cada uno de los que le rodean, y a la humanidad entera 290.

Alma sacerdotal

Las palabras de Jesús por las que envía a los apóstoles a predicar por todo el mundo el Evangelio, tienen aplicación a todo cristiano, puesto que no fueron dichas para un momento histórico limitado a los primeros años del cristianismo: “Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo”.

Existe una vocación universal al apostolado, por la que todos los cristianos debemos sentirnos responsables de difundir el Evangelio, de llevar con nosotros, con nuestra vida, nuestra conducta, nuestra palabra, el mensaje de la llamada universal a la santidad.

Cristo confió a los bautizados el derecho y el deber de dedicarse activamente a la alta misión de difundir la verdad presente en el Evangelio. La razón está en que, por el Bautismo, somos constituidos en sacerdotes de nuestra propia existencia, revestidos de esta alta dignidad que nos lleva a ser mediadores entre Dios y los hombres.

Un cristiano no podría ser fiel a Cristo si descuidara este deber de predicar, con su ejemplo y con su palabra, las verdades de la fe, la urgencia de la vida sacramental, la moral cristiana.

Somos parte viva de la Iglesia, la cual tiene la misión de continuar lo que vino a cumplir Jesucristo en la Tierra y de lo que todos hemos de sentirnos responsables. Este cometido se llama, precisamente, apostolado. La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado291.

A cada discípulo de Cristo corresponde el deber de esparcir, en la medida en que le sea posible, la fe 292. Es algo propio de cada cristiano, sin que deba esperar a ser enviado por la jerarquía de la Iglesia, ni tenga que estar vinculado a alguna organización apostólica. Puede unirse a otros, o ser llamado a una de las muchas labores sociales y apostólicas que existen en la Iglesia: pero no es en función de este llamado que tiene un deber apostólico. Más bien es al revés: es llamado para que pueda cumplir mejor su deber proveniente del Bautismo y de la Confirmación.

Misión de los laicos: apostolado y santidad

Los laicos, gracias a los impulsos del Espíritu Santo, son cada vez más conscientes de ser Iglesia, de tener una misión específica, sublime y necesaria, puesto que ha sido querida por Dios. Y saben que esa misión depende de su misma condición de cristianos, no necesariamente de un mandato de la Jerarquía293.

Así crece la Iglesia, así cumple su misión, así puede llegar a todas partes, a todos los hombres, como es su cometido esencial: gracias a la personal responsabilidad apostólica de todos los bautizados, comprometidos en descubrir y en recorrer todos los caminos de la tierra, que se hicieron divinos con el paso de Cristo. O sea que la santidad y el apostolado no son algo accesorio en la vocación cristiana, sino precisamente su fin. Es ese el programa que propone a todos el primer punto de Camino:

“Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón (n. 1)”.

Es ésta la enseñanza de Cristo, la vía por la cual nos quiere llevar: que estemos convencidos de que el amor a Él debe desbordar en preocupación por los demás, en ansias de salvar almas, de enseñar el camino hacia el cielo a las personas que tenemos cerca. No se puede dar una vida cristiana, de unión con Dios, práctica de sacramentos, vida de piedad, mortificación..., sin que tenga consecuencias hacia el prójimo, sin el deseo de acercar almas a Dios, llevarlas a la conversión, vincularla con el compromiso de ser, a su vez, apóstoles entre sus iguales.

Eso hemos de ser cada uno en medio del mundo que nos rodea: apóstoles. Sin discursos ni frases grandilocuentes; sin ruido. La vocación de hijos de Dios exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por el mundo, por todos los senderos de la Tierra, dispuestos a llevar la semilla de Cristo, a conducir hacia Dios todas las personas que nos encontremos en nuestro caminar.

Notas
289 Cfr. Luis Alonso, La vocación apostólica del cristiano en la enseñanza de Mons. Escrivá de Balaguer, Artículo en el libro Mons. Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, pp. 229- 292.
290 Es Cristo que pasa, n. 20.
291 Apostolicam actuositatem, n. 2.
292 Lumen Gentium, n. 17.
293 Conversaciones, n. 59.
294 Cfr.Lucas VII, 11-17.
290 Cfr. Juan XI, 35.
296 Cfr. Mateo XV, 32.
297 Marcos VI, 34.
298 Cfr. Mateo V, 13-14.
299 8. Gregorio Magno, In Evangelia homiliae, 6, 6 (PL 76, 1098).
300 Mateo XIII, 25.
301 Cfr. Mateo V, 15-16.
302 Cfr. Juan IV, 10.
303 Juan II, .
304 Hechos, IX, 6.
305 Es Cristo que pasa, nn. 145-149.
306 Camino, n. 831.

Tomado del libro: " El valor de la Fe", del P. Javier Abad Gómez

Zenit
17.05.2008

 

 

Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI, el 10 de mayo en el Vaticano, a los participantes en el Congreso Internacional sobre la actualidad de la carta encíclica del Papa Pablo VI «Humanae Vitae», en su cuadragésimo aniversario.

 

***

 

Con gran placer os acojo al final de los trabajos, en los que habéis reflexionado sobre un problema antiguo y siempre nuevo como es el de la responsabilidad y el respeto al surgir de la vida humana.

 

El concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et spes, ya se dirigía a los hombres de ciencia invitándolos a aunar sus esfuerzos para alcanzar la unidad del saber y una certeza consolidada acerca de las condiciones que pueden favorecer "una honesta ordenación de la procreación humana" (n. 52). Mi predecesor, de venerada memoria, el siervo de Dios Pablo VI, el 25 de julio de 1968, publicó la carta encíclica Humanae vitae. Ese documento se convirtió muy pronto en signo de contradicción.

 

Elaborado a la luz de una decisión sufrida, constituye un significativo gesto de valentía al reafirmar la continuidad de la doctrina y de la tradición de la Iglesia. Ese texto, a menudo mal entendido y tergiversado, suscitó un gran debate, entre otras razones, porque se situó en los inicios de una profunda contestación que marcó la vida de generaciones enteras. Cuarenta años después de su publicación, esa doctrina no sólo sigue manifestando su verdad; también revela la clarividencia con la que se afrontó el problema.

 

De hecho, el amor conyugal se describe dentro de un proceso global que no se detiene en la división entre alma y cuerpo ni depende sólo del sentimiento, a menudo fugaz y precario, sino que implica la unidad de la persona y la total participación de los esposos que, en la acogida recíproca, se entregan a sí mismos en una promesa de amor fiel y exclusivo que brota de una genuina opción de libertad. ¿Cómo podría ese amor permanecer cerrado al don de la vida? La vida es siempre un don inestimable; cada vez que surge, percibimos la potencia de la acción creadora de Dios, que se fía del hombre y, de este modo, lo llama a construir el futuro con la fuerza de la esperanza.

 

El Magisterio de la Iglesia no puede menos de reflexionar siempre profundamente sobre los principios fundamentales que conciernen al matrimonio y a la procreación. Lo que era verdad ayer, sigue siéndolo también hoy. La verdad expresada en la Humanae vitae no cambia; más aún, precisamente a la luz de los nuevos descubrimientos científicos, su doctrina se hace más actual e impulsa a reflexionar sobre el valor intrínseco que posee.

 

La palabra clave para entrar con coherencia en sus contenidos sigue siendo el amor. Como escribí en mi primera encíclica, Deus caritas est: "El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; (...) ni el cuerpo ni el espíritu aman por sí solos: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma" (n. 5). Si se elimina esta unidad, se pierde el valor de la persona y se cae en el grave peligro de considerar el cuerpo como un objeto que se puede comprar o vender (cf. ib.).

 

En una cultura marcada por el predominio del tener sobre el ser, la vida humana corre el peligro de perder su valor. Si el ejercicio de la sexualidad se transforma en una droga que quiere someter al otro a los propios deseos e intereses, sin respetar los tiempos de la persona amada, entonces lo que se debe defender ya no es sólo el verdadero concepto del amor, sino en primer lugar la dignidad de la persona misma. Como creyentes, no podríamos permitir nunca que el dominio de la técnica infecte la calidad del amor y el carácter sagrado de la vida.

 

No por casualidad Jesús, hablando del amor humano, se remite a lo que realizó Dios al inicio de la creación (cf. Mt 19, 4-6). Su enseñanza se refiere a un acto gratuito con el cual el Creador no sólo quiso expresar la riqueza de su amor, que se abre entregándose a todos, sino también presentar un modelo según el cual debe actuar la humanidad. Con la fecundidad del amor conyugal el hombre y la mujer participan en el acto creador del Padre y ponen de manifiesto que en el origen de su vida matrimonial hay un "sí" genuino que se pronuncia y se vive realmente en la reciprocidad, permaneciendo siempre abierto a la vida.

 

Esta palabra del Señor sigue conservando siempre su profunda verdad y no puede ser eliminada por las diversas teorías que a lo largo de los años se han sucedido, a veces incluso contradiciéndose entre sí. La ley natural, que está en la base del reconocimiento de la verdadera igualdad entre personas y pueblos, debe reconocerse como la fuente en la que se ha de inspirar también la relación entre los esposos en su responsabilidad al engendrar nuevos hijos. La transmisión de la vida está inscrita en la naturaleza, y sus leyes siguen siendo norma no escrita a la que todos deben remitirse. Cualquier intento de apartar la mirada de este principio queda estéril y no produce fruto.

 

Es urgente redescubrir una alianza que siempre ha sido fecunda, cuando se la ha respetado. En esa alianza ocupan el primer plano la razón y el amor. Un maestro tan agudo como Guillermo de Saint Thierry escribió palabras que siguen siendo profundamente válidas también para nuestro tiempo: "Si la razón instruye al amor, y el amor ilumina la razón; si la razón se convierte en amor y el amor se mantiene dentro de los confines de la razón, entonces ambos pueden hacer algo grande" (Naturaleza y grandeza del amor, 21, 8).

 

¿Qué significa ese "algo grande" que se puede conseguir? Es el surgir de la responsabilidad ante la vida, que hace fecundo el don que cada uno hace de sí al otro. Es fruto de un amor que sabe pensar y escoger con plena libertad, sin dejarse condicionar excesivamente por el posible sacrificio que requiere. De aquí brota el milagro de la vida que los padres experimentan en sí mismos, verificando que lo que se realiza en ellos y a través de ellos es algo extraordinario. Ninguna técnica mecánica puede sustituir el acto de amor que dos esposos se intercambian como signo de un misterio más grande, en el que son protagonistas y partícipes de la creación.

 

Por desgracia, se asiste cada vez con mayor frecuencia a sucesos tristes que implican a los adolescentes, cuyas reacciones manifiestan un conocimiento incorrecto del misterio de la vida y de las peligrosas implicaciones de sus actos. La urgencia formativa, a la que a menudo me refiero, concierne de manera muy especial al tema de la vida. Deseo verdaderamente que se preste una atención muy particular sobre todo a los jóvenes, para que aprendan el auténtico sentido del amor y se preparen para él con una adecuada educación en lo que atañe a la sexualidad, sin dejarse engañar por mensajes efímeros que impiden llegar a la esencia de la verdad que está en juego.

 

Proporcionar ilusiones falsas en el ámbito del amor o engañar sobre las genuinas responsabilidades que se deben asumir con el ejercicio de la propia sexualidad no hace honor a una sociedad que declara atenerse a los principios de libertad y democracia. La libertad debe conjugarse con la verdad, y la responsabilidad con la fuerza de la entrega al otro, incluso cuando implica sacrificio; sin estos componentes no crece la comunidad de los hombres y siempre está al acecho el peligro de encerrarse en un círculo de egoísmo asfixiante.

 

La doctrina contenida en la encíclica Humanae vitae no es fácil. Sin embargo, es conforme a la estructura fundamental mediante la cual la vida siempre ha sido transmitida desde la creación del mundo, respetando la naturaleza y de acuerdo con sus exigencias. El respeto por la vida humana y la salvaguarda de la dignidad de la persona nos exigen hacer lo posible para que llegue a todos la verdad genuina del amor conyugal responsable en la plena adhesión a la ley inscrita en el corazón de cada persona.

 

CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 17 mayo 2008 (ZENIT.org).

[Traducción del original italiano distribuida por la Santa Sede © Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

Encuentra
06.06.2008

La existencia de los ángeles es una verdad de fe continuamente profesada por la Iglesia, que forma parte desde siempre del tesoro de piedad y de doctrina del pueblo cristiano. La iglesia los venera, los ama y son "motivo de dulzura y de ternura" (Juan XXIII, 9-VIII-1961).

Es de fe, además, que muchos ángeles, abusando de su libertad, cayeron en pecado y se hicieron malos, quedando así perpetuamente constituidos enemigos de Dios y condenados a la pena eterna. Estos ángeles malos son llamados también demonios.

Los ángeles son seres espirituales, personales y libres; dotados, por tanto, de inteligencia y voluntad, creados por Dios de la nada.

Dios creó a los ángeles para que le alaben, le obedezcan y le sirvan; además, para hacerlos eternamente felices y para que ayuden y guíen a cada persona, a cada familia, nación, institución y muy especialmente a la Iglesia.

Conocemos de su existencia porque Dios la reveló. Así en el Antiguo Testamento, se nos dice que:

  • Cerraron el paraíso terrestre después del pecado de Adán y Eva.
  • Protegieron a Lot en Sodoma.
  • Salvaron a Agar y a su hijo Ismael en el desierto.
  • Anunciaron a Abraham y aSara que tendrían un hijo.
  • Detuvieron la mano a Abraham cuando iba a sacrificar a su hijo Isaac.
  • Asistieron al profeta Elía.

En el Nuevo Testamento, se nos dice que:

  • Avisaron a Zacarías el nacimiento de San Juan el Bautista.
  • San Gabriel anunció a la Virgen María que sería la Madre dle Redentor.
  • Alabaron a Dios por el nacimiento de Cristo.
  • Revelaron a San José el misterio de la Encarnación.
  • Confortaron a Jesús en su agonía en el Huerto de Gethsemaní.
  • Aparecieron en la Resurrección de Cristo.

Creer en la existencia de los ángeles es una verdad de fe. Así lo definió el Magisterio de la Iglesia: "Dios creó de la nada a una y a otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la ángelica y la mundana (...)" (Concilio IV de Letrán y Concilio Vaticano I).

Quien niegue su existencia con pertinacia, sabiendo que es dogma de fe, comete pecado mortal e incurre en excomunión (cfr. Código de Derecho Canónico, canon 1364).

Durante la consagración como Papa de San Gregorio XV (1621), una terrible peste estaba devastando Roma San Gregorio organizó a su pueblo en torno de una gran procesión que estaba encabezada por una pintura de la "Virgen Gloriosa" (obra atribuida a San Lucas Apóstol). Estando la procesión en marcha, una densa nube de aire nauseabundo se detuvo ante la pintura. Los presentes escucharon, entonces, a un coro angélico cantar con alegría. "Regina Coeli, laetare, alleluja" El Papa San Gregorio relató luego la visión que tuvo de un enorme ángel parado sobre el castillo, cerca de allí. Desde ese día los romanos se refieren a él como Sant’Angelo en conmemoración de la rauda purgación de la peste de Roma. San Gregorio murió el 8 de julio de 1623. El relato de su vida se encuentra en "Vida de los Santos", de Edward Kinesman.

Dotados de una naturaleza más perfecta que la humana, esos espíritus puros fueron creados para dar gloria a Dios, regir el mundo material y ser potentes auxiliares de los hombres en vista su salvación eterna. En un éxtasis, Santa María Magdalena de Pazzi vio a una religiosa de su Orden (carmelita) ser sacada del Purgatorio y llevada al Cielo por su Ángel de la Guarda. Y Santa Francisca Romana vio a su Ángel de la Guarda conducir al Purgatorio, para ser purificada, a un alma a ella confiada. El espíritu celeste permaneció fuera de aquel lugar de purgación, para presentar al Señor los sufragios ofrecidos por aquella alma. Y, al ser aceptados por Dios, esa alma era aliviada en sus penas. (1)

Un ángel para cada hombre

Después de nacer, el hombre recibe de Dios uno de esos angélicos guardianes, que lo acompañará durante la vida, protegiéndolo y comunicándole buenas inspiraciones. Si la persona hubiese vivido según la Ley de Dios, al punto de santificarse e ir directamente al Cielo, el Ángel de la Guarda la conducirá a ese lugar bendito. Si, en otro caso, y lo que es más probable, ella precisa purificarse en el fuego del Purgatorio, el Ángel la conducirá después al Paraíso Celestial. O, en caso contrario, si hubiese rechazado sus inspiraciones y buenos movimientos, condenándose del todo para siempre, lo abandonará a las puertas del infierno.

En nuestros días, a la par del materialismo y del ateísmo reinantes en tantas almas y en incontables ambientes, se percibe una saludable reacción - cada vez más intensa y generalizada - a esas llagas de la civilización contemporánea. El sentimiento religioso, la creencia en Dios y en el destino eterno ganan siempre más terreno, especialmente en el seno de la juventud actual.

Un síntoma de este renacer de los valores espirituales es precisamente el interés por los Ángeles, el aumento de la devoción a los espíritus puros, así como los pedidos invocando su intercesión. Sin embargo tal resurgimiento, infelizmente, se manifiesta en algunos casos mezclada de supersticiones y hasta de manifestaciones de ocultismo. Para atender este saludable movimiento de alma, nos proponemos hoy presentar a nuestros lectores la atrayente y actualísima temática de los Ángeles.

El Ángel sólo pasa a custodiar en nuevo ser después que este sale de las entrañas maternas. Esto porque, desde el momento de la concepción hasta el nacimiento del nuevo ser, el Ángel de la Guarda de la madre cuida también de la nueva criatura, así como quien guarda un árbol cargado de frutos, junto con el árbol cuida también lo frutos (2).

Función principal del Ángel

Tenemos necesidad de la celestial protección angélica. Nuestra alma inmortal está destinada a ser, en el futuro, compañera de los Ángeles y de ocupar a su lado, en el Cielo, uno de los tronos que quedaron vacíos por la caída de aquellos ángeles puros que se rebelaron contra Dios, transformándose en demonios. Tal necesidad sobretodo proviene de la propia flaqueza humana para alcanzar este objetivo ¿Qué empeño no tendrá el demonio para que un recién nacido no reciba las aguas regeneradoras del Santo Bautismo? Muchas veces también procurará causarnos males físicos.

"La función principal del Ángel de la Guarda es iluminarnos en relación a la verdad y a la buena doctrina. Pero su protección acarrea también muchos otros efectos, tales como reprimir los demonios e impedir que nos sean causados daños espirituales o corporales". Ellos "rezan por nosotros y ofrecen nuestras oraciones a Dios, tornándolas más eficaces por su intercesión (Apoc. 8, 3; Tob. 12, 12), sugiriéndonos buenos pensamientos, incitándonos a hacer el bien (Act. 8, 26; 10, 3ss). Del mismo modo, cuando nos infligen penas medicinales para corregirnos (2 Sam. 24, 16): y - lo más importante de todo - cuando nos asisten en la hora de la muerte, fortaleciéndonos contra los supremos asaltos del demonio" (3).

Algunas almas muy selectas, que conservaron intacta su inocencia y pureza bautismal a lo largo de la vida, por especial privilegio de Dios tuvieron la dicha de ver a su Ángel de la Guarda. Así sucedió con San Geraldo Magela, Santa Francisca Romana, Santa Gema Galgani y otros Santos.

Veamos dos ejemplos:

Santa Francisca Romana: dama romana de la más ilustre estirpe, quería hacerse religiosa pero fue obligada por sus padres a casarse, habiendo procurado santificarse en el estado matrimonial. De ese casamiento nacieron varios hijos. Uno de ellos, Juan Evangelista, de extrema piedad, dotado con el don de la profecía, falleció angélicamente a los nueve años. Un año después de su muerte, apareció a Francisca, resplandeciente de luz, acompañado por un joven aún más brillante si es posible. Hizo conocer a la madre la gloria que gozaba en el Cielo; y le comunicó que venía a buscar a su hermanita Inés, de cinco años, para colocarla entre los Ángeles. Y que, por orden de Dios, dejaría aquel Ángel para - junto con su propio Ángel de la Guarda - asistirla en los que le restaba de vida terrena.

Era un Ángel de categoría superior, un Arcángel. A partir de entonces, Santa Francisca veía constantemente ese Arcángel que, según ella, brillaba más que el sol, de manera que no conseguía mirarlo. Si Francisca dejaba escapar alguna palabra poco necesaria, o acaso se preocupaba un poco de más con los problemas domésticos, el Ángel desaparecía, quedando oculto hasta que ella se recogiese de nuevo. Él, con sus luces, la auxiliaba muchas veces, defendiéndola contra los ataques del demonio, que constantemente la asaltaba (4).

Santa Mariana de Jesús: conocida como la Azucena de Quito, después del fallecimiento del padre, siendo aún una bebé, la madre se retiraba a una casa de campo llevándola abrazada, en el lomo de una mula. En el paso de un río de aguas muy tormentosas, la mula tropezó y la bebita cayó de los brazos maternos... Al mismo tiempo, la niña predestinada quedó sostenida en el aire por su Ángel de la Guarda, hasta que la presurosa madre la recogió (5).

Valiosos consejeros celestes

Los Ángeles de la Guarda son nuestros consejeros, inspirándonos santos deseos y buenos propósitos. Evidentemente, lo hacen en el interior de nuestras almas, si bien que, como vimos, hayan existido almas santas que merecieron de ellos recibir visiblemente celestiales consejos.

Cuando Santa Juana De Arco, aún niña, guardaba su rebaño, oyó una voz que la llamaba: "Jeanne! Jeanne!" ¿Quien podría ser, en aquél lugar tan yermo? Ella se vio entonces envuelta en una luz brillantísima, en el medio de la cual estaba un Ángel de trazos nobles y apacibles, rodeado de otros seres angélicos que miraban a la niña con complacencia. "Jeanne", le dice al Ángel, "sé buena y piadosa, ama a Dios y visita frecuentemente sus santuarios". Y desapareció. Juana, inflamada de amor de Dios, hizo entonces el voto de virginidad perpetua. El Ángel se le apareció otras veces para aconsejarla, y cuando la dejaba, ella quedaba tan triste que lloraba (6).

El desvelo de nuestro Ángel de la Guarda para con nosotros está bien expresado por el Profeta David en el Salmo 90: "El mal no vendrá sobre ti, y el flagelo no se aproximará a tu tienda. Porque mandó [Dios] a sus Ángeles en tu favor, para que te guarden en todos tus caminos. Ellos te elevarán en sus manos, para que tu pié no tropiece con alguna piedra" (Sl. 90, 10-12).

Innumerables son los ejemplos del poderoso auxilio de los Ángeles en la vida de los Santos. Santa Hildegonde, alemana (+ 1186), habiendo ido en peregrinación a Jerusalén con su padre y falleciendo éste en el camino, fue frecuentemente socorrida por su Ángel. Cierto día, cuando viajaba camino a Roma, fue asaltada y abandonada como muerta. Apenas pudo lograr levantarse, y vio surgir a su Ángel en un caballo blanco. Éste ayudó cuidadosamente a su protegida a montar, y la condujo hasta Verona. Allá, se despidió de ella diciendo: "Yo seré tu defensor donde quiera que vayas" (7).

Santa Hildegonde podría aplicar a sí misma el siguiente comentario de San Bernardo al Salmo arriba citado: "¡Cuán gran reverencia, devoción y confianza deben causar en tu pecho las palabras del profeta real! La reverencia por la presencia de los Ángeles, la devoción por su benevolencia, y la confianza por la guarda que tienen de ti. Mira vivir con recato donde están presentes los Ángeles, porque Dios los mandó para que te acompañen y asistan en todos tus caminos; en cualquier posada y en cualquier rincón, ten reverencia y respeto a tu Ángel, y no cometas delante de él lo que no osarías hacer estando yo en tu presencia" (8).

San Buenaventura afirma: "El santo Ángel es un fiel paraninfo conocedor del amor recíproco existente entre Dios y el alma, y no tiene envidia, porque no busca su gloria, sino la de su Señor". Agrega que la cosa más importante y principal "es la obediencia que debemos tener a nuestros santos Ángeles, oyendo sus voces interiores y saludables consejos, como de tutores, curadores, maestros, guías, defensores y mediadores nuestros, así en el huir de la culpa del pecado, como en el abrazar la virtud y crecer en toda perfección y en el amor santo del Señor" (9).

Intrépidos guerreros del ejército celestial

En varias partes de los Libros Sagrados los Ángeles son mencionados como siendo la Milicia Celestial. Así, narra el Profeta Isaías haber visto que "Los Serafines ... clamaban uno hacia el otro y decían: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los Ejércitos". (Is. 6, 2-3). Y, en el Apocalipsis, comandados por el Arcángel San Miguel, trabaron en el Cielo una gran batalla derrotando a Satanás y a sus Ángeles rebeldes (Ap. 12, 7). En otros pasajes aparecen elles ejerciendo incluso funciones bélicas. Leemos, por ejemplo, en el II Libro des Crónicas que, habiendo Senaquerib invadido Judea, mandó una delegación a Jerusalén para disuadir a sus habitantes de la fidelidad a su rey Ezequías, blasfemando contra el Dios verdadero.

El Rey de Judá y el Profeta Isaías se pusieron en oración implorando la protección divina contra las tropas enemigas. "Y el Señor envió un Ángel que exterminó todo el ejército del rey de Asiria en su propio campamento, con los jefes y los generales, y el rey volvió a su tierra completamente confuso" (II Cron. 32, 1 a 21).

Guerreros angélicos - tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento - a veces se unen también a los hombres contra los enemigos del Señor. Así, por ejemplo, ayudaron a Judas Macabeo en una batalla decisiva. Otras veces auxiliaron a los soldados de la Cruz contra los musulmanes, como ha sido narrado en las crónicas de las Cruzadas.

En la Sagrada Escritura, el propio autor de los Hechos de los Apóstoles afirma: "El Señor Dios de los ejércitos frecuentemente envía también sus guerreros para librar a sus amigos de las manos de los impíos" (Hechos 5, 18-20; 12, 1-11).

Protectores de los hombre, mensajeros de Dios

En el Libro de Daniel (10, 13-21), el Arcángel San Miguel defendió los intereses de los israelitas contra el Ángel protector de Persia. En el Apocalipsis, San Juan se refiere a la victoria de ese Arcángel contra el demonio y sus secuaces. Más recientemente, leemos en la autobiografía de San Antonio María Claret, que cierto día, estando él sólo en el coro del Monasterio del Escorial, vio a Satanás que pataleaba con gran rabia y despecho, por habérsele frustrado algunos de sus planes en relación a los estudiantes. Oyó entonces la voz del Arcángel San Miguel que le dice: "Antonio, no temas. Yo te defenderé".

San Gabriel fue el gran mensajero y embajador de Dios no sólo en la Anunciación a Nuestra Señora, sino, según el parecer de muchos teólogos, también apareció junto a San Zacarías, para anunciarle el nacimiento de Juan Bautista. Y junto a San José, a quien apareció tres veces en sueños: para anunciar la concepción divina de María, recomendar la fuga a Egipto y el retorno de aquél, después de la muerte de Herodes.

La misión de San Rafael junto al joven Tobías es detalladamente descrita en la Biblia. Ya en tiempos posteriores, se señalan también muchas de sus intervenciones, como la salvación eterna del tesorero de un rey de Polonia, por el hecho de que el protegido le tenía gran devoción; y el haber librado de las manos de asaltantes a un burgués de Orleans que a él se encomendaba, en una peregrinación a Santiago de Compostela (10). Se narra en la vida de la Beata Madre Humildad de Florencia (+1310) que, habiendo sido electa Abadesa de su monasterio, además de su Ángel de la Guarda, recibió uno más para ayudarla en el gobierno de la comunidad. Ella compuso para sus religiosas una sencilla oración, pidiendo la guarda de los sentidos, oración en que se nota mucho la influencia del espíritu de Caballería de la época:

"Buenos Ángeles, mis constantes protectores: guardad todas mis vías y vigilad cuidadosamente la puerta de mi corazón, de manera que yo no sea sorprendida por mis enemigos. ¡Blandid ante mí vuestra espada protectora! ¡Guardad también la puerta de mi boca para que ninguna palabra inútil escape de mis labios! ¡Que mi lengua sea como una espada, cuando fuere el caso de combatir los vicios o de enseñar la virtud! Cerrad mis ojos con un doble sello cuando ellos quisieren ver con complacencia otra cosa que no sea Jesús.
Pero tenedlos abiertos y despiertos cuando fuere para rezar y cantar las alabanzas del Señor. Vigilad también la puerta de mis oídos, a fin de que ellos repelan siempre con disgusto todo lo que viene de la vanidad o del espíritu del mal. Colocad cadenas a mis pies cuando ellos quisieran ir a pecar. Pero acelerad mis pasos cuando se trate de trabajar para la gloria de Dios o de la santa Virgen María, o de la salvación de las almas! Haced que mis manos sean siempre, como las vuestras, prontas a ejecutar las órdenes de Dios.

Apagad en mí el olfato del cuerpo, a fin de que mi alma no aspire mas que el suave perfume de las flores celestes.En una palabra, guardad todos mis sentidos, de manera que mi alma se deleite constantemente en Dios y con las cosas celestes. Mis Ángeles bienamados: fui colocada bajo vuestra guarda por el dulce Jesús; yo os suplico que me guardéis siempre con cuidado, por el amor de Él. ¡Oh mis Ángeles bienamados, yo os pido que me conduzcan un día a la presencia de la Reina del Cielo, y de suplicarle que yo sea colocada en los brazos del divino Niño Jesús, su Hijo bienamado!" (11).

Seres superiores

¿Cuál es la naturaleza de esos espíritus puros? Los Ángeles son seres puramente espirituales, dotados de inteligencia, voluntad y libre arbitrio, elevados por Dios al orden sobrenatural, esto es, llamados por la gracia a participar en la vida de Dios a través de la visión beatífica. Muchísimo más perfectos que los hombres, su inteligencia es inerrante y su voluntad inmensamente poderosa. Como no tienen dependencia alguna de la materia, su conocimiento es considerablemente más perfecto que el del hombre; para ellos, ver es ya conocer. Y conocer significa comprender la cosa en toda la profundidad de que son capaces, en su substancia, y sin posibilidad de error. Por eso, la prueba, para ellos, tuvo consecuencia inmediata e irremediable. Pues su querer es absoluto, sin vuelta atrás. Aquello que quieren, lo desean para todo y para siempre.

De ahí el hecho de que, después de la prueba, hayan pasado inmediatamente a la eternidad del Infierno (los demonios), como a la del Cielo (los Ángeles buenos).

Dios creó a los Ángeles para conocerlo, amarlo, servirlo y proclamar sus grandezas, ejecutar sus órdenes, gobernar este universo y cuidar de la conservación de las especies y de los individuos que él contiene.

"Como príncipes y gobernadores de la gran Ciudad del Bien, la que se refiere a todo el sistema de la creación, los Ángeles presiden, en el orden material, el movimiento de los astros, la conservación de los elementos, y la realización de todos los fenómenos naturales que nos llenan de alegría o de terror. Entre ellos está compartida y repartida la administración de este vasto imperio. Unos cuidan de los cuerpos celestes, otros de la tierra y de sus elementos, otros de sus producciones, árboles, plantas, flores y frutos. A éstos, está confiado el gobierno de los vientos y mares, de los ríos y fuentes; a aquellos, la conservación de los animales. No hay una criatura visible, ni grande ni pequeña, que no tenga una potencia angélica encargada de velar por ella" (12).

Algunas veces los Ángeles, cuando son enviados por Dios a los hombres para alguna misión, utilizan la forma humana, a fin de acomodarse a nuestra naturaleza. Sin embargo, en esos cuerpos etéreos y ligeros con los cuales en general aparecen, no están como el alma humana está en el cuerpo, dándole vida y tornándolo capaz de operaciones vegetales y animales. Por el contrario, allí están como un operador está en su máquina, de la cual cual se sirve para ejecutar las obras de su arte. fuera del horario de trabajo, no tiene con ella ninguna ligazón.

"Según los más doctos intérpretes, las apariciones accidentales de los Ángeles en el mundo no son más que el preludio de su aparición habitual en el Cielo. Así, es probable que en el Cielo los Ángeles asumiránmagníficos cuerpos aéreos para regocijar la vista de los elegidos y conversar con ellos cara a cara" (13).

Conclusión: devoción y fidelidad a los ángeles

Evidentemente, todas esas maravillas del mundo angélico deberían llevarnos a un profundo amor, reverencia y gratitud especialmente para con nuestro Ángel de la Guarda, evitando todo aquello que pueda apenarlo, como son nuestros pecados.

"¿Como te atreverías a hacer en la presencia de los Ángeles aquello que no harías estando yo delante tuyo?", nos interpela el gran San Bernardo. Y deberíamos hacer todo lo que sabemos puede alegrar al Ángel de la Guarda, pues sólo así estaremos trabajando efectivamente para nuestra propia santificación y salvación.

La reverencia a su Ángel de la Guarda llevaba a San Estanislao Kostka, que lo veía constantemente, a esta exquisita delicadeza: cuando ambos debían entrar por una puerta, él le pedía al Ángel que pasara antes. Y como éste, a veces, lo rechazase, insistía con él hasta que cediese (15).

¡Ojalá tantos y tan bellos ejemplos nos sirvan tanto para corregir nuestra idea y visión de los seres puros como para reverenciar y aumentar nuestra devoción a esos bienaventurados espíritus angélicos que Dios, en su misericordia, nos concedió como guardianes, consejeros, protectores y mensajeros - especialmente valiosos en el mundo neopagano en que vivimos -, con vistas a la obtención de la vida celeste!

P. Javier Abad Gómez
06.06.2008

Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todo cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificamos con Él, para realizar en el lugar donde estamos su misión divina 274.

Se trata de la vocación universal a la santidad, que no requiere un llamamiento especial de huída del mundo, ni es privilegio de unos pocos que se retiran del mundo para hacer oración y penitencia en la tranquilidad de su apartamiento. Esta convocatoria universal es consecuencia como toda la vida del cristiano de la Filiación Divina, del comportamiento que corresponde a un hijo de Dios. Y es a partir de esta realidad, como mejor se podrá entender el deber de hacer santa toda nuestra vida, de santificar el trabajo y el estudio, de convertir una hora de estudio o de labor en oración, de unirnos a Dios por medio de las cosas normales y corrientes de la vida ordinaria.

La vocación a la santidad no está circunscrita por una particular perfección personal, aunque sí pide que realicemos con la mayor delicadeza nuestras actividades cotidianas. De lo que se trata, en esencia, es de amar, de hacer grandes por el amor a Dios, a los demás y a lo que realicemos las realidades pequeñas, las circunstancias normales de cada jornada. De alguna manera igual a como la Virgen María, San José y el mismo Jesús en el hogar de Nazaret convirtieron la sencillez de una familia como tantas otras de su época y de siempre, en un camino de amor.

Bendita normalidad que puede estar llena de tanto amor de Dios. Porque eso es lo que explica la vida de María, su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar ahí, donde la quiere Dios y cumpliendo con esmero la voluntad divina... Hemos de procurar ser como ella en las circunstancias en las que Dios quiere que vivamos... 275

“Hemos de procurar ser como ella...” Pero siempre con la idea central que enmarca la enseñanza de la Religión: buscar, encontrar y llegar a amar a Cristo. Hasta ser como se explica en el capítulo sobre la filiación divina el mismo Cristo.

El punto de partida

Cuando se dice que la vida cristiana comienza en el Bautismo, es necesario comprender en todo su profundo sentido esta expresión. En el Bautismo, Dios toma posesión de nuestra vida, nos introduce en la Vida de la Santísima Trinidad mediante una verdadera participación de su divinidad, nos convierte en hijos de Dios. Todo esto tiene una inmensa trascendencia que es necesario considerar con atención, para sacar consecuencias prácticas en el vivir cristiano.

A partir del momento en que se recibe la gracia bautismal, el Espíritu Santo comienza a actuar en el bautizado, convertido en ese momento en santo: de tal manera que si muriese sin haber cometido un solo pecado, iría inmediatamente al Cielo. Es esa santidad fruto del bautismo, la que a lo largo de la vida el cristiano debe intentar conservar y hacer propia, con las gracias sucesivas y el esfuerzo personal por derrotar pecado y sus consecuencias.

Hecho partícipe de la vida divina, al bautizado sólo le queda un camino lógico coherente con la gracia recibida gratuitamente: corresponder con todas sus fuerzas. A esta correspondencia cabe llamarla adecuadamente santidad. La cual no es consecuencia de una vocación posterior, sino que tiene como punto de partida la gracia inicial, por la que fue introducido en la vida de Dios y de la cual tendrá que luchar con denuedo para no salirse.

Los demás sacramentos irán desarrollando las virtualidades específicas de cada uno, siempre con miras a la plenitud cristiana bien como consolidación de la gracia bautismal y llamada al apostolado, en la Confirmación; como alimento necesario para recorrer el camino de la vida, en Eucaristía; recuperar la salud perdida por el pecado, en la Penitencia siempre y en la Unción de enfermos a la hora de la debilidad suprema; garantizar la supervivencia de la especie y de la Iglesia simultáneamente en los dos sacramentos sociales matrimonio y orden sagrado.

Unidad de vida

El Bautismo introduce una vida divina en la persona, como una especial sobrenaturaleza, por la que queda dotada de lo que se puede denominar con expresión original de san Josemaría Escrivá de un instinto sobrenatural que, como él mismo afirmaba, lleva a purificar todas las acciones humanas, a elevarlas al orden sobrenatural y convertirlas en instrumento de apostolado. De este modo se adquiere la posibilidad de dar a la existencia una unidad de vida, sencilla y fuerte de cuya consistencia depende en buena parte la santidad.

Esta unidad de vida tiene como expresión cabal la vida contemplativa. Este camino de contemplación de Dios no es exclusivo de sacerdotes, ni de aquellos religiosos que suelen denominarse con el título de contemplativos. El camino de la contemplación de Dios en medio del mundo es para todos los cristianos.

La vida cristiana debe ser vida de oración constante, procurando estar en la presencia del Señor de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. El cristiano no es nunca un hombre solitario, puesto que vive en un trato continuo con Dios, que está junto a nosotros y en los cielos (...). En medio de las ocupaciones de la jornada, en el momento de vencer la tendencia al egoísmo, al sentir la alegría de la amistad con los otros hombres, en todos esos instantes el cristiano debe reencontrar a Dios 276.

Vivir de la fe, por la fe y en la fe

Para llevar una vida interior así, una vida de contemplación en medio de las ocupaciones ordinarias de cristiano corriente en el mundo, se necesita vida sobrenatural: vivir de la fe, por la fe y en la fe. Así entendida y vivida, la fidelidad cristiana es operativa, conduce a la reforma de la vida, a una continua rectificación de la conducta como rectifica el ingeniero de vuelo el rumbo de su nave con el fin de que esté orientada permanentemente hacia el verdadero fin, hacia la meta definitiva: la identificación con Cristo. Sin fe no tiene sentido ni rumbo la vida del cristiano. Por eso la fe, la visión sobrenatural, pertenece debe pertenecer a la normal existencia del bautizado y abarca desde las más grandes decisiones, hasta las menudencias del acontecer cotidiano.

Cuando la fe flojea, el hombre tiende a figurarse a Dios como si estuviera lejano, sin que apenas se preocupe de sus hijos. Piensa en la religión como en algo yuxtapuesto, para cuando no queda otro remedio; espera, no se explica con qué fundamento, manifestaciones aparatosas, sucesos insólitos. Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada” 277.

De ahí brota lo que hemos mencionado atrás como unidad de vida, a la que ya dedicamos un capítulo anterior. Esta doctrina de la unidad de vida se basa en la gracia de Dios que informa la naturaleza humana, la sana, la eleva, pero formando un todo naturaleza y gracia, un único sujeto de operaciones, una sola persona humana, que actúa con un solo corazón, una sola mente, unos mismos sentimientos, un único modo real de comportarse en el templo, en la vida de oración, en la recepción de los Sacramentos y en la calle, en sus actividades ordinarias de trabajo o familiares.

Todo en plena coherencia o armonía, de tal manera que todo influye en todo, sin fracturas de personalidad ni compartimentos estancos. Esta doctrina es un redescubrimiento profundo de lo que el Verbo Encarnado nos reveló, especialmente en los treinta años de trabajo en el taller de José, ratos de convivencia en el hogar de Nazaret, normalidad como dijimos que está llena de amor de Dios. Perfecto entramado entre oración, trabajo y preocupación apostólica por los demás.

Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres.

Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius 278, el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra.

Era el faber, filius Mariae79, el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas 280y281

Para Dios, toda la gloria

Entendido de este modo, el trabajo no consiste simplemente en dedicarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor: y se convierte de este modo en oración: “Sea que comáis, sea que bebáis, o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo a gloria de Dios”282.

En tal unidad de vida el trabajo, noble por su misma naturaleza, debe ser algo que el hombre hace y algo que hace al hombre. Adquiere una nueva dimensión sobrenatural, en la que su valor le viene más del amor de Dios con que se hace, que de una evaluación basada en rendimientos o en baremos exclusivamente humanos.

En razón de la gracia obtenida por el Bautismo, el cristiano, bien sea que esté practicando el deporte, en el aula de clase, en la soledad de un laboratorio, en la habitación de un hospital, en el cuartel, en la fábrica, en el campo, en el hogar de familia, o en medio de la calle, sabe que Dios lo espera, lo acompaña, lo contempla. En todo, se descubre un sentido nuevo, divino, que da a la existencia sabor sobrenatural.

Como fruto de la búsqueda de Cristo, de dejarse penetrar por su gracia, de la perseverancia en los caminos de oración, del irse llenando de deseos de santidad y de amor a Dios, se despliega el celo apostólico. El trato con Jesús llena el alma del Amor que Cristo tiene por todos los hombres.

En esta doctrina sobre la santidad de la vida ordinaria y la unidad de vida, debe entrar necesariamente la devoción a la Virgen María, puesto que ella, después de Jesucristo, es el modelo perfecto de lo que es y debe ser la existencia cristiana, que busca la santidad en las cosas corrientes de la vida en medio del mundo.

Notas
273 Cfr. José María Casciaro, La santificación del cristiano en medio del mundo, artículo del libro “Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer el Opus Dei”, pp. 109-171.
274 Es Cristo que pasa, n. 110.
275 O.c., n. 148.
276 O.c., n. 116.
277 Amigos de Dios, n. 312.
278 Mateo XIII, 55.
279 Marcos VI 3
280 Juan XII 32
281 Es Cristo que pasa, nn. 14-15.
282 I Corintios, 10, 31.

Tomado del libro: " El valor de la Fe", del P. Javier Abad Gómez

Encuentra.com
18.04.2011

 

 

 

Ha terminado la cuaresma, el tiempo de conversión interior y de penitencia, ha llegado el momento de conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Después de la entrada triunfal en Jerusalén, ahora debemos asistir a la institución de la Eucaristía, orar junto al Señor en el Huerto de los Olivos y acompañarle por el doloroso camino que termina en la Cruz.

 

Durante la Semana Santa, las narraciones de la pasión renuevan los acontecimientos de aquellos días; los hechos dolorosos podrían mover nuestros sentimientos y hacernos olvidar que lo más importante es buscar aumentar nuestra fe y devoción en el Hijo de Dios.

 

La Liturgia dedica especial atención a esta semana, a la que también se le ha denominado “Semana Mayor” o “Semana Grande”, por la importancia que tiene para los cristianos el celebrar el misterio de la Redención de Cristo, quien por su infinita misericordia y amor al hombre, decide libremente tomar nuestro lugar y recibir el castigo merecido por nuestros pecados.

 

Para esta celebración, la Iglesia invita a todos los fieles al recogimiento interior, haciendo un alto en las labores cotidianas para contemplar detenidamente el misterio pascual, no con una actitud pasiva, sino con el corazón dispuesto a volver a Dios, con el ánimo de lograr un verdadero dolor de nuestros pecados y un sincero propósito de enmienda para corresponder a todas las gracias obtenidas por Jesucristo.

 

Para los cristianos la Semana Santa no es el recuerdo de un hecho histórico cualquiera, es la contemplación del amor de Dios que permite el sacrificio de su Hijo, el dolor de ver a Jesús crucificado, la esperanza de ver a Cristo que vuelve a la vida y el júbilo de su Resurrección.

 

En los inicios de la cristiandad ya se acostumbraba la visita de los santos lugares. Ante la imposibilidad que tiene la mayoría de los fieles para hacer esta peregrinación, cobra mayor importancia la participación en la liturgia para aumentar la esperanza de salvación en Cristo resucitado.

 

La Resurrección del Señor nos abre las puertas a la vida eterna, su triunfo sobre la muerte es la victoria definitiva sobre los pecados. Este hecho hace del domingo de Resurrección la celebración más importante de todo el año litúrgico.

 

Aún con la asistencia a las celebraciones podemos quedarnos en lo anecdótico, sin nada que nos motive a ser más congruentes con nuestra fe. Esta unidad de vida requiere la imitación del maestro, buscar parecernos más a Él.

 

Para nosotros no existen cosas extraordinarias, calumnias, disgustos, problemas familiares, dificultades económicas y todos los contratiempos que se nos presentan, servirán para identificarnos con el sufrimiento del Señor en la pasión, sin olvidar el perdón, la paciencia, la comprensión y la generosidad para con nuestros semejantes.

 

La muerte de Cristo nos invita a morir también, no físicamente, sino a luchar por alejar de nuestra alma la sensualidad, el egoísmo, la soberbia, la avaricia... la muerte del pecado para estar debidamente dispuestos a la vida de la gracia.

 

Resucitar en Cristo es volver de las tinieblas del pecado para vivir en la gracia divina. Ahí está el sacramento de la penitencia, el camino para revivir y reconciliarnos con Dios. Es la dignidad de hijos de Dios que Cristo alcanzó con la Resurrección.

 

Así, mediante la contemplación del misterio pascual y el concretar propósitos para vivir como verdaderos cristianos, la pasión, muerte y resurrección adquieren un sentido nuevo, profundo y trascendente, que nos llevará en un futuro a gozar de la presencia de Cristo resucitado por toda la eternidad.

P. Javier Abad Gómez
06.06.2008

El trabajo es el destino natural del ser humano. Con él, el hombre transforma la naturaleza que le ha sido confiada. Además y es más importante se realiza a sí mismo como hombre: se hace mejor. El hombre hace el trabajo y el trabajo hace al hombre. Por ser la educación una continuación de la generación, es decir, una generación prolongada en el tiempo, se puede deducir la importancia que el trabajo tiene en la educación: es el quicio sobre el que se apoya todo el proceso educativo. Eso explica, por ejemplo, que la creación se presente en forma de un trabajo de Dios, realizado en un tiempo determinado y finalizado por el descanso divino. Este tiene dos sentidos: el descanso hace parte del trabajo, y que una vez creado el ser humano Dios ya puede descansar, porque el hombre continuará su obra.

El trabajo, como una de las realidades más importantes de la vida humana, es:

  • Testimonio de la dignidad del hombre.
  • Ocasión de desarrollo de su personalidad.
  • Vínculo de unión con los demás.
  • Fuente de recursos para sostener familia.
  • Contribución a mejorar la sociedad.
  • Fuente de progreso de la humanidad.
  • Elemento fundamental de la vida humana.

Para nosotros, educadores, el trabajo se constituye en el soporte sobre el que se apoya toda nuestra labor, puesto que el trabajo es el medio a través del cual el ser humano llega a ser aquello a lo que está destinado, de acuerdo con su propia vocación.

El proyecto divino con respecto a cada hombre o mujer, sólo se puede llevar a cabo mediante el trabajo que cada uno haga sobre sí mismo, ayudado por quienes tenemos el deber de contribuir a que ese proyecto se haga realidad. Se puede decir que sólo mediante el trabajo,

Dios puede realizar su obra sobre el hombre. Y la obra de Dios, se realiza en tres etapas, que son también aquellas que nos corresponde comprender y vivir a nosotros los educadores. Hasta lograr la unidad de vida, que es la meta y el camino necesario hacia la vida eterna. Por eso es importante unir el trabajo a la educación y ésta a la vida de unión con Dios: mediante el trabajo el hombre se hace hombre; y mediante el trabajo convertido en oración el hombre se hace santo.

Hacia una espiritualidad del trabajo: El Evangelio del trabajo

Hace falta el esfuerzo interior del espíritu humano, guiado por la fe, la esperanza y la caridad, con el fin de dar al trabajo del hombre concreto, aquel significado que el trabajo tiene ante los ojos de Dios, y mediante el cual entra en la obra de la salvación(...). La Iglesia ve como un deber particular suyo formar en una espiritualidad del trabajo que ayude a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo, y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación en su triple misión de Sacerdote, Profeta y Rey, tal como lo enseña con expresiones admirables el Concilio Vaticano II. 244

El trabajo continúa la obra creadora de Dios Padre: santificar el trabajo

En la palabra de la divina Revelación está inscrita muy profundamente esta verdad fundamental, que el hombre, creado a imagen de Dios, mediante a su trabajo participa en la obra del Creador, y según la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido continúa desarrollándola y la completa, avanzando cada vez más en el descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en todo lo creado. 245

La descripción de la creación es, en cierto sentido el primer evangelio del trabajo. Allí se demuestra en qué consiste su dignidad: en que el hombre, trabajando, imita a Dios, su Creador, por ser portador de una particular semejanza con Dios. Por eso, tanto en su trabajo como en su descanso, copia y continúa la obra creadora.

La conciencia de que el trabajo humano es una participación en la obra de Dios, debe llegar incluso a los quehaceres más ordinarios, a los deberes cotidianos, a las realidades sencillas que Cristo mismo vivió a lo largo de toda su vida oculta en Nazaret, en el hogar y en el taller de José. Al realizar cualquier trabajo hay que pensar que con él se completa la obra del Creador, al tiempo que se sirve a los hermanos y se contribuye de modo personal a que se cumplan los designios en la historia.

El Concilio Vaticano II habló de que el trabajo es una prolongación de la obra del Creador, una aportación personal a la realización del plan de la Providencia en la historia, un modo de colaborar en la terminación de la creación divina246. La misión del trabajo humano es servir de medio al hombre para alcanzar la participación en la acción creadora, prolongándola y poniéndola de relieve en la glorificación de Dios.

Esto lleva a santificar el trabajo, haciéndolo siempre lo mejor posible, comprendiendo su dignidad, no haciendo distinción entre los hombres por razón del trabajo que realizan: el trabajo, todo trabajo honesto, dignifica al hombre; y el hombre, al realizar bien cualquier tipo de trabajo, dignifica dicha labor.

El trabajo continúa la obra redentora de Dios Hijo: santificar en el trabajo

Mediante la labor encomendada al ser humano, se debía continuar la obra comenzada por Dios. Pero el plan divino encontró el obstáculo del pecado. Cuando el hombre rechaza por orgullo a Dios, el trabajo sufre las consecuencias: trabajarás con dolor. Esto significa que el sacrificio requerido para trabajar y para trabajar bien, debe vincularse con la obra de la Redención.

El esfuerzo humano está amenazado por la soberbia, el egoísmo, el afán desordenado de lucro. Y, así, se desvía del verdadero fin. Como toda actividad humana necesita entonces ser rescatada del pecado: debe darse un vínculo entre la Redención y la transformación del mundo por medio del trabajo. Para que no derive en mal del hombre, se requiere de la gracia de Dios. Con lo que el trabajo pasa a ocupar, por obra de Cristo Redentor, un puesto realmente positivo en la santificación.

Esto se ve muy claro cuando se piensa en la importancia redentora de los primeros treinta años de la vida de Jesús. El Evangelio del trabajo, según expresión del Papa Juan Pablo II, llega a la plenitud en la vida de Jesús, quien perteneció al mundo de los trabajadores, miró con amor y respeto toda tarea humana, que en sus diversas manifestaciones se muestra como participación no sólo en la obra creadora atribuida a Dios Padre sino también en la obra redentora que Cristo venía a realizar. El hombre y la mujer al trabajar, no se limitan a transformar las cosas y la sociedad, sino que se perfeccionan, se realizan como seres humanos, se hacen a sí mismos, se hacen mejores.

Todo trabajo, material o intelectual, está unido inevitablemente a la fatiga y, mediante ella, se une también a la cruz de Cristo.

El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor a la obra que Cristo vino a realizar. Esta obra de salvación se realizó a través del sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdaderamente discípulo de Jesús llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar.247

El entrar como elemento fundamental en el plan de Dios sobre el hombre y en la imitación de Jesús, el trabajo se convierte en un medio privilegiado de santificación, puesto que ésta es, antes que nada, la realización de la Voluntad de Dios y la participación en la vida de Cristo.

Os recuerdo una vez más que todo eso no es ajeno a los planes divinos. Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Ésta es la razón por la que os tenéis que santificar..., precisamente santificando vuestro trabajo.248

Esto, a condición de que sea vivido en un contexto de oración, de sacrificio, de vida interior y de unión a Dios. Donde quiera que estemos, en medio del rumor de la calle y de los afanes humanos en la fábrica, en la universidad, en las labores agrícolas, en la oficina, o en el hogar, en el deporte, lo mismo que en el lecho de enfermo o en una excursión por el campo, nos encontraremos en la serena contemplación propia de los hijos de Dios, en un constante diálogo con quien sabemos nos ama.

El trabajo, realizado cara a cara con Dios, conscientes de su presencia, se puede realizar sin interrupción, con el mismo espíritu de las personas contemplativas, poniendo en juego las virtudes de la fe, la esperanza y el amor, en las que está la cumbre de la vida cristiana.

La fe se actualiza en la misma conversación con Dios que está como escondido en el centro del alma en gracia. La esperanza se vive mientras se persevera en la labor comenzada, con el convencimiento de que se trata de un camino para llegar a Dios: “Porque fuiste fiel en lo poco, entra en el gozo de tu Señor”, dice Jesús al destacar la eficacia sobrenatural de perseverar en la personal responsabilidad haciendo rendir el talento recibido. Y el amor, que es el componente esencial de toda obra bien hecha, hasta el detalle más pequeño, por el que podemos servir a los demás, con generosidad y sacrificio.

Perpetúa la obra santificadora del Espíritu Santo: santificar a los demás por medio del trabajo

En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la Resurrección de Cristo, encontramos un tenue resplandor de la vida nueva, casi como un anuncio de los “nuevos cielos y otra tierra nueva”.249

La palabra de Dios advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo se pierde a sí mismo, si pierde su alma250. Es el anuncio que hemos de hacer a quienes trabajan con nosotros: que no pierdan el sentido sobrenatural de sus vidas, que conserven la rectitud de intención, que no olviden la gloria de Dios al trabajar, que piensen en la vida eterna, que se acuerden de que no tenemos aquí morada permanente. De esta manera, haciendo apostolado a través de las relaciones de amistad que surgen en el trabajo, participamos en la obra santificadora de Dios, realizada por el Espíritu Santo.

El cristiano que esta en actitud de escucha de la palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa qué puesto ocupa su trabajo no sólo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos son llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio. 251

En cuanto medio de santificación, el trabajo no debe limitarse a la esfera personal: tiene que ayudar al mejoramiento espiritual de los demás. El trabajo es factor de solidaridad humana, de acercamiento entre los hombres, de cohesión social: produce entre los miembros del cuerpo social una profunda interdependencia.

Por lo mismo, afecta al crecimiento del Reino de Dios en el mundo: todo lo que acerca a los hombres, todo lo que les lleva a descubrir la fraternidad y la necesidad que tienen unos de otros, sólo tiene sentido si se pone al servicio de un amor verdadero: el que Cristo vino a anunciarnos en su gran mandamiento: “Que os améis unos a otros, como yo os he amado”. En todo trabajo hay como una finalidad profunda querida por Dios: ser una llamada al amor; amor a los demás y fundamentalmente a Dios, en cuya acción el trabajo nos hace participar. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor.

El trabajo es, pues, no sólo medio de santificación sino también cauce de acción apostólica. No sólo esto: el mismo trabajo es apostolado, en cuanto definido como amor y servicio al prójimo. ¿Qué mejor servicio puede prestarse que el de acercar los hombres a Dios? De ahí la importancia de la vida sobrenatural, la gracia divina, que es precisamente la acción del Espíritu Santo en el alma. El trabajo del ser vivificado, transfigurado, por una auténtica vida interior de oración, de sacrificio y de unión con Dios, mantenida por la práctica de los sacramentos y en especial de la Eucaristía.

Notas
244 Laborem exercens, n. 24.
245 O.c., n. 25.
246 Gaudium et spes, n. 34 y 67
247 Laborem Exercens, n. 27
248 Es Cristo que pasa, n. 46.
249 Laborem exercens, n. 27.
250 Cfr. Lucas 9, 25.
251 Laborem exercens, n. 27.
252 Es Cristo que pasa, n. 48.

Tomado del libro: " El valor de la Fe", del P. Javier Abad Gómez

P. Javier Abad Gómez
06.06.2008

Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todo cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificamos con Él, para realizar en el lugar donde estamos su misión divina 274.

Se trata de la vocación universal a la santidad, que no requiere un llamamiento especial de huída del mundo, ni es privilegio de unos pocos que se retiran del mundo para hacer oración y penitencia en la tranquilidad de su apartamiento. Esta convocatoria universal es consecuencia como toda la vida del cristiano de la Filiación Divina, del comportamiento que corresponde a un hijo de Dios. Y es a partir de esta realidad, como mejor se podrá entender el deber de hacer santa toda nuestra vida, de santificar el trabajo y el estudio, de convertir una hora de estudio o de labor en oración, de unirnos a Dios por medio de las cosas normales y corrientes de la vida ordinaria.

La vocación a la santidad no está circunscrita por una particular perfección personal, aunque sí pide que realicemos con la mayor delicadeza nuestras actividades cotidianas. De lo que se trata, en esencia, es de amar, de hacer grandes por el amor a Dios, a los demás y a lo que realicemos las realidades pequeñas, las circunstancias normales de cada jornada. De alguna manera igual a como la Virgen María, San José y el mismo Jesús en el hogar de Nazaret convirtieron la sencillez de una familia como tantas otras de su época y de siempre, en un camino de amor.

Bendita normalidad que puede estar llena de tanto amor de Dios. Porque eso es lo que explica la vida de María, su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar ahí, donde la quiere Dios y cumpliendo con esmero la voluntad divina... Hemos de procurar ser como ella en las circunstancias en las que Dios quiere que vivamos... 275

“Hemos de procurar ser como ella...” Pero siempre con la idea central que enmarca la enseñanza de la Religión: buscar, encontrar y llegar a amar a Cristo. Hasta ser como se explica en el capítulo sobre la filiación divina el mismo Cristo.

El punto de partida

Cuando se dice que la vida cristiana comienza en el Bautismo, es necesario comprender en todo su profundo sentido esta expresión. En el Bautismo, Dios toma posesión de nuestra vida, nos introduce en la Vida de la Santísima Trinidad mediante una verdadera participación de su divinidad, nos convierte en hijos de Dios. Todo esto tiene una inmensa trascendencia que es necesario considerar con atención, para sacar consecuencias prácticas en el vivir cristiano.

A partir del momento en que se recibe la gracia bautismal, el Espíritu Santo comienza a actuar en el bautizado, convertido en ese momento en santo: de tal manera que si muriese sin haber cometido un solo pecado, iría inmediatamente al Cielo. Es esa santidad fruto del bautismo, la que a lo largo de la vida el cristiano debe intentar conservar y hacer propia, con las gracias sucesivas y el esfuerzo personal por derrotar pecado y sus consecuencias.

Hecho partícipe de la vida divina, al bautizado sólo le queda un camino lógico coherente con la gracia recibida gratuitamente: corresponder con todas sus fuerzas. A esta correspondencia cabe llamarla adecuadamente santidad. La cual no es consecuencia de una vocación posterior, sino que tiene como punto de partida la gracia inicial, por la que fue introducido en la vida de Dios y de la cual tendrá que luchar con denuedo para no salirse.

Los demás sacramentos irán desarrollando las virtualidades específicas de cada uno, siempre con miras a la plenitud cristiana bien como consolidación de la gracia bautismal y llamada al apostolado, en la Confirmación; como alimento necesario para recorrer el camino de la vida, en Eucaristía; recuperar la salud perdida por el pecado, en la Penitencia siempre y en la Unción de enfermos a la hora de la debilidad suprema; garantizar la supervivencia de la especie y de la Iglesia simultáneamente en los dos sacramentos sociales matrimonio y orden sagrado.

Unidad de vida

El Bautismo introduce una vida divina en la persona, como una especial sobrenaturaleza, por la que queda dotada de lo que se puede denominar con expresión original de san Josemaría Escrivá de un instinto sobrenatural que, como él mismo afirmaba, lleva a purificar todas las acciones humanas, a elevarlas al orden sobrenatural y convertirlas en instrumento de apostolado. De este modo se adquiere la posibilidad de dar a la existencia una unidad de vida, sencilla y fuerte de cuya consistencia depende en buena parte la santidad.

Esta unidad de vida tiene como expresión cabal la vida contemplativa. Este camino de contemplación de Dios no es exclusivo de sacerdotes, ni de aquellos religiosos que suelen denominarse con el título de contemplativos. El camino de la contemplación de Dios en medio del mundo es para todos los cristianos.

La vida cristiana debe ser vida de oración constante, procurando estar en la presencia del Señor de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. El cristiano no es nunca un hombre solitario, puesto que vive en un trato continuo con Dios, que está junto a nosotros y en los cielos (...). En medio de las ocupaciones de la jornada, en el momento de vencer la tendencia al egoísmo, al sentir la alegría de la amistad con los otros hombres, en todos esos instantes el cristiano debe reencontrar a Dios 276.

Vivir de la fe, por la fe y en la fe

Para llevar una vida interior así, una vida de contemplación en medio de las ocupaciones ordinarias de cristiano corriente en el mundo, se necesita vida sobrenatural: vivir de la fe, por la fe y en la fe. Así entendida y vivida, la fidelidad cristiana es operativa, conduce a la reforma de la vida, a una continua rectificación de la conducta como rectifica el ingeniero de vuelo el rumbo de su nave con el fin de que esté orientada permanentemente hacia el verdadero fin, hacia la meta definitiva: la identificación con Cristo. Sin fe no tiene sentido ni rumbo la vida del cristiano. Por eso la fe, la visión sobrenatural, pertenece debe pertenecer a la normal existencia del bautizado y abarca desde las más grandes decisiones, hasta las menudencias del acontecer cotidiano.

Cuando la fe flojea, el hombre tiende a figurarse a Dios como si estuviera lejano, sin que apenas se preocupe de sus hijos. Piensa en la religión como en algo yuxtapuesto, para cuando no queda otro remedio; espera, no se explica con qué fundamento, manifestaciones aparatosas, sucesos insólitos. Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada” 277.

De ahí brota lo que hemos mencionado atrás como unidad de vida, a la que ya dedicamos un capítulo anterior. Esta doctrina de la unidad de vida se basa en la gracia de Dios que informa la naturaleza humana, la sana, la eleva, pero formando un todo naturaleza y gracia, un único sujeto de operaciones, una sola persona humana, que actúa con un solo corazón, una sola mente, unos mismos sentimientos, un único modo real de comportarse en el templo, en la vida de oración, en la recepción de los Sacramentos y en la calle, en sus actividades ordinarias de trabajo o familiares.

Todo en plena coherencia o armonía, de tal manera que todo influye en todo, sin fracturas de personalidad ni compartimentos estancos. Esta doctrina es un redescubrimiento profundo de lo que el Verbo Encarnado nos reveló, especialmente en los treinta años de trabajo en el taller de José, ratos de convivencia en el hogar de Nazaret, normalidad como dijimos que está llena de amor de Dios. Perfecto entramado entre oración, trabajo y preocupación apostólica por los demás.

Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres.

Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo. Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius 278, el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra.

Era el faber, filius Mariae79, el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas 280y281

Para Dios, toda la gloria

Entendido de este modo, el trabajo no consiste simplemente en dedicarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor: y se convierte de este modo en oración: “Sea que comáis, sea que bebáis, o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo a gloria de Dios”282.

En tal unidad de vida el trabajo, noble por su misma naturaleza, debe ser algo que el hombre hace y algo que hace al hombre. Adquiere una nueva dimensión sobrenatural, en la que su valor le viene más del amor de Dios con que se hace, que de una evaluación basada en rendimientos o en baremos exclusivamente humanos.

En razón de la gracia obtenida por el Bautismo, el cristiano, bien sea que esté practicando el deporte, en el aula de clase, en la soledad de un laboratorio, en la habitación de un hospital, en el cuartel, en la fábrica, en el campo, en el hogar de familia, o en medio de la calle, sabe que Dios lo espera, lo acompaña, lo contempla. En todo, se descubre un sentido nuevo, divino, que da a la existencia sabor sobrenatural.

Como fruto de la búsqueda de Cristo, de dejarse penetrar por su gracia, de la perseverancia en los caminos de oración, del irse llenando de deseos de santidad y de amor a Dios, se despliega el celo apostólico. El trato con Jesús llena el alma del Amor que Cristo tiene por todos los hombres.

En esta doctrina sobre la santidad de la vida ordinaria y la unidad de vida, debe entrar necesariamente la devoción a la Virgen María, puesto que ella, después de Jesucristo, es el modelo perfecto de lo que es y debe ser la existencia cristiana, que busca la santidad en las cosas corrientes de la vida en medio del mundo.

Notas
273 Cfr. José María Casciaro, La santificación del cristiano en medio del mundo, artículo del libro “Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer el Opus Dei”, pp. 109-171.
274 Es Cristo que pasa, n. 110.
275 O.c., n. 148.
276 O.c., n. 116.
277 Amigos de Dios, n. 312.
278 Mateo XIII, 55.
279 Marcos VI 3
280 Juan XII 32
281 Es Cristo que pasa, nn. 14-15.
282 I Corintios, 10, 31.

Tomado del libro: " El valor de la Fe", del P. Javier Abad Gómez

mercaba.org
05.04.2010

 

 

Nos felicitamos la Pascua. Cantamos la Pascua. Anunciamos de mil formas el misterio pascual. Pero, ¿vivimos este misterio? Cristo vive, decimos. Pero, ¿estamos resucitados con él? ¿O todo se reduce a un producto más de consumo?

 

Vivir la Pascua significa

 

  • Pasar por la cruz, como los hebreos "pasaron" por el mar rojo. El rostro y el cuerpo de Cristo glorioso está marcado por las cicatrices. No se puede llegar a la Pascua, sin dar antes los pasos previos. No se puede llegar a la Pascua sin romperse, como la losa del sepulcro, sin conseguir primero un despojo total y una entrega sin reservas, o una aceptación incondicional de la voluntad del Padre. Una Pascua sin cruz no es más que una fiesta de primavera.
  • Vivir en éxodo permanente, cuando se sale de Egipto deprisa y se come de pie, cuando nadie se instala en situaciones placenteras ni se conforma con las libertades conseguidas, cuando se afrontan los problemas que se presentan en cada hora, cuando no se renuncia a la tierra prometida.
  • Creer en la esperanza, aceptando la "creación sin límites", la revolución posible, el cambio cualitativo, la propia superación de cada día. Aceptar al Dios sorpresa, al Dios que pasa, al Dios que viene, al Dios que se hace presente y está en cualquier persona o acontecimiento o en cada sacramento. (Jb. 1, 2). Y aceptar la sorpresa de Dios: su palabra, su regalo, su providencia, su amor.
  • Aceptar la sorpresa de la vida, porque el futuro no está escrito. Aceptar la sorpresa de los hombres, que no siempre son rutinarios y mediocres. De esta esperanza surge el talante pascual, firme y confiado.
  • Dejarse renovar y recrear. Dejar que el Señor resucitado exhale su aliento sobre nosotros, su Espíritu creador, como al principio. Que su aliento vital dé nueva vida a nuestros huesos secos. Ser capaces de nacer de nuevo, "capaces de la santa novedad"

 

  • (Liturgia). Ser capaces de alimentarse con "los panes ácimos de la sinceridad y la verdad". (1 Cor. 5, 8).
  • Estar en Cristo. "El que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo" (2 Cor. S, 17). "Estar en Cristo": frase feliz acuñada y repetida por Pablo -casi 200 veces en el N.T.- resume todo el misterio de la pascua. No sólo anunciamos que Cristo vive, sino que Cristo vive en mí o que yo vivo en Cristo. Estar en Cristo es estar en la verdad y vivir en el amor; es dejarse ganar por su Espíritu, tener sus mismos sentimientos, responder a su llamada; es vivir la filiación, ser hijos en el Hijo, orar como él lo hizo, sentir la fraternidad y vivir la comunión. Estar en Cristo es acompañar, es escuchar, es trabajar, es morir y vivir en él; es ser él. Es:

- "Vivir en la fe del Hijo de Dios, que amó y se entregó por mí". (Gl. 2, 20).
- "Crucificar la carne con sus pasiones y sus apetencias" (Gl. 5, 24).
- "Estar crucificado para el mundo" (Gl. 6, 14).
- "Revestirse del hombre nuevo" (Ef. 4, 24).
- "No tener otra vida que Cristo". (Flp. I, 21).
- "Tener por basura" todo lo que no sea Cristo. (Flp. 3, 8).
- "Dejarse alcanzar por Cristo". (Flp. 3, 12).
- "Vivir según Cristo Jesús... enraizados y edificados en él". (Col. 2,6)
- "Resucitar con Cristo, buscando las cosas de arriba, donde está Cristo". (Col. 3, 1).
- Vivir en el amor. Es el fruto de la vida en Cristo. Amar, dejarse amar, ser amor. Morir al egoísmo cada día, perdonar 70 veces 7, servir por encima de las propias fuerzas, entregarse hasta el fin.

 

Esto es la Pascua: un amor más fuerte que la muerte, fogonazo que consume todas las ataduras, libertad definitiva, la paz como un torrente que inunda, la perfecta alegría.

 

CARITAS. UN PUEBLO POBRE. CUARESMA 1985. Págs. 115 ss.