Marta Tellaeche - Sontushijos.org
20.04.2009
 

 

 

Antes de empezar a hablar de cómo hablar a los hijos de Dios debemos responder a dos preguntas previas: ¿Quién tiene que hablarles? y ¿Por qué?

 

1. ¿Quién?

Nosotros los padres somos los primeros educadores y primeros responsables de su educación cristiana. De igual forma que somos los primeros responsables de todos los aspectos de su educación: enseñarles a comer, a lavarse los dientes, a vestirse, a ser ordenados...

 

No podemos pensar que como nuestros hijos ya van a un colegio con un ideario cristiano nos podemos relajar. Nada ni nadie nos puede eximir de esta responsabilidad.

 

2. ¿Por qué?

Porque somos cristianos y hemos recibido un mandato, una misión de Jesucristo “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio”, que para los padres se concreta, en primer lugar, en sus hijos. Después ya tendremos tiempo de anunciar el Evangelio a los demás.

 

Porque como cristianos, y especialmente si vivimos intensamente nuestra vida cristiana, la consideramos como un tesoro que no podemos guardar para nosotros, queremos hacer partícipes de ese tesoro especialmente a los más cercanos, a las personas que más queremos, nuestros hijos. Lo mismo que cuando hemos leído un libro o visto una película que nos ha gustado mucho, no paramos de recomendarla a nuestros amigos.

 

3. ¿Qué supone para los padres educar en la fe?

Educar en la fe hace que los padres nos replanteemos muchas cosas; nos obliga a profundizar en muchos aspectos ya que tenemos que estar seguros de lo que vamos a transmitir. Nuestros hijos nos van a hacer muchas preguntas: ¿Por qué rezas? ¿Por qué vamos a Misa? ¿Por qué bautizamos a un niño? Puede ocurrir que no sepamos dar una respuesta clara, o que nuestra respuesta sirva para un niño pero que a nosotros no nos resulte convincente. Es el momento de profundizar.

 

Nos tenemos que poner las pilas y reciclarnos. A medida que pase el tiempo las preguntas se complicarán y tenemos que estar preparados.

 

4. Pero... no estamos solos

No podemos olvidar que Jesucristo ha instituido el sacramento del matrimonio para ayudarnos en esta labor educativa. Tenemos la ayuda específica –gracia- de Dios para educar a nuestros hijos. A veces podemos pensar “no puedo” y efectivamente es así “yo solo no puedo” pero como no estoy solo, tengo la ayuda de Dios “juntos podemos”.

 

Es importante que hablemos a Dios de nuestros hijos y pedirle ayuda para que nos haga verlos con sus ojos. A veces nuestra visión es limitada, tenemos poco ángulo de visión. Por otro lado, ¡qué importante es aceptar a los hijos tal y como son!. Cada hijo es diferente, algunos se parecen bastante a nosotros-no sólo físicamente sino en su carácter- y esto nos encanta, porque se comportan de manera parecida a como nos gusta, reaccionan de forma esperable según nuestros razonamientos. Pero otros no,… a pesar de recibir la misma educación, es más, de intensificar algunos aspectos de la misma, responden de forma desigual y nos rompen los esquemas. Nos preguntamos, ¿pero por qué es así este hijo/a? ¿por qué hace esto? Sólo se me ocurre una respuesta: es así porque Dios quiere, y Dios me lo ha puesto a mi para que yo le quiera, le acepte como es, le ayude a desarrollar sus talentos y sobre todo para que yo crezca en humildad y entienda o vislumbre cómo es el amor de Dios que vino al mundo y murió por todos y cada unos de los hombres sin hacer distinciones entre unos y otros. Dios nos da los hijos que necesitamos.

 

5. ¿Qué hay qué hacer para educar cristianamente a nuestros hijos?

A los niños pequeños hay que decirles pocas cosas, las explicaciones han de ser breves. Lo que les ayuda es nuestro ejemplo y hacer cosas con ellos. Es importante apoyarse en estímulos sensibles como las imágenes, las oraciones y canciones. Algunas ideas que podemos poner en práctica son:

 

- Rezar por las noches: desde que son bebés, podemos empezar a hacerles la señal de la cruz cuando les acostamos. En cuanto empiecen a sonreír, a mirarnos, podemos empezar a rezar con ellos por la noche. Nunca es demasiado pronto. Poco a poco, según se van haciendo mayores y tienen más capacidad de razonamiento podemos acompañar a las oraciones vocales tradicionales una acción de gracias por el día tan estupendo que han pasado, un pedir perdón por algo que han hecho mal, pedir por alguna persona que lo necesita, pedir fuerzas para ser mejores, etc.

 

- Bendecir la mesa para agradecer por los alimentos y quien los prepara.

 

- Tener alguna imagen de la Virgen en casa, de la Sagrada Familia, del Ángel de la Guarda. No puede faltar el Pesebre o Belén en Navidad que nos permite hablar de los primeros años de la vida de Jesús con naturalidad.

 

- Hablarles de Jesús: ¿Cuándo? Por la noche o bien podemos dedicar un día a la semana, como el domingo, para explicarles el Evangelio de ese día. Existen Evangelios con comentarios que pueden resultar muy útiles así como las Biblias para niños.

 

- Enseñarles a rezar tiene gran importancia: cuando enseñamos a un hijo a rezar, primero enseñándole las oraciones de siempre y luego enseñándole a que hablen con Dios de forma natural, estamos estableciendo una relación de nuestro hijos con Dios única e intransferible. Nosotros damos el primer empujón, “concertamos esa primera cita”, pero luego es Dios el que hace el resto y va actuando sobre nuestros hijos.

 

6. Sobre la Misa

¿Qué le podemos explicar a un niño sobre la Misa? El Domingo es el día más importante de la semana porque es el día de Jesús, por eso no trabajamos y tenemos fiesta.

 

¿Por qué el domingo? Porque es el día que Jesús resucitó. Para celebrarlo, a Jesús le gusta que todos los que le queremos nos reunamos juntos y recemos juntos, al igual que a ti cuando es tu cumpleaños te gusta invitar a todos tus amigos y todos te cantan para felicitarte. También nosotros, los amigos de Jesús rezamos a la vez unas oraciones muy bonitas, algunas de esas oraciones las decimos cantando.

 

Como es el día de Jesús vamos a la Iglesia a celebrarlo con la Misa. En la Misa vamos a dar gracias a Jesús, a pedirle perdón, a pedirle ayuda y a pedir por los demás. Jesús está presente en la Misa y por eso es tan especial. Cuando estamos en casa y rezamos Jesús nos ve y nos oye, pero en la Misa Él está realmente presente. Hay un momento en la Misa en el que Jesús se hace presente en el pan y en el vino y se nos da como comida para ayudarnos a ser mejores.

 

Podemos hablarles del momento de la Consagración: todos los Ángeles de la Guarda van al altar a estar junto a Jesús que se hace allí presente.

 

A pesar de nuestras explicaciones hay momentos en los que los niños se aburren porque no entienden, pero se van acostumbrando a que hay que estar en silencio y sin moverse mucho. Poco a poco irán entendiendo un poco mejor la Misa y se les hará más llevadera.

 
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Los más pequeños de la familia también pueden ser invitados a participar de las fiestas religiosas, pero se debe hacer usando un lenguaje que sea comprensible para su edad. Una buena manera, es usar el cuento como método de enseñanza.

 

En esta Pascua, hable con sus hijos sobre esta importantísima fiesta. Realicen acciones que permitan la explicación de la Pascua en la vida práctica, como por ejemplo regalar a los demás algún alimento preparado por ellos, como muestra de que compartimos la felicidad de la Pascua con los otros.

 

Actividad para la Pascua

 

Cuando vayamos a la Iglesia, mostrémosles a los hijos las imágenes de Jesús en la cruz y constémosles que aunque Él murió por amor a nosotros, no se fue para siempre, pues varios días después Él resucitó, y ahora se encuentra en nuestros corazones.

 

Después de hacer esta breve introducción, les contamos el siguiente relato bíblico:

 

Los amigos de Jesús eran pescadores. Muy buenos pescadores. Ellos subían a la barca y navegaban mar adentro para echar las redes y sacar muchos pescados para venderlos.

 

Una noche, después de que Jesús había muerto, Pedro, uno de sus amigos, dijo:

  • ¿Qué les parece si vamos a pescar? Vamos muchachos, cambien la cara, no vale de nada estar tristes. Vamos a buscar las redes y el barco.

 

Los amigos de Jesús siguieron a Pedro. Buscaron las redes y se prepararon para ir hasta el centro de lago. La luna se reflejaba en el agua y alumbraba como una gran lámpara las aguas. Los hombres trabajaron toda la noche. Tiraban la red esperaban y la sacaban.

 

¿Y saben qué pasaba? Nada. No pasaba nada. Las redes salían vacías.

 

Una y otra vez, tiraban las redes, esperaban y las sacaban vacías.

 

Un fracaso total. Ya estaban por volverse cuando vieron que un hombre paseaba por la orilla. ¿Quién sería? Los amigos de Jesús se esforzaban por ver quién los estaba esperando, pero no lograban reconocerlo.

 

Entonces, desde la orilla se escuchó al hombre que gritaba:

  • Muchachos, ¿tienen algo para comer?
  • No, contestó Pedro a los gritos, no tenemos ni un solo pescado.

 

Entonces Jesús volvió a decir:

  • Echen de nuevo la red.
  • ¿Qué?, dijo Pedro.
  • Vamos, echen nuevamente la red.

 

Los amigos de Jesús decidieron hacerle caso y tiraron nuevamente las redes.

 

¿Saben qué pasó? Las redes se llenaron tanto con los peces, que casi no las podían levantar.

 

Entonces, uno de los amigos de Jesús llamado Juan dijo:

  • Ese es Jesús.
  • ¡No puede ser! dijo Pedro.
  • Sí, es él. ¡Está vivo! ¡Resucitó!

 

Pedro no pudo esperar que el barco, que estaba muy cargado, llegara hasta la orilla y se tiró al agua y fue nadando hasta donde estaba Jesús.

Mientras tanto, Jesús había encendido un hermoso fuego, y había colocado sobre él un pan. Cuando Pedro y los amigos llegaron hasta donde estaba Jesús, le dieron los pescados para que los cocinara.

 

Jesús los puso sobre el fuego y comenzó a conversar con ellos.

 

  • Pedro, ¿cómo está tu familia? ¿Los molestaron los soldados?, preguntó Jesús.
  • Estamos muy bien ahora que vos estás de nuevo con nosotros, contestó Pedro.
  • Pedro, dijo Jesús: ¿Te puedo hacer una pregunta?
  • Sí, hazme las preguntas que quieras, dijo Pedro.
  • Pedro, ¿me amas?
  • Sí, Jesús, te amo.

 

Y Jesús preguntó nuevamente:

  • Pedro, ¿estás seguro que me amas?
  • Sí, te amo. Respondió Pedro.

 

Y Jesús preguntó por tercera vez:

  • Pedro, ¿estás segurísimo que me amas?
  • Sí, Jesús, sabes que te amo. Le reiteró Pedro.
  • Entonces, dijo Jesús: cuida de mis amigos. Y ahora, que estamos todos reunidos y el pescado y el pan están listos, compartamos la comida como lo hacíamos siempre.

Y Jesús y sus amigos se sentaron a comer.

 

Jesús se quedó un tiempo con sus amigos, pero después, como ya había terminado su trabajo, fue a descansar a la casa de su papá Dios. Por eso nosotros no lo podemos ver.

 

Después de leer el relato, preguntemos a los chicos:

 

  • ¿Nosotros amamos a Jesús?
  • ¿Qué tal somos como hijos, hermanos, nietos, primos, amigos, estudiantes, etc.?
  • ¿Qué nos propondremos puntualmente a mejorar en esta Pascua?

Fuente: mercaba.org

Dibujo para colorear

 

 
El santo del día:
La Conversión de San Pablo
 
La frase del día:
Sé flexible como un junco, no rígido como un ciprés.
Talmud

La reflexión del día:
Lecciones de la Historia:

El Sabio Shcwartz, alemán, era protestante. Pero para un estudio en la universidad tuvo que dedicarse a estudiar los escritos de los grandes sabios de los primeros siglos de la Iglesia, y al darse cuenta del inmenso aprecio que los más famosos santos han tenido a la Santísima Virgen, se convirtió al catolicismo. Los santos antiguos decían: “La Virgen María es la sonrisa de Dios”. (J. Colombo). Si todos los santos te quisieron tanto, yo pobre pecador te quiero amar también con todo mi corazón, ¡oh Madre Santa! 
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 Foto: Cathopic
 

Tan importante como las explicaciones que les demos a los niños, es nuestra actitud. He aquí algunos consejos para que a través de nuestro ejemplo, logremos que los hijos vivan la Eucaristía, la respeten y se comporten adecuadamente en ella:

 

Sentarse en los bancos de adelante: evitamos distracciones y ven mejor lo que pasa, están más atentos. (Si fuéramos a un espectáculo teatral o de música, a todos nos gustaría estar en primera fila).

 

Cuidar la forma de vestir: no es lo mismo ir a la playa que a Misa.

 

Llegar puntuales: cuidamos la puntualidad en ir a clase, en llegar al cine... No podemos hacer esperar a Jesús. ¿Haríamos esperar a una persona importante?

 

Que nos oigan contestar: es recomendable pronunciar bien, vocalizando, para que ellos oigan y aprendan. Echarles una miradita animándoles a que participen.

 

Cantar: a los niños les encantan las canciones. Es recomendable asistir a alguna Misa en la que se cante.

 

Que nos vean atentos y que nos vean rezar: por ejemplo después de la comunión, con mucho respeto. Podemos animarles a que ellos también se pongan de rodillas y recen.

 

No comer, ni usar el celular, ni chatear, ni jugar: este es un espacio de conexión con Dios y debemos estar concentrados en este propósito. Hay un momento para cada cosa y durante la Misa estamos atentos a la Palabra, esto quiere decir sin distractores, los cuales además, son una falta de respeto.

 

El respeto al sacerdote: cuando entra nos ponemos de pie, esperamos a que salga para salir.

 

Misas para niños: en algunas parroquias hay Misas especiales para los niños, donde hacen del Evangelio más comprensible en un lenguaje infantil por medio de títeres o representaciones.

 

Con regaños no logrará nada: si la salida para Misa es un campo de batalla, usted está haciendo que ellos desde pequeños tengan una mala actitud hacia la Misa. Es mejor motivarlos e invitarlos sin obligaciones y castigos. Hágales comprender que es importante ir a visitar la casa del Niño Dios, como lo hace con sus abuelos el fin de semana o sus amigos.

 

Fuente: sontushijos.org

 
LaFamilia.info 

 

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La familia es la principal fuente de transmisión de los valores religiosos y espirituales; es ella la encargada de acercar los hijos a Dios y enseñarles la fe. Y esta labor comienza desde las primeras edades, es por eso que los padres deben invitar a sus hijos a celebrar la Semana Santa y Pascua en familia. ¿Cómo hacer entonces para que vivan el verdadero sentido de esta celebración sin que pase como una semana más de vacaciones? Estas son nuestras recomendaciones.

 

1. Dar ejemplo

 

Lo primero y más importante, es que los padres demuestren con su ejemplo lo que realmente significa este tiempo, es decir, que los hijos vean una actitud y un modo de actuar diferente al habitual.

 

2. Explicarles el significado

 

Es necesario explicarles el significado de cada celebración, pero en el lenguaje apropiado para su edad y nivel de comprensión. Los padres pueden valerse de diversos recursos como videos, dibujos y cuentos que han sido adecuados para los más pequeños, algunos son:

 

Semana Santa en familia

 

3. Participar en las actividades de Semana Santa

 

Es muy valioso cuando se participa en familia de las diferentes actividades características de la época, como por ejemplo la visita a los monumentos, las procesiones, la elaboración de los huevos de Pascua, entre otros, conociendo previamente su significado e historia. Habrán otras celebraciones dirigidas al público adulto, y en este caso, resulta más conveniente buscar opciones especiales para los chicos. Asimismo, la creatividad de los padres será clave en esta importante misión.

 

4. Llevar las enseñanzas a las acciones

 

Debido a que la Cuaresma, Semana Santa y Pascua deben ser una vivencia personal y un camino de desarrollo espiritual, eso mismo se les debe transmitir a los hijos. Regalar juguetes y ropa que ya no se usen, compartir un día con niños de escasos recursos, hacer propósitos de mejora personal (orden, disciplina, obediencia, relación con los hermanos, etc.). Lo importante es acercar a los hijos desde pequeños a la vivencia del amor de Jesús.

 

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Sobre el torero Antonio Bienvenida hay algunas anécdotas que vale la pena dar a conocer a los lectores porque muestran aspectos de su vida interior que con frecuencia relacionaba con su oficio, como cuando al ver que alguien hizo una genuflexión descuidada ante el sagrario, le comentó con cariño: “Rezabas deprisa, y las faenas de Dios hay que hacerlas despacio.” En una ocasión invitaron a Antonio a una tertulia con un grupo de jóvenes para que hablara sobre su profesión de torero; cuando alguno de los presentes le preguntó qué había sentido en uno de sus días de triunfo en la Plaza de Las Ventas de Madrid, al ser llevado en hombros por la calle de Alcalá, ésta fue su respuesta: “Pues mira, os diré, que entre los gritos y aplausos de los aficionados uno aprende que el mérito no es propio, sino del Señor, que nos ha dado todo: cualidades, voluntad, habilidad profesional...Por todo eso, que tuve muy claro de repente, por encima del ruido y del entusiasmo, le dije: ‘Conste que todas estas ovaciones son para, Señor. Yo sin Ti, poco valgo. Tuyo es el poder y tuya la gloria’”. Cuenta uno de sus subalternos haberle oído decir en voz baja “Para Dios toda la gloria”, mientras daba vuelta al ruedo recibiendo ovaciones después de una faena magistral. Bienvenida había dicho en una entrevista: “A mí me hubiera gustado morir en la plaza. Creo que es la muerte perfecta para un torero”. Casi que así sucedió, pues aunque ya se había retirado de los ruedos, murió a consecuencia de la cogida de una vaquilla en una tienta. Su muerte causó gran dolor entre sus colegas y en toda la afición taurina. Antonio le había aconsejado a Manuel Benítez, “El Cordobés”, casarse por la Iglesia con Martina, con quien convivía, sin haberlo logrado; cuando salió de la habitación donde velaban a Antonio, dijo “El Cordobés”: “El primer milagro que ha hecho Antonio Bienvenida es éste. Al llegar a Córdoba me casaré con Martina.”

Jaime Greiffenstein Ospina 
Personas que dejan huella

LaFamilia.info
14.09.2009
 

La familia es la principal fuente de transmisión de los valores religiosos y espirituales. Es ella la encargada de acercar los hijos a Dios y enseñarles la fe. Extraemos varios fragmentos del escrito elaborado por Ramiro Pomés de sontushijos.org, el cual propone una interesante temática.

 

Difícil pero posible

Los padres tienen la inmensa dignidad de ser los primeros que abren el alma del niño al conocimiento y el amor de Dios, a las realidades del espíritu. Luego les acompañan en el camino de la fe hasta que sean cristianos maduros. Es una misión difícil, por la fuerte presión del ambiente, pero posible por el poder y la ayuda de Dios, del que los padres se hacen colaboradores. Dios ha confiado en ellos doblemente: al darles los hijos y al pedirles que les ayuden a crecer como hijos de Dios.

 

Las bases humanas: hijos fuertes

Los padres deben inculcar en los hijos todas las virtudes, sin descuidar aquellas que fortalecen la voluntad: el espíritu de sacrificio, la sobriedad, la generosidad. Son antídoto necesario ante la presión del consumismo, el hedonismo y el egoísmo que se cuela por todos los lados; sin fortaleza les faltará la base humana para hacer frente a esa presión.

 

Ir por delante: la vocación cristiana de los padres

Los hijos no pueden ir solos ni en lo humano ni en lo espiritual. Dios pide a los padres que vivan plenamente su vida cristiana, que tengan una vida de oración y sacramental intensa, que se esfuercen por cumplir con generosidad la voluntad de Dios en todas las facetas de su vida: el trabajo, la familia, las relaciones sociales, la diversión y todas las cosas pequeñas y ordinarias que constituyen la vida del hogar. Esa actitud de generosidad con Dios tiene que ser el ambiente, el caldo de cultivo, de una familia cristiana, en el que crecen interiormente padres e hijos. Unos se ayudan a otros con el ejemplo, con la oración, con la fuerte ayuda interior de la Comunión de los Santos.

 

El ambiente de una familia cristiana

Los padres transmiten la fe que viven, y a ellos les ayuda también la fe y la piedad que ven en los hijos. La piedad familiar ha de ser profunda y sencilla, vivida con naturalidad y sin imposiciones. La familia sale adelante rezando juntos y rezando unos por otros.

Los hogares cristianos son, en palabras de san Josemaría Escrivá, hogares luminosos, alegres. Con la alegría que da saber vivir contra corriente, con un tono decididamente sobrio, aunque llame la atención en una sociedad materialista obsesionada con tener cada vez más cosas; donde lo natural ha de ser la preocupación de unos por otros, la generosidad, la actitud solidaria ante los más débiles y los necesitados. En esa familia se vive, el cariño a la Iglesia, al Papa, a los sacerdotes, a las misiones, la ilusión apostólica. Se celebran con alegría el Domingo y las fiestas cristianas. Desde niños se muestran ejemplos no edulcorados de conducta cristiana: la vida de los santos y de tantos cristianos de toda edad y condición que han sido fieles, a veces en situaciones muy difíciles.

 

Dar razones y educar su libertad

Queremos que los hijos lleguen a tener un criterio propio, por eso no debemos imponer sin dar las razones que necesita cada hijo, distintas según su modo de ser y su edad. Los padres deben escucharles, esforzarse por comprender y vivir su mundo. Que los hijos vean que lo que dicen sus padres es realista; que no se debe a que son de otra época, a que no confían en ellos, o a que se ponen siempre en lo peor; sino a que conocen el mundo en el que los hijos se mueven y poseen una experiencia en la que se puede confiar.

Formar su conciencia y confiar, dar libertad progresivamente, desde pequeños y a la vez pedir responsabilidad. No pasar de una protección exagerada y deformadora a dar de repente una libertad absoluta, como por desgracia ocurre hoy tantas veces. Correr el riego de que se puedan equivocar y de que de hecho se equivoquen, y recogerles con serenidad, haciéndoles pensar, para que aprendan también del error.

 

Formación crítica

Tenemos que enseñar a los hijos a pensar; hablar mucho con ellos, disfrutar en un rato de tertulia todos juntos, y otras veces a solas, contarles cosas de la vida o comentar una noticia positiva, escucharles, conocer sus inquietudes. Debemos cultivar su espíritu crítico ante las manifestaciones de un planteamiento pagano de la vida, y esto desde que son pequeños. De modo natural, nacerá en ellos un sano sentido de superioridad.

En la formación intelectual es fundamental la colaboración de un centro educativo –escuela, colegio, universidad- que refuerce esta visión recibida en casa. Si esto no es posible, los padres han de estar presentes en el centro educativo, no sólo para que el centro sea respetuoso con los valores cristianos, también para promover, junto a los buenos profesores, que siempre los hay, iniciativas formativas que enriquezcan a los hijos y a sus compañeros. Los padres siempre han de seguir siempre la maduración intelectual de los hijos, también si el colegio es de confianza, porque no basta que oigan las cosas, hay que ver si asimilan lo que se les enseña, resolver sus dudas y, si es el caso, contrarrestar las visiones deformadas o complementar las carencias.

 

Prepararles para seguir su propio camino

Toda verdadera educación nace del amor, y por lo tanto es desprendida. Los padres no han de buscar proyectarse en los hijos. Deben ayudarles a encontrar y a seguir su propio camino, su vocación profesional y cristiana. Llegado el caso de que el hijo, o la hija, les plantee una elección seria, han de ofrecerles su consejo, pero siempre con una actitud de respeto.

Aceptar también que se rebelen, incluso que se alejen y rechacen la vida cristiana. La actitud de los padres en momentos de crisis es clave para que los hijos vuelvan. Los hijos han de verles serenos, con una actitud dialogante, firme en lo necesario, flexible en lo convencional. Son tiempos, a veces largos, en los que se ha de confiar en Dios, que es más padre y madre y quiere más que nosotros a ese hijo, y en el poder de la oración. Ha de ser una esperanza alegre, porque los dramatismos y la amargura alejan. Seguimos confiando en ese hijo, en esa hija, y sobre todo en Dios, que es siempre fiel a su paternidad: aunque ellos se alejen de Dios, Dios no se aleja de ellos. Tampoco los padres se deben alejar del hijo, su actitud ha de ser siempre cercana y acogedora.

 

El aprendizaje del amor. Una actitud abierta a los demás

El amor de los esposos es la primera escuela del amor. Es clave la actitud generosa ante la vida, también porque los hermanos son una gran ayuda para aprender a querer y a ser generoso. Preparar para el amor humano, tratar del origen de la vida con cada hijo, de modo progresivo, claro, natural, adecuado a lo que necesita conocer en cada momento. Saber adelantarse para que conozcan por sus padres las dificultades que pueden encontrarse, el modo de evitarlas, de luchar y el daño que les puede hacer no enfrentarse a ellas.

La familia ha de tener una actitud abierta a los demás. Es la primera escuela de la caridad cristiana. La preocupación por los enfermos, los ancianos, la ayuda a los necesitados, la han de aprender de sus padres y la han de vivir ellos, de modo adecuado a su edad. Es un modo vivo de comprender la dignidad de toda persona. Que sean conscientes de que aún más graves que las carencias materiales son las carencias espirituales: la soledad, la falta de esperanza y sobre todo la falta de Dios.

Actitud abierta al mundo que es de ellos. La nueva evangelización es una tarea a la que todos estamos llamados. Saber presentar la belleza y la armonía de la visión cristiana del hombre y de la sociedad, que propone siempre soluciones respetuosas con la libertad del hombre y su dignidad.

 

Un padre muestra, orgulloso, su hijo recién nacido al hermano que ya tiene cinco años. —Mira, Juanín, este es tu hermanito que acaba de nacer. Juanín, decepcionado, exclama: —Pero papá... Sin pelo, sin dientes, todo arrugado... Te engañaron... Te dieron un bebé de segunda mano. 

Las apariencias engañan. No sabía Juanín la potencialidad que encerraba aquel bebé “arrugado”. ¡Cuántas veces juzgamos la vida y las cosas sólo por apariencias! ¡Y cómo cambia todo cuando se ven a la luz de la fe! “La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y con ella, el relieve, el peso y el volumen”. (Camino 279). La fe no viene a achicar las aspiraciones nobles que hay en el corazón humano. Viene a elevarías y engrandecerlas. La vida —a la luz de la fe— resulta apasionante. Se convierte en una novela de aventuras. Las cosas más corrientes y ordinarias adquieren relieve de eternidad, grandeza de infinitud. ¡Qué pena quedarse en una vida chata y raquítica!