Por Ángel Cabrero Ugarte- 26.09.2022


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Cuando una persona mayor fallece, quienes más lloran, con diferencia, son los nietos. Los hijos suelen ser más conscientes de que su padre tenía una edad y mala salud y, por lo tanto, no ha sido ninguna sorpresa. Lo echarán de menos, el recuerdo de los padres siempre permanece, pero quienes lloran desconsoladamente son los nietos. ¿Por qué?

Todos lo sabemos: los abuelos les han permitido a los nietos cosan que nunca consienten los padres. Les regalan cosas que nunca les regalarían en casa.

Y esto nos lleva a una cuestión compleja, donde cualquier razonamiento puede ser impugnado. “Quienes educan son los padres. Los abuelos tienen menos influencia en la educación y los nietos saben que los abuelos les miman más e incluso les dan caprichos que sus padres no les consienten” (p. 117). Lo dice José María Contreras que lleva muchos años apoyando a las familias de diversas maneras.

Quienes exigen son los padres, que se dan cuenta de que a base de antojos no se consigue nada. Habrá quien diga que en casa de los abuelos el niño ha aprendido a rezar más que en su propia casa. Pero además resulta que, en los tiempos que corren, acudimos a los abuelos con bastante frecuencia: los padres tienen mucho trabajo y dejan a los hijos con los abuelos. Están poco con los hijos y, por lo tanto, les enseñan pocas de esas cosas que se aprenden viendo, viviéndolas. Si los padres apenas están en casa, malamente cogerán los hijos hábitos de oración o de otros modos de vivir. Y a veces los abuelos suplen.

“En nuestro tiempo, por las circunstancias sociales en que vivimos, los abuelos están teniendo un gran protagonismo en la vida de las familias. Hay que agradecerlo y hacérselo saber con frecuencia. Están conviviendo muchas horas con los niños, sin que los padres estén presentes, a una edad en que en muchas ocasiones les es muy costoso” (p. 117). Hay que agradecérselo, porque, aunque lo hacen con gran amor y con gran alegría, en muchos casos supone un esfuerzo quizá no muy propio de su edad.

El equilibrio es complejo. Que los abuelos sean buenos educadores en todas las facetas de los niños pequeños no es fácil. Y hay que comprenderles. “Es una gran falta de justicia y de cariño las malas formas con las que se reprende a los abuelos ante algunas cosas que nos parecen mal. Tenemos que saber que los abuelos no tienen la obligación de quedarse con los hijos y es de justicia que los padres tengan un plan B para que ellos puedan descansar en algunas ocasiones (p. 118).

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O sea, no podemos olvidar que los hijos deben ser educados por los padres. Que un fin de semana los abuelos hagan de canguros para que los padres puedan tener un respiro y salir de viaje, es una cosa buena. Que eso suceda con frecuencia, no es una cosa recomendable. Que se crea la costumbre comer todos los domingos con los abuelos, no es muy recomendable, aunque a veces sale bien. Es un poco pereza por parte de los padres pero supone aprovechar menos esos momentos tan buenos como son los fines de semana para dar un paseo, salir a una visita cultural, hacer una excursión al monte.

Sí, dirán que eso se puede hacer el sábado y lo otro el domingo o viceversa. Lo que está claro en todo esto es que no hay nada claro. No parece que haya nada decisivo, pero no podemos olvidar lo fundamental: los padres deben dedicar tiempo a los hijos, en la pubertad, en la adolescencia, mientras vivan en casa, y eso lo notan y les sirve.

*Publicado en Religión Confidencial

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