Por Ana Mas Villaseñor / Empantallados.com - 15.07.2019

 

Foto: Freepik 

 

Resulta que tu hijo(a) ya lleva un buen tiempo frente a la pantalla (tablet, móvil, tv...) y le dices: "bueno, ya es suficiente, apaga ya", y a continuación estalla en llanto y aparece la temida pataleta o rabieta. Pues eso se llama frustración y los padres de hoy debemos aprender a manejarla, sobretodo con el tema del uso de las pantallas. Por eso este artículo de la Dra. Ana Mas Villaseñor, te será de gran ayuda. 

 

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¿Qué es la frustración? ¿Cómo puedo manejarla? ¿Puede la frustración traumatizar a mi hijo? Seguro que te has preguntado esto muchas veces. Y cuando se trata de limitar el uso de las pantallas, encontramos que esta emoción aflora en nuestros hijos con más frecuencia de la que nos gustaría. Como en otras áreas de la educación, las pantallas nos brindan una buena oportunidad para seguir educando las emociones.

 

La frustración, una emoción necesaria

 

Hemos desarrollado la creencia de que las emociones negativas son malas. Creemos que el sufrimiento nos vuelve personas taciturnas y oscuras, pero esto no siempre es verdad. Todas las emociones son necesarias y cada una tiene su función, también las menos agradables.

 

La frustración es una sensación desagradable que aparece cuando algo se interpone entre mis objetivos y yo. Este malestar nos impulsa al cambio, nos motiva para encontrar la solución que nos permitirá alcanzar el objetivo; es decir, la frustración tiene una función y nos puede resultar útil si aprendemos a manejarla.

 

Algunas estrategias adecuadas para manejar la frustración son:

 

Hablar de ello: las personas encontramos alivio en la expresión de las emociones negativas porque nos sentimos comprendidas y apoyadas. Esta respuesta del entorno nos hace sentir seguros ante lo que percibimos como una amenaza del bienestar. Contar nuestras cosas y recibir una respuesta acogedora, contrarresta el malestar provocado por la frustración. Por otra parte, al compartir mi preocupación tengo más posibilidades de encontrar una solución adecuada ya que ‘dos cabezas piensan más que una’.

 

Analizar el problema y buscar una solución: como ya hemos visto, la aparición de un sentimiento negativo puede estimularnos positivamente. Nuestras facultades se centran en remediar el conflicto, aumentando la probabilidad de encontrar una solución adecuada.

 

Templar la emoción: a veces la frustración genera tal impacto emocional, que lo más adecuado es dejar que se enfríe antes de decidir qué hacer.

 

La anticipación: una estrategia eficaz para las rabietas y reacciones desproporcionadas por pantallas

 

La rabieta o reacción desproporcionada por el contrario no puede considerarse una estrategia adecuada para manejar la frustración porque:

 - Lejos de obtener la comprensión y el apoyo del entorno, generamos desconcierto y enfado, añadiendo más conflictos a la situación inicial.

- Ante la agresividad es habitual que los que me rodean huyan, evitándo el peligro que supone alguien fuera de control, lo que me hace sentir solo e incomprendido.

- Pierdo la oportunidad de que los demás quieran ayudarme.

- Normalmente, cuando perdemos el control, nos sentimos culpables y esto aumenta nuestra frustración.

 

Es decir, con la rabieta lo único que consigo es continuar con el mismo conflicto añadiéndole incomprensión, culpabilidad, soledad y más frustración.

 

En la medida en la que las rabietas aumentan el sufrimiento del niño, lo más indicado es evitarlas y lo mejor para ello es la ANTICIPACIÓN: el niño va a sentirse frustrado al dejar de utilizar la pantalla; por lo que contamos con una oportunidad de oro para enseñar a nuestros hijos a manejar la frustración.

 

Pautas por tramos de edad

 

Niños sin dominio del lenguaje (hasta los 3 años)

 

La exposición a pantallas debe ser mínima. En este periodo, es difícil trabajar habilidades para manejar la frustración por su escaso dominio del lenguaje. Lo mejor es tener rutinas claras que el niño puede aprender. Esto le permite predecir lo que va a ocurrir y, al disminuir la incertidumbre, disminuimos la ansiedad y la probabilidad de rabietas en general.

 

Si aparece la rabieta permanerecemos firmes pero calmados; no podemos devolverle la pantalla ni negociar con él porque estaríamos dando por buena la rabieta, pero tampoco podemos gritar ni perder el control porque estaríamos validándola (si mis papás hacen ‘rabietas’ yo también) . Es importante comprender que el niño no ‘me esta montando la rabieta’ sino que me está expresando su frustración.

 

Niños no adolescentes (3-9 años)

 

Es bueno anticiparles la aparición de la frustración y elaborar un plan para manejarla cuando aparezca. Evitaremos frases del tipo ‘¿pero te vas a poner insoportable cuando toque apagar la tele?’ Lo mejor es validar la emoción y normalizarla, mostrando nuestra comprensión y ofreciendo estrategias adecuadas para gestionarla.

 

Por ejemplo: puedes ver un capítulo de la serie (delimitamos el uso) pero es posible que cuando termine el capitulo te sientas enfadado. Esto es normal, a mí también me ocurre (planteo la aparición de la emoción, la causa de la misma y la normalizo al hacerle ver que a mí también me ocurre). Decirle que si se siente frustrado y tienes ganas de gritar, puede:

 

- Cerrar los ojos muy fuerte y hacerte el invisible hasta que pase el enfado.

- Meter las manos en los bolsillos y apretar los puños hasta que pase el enfado.

- Tomar mucho aire y soltarlo despacito hasta que pase el enfado.

 

Estas estrategias son técnicas que recomendamos a los padres en la consulta y ayudan al niño a templar la emoción, dándole tiempo para pensar, permitiéndole gestionar la situación de manera adecuada.

 

Pre-adolescentes y adolescentes (a partir de 10 años)

 

El objetivo en los adolescentes, en relación con la limitación de las pantallas, es doble. Por una parte debemos trabajar el manejo de la frustración; y en segundo lugar, la autonomía.

 

Una estrategia interesante para fomentar la autonomía es negociar con el adolescente el tiempo de utilización del dispositivo, para hacerle corresponsable de los limites y las consecuencias. El objetivo es que él aprenda a ordenar su conducta basándose en argumentos razonables y no en sus emociones o apetencias.

 

No debemos perder de vista que, el fin último de la educación es ayudar a nuestros niños a ser felices. Esto exige alcanzar el equilibrio entre: la autoafirmación, que se manifiesta en la defensa de mi identidad y mis intereses; y la necesidad de sentirnos integrados socialmente, que requiere el cumplimiento de las normas y una relación respetuosa con los demás. Para obtener dicho equilibrio es preciso conocer las propias emociones y gestionarlas adecuadamente, construyendo una personalidad única que nos permitirá conquistar nuestra libertad.

 

*Ana Mas Villaseñor es graduada en Medicina por la universidad de Navarra y actualmente está en su cuarto año de formación como Médico Interno Residente de psiquiatría. Desde su perfil de Instagram @anamasvilla (Maravillosa.Mente)  escribe sobre psiquiatría y ofrece tips de salud mental y educación. Es madre de dos hijos.

 

ReL - Sapos y Princesas - 25.06.2019

 

Foto: Freepik 

 

Los padres son el pilar para un niño, sobre todo en los primeros años de vida. La influencia de los padres y la familia en la salud psicológica del menor es decisiva. Algunas de las maneras en que esta relación se convierte en tóxica o perjudicial para el niño, están relacionadas con características del sistema familiar y del rol que ocupan en la familia, así como con el estilo de crianza y las conductas de los padres. 

 

A continuación, Úrsula Perona, en la web Sapos y Princesas, describe 7 tipos de padres que se caracterizan por un estilo de crianza tóxico para sus hijos, pues afectan negativamente su sano desarrollo.

 

1. Padres con problemas psicológicos no tratados

 

Una de las circunstancias que podemos mencionar, es cuando los progenitores tienen problemas psicológicos no tratados. Los padres con depresión, ansiedad, trastornos de personalidad u otros problemas psicológicos que no están diagnosticados o no están recibiendo tratamiento, pueden presentar carencias y dificultades para cuidar adecuadamente a sus hijos. Para poder desempeñar adecuadamente la tarea de criar, primero debemos cuidar de nosotros mismos. Solucionar nuestros problemas psicológicos nos ayudará a encontrarnos equilibrados, fuertes y capaces de educar a nuestros hijos.

 

2. Padres maltratadores

 

Por supuesto los padres maltratadores, que utilizan con frecuencia la violencia física o verbal con sus hijos, crean un ambiente tóxico en casa, y minan la seguridad y la autoestima de los menores. Aprender otras maneras de poner límites es necesario. También observar si esa violencia tiene relación con una dificultad para gestionar la ira o la frustración.

 

3. Padres indiferentes

 

En el otro extremo estarían los padres indiferentes, aquellos tan permisivos y laxos en la educación de sus hijos que parece que éstos no les importen. La crianza implica una serie de sacrificios y renuncias que no todos los progenitores están dispuestos o preparados para asumir. Si ‘pasamos’ de nuestros hijos, si no les guiamos y educamos adecuadamente, el mensaje que les enviamos es que no nos importan. Que no vale la pena molestarse en educarles.

 

4. Padres manipuladores o extorsionistas

 

Hay otro tipo de padres, los manipuladores y extorsionistas. En este grupo podemos encontrar personas que instrumentalizan a los hijos: los usan sibilinamente para ‘solucionar’ los problemas de la pareja, para conseguir sus deseos o en general porque piensan que los niños están a su servicio. Puede haber más o menos consciencia en estos actos, pero desde luego, aunque no sean intencionados, perjudican gravemente a los niños.

 

5. Padres que se alían con los hijos para ir en contra de la pareja

 

Cuando los padres se alían con los hijos para ir en contra de la pareja, cuando se crean coaliciones entre uno o varios miembros de la familia, se producen alteraciones en el sistema familiar. Aquí el niño también está instrumentalizado, es utilizado para algo. Para que la madre o el padre tengan más fuerza frente a su pareja, para dejarle fuera del sistema familiar o para lograr cualquier objetivo. El niño es usado como paño de lágrimas, se convierte en confesor de alguno de los progenitores, ocupando un lugar en la familia que no le corresponde.

 

6. Roles cambiados: niños que cuidan de sus padres

 

Los roles cambiados es otra de las formas en que identificamos a las familias tóxicas. Niños que desde bien pequeños tiene que ‘cuidar’ de sus padres, bien porque tengan problemas físicos o mentales, o bien porque son explotadores. Niños que asumen responsabilidades que no les pertenecen. Niños forzados a madurar antes de tiempo y que se quedan sin infancia. De mayores puede que sean dependientes emocionalmente, inseguros, ansiosos… Niños a los que no se les ha permitido ser niños.

 

7. Padres que proyectan sus frustraciones en sus hijos

 

Y por último, los padres que proyectan sus frustraciones en sus hijos. Padres que no están satisfechos con su vida, que se sienten fracasados o infelices, y pretenden que sus hijos realicen aquello que ellos no han realizado. Que consigan éxito, sean famosos, bailen o canten o destaquen en el fútbol. Cualquier expectativa que los padres ponen sobre los hombros de sus hijos, y que no tienen que ver con los niños sino con ellos mismos, se convierten en una pesada carga para el niño y una fuente de insatisfacción y frustración.

 

Como vemos existen muchas conductas y situaciones que pueden convertir a la familia en un entorno tóxico. La familia es el sistema principal de interacción del niño, y debe ser un entorno cálido, equilibrado, que proporcione estabilidad y bienestar, y donde los problemas de los padres los resuelvan los padres, no los hijos.

 

 

ElPais.com - 06.05.2019

 

Foto:  Freepik - katemangostar

 

Una mamá bloguera cansada de recibir críticas sobre la forma cómo educaba a sus hijos, decidió denunciar su caso y dio voz a muchas mujeres que pasan por lo mismo, consiguiendo un gran alcance en las redes.

 

“Tienes que dar lactancia exclusiva a tu hijo”, “no puedes estar cansada, tú tienes una hija y yo tres”, o “dale a tus hijos alimentos orgánicos”, por ejemplo, son frases que pueden parecer ingenuas, pero que pueden causar dolor en la madre que lo recibe: mermando su autoestima, aumentando su sentimiento de culpa o creyendo que está criando de una forma incorrecta. Y hay una realidad según los expertos: ninguna forma es mejor que otra a la hora de cuidar a nuestros hijos, obviamente dejando de lado todo lo que arremeta o lleve a la pérdida de respeto hacia el menor. Esa postura de indefensión te lleva a desahogarte, a querer contar lo que te está pasando, y muchas veces no puedes hacerlo con tu entorno y acudes a las redes sociales; un arma de doble filo: es un lugar muy útil, pero en el que estás expuesta. Mientras unos te apoyan, otros te pueden machacar.

 

Esto es lo que hizo la bloguera Maya Vorderstrasse en su cuenta de Instagram (ver aquí), ella decidió contar lo que le había ocurrido. “Una compañera madre me dijo: “el hecho de que tengas tiempo para colgar fotos en las redes, me dice que no tienes ni idea de lo que es estar cansada de verdad. Yo tengo ocho hijos, tú tienes dos, supéralo. ¿Por qué su cansancio es real y el mío no?”, se preguntaba la bloguera.

 

“Eres buena madre si tienes una casa limpia o sucia”, continuaba en su mensaje, “también lo eres si te desahogas o si escondes tus problemas; si te quedas en casa y te vuelves loca, o si vas a trabajar y echas mucho de menos a tu bebé; si cocinas o si le das compota para comer”. Y prosigue con la lista: “si le das tetero, si le das el pecho, si eres soltera o casada, pobre, rica, madre joven, mayor o eres madre del tipo A o B, si tienes un hijo o 12, TÚ ERES LA MEJOR MADRE”, exclamaba.

 

“No permitas que nadie te diga lo contrario”, aconsejaba. “Amamos a nuestros hijos y lo hacemos lo mejor que podemos. No seas parte del problema, no contribuyas a la cultura del odio y del prejuicio que puede destrozar la autoestima y la confianza de las mujeres. No sabes su historia”.

 

Tras su alegato, Vorderstrasse decidió crear el hashtag #MOMSAGAINSTMOMSHAMING , “por favor, úsalo”, reclamaba la bloguera. Y su comentario fue muy aplaudido. Su mensaje lleva más de 28.000 me gusta y más de 2.100 comentarios. Convirtiendo una situación cotidiana, en un problema de muchas mujeres que ha cogido relevancia.

 

Algo que no solo te pasa a ti 

 

La experta Irene S. Levine, profesora de psiquiatría de la Universidad de Nueva York daba cinco pautas en Today para afrontar estas vejaciones:

 

Evita los comentarios. Si sabes que una madre te tiene manía, no te la cruces. No hace falta que sufras.

 

Si no pudieras evitar el acoso, distánciate de ella o ellas lo máximo posible físicamente.

 

No te tomes el acoso como algo personal, seguramente la acosadora esté haciendo lo mismo con otras.

 

No formes equipo contra la acosadora, acosar al acosado nunca funciona.

 

Protege a tu pequeño, no dejes que las palabras o actos de la acosadora le dañen.

 

No pienses que puedes cambiar a alguien que te acosa, nunca funciona.

 

Los temas que son más susceptibles para sufrir acoso y generan más críticas entre madres son cinco:

 

1. La lactancia

 

2. Colgar fotos de tu hijo en Internet

 

3. Comida orgánica

 

4. Salir arreglada

 

5. Madres trabajadoras vs madres en casa

 

Hay crianzas como tipos de personas. Lo importante no es quien es la mejor madre, sino priorizar el bienestar de los hijos, haciendo lo que a ti parece mejor y por supuesto, a no ser que ponga en riesgo al menor, nadie puede juzgarte por hacerlo de una manera u otra.

 

*Publicado originalmente en ElPaís

 

Aprendemosjuntos.elpais.com - 27.05.2019

 

 

 

“No quiero dar una imagen de madre perfecta a mis hijos; no quiero que ellos me vean como una mujer inquebrantable. ¿Por qué? Porque cuando pasen los años y ellos salgan ahí fuera, al mundo real, y tengan su primera caída, su primer fracaso, no quiero que se vengan abajo pensando: ‘Qué decepción. Mi madre aquí nunca se hubiese caído, porque mi madre era perfecta’”.

 

Lucía Galán Bertrand es pediatra, escritora, madre y conferenciante, más conocida como ‘Lucía Mi Pediatra’, Premio Bitácoras al mejor blog de Salud e Innovación Científica 2015 y Premio Mejor Divulgadora de España por la Organización Médica Colegial 2018. Ha publicado, entre otros libros, los títulos ‘Lo mejor de nuestras vidas’, ‘Eres una madre maravillosa’, ‘El viaje de tu vida’ y 'Cuentos de Lucía Mi Pediatra'. Recientemente ha sido nombrada miembro del Comité Asesor de UNICEF y ha convertido la pediatría en materia de debate con base científica a través de las redes sociales. Su labor divulgadora no se limita a informar sobre mitos de la salud, virus y fiebre, antibióticos y vacunas, sino también educación emocional. Desde rabietas y frustraciones a educar en la empatía y la cooperación: "No hay tercer mundo, ni primer mundo. Todos pertenecemos a este mundo y es nuestra responsabilidad dejarlo un poco mejor de lo que lo hemos encontrado", concluye.

 

Les dejamos con el video de su testimonio, el cual hace parte de la colección "Aprendemos juntos" del BBVA y El País.

 

 
 

 

Ver también: 

VIDEO: “La mayor discapacidad es la falta de confianza en uno mismo”. Enhamed Enhamed
VIDEO: ¿Puede el perdón curar el dolor?. Irene Villa

VIDEO: "Prepara a tu hijo para la vida, no la vida para tu hijo”. Tim Elmore

VIDEO: "Sed los entrenadores emocionales de vuestros hijos". Elsa Punset

VIDEO: “La atención es el nuevo cociente intelectual”. Gregorio Luri

VIDEO: “Sobreproteger a los niños es desprotegerlos”. Eva Millet
VIDEO: "Siete pasos para ayudar a tu hijo a entender sus emociones". Rafael Guerrero

VIDEO: "La frustración nos hace más humanos y más inteligentes". María Jesús Álava

 

Luz Ivonne Ream / misionerosdigitales.com - 08.04.2019

 

Foto: Freepik 

 

Ver crecer a los hijos produce un sabor agridulce en el corazón. ¡Y eso pasa en un abrir y cerrar de ojos! Por eso compartimos este escrito de Luz Ivonne Ream, el cual puede conectarse con el sentir de muchas madres que nos leen. 

 

***

¡Cómo me está costando dejar ir la niñez de mis hijos! ¡Cuánta añoranza hay en mi alma!

 

Recuerdo como si fuera ayer este cuadro de mis hijos llegada la hora de ir a la cama: “Mamá, ¿Me duermes? ¿Te puedes quedar un rato conmigo hasta que me quede dormido?” 

 

Esta era la pregunta que por años me hicieron. 

 

Y a lo lejos siempre se escuchaba la voz del papá: “Cual me duermes. Ya están muy grandecitos para dormirse solos”.

 

Invariablemente esta fue mi respuesta: “Déjame aprovechar estos momentos en que aún me invitan a estar con ellos. Ya llegará el día en que ellos mismos me echen de su habitación”.

 

Dicho y hecho. Por años mi esposo y yo nos turnábamos por las noches para estar con cada uno, hasta que un día dejaron de “necesitarnos”. Así, sin saber ni cómo ni cuándo, crecieron… ¡Pero, en qué momento! 

 

Hay que aprender a mirar atrás con agradecimiento y no con tristeza

 

Claro, uno educa a los hijos para dejarlos listos para la vida. Para que justo suceda eso, que llegue el día en que nos digan: “Mamá, papá, te amo, pero ya no te necesito porque me dejaste listo para vivir sin ti, para volar. Ya soy grande”.

 

Crecieron y nos dimos cuenta que el amor y el tiempo que les regalamos de forma incondicional fueron de los principales ingredientes para que ellos mismos desarrollaran esas alas fuertes con las que ahora vuelan en busca de cumplir con su misión de vida, pero también fueron las raíces firmes para vivir sus vidas arraigados en lo que verdaderamente tiene valor: la familia. Todo eso es los que les mostrará el camino de regreso. Antes, nosotros -los padres- éramos todo su mundo. Ahora, ellos crearon su propio mundo y es su derecho vivir en él. 

 

Por lo mismo hablo de esa sensación agridulce en el alma. Sale la sonrisa del rostro por la gratitud a Dios al ver en quienes se están convirtiendo, hombre y mujeres de bien que aspiran siempre al bien mayor, pero no se puede negar que también se siente algo -o mucha- nostalgia, añoranza, tristeza. Sí que se extraña su niñez. 

 

Aunque no vale la pena quedarse estacionado en la esquina de “melancolía” con “ya quiero llorar porque extraño a esos niños”. Sí, hay que recordar, pero para agradecer, para alegrarse, para deleitarse y reírse remembrando tantas y tantas travesuras y eventos que en ese momento se les dio demasiada importancia, como el tiradero de juguetes, el caos de la casa que parecía interminable. Las noches de desvelo, los hijos corriendo a tu cama porque tienen miedo.  O las vocecitas gritando cada 5 minutos: “Mamá, mamá, mamá…” Y la mamá histérica: “¡Ya no me digas mamá; ya no me llamó así!” 

 

¿Desearía que mis hijos volvieran a ser pequeños? Pero claro, mentiría si lo niego. Quizá para arreglar lo desarreglado, para hacer las cosas mejor… Cuánto tiempo perdido en cosas absurdas, tantos regaños sin sentido…  También, hay tantos, tantísimos recuerdos tan maravillosos en que hubiéramos querido que el tiempo se detuviera, que los congelara. 

 

Los peques ya no son peques, nos crecieron en un abrir y cerrar de ojos. Al final del día, para los papás, los hijos nunca dejarán de tener el corazón de niño. Siempre serán nuestros niños. 

 

*Luz Ivonne Ream, Coach certificado (Ontológico/Matrimonio/Divorcio) y Orientadora Familiar y Matrimonial. Texto publicado en misionerosdigitales.com

 

 

 

 

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