Por Patricia Gómez/Sontushijos.org - 10.07.2017

 

 

 

Ha acabado el curso y todos estamos cansados. Decía un amigo: “El que no esté cansado en junio, que se preocupe...”. Vemos con alivio la llegada de las vacaciones, que para los padres de familia son una moneda de doble cara: necesitamos descansar y junto a eso, la paternidad es un trabajo a jornada completa, que no incluye vacaciones en el sentido tradicional del término.

 

A estas alturas ya tenemos el verano organizado, hemos apuntado a los hijos a campamentos o cursos de idiomas, hemos decidido donde pasaremos las vacaciones,... todo ello con bastante esfuerzo y buscando lo mejor para ellos. Quizá queda sólo pendiente un aspecto más sencillo desde el punto  de vista logístico, pero de más calado. ¿Qué me gustaría para mis hijos estos meses? ¿Qué espero de ellos? ¿Qué esperan ellos de mi?

 

En términos generales, todos daríamos respuestas parecidas: que descansen, que disfruten de las vacaciones... Si queremos concretar un poco más, hay que tener en cuenta de que edades estamos hablando.

 

En el caso de bebés, o niños de infantil y primaria, a menudo el primer objetivo es resolver la complicada conciliación de las vacaciones escolares con el mes de vacaciones que tiene el común de los mortales. Una vez conseguido ese reto, no pequeño, el éxito está asegurado, porque estamos deseando disfrutar de ellos y poder dedicarles más tiempo, lo cual es absolutamente compatible con acabar las vacaciones agotados y notar cierto alivio cuando vuelven al colegio...

 

A esas edades una buena meta es no perder lo ya conseguido, y seguir trabajando los hábitos en los mas pequeños y las virtudes en los que son un poco mayores. Si durante el curso un niño ha superado el dodotis o ha conseguido comer de todo es una pena que retroceda, así que habrá que mantener el esfuerzo, aunque dentro de un clima más relajado.

 

Y lo mismo ocurre con los objetivos que nos hemos propuesto para un niño de primaria: la alegría, la sinceridad, el orden, no son metas del curso académico, sino de la persona. Sobre todo conviene dedicarles todo el tiempo que podamos, porque ese es su mayor deseo y lo que más contribuye a que disfruten de las vacaciones.

 

Aunque a los padres más jóvenes les pueda sorprender, la cosa se complica cuando los hijos crecen. ¿No sé suponía que iba a ser más sencillo, porque ya no hay que buscar cuidadoras de refuerzo, pedir ayuda a los abuelos, buscar campamentos a pensión completa...?

 

Evidentemente, la autonomía personal es mayor y eso facilita la organización, pero la llegada de la preadolescencia y adolescencia añade cierta emoción a los veranos familiares. Con frecuencia, la principal -y a veces  única- preocupación filial es tener wifi 24 horas y no se reciben con agrado nuestras sugerencias sobre su forma de descansar.

 

Ante una situación como ésta, los padres podemos claudicar y hacer la vista gorda o entrar a todas y vivir en un enfrentamiento permanente. No podemos pedirles que en vacaciones se levanten pronto, practiquen deportes, hagan voluntariado, refuercen un idioma, mantengan ordenada la habitación y vuelvan temprano a casa, pero tampoco es de recibo que no les veamos el pelo -ni siquiera cuando necesitan dinero, porque usan Bizum- o tenerlos todo el día tirados en el sofá, viendo vídeos en YouTube con los auriculares puestos.

 

Lo razonable es darles más autonomía y dejar que elijan como emplean su tiempo libre, con las limitaciones propias del gasto que suponga, la edad que tengan, la colaboración con las tareas domésticas y la vida en familia, que por otra parte es lo que ven en sus padres, cuyas vacaciones no suelen ser excesivamente ociosas.

 

Si establecemos unas pocas normas que faciliten la convivencia y nos mantenemos firmes en esos puntos, siendo flexibles en el resto, probablemente al final del verano habremos descansado más, y lo que es más importante, ellos habrán tenido la ocasión de comprobar que no es necesario transgredir las normas para pasarlo bien.

 

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