Por LaFamilia.info - 12.11.2019

 

Foto: Pinterest 

 

El bautizo es el primer sacramento que recibimos, eso lo hace verdaderamente especial. Desde aquí comienza un camino espiritual que los padres, junto a los padrinos, debemos recorrer de la mano de los hijos. Por eso, es un momento que vale la pena celebrar, aquí te daremos algunos puntos que debes tener en cuenta para organizar el bautizo de tu bebé.

 

No hay qué hacer una súper fiesta con bombos y platillos, ni caer en excesos de ninguna clase, pero sí puede ser una bonita celebración para compartir en familia, algo muy íntimo y especial, pues es una fiesta de alegría, de luz, por un nuevo nacimiento en el reino de Dios, ¡así que toma nota a estas recomendaciones!: 

 

1. Háblale a tu bebé del bautizo, enséñale su significado  

 

No importa que tenga días o meses de nacido, háblale a tu bebé de lo que va a ocurrir. No entenderá pero irás creando un vínculo emocional entre los dos. Explícale que ocurrirá el día de su bautizo, por qué es un sacramento tan importante, también háblale de sus padrinos y de la bendición tan grande que recibirá el día de su bautizo. 

 

2. Elige los padrinos y recuérdales sus deberes

 

Lo ideal es que los padrinos pertenezcan a la familia o que sean personas muy allegadas a ésta, de forma que vean a su ahijado con frecuencia y no sólo en las fechas especiales del año. 

 

Cabe aclarar que los deberes de los padrinos no son llenarles regalos el día de su cumpleaños o pagarles sus estudios académicos; la verdadera misión de los padrinos es guiar y acompañar a su ahijado en el camino de la vida y de la fe. Como ves, es una gran responsabilidad, ¡asegúrate de escoger unos buenos padrinos para tu bebé! 

 

(También te puede interesar: ¿Eres padrino o madrina?: Esta es tu misión)  

 

3. Cuida los detalles

 

Como toda celebración, cada detalle es importante, ¡y esta no es la excepción! Así comienza por elegir unas hermosas tarjetas de bautizo como las de Cottonbird, serán una linda forma de convocar a tus invitados. 

 

En cuanto a la decoración de la mesa, selecciona arreglos florales sencillos, unas lindas velas o incluso macetas pequeñas con plantas, de forma que le den un toque elegante y especial.  

 

Las tonalidades que más se usan en los bautizos son las claras y pasteles, pero si quieres darle algo de color puedes optar por el verde, para así buscar un estilo muy natural y botánico. 

 

También puedes dar a los invitados un recordatorio de este significativo momento: una velita, una oración impresa en un papel fino, una cruz, un chocolate, un mensaje de agradecimiento… En fin, hay muchas opciones que se pueden personalizar para hacerlo aún más auténtico. Aquí puedes ver más ideas sobre cómo organizar un bautizo.

 

4. Reserva con anticipación la Iglesia y organiza los documentos necesarios

 

Acércate a la parroquia días previos para tener al día todos los documentos necesarios, como por ejemplo la partida de nacimiento, identificación de los padres y padrinos, entre otros. Es mejor que no te lleves sorpresas de último momento. 

 

Igualmente coordina una reunión previa con el Sacerdote que celebrará el bautizo, él les orientará sobre el Sacramento y les informará sobre el ritual de la ceremonia. 

 

Esta celebración reúne muchas alegrías y emociones, ¡por eso haz que sea memorable!

 

 

 

Aleteia.org - 04.09.2019 

 

 Foto: Rawpixel

 

“El hombre que en su niñez aprende a rezar, no lo olvida jamás. Las pasiones y luchas de la vida, las rebeldías de la razón y los sentidos, podrán conducirle a la incredulidad, y aun a los peores excesos de la negación y la blasfemia. Pero un resto de fe infantil queda en el fondo del alma, como los caracteres del primitivo manuscrito en el viejo pergamino”.

 

Lo enseña Raúl Méndez Moncada, un muy querido sacerdote venezolano que murió recientemente a la edad de 101 años, dejando particularmente conmovidas a las regiones andinas de la nación sudamericana.

 

El texto forma parte de la “Carta Familiar” del Diario Católico, un “invento” del jefe editorial José Laureano Ballesteros que sobrevivió durante casi un lustro, brindándole al simpático abuelo la oportunidad de evangelizar cada domingo a través de una página encartada en el periódico centenario.

 

Raúl Méndez Moncada fue un estimado sacerdote. Una autoridad moral de los andes venezolanos, donde formó a no pocas generaciones, que incluye tanto a las más jóvenes como a las del clero del que era decano.

 

Más vigente que nunca, hoy cuando se despide para volver a los brazos de Dios, compartimos una de las más bellas piezas de su dominical “Carta Familiar”, un escrito de gran riqueza, con extraordinarias enseñanzas:

***

Las madres presentando sus hijitos a Dios en el templo. ¡Qué cuadro más hermoso! Ese debe ser el papel de las madres: llevar sus hijos a Dios desde pequeños. François Coppe, el gran escritor y poeta francés del siglo pasado, tiene una bella página que quiero transcribirles:

 

“De todos los espectáculos que puede ofrecer el género humano, ¿hay alguno más conmovedor, más suave y atractivo, que un niño que reza? Su madre lo ha puesto de rodillas sobre su camita, le ha hecho juntar sus manecitas y le enseña a pronunciar, una a una, las palabras de una breve oración; ésta será por ejemplo, si es muy pequeño: ‘Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía’ o si es mayorcito, el sublime Padrenuestro y el Ave María”.

 

Por la mañana el niño levanta su carita al cielo azul, cuya pureza se refleja en el cristal inmaculado de sus ojos; y por la noche, a la apacible luz de la lámpara, en la pieza templada y tranquila, parece que un ángel asiste en las sombras, a la deliciosa escena para dar testimonio en el paraíso de este adorable acto de fe.

 

Sin duda, el niño no comprende todavía las palabras sagradas que pronuncia, pero sabe que su madre se complace en oírselas repetir; la mira sonriente, dejando ver que sus caricias son más tiernas; y junto a ese corazón que late, junto a ese seno tibio, respirando esa atmósfera de amor de y piedad, se despierta en su alma el instinto religioso.

 

En cuanto a esa madre feliz no hay en su vida instante más dulce que aquel en que presenta ante Dios a su niño con las manos juntas y arrodillado en su pequeña cama. ¡Qué inmensa dicha rezar con él, por él y para él!

 

No siente en tales instantes ese respetuoso temor que nos inspira a veces la Divinidad. Su corazón rebosa de abandono y confianza porque está segura de que Dios oirá las plegarias que balbucea una boca tan pura, y no duda que Aquél, en quien residen la fuerza infinita y la ciencia absoluta se sentirá complacido por tanta inocencia y debilidad.

 

Además, en el cielo hay una Madre, la Virgen Santísima, que es fuente de toda gracia y sabrá obtener lo que le pide otra madre por medio de su hijo cándido y puro.

 

Sí, son de seguro muy agradables a Dios y se elevan como una nube de incienso hacia la gloria, las plegarias de todos los cristianos, los himnos litúrgicos de los sacerdotes, las armonías con que los órganos hacen vibrar las inmensas naves de las catedrales, los coros de los peregrinos que al encaminarse hacia algún santuario hacen resonar los ecos de las montañas, los sollozos de los desdichados, el llanto de los arrepentidos; las plegarias ardientes del monje y la religiosa, arrodillados en sus celdas…. sí, todos suben hasta el trono de Dios.

 

Pero Él ante todo es Padre, y entre el inmenso y eterno rumor de tantas voces que le alaban y bendicen, seguro estoy que oye con especial ternura las sencillas y casi inconscientes oraciones de los niños, que se confunden con el gorjeo de una inmensa multitud de pajarillos que se posan en los árboles.

 

El hombre que en su niñez aprende a rezar, no lo olvida jamás. Las pasiones y luchas de la vida, las rebeldías de la razón y los sentidos, podrán conducirle a la incredulidad, y aun a los peores excesos de la negación y la blasfemia. Pero un resto de fe infantil queda en el fondo del alma, como los caracteres del primitivo manuscrito en el viejo pergamino.

 

Llega la hora de la prueba, la hora de un gran dolor, físico o moral… ¡Ahí cómo se acuerda en seguida el hombre maduro del día ya lejano en que arrodillado en la cuna, sentía en sus mejillas el calor del rostro de su madre que le enseñaba el Padre Nuestro y el Ave María!

 

Y entonces probablemente sentirá que su orgullo se derrumba, cubrirá su rostro con las manos y lanzará ese grito tan propio de toda boca humana: ¡Dios mío, ten compasión de mí! Este grito para un alma que naufraga, es el faro que brilla en las tinieblas, junto al puerto de salvación.

 

Qué gran poder tienen las madres. En su regazo está el futuro de la humanidad. Con su abnegación, con su honradez, con su ternura y delicadeza van moldeando esas esculturas que son los hijos, niños o jóvenes que después adornarán las galerías de la Patria y de la Iglesia.

 

Las madres no deben prescindir nunca del elemento religioso. Ellas son las que deben mantener viva la llama de la fe en los hogares; las que deben dar las primeras enseñanzas religiosas a sus hijos: las que deben encaminar sus pasos hacia la Iglesia, especialmente los domingos para que ya desde pequeños se acostumbren a cumplir con sus deberes religiosos.

 

Dichoso pues el hijo que en su madre cristiana encontró aquella primera e indispensable enseñanza de la fe y de la virtud.

 

Jacinto Benavente, el gran dramaturgo español, tuvo una madre extraordinaria, honesta religiosa, preocupada de los suyos. Cuando murió, su ilustre hijo dijo estas palabras: “Si no hubiera cielo habría que inventarlo para mi madre, porque ella era una santa”. Que todos los hijos puedan decir iguales palabras de sus madres.

 

*Publicado originalmente en Aleteia.org

 

ACI Prensa - 24.10.2018

 

Foto: Pixabay 

 

El Arzobispo de Nueva York, Cardenal Timothy Dolan, alentó a recuperar una serie de “ricas tradiciones” muchas veces olvidadas por los católicos, y que considera “poderosamente providenciales para mantener a las familias unidas, fuertes, saludables y santas”.

 

Necesitamos toda la ayuda posible en estos días de tensión, confusión y desafío en la vida matrimonial y en la familia”, señaló.

 

Estas son las 13 tradiciones que recomienda recuperar el Arzobispo de Nueva York, aunque aseguró que “pueden ciertamente añadir (más) a la lista”:

 

1. Celebraciones alegres pero sencillas de bautismos, primeras comuniones, confirmaciones, matrimonios y aniversarios de matrimonio.

 

2. Adorar a Dios fielmente juntos como una familia en la Misa dominical, y preservar los regalos de tiempo de calidad y una comida juntos, al menos en el Día del Señor, si no se puede más a menudo durante la semana.

 

3. Tener agua bendita, crucifijo, Biblia e imágenes de Jesús, María y los santos en nuestras casas.

 

4. Una verdadera celebración del Adviento, mientras nos preparamos a celebrar el nacimiento de Jesús.

 

5. Una atención especial a la preparación del pesebre de Navidad en la casa.

 

6. El cumplimiento en familia de la Cuaresma, especialmente a través de prácticas penitenciales comunes, mayor compasión por los pobres, enfermos y necesitados, y acercamiento como familia al sacramento de la reconciliación.

 

7. Dar a los niños nombres bíblicos y cristianos.

 

8. Tomar con mucha seriedad los deberes de los padrinos en el bautismo y la confirmación.

 

9. Pedir a un sacerdote que bendiga un nuevo hogar.

 

10. Peregrinaciones familiares.

 

11. Reunirse en torno a familiares que están enfermos y moribundos, y unirse en la fe en el momento de la muerte y el entierro.

 

12. Recordar a los padres y a los miembros de la familia en la Misa, en el aniversario de su muerte.

 

13. Pedir la bendición de los padres expectantes y la intercesión especial para parejas que luchan por concebir un bebé.

 

Por Infovaticana.com - 8.07.2019

 

Foto: jcomp 

 

¿Cómo pueden los padres introducir en la vida familiar diaria, tan ajetreada, la oración, el encuentro con Cristo? A esta pregunta responde el cardenal Raymond Leo Burke en Esperanza para el mundo –publicado por Bibliotheca Homo Legens-, incidiendo en la bendición de la mesa, en el fomento de la devoción al Sagrado Corazón, el rezo del Rosario o el examen de conciencia.

 

Compartimos aquí íntegramente la reflexión de Burke sobre la oración en familia:

 

Es un tema muy importante y empieza al despertarse. En la hora de las comidas, la oración de bendición de la familia, la comida y las gracias después de comer. Otra devoción efectiva es dedicar un rincón de la casa al Sagrado Corazón. Basta una imagen, una estatua, una vela, para facilitar la reunión de la familia, que rezará por el mundo y por los que sufren. También está el rosario. Al principio, recitar una decena es importante para entrenar a los más pequeños, incluso si es difícil para los padres. Con la repetición y la práctica, el rezo del rosario es cada vez más hermoso. Cada noche, cuando los niños se van a la cama, es importante ayudarles a hacer examen de conciencia, a recitar el acto de contrición y a decir una breve oración pidiendo a Dios la protección durante la noche, porque la noche es el símbolo de la muerte y trae muchas tentaciones. Recuerdo cuando aprendí la oración a san José para una buena muerte que, de hecho, sigo recitando. También es importante enseñar al niño a desarrollar un total sentimiento de la presencia y protección de su ángel de la guarda. La simple oración al ángel de la guarda era algo muy importante para mí, desde siempre.

 

Pero, ¿y si no hay tiempo? ¿Y si entre el asfixiante quehacer diario no hallamos un momento para encontrarlos con Él cara a cara?

 

Se tiene que encontrar tiempo para dedicarlo exclusivamente al Señor en la oración. He oído a sacerdotes decir: «Mi trabajo es mi oración». Sí, es bueno santificar el trabajo, pero temo no tener la fuerza de santificar el trabajo y mi vida diaria si no dedico tiempo a Dios, a veces media hora, a veces quince minutos. Al final del día, cuando los niños están en la cama, se puede buscar tiempo para leer la Sagrada Escritura o un libro de meditaciones. Puedo experimentar el silencio ante la presencia de Dios, diciéndome que estoy en sus manos. Es muy importante consagrar el día al Señor, sobre todo para los esposos. Es bueno que la oración sea individual, pero también comunitaria.

 

 

Por Anna O'Neil / Alteia.org - 10.08.2018

 

Foto: Cathopic 

 

Todos los padres en algún momento nos hemos sentido desmotivados por el mal comportamiento de nuestros hijos pequeños en misa, tanto que podemos dejar de llevarlos, sin embargo, esta bonita carta nos da una gran lección:

 

Queridos padres y madres exhaustos y desanimados:

 

Así que sus hijos son terribles en misa. Caóticos, desobedientes y alborotadores, semana tras semana. Es como si el gran foco de un circo concentrara su luz sobre ustedes todo el tiempo, ustedes y su paternidad aparentemente de inferior calidad.

 

Estoy  ahí, con ustedes. He empezado a tener miedo de los domingos.

 

Es decir, lo hemos intentado todo. Ir a la primera misa de la mañana, ir a la misa vespertina, usar libros de misa, explicaciones susurradas, amenazas susurradas, nos hemos sentado delante, nos hemos sentado atrás, hemos ido directamente a la sala de los niños para que lloren…

 

Y tal vez algunos de los trucos han ayudado, pero la conclusión es que no hay manera de salir de ese edificio sin que algún hijo grite, corra como un loco hacia el altar o Dios sabe qué.

 

Sin embargo, a pesar de todo, cada semana, yo y mi ruidosa y caótica familia vamos a estar allí (¡al fondo!) meneándonos y distrayendo a todo el mundo, y sometiéndonos al juicio de un gran número de personas, que tal vez no entiendan lo difícil que es  enseñar a un niño pequeño a sentarse en silencio durante 45 minutos.

 

Parece una locura. Aun así, igualmente nos vestimos de domingo y vamos a misa, tal como la Madre Iglesia nos pide.

 

Quiero que sepan que si ésta también es su historia, está bien. Mejor incluso. Cristo tenía algo muy importante que decir sobre personas como nosotros:

 

Después, levantado los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo. Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir”. (Lucas 21,1-4)

 

¿No es eso exactamente lo que estamos haciendo? Estamos dando literalmente todo lo que tenemos, obedeciendo la petición de la Iglesia de asistir a la misa dominical (la vergüenza, desafortunadamente, no es una buena razón para quedarse en casa).

 

Visto desde fuera, parece que hemos hecho lo mínimo. Hemos entrado en el edificio, claro, pero ¿nos estamos concentrando? ¿Estamos teniendo una experiencia espiritual? ¿Acaso escuchamos una palabra del Evangelio, por el amor de Dios?

 

No lo parece demasiado. Somos los únicos que sabemos lo mucho que realmente estamos dando. Pero Cristo también lo sabe.

 

Así como las dos monedas pequeñas de la mujer en la caja de la colecta no parecen nada en comparación con la gigantesca bolsa de oro del hombre rico, nuestra contribución parece tan pequeña que una persona podría preguntarse por qué nos molestamos.

 

¿Por qué venir a misa si vas a pasar todo el tiempo con el protocolo de control de daños con los niños pequeños? Pero Cristo está ahí para recordarnos que no ve lo que ve el resto del mundo.

 

Con frecuencia, salgo de misa sintiendo que todo fue un fracaso. Ni siquiera pude seguir la ceremonia y me fui tan rápido que olvidé hacer una genuflexión. ¿Qué clase de católica soy?

 

Si así es como se sienten ustedes también, no lo olviden: tener niños pequeños o niños con necesidades especiales o cualquier situación en la que se encuentren que haga imposible arrodillarse en silencio y escuchar cuidadosamente, es un tipo único de pobreza.

 

Y nosotros, en nuestra pobreza, realmente damos todo lo que tenemos, simplemente haciéndolo lo mejor que podemos. Aunque lo mejor que podemos hacer sea simplemente estar allí.

 

Así que no preocupen. No se preocupen demasiado por la imagen de su familia. Aunque nunca sea fácil, sigan haciendo lo que hacen y sepan que, aunque el mundo no lo vea, Dios sí percibe cuán valioso es su sacrificio.

 

*Publicado bajo la alianza Aleteia.org y LaFamilia.info

 

 

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