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Por Andrés D’Angelo - Catholic-Link / 27.01.2020

 

Foto: Freepik 

 

Cuando te enteras que tu esposa está embarazada, o cuando te enteras que te darán un niño en adopción, te cambia la vida para siempre. ¡Tú y tu cónyuge van a ser padres! ¡Y de pronto te vuelves loco de amor! 

 

Te prometes que vas a hacer por esa pequeña personita que Dios puso en tu camino, todos los sacrificios posibles, todos los esfuerzos imaginables y que siempre vas a ser un padre y una madre presente, paciente, amoroso y genial. Pero... 

 

1. Luego los niños comienzan a crecer

 

Y te das cuenta de que… las cosas no son tan sencillas. Los niños tienen una extraordinaria capacidad de trabajar la paciencia de la gente mayor casi desde el primer día. Por eso, Dios en su infinita sabiduría puso un papá y una mamá, para que tomen turnos cuidando al pequeño.

 

Las mamás lo hacen instintivamente, y los papás… no tanto, pero ¡podemos aprender! Cuando logramos hacer un gran equipo, los niños se desarrollan plenos y felices.

 

2. Y entonces llega la temida adolescencia

 

No podemos creer que ese pequeño, que era el sol de nuestras vidas, que tantas alegrías nos dio, de pronto se convierta en un ser huraño, protestón, aburrido, peleón y muchas veces tan tonto, que parece que no hay instrumentos para medirlo.

 

Nos busca, y generalmente nos encuentra, y esos encontronazos no son siempre lindos. La relación se desgasta, nos peleamos, nos amargamos y pensamos: «qué lindo será todo después de la adolescencia, cuando mi hijo o mi hija se comporten como adultos serios y responsables». Pero entonces… ¡Tampoco sucede!

 

Nos preguntamos: ¿Por qué esta serie de desencuentros entre el hijo ideal que siempre nos imaginamos y la realidad tan dura?

 

3. ¡Nuestros hijos son libres!

 

Así es, ¡Porque nuestros hijos son seres libres! Dios no solo los creó libres: ¡los quiere libres! ¿Y por qué Dios querría ese disparate? ¿Por qué no los hizo obedientes, buenos, sencillos, manejables y dulces como siempre los imaginamos?

 

Porque Dios quiere hijos, y no esclavos. El amor es una decisión libre, y por eso, la libertad es tan importante para Dios. El problema es que nuestros hijos los «tenemos» nosotros, y su libertad muchas veces choca contra nuestra idealización del hijo. Contra nuestras normas de convivencia, y a veces ¡Contra el mismo Dios!

 

¿Cómo puede ser que ese chiquitín o esa chiquitina que participó en su primera comunión con tanto fervor, de pronto no quiera ir más a Misa? Muchas veces esa revisión de «qué pasó», puede desembocar en una acusación implícita o explícita a nosotros mismos, a nuestra misión como padres.

 

¿Qué hice, o qué hicimos mal para que este pequeño que era tan dócil de pronto se convierta en un rebelde sin causa, que se revuelva contra la autoridad de papá y mamá y quiera «hacer su vida» o que «lo dejemos tranquilo»?

 

4. ¡No pasó nada, ni hicimos nada mal!

 

Nuestros hijos están «haciendo» su camino, y para ello deberán dejarnos, por más que muchas veces les duela a ellos y nos duela más a nosotros. Ellos necesitan resolver sus problemas por sí mismos, porque es una herramienta que necesitan para enfrentar la vida por sus propios medios.

 

Saben instintivamente que no vamos a estar durante toda su vida, y necesitan enfrentar los problemas que generan sus propias conductas en libertad. Podemos pensar en ellos como en pequeñas plantas que hemos mantenido en un invernadero, y que debemos sacar a las condiciones naturales para que se templen, y desarrollen su propias raíces y follajes.

 

El invernadero estuvo muy bien mientras fueron frágiles, ahora es tiempo de que prueben (y especialmente que se prueben a sí mismos) en «condiciones reales». De ese modo, cuando vengan las tormentas de la vida, ya tendrán herramientas para enfrentarlas, porque dejamos que desplieguen sus alas y vuelen.

 

5. ¿Cómo comportarnos ante ese hijo desafiante?

 

Pero mientras tanto, mientras todavía chocamos, mientras nos desesperan con sus actitudes y desafíos, tendremos que saber cómo comportarnos. Qué cosas les ayudan en esta exploración, qué cosas podemos hacer para otorgarles confianza, tal vez para hacer más corto este «recorrido divergente» y este crecimiento, y en última instancia, para no perder la paciencia y perjudicarnos mutuamente en esta etapa de su desarrollo.

 

Para ello me gusta mucho fijarme en la parábola del Hijo Pródigo (o como le gusta llamarla al papa Francisco, la parábola del «Padre Misericordioso»). Viendo la actitud del padre, podremos ver algunas pistas para saber qué hacer en estas circunstancias.

 

6. Tus hijos te van a «pedir la herencia»

 

Como vimos, tarde o temprano, tus hijos van a pedirte «que no te metas más en sus vidas», que te hagas a un lado y te apartes, que ellos necesitan «que los dejes en paz». Te lo garantizo, la primera vez que te pase se te va a partir el corazón en pedazos.

 

No es fácil, no es lindo y es casi seguro que va a suceder, más temprano que tarde. La tendencia natural sería de decirles «mientras dependas de nosotros, cumplirás nuestras reglas». Pero el Padre Misericordioso no hace eso. Al contrario, accede al pedido de su hijo y lo deja ir con «su parte de la herencia» y probablemente con los pedazos de su corazón destrozado.

 

Como te dije en la introducción: ellos necesitan abrirse camino por sus propios medios, necesitan equivocarse y golpearse para poder crecer. Puedes ofrecerle a Dios esos pedazos de tu corazón, para que esa «ruptura» sea fructífera y no tan dolorosa.

 

7. Tus hijos se van a ir a tierras extrañas

 

Cuando se vayan de casa, cuando se vayan a estudiar lejos, o cuando comiencen su vida, habrá tiempos en los que no querrán hablar con ustedes, y sentirás que el corazón se te cae de nuevo a pedazos. ¿Cómo puede ser que no nos quieran llamar, que no quieran pasar su cumpleaños con nosotros, que quieran alejarse voluntariamente de la casa que los vio crecer?

 

Precisamente, porque necesitan ampliar sus horizontes. Conocer gente nueva, experimentar otras formas de ver el mundo, hablar de otros temas, crecer y conocer nuevas experiencias, tal vez algunas que nosotros no nos animamos a su edad… Y también harán algunas cosas que van en contra de nuestras convicciones y creencias.

 

Van a buscarse en tierras extrañas, con la ilusión de descubrirse y encontrarse, pero también… con el riesgo de perderse. ¿Qué hace el Padre Misericordioso?, ¿va a buscarlo?, ¿va a pedirle que vuelva y que no haga lo que está haciendo? ¡No! El padre se mantiene a una respetuosa distancia.

 

Respeta la decisión de su hijo, a pesar de que probablemente haya tenido el corazón hecho trizas. Se mantiene apartado, deja que su hijo busque lo que quiera buscar, incluso con riesgo de que se pierda.

 

8. Puede ser que se equivoquen. Y mucho. Y muy feo

 

El Hijo Pródigo malgasta su herencia en una vida libertina. Nuestros hijos puede ser, que en esa búsqueda de sí mismos, en esa exploración, se equivoquen. Y esas equivocaciones hasta pueden tener consecuencias graves. La herencia del padre se perdió… aparentemente.

 

El hijo, a raíz de sus decisiones equivocadas termina alimentando a cerdos, y deseando comer las bellotas que comen estos animales. Muchas veces, como consecuencia de sus decisiones erróneas, nuestros hijos la van a pasar realmente mal. Nuestra tentación como padres puede ir en dos direcciones, y (en mi opinión) ambas son decisiones equivocadas.

 

En una primera dirección, podremos resolverles el problema, diciendo: «mi hijo no va a comer bellotas de los cerdos», e intervenir con nuestro dinero, recursos o «poder», para que nuestro hijo «no sufra». La otra decisión equivocada sería enfrentarlo y recriminarle por sus errores. «Te lo advertí», «Te lo mereces». La actitud correcta es la del padre. Y ya veremos cuál es.

 

9. Puede ser que pierdan la fe

 

En el sentido simbólico de la parábola, el derroche de la herencia y la vida con los cerdos significan la pérdida de la fe. En esa búsqueda, puede ser que nuestros hijos también la pierdan, y que dejen de practicar la oración diaria, la misa dominical, la confesión.

 

¡Nos desesperamos cuando pasa eso! ¿Por qué, si nosotros les enseñamos bien?, ¿por qué si nosotros rezamos constantemente por ellos?, ¿qué hicimos mal?, ¿qué podemos hacer? Mi querida amiga Silvana Ramos escribió un artículo precioso al respecto, que puedes leer aquí.

 

Pero te lo resumo rápido: la fe es un don de Dios, y nosotros podremos pedirla para ellos, pero nunca podremos reemplazarla forzándolos a hacer prácticas piadosas, por más que a nosotros nos parezca que es lo que tenemos que hacer. Dios quiere hijos, no esclavos.

 

Y tal vez, si los forzamos a hacer cosas contra su voluntad, empeoremos la situación. Paz, y ciencia. Es decir: paciencia. Tengamos paz, sepamos que esto puede suceder y recemos al Buen Dios por la fe de nuestros hijos, que Él nunca deja caer una lágrima de madre o padre en vano.

 

10. El hijo recuerda cómo vivía en la casa de su padre

 

Una de las claves de la parábola es que el hijo, antes de volver, recuerda con cariño la experiencia de su vida como hijo amado. Ahí es donde tenemos que concentrar nuestras energías. El amor de familia, el recuerdo del hogar son la verdadera herencia del Padre Misericordioso.

 

Y eso se forja antes, mucho antes de que nuestros hijos decidan seguir su rumbo. Por eso es tan importante que durante su infancia y adolescencia nos enfoquemos en que su experiencia filial sea lo más benéfica posible. Que sepamos que el amor que les damos durante su infancia y adolescencia va a moldear su carácter, su modo de ver la vida y su modo particular de amar en el futuro a su esposa e hijos, o a sus hijos espirituales en el caso de que Dios suscite la vocación religiosa o sacerdotal en tu hijo.

 

El amor de los padres es reflejo del amor de Dios, y como tal también moldea la fe de tus hijos. No solo el amor que los padres tienen a los hijos, sino el amor que los padres tienen entre sí, así que ¡A cuidar a tu cónyuge, para beneficio de tus hijos!

 

11. El hijo que vuelve

 

Y un día, el hijo que se rebeló, el que se fue a estudiar lejos, el que no quería saber nada con nosotros, el que incluso nos despreció, vuelve. Me corrijo: no vuelve ese hijo, vuelve una persona renovada, un nuevo hijo. Y generalmente, ese hijo templado por las tormentas de su vida, va a ser extraordinariamente mejor que el que se fue.

 

Y tenemos que hacer como el Padre Misericordioso: devolverle inmediatamente y sin preguntar nada, la dignidad de hijo. Nuestro hijo sigue siendo nuestro hijo, pero con una ventaja: ya es un adulto probado por la vida, y va a poder acercarse y comprendernos mucho mejor a nosotros como padres.

 

Ya vamos a poder hablar de igual a igual, de adulto a adulto, de persona fogueada a persona fogueada. Nuestro amor de padres se va a ver engrandecido por lo que nuestro hijo logró por sus propios medios.

 

*Publicado originalmente en Catholic-Link por Andrés D’Angelo

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Por LaFamilia.info - 12.11.2019

 

Foto: Pinterest 

 

El bautizo es el primer sacramento que recibimos, eso lo hace verdaderamente especial. Desde aquí comienza un camino espiritual que los padres, junto a los padrinos, debemos recorrer de la mano de los hijos. Por eso, es un momento que vale la pena celebrar, aquí te daremos algunos puntos que debes tener en cuenta para organizar el bautizo de tu bebé.

 

No hay qué hacer una súper fiesta con bombos y platillos, ni caer en excesos de ninguna clase, pero sí puede ser una bonita celebración para compartir en familia, algo muy íntimo y especial, pues es una fiesta de alegría, de luz, por un nuevo nacimiento en el reino de Dios, ¡así que toma nota a estas recomendaciones!: 

 

1. Háblale a tu bebé del bautizo, enséñale su significado  

 

No importa que tenga días o meses de nacido, háblale a tu bebé de lo que va a ocurrir. No entenderá pero irás creando un vínculo emocional entre los dos. Explícale que ocurrirá el día de su bautizo, por qué es un sacramento tan importante, también háblale de sus padrinos y de la bendición tan grande que recibirá el día de su bautizo. 

 

2. Elige los padrinos y recuérdales sus deberes

 

Lo ideal es que los padrinos pertenezcan a la familia o que sean personas muy allegadas a ésta, de forma que vean a su ahijado con frecuencia y no sólo en las fechas especiales del año. 

 

Cabe aclarar que los deberes de los padrinos no son llenarles regalos el día de su cumpleaños o pagarles sus estudios académicos; la verdadera misión de los padrinos es guiar y acompañar a su ahijado en el camino de la vida y de la fe. Como ves, es una gran responsabilidad, ¡asegúrate de escoger unos buenos padrinos para tu bebé! 

 

(También te puede interesar: ¿Eres padrino o madrina?: Esta es tu misión)  

 

3. Cuida los detalles

 

Como toda celebración, cada detalle es importante, ¡y esta no es la excepción! Así comienza por elegir unas hermosas tarjetas de bautizo como las de Cottonbird, serán una linda forma de convocar a tus invitados. 

 

En cuanto a la decoración de la mesa, selecciona arreglos florales sencillos, unas lindas velas o incluso macetas pequeñas con plantas, de forma que le den un toque elegante y especial.  

 

Las tonalidades que más se usan en los bautizos son las claras y pasteles, pero si quieres darle algo de color puedes optar por el verde, para así buscar un estilo muy natural y botánico. 

 

También puedes dar a los invitados un recordatorio de este significativo momento: una velita, una oración impresa en un papel fino, una cruz, un chocolate, un mensaje de agradecimiento… En fin, hay muchas opciones que se pueden personalizar para hacerlo aún más auténtico. Aquí puedes ver más ideas sobre cómo organizar un bautizo.

 

4. Reserva con anticipación la Iglesia y organiza los documentos necesarios

 

Acércate a la parroquia días previos para tener al día todos los documentos necesarios, como por ejemplo la partida de nacimiento, identificación de los padres y padrinos, entre otros. Es mejor que no te lleves sorpresas de último momento. 

 

Igualmente coordina una reunión previa con el Sacerdote que celebrará el bautizo, él les orientará sobre el Sacramento y les informará sobre el ritual de la ceremonia. 

 

Esta celebración reúne muchas alegrías y emociones, ¡por eso haz que sea memorable!

 

 

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Por Infovaticana.com - 8.07.2019

 

Foto: jcomp 

 

¿Cómo pueden los padres introducir en la vida familiar diaria, tan ajetreada, la oración, el encuentro con Cristo? A esta pregunta responde el cardenal Raymond Leo Burke en Esperanza para el mundo –publicado por Bibliotheca Homo Legens-, incidiendo en la bendición de la mesa, en el fomento de la devoción al Sagrado Corazón, el rezo del Rosario o el examen de conciencia.

 

Compartimos aquí íntegramente la reflexión de Burke sobre la oración en familia:

 

Es un tema muy importante y empieza al despertarse. En la hora de las comidas, la oración de bendición de la familia, la comida y las gracias después de comer. Otra devoción efectiva es dedicar un rincón de la casa al Sagrado Corazón. Basta una imagen, una estatua, una vela, para facilitar la reunión de la familia, que rezará por el mundo y por los que sufren. También está el rosario. Al principio, recitar una decena es importante para entrenar a los más pequeños, incluso si es difícil para los padres. Con la repetición y la práctica, el rezo del rosario es cada vez más hermoso. Cada noche, cuando los niños se van a la cama, es importante ayudarles a hacer examen de conciencia, a recitar el acto de contrición y a decir una breve oración pidiendo a Dios la protección durante la noche, porque la noche es el símbolo de la muerte y trae muchas tentaciones. Recuerdo cuando aprendí la oración a san José para una buena muerte que, de hecho, sigo recitando. También es importante enseñar al niño a desarrollar un total sentimiento de la presencia y protección de su ángel de la guarda. La simple oración al ángel de la guarda era algo muy importante para mí, desde siempre.

 

Pero, ¿y si no hay tiempo? ¿Y si entre el asfixiante quehacer diario no hallamos un momento para encontrarlos con Él cara a cara?

 

Se tiene que encontrar tiempo para dedicarlo exclusivamente al Señor en la oración. He oído a sacerdotes decir: «Mi trabajo es mi oración». Sí, es bueno santificar el trabajo, pero temo no tener la fuerza de santificar el trabajo y mi vida diaria si no dedico tiempo a Dios, a veces media hora, a veces quince minutos. Al final del día, cuando los niños están en la cama, se puede buscar tiempo para leer la Sagrada Escritura o un libro de meditaciones. Puedo experimentar el silencio ante la presencia de Dios, diciéndome que estoy en sus manos. Es muy importante consagrar el día al Señor, sobre todo para los esposos. Es bueno que la oración sea individual, pero también comunitaria.

 

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Aleteia.org - 04.09.2019 

 

 Foto: Rawpixel

 

“El hombre que en su niñez aprende a rezar, no lo olvida jamás. Las pasiones y luchas de la vida, las rebeldías de la razón y los sentidos, podrán conducirle a la incredulidad, y aun a los peores excesos de la negación y la blasfemia. Pero un resto de fe infantil queda en el fondo del alma, como los caracteres del primitivo manuscrito en el viejo pergamino”.

 

Lo enseña Raúl Méndez Moncada, un muy querido sacerdote venezolano que murió recientemente a la edad de 101 años, dejando particularmente conmovidas a las regiones andinas de la nación sudamericana.

 

El texto forma parte de la “Carta Familiar” del Diario Católico, un “invento” del jefe editorial José Laureano Ballesteros que sobrevivió durante casi un lustro, brindándole al simpático abuelo la oportunidad de evangelizar cada domingo a través de una página encartada en el periódico centenario.

 

Raúl Méndez Moncada fue un estimado sacerdote. Una autoridad moral de los andes venezolanos, donde formó a no pocas generaciones, que incluye tanto a las más jóvenes como a las del clero del que era decano.

 

Más vigente que nunca, hoy cuando se despide para volver a los brazos de Dios, compartimos una de las más bellas piezas de su dominical “Carta Familiar”, un escrito de gran riqueza, con extraordinarias enseñanzas:

***

Las madres presentando sus hijitos a Dios en el templo. ¡Qué cuadro más hermoso! Ese debe ser el papel de las madres: llevar sus hijos a Dios desde pequeños. François Coppe, el gran escritor y poeta francés del siglo pasado, tiene una bella página que quiero transcribirles:

 

“De todos los espectáculos que puede ofrecer el género humano, ¿hay alguno más conmovedor, más suave y atractivo, que un niño que reza? Su madre lo ha puesto de rodillas sobre su camita, le ha hecho juntar sus manecitas y le enseña a pronunciar, una a una, las palabras de una breve oración; ésta será por ejemplo, si es muy pequeño: ‘Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía’ o si es mayorcito, el sublime Padrenuestro y el Ave María”.

 

Por la mañana el niño levanta su carita al cielo azul, cuya pureza se refleja en el cristal inmaculado de sus ojos; y por la noche, a la apacible luz de la lámpara, en la pieza templada y tranquila, parece que un ángel asiste en las sombras, a la deliciosa escena para dar testimonio en el paraíso de este adorable acto de fe.

 

Sin duda, el niño no comprende todavía las palabras sagradas que pronuncia, pero sabe que su madre se complace en oírselas repetir; la mira sonriente, dejando ver que sus caricias son más tiernas; y junto a ese corazón que late, junto a ese seno tibio, respirando esa atmósfera de amor de y piedad, se despierta en su alma el instinto religioso.

 

En cuanto a esa madre feliz no hay en su vida instante más dulce que aquel en que presenta ante Dios a su niño con las manos juntas y arrodillado en su pequeña cama. ¡Qué inmensa dicha rezar con él, por él y para él!

 

No siente en tales instantes ese respetuoso temor que nos inspira a veces la Divinidad. Su corazón rebosa de abandono y confianza porque está segura de que Dios oirá las plegarias que balbucea una boca tan pura, y no duda que Aquél, en quien residen la fuerza infinita y la ciencia absoluta se sentirá complacido por tanta inocencia y debilidad.

 

Además, en el cielo hay una Madre, la Virgen Santísima, que es fuente de toda gracia y sabrá obtener lo que le pide otra madre por medio de su hijo cándido y puro.

 

Sí, son de seguro muy agradables a Dios y se elevan como una nube de incienso hacia la gloria, las plegarias de todos los cristianos, los himnos litúrgicos de los sacerdotes, las armonías con que los órganos hacen vibrar las inmensas naves de las catedrales, los coros de los peregrinos que al encaminarse hacia algún santuario hacen resonar los ecos de las montañas, los sollozos de los desdichados, el llanto de los arrepentidos; las plegarias ardientes del monje y la religiosa, arrodillados en sus celdas…. sí, todos suben hasta el trono de Dios.

 

Pero Él ante todo es Padre, y entre el inmenso y eterno rumor de tantas voces que le alaban y bendicen, seguro estoy que oye con especial ternura las sencillas y casi inconscientes oraciones de los niños, que se confunden con el gorjeo de una inmensa multitud de pajarillos que se posan en los árboles.

 

El hombre que en su niñez aprende a rezar, no lo olvida jamás. Las pasiones y luchas de la vida, las rebeldías de la razón y los sentidos, podrán conducirle a la incredulidad, y aun a los peores excesos de la negación y la blasfemia. Pero un resto de fe infantil queda en el fondo del alma, como los caracteres del primitivo manuscrito en el viejo pergamino.

 

Llega la hora de la prueba, la hora de un gran dolor, físico o moral… ¡Ahí cómo se acuerda en seguida el hombre maduro del día ya lejano en que arrodillado en la cuna, sentía en sus mejillas el calor del rostro de su madre que le enseñaba el Padre Nuestro y el Ave María!

 

Y entonces probablemente sentirá que su orgullo se derrumba, cubrirá su rostro con las manos y lanzará ese grito tan propio de toda boca humana: ¡Dios mío, ten compasión de mí! Este grito para un alma que naufraga, es el faro que brilla en las tinieblas, junto al puerto de salvación.

 

Qué gran poder tienen las madres. En su regazo está el futuro de la humanidad. Con su abnegación, con su honradez, con su ternura y delicadeza van moldeando esas esculturas que son los hijos, niños o jóvenes que después adornarán las galerías de la Patria y de la Iglesia.

 

Las madres no deben prescindir nunca del elemento religioso. Ellas son las que deben mantener viva la llama de la fe en los hogares; las que deben dar las primeras enseñanzas religiosas a sus hijos: las que deben encaminar sus pasos hacia la Iglesia, especialmente los domingos para que ya desde pequeños se acostumbren a cumplir con sus deberes religiosos.

 

Dichoso pues el hijo que en su madre cristiana encontró aquella primera e indispensable enseñanza de la fe y de la virtud.

 

Jacinto Benavente, el gran dramaturgo español, tuvo una madre extraordinaria, honesta religiosa, preocupada de los suyos. Cuando murió, su ilustre hijo dijo estas palabras: “Si no hubiera cielo habría que inventarlo para mi madre, porque ella era una santa”. Que todos los hijos puedan decir iguales palabras de sus madres.

 

*Publicado originalmente en Aleteia.org

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ACI Prensa - 24.10.2018

 

Foto: Pixabay 

 

El Arzobispo de Nueva York, Cardenal Timothy Dolan, alentó a recuperar una serie de “ricas tradiciones” muchas veces olvidadas por los católicos, y que considera “poderosamente providenciales para mantener a las familias unidas, fuertes, saludables y santas”.

 

Necesitamos toda la ayuda posible en estos días de tensión, confusión y desafío en la vida matrimonial y en la familia”, señaló.

 

Estas son las 13 tradiciones que recomienda recuperar el Arzobispo de Nueva York, aunque aseguró que “pueden ciertamente añadir (más) a la lista”:

 

1. Celebraciones alegres pero sencillas de bautismos, primeras comuniones, confirmaciones, matrimonios y aniversarios de matrimonio.

 

2. Adorar a Dios fielmente juntos como una familia en la Misa dominical, y preservar los regalos de tiempo de calidad y una comida juntos, al menos en el Día del Señor, si no se puede más a menudo durante la semana.

 

3. Tener agua bendita, crucifijo, Biblia e imágenes de Jesús, María y los santos en nuestras casas.

 

4. Una verdadera celebración del Adviento, mientras nos preparamos a celebrar el nacimiento de Jesús.

 

5. Una atención especial a la preparación del pesebre de Navidad en la casa.

 

6. El cumplimiento en familia de la Cuaresma, especialmente a través de prácticas penitenciales comunes, mayor compasión por los pobres, enfermos y necesitados, y acercamiento como familia al sacramento de la reconciliación.

 

7. Dar a los niños nombres bíblicos y cristianos.

 

8. Tomar con mucha seriedad los deberes de los padrinos en el bautismo y la confirmación.

 

9. Pedir a un sacerdote que bendiga un nuevo hogar.

 

10. Peregrinaciones familiares.

 

11. Reunirse en torno a familiares que están enfermos y moribundos, y unirse en la fe en el momento de la muerte y el entierro.

 

12. Recordar a los padres y a los miembros de la familia en la Misa, en el aniversario de su muerte.

 

13. Pedir la bendición de los padres expectantes y la intercesión especial para parejas que luchan por concebir un bebé.

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