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LaFamilia.info
13.09.2008

 

Cuando se evita que los hijos realicen esfuerzos que supongan sacrificio, los chicos no aprenden más que a recibir e ignoran el valor de luchar por algo que se desea. Estos padres están criando niños carentes de fortaleza y a quienes les costará aceptar las contrariedades que se les presente en su vida de jóvenes y adultos.

 

Para educar en la fortaleza y la templanza, habrá que exigirle a los hijos esfuerzos desde muy pequeños: desde el bebé que llora por capricho, hasta el adolescente que se pone de mal humor por algo sin trascendencia.

 

Quejarse y permitir que los hijos se quejen es una costumbre acentuada de nuestra época. La fortaleza supone aceptar lo que nos ocurre, no pasivamente, sino con deseos de sacar algo bueno de las situaciones dolorosas.

 

¿Cuándo sabemos si una persona practica las virtudes de la templanza y la fortaleza? En primer lugar cuando resiste las influencias perjudiciales así parezcan atractivas y soporta las molestias que encuentra en el camino.

 

Sin embargo la fortaleza no se da gratuitamente. Hay que irla formando, día a día. Es un trabajo en el que se dominan pequeñas cosas que exigen un esfuerzo, tales como levantarse a la hora determinada sin hacer pereza, privarse de algún capricho, ser paciente con los hijos, sacrificarse para dar gusto a una persona, no dejar las cosas fuera de lugar…

 

He aquí algunas ideas que ayudarán a fomentar la fortaleza y la templanza.

 

Cuando aparezca un dolor o pequeñas enfermedades, no obsesionarse con que desaparezcan inmediatamente y enseñarles a ser fuertes y no quejarse más de la cuenta.

 

Animarles desde pequeños a que ofrezcan sacrificios, aprovechando las oportunidades que se presentan normalmente.

 

Enseñarles a vivir con alegría las contrariedades.

 

Exigir constancia y calidad en el trabajo y en las horas de estudio. No fomente la “ley del menor esfuerzo”.

 

Impulsarles a que realicen actividades deportivas que les exijan sacrificios y constancia.

 

Hacer excursiones en familia que les ayuden a ser más fuertes, como por ejemplo acampar, ir de pesca, caminatas a las montañas, etc.

 

Dar mucha importancia a la lucha para vencer los defectos de carácter. Que sepan aguantarse el mal genio, aunque tengan razón; luchar contra el despiste que les hace llegar tarde, etc.

 

Como padre no se queje, ni ante sus amigos más íntimos, de los trabajos, molestias y demás inconvenientes que acarrean los hijos, pequeños, medianos y mayores.

 

Programar menús en los que entren cosas que gustan menos o no gustan, para ir acostumbrándoles a que no siempre se come lo bueno.

 

Enseñarles a que se sirvan la comida no siempre eligiendo lo mejor para ellos.

 

Enseñarles a tomar un poco más de lo que menos gusta y un poco menos de lo que más les apetece.

 

Enseñar a que no desprecien la comida. Insistir racionalmente.

 

Que aprendan a no dar importancia a una situación de escasez, incomodidad, etc.

 

Explicar siempre el porqué de la reciedumbre y cómo hay que hacer cosas concretas para adquirirla.

 

No ceder ante todo lo que los chicos piden. Limitar regalos para ocasiones especiales.

 

Si hay varios hermanos, que se acostumbren a "heredar".

 

Evitar que la moda les esclavice. A veces, cuando son pequeños y no tienen capacidad de elegir, son los padres los que se "proyectan" en los hijos para ir a la "última".

 

Que se ocupen del cuidado material de su ropa. Doblarla, guardarla, prepararla para el día siguiente, etc.

 

Que se enteren del precio que tiene la ropa que se les compra. Que se den cuenta de que, aunque nos gusta más una cosa que otra, es necesario a veces elegir la más barata.

 

Fuentes: catholic.net, aciprensa.com

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