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LaFamilia.info
22.02.2009

 

 

Los padres no pueden suprimir las peleas de la vida de sus hijos, pero lo que sí pueden hacer es aminorarlas y servir de guía (no juez) para ayudarlos a resolver sus propios problemas. En caso de que se agarren a golpes, es necesaria la intervención de un adulto dado que la violencia no es una manera aceptable de resolver los problemas.

 

Una pelea es más o menos grave dependiendo de: las cosas que se dicen, la cantidad de tiempo que quedan molestos, los golpes que se dan y la frecuencia. Además, si el nivel de peleas produce deterioro en las relaciones, los padres deben intervenir cuanto antes y pedir ayuda especializada si es del caso.

 

¿Por qué se pelean?

 

Las peleas entre hermanos se producen desde temprana edad. Hay que tener presente que en los niveles de agresividad influye un factor genético. Cada niño es una persona particular y diferente de los otros, y nace con determinado temperamento. En el ser humano la agresividad, además, es un motor que toma diferentes vías. En gran medida, depende de los padres canalizarlo hacia los juegos o el estudio.

 

Evidentemente, los celos y las envidias entre hermanos se hacen más notorias cuanto más intimo es el contacto. Es normal que en las familias existan desigualdades: un hijo puede ser más torpe e inhábil que el otro físicamente, pero mejor para las matemáticas. Además puede parecer que exista uno más preferido que los demás por el padre o por la madre, o que el regalo que uno ha recibido sea peor que el del otro. Desde luego esto crea competencias ya que todos quieren (algunos más que otros) acaparar el cariño de uno de los padres, o quieren ser los primeros en alguna situación dada.

 

A pesar de todo, los celos entre los hermanos hay que considerarlos normales y hasta constituyen un excelente aprendizaje para la futura integración social del niño, que así va comprendiendo que hay que compartir con los demás y que esto se hace más fácilmente si, como entre hermanos, existe también amor.

 

Lo que como padres debemos tener en cuenta es que la comparación, el favoritismo y la falta de atención a los hijos, sólo incrementan la rivalidad entre hermanos y debilita las relaciones familiares. Es necesario tener reglas básicas dentro de casa, para que los niños sepan exactamente qué es correcto o incorrecto.

 

Edades más conflictivas

Según los psicólogos una de las etapas de mayor agresión entre hermanos es entre los 7 y 12 años, pues es el período donde nacen los juegos en equipo y se buscan socios. Si analizamos algunas de las características de esta etapa podremos explicarnos mejor las razones de estas peleas.

 

  • Son muy subjetivos: A esta edad el niño ve las cosas desde su punto de vista. Es incapaz de analizar en abstracto y menos de ponerse en el lugar del otro.
  • Compiten por inseguridad: Como una forma de adquirir seguridad, el niño busca demostrarse a sí mismo y a los demás su capacidad. Aparece la competencia con sus pares y las consiguientes actitudes: molestar, hacer rabiar, elegir él lo que quiere y no ceder.
  • No son autocríticos: En estos años los niños tienen además una autocrítica muy baja y su percepción es muy subjetiva. Defienden a ultranza su punto de vista y siempre creen que tienen la razón. Por ello sienten muchas veces que los padres son injustos y que prefieren al hermano.
  • Reconocen al competidor: Los hijos en esta etapa además de sentirse capaces, quieren ser autónomos y hacer las cosas a su manera. Por eso no compiten con los adultos ni con los hermanos mucho más chicos, sino con el hermano que le pone la barrera que es el más cercano a él en edad.
  • Hacen rabiar: Esta actitud es clásica. El que gana lo demuestra, ostenta el triunfo. Al mostrar públicamente la debilidad del hermano, se siente superior. El derrotado queda irritado, propenso al conflicto. Lo más seguro es que busque su venganza.

 

¿Qué deben hacer los padres para no crear celos?

 

  • Dar otras oportunidades: Si un hijo se saca un 6 de promedio y el hermano un 4,5, no hacer comparaciones. Al que tiene notas inferiores estimularlo por sus logros y tareas bien hechas y no esperar a que saque un seis para alabarlo.
  • Evidenciar el amor: En la familia debe predominar el cariño, el contacto entre padres e hijos. Que exista un sentimiento de amor evidente. Sólo así brotan confesiones verdaderas.
  • Enseñar a expresar las emociones: Es muy importante que los padres incentiven el uso del lenguaje en los hijos para que se puedan verbalizar las emociones. Así se ayuda a no acumular rencores. Se van moldeando las peleas y se puede reflexionar respecto de lo que sucedió y por qué sucedió. El ideal es que después de producido un “round” los adultos llamen a los involucrados y que cada uno dé su versión. Es importante escuchar y atender antes que Impartir un castigo indiscriminado.
  • Ser un espejo: Los adultos pueden ayudar a que sus hijos se conozcan a sí mismos, comprendan mejor sus puntos débiles y aprendan a manejarlos. El diálogo, eso sí, debe ser concreto. Es muy positivo contarles las peleas y problemas que ese papá o mamá tuvieron cuando chicos.

Fuentes: encuentra, interrogantes.net, webdelbebe

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