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P. Javier Abad Gómez
06.06.2008

El trabajo es el destino natural del ser humano. Con él, el hombre transforma la naturaleza que le ha sido confiada. Además y es más importante se realiza a sí mismo como hombre: se hace mejor. El hombre hace el trabajo y el trabajo hace al hombre. Por ser la educación una continuación de la generación, es decir, una generación prolongada en el tiempo, se puede deducir la importancia que el trabajo tiene en la educación: es el quicio sobre el que se apoya todo el proceso educativo. Eso explica, por ejemplo, que la creación se presente en forma de un trabajo de Dios, realizado en un tiempo determinado y finalizado por el descanso divino. Este tiene dos sentidos: el descanso hace parte del trabajo, y que una vez creado el ser humano Dios ya puede descansar, porque el hombre continuará su obra.

El trabajo, como una de las realidades más importantes de la vida humana, es:

  • Testimonio de la dignidad del hombre.
  • Ocasión de desarrollo de su personalidad.
  • Vínculo de unión con los demás.
  • Fuente de recursos para sostener familia.
  • Contribución a mejorar la sociedad.
  • Fuente de progreso de la humanidad.
  • Elemento fundamental de la vida humana.

Para nosotros, educadores, el trabajo se constituye en el soporte sobre el que se apoya toda nuestra labor, puesto que el trabajo es el medio a través del cual el ser humano llega a ser aquello a lo que está destinado, de acuerdo con su propia vocación.

El proyecto divino con respecto a cada hombre o mujer, sólo se puede llevar a cabo mediante el trabajo que cada uno haga sobre sí mismo, ayudado por quienes tenemos el deber de contribuir a que ese proyecto se haga realidad. Se puede decir que sólo mediante el trabajo,

Dios puede realizar su obra sobre el hombre. Y la obra de Dios, se realiza en tres etapas, que son también aquellas que nos corresponde comprender y vivir a nosotros los educadores. Hasta lograr la unidad de vida, que es la meta y el camino necesario hacia la vida eterna. Por eso es importante unir el trabajo a la educación y ésta a la vida de unión con Dios: mediante el trabajo el hombre se hace hombre; y mediante el trabajo convertido en oración el hombre se hace santo.

Hacia una espiritualidad del trabajo: El Evangelio del trabajo

Hace falta el esfuerzo interior del espíritu humano, guiado por la fe, la esperanza y la caridad, con el fin de dar al trabajo del hombre concreto, aquel significado que el trabajo tiene ante los ojos de Dios, y mediante el cual entra en la obra de la salvación(...). La Iglesia ve como un deber particular suyo formar en una espiritualidad del trabajo que ayude a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo, y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación en su triple misión de Sacerdote, Profeta y Rey, tal como lo enseña con expresiones admirables el Concilio Vaticano II. 244

El trabajo continúa la obra creadora de Dios Padre: santificar el trabajo

En la palabra de la divina Revelación está inscrita muy profundamente esta verdad fundamental, que el hombre, creado a imagen de Dios, mediante a su trabajo participa en la obra del Creador, y según la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido continúa desarrollándola y la completa, avanzando cada vez más en el descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en todo lo creado. 245

La descripción de la creación es, en cierto sentido el primer evangelio del trabajo. Allí se demuestra en qué consiste su dignidad: en que el hombre, trabajando, imita a Dios, su Creador, por ser portador de una particular semejanza con Dios. Por eso, tanto en su trabajo como en su descanso, copia y continúa la obra creadora.

La conciencia de que el trabajo humano es una participación en la obra de Dios, debe llegar incluso a los quehaceres más ordinarios, a los deberes cotidianos, a las realidades sencillas que Cristo mismo vivió a lo largo de toda su vida oculta en Nazaret, en el hogar y en el taller de José. Al realizar cualquier trabajo hay que pensar que con él se completa la obra del Creador, al tiempo que se sirve a los hermanos y se contribuye de modo personal a que se cumplan los designios en la historia.

El Concilio Vaticano II habló de que el trabajo es una prolongación de la obra del Creador, una aportación personal a la realización del plan de la Providencia en la historia, un modo de colaborar en la terminación de la creación divina246. La misión del trabajo humano es servir de medio al hombre para alcanzar la participación en la acción creadora, prolongándola y poniéndola de relieve en la glorificación de Dios.

Esto lleva a santificar el trabajo, haciéndolo siempre lo mejor posible, comprendiendo su dignidad, no haciendo distinción entre los hombres por razón del trabajo que realizan: el trabajo, todo trabajo honesto, dignifica al hombre; y el hombre, al realizar bien cualquier tipo de trabajo, dignifica dicha labor.

El trabajo continúa la obra redentora de Dios Hijo: santificar en el trabajo

Mediante la labor encomendada al ser humano, se debía continuar la obra comenzada por Dios. Pero el plan divino encontró el obstáculo del pecado. Cuando el hombre rechaza por orgullo a Dios, el trabajo sufre las consecuencias: trabajarás con dolor. Esto significa que el sacrificio requerido para trabajar y para trabajar bien, debe vincularse con la obra de la Redención.

El esfuerzo humano está amenazado por la soberbia, el egoísmo, el afán desordenado de lucro. Y, así, se desvía del verdadero fin. Como toda actividad humana necesita entonces ser rescatada del pecado: debe darse un vínculo entre la Redención y la transformación del mundo por medio del trabajo. Para que no derive en mal del hombre, se requiere de la gracia de Dios. Con lo que el trabajo pasa a ocupar, por obra de Cristo Redentor, un puesto realmente positivo en la santificación.

Esto se ve muy claro cuando se piensa en la importancia redentora de los primeros treinta años de la vida de Jesús. El Evangelio del trabajo, según expresión del Papa Juan Pablo II, llega a la plenitud en la vida de Jesús, quien perteneció al mundo de los trabajadores, miró con amor y respeto toda tarea humana, que en sus diversas manifestaciones se muestra como participación no sólo en la obra creadora atribuida a Dios Padre sino también en la obra redentora que Cristo venía a realizar. El hombre y la mujer al trabajar, no se limitan a transformar las cosas y la sociedad, sino que se perfeccionan, se realizan como seres humanos, se hacen a sí mismos, se hacen mejores.

Todo trabajo, material o intelectual, está unido inevitablemente a la fatiga y, mediante ella, se une también a la cruz de Cristo.

El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor a la obra que Cristo vino a realizar. Esta obra de salvación se realizó a través del sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdaderamente discípulo de Jesús llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar.247

El entrar como elemento fundamental en el plan de Dios sobre el hombre y en la imitación de Jesús, el trabajo se convierte en un medio privilegiado de santificación, puesto que ésta es, antes que nada, la realización de la Voluntad de Dios y la participación en la vida de Cristo.

Os recuerdo una vez más que todo eso no es ajeno a los planes divinos. Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Ésta es la razón por la que os tenéis que santificar..., precisamente santificando vuestro trabajo.248

Esto, a condición de que sea vivido en un contexto de oración, de sacrificio, de vida interior y de unión a Dios. Donde quiera que estemos, en medio del rumor de la calle y de los afanes humanos en la fábrica, en la universidad, en las labores agrícolas, en la oficina, o en el hogar, en el deporte, lo mismo que en el lecho de enfermo o en una excursión por el campo, nos encontraremos en la serena contemplación propia de los hijos de Dios, en un constante diálogo con quien sabemos nos ama.

El trabajo, realizado cara a cara con Dios, conscientes de su presencia, se puede realizar sin interrupción, con el mismo espíritu de las personas contemplativas, poniendo en juego las virtudes de la fe, la esperanza y el amor, en las que está la cumbre de la vida cristiana.

La fe se actualiza en la misma conversación con Dios que está como escondido en el centro del alma en gracia. La esperanza se vive mientras se persevera en la labor comenzada, con el convencimiento de que se trata de un camino para llegar a Dios: “Porque fuiste fiel en lo poco, entra en el gozo de tu Señor”, dice Jesús al destacar la eficacia sobrenatural de perseverar en la personal responsabilidad haciendo rendir el talento recibido. Y el amor, que es el componente esencial de toda obra bien hecha, hasta el detalle más pequeño, por el que podemos servir a los demás, con generosidad y sacrificio.

Perpetúa la obra santificadora del Espíritu Santo: santificar a los demás por medio del trabajo

En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la Resurrección de Cristo, encontramos un tenue resplandor de la vida nueva, casi como un anuncio de los “nuevos cielos y otra tierra nueva”.249

La palabra de Dios advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo se pierde a sí mismo, si pierde su alma250. Es el anuncio que hemos de hacer a quienes trabajan con nosotros: que no pierdan el sentido sobrenatural de sus vidas, que conserven la rectitud de intención, que no olviden la gloria de Dios al trabajar, que piensen en la vida eterna, que se acuerden de que no tenemos aquí morada permanente. De esta manera, haciendo apostolado a través de las relaciones de amistad que surgen en el trabajo, participamos en la obra santificadora de Dios, realizada por el Espíritu Santo.

El cristiano que esta en actitud de escucha de la palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa qué puesto ocupa su trabajo no sólo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos son llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio. 251

En cuanto medio de santificación, el trabajo no debe limitarse a la esfera personal: tiene que ayudar al mejoramiento espiritual de los demás. El trabajo es factor de solidaridad humana, de acercamiento entre los hombres, de cohesión social: produce entre los miembros del cuerpo social una profunda interdependencia.

Por lo mismo, afecta al crecimiento del Reino de Dios en el mundo: todo lo que acerca a los hombres, todo lo que les lleva a descubrir la fraternidad y la necesidad que tienen unos de otros, sólo tiene sentido si se pone al servicio de un amor verdadero: el que Cristo vino a anunciarnos en su gran mandamiento: “Que os améis unos a otros, como yo os he amado”. En todo trabajo hay como una finalidad profunda querida por Dios: ser una llamada al amor; amor a los demás y fundamentalmente a Dios, en cuya acción el trabajo nos hace participar. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor.

El trabajo es, pues, no sólo medio de santificación sino también cauce de acción apostólica. No sólo esto: el mismo trabajo es apostolado, en cuanto definido como amor y servicio al prójimo. ¿Qué mejor servicio puede prestarse que el de acercar los hombres a Dios? De ahí la importancia de la vida sobrenatural, la gracia divina, que es precisamente la acción del Espíritu Santo en el alma. El trabajo del ser vivificado, transfigurado, por una auténtica vida interior de oración, de sacrificio y de unión con Dios, mantenida por la práctica de los sacramentos y en especial de la Eucaristía.

Notas
244 Laborem exercens, n. 24.
245 O.c., n. 25.
246 Gaudium et spes, n. 34 y 67
247 Laborem Exercens, n. 27
248 Es Cristo que pasa, n. 46.
249 Laborem exercens, n. 27.
250 Cfr. Lucas 9, 25.
251 Laborem exercens, n. 27.
252 Es Cristo que pasa, n. 48.

Tomado del libro: " El valor de la Fe", del P. Javier Abad Gómez

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