Por Martin Daniel Gonzalez/Elsembrador.net 

 

20162703dFoto: Pixabay

 

El tiempo de la pascua es el tiempo litúrgico en el cual celebramos el paso de Jesucristo de la muerte a la vida, pero no podemos vivir esta etapa “mirando hacia fuera”, debemos hacer dentro nuestro pequeñas “pascuas” que nos encaminen hacia la Pascua definitiva. Debemos ir renunciando a aquellas cosas que nos sumergen en la muerte para aceptar aquellas que plenifican nuestra vida.

Van aquí algunas “pascuas” pequeñas y corrientes para ir creciendo y haciendo más viva nuestra vida.

De la mentira a la verdad

La mentira vicia habitualmente muchos de nuestros actos, estamos acostumbrándonos a vivir en medio de ella y cada vez nos resulta más común. En estos días de pascua estamos invitados a hacer nuestra “pascua” hacia la verdad, y esto no es otra cosa que volver nuestros ojos hacia “La Verdad” que es el mismo Jesús.

Hagamos el esfuerzo a partir de ahora de evitar al menos las pequeñas mentiras cotidianas, y comenzaremos así a vivir y gustar nuestra propia Pascua.

Del egoísmo a la solidaridad

La sociedad actual nos invita constantemente a olvidarnos de los demás y centrarnos solo en nosotros mismos. Jesús nos alienta y anima a hacer la pascua de la entrega de todo nuestro ser. En este tiempo pascual hagamos el firme propósito de pensar un poco más en los demás, dejemos de pensar que sólo nuestros problemas son los importantes y centremos nuestra mirada en los demás; si salimos de nosotros mismos veremos cómo es el mismo Dios quien se ocupa de nuestras cosas.

De la prisa a la paciencia

Este es el tiempo propicio para detener un poco la marcha y regalarle un trozo de nuestro tiempo al Señor; pero ¿cómo regalamos este tiempo?... ocupándonos de los demás.

Nuestros días transcurren con tanta prisa que muchas veces pasamos al lado de nuestros hermanos sin darnos cuenta de que están allí. Debemos hacer una pascua de esta relación con los demás, hagamos que a partir de ahora nada ni nadie pase por nuestro lado sin que nos demos cuenta. Demos a cada persona su lugar y su tiempo. Esto es hacer una pascua de la prisa a la paciencia.

¡Felices Pascuas de Resurrección!

 

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Por P. Cipriano Sánchez LC - Catholic.net
 

Foto: Freepik 

 

La Cuaresma que se nos puede presentar simplemente como camino de penitencia, como un camino de dolor, como un camino negativo, realmente es todo lo contrario. Es un camino sumamente positivo, o por lo menos así deberíamos entenderlo nosotros, como un camino de crecimiento espiritual. Un camino en el cual, cada uno de nosotros va a ir encontrándose, cada vez con más profundidad con Cristo.

 

Encontrarnos con Cristo en el interior, en lo más profundo de nosotros, es lo que acaba dando sentido a todas las cosas: las buenas que hacemos, las malas que hacemos, las buenas que dejamos de hacer y también las malas que dejamos de hacer.

 

En el fondo, el camino que Dios quiere para nosotros, es un camino de búsqueda de Él, a través de todas las cosas. Esto es lo que el Evangelio nos viene a decir cuando nos habla de las obras de misericordia. Quien da de comer al hambriento, quien da de beber al sediento, en el fondo no simplemente hace algo bueno o se comporta bien con los demás, sino va mucho más allá. Está hablándonos de una búsqueda interior que nosotros tenemos que hacer para encontrarnos a Cristo; una búsqueda que tenemos que ir realizando todos los días, para que no se nos escape Cristo en ninguno de los momentos de nuestra existencia.

 

Reconocer a Cristo

 

¿Cómo buscamos a Cristo? ¿Cuánto somos capaces de abrir los ojos para ver a Cristo? ¿Hasta qué punto nos atrevemos a ir descubriendo, en todo lo que nos pasa, a Cristo? La experiencia cotidiana nos viene a decir que no es así, que muchas veces preferimos cerrar nuestros ojos a Cristo y no encontrarnos con Él.

 

¿Por qué nos puede costar reconocer a Cristo? ¿Qué es lo que han hecho de malo los que no vieron a Cristo en los pobres? ¿Realmente dónde está el mal? Cuando Jesús dice: “Estuvieron hambrientos y no les disteis de comer; estuvieron sedientos y no les disteis de beber”, ¿qué es lo que han hecho de malo? Lo que han hecho de malo, es el no haber sido capaces de reconocer a Cristo; el no haber abierto los ojos para ver a Cristo en sus hermanos. Ahí está el mal.

 

A veces podríamos pensar que Cristo sólo se refiere al hambre material, pero cuántas veces se acerca a nosotros corazones hambrientos espiritualmente y nosotros preferimos seguir nuestro camino; preferimos no comprometer nuestra vida, pues es más fácil, “así no me meto en complicaciones”, “así me ahorro muchos problemas”.

 

No podemos solucionar todos los problemas del mundo; no podemos arreglar todas las dificultades del mundo, pero la pregunta es: ¿cada vez que alguien llega y toca a tu corazón, le abres la puerta? ¿Te comprometes cada vez que tocan tu corazón?

 

Este es un camino de Cuaresma, porque es un camino de encuentro con Cristo, con ese Cristo que viene una y otra vez a nuestra alma, que llega una y otra a nuestra existencia.

 

Todos nosotros somos de una o de otra forma, miembros comprometidos en la Iglesia, miembros que buscan la superación en la vida cristiana, que buscan ser mejores en los sacramentos, ser mejores en las virtudes, encontrarnos más con nuestro Señor. ¿Por qué no empezamos a buscarlos cuando Él llega a nuestra puerta? Cuidado con la principal de las tentaciones, que es tener el corazón cerrado.

 

A veces nos podría preocupar muchas tentaciones: lo mal que está el mundo de hoy, lo tremendamente horrible que está la sociedad que nos rodea. ¿Y la situación interior? ¿Y la situación de mi corazón cerrado a Cristo? ¿Y la situación de mi corazón que me hace ciego a Cristo, cómo la resuelvo?

 

Atrevámonos a ver quiénes somos, cómo estamos viviendo nuestra existencia. Abramos nuestro corazón de par en par. No permitamos que nuestro corazón acabe siendo el sediento y hambriento por cerrado en sí mismo. Podemos acabar siendo nosotros, auténticos hambrientos y sedientos, y estar Cristo tocando a nuestras puertas y sin embargo cerramos el corazón.

 

Hagamos de nuestro camino de cuaresmal, un camino hacia Dios abriendo nuestro corazón, reconozcamos a Cristo, no permitamos que nuestra vida se encierre en sí misma.

Coloquios de J.M.
07.11.2011

 

 

 

No debemos confundir el término “ofrenda” con “limosna”. Lo que depositamos en las canastas durante la misa no es una limosna, es una ofrenda; la ofrenda de nosotros mismos, que nace de la fe. La ofrenda se refiere a la contribución material que los hijos hacen a su Iglesia, la cual se debe atender con generosidad y cariño.

 

***

 

Un párroco, al ver los pomposos automóviles parqueados frente a su iglesia, decía que no sabía dónde estaban los pobres de la parroquia, pero al recoger la limosna en la misa comentaba que no sabía dónde estaban los feligreses ricos…

 

No sé si los lectores se habrán dado cuenta de que en la anécdota anterior deliberadamente se usó una palabra incorrecta, limosna, en lugar de ofrenda, para designar el dinero que se recoge entre los feligreses en las celebraciones eucarísticas. Este es un error en el que incurren muchas personas que no se han detenido a considerar el significado litúrgico de esa acción.

 

Limosna es la ayuda material que por caridad se da al prójimo necesitado. Pero a nadie se le ocurrirá decir que la contribución de los hijos para el sostenimiento del hogar paterno, o la ayuda económica a los padres necesitados es una limosna, porque esa es una obligación filial que se debe cumplir con todo el cariño de hijos agradecidos.

 

Con la Iglesia sucede lo mismo: como hijos suyos, los católicos debemos atender generosamente a todas sus necesidades. Esa ayuda se puede concretar en diversas formas, pero hay un acto litúrgico de especial significado en la misa, cuando el sacerdote ofrece a Dios los frutos de la tierra, de la vid y del trabajo del hombre. En las primeras épocas del cristianismo los fieles llevaban como ofrenda el pan y el vino para la Cena Eucarística, pero esas especies se han reemplazado por el dinero que es precisamente el fruto del trabajo del hombre.

 

Esta es la razón para ser muy generosos en la ofrenda de la misa, que se utilizará para atender a las necesidades del culto y la ayuda para las labores pastorales. No olvidar que la moneda en todas partes viene perdiendo poder adquisitivo, y hay que reajustar las ayudas por lo menos de acuerdo con la devaluación. Y una recomendación final: dar con un cariño que se refleje hasta en el detalle de no aprovechar esa ocasión para salir del billete más ajado y sucio...

 

 

Podemos concluir por tanto, que a la Iglesia no le damos limosna, sino ofrenda de lo que Dios nos ha dado, pues Él nos da entero a su Hijo en la eucaristía; no es una parte de él, está todo, absolutamente todo, en cada fragmento, con su cuerpo, alma, divinidad, con toda su santidad. Y con nada podríamos comprar tantísima bondad. Ni con todo el oro del mundo, literalmente hablando. Luego, nosotros también debemos ofrendarnos a Él y ofrendar económicamente una cantidad acorde a las posibilidades de cada quien. *enmarchaenlinea.com

 

Colaboración de Coloquios de J.M. para LaFamilia.info

Coloquios de J.M.
16.01.2012

 

 

 

Todos sabemos que para que una cometa se eleve es necesario que tenga el viento en contra, pues de lo contrario permanecerá en el suelo. En esto las personas nos parecemos a ellas: con las dificultades aprendemos a alcanzar altas metas, y si no nos vemos obligados enfrentarnos a los problemas y contrariedades, nos quedamos viviendo en un ambiente rastrero. Pero también como las cometas debemos tener ciertas cualidades para poder volar lejos. La cometa tiene que ser liviana pero con una estructura fuerte a pesar de su fragilidad: si es pesada, no alcanza a elevarse, y si los materiales que la conforman son débiles, la destrozarán los vientos cambiantes y las tempestades.

 

Así nos sucederá a las personas, que nos quedaremos apegados en la tierra si estamos llenos de cosas inútiles y superfluas que nos impiden superarnos. Y si nuestra personalidad no está entretejida con una trama resistente de virtudes humanas, no aguantaremos las presiones y tensiones de la vida diaria. Tenía razón Monseñor Álvaro del Portillo, primer prelado del Opus Dei, cuando escribió: “Que el Señor nos conceda un ánimo batallador y paciente, constante y maduro - ¡generoso!– alegre y emprendedor, espontáneo y generoso, que no se doble ante los fracasos ni se engría en las exaltaciones.”

 

Pero sobre todo la cometa no podrá alzar el vuelo si no tiene una mano firme que la dirija en un tira y afloje según las circunstancias, con el conducto de un hilo fuerte que no la deje ir a la deriva y estrellarse contra el suelo. Igual nosotros, necesitamos un consejero sabio y confiable, que nos ayude en todo momento a alcanzar las metas a las que estamos llamados en la vida: es el director espiritual que hace de médico, de maestro, de amigo, de buen pastor en las cosas que a Dios se refieren, señala obstáculos, sugiere metas y anima.

 

Colaboración de Coloquios de J.M. para LaFamilia.info

LaFamilia.info
10.10.2011

 

 

La palabra Rosario significa “Corona de Rosas”. Cada vez que rezamos el Ave María, le estamos dando a la Santísima Virgen una hermosa rosa y cada Rosario completo, es una corona de rosas. La rosa es la reina de las flores, y así el Rosario es la rosa de todas las devociones.

 

La Santa Iglesia recibió el Rosario en su forma actual en el año 1214 de una forma milagrosa. El hecho se origina en la aparición de Nuestra Señora ante Santo Domingo de Guzmán, donde ella le entregó el rosario como un arma poderosa para la conversión. El Santo contaba que veía a la Virgen sosteniendo en su mano un rosario y que le enseñó a recitarlo; dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias.

 

Desde entonces su devoción se propagó rápidamente con increíbles y milagrosos resultados.

 

Enaltecer a la Madre de Dios

 

Entre las varias formas y modos de honrar a la Madre de Dios, optando por las que son mejores en sí mismas y más agradables a Ella, es el rezo del Santo Rosario la que ocupa el lugar prominente. Vale la pena recordar que entre las variadas apariciones de la Santísima Virgen, siempre Ella ha insistido en el Rezo del Rosario. Es así como, por ejemplo, el 13 de Mayo de 1917 en un pueblo de Portugal llamado Cova de Iria, la Santísima Virgen insistió con vehemencia el rezo del Rosario a los tres pastorcitos, en una de sus muchas apariciones a estos tres videntes.

 

Siendo un sacramental, el Santo Rosario contiene los principales misterios de nuestra religión Católica, que nutre y sostiene la fe, eleva la mente hasta las verdades divinamente reveladas, nos invita a la conquista de la eterna patria, acrecienta la piedad de los fieles, promueve las virtudes y las robustece. El Rosario es alto en dignidad y eficacia, podría decirse que es la oración más fácil para los sencillos y humildes de corazón, es la oración más especial que dirigimos a nuestra Madre para que interceda por nosotros ante el trono de Dios.

 

El Santo Rosario prolonga la vida litúrgica de la Iglesia pero no la sustituye, al contrario enriquece y da vigor a la misma liturgia. Es por ello, que el Santo Rosario se enmarca como una plegaria dentro de la religiosidad popular que contiene un gran tesoro de volares que responde con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la existencia.

 

El Rosario también es parte del “hoy”

 

El paso del tiempo, las costumbres modernas, y la innovación de formas de oración, no pueden dejar a un lado el rezo de Santa Rosario. De hecho, los Santos Padres y los Santos han tenido una profunda devoción a este sacramental, nosotros como católicos y como amantes de la Reina del Cielo hemos de ser fervientes devotos del Rosario.

 

Es digno de recordar que la familia que reza unida permanece unida, que la recitación piadosa y consciente del Santo Rosario nos traiga la paz al alma y nos una más estrechamente a María para vivir auténticamente nuestro cristianismo.

 

Juan Pablo II: “Mi oración preferida es el Rosario”

 

El Papa Juan Pablo II afirmó en muchísimas ocasiones: “Mi oración preferida es el Rosario” y recomendó ampliamente esta hermosa práctica de piedad. Las siguientes son expresiones suyas:

  • “El Rosario es una escalera para subir al cielo”.
  • “El Rosario nos proporciona dos alas para elevarnos en la vida espiritual: la oración mental y la oración vocal”.
  • “Es la oración más sencilla a la Virgen, pero la más llena de contenidos bíblicos”.
  • Cuando fue en peregrinación al santuario de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, Juan Pablo II hizo un bellísimo sermón acerca del Rosario. En él dijo: “El Rosario es nuestra oración predilecta. Cuando la rezamos, está la Sma. Virgen rezando con nosotros. En el Rosario hacemos lo que hacía María, meditamos en nuestro corazón los misterios de Cristo" (Lc. 2, 19).”

Fuente: Encuentra.com

 

 

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